705 Restauración de la fidelidad a Dios (Pt. II) 

Pastor Mizraim Esquilín-García 

Salmo 80, RV 1960 

1 Oh Pastor de Israel, escucha; Tú que pastoreas como a ovejas a José, Que estás entre querubines, resplandece. 2 Despierta tu poder delante de Efraín, de Benjamín y de Manasés, Y ven a salvarnos. 

3 Oh Dios, restáuranos; Haz resplandecer tu rostro, y seremos salvos. 4 Jehová, Dios de los ejércitos, ¿Hasta cuándo mostrarás tu indignación contra la oración de tu pueblo? 5 Les diste a comer pan de lágrimas, Y a beber lágrimas en gran abundancia. 6 Nos pusiste por escarnio a nuestros vecinos, Y nuestros enemigos se burlan entre sí. 7 Oh Dios de los ejércitos, restáuranos; Haz resplandecer tu rostro, y seremos salvos 

La fidelidad es el esfuerzo de un alma noble para igualarse a otra más grande que ella. 

Johann W. Goethe 

Nuestra reflexión anterior nos permitió iniciar el análisis de la necesidad de restauración de nuestra fidelidad. La restauración de la fidelidad forma parte de las 12 áreas que hemos identificado como la “agenda para la restauración de la Iglesia.” 

En nuestra reflexión anterior señalamos que dedicaríamos esta edición al análisis de los requisitos para la obediencia y la fidelidad a Dios que encontramos en la Santa Palabra. Iniciamos este acercamiento citando algunos párrafos de nuestra edición del Heraldo de Abril 2 de 2006: “Llamados a ser fieles”: 

“La Biblia trata de manera extraordinaria el tema de la fidelidad de Dios. Ella dice con claridad meridiana que Dios es fiel (Isa 49:7; 1 Cor 10:13; 2 Cor 1:18; 2 Tes 3:3; Heb 10:23; 11:11; 1 Juan 1:9; Apoc 19:11). Ella dice que Dios es fiel en cubrirnos con su Gracia: siempre nos bendice con cosas que no merecemos. También dice que él es fiel con su misericordia: nunca nos da lo que sí merecemos. 

La Biblia es un testimonio vivo de la fidelidad de Dios para con la humanidad y su Creación. La Biblia dice que Dios es fiel con sus promesas, es fiel con su Presencia y es fiel con sus preceptos. Dios es fiel haciendo todo aquello que ha dicho que haría y no haciendo todo aquello que dijo que no haría. Sus promesas son siempre verdad y son fieles. Él es fiel para seguir caminando junto a nosotros todos los días de nuestra vida hasta el fin de las cosas; él siempre está presente. Su presencia es entre otras cosas una garantía de dirección, de paz, de consuelo y esperanza. La promesa que le hizo a Josué es la misma que le ha hecho a todos aquellos que en él confían: 

9 Mira que te mando que te esfuerces y seas valiente; no temas ni desmayes, porque Jehová tu Dios estará contigo en dondequiera que vayas. (Josué 1:9) 

Dios también es fiel a sus preceptos. El no admite transacciones con los requisitos que ha establecido. Este último aspecto coloca “la pelota en nuestro lado de la cancha.” Este aspecto de la fidelidad establece el grado de respuesta que Dios está esperando de nosotros. Si bien es cierto que nuestras respuestas en esta área generalmente no afectan nuestra salvación, no es menos cierto que sí representan un costo altísimo en términos de la profundidad y el efecto de las bendiciones que recibimos, el alcance de los ministerios que desarrollamos y las victorias que conquistamos. 

Desde esta perspectiva, hay entonces cuatro razones poderosas para ser fieles. La primera de ellas es que nos conviene ser fieles a Dios porque Dios es fiel y nosotros le imitamos en esto. La segunda es que nos conviene ser fieles para poder maximizar la profundidad y el efecto de las 

bendiciones que recibimos. La tercera es que nos conviene ser fieles para poder ser hallados fieles administradores de los ministerios que se nos han concedido y de la gracia que ha sido derramada sobre nosotros. La cuarta, es que nos conviene ser fieles para alcanzar victorias significativas y trascendentales para nuestra vida en Dios. 

La importancia que Dios le concede a la fidelidad del creyente ha sido explicada, definida y enfatizada en la Biblia de muchas maneras Si tienen alguna duda de lo que ha sido expuesto hasta aquí, le invito a leer lo siguiente: 

20 Y llegando el que había recibido cinco talentos, trajo otros cinco talentos, diciendo: Señor, cinco talentos me entregaste; aquí tienes, he ganado otros cinco talentos sobre ellos. 21 Y su señor le dijo: Bien, buen siervo y fiel; sobre poco has sido fiel, sobre mucho te pondré; entra en el gozo de tu señor. 22 Llegando también el que había recibido dos talentos, dijo: Señor, dos talentos me entregaste; aquí tienes, he ganado otros dos talentos sobre ellos. 23 Su señor le dijo: Bien, buen siervo y fiel; sobre poco has sido fiel, sobre mucho te pondré; entra en el gozo de tu señor. 24 Pero llegando también el que había recibido un talento, dijo: Señor, te conocía que eres hombre duro, que siegas donde no sembraste y recoges donde no esparciste; 25 por lo cual tuve miedo, y fui y escondí tu talento en la tierra; aquí tienes lo que es tuyo. 26 Respondiendo su señor, le dijo: Siervo malo y negligente, sabías que siego donde no sembré, y que recojo donde no esparcí. 27 Por tanto, debías haber dado mi dinero a los banqueros, y al venir yo, hubiera recibido lo que es mío con los intereses. 28 Quitadle, pues, el talento, y dadlo al que tiene diez talentos. (Mateo 25:20-28) 

En el pasaje antes citado nos dicen que no basta ser buen siervo. Hay que ser bueno y fiel. Se nos dice que además del jornal (el salario prometido), Dios nos puede conceder talentos para que los multipliquemos. Y en esta tarea hay que ser bueno y fiel. En otros pasajes bíblicos se enfatiza el valor que la Iglesia del primer siglo le confería a esta característica (1 Cor 4:2; 4:17; Efe 6:21; 

Fil 4:3; Col 1:7; 4:7,9) y la importancia que ella reviste para el ministerio (1 Tim 1:12). De hecho, desde los textos del Antiguo Testamento se desprende que la fidelidad es una cualidad que Dios busca en todos aquellos que él llama como sacerdotes para sí (1 Sam 2:35). 

Un Pastor llamado Kamau N’Namdi ha enfatizado esto último pero esta vez desde los planteamientos encontrados en la carta a los Colosenses (Col 1:4-12). Cuando repasamos los postulados esbozados allí encontramos que a la Iglesia se le pide entre otras cosas que se puedan escuchar buenos testimonios de su fe (convicciones y/o fidelidad) y de su amor. Se le pide que su motivación sea la esperanza que está guardada en los cielos. Se le pide que la palabra que ha oído crezca en ellos y que lo haga siguiendo un modelo diaconal ya establecido (la palabra traducida como ministro es “diáconos,” implicando así que una buena porción de la responsabilidad para enseñar a la Iglesia a ser fiel recae sobre los diáconos de la Iglesia). Se le pide andar como es digno del Señor, agradándole en todo, llevando fruto en toda buena obra, creciendo en el conocimiento de Dios, estar fortalecidos con todo poder, conforme a la potencia de su gloria, para toda paciencia y longanimidad; y vivir con gozo dando gracias al Padre que nos hizo aptos para participar de la herencia de los santos en luz. 

¿Cómo resumimos todas estas exigencias? Con una sola frase: fidelidad a Dios. Fidelidad es la capacidad de estar comprometidos para seguir hacia adelante sin importar el tamaño de las dificultades que podamos enfrentar. Dios pide que seamos fieles hasta la muerte (Apoc 2:10). Es altamente relevante destacar que el Apóstol Pablo implica que esta cualidad (la fidelidad), es el producto de la misericordia divina (1 Cor 7:25). Si esto es así, entonces ser fieles es uno de los productos de la operación activa del Espíritu Santo. Y si esto es cierto, entonces todos tenemos la capacidad para ser fieles, pues todos hemos recibido el sello de esa presencia (Efe 1:13). En otras 

palabras, quien no puede ser fiel, no solamente no lo es porque no quiere, sino que está rechazando la operación del Espíritu Santo y la misericordia de Dios. 

Esta afirmación cambia la forma y manera en que nos acercamos a este concepto y a las consecuencias que enfrentamos al no poder ser fieles. Sólo piense por un momento que lo antes dicho dice que usted y yo poseemos todo lo necesario para ser fieles al pacto con el Señor, al pacto matrimonial, a nuestras responsabilidades como padre, madre o hijos, a las responsabilidades ministeriales y a nuestras responsabilidades con el Señor y con su Iglesia. O sea, que la fidelidad es entonces como un fruto del Espíritu. Si usted no logra mantenerse fiel en ello, usted no pude culpar a Dios ni a otros por ello. Usted debe aceptar la responsabilidad por haber decidido rechazar la misericordia de Dios y la operación del Espíritu Santo. 

Son muchos los modelos bíblicos que ratifican estas afirmaciones. Dios no aceptó como válidas las excusas presentadas por Adán de que la mujer que Dios le había provisto era responsable de su incapacidad para ser fiel. Tampoco le aceptó a Caín las suyas cuando trataba de explicar que él no era guarda de su hermano. En esto Caín tenía razón. Caín no era guardián de su hermano Abel. Las responsabilidades de Caín eran mayores: él era hermano de su hermano. Dios no le aceptó a Saúl que perdonara las vacas del rey Agag (1 Sam 15:9-10). Algunos modelos bíblicos son muy dolorosos, pues nos confrontan con gente de Dios que pierde su bendición y su lugar en el Cuerpo, (aun teniendo razón en sus planteamientos), por haber sido infieles al llamado y la comisión establecida para ellos (el caso de Bernabé: Hchs 15:36-41. Destaco el hecho de que en este pasaje se dice que solo Pablo salió encomendado por los hermanos a la gracia del Señor. 

36 Después de algunos días, Pablo dijo a Bernabé: Volvamos a visitar a los hermanos en todas las ciudades en que hemos anunciado la palabra del Señor, para ver cómo están. 37 Y Bernabé quería que llevasen consigo a Juan, el que tenía por sobrenombre Marcos; 38 pero a Pablo no le parecía bien llevar consigo al que se había apartado de ellos desde Panfilia, y no había ido con ellos a la obra. 39 Y hubo tal desacuerdo entre ellos, que se separaron el uno del otro; Bernabé, tomando a Marcos, navegó a Chipre, 40 y Pablo, escogiendo a Silas, salió encomendado por los hermanos a la gracia del Señor, 41 y pasó por Siria y Cilicia, confirmando a las iglesias. 

La fidelidad requiere compromisos; sí en plural. El primero de ellos, tratar sin descanso de hacer la voluntad de Dios; anhelar hacer aquello que es agradable ante los ojos de Dios. El segundo compromiso, el de pedir a Dios que nos examine y escudriñe constantemente, para hacernos conocer aquellas cosas que nos pueden llevar a no respetar nuestros votos de fidelidad (Sal 139). El tercero de ellos, el compromiso de ir al Señor cuando fallamos, reconociendo cuando no hemos podido mantenernos fieles. También buscando en nosotros mismos esas áreas en las que no habíamos permitido la operación del Espíritu Santo y la manifestación de la misericordia divina. Esto es, procurando evitar señalar a otros como responsables de nuestras incapacidades y buscando de Dios un plan de acción correctiva y trasformadora para regresar al centro de su voluntad.” 

A base de lo antes expuesto podemos llegar a varias conclusiones. La primera conclusión es que el creyente en Cristo decide ser fiel porque ama a Dios más de lo que puede temer a Sus juicios. Un creyente que decide servir al Señor porque teme sufrir los juicios definidos para aquellos que no son fieles, no puede disfrutar cabalmente de los beneficios que emanan de la fidelidad a Dios. Es muy distinto cuando decidimos servir al Señor porque le amamos. 

La segunda conclusión a la que podemos llegar es que ese creyente que es fiel sabe a quién le ha creído y en quién ha depositado su confianza. Esto es así porque la fidelidad es un fruto del Espíritu. 

Permítame hacer un paréntesis para analizar esta expresión proveyendo bases bíblicas para ello. Veamos lo que dice Gálatas 5:22-26: 

22 Mas el fruto del Espíritu es amor, gozo, paz, paciencia, benignidad, bondad, fe, 

23 mansedumbre, templanza; contra tales cosas no hay ley. 24 Pero los que son de Cristo han crucificado la carne con sus pasiones y deseos. 25 Si vivimos por el Espíritu, andemos también por el Espíritu. 26 No nos hagamos vanagloriosos, irritándonos unos a otros, envidiándonos unos a otros. (RV 1960) 

Veamos este mismo pasaje en otras versiones bíblicas; esto nos ayudará a adquirir una mejor 

óptica exegética de este pasaje: 

22 En cambio, el Espíritu produce amor, alegría, paz, paciencia, amabilidad, bondad, fidelidad, 23 humildad y dominio propio. No existe ninguna ley en contra de esas cosas. 24 Todos los que pertenecen a Cristo han crucificado su naturaleza carnal con sus pasiones y sentimientos egoístas. 25 Ya que el Espíritu nos da vida, debemos dejarlo que nos guíe. 26 No seamos orgullosos, ni envidiosos ni causemos peleas entre nosotros mismos. (PDT) 

22 En cambio, la clase de fruto que el Espíritu Santo produce en nuestra vida es: amor, alegría, paz, paciencia, gentileza, bondad, fidelidad, 23 humildad y control propio. ¡No existen leyes contra esas cosas! 24 Los que pertenecen a Cristo Jesús han clavado en la cruz las pasiones y los deseos de la naturaleza pecaminosa y los han crucificado allí. 25 Ya que vivimos por el Espíritu, sigamos la guía del Espíritu en cada aspecto de nuestra vida. 26 No nos hagamos vanidosos ni nos provoquemos unos a otros ni tengamos envidia unos de otros. (NTV) 

22 En cambio, lo que el Espíritu produce es amor, alegría, paz, paciencia, amabilidad, bondad, fidelidad, 23 humildad y dominio propio. Contra tales cosas no hay ley. 24 Y los que son de Cristo Jesús, ya han crucificado la naturaleza del hombre pecador junto con sus pasiones y malos deseos. 25 Si ahora vivimos por el Espíritu, dejemos también que el Espíritu nos guíe. 26 No seamos orgullosos, ni sembremos rivalidades y envidias entre nosotros. (DHH) 

Es obvio que el producto del Espíritu que se describe aquí tiene mucho que ver con las 

capacidades que nos han dado para creer. Sin embargo, el énfasis paulino es el de la encarnación de esa fe como práxis, por amor a Dios, por la confianza que hemos puesto en Él y por la operación del Espíritu Santo que hemos permitido en nosotros. No hay duda alguna: la fidelidad es fruto del Espíritu. 

Sabiendo esto, entonces tenemos que llegar a la tercera conclusión. Un creyente que no puede mantener su fidelidad a Dios, a Su Palabra y a sus hermanos, es entonces un creyente que ha decidido limitar la operación del Espíritu Santo en su vida. Puede gozar hasta de las manifestaciones carismáticas más excelsas, pero estará incompleto en aquello que de verdad importa: el fruto del Espíritu. 

En el remanente de la porción bíblica antes citada (Gal 5:22-26) se nos dice que nuestra naturaleza humana siempre estará luchando en contra de esto. Esto es así porque nuestra inclinación carnal es hacia la rebeldía y hacia convertirnos en actores independientes del Señor. Es por esto que necesitamos la presencia del Espíritu de Dios. 

Esta manifestación y dirección sólo puede conseguirse cuando nos sometemos voluntariamente al Señor y decidimos que no basta anhelar vivir por el Espíritu: necesitamos permitir que Él nos guíe. Es esta decisión de crucificar nuestra naturaleza pecaminosa, nuestras pasiones y los malos deseos la que abre las puertas para que seamos dirigidos por el Espíritu Santo. 

La cuarta conclusión necesita que la sustentemos presentando algunos análisis bíblicos. Esta conclusión destaca que nuestra fidelidad define la manera en la que adoramos, en la que caminamos, trabajamos y hasta obedecemos. 

El capítulo 11 de la carta a los Hebreos posee las bases bíblicas para sustentar esta conclusión. 

1 Es, pues, la fe la certeza de lo que se espera, la convicción de lo que no se ve. 2 Porque por ella alcanzaron buen testimonio los antiguos. 3 Por la fe entendemos haber sido constituido el universo por la palabra de Dios, de modo que lo que se ve fue hecho de lo que no se veía. 4 Por la fe Abel ofreció a Dios más excelente sacrificio que Caín, por lo cual alcanzó testimonio de que era justo, dando Dios testimonio de sus ofrendas; y muerto, aún habla por ella. 5 Por la fe Enoc fue traspuesto para no ver muerte, y no fue hallado, porque lo traspuso Dios; y antes que fuese traspuesto, tuvo testimonio de haber agradado a Dios. 6 Pero sin fe es imposible agradar a Dios; porque es necesario que el que se acerca a Dios crea que le hay, y que es galardonador de los que le buscan. 7 Por la fe Noé, cuando fue advertido por Dios acerca de cosas que aún no se veían, con temor preparó el arca en que su casa se salvase; y por esa fe condenó al mundo, y fue hecho heredero de la justicia que viene por la fe. 8 Por la fe Abraham, siendo llamado, obedeció para salir al lugar que había de recibir como herencia; y salió sin saber a dónde iba. 9 Por la fe habitó como extranjero en la tierra prometida como en tierra ajena, morando en tiendas con Isaac y Jacob, coherederos de la misma promesa; 10 porque esperaba la ciudad que tiene fundamentos, cuyo arquitecto y constructor es Dios. (Heb 11:1-10) 

El escritor de esa carta (no sabemos quién fue) realiza un trabajo monumental cuando nos expone a varias definiciones de la fe en los primeros versos del capítulo 11. Esto es: 

– la fe como la certeza de lo que se espera. 

– la fe como la convicción de lo que no se ve. 

– la fe como el motor que permitió que los antiguos alcanzaran buen testimonio. 

– la fe como prisma para entender que el universo fue constituido por la palabra de Dios. 

– la fe que permite que entendamos que lo que se ve fue hecho de lo que no se veía. 

Luego de esto, este escritor decide adelantarnos 4 ejemplos de esta fe encarnada y aplicadas a 

las áreas de adoración al Señor, de caminar con el Señor, de trabajar para el Señor y de obedecer al Señor. 

El primero de ellos es Abel: el testimonio de la adoración que agrada a Dios. Cuando leemos la historia de Abel en el capítulo 4 del libro de Génesis nos percatamos que tanto él como su hermano Caín llegaron delante de Dios para presentar una ofrenda o un donativo (“minchâh”, H4503) al Señor. El versículo tres (3) ese capítulo identifica a Caín trayendo “minchâh”, y el versículo cuatro (4) identifica así mismo la ofrenda de Abel. ¿Qué cosa hace diferente la ofrenda de Abel de la de Caín? Hebreos 11 adelanta que se trata de la fe, y en este caso de la fe encarnada como fidelidad a Dios. 

Hemos analizado en otras reflexiones que Dios no podía recibir la ofrenda de Caín porque su idea de Dios no era correcta: 

“¿Qué sucede cuando mi concepto de Dios no es el correcto? La respuesta bíblica más exquisita a esta pregunta la encontramos en análisis de los modelos de Caín (Gn 2:15) y el modelo de Judas Iscariote. No creo que haya duda alguna de que estos “señores” nos proveen infinidad de pistas abiertas sobre conflictos en la adoración. 

El primero, un modelo muy complicado, se simplifica cuando es analizado desde la perspectiva y el concepto que Caín parece tener de Dios. De la lectura inicial de Génesis 4 se desprende que Caín parece hablar con Dios con regularidad, al mismo tiempo que no parece prestarle mucha atención a lo que Dios dice. Esto lo sabemos al leer que Dios le aconseja cuando aún el pecado estaba a la puerta (Gn 4:6-7) y él decide hacer caso omiso al consejo de Dios. En adición a esto, Caín nos muestra un concepto de Dios que es aberrante. Lo sabemos al leer la pregunta que Dios él formula una vez se ha consumado el asesinato de Abel su hermano y al respuesta que Caín ofrece (Gn 4:9). Esa respuesta implica que Caín cree que Dios no sabe (omnisciencia de Dios), 

que a Dios se le puede mentir (santidad de Dios), que a Dios no le importa lo que él ha hecho (justicia de Dios) y que Dios no hará nada al respecto (Señorío-Juicio de Dios). ¿Puede Dios recibir la adoración de alguien que posee este concepto de Dios? ¿Puede Dios aceptar las ofrendas de alguien que no reconoce la omnisciencia, la santidad, la justicia y el señorío de nuestro Dios? La respuesta es obvia. Sabiendo que Dios sí sabe, que a Dios no se le puede mentir, que a Dios sí le importa y que Dios sí hará algo al respecto, Dios no aceptará esa ofrenda. Pero hay más: este concepto de Dios desata un conflicto mayor; el fratricidio.” 

(El Heraldo Oct. 31, 2010) 

El capítulo 11 de Hebreos nos informa que Abel no tenía este problema. ¿Por qué lo sabemos? 

Basta leer el capítulo cuatro (4) del libro del Génesis para identificar a naturaleza de la ofrenda de Abel: de los primogénitos de sus ovejas. ¿Cuál es la importancia de esta ofrenda? La importancia de esta ofrenda recae en el derramamiento de sangre que esta predica. 

¿Cómo podía saber Abel que necesitaba un derramamiento de sangre para que su ofrenda pudiera ser aceptada por el Señor? Hay que intuir que Abel debió haber escuchado muchas veces a sus padres relatando cómo era su relación con Dios antes de la caída en el pecado y cómo se había transformado esa relación luego de esto. Abel debe haber escuchado a sus padres indicar que Dios mismo los había vestido; había sacrificado un animal para vestirles con esas pieles. O sea, que podía haber una conexión directa entre la continuación de la relación con Dios y este sacrificio. 

Es obvio que Abel y Caín conocían a Dios. Nadie puede decidir venir a adorar a alguien o algo que no se conoce. La carta a los Hebreos nos dice en sus entrelíneas que Abel quería mantener esa relación con Dios. Abel había intuido en su corazón una máxima bíblica; sin derramamiento de sangre no hay remisión de pecados (Heb 9:22). Su fe encarnada, su fidelidad a Dios, es la que cambia el “minchâh” en un excelente sacrificio. Esto es, la fidelidad que transforma la adoración a Dios. 

El segundo personaje que aparece en el capítulo 11 de la carta a los Hebreos es Enoc; un hombre que decidió que su fe tenía que llevarle a caminar con Dios. Repasemos algunas cosas que escribimos acerca de Enoc: 

“La Biblia está llena de testimonios de hombres y mujeres que validaron este axioma. La inmensa mayoría de ellos aparecen en los relatos bíblicos desarrollando sus vidas en contextos muy complicados y nocivos para ellos y para los suyos. 

Uno de ellos es Enoc y su nombre significa “designado” o “dedicado” (H2585). La Biblia nos enseña que este personaje bíblico vivió en una de las épocas más complicadas de nuestra historia como seres humanos. La vida de este hombre se desarrolló en el contexto de las ciudades que se construyeron luego del fratricidio que realizó Caín (Gn 4:16-26). Este ambiente era tan tóxico que la Biblia enseña que Dios decidió destruirlo y desarrollar uno nuevo. Algunos teólogos han llamado ese período el período pos-cainítico o cainítico. 

El contexto vital en el que vive Enoc es uno en el que hay hombres que invocan en el nombre de Dios sin importar lo que sucede a su alrededor (Gn 4:26b). Sin embargo, tal parece que esto no fue suficiente. O sea, el proceso de invocar el nombre del Señor necesita ser seguido por un proceso de transformación y de peregrinación con el Señor. Esto último se convirtió en un elemento distintivo de Enoc.……. Hay que añadir a todo que las tradiciones bíblicas nos revelan que Enoc pudo contemplar la Segunda Venida de Cristo (Jud 14-15). Son estas expresiones las que han llevado a muchos exégetas a concluir que Enoc era un profeta de su tiempo y que denunciaba a los herejes (“antinomists”) descendientes de Caín. 

Cuando la Biblia dice que Enoc caminaba con Dios está señalando entonces a un hombre que poseía intimidad con el Eterno. Esta expresión describe el carácter de la vida de este hombre y de la vida piadosa que había aprendido a vivir. 

La noticia más sobresaliente de las aseveraciones que encontramos en el capítulo cinco (5) del libro de Génesis es que Enoc caminó tan cerca de Dios que un día desapareció porque Dios se lo llevó. Estas expresiones son sin duda alguna un prototipo de la esperanza que poseemos aquellos que amamos y servimos a Jesucristo nuestro Señor y Salvador. En algún momento Él nos hará desaparecer de aquí mediante el arrebatamiento de la Iglesia.” (El Heraldo, Junio 23, 2019) 

Este es un testimonio inequívoco de un ser humano cuya fe encarnada le lleva a caminar con 

Dios. El capítulo 11 de la carta a los Hebreos destaca que esa fidelidad en el caminar con Dios agradó a Dios y fue lo que motivó a Dios a llevar a Enoc al cielo. Esto es, la fidelidad que transforma nuestro caminar con Dios. 

El tercer personaje es Noé. La Biblia nos dice que Noé también era un hombre que caminaba con Dios. Sin embargo, el énfasis del capítulo 11 es otro. En ese capítulo destacan que la fidelidad de Noé se demostró en su compromiso con las tareas y las labores que Dios le había comisionado. Es muy interesante el dato de que antes de subrayar esto, el escritor de esta carta inserta una aseveración lapidaria: “sin fe es imposible agradar a Dios; porque es necesario que el que se acerca a Dios crea que le hay, y que es galardonador de los que le buscan.” (Heb 11:6). 

¿Cómo se manifiesta la fidelidad de Noé?: construyendo un arca habiendo sido advertido de cosas que aún no se veían. Esto es, la fidelidad que transforma nuestro trabajo y nuestras labores. 

El cuarto personaje que aparece en ese capítulo de la carta a los Hebreos es Abraham. ¿Cuál es el área que se destaca aquí de la fe de Abraham?: su obediencia. Esto es, la fidelidad que transforma nuestra capacidad para obedecer a Dios. 

Reiteramos la cuarta conclusión acerca de la fidelidad a Dios, a sus promesas y los hermanos con los que hemos sido llamados a formar parte del Cuerpo de Cristo. Esa fidelidad define la manera en la que adoramos, en la que caminamos, trabajamos y hasta obedecemos. 

La Iglesia del siglo 21 necesita la restauración de su fidelidad al Señor a Su Palabra y entre sus propios miembros. La Iglesia de la posmodernidad debe regresar a amar a Dios sobre todas las cosas y que sea ese amor, no el temor, la que la lleve a encarnar esa fidelidad. 

La Iglesia del siglo 21 necesita abrir su corazón a la operación del Espíritu de Dios para que desarrolle en nosotros ese fruto del Espíritu. La presencia de conductas cada vez más pecaminosas y vergonzosas, los conflictos y la soberbia en el centro de la Iglesia indican que necesitamos esto con urgencia. 

La Iglesia del siglo 21 no puede limitar la operación del Espíritu Santo en su vida. Ella puede hasta gozar de todas las manifestaciones carismáticas más excelsas, pero ella tienen que saber que todas esa manifestaciones se quedarán aquí cuando nos llame el Señor a Su presencia (1 Cor 13:8). 

La Iglesia del siglo 21 necesita sentarse a evaluar su adoración, su caminar con el Señor, su labor y su obediencia a la luz de las exigencias que nos presenta la fidelidad, la fe encarnada que define la Palabra de Dios. 

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