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713 Restauración de la adoración (Pt V)

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Salmo 80, RV 1960

1 Oh Pastor de Israel, escucha; Tú que pastoreas como a ovejas a José, Que estás entre querubines, resplandece. 2 Despierta tu poder delante de Efraín, de Benjamín y de Manasés, Y ven a salvarnos. 3 Oh Dios, restáuranos; Haz resplandecer tu rostro, y seremos salvos. 4 Jehová, Dios de los ejércitos, ¿Hasta cuándo mostrarás tu indignación contra la oración de tu pueblo? 5 Les diste a comer pan de lágrimas, Y a beber lágrimas en gran abundancia. 6 Nos pusiste por escarnio a nuestros vecinos, Y nuestros enemigos se burlan entre sí. 7 Oh Dios de los ejércitos, restáuranos; Haz resplandecer tu rostro, y seremos salvos

¿Qué viene de Dios porque es imposible que los seres humanos lo puedan manufacturar? Sabiduría. ¿Qué viene de los seres humanos porque es imposible que Dios lo experimente?

Preocupación. ¿Y qué es lo trae la sabiduría y disipa la preocupación? Adoración.

Charles R. Swindoll

¡Cuán a menudo los Cristianos asumen que han adorado a Dios simplemente porque han estado 

en una Iglesia! Hemos sido enseñados que el edificio de la Iglesia es la ‘Çasa de Dios’(una 

designación inexacta tomada prestada del templo del Antiguo Testamento) y concluyen que la 

adoración tiene que ocurrir allí. No necesariamente. Dios no estaba satisfecho con la adoración 

en Jerusalén (la Santa Ciudad).Tampoco está impresionado con catedrales hermosas.

Erwin W. Lutzer

Las reflexiones anteriores nos han permitido analizar la necesidad de la restauración de nuestra adoración. En estas reflexiones hemos estado utilizando el Salmo 96 como bosquejo rector para ese proceso de restauración. Este salmo posee cuatro (4) secciones: la invitación, porqué hay que aceptar ésta, siete (7) cosas que hay que enseñar a las naciones, y ocho (8) promesas que han sido establecidas a partir de ello. 

Reiteramos que las respuestas que ofrece el salmo 96 no agotan las otras respuestas que sabemos que existen para satisfacer la necesidad de que nuestra adoración sea restaurada. También reiteramos que la razón por la que hemos echado mano de este Salmo es porque este salmo es un salmo misionero, peregrino y mesiánico. Desde esta perspectiva, este salmo comparte algunas de las características que definen la Iglesia.

La reflexión más reciente nos permitió la oportunidad de comenzar a analizar las primeras tres (3) cosas que nuestra adoración debe enseñar y comunicar a las naciones. En esta reflexión estaremos analizando las cuatro (4) restantes.

A continuación la versión de este salmo que nos regala la Biblia Reina Valera de 1960:

1 Cantad a Jehová cántico nuevo; Cantad a Jehová, toda la tierra. 2 Cantad a Jehová, bendecid su nombre; Anunciad de día en día su salvación. 3 Proclamad entre las naciones su gloria, En todos los pueblos sus maravillas. 4 Porque grande es Jehová, y digno de suprema alabanza; Temible sobre todos los dioses. 5 Porque todos los dioses de los pueblos son ídolos; Pero Jehová hizo los cielos. 6 Alabanza y magnificencia delante de él; Poder y gloria en su santuario. 7 Tributad a Jehová, oh familias de los pueblos, Dad a Jehová la gloria y el poder. 8 Dad a Jehová la honra debida a su nombre; Traed ofrendas, y venid a sus atrios. 9 Adorad a Jehová en la hermosura de la santidad; Temed delante de él, toda la tierra. 10 Decid entre las naciones: Jehová reina. También afirmó el mundo, no será conmovido; Juzgará a los pueblos en justicia. 11 Alégrense los cielos, y gócese la tierra; Brame el mar y su plenitud. 12 Regocíjese el campo, y todo lo que en él está; Entonces todos los árboles del bosque rebosarán de contento, 13 Delante de Jehová que vino; Porque vino a juzgar la tierra. Juzgará al mundo con justicia, Y a los pueblos con su verdad.

Las primeras tres (3) cosas que la adoración tienen que enseñar a las naciones están definidas en los versos 7-8a del Salmo 96. Esto fue lo que compartimos acerca de estas tres (3) verdades en la reflexión anterior:

“En la primera ocasión el salmista utiliza este concepto para convocar a las naciones de la tierra.

En la segunda ocasión lo utiliza para indicar que es lo que hay que traer y reconocer que le pertenece a Dios: la gloria (“kâbôd ”, H3519) y el poder (“ʽôz”, H5797). El primero describe el peso del esplendor y del honor de Dios. El segundo describe la fuerza, la majestad, la seguridad, el poder, la alabanza y la fortaleza de nuestro Dios. 

O sea, que la adoración definida aquí no permite otra función que no sea la de reconocer estos atributos y características de Dios.  

En la tercera ocasión el salmista utiliza este concepto para describir que hay que traer ante el Señor el reconocimiento de la gloria (“kâbôd ”, H3519) que corresponde al nombre (“shêm”, H8034) del Señor. El concepto traducido aquí como “nombre” describe entre otras cosas la posición que Dios ocupa, su autoridad, su carácter y el memorial de su individualidad. En otras palabras, todo aquello que está implicado en el nombre de Dios. El profeta Malaquías nos regala unas expresiones acerca del nombre de Dios y las ofrendas, utilizando el mismo concepto que estamos analizando aquí:

11 Porque desde donde el sol nace hasta donde se pone, es grande mi nombre entre las naciones; y en todo lugar se ofrece a mi nombre incienso y ofrenda limpia, porque grande es mi nombre entre las naciones, dice Jehová de los ejércitos.”       (Mal 1:11)

La admonición del profeta es que Israel menospreció ese nombre cuando llamó inmunda la mesa del Señor y cuando dijo que el alimento del Señor era despreciable (v. 12).

Un resumen de lo expuesto hasta aquí nos coloca ante la necesidad de ver la adoración como una herramienta, un instrumento que el Señor ha puesto en las manos de aquellos que le adoran para dar a conocer la gloria, el honor, la majestad, la fortaleza, la santidad del carácter de Dios y todos los atributos que se desprenden de esa gloria. Esta es una herramienta para invitar a otros a reconocer la gloria que hay en el nombre del Señor. Él es el Admirable Consejero, el Padre Eterno, Dios Fuerte, el Príncipe de Paz. Él es el Alfa y la Omega, la Estrella de la mañana. El León de la tribu de Judá, el Anciano de días, la Rosa de Sarón, el Vencedor, Cristo, nuestro Señor y Salvador.”   (El Heraldo, Octubre 6 de 2019) 

Es obvio que la adoración que agrada a Dios tiene que tener como componente central el reconocimiento de la majestad, la inmanencia, la gloria, el honor, la santidad y el poder de Dios. Lo que hace que este salmo sea uno extraordinariamente pedagógico es que este indica que la verdadera adoración tiene que dar a conocer esto entre todas las familias de la tierra. He aquí la función misionera y peregrina de este salmo. Este salmo dice que los que adoramos al Señor somos vistos ante Dios como misioneros que peregrinamos por el plantea anunciando a cada familia de la tierra los atributos y las características adscritas al nombre de nuestro Dios. 

La Biblia dice que ese nombre que publicamos en la adoración es el que el Señor ha puesto sobre los hijos de su pueblo (Nm 6:27). Es más, la invitación que Dios le hizo a Moisés incluye que los pueblos de la tierra temerían al ver que ese nombre era invocado por el pueblo de Dios (Dt 28:10). 

El requisito establecido en este salmo forma parte de las condiciones que especificó Salomón durante su oración para la consagración del templo de Jerusalén:

32 Y también al extranjero que no fuere de tu pueblo Israel, que hubiere venido de lejanas tierras a causa de tu gran nombre y de tu mano poderosa, y de tu brazo extendido, si viniere y orare hacia esta casa, 33 tú oirás desde los cielos, desde el lugar de tu morada, y harás conforme a todas las cosas por las cuales hubiere clamado a ti el extranjero; para que todos los pueblos de la tierra conozcan tu nombre, y te teman así como tu pueblo Israel, y sepan que tu nombre es invocado sobre esta casa que yo he edificado.”  (2 Cro 6:32-33)

Hay que subrayar que la Biblia dice que nuestro Señor y Salvador posee ese nombre que es sobre 

todo nombre (Fil 2:9). A Él sea la gloria, el imperio y la alabanza ahora y por toda la eternidad. 

La cuarta noticia que nuestra adoración tiene que enseñarle a las naciones es la siguiente: “Traed ofrendas, y venid a sus atrios (v.8b). Es muy interesante el hecho de que esta frase puede generar controversias, particularmente desde las perspectivas Cristianas posmodernas acerca de las ofrendas y la economía de la Iglesia. Para comenzar, hace falta desatacar que el concepto traducido como traer es el vocablo hebreo “nâsâh,” (H5375), que literalmente significa levantar. El concepto que se traduce como ofrenda es el vocablo hebreo “minchâh” (H4503) que puede ser traducido como donativo, ofrenda sacrificial, oblación, con la particularidad de que tiene que ser una acción voluntaria.

Los salmistas utilizan ambos conceptos con mucha frecuencia. Algunas de las referencias bíblicas en las podemos encontrar el primero son las siguientes (la traducción del concepto ha sido identificada en negrillas o “bold”):

5 Ofreced sacrificios de justicia, Y confiad en Jehová. 6 Muchos son los que dicen: ¿Quién nos mostrará el bien? Alza sobre nosotros, oh Jehová, la luz de tu rostro.” (Sal 4:5-6) 

3 ¿Quién subirá al monte de Jehová? ¿Y quién estará en su lugar santo? 4 El limpio de manos y puro de corazón; El que no ha elevado su alma a cosas vanas, Ni jurado con engaño. 5 El recibirá bendición de Jehová, Y justicia del Dios de salvación. 6 Tal es la generación de los que le buscan, De los que buscan tu rostro, oh Dios de Jacob. Selah 7 Alzad, oh puertas, vuestras cabezas, Y alzaos vosotras, puertas eternas, Y entrará el Rey de gloria.” (Sal 24:3-7)

1 Dios, Dios mío eres tú; De madrugada te buscaré; Mi alma tiene sed de ti, mi carne te anhela, En tierra seca y árida donde no hay aguas, 2 Para ver tu poder y tu gloria, Así como te he mirado en el santuario. 3 Porque mejor es tu misericordia que la vida; Mis labios te alabarán. 4 Así te bendeciré en mi vida; En tu nombre alzaré mis manos.”  (Sal 63:1-4)

1 Oh Dios, da tus juicios al rey, Y tu justicia al hijo del rey. 2 El juzgará a tu pueblo con justicia, Y a tus afligidos con juicio. 3 Los montes llevarán paz al pueblo, Y los collados justicia.” (Sal 72:1-2)

4 Alegra el alma de tu siervo, Porque a ti, oh Señor, levanto mi alma. 5 Porque tú, Señor, eres bueno y perdonador, Y grande en misericordia para con todos los que te invocan.” (Sal 86:4-5) 

1 Alzaré mis ojos a los montes; ¿De dónde vendrá mi socorro?” (Sal 121:1)

1 Mirad, bendecid a Jehová, Vosotros todos los siervos de Jehová, Los que en la casa de Jehová estáis por las noches. 2 Alzad vuestras manos al santuario, Y bendecid a Jehová.” (Sal 134:1-2) 

Al mismo tiempo, el concepto traducido como ofrenda (“minchâh”, H4503), es utilizado 193 veces en el Antiguo Testamento para identificar casi toda clase de ofrendas traídas (particularmente sacrificios de animales) para ser presentadas ante el Señor; así también los presentes que se le ofrecían a otras personas. Por ejemplo, las ofrendas de Abel y de Caín, ambas son identificadas con este concepto (Gn 4:3-4). Los presentes que Jacob le trajo a Esaú son descritos con este mismo concepto (Gn 32:13, 18,20-21). Así mismo sucede con el presente que los hijos de Jacob trajeron para José cuando regresaron a Egipto para comprar alimentos (Gn 43:11, 15, 25-26).

Los sacrificios de animales son esencialmente identificados con este concepto en el libro de Levítico (2:3-15; 5:l3; 6:14-23, etc.), así como en el resto del Pentateuco. 

Es muy interesante que la literatura profética establece unas exigencias muy particulares sobre esta clase de adoración. Veamos lo que expone el profeta Malaquías sobre este concepto:

10 Quién también hay de vosotros que cierre las puertas o alumbre mi altar de balde? Yo no tengo complacencia en vosotros, dice Jehová de los ejércitos, ni de vuestra mano aceptaré ofrenda. 11 Porque desde donde el sol nace hasta donde se pone, es grande mi nombre entre las naciones; y en todo lugar se ofrece a mi nombre incienso y ofrenda limpia, porque grande es mi nombre entre las naciones, dice Jehová de los ejércitos. 12 Y vosotros lo habéis profanado cuando decís: Inmunda es la mesa de Jehová, y cuando decís que su alimento es despreciable. 13 Habéis además dicho: ¡Oh, qué fastidio es esto! y me despreciáis, dice Jehová de los ejércitos; y trajisteis lo hurtado, o cojo, o enfermo, y presentasteis ofrenda. ¿Aceptaré yo eso de vuestra mano? dice Jehová. 14 Maldito el que engaña, el que teniendo machos en su rebaño, promete, y sacrifica a Jehová lo dañado. Porque yo soy Gran Rey, dice Jehová de los ejércitos, y mi nombre es temible entre las naciones.”   (Mal 1:10-14)

Jehová cortará de las tiendas de Jacob al hombre que hiciere esto, al que vela y al que responde, y al que ofrece ofrenda a Jehová de los ejércitos. 13 Y esta otra vez haréis cubrir el altar de Jehová de lágrimas, de llanto, y de clamor; así que no miraré más a la ofrenda, para aceptarla con gusto de vuestra mano.” (Mal 2:12-13)

Es importante subrayar la resistencia de Dios a aceptar la ofrenda (“minchâh”, H4503) porque no es limpia, o porque no es producida desde el corazón correcto, o porque está enferma. Pero no solo esto, este profeta señala entonces que los que ofrendan serán cortados de las tiendas (del pueblo) y que Dios ni siquiera miraría esas ofrendas.

Lo más hermoso de estas profecías es que el Señor ofrece un remedio para todo esto en el capítulo tres (3) de ese mismo libro. Veamos:

1 He aquí, yo envío mi mensajero, el cual preparará el camino delante de mí; y vendrá súbitamente a su templo el Señor a quien vosotros buscáis, y el ángel del pacto, a quien deseáis vosotros. He aquí viene, ha dicho Jehová de los ejércitos. 2 Y quién podrá soportar el tiempo de su venida? ¿o quién podrá estar en pie cuando él se manifieste? Porque él es como fuego purificador, y como jabón de lavadores. 3 Y se sentará para afinar y limpiar la plata; porque limpiará a los hijos de Leví, los afinará como a oro y como a plata, y traerán a Jehová ofrenda en justicia. 4 Y será grata a Jehová la ofrenda de Judá y de Jerusalén, como en los días pasados, y como en los años antiguos.” (Mal 3:1-4)

 

¡Alabado sea el Señor! La ofrenda puede ser grata luego de que el Mensajero del Señor se siente a purificarla. Ese mensajero es como fuego purificador y como jabón de lavadores. Ese mensajero se llama Cristo, el Salvador del mundo. La intervención de Cristo con su sacrificio en la Cruz es la que hace aceptable y grata la ofrenda ante los ojos de Dios.

Una de las formas más antiguas y corrientes para hacer jabón es el proceso de saponificación. El proceso de fabricación de jabón se lleva a cabo gracias a una reacción química llamada saponificación. La saponificación es la hidrólisis con catálisis básica de grasas y aceites para producir jabón. Los aceites vegetales y las grasas animales son triglicéridos (ésteres de glicerina con ácidos grasos), y al ser tratados con una base fuerte como Hidróxido de Sodio (NaOH) o Hidróxido de Potasio (KOH) se saponifican, es decir se produce el jabón (sal del ácido graso) y la glicerina (glicerol).

La reacción química que se efectúa en la fabricación de jabón se puede representar en forma general como sigue:

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Algo que no hemos subrayado aun es que este salmo insiste en que hay que venir al templo a adorar. Todas las enseñanzas publicadas hasta aquí conducen a la invitación que se hace para que lleguemos al santuario del Señor. Esto es, se está enfatizando la importancia que posee la acción y el proceso de congregarse. Las transmisiones cibernéticas, televisivas y/o radiales, no substituyen la gloriosa experiencia del ir al templo a compartir la experiencia de la adoración con aquellos que amamos. 

Es de esto último que nos habla el Nuevo Testamento en la carta los Hebreos cuando nos deja saber que en esa acción tenemos la oportunidad de ser estimulados al amor y a las buenas obras; los unos a los otros:

23 Mantengamos firme, sin fluctuar, la profesión de nuestra esperanza, porque fiel es el que prometió. 24 Y considerémonos unos a otros para estimularnos al amor y a las buenas obras; 

25 no dejando de congregarnos, como algunos tienen por costumbre, sino exhortándonos; y tanto más, cuanto veis que aquel día se acerca.”    (Heb 10:23-25)

Sabiendo esto, tenemos que concluir que la adoración que agrada a Dios tiene que anunciarle a las naciones que la adoración que Dios pide tiene que ser servida a través de Ese que es como “fuego purificador y como jabón de lavadores.” Es el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo, el que es sacrificado por nosotros. Es su grosura la que es utilizada para ser convertida en ese jabón de lavadores del que habla Malaquías. Es Cristo el que permite que nuestra adoración sea recibida como ofrenda de olor grato ante la presencia de Dios. 

La adoración que invita a las naciones a traer ofrendas voluntarias al Señor está regida por la intervención del Señor que se ofreció a sí mismo por nosotros en la Cruz del Calvario. Ese sacrificio no puede estar ausente de una adoración que es grata a Dios.

Una adoración restaurada es entonces una adoración que se ofrece cuando estamos bajo la operación de esa sangre y de ese fuego purificador.

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