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724 • Una invitación de fin de año • Volumen XV • 29 de diciembre de 2019

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724 • Una invitación de fin de año • Volumen XV • 29 de diciembre de 2019.

Una invitación de fin de año

Pastor-rector: Mizraim Esquilín-García

19 Pero María guardaba todas estas cosas, meditándolas en su corazón…...” (Lcs 2:19) La historia de la Navidad nos ofrece muchas invitaciones. Desde luego, la más importante es la invitación a recibir el mensaje de las buenas nuevas de salvación: “10 Pero el ángel les dijo: No temáis; porque he aquí os doy nuevas de gran gozo, que será para todo el pueblo: 11 que os ha nacido hoy, en la ciudad de David, un Salvador, que es CRISTO el Señor.”  (Lcs 2:10-11) Esa historia nos ofrece varias invitaciones para repasar la palabra profética que anunció el nacimiento del Niño Dios (Isa 7:14; 9:1-7; 11:1-1-4; Miq 5:2, entre muchas otras). Hay otras invitaciones para unirse a la adoración celestial. Sin embargo, hay una invitación que parece pasar desapercibida en los relatos de la natividad. Se trata de la invitación a repetir el ejercicio que hizo María acerca de todos los acontecimientos ligados a la Navidad: “19 Pero María guardaba todas estas cosas, meditándolas en su corazón…...” Este ejercicio mental puede ser interpretado como que María decidió meditar, considerar, recordar, contrapesar y/o examinar con cuidado esos asuntos. Sin embargo, estas conclusiones no le hacen justicia a lo que dice el texto bíblico. El texto en inglés es traducido como “ponder”, que puede muy bien ser traducido como examinar cuidadosamente una cosa contra la otra. En fin: necesitamos realizar algunos ejercicios exegéticos para que los lectores puedan comprender las implicaciones de este ejercicio. El concepto que la versión Reina –Valera de 1960 traduce como “meditándolas” es el vocablo griego “sumballō” (G4820). Algunas de sus traducciones incluyen disputar, conversar, consultar, considerar, unirse, atacar y, hacer las paces. Este concepto es utilizado en seis (6) ocasiones en el Nuevo Testamento. Veamos algunos de sus usos (se ha ennegrecido la traducción del concepto): “14 Y viendo al hombre que había sido sanado, que estaba en pie con ellos, no podían decir nada en contra. 15 Entonces les ordenaron que saliesen del concilio; y conferenciaban entre sí,” (Hchs 4:15) “18 Y algunos filósofos de los epicúreos y de los estoicos disputaban con él; y unos decían: ¿Qué querrá decir este palabrero? Y otros: Parece que es predicador de nuevos dioses; porque les predicaba el evangelio de Jesús, y de la resurrección.     (Hch 17:18) “27 Y queriendo él pasar a Acaya, los hermanos le animaron, y escribieron a los discípulos que le recibiesen; y llegado él allá, fue de gran provecho (ayudaron) a los que por la gracia habían creído;”    (Hch 18:27) “10 Entonces descendió Pablo y se echó sobre él, y abrazándole, dijo: No os alarméis, pues está vivo. 11 Después de haber subido, y partido el pan y comido, habló largamente hasta el alba; y así salió. 12 Y llevaron al joven vivo, y fueron grandemente consolados. 13 Nosotros, adelantándonos a embarcarnos, navegamos a Asón para recoger allí a Pablo, ya que así lo había determinado, queriendo él ir por tierra. 14 Cuando se reunió con nosotros en Asón, tomándole a bordo, vinimos a Mitilene.   (Hch 20:14)  Es obvio que el contenido de este concepto aumenta significativamente a partir del ejercicio que hemos realizado. El concepto “sumballō” (G4820) significa meditar, considerar, conferenciar, comparar, atacar, disputar, unirse, consultar y considerar que estudiar algo resulta en un gran provecho. María realiza este ejercicio cuando observa todas las escenas ligadas al Nacimiento del Niño Dios. Una pregunta obligada en medio de la Navidad y de cara a un nuevo año es de qué cosas queremos hacer “sumballō”. En otras palabras, ¿qué ponderaremos a finales de este año? Podemos decidir hacer “sumballō” (G4820) de las experiencias que nos han marcado este año, de los hermanos que han partido a las moradas celestiales, de los testimonios y señales que hemos recibido y/o de las tormentas y las crisis que hemos enfrentado en el año que está a punto de concluir. La Biblia no identifica aquellas cosas sobre las que María decidió meditar. Sin embargo, es muy fácil concluir que todas y cada una de ellas estaban relacionadas con la Navidad: el nacimiento de Dios encarnado. María ha debido haber hecho “sumballō” de la capacidad infinita que el Niño del pesebre tenía para influenciar externamente. Esto es, su influencia sobre los pastores, los ángeles y luego hasta sobre los sabios de oriente. Ella ha debido haber hecho “sumballō” de la capacidad infinita de éste para influenciar internamente, a sus padres, y años más tarde, hasta los doctores de la Ley en el templo. Ella debió también haber meditado en la naturaleza sobrenatural del Niño Dios: el ángel le dijo que sería llamado Hijo del Altísimo. Debió haber meditado acerca de las atenciones que el cielo le prodigaba: los ángeles cantaban en el medio de los campos pastoriles de Belén. Ella debió haber desarrollado un buen ejercicio de “sumballō” ante la respuesta que ella le dio al ángel cuando le hicieron el llamado: “hágase conmigo conforme a tu palabra” (Lcs 1:38) y sobre todo, la atención que ella  tendría que darle a ese niño. Este ejercicio debió haberla ayudado a mantenerse enfocada durante la persecución orquestada por Herodes y mucho más tarde, cuando le tocó estar frente a la Cruz en la que ese hijo pagaría el precio por el pecado del mundo. La realidad es que todos los creyentes en Cristo hemos recibido el mismo regalo que recibió María. El significado del nacimiento de Cristo llega a su punto más excelso cuando permitimos que esto suceda en nuestros corazones. Cuando aceptamos a Jesús como Salvador y Señor esto nos coloca en el mismo escenario en el que se encontraba María. Es aquí que la invitación a hacer “sumballō” adquiere otro significado. Sabiendo esto, podemos entonces preguntarnos si deseamos detenernos a hacer “sumballō” de las experiencias que nos han marcado, de los hermanos que han partido a las moradas celestiales, etc., o si queremos hacerlo acerca de Cristo Jesús nuestro Señor y Salvador. Esto es, de la influencia interna que tiene en nuestra familia, en la influencia externa que el desata, en lo sobrenatural de Su presencia, en la  atención que hay que darle a ese regalos que es la salvación (de qué cosas hay que cuidarse y cómo la cuidamos) y acerca de la respuesta que le daremos al cielo. ¿Qué cosas sabía María acerca de Jesús. La Biblia nos deja saber que ella sabía que Jesús era el Rey prometido en las profecías mesiánicas: “2 diciendo: ¿Dónde está el rey de los judíos, que ha nacido? Porque su estrella hemos visto en el oriente, y venimos a adorarle.”  (Mat 2:2) “32 Este será grande, y será llamado Hijo del Altísimo; y el Señor Dios le dará el trono de David su padre;”  (Lcs 1:32) La Biblia también nos dice que a ella le informaron que Jesús sería el Salvador de los pecados de todo el pueblo: “20 Y pensando él en esto, he aquí un ángel del Señor le apareció en sueños y le dijo: José, hijo de David, no temas recibir a María tu mujer, porque lo que en ella es engendrado, del Espíritu Santo es. 21 Y dará a luz un hijo, y llamarás su nombre JESÚS, porque él salvará a su pueblo de sus pecados.” (Mat 1:21) Ella sabía que los ángeles habían anunciado su nacimiento (Lcs 1:26-37), que le habían adorado (Lcs 2:8-19), que su mensaje alcanzaría a los gentiles (Lcs 2:32) y que la vida de Jesús le habría de provocar un gran dolor (Lcs 2:35). En otras palabras, que para que este ejercicio de “sumballō” pueda ser efectivo se requiere que uno conozca a Jesús. La invitación de esta reflexión es que de cara a un nuevo año nos detengamos a hacer “sumballō” del significado que tiene el regalo de la salvación y de aquello que Dios tiene preparado para nosotros a través de ese regalo. ¿Qué herramientas se requieren para poder realizar este ejercicio de manera efectiva? En primer lugar se requiere que uno decida ver a Jesús en todo lo que uno realiza. Es por esto que la Biblia dice en Hebreos 12:2 que tenemos que correr la carrera que nos propone la fe en Cristo con los ojos puestos en el Señor. Hay algunos pasajes bíblicos que enfatizan en esta propuesta. En uno de ellos (Mat 17:1-9) se nos relata cómo Jesús se transfiguró ante sus discípulos. La Biblia dice que sus ropas estaban radiantes como la luz, su rostro resplandecía como el sol y a su lado aparecieron Elías y Moisés. El pasaje subraya que los discípulos tuvieron gran temor. Un dato significativo es que el pasaje destaca que cuando todo esto acabó ellos alzaron los ojos y “a nadie vieron sino a Jesús solo.” Otro pasaje destaca a un hombre llamado Jairo de camino a su casa acompañado de Jesús de una gran multitud (Mcs 5:21-43). La Biblia describe que en ese momento llegaron emisarios de su casa para informarle que no debía seguir molestando a Jesús porque su hija, una niña de 12 años, ya estaba muerta. La Biblia identifica que Jairo decidió ignorar las voces de los demás, siguió el consejo de Jesús, le permitió que fuera él el que escogiera quiénes llegarían hasta su casa y quiénes podrían entrar en ella. Los resultados fueron gloriosos: la niña fue resucitada. Otro pasaje destaca el momento en el que Pedro niega tres veces a Jesús la noche en la que Él fue entregado para ser crucificado (Lcs 22:54-62). La Biblia destaca que cuando Pedro lo negó por tercera ocasión, “entonces, vuelto el Señor, miró a Pedro; y Pedro se acordó de la palabra del Señor.” ¡Qué mirada tan escrutadora y elocuente! Se trata de decidir ver a Jesús en todos los escenarios de nuestra vida. Verle en medio de las experiencias carismáticas y espirituales. Ellas pasan y queremos ver a Jesús. Verle en medio de las crisis que nos ahogan y que amenazan con apagar nuestra fe. Ellas pasan y forman parte de nuestros procesos pedagógicos. Verle en esos días en los que traicionamos Su amor y le fallamos al Dador de la Vida. Hay que colocar a Jesús en el centro de todas nuestras experiencias de vida. Hay que decidir que queremos ver a Jesús. En segundo lugar, hay que decidir qué cargas quiere uno llevar sobre sus hombros. Muy cerca de su ocaso, el Apóstol Pablo hablaba acerca de las batallas que el decidió pelear: “7 He peleado la buena batalla,” (2 Tim 4:7a). Pablo decidió pelear las batallas que eran buenas. Lo mismo sucede con las cargas que decidimos llevar sobre nuestros hombros. Jesucristo nos invitó a llevar su yugo: “29 Llevad mi yugo sobre vosotros, y aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón; y hallaréis descanso para vuestras almas;” (Mat 11:29). Alguien que desea hacer “sumballō” necesita decidir qué cargas va a permitir que ocupen sus hombros. El texto del Evangelio de Mateo le asigna una función educativa a ese proceso: “aprended de mí.” Hay que decidir llevar sobre los hombros la responsabilidad de una vida inmersa en las disciplinas espirituales. Esto es, ayuno, oración, meditación, escudriñando las Sagradas Escrituras. Hay un buen amigo que obtuvo un resultado de 97% en su examen de reválida como abogado. Alguien que lo  entrevistó para la posición de oficial jurídico le señaló que debió haberse “quemado las pestañas” estudiando para ese examen. Su respuesta fue una lapidaria: “me pelé las rodillas orando.” Alguien que hace “sumballō” debe llevar su testimonio sobre sus hombros. Este es uno de los  mensajes que nos  regalan Mateo 9:6 y Marcos 2:12 en las narrativas acerca de un paralítico que Jesús sanó: “12 Entonces él se levantó en seguida, y tomando su lecho, salió delante de todos,” (Mcs 2:12a). No podemos hacer “sumballō” sin estar dispuestos a mostrarle al mundo de dónde hemos venido. En tercer lugar, para hacer “sumballō” de manera efectiva, es necesario llevar sobre los hombros los testimonios y los milagros que hemos contemplado tocante al verbo de vida (1 Jn 1:1-4). En cuarto lugar, alguien que hace “sumballō” necesita mantener su mente llena de la Santa Palabra de Dios. Esta no es una invitación a abandonar la realidad en la que vivimos. Todo lo contrario: es una invitación a mirar las realidades que enfrentamos matizándolas con lo que dice la Palabra de Dios. Es esto lo que enseña la Biblia. Veamos algunos ejemplos:75 Entonces Pedro se acordó de las palabras de Jesús, que le había dicho: Antes que cante el gallo, me negarás tres veces. Y saliendo fuera, lloró amargamente.”  (Matt. 26:75). “4 Aconteció que estando ellas perplejas por esto, he aquí se pararon junto a ellas dos varones con vestiduras resplandecientes; 5 y como tuvieron temor, y bajaron el rostro a tierra, les dijeron: ¿Por qué buscáis entre los muertos al que vive? 6 No está aquí, sino que ha resucitado. Acordaos de lo que os habló, cuando aún estaba en Galilea, 7 diciendo: Es necesario que el Hijo del Hombre sea entregado en manos de hombres pecadores, y que sea crucificado, y resucite al tercer día. 8 Entonces ellas se acordaron de sus palabras, 9 y volviendo del sepulcro, dieron nuevas de todas estas cosas a los once, y a todos los demás.”   (Lcs 24:6, 8) “19 Respondió Jesús y les dijo: Destruid este templo, y en tres días lo levantaré. 20 Dijeron luego los judíos: En cuarenta y seis años fue edificado este templo, ¿y tú en tres días lo levantarás? 21 Mas él hablaba del templo de su cuerpo. 22 Por tanto, cuando resucitó de entre los muertos, sus discípulos se acordaron que había dicho esto; y creyeron la Escritura y la palabra que Jesús había dicho.” (Jn 2:22) “1 Con mi voz clamé a Dios, A Dios clamé, y él me escuchará.2 Al Señor busqué en el día de mi angustia; Alzaba a él mis manos de noche, sin descanso; Mi alma rehusaba consuelo. 3 Me acordaba de Dios, y me conmovía; Me quejaba, y desmayaba mi espíritu. Selah 4 No me dejabas pegar los ojos; Estaba yo quebrantado, y no hablaba. 5 Consideraba los días desde el principio, Los años de los siglos. 6 Me acordaba de mis cánticos de noche; Meditaba en mi corazón, Y mi espíritu inquiría: 7 ¿Desechará el Señor para siempre, Y no volverá más a sernos propicio? 8 ¿Ha cesado para siempre su misericordia? ¿Se ha acabado perpetuamente su promesa? 9 ¿Ha olvidado Dios el tener misericordia? ¿Ha encerrado con ira sus piedades? Selah 10 Dije: Enfermedad mía es esta; Traeré, pues, a la memoria los años de la diestra del Altísimo.”  (Sal 77:1-10) Reiteramos que estos ejercicios y procesos decisionales tienen que haber ayudado a María a enfrentar las escenas del Calvario. Ante ella estaba un hijo que convertido en alguien desechado y despreciado (Isa 53:3a). La capacidad de esta mujer para hacer “sumballō” le debió invitar a afirmar que la historia no podía terminar en esa Cruz. Ella escuchó al Hijo gritar allí “Dios mío Dios mío, porqué me has desamparado?” (Sal 22:1a). La repetición de ese Salmo debió haberla llevado a repasar la presencia de los Salmos en su hogar: la historia no podía terminar en esa Cruz. Los soldados romanos llegaron a romperle las piernas a los reos que acompañaban a Aquél que ocupaba la Cruz del centro. En la memoria de esta mujer debió aparecer las veces que hizo “sumballō” acerca de las palabras del ángel que le trajo el anuncio del nacimiento de ese hijo: “será llamado Hijo del Altísimo; y el Señor Dios le dará el trono de David su padre;” (Lcs 1:32). La historia no podía terminar en esa Cruz. Un centurión decidió abrir con una lanza el costado del Crucificado; sangre y agua salieron de ese lugar (Jn 19:34b). La memoria de esta mujer que hizo “sumballō” le debió llevar a recordar que el mensaje del ángel incluía esta frase: “y su reino no tendrá fin”  (Lcs 1:33b). La palabra de Dios garantizaba que la historia no podía terminar en esa Cruz. Es obvio que hacer “sumballō” y decidir utilizar las herramientas que nos regala la Santa Palabra de Dios nos capacita para el aquí y el ahora, y nos capacita para el porvenir. María había decidido hacer “sumballō” para poder calificar y calibrar sus funciones como embajadora de Dios en el ministerio de dar a luz y educar a Jesús. Nosotros, los que hemos recibido el regalo de Dios en Cristo Jesús necesitamos hacer “sumballō” para poder cumplir con nuestras responsabilidades y nuestras obligaciones como embajadores del reino de Dios (2 Cor 5:20; Efe 6:20). En cuarto lugar, debemos decidir que nuestras emociones no van a dominar nuestros escenarios de vida. La Biblia nos regala varias historias acerca de esto último. Una de ellas narra la historia de dos (2) caminantes que iban abandonando la ciudad de Jerusalén luego de la muerte de Jesucristo (Lcs 24:13-35). La Biblia los identifica como “dos de ellos”. Esto significa que eran discípulos, seguidores cercanos de Jesús. Con toda probabilidad estos dos habían estado presentes en muchos de los milagros que hizo Jesús. Conocían acerca de la capacidad de Jesús para caminar sobre las aguas. Conocían acerca de la multiplicación de los panes y los peces, y de la multitud de ciegos, paralíticos, y leprosos que Jesús había sanado. Estos dos conocían acerca de la resurrección de Lázaro (Jn 11), de la resurrección de la hija de Jairo (Mcs 5:21-43) y la del hijo de la viuda de Naín (Lcs 7:11-16). Sin embargo, el temor que les había sobrecogido, el desaliento, el desasosiego y la desesperanza que les había arropado eran más poderosas que de los testimonios que habían contemplado. Sus emociones les habían traicionado tanto que ni siquiera podían darle algo de credibilidad a las noticias que trajeron la mujeres: “él vive” (Lcs 24:23c). El miedo es un veneno poderosísimo. El pasaje del Evangelio de Lucas nos deja saber que Jesús comenzó a explicarle todo lo que decía el Antiguo Testamento acerca de Él. Luego de esto, los caminantes invitaron a Jesús a que se quedara con ellos en la aldea a la que ellos iban. Es allí que Jesús se sienta a la mesa con ellos y parte el pan. “30 Y aconteció que estando sentado con ellos a la mesa, tomó el pan y lo bendijo, lo partió, y les dio. 31 Entonces les fueron abiertos los ojos, y le reconocieron; mas él se desapareció de su vista. 32 Y se decían el uno al otro: ¿No ardía nuestro corazón en nosotros, mientras nos hablaba en el camino, y cuando nos abría las Escrituras?”    (Lcs 24:30-32) El texto bíblico es extraordinario; el partimiento del pan (la celebración de la Cena) les abrió los ojos. Inmediatamente comenzaron a testificar acerca de cómo habían cambiado sus emociones mediante el ejercicio de abrir los oídos para oír la voz de Jesús y escuchar lo que dicen las Escrituras. La voz de Jesús y el mensaje de las Sagradas Escrituras se convirtieron en medicina para transformar los corazones. El fuego que ardía en sus corazones trajo nuevas emociones; cónsonas con el propósito de Dios. El pasaje concluye señalando que se les quitó el temor y salieron esa misma noche hacia Jerusalén para decirle a los demás que Cristo Jesús había resucitado. La Palabra de Dios tiene la capacidad de transformar las emociones del corazón. Alguien que hace “sumballō” debe permitir que el Espíritu Santo tome la Palabra de Dios para cambiar aquellas emociones que quieren sabotear el propósito de Dios en nuestras vidas. Al hacerlo, el Señor pone allí emociones que refuerzan y apoyan la voluntad de Dios para nuestras vidas. La Biblia dice que María decidió meditar en su corazón (“sumballō”) todo lo referente al regalo que había recibido del cielo: el Salvador del mundo. Dios nos invita hoy a hacer el mismo ejercicio con miras a ser capaces de enfrentar un nuevo año llenos de fe y esperanza, confiados en que Dios nos ha preparado y separado un año nuevo extraordinario. Nuestra próxima reflexión procurará manejar el “sumballō” de cara al tema de nuestra voluntad  y la voluntad divina. Mientras tanto, te invitamos a reflexionar acerca de lo hemos expuesto aquí y a orar para que el Señor te ayude a alcanzarlo.

¡Feliz Año Nuevo!

____________________________________________________________________________ Colaboradores Reflexión: Rev.  Mizraim Esquilín García, PhD.  /  Webmaster: Hno. Abner García    /    Curadora-editora web: Hna. Frances González  Dropbox-upload reflexión web El Heraldo Digital: Hna. Eunice Esquilín  /    Diseñadora de Publicación Digital El Heraldo en PDF-Dropbox: Hna. Eunice Esquilín  /   Fotografía gratuita: Recuperado de Unsplash: Morgan Sessions on Unsplash/   Imagen editada: Hna. Eunice Esquilín-dic 2019.   Iglesia AMEC Casa de Alabanza, Canóvanas Puerto Rico • Diciembre de 2019 • Somos una Iglesia de Presencia Internacional    
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