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730 • “Y la tierra estaba temblando” • El Heraldo Digital del 9 de febrero del 2020 • Volumen XV • 730

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“Y la tierra estaba temblando”

Reflexión por el Pastor/Rector: Mizraim Esquilín-García 

El sol comenzaba a avistarse en lontananza. Esos rayos de luz quebrantaban la oscuridad de la noche como un presagio de lo que habría de ocurrir en una de las dos (2) noches más tenebrosas de la historia.

Era el primer día de la semana, una semana distinta a todas la otras que ellas habían vivido. María Magdalena, María la madre de Jacobo, Juana y otras tantas (Lcs 24:10) procuraban llegar a aquel sepulcro en que el cuerpo de Él había sido puesto.

Una letanía de plegarias era musitada por sus bocas. Oraciones y lamentos combinados, provocados por el dolor de una muerte violenta y trágica. Estas oraciones eran acompasadas por miradas lánguidas y desesperanzadas. Miradas similares a la que siglos más tarde colocaría el insigne Michelangelo Buonarroti en el rostro de la Madonna que llevaba en su regazo al hijo amado: la Pietát, única obra firmada por el artista.

El dolor era evidenciado en sus rostros por ojos hinchados que ya no eran capaces de soltar una lágrima adicional. Las movía el sentido de responsabilidad que caracterizaba el corazón de cada una de ellas.

La esperanza las había abandonado. Un rosario de dudas surcaba sus pensamientos. Dudas abrigadas por la incertidumbre, la confusión y la incapacidad de entender lo incomprensible. Él había dicho que era la resurrección y la vida y ahora yacía muerto, sin vida, inerte: así lo habían dejado en esa tumba el viernes pasado. El desaliento, la tristeza, la concatenación de preguntas sin respuestas, solo eran superadas por el anhelo de completar la tarea iniciada.

Con cada paso que daban se aceleraban sus corazones y los panegíricos se transformaban en plegarias de resignación. Plegarias que muy bien pudieron ser acogidas por el Seminarista de Zamora, Amado Nervo:

 

Dios mío, yo te ofrezco mi dolor: ¡Es todo lo que puedo ya ofrecerte!

Tú me diste un amor, un solo amor, ¡un gran amor!

Me lo robó la muerte …y no me queda más que mi dolor.

Acéptalo, Señor: ¡Es todo lo que puedo ya ofrecerte!…

                                                                           (Ofertorio, Amado Nervo)

 

Lo más probable es que ellas habían salido de la ciudad por la puerta de Damasco. La ruta más corta para llegar a aquel jardín las obligaría a tener que contemplar nuevamente ese monte cruel. Fue allí, el viernes pasado, que ellas tuvieron que enfrentar la muerte del Amado. La boca dibujada en el monte de la calavera parecía una burla y una amenaza eterna. Sus rostros palidecieron.

Las hojarascas en aquel jardín eran movidas por el viento. No había rosal alguno que llamara la atención. El Amado yacía muerto, inerte, sin vida: así lo habían colocado en ese sepulcro el viernes pasado. El jardín había perdido su canción.

Sin embargo, a ellas las movía el amor y el amor por el Señor. Del primero se ha dicho que es ese amor el que nos permite mantenernos de pie ante la adversidad. Del segundo se ha dicho que ese mismo amor el que nos permite prorrogar el dolor que experimentamos cuando tenemos que enfrentar la muerte de esa madre amada, de ese hijo, de ese hermano, de ese ser querido. Es allí que aparecen las fuerzas que necesitamos para atender la procesión de eventos y los detalles aleatorios a esos actos fúnebres. Luego de esto, casi siempre nos derrumbamos inevitablemente ante la realidad de que esos dolores son más fuertes que nuestras capacidades para mantenernos de pie.

El trabajo que habían iniciado ese viernes estaba inconcluso. Era cierto, el Amado estaba muerto, inerte, sin vida: así lo habían colocado en ese sepulcro el viernes pasado. Más no era menos cierto que el cuerpo de ese Amado necesitaba ser atendido con la dignidad que corresponde a cualquier ser humano.

Entrando al huerto en el que se encontraba el sepulcro que buscaban, se acrecentaron las luchas. Las batallas mentales alcanzaban otros escenarios. ¿Cómo convencer a los guardianes del sepulcro para que les permitieran completar la tarea? ¿Quién movería la piedra? (Mcs 16:3) ¿Cómo manejarían sus emociones frente a ese cuerpo maltrecho y destrozado?

Es allí que ocurrió algo incomprensible: el cielo les recetó un gran terremoto (Mat 28:2). Un ángel del cielo había provocado ese terremoto para que la piedra fuera removida. Y no solo esto, luego del gran sismo, la tierra continuaba temblando. [1] La tierra se había estremecido con gran furia y las réplicas continuaban amenazando todo el litoral. ¿Qué hacer en ese instante? ¿Correr? ¿Abandonar la tarea? ¡Jamás!: el amor que sentían por el cuerpo de Cristo era más fuerte que el temor. Las palabras que luego haría suyas el Apóstol Pablo se apoderaban de sus corazones: “7 Porque no nos ha dado Dios espíritu de cobardía, sino de poder, de amor y de dominio propio” (2 Tim 1:7). Ese cuerpo necesitaba ese servicio y el amor les permitiría vencer el temor; el cuerpo de Cristo sería servido con dignidad.

Aquellos que son movidos por ese amor son bendecidos con capacidades extraordinarias. Hallan fuerza para sobreponerse a cualquier adversidad. No así aquellos que, como los guardias romanos, solo sirven para impedir que el cuerpo del Amado sea servido. Estos siempre quedan en el suelo, asustados y temblorosos. ¡Nada puede impedir que el deseo de servir de aquellos que aman al Señor se transforme en realidad! ¡Quién nos podrá separar de ese amor! (Rom 8:35)

Somos muchos los que creemos que en ese instante ellas decidieron apoderarse de algunas promesas. Ellas habían sido adiestradas desde la cuna en el conocimiento de la Palabra de Aquél que es Señor de la tierra y su plenitud (Sal 24:1). Más estas no habían internalizado que esa Palabra encarnada había sido su Maestro y su Amigo por los pasados tres años y medio. Es muy probable que la palabra de Isaías se apoderara de algunas de ellas y las obligara a recitar esos textos sagrados:

Aunque se muevan los montes y tiemblen las colinas, mi amor por ti seguirá firme y mi pacto de paz no tambaleará». Lo dice el SEÑOR, que se compadece de ti.”                                                                                                                                                                                                     (Isa 54:10, Palabra de Dios para Todos)

Las mujeres trascendieron a sus temores y sus tristezas y decidieron entrar a esa tumba. La tierra seguía temblando, pero había que entrar a esa tumba. La tierra seguía temblando, pero la promesa las sostenía. La tierra seguía temblando, pero la compasión del Señor las animaba a seguir hacia adelante. Los fundamentos de la tierra seguían temblando, pero ellas habían sido compelidas por ese amor.

La vida nos hace visitar con frecuencia escenarios en los que nuestros fundamentos se sacuden. Es el amor del Señor, la confianza en Sus promesas y nuestro deseo de servir lo que nos compele a no detenernos: “Por tanto, no temeremos, aunque la tierra sea removida, Y se traspasen los montes al corazón del mar;” (Sal 46:2, RV 1960).

Adentrarse en la tumba era mucho más que un deseo. Entrar a esa tumba se había convertido en una invitación que no podían explicar con palabras. Era como si el cielo y la tierra se hubiesen confabulado para sacudirles el alma y el entendimiento. No bastaba con sentir y con experimentar de forma “epidermal” lo que sucedía a su alrededor; había que entrar y ver. Años más tarde uno de los hombres que visitó esa tumba escribía lo siguiente:

Les escribimos a ustedes acerca de aquello que ya existía desde el principio, de lo que hemos oído y de lo que hemos visto con nuestros propios ojos. Porque lo hemos visto y lo hemos tocado con nuestras manos. Se trata de la Palabra de vida. 2 Esta vida se manifestó: nosotros la vimos y damos testimonio de ella, y les anunciamos a ustedes esta vida eterna, la cual estaba con el Padre y se nos ha manifestado.”   (1 Jn 1:1-2, Dios Habla Hoy)

Ellas entraron a la tumba:

4 Pero cuando miraron, vieron removida la piedra, que era muy grande. 5 Y cuando entraron en el sepulcro, vieron a un joven sentado al lado derecho, cubierto de una larga ropa blanca; y se espantaron.”     (Mcs 16:4-5, RV 1960)

Allí, en la tumba vacía, vieron los lienzos que ellas habían utilizado el viernes pasado para envolver ese cuerpo. Estaban ordenados como una metáfora predicada por el Maestro: el Amado había decidido restructurar el concepto de la muerte. El terremoto había movido la piedra para que ellas pudieran ver esto. La tierra seguía temblando, pero ellas habían comenzado a experimentar otra clase de temblor: el que experimentan aquellos que reconocen que están ante la santidad y la eternidad del Señor de los cielos y la tierra.

En ese escenario: un ángel. Una vez más, estaban ante el cumplimiento de las promesas del Dios de amor que las había conducido hasta el jardín en el que se encontraba esa tumba (Isa 63:9). Ellas creyeron que Dios había enviado su ángel para cumplir esa promesa. ¡Nunca estamos solos! El Señor ha prometido hacer un campamento de ángeles alrededor de aquellos que confían en Él (Sal 34:7).

Sin embargo, sus corazones les alertaban de que debía haber mucho más esto. El escenario había comenzado a desplazar el desaliento y la desesperanza. La curiosidad, la necesidad de entender y de aprender comenzó a llenar esos espacios intracerebrales.

La tumba vacía nos invita a aprender y a hacer las preguntas. Ese ángel debía tener la respuesta. Es entonces que ellas deciden formular una pregunta. El ángel decidió responderles. [2] Esta fue su respuesta:

El ángel les dijo a las mujeres: —No tengan miedo. Yo sé que están buscando a Jesús, el que fue  crucificado, 6 pero no está aquí, porque ha resucitado, tal como él dijo. Vengan y vean el lugar donde estaba.” (Mat 28:5-6, Palabra de Dios para Todos).

La palabra celestial, la declaración del cumplimiento de las promesas de Dios redefinió y reformuló el ambiente. El Amado estaba vivo: había resucitado. La invitación a entrar y a ver el sepulcro vacío confrontó a estas mujeres con una verdad trascendental: el Amado no estaba en el sepulcro. ¡La tumba estaba vacía! El terremoto había sido una de las herramientas para transformar el escenario del dolor inenarrable en uno de gozo insuperable. Los terremotos siempre predican cambios y nosotros tenemos la capacidad para decidir qué clase de cambios queremos abrazar.

La tierra seguía temblando, pero sus réplicas ya no provocaban pavor. Otra clase de temor se había apoderado de ellas. Ese temor que experimentamos cuando sabemos que estamos ante la Presencia del Autor de la vida, del Autor y Consumador de nuestra fe (Heb. 12:2).

La tierra estaba temblando, pero había bastado entrar a ver que la tumba estaba vacía para convencerse de que había llegado la aurora de la salvación (Lcs 1:78). Los velos de sus ojos se habían caído y ellas comenzaban a aprender a escudriñar la historia con los espejuelos de la resurrección y la vida.

¡El Amado está vivo!” – se les escuchó gritar. “¡La muerte no lo pudo vencer y la tumba no lo pudo atrapar!” La tierra estaba temblando, pero ellas habían sido renfocadas por el poderoso mensaje que habían escuchado, las evidencias que habían visto y por sus reacciones ante esto. Los fundamentos de nuestras vidas pueden ser sacudidos vez tras vez, réplicas tangibles que pueden lanzarnos al vacío cavado por la desesperación y la desesperanza. Es allí que tenemos que decidir agarrarnos de las evidencias y del poder de la resurrección. Es en ese poder en el que hemos sido invitados a renacer y a vivir una esperanza viva (1 Ped. 1:3).

Esa tumba vacía, esa piedra removida comisionó a estas mujeres. La tierra estaba temblando, pero ellas habían sido comisionadas. Esa comisión estaba anclada en una verdad incuestionable: el Espíritu de santidad afirma que debido a que Él resucitó, Él Amado es el Hijo de Dios (Rom. 1:3).

La tierra seguía temblando, pero su desaliento había sido sustituido por nuevas fuerzas. Sí, sus desesperanzas habían sido transformadas en esperanza, sus lamentos en baile, sus llantos en canción, sus letanías en cánticos de triunfos y los corazones de mujeres dolientes en corazones de profetas y evangelistas del Señor. ¡La tierra estaba temblando pero ellas no!

7 Vayan pronto y digan a los discípulos: “Ha resucitado, y va a Galilea para reunirlos de nuevo; allí lo verán.” Esto es lo que yo tenía que decirles.” (Mat 28:7, Dios Habla Hoy)

La alegría había trascendido de sus corazones a sus rostros. La aurora de ese domingo lo había presagiado, más ahora era una realidad tangible. La historia había cambiado. La resurrección del Amado había certificado que el poder del pecado y el poder de la muerte habían sido cancelados con la muerte del Amado en la Cruz.  Nuevos himnos serían escritos, nuevas poesías, nuevas liturgias comenzaban a escribirse: “¿Dónde está, oh muerte, tu aguijón? ¿Dónde, oh sepulcro, tu victoria?” (1 Cor 15:55, RV 1960). La tierra seguía temblando, pero la historia había sido dividida en dos (2) partes: antes del Calvario y del Domingo de resurrección y después de estos. La tierra seguía temblando, pero la vida cobraba otro sentido y la esperanza puesta en Él nunca las dejaría en vergüenza, a ellas ni a cualquiera que cree en Él.

El amor de Dios y el sentido de responsabilidad con el servicio que tenían estas mujeres las colocó en los asientos de preferencia más importantes de la historia: los escenarios más impactantes de la historia: la muerte de Jesús y su resurrección.

Dios ha prometido repetir esta historia con todos aquellos que deciden ser guiados ese amor de Dios y por el compromiso con el servicio a los demás. La tierra puede seguir temblando, pero las promesas del Eterno nos invitan a seguir hacia adelante, motivados por ese amor, empoderados por Sus promesas y acompasados por el compromiso con el servicio a los demás.

Algo maravilloso sucede siempre que abrazamos ese norte; comenzamos a experimentar que la vida es transformada por el poder de la resurrección de Cristo. Vivir bajo el poder de su resurrección cancela el pavor que pueden provocar los sismos; estas mujeres son testigos de esto.

Vivir bajo ese poder, como lo pedía San Pablo (Fil 3:10), va mucho más allá de la capacidad para anunciar esas buenas nuevas (evangelio). Ese poder es un poder transformador. David Wilkerson lo resumió de la siguiente manera:

Lo que voy a decir puede resultar una sorpresa para usted: la resurrección de Jesucristo se trata totalmente de poder. Pero no me refiero sólo al poder divino que resucitó a Jesús de entre los muertos. Por supuesto, este tipo de poder es absolutamente milagroso y sólo emana de Dios mismo. Además de este evento sobrenatural, la resurrección de Cristo nos habla de otro poder que también proviene solamente de Dios. Estoy hablando del poder que nos lleva a vivir una vida santa… a ser libres del dominio del pecado para vencer todos los hábitos y lujuria conocidos por el hombre … a caminar por fe en la justicia que proviene solamente de Dios. Para obtener este poder es necesario conocer a Cristo en el poder de su resurrección. El apóstol Pablo habla de este tipo de poder de resurrección. Él tenía un anhelo interno y profundo de conocer a Cristo, y aquella hambre vino de su propio y profundo clamor por santidad. El apóstol tuvo una revelación acerca de la resurrección de Cristo y esta revelación tuvo que ver con el poder.[3]

Las mujeres salieron corriendo de aquel jardín temerosas y gozosas (Mat 28:8). La tierra estaba temblando, pero había que comunicar la noticia y cada segundo era un apremiante recuerdo de que el mundo tenía que saberlo: ¡El Amado ha resucitado! ¡El Amado es el Señor! Saliendo de aquel jardín, se encontraron con la calavera dibujada en el rostro de aquel monte en el que el Amado había sido asesinado. Esta vez sus rostros no palidecieron. El gozo provocado por la resurrección del Amado provocó que se llenaran de alegría y sus bocas de una canción. El Monte Calvario, el Gólgota cruel ya no se presentaba ante ellas como un instrumento que podía drenarles las ilusiones y la esperanza. Ese monte también había sido redefinido por el poder de Su resurrección.

Una sorpresa les aguardaba justo antes de llegar al final de ese jardín. Ellas procuraban llegar a la misma puerta de la ciudad por la que habían salido de esta. En ese instante, mientras la tierra estaba temblando, el Amado les salió al encuentro (Mat 28:9).

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Referencias:

[1] El texto de Stephanus de 1550 presenta la siguiente frase en Mat 28:2: “seismós egéneto megas”. “Egéneto” es el aoristo indicativo, medio, en tercera persona del verbo “Ginomai” (G1096)” Significa que algo ocurrió en el pasado, pero que era un evento que trascendía el instante, que seguía ocurriendo (otros ej. Mat 8:24; 27:45, etc.).

[2] El texto de Mat 28:5 utiliza el verbo “apocrinomai” (G611) que significa responder.

[3] http://davidwilkersoninspanish.blogspot.com/2011/07/el-poder-de-su-resurreccion.html

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Colaboradores:

Reflexión: Rev.  Mizraim Esquilín-García, PhD.  /  Pastor de Comunicaciones: Mizraim Esquilín-Carrero, Jr. / Webmaster: Hno. Abner García    /  Social-Media : Hna. Frances González   / Montaje reflexión-web/curadora Heraldo Digital: Hna. Eunice Esquilín  /  Diseñadora El Heraldo Edición Impresa: Hna. Eunice Esquilín  /   Fotografías gratuitas: Recuperadas de Unsplash: Aaron Burden on Unsplash  Raychan on Unsplash/ Imagen editada: Hna. Eunice Esquilín-febrero 2020.

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