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754 • Entre el Mar Rojo y la Tierra Prometida: “ La transformación de un pueblo en Gente Santa ” – Parte VIII • El Heraldo Digital del 26 de julio del 2020 • Volumen XV • 754

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Entre el Mar Rojo y la Tierra Prometida:“La transformación de un pueblo en Gente Santa”

Reflexión por el Pastor/Rector: Mizraim Esquilín-García

4 Vosotros visteis lo que hice a los egipcios, y cómo os tomé sobre alas de águilas, y os he traído a mí. 5 Ahora, pues, si diereis oído a mi voz, y guardareis mi pacto, vosotros seréis mi especial tesoro sobre todos los pueblos; porque mía es toda la tierra. 6 Y vosotros me seréis un reino de sacerdotes, y gente santa. Estas son las palabras que dirás a los hijos de Israel.”  (Éxo 19:4-6)

Hemos concluido en reflexiones anteriores que la estadía del pueblo de Israel frente al Monte de Sinaí va mucho más allá de una oportunidad para recibir los 10 mandamientos y los códigos de conducta. El pueblo de Israel estuvo frente al Monte Sinaí cerca de un año. Desde el tercer mes después de haber salido de Egipto, hasta el día 20 del segundo mes, a los dos (2) años de haber salido de allí (Nm 10:11-13).

No se necesita un año para recibir un código de ética. Ese tiempo procuraba algo más. El tiempo frente a este Monte obedece a que el Pacto de Sinaí es un pacto creador; uno que procura crear una nación santa para Dios.

Hemos visto que el énfasis en la santidad de la vida, la integridad de la familia, el respecto y la obediencia a la verdad y a la propiedad transforman el mensaje que Dios les comunicó allí. Esto va más allá de la recepción de los Mandamientos.

El Rdo. Dr. Roberto Amparo Rivera decía en una de sus predicaciones en nuestra Iglesia que los 10 Mandamientos son como un marco que es colocado sobre una obra de arte cuyo precio es tan alto que no puede ser comprada. Esto es entonces mucho más que un documento para ser memorizado. Se trata de la descripción de un nuevo estilo de vida, del documento de la constitución de una nación.

Charles H. Spurgeon nos enseñó en un sermón[1] que el proceso de santificación de esta nación pretendía alcanzar los siguientes resultados:

–           Desconfianza en sí mismos: ellos podían ser capaces de cantar una canción en Elim luego de la murmuración en Mara                             y luego regresar a la murmuración (Éxo 15:22-27; 16:1-4).

–           Dependencia diaria de Dios: hasta para una gota de agua.

–           El poder de la oración.

–           La separación de Egipto: de su cultura, de su influencia, de sus ataduras espirituales)

Algunos aman a Egipto porque ellos nunca beben aguas amargas:

Ellos tienen juicios y plagas.

–           La validación del lugar que ocupa la obediencia (vv. 26-27).

“…Si oyeres atentamente la voz de Jehová tu Dios, e hicieres lo recto delante de sus ojos, y dieres oído a sus mandamientos, y guardares todos sus estatutos….”

–           La naturaleza de la obediencia: aprender a ir más allá de lo que tenemos que hacer: saber que lo tenemos que hacer para Dios.

–           Las promesas adscritas a la obediencia.

Esto formó parte del propósito de Dios para Israel así como forma parte del propósito de Dios para nuestras vidas. Esto tiene que ser la cualidad en la que queremos centralizar nuestro mundo, orientar nuestra vida, nuestro trabajo y nuestra vida de adoración.

Ya hemos visto que todo esto revela el carácter de la Iglesia y el propósito de Dios con ella. Por ejemplo, la definición de la Iglesia como una nación incluye la definición de la cultura de la Iglesia, porque una nación es una unidad básica de cultura, con sus leyes, sus costumbres y sus rituales. Todo esto porque aceptar esa santidad es aceptar la soberanía de Dios en nosotros. Esto es, a Cristo como Rey de reyes y Señor de señores. La Iglesia tiene una cultura definida por Dios desde el mismo momento en que el Señor la definió como nación santa.

El Heraldo del 30 de abril de 2017 trataba este tema de manera concisa. A continuación algunas enseñanzas que compartimos en esa publicación: “¿Quiénes somos en Cristo Jesús? La respuesta a esta pregunta es muy importante. De hecho, es tan importante que estamos convencidos de que el Espíritu Santo sopla sobre la Iglesia y sobre los creyentes para empoderar la identidad que hemos adquirido en Cristo Jesús.

¿Cuál es la importancia de esta discusión? La importancia estriba en que aquello que nosotros somos afecta el mundo: el mundo que hemos creado para vivir en él. Esto ha sido definido como cultura.

El Diccionario de la Real Academia Española nos dice que la cultura es el conjunto de conocimientos que permite a alguien desarrollar su juicio crítico, el conjunto de modos de vida y costumbres, conocimientos y grado de desarrollo artístico, científico, industrial, en una época, grupo social, etc., o el conjunto de las manifestaciones en que se expresa la vida tradicional de un pueblo.

Cultura se refiere al conjunto de bienes materiales y espirituales de un grupo social transmitido de generación en generación a fin de orientar las prácticas individuales y colectivas. Incluye lengua, procesos, modos de vida, costumbres, tradiciones, hábitos, valores, patrones, herramientas y conocimiento.…. En su origen etimológico, la palabra cultura es de origen latín cultus que significa “cultivo” y a su vez se deriva de la palabra colere.”(https://www.significados.com/cultura/)

La identidad ha sido definida de la siguiente manera:

 –   es la cualidad de idéntico, el conjunto de rasgos propios de un individuo o de una colectividad que los caracterizan frente a los demás, la conciencia que una persona tiene de ser ella misma y distinta a las demás, el hecho de ser alguien o algo, el mismo que se supone o que se busca.

 Las reflexiones anteriores nos han permitido identificar en la Biblia algunas de las características que definen nuestra identidad en Cristo. Los creyentes en Cristo tenemos una nueva identidad que adquirimos mediante la sangre derramada por nuestro Salvador, la operación del Espíritu Santo y la sujeción al señorío de Jesucristo. Por ejemplo, somos la familia de Dios (Efe 2:19), somos el Cuerpo de Cristo (Efe 1:22-23), somos linaje escogido, real sacerdocio, nación santa, pueblo adquirido por Dios (1 Ped 2:9).

La Iglesia Cristiana está compuesta por miembros de esta “nueva humanidad.” Es por esto que hay que afirmar que la Iglesia posee una identidad única. Es importante afirmar que no  se trata de describir una categoría fijada o normativa. Se trata de afirmar algo que ha sido creado. Es por esto que tenemos historias, narrativas, personajes, símbolos, rituales y cosmovisión que son interpretados a la luz de una oftalmología diferente; la de la fe en Cristo Jesús.

Al mismo tiempo, hay muchas características de esa identidad. Por ejemplo, tenemos y usamos Biblias, la Cruz ocupa una posición de relevancia en nuestras vidas y en nuestros santuarios. Así mismo,  los espacios que usamos, el lenguaje que usamos, lo rituales que practicamos en la oración y la adoración. Hay que añadir el servicio Cristiano, la práctica de un compañerismo que se goza en el servicio, la participación congregacional que se fomenta, la tradiciones teológicas que nos acompañan, las ordenanzas que seguimos, etc. Nosotros existimos como Iglesia Cristiana en la tensión que se da entre los patrones que rigen y sostienen el “aquí y ahora,” y los que son promovidos por las nuevas contingencias para el futuro glorioso con Cristo.

Avery Dulles ha dicho que podemos ser Iglesias sacramentales, institucionales, diaconales, heráldicas, discipulares, y/o “celebrativas;” pero somos y pertenecemos a la Iglesia del Señor Jesucristo.[2]

Es necesario destacar que nuestra identidad como creyentes en Cristo, así como Iglesia Cristiana, son creadas por la acción del Espíritu Santo, pero desarrolladas y afirmadas desde lo que practicamos. Sobre esto hay que explicar que en el mundo secular se asume que no podemos decir que todas nuestras acciones como seres humanos constituyen “prácticas.” Sin embargo, esto es distinto en el campo de la fe en Cristo. En la relación que tenemos con el Padre a través del sacrifico del Hijo, el Espíritu Santo está constantemente recordándonos que todo lo que hacemos tiene que ser realizado en el nombre del Señor Jesús y para la gloria de Dios (Col 3:17, 23-24). Reiteramos, no se trata de aquello que convertimos en práctica, sino de todo lo que hacemos y hasta hablamos. O sea, que todo lo que hacemos, pensamos y hablamos es tomado como que brota de nuestra identidad en Cristo Jesús. Es por esto que necesitamos que el Espíritu de Dios esté siempre obrando en nuestro ser.

Los estudiosos de la identidad de la Iglesia y de la identidad de los creyentes en Cristo nos hacen mirar unas categorías que definen esto que llamamos prácticas y conductas. Estas categorías son las mismas que usan los estudiosos de la identidad nacional y transnacional. Uno de ellos, es Stuart Woolf  (Europe and the Nation-State). Otro de ellos es el “Valparaiso Proyect,” dirigido por Dorothy Bass.[3] Estas categorías son las siguientes:

Coherencia

Lo que hacemos, pensamos y hablamos emerge de la forma en que engranamos lo que dice la Biblia con las narrativas de nuestras tradiciones como congregación. Están incluidos aquí los testimonios de aquellos que estaban antes que nosotros y nuestras tradiciones como Iglesia. Estas narrativas resucitan, re-apropian, re-definen, re-trabajan y/o recuperan nuestras prácticas como Cristianos. Ellas nos llevan a una comprensión más profunda de lo que significa nuestra identidad y nuestra vocación. Es por esto que aquellos que no son constantes en su participación en la vida congregacional a veces se sienten perdidos y desfasados en la congregación.

Estas narrativas dan coherencia a nuestra fe. Esta aseveración necesita ser explicada. Nosotros no ignoramos que nos desarrollamos en una cultura secular. Sin embargo, nosotros también sabemos que nuestra identidad ha desarrollado su propia cultura. Se trata de Cristo transformando la cultura y al mismo tiempo sobre la cultura.[4] Es por esto que hay que cultivar la vida congregacional, aunque haya amenazas de pandemias.

Autenticidad

Las experiencias espirituales que tenemos son auténticas y su autenticidad está amarrada a la congruencia que existe entre la experiencia interior y la expresión exterior. Las experiencias y la congruencia de estas proveen el proceso de rendir cuentas (“accountability”) en la comunidad de fe. Y no solo esto, sino que demuestran seriedad en las devociones y el compromiso.

Transformación

Las transformaciones que experimentamos como creyentes y como comunidad son compartidas. Las evidencias están presentes y testificamos acerca de ellas. Esto fomenta la vida de la Iglesia y promueve la fe en las transformaciones que provoca el Espíritu de Dios. El costo de estas transformaciones forma parte de nuestro testimonio y del discipulado Cristiano. Estas transformaciones marcan la diferencia entre el mundo secular y la Iglesia Cristiana. Esas transformaciones no se quedan en el escenario de lo privado, ni tampoco se limitan a las expresiones públicas que se realizan, sino que son exhibidas en las consecuencias, que producen que tienen que ser obvias.

Nuestra identidad en Cristo puede verse amenazada cuando sometemos lo obtenido por el amor de Dios en el banco de recursos de la Gracia (Efe 1:7), a la sujeción de los poderes que gobiernan en este mundo. Es en esos instantes que la Iglesia necesita ser sacudida por la intervención del Espíritu Santo para recuperar así su identidad y re-enfocarse en la tarea asignada.

Nuestro lugar en la historia ha comenzado a ser clasificado como el inicio del post cristianismo. Personalmente creo que no se trata de que el Cristianismo esté “pasando de moda,” y sí que la Iglesia ha estado atravesando por un recodo del camino en el que ha permitido que la cultura del mundo actual someta bajo sus pies a la cultura e identidad del pueblo de Dios. En las ocasiones anteriores que esto parece haber acontecido la respuesta celestial ha sido la permisibilidad de un tiempo de dificultades seguido por una intervención poderosa del Espíritu de Dios; el viento ha soplado. Ya se escucha el sonido del viento…. ”

Uno de los movimientos emblemáticos de esta generación ha sido el “Cancel Culture”; cancelación de la cultura. Este movimiento trata de retirarle el apoyo (cancelar) a las figuras públicas y a las corporaciones porque estas hayan dicho o hayan hecho algo que es objetable.

Un gran problema con este tipo de acercamiento es que parte de un oxímoron; una contradicción en sí misma. Para comenzar, no tenemos una idea de cuál es el acercamiento o definición de cultura que siguen aquellos que buscan la cancelación de la cultura de otros. Es muy importante señalar que la definición de la cultura varía según la perspectiva que uno decida validar. Este es un tema altamente complejo. Ernest Cassiere, Max Weber, Max Scheler, Adam Müeller, Giambattista Vico, Jean-Jacques Rousseau y Friedrich Schiller son solo algunos de los nombres de los proponentes de definiciones acerca de esto. Ellos nunca podrían ponerse de acuerdo en sus definiciones y acercamientos a lo que es la cultura. A las definiciones que ellos y otros proponentes han provistos hay que añadirle si su definición se trata de cultura tópica, cultura simbólica, cultura histórica, mental o estructural.

¿Quiénes son los que deciden qué cultura se debe cancelar? ¿Cuál es la definición de cultura que no les parece correcta y por qué hay que acallarla? Tomemos como ejemplo la definición provista de la cultura que ofrecimos aquí: “el conjunto de conocimientos que permite a alguien desarrollar su juicio crítico, el conjunto de modos de vida y costumbres, conocimientos y grado de desarrollo artístico, científico, industrial, en una época, grupo social, etc., o el conjunto de las manifestaciones en que se expresa la vida tradicional de un pueblo”. La cancelación de esto sería sinónimo de la cancelación del conocimiento y de todas las respuestas a este. ¿No es esto subjetivo? ¿No es esto un ejercicio de la privación de la libertad y de los derechos de aquellos que no piensan como nosotros y que pueden ver esa cultura como conocimiento e invitación al desarrollo? Es por esto que las culturas han sido definidas como entes que coexisten.

Es obvio que las respuestas a las preguntas anteriores revelan que es por esto que los movimientos de cancelación de cultura pueden hasta tener la razón en algunos de sus planteamientos, pero su subjetividad los desautoriza.

El mundo ha intentado cancelar a Israel como nación y como cultura  a través de los últimos 3000 años. Leyó bien: esta nación ha sufrido embates y tragedias inenarrables desde antes de ser formados como una nación. Los cautiverios, las masacres, los exterminios, los destierros y las persecuciones forman parte de esencial de su historia como pueblo.  El mundo ha tratado de cancelar la cultura de ese pueblo y Dios no lo ha permitido. Jesucristo dijo que eso no puede ser posible, porque Dios le podía levantar hijos a Abraham aun desde las mismas piedras (Mt 3:9). Pablo añadió a todo esto que en algún momento todo Israel va a ser salvo (Rom11:25-27). O sea, que Dios va a validar la identidad y la cultura de ese pueblo con el premio más grande: la salvación que Él ofrece, quitándoles sus pecados. ¿Cómo y cuándo va a suceder esto? Eso es un problema que le compete a Dios. Nosotros no podemos cancelar lo que la Biblia dice.

¿Qué nos puede hacer pensar que la Iglesia, que es el nuevo Israel, corre por carriles distintos y diferentes a Israel? El mundo ha tratado de cancelar y destruir la Iglesia desde que Dios la formó en el Calvario y la empoderó el día de Pentecostés. Esos intentos han sido manejados por la Iglesia de muchas maneras. Algunas de las respuestas de la Iglesia han sido cónsonas con la fe y otras no. Es de esto que trata en gran parte la contribución que H. Richard Niebuhr hizo en 1951. Según Niebuhr, la Iglesia ha considerado las siguientes opciones:

  • Cristo contra la cultura. –    Cristo en la cultura (o de la cultura).
  • Cristo sobre la cultura. –    Cristo y la cultura en paradoja
  • Cristo el transformador de la cultura.

Al final de todo esto descubriremos que no podemos permitir que la cultura de la Iglesia se asimile a las culturas de la época en que vivimos. Tampoco es una buena respuesta que la Iglesia intente vivir sobre las culturas imperantes en sus tiempos, porque esto sería un acto de soberbia y de arrogancia.

La oración de Cristo sintetiza esto de una forma magistral:

14 Les he dado tu enseñanza. El mundo los odia porque no son del mundo, así como yo no soy del mundo. 15 No te estoy pidiendo que los saques del mundo, sino que los protejas del maligno. 16 Ellos no son del mundo, como yo tampoco pertenezco al mundo. 17 Apártalos con la verdad para servirte sólo a ti; tu enseñanza es la verdad. 18 Los he mandado al mundo como tú me enviaste al mundo. 19 Me estoy preparando para servirte. Lo hago por ellos, para que ellos también estén preparados para servirte.” (Jn 17:14-19, Palabra de Dios para Todos)

Cristo dijo que el mundo nos iba a odiar porque no somos del mundo. Estamos en el mundo, pero nuestra cultura es diferente, distinta a la del mundo. Sin embargo, su oración al Padre no incluía una separación del mundo. Cristo no le pidió al Padre que nos sacara de mundo. Cristo le pidió al Padre que nos guardara del mal. Es entonces que aparece en esta oración una de esas aseveraciones que definen la función y el lugar de la Iglesia:

17 Apártalos con la verdad para servirte sólo a ti; tu enseñanza es la verdad.” (PDT)

17 Hazlos santos con tu verdad; enséñales tu palabra, la cual es verdad.” (NTV)

17 Conságralos a ti mismo por medio de la verdad; tu palabra es la verdad.” (DHH)

17 Tu mensaje es la verdad; haz que al escucharlo, ellos se entreguen totalmente a ti.” (TLA)

17 Santifícalos en tu verdad; tu palabra es verdad.”  (RV, 1960)

El distintivo es ser apartados, separados para servir solo al Señor. La metodología que Cristo le define al Padre es el uso de la Santa Palabra que es la verdad. Es así que brillamos para transformar al mundo: viviendo la verdad, la Palabra de Dios. Lo hacemos siendo santos, consagrados por medio de la verdad, de la Palabra de Dios. Los próximos versos son inquietantes. Cristo dice en esta oración que Él nos envió a servir a Dios en medio del mundo y que murió por nosotros para que pudiéramos estar preparados para hacerlo.

El mundo siempre estará procurando cancelar a la Iglesia como nación santa. La puede validar como un ente social y como una organización religiosa. Estas son verdades irrefutables. Esto implica que esa amenaza será constante. La oración de Cristo nos conmina a confiar en que el Padre nos guardará en todo momento. El secreto para esto es mantenernos en la misión que nos ha sido conferida. Eso es sinónimo de la santidad derivada del reconocimiento de la soberanía de Dios en nuestras vidas.

Sabemos que ambos llamados, tanto el de Israel como el de la Iglesia, revelan el carácter de la santidad de aquellos que han sido llamados. Como decíamos en las reflexiones anteriores citando a Jonathan Sacks, santidad del espacio, santidad del tiempo y del reconocimiento de la soberanía de Dios para ser pueblo, ser nación, ser sacerdotes y reyes. Esto nos lleva más allá de nuestra propia historia, de nuestro tiempo, de nuestros deseos y de nuestra voluntad. Esto incluye todo lo que somos, poseemos, aspiramos a tener, todos los lugares que conquistamos o a los que aspiramos llegar. La santidad requerida en este tercer nivel implica que hemos aceptado que la soberanía de Dios está por encima de todo esto.

En la reflexión anterior formulamos algunas preguntas que necesitan ser contestadas. ¿Qué implicaciones bíblicas y teológicas posee todo esto? ¿Qué otro significado puede tener la aseveración “gente santa”? ¿Hay definiciones bíblicas acerca de los resultados que se esperan de la “gente santa”?

Vimos en esa reflexión que una de las exigencias bíblicas que Dios le estableció a Israel para mantener esa identidad, esa cultura como nación, era guardar los estatutos y las ordenanzas. Los resultados de no hacerlo incluían ser vomitados por la tierra prometida (Lv 20:22-24, 26).

Es irrefutable lo que dice ese pasaje: la santidad nos conduce a poseer las bendiciones que Dios ha preparado para nosotros. Ese pasaje dice que la santidad es un estilo de vida, que nos distingue como propiedad de Dios; separados para conseguir que las otras naciones sepan a Quién le pertenecemos. O sea, que no se trata de exhibirnos a nosotros sino de testificar acerca del gobierno de Dios, de Su santidad y de Su majestad.

Es obvio que este pasaje dice que la ausencia de la santidad provoca resultados nefastos. Los mismos lugares a los que Dios nos lleva son los que se encargan de hacernos saber que no la hemos conservado o que la hemos perdido. Las bendiciones prometidas nos vomitan.

Ese pasaje nos hace recordar a una Iglesia del Nuevo Testamento: la Iglesia de Laodicea (Apoc 3:14-22). A base de la hermenéutica posmoderna, esta era un Iglesia bendecida. Ella no necesitaba nada de nadie. Ella estaba enclavada en un centro financiero poderosísimo de Asia Menor. Una escuela de medicina muy reconocida ocupaba un lugar de privilegio en esa ciudad. Esa escuela había desarrollado el uso del colirio para combatir las infecciones de los ojos. De hecho, el poder económico de esa ciudad era tan grande que un terremoto la destruyó en una ocasión y ella rechazó la ayuda de Roma para su reconstrucción. Se levantaron con sus propias inversiones, con mucha fuerza y con más poder y majestad que antes.

Uno de los pocos problemas que confrontaban como ciudad era con el suministro del agua. Un acueducto traía aguas desde las ciudades de Colosas y Hierápolis. Las aguas de Hierápolis (Pamukkale) eran termales y las de Colosas provenían de manantiales subterráneos. Ambas fuentes de agua llegaban tibias a Laodicea. O sea, que no se podían consumir de inmediato.

La Iglesia enclavada allí se dejó absorber, se dejó asimilar por la cultura de la ciudad motivada por la riqueza y la comodidad de la región. Esto desarrolló una iglesia indiferente a los reclamos de Dios. Ellos testificaban que Dios “había hecho provisión” y los había bendecido. Sin embargo, Dios les dijo que los vomitaría de Su boca.

La incapacidad para mantener la santidad de la que hemos estado analizando aquí no tenía que ver con su espiritualidad. Es obvio que Dios no quiere que los Cristianos nos “enfriemos” en el espíritu. Sin embargo, el Señor le dice a esta Iglesia: “¡Ojalá fueses frío o caliente!”  O sea, que la temperatura definida aquí no puede ser la temperatura espiritual.

¿Qué significa ser vomitado de la boca de Dios? Estar en la boca de Dios posee unas implicaciones inmensas. No olvidemos que Cristo es la Palabra encarnada de Dios. O sea, Dios encarna en Cristo lo que sale de Su boca. La Iglesia por definición está escondida con Cristo en Dios; o sea, en la boca de Dios (Col 3). Además, hay que añadir a todo esto que la Biblia dice que la Iglesia vive de lo que sale de la boca de Dios (Mt 4:4). Al mismo tiempo, hay una promesas para los fieles: un nombre nuevo que la boca del Señor nombrará (Isa 62:2). Y si esto no fuera suficiente, Dios le dijo a Jeremías lo siguiente:

19 Por tanto, así dijo Jehová: Si te convirtieres, yo te restauraré, y delante de mí estarás; y si entresacares lo precioso de lo vil, serás como mi boca. Conviértanse ellos a ti, y tú no te conviertas a ellos.”    (Jer 15:9, RV 1960)

Esta Iglesia se dejó absorber por la cultura de la ciudad. Ella perdió su identidad en medio de la vorágine económica y social de Laodicea. La incapacidad de esta Iglesia para impedir que la ciudad la asimilara la llevó al punto de perder su misión. Si no se arrepentía no podría seguir siendo  boca Dios. No podría ser alimentada como alimenta Dios a su Iglesia. No podría seguir representando y encarnando a Cristo.

La solución ofrecida por Cristo es radical:

18 Te aconsejo que compres de mí oro que ha sido refinado en fuego para que así seas realmente rico. Compra de mí ropa blanca para que cubras tu vergonzosa desnudez y compra también de mí medicina para tus ojos para que así realmente puedas ver.”  (Apo 3:18, PDT)

Hay que recordar lo que dijo el profeta Jeremías. Esta es la única manera en que podemos cambiar y regresar al Señor. Es así que Él puede comenzar a restaurarnos y a permitirnos regresar ante Su presencia. “Si dejas de hablar bobadas y dices lo que en realidad tiene valor, entonces tú serás quien hable por mí. Son ellos los que tienen que volverse a ti y no tú quien tiene que volverse a ellos.” (Palabra de Dios para Todos).

Referencias

[1] “Marah better than Elim”. NO. 2301 A sermon intended for reading on Lord’s-Day, Marzo 26,1893. Predicado

por Charles H. Spurgeon en el Metropolitan Tabernacle, Newington, el jueves 4 de Abril de 1889.

[2] Avery Dulles. 1987.  “Models of the Church.” New York: Doubleday.

[3] http://www.practicingourfaith.org/people y http://www.practicingourfaith.org/living-community-cultivating practices- sustain-us

[4] Este tema es uno sumamente profundo. La mejor discusión que se ha formulado sobre el mismo está documentada en el

libro “Christ and Culture,” escrito por H. Richard Niebuhr, 1951 (New York: Harper & Row).

Colaboradores:

Reflexión pastoral: Rev.  Mizraim Esquilín-García, PhD.  /  Pastor de Comunicaciones: Mizraim Esquilín-Carrero, Jr. / Webmaster: Hno. Abner García  /  Social-Media : Hna. Frances González   / Montaje reflexión-web/curadora Heraldo Digital-WordPress: Hna. Eunice Esquilín-voluntaria  /  Diseñadora El Heraldo Institucional Edición Impresa Interactiva en InDesign CC: Hna. Eunice Esquilín-voluntaria  /  Fotografías gratuitas: Recuperadas de Unsplash.com por: Nong Vang / David Boca / Diego PH / Benwhite/Priscilla Du Preez /Mathew-Schwartz /Monika Grabkowska. Imagen editada en Photoshop CC: Hna. Eunice Esquilín López – voluntaria 26 de julio del 2020.

Iglesia AMEC Casa de Alabanza, Canóvanas Puerto Rico   • 26 de julio de 2020   •   Somos una Iglesia de Presencia Internacional   • Entre el Mar Rojo y la Tierra Prometida: “El llamamiento de un pueblo en Gente Santa” [Parte VIII] /  El Heraldo Digital -Institucional • Volumen XV • 754

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