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[791] 11 de abril del 2021Entre el Mar Rojo y la Tierra Prometida “La Educación Cristiana que transforma al pueblo: Desarrollo del carácter”

Reflexión por el Pastor/Rector: Mizraim Esquilín-García

La reflexión del 21 de junio del 2020 dio inicio al análisis de los modelos educacionales del pueblo de Israel. [1]  En esta reflexión propusimos que este modelo procuraba alcanzar los siguientes seis (6) objetivos educativos:

  • Conocer la prioridad divina; el desarrollo del carácter en los hijos de Dios.
  • Conocer la promesa divina.
  • Conocer el propósito divino para ellos como pueblo y como individuos.
  • Desarrollar la estructura social y religiosa para conseguir la permanencia en los propósitos divinos.
  • Desarrollar la confianza en la provisión divina.
  • Desarrollar el modelo para la vida y la administración de la posesión ofrecida por Dios.

Esta información nos permite extrapolar el análisis de estos objetivos y definir las metas de este modelo de educación. Es importante subrayar que esta clase de análisis requiere definiciones, análisis de marcos teóricos, de metas y de inmersiones bíblicas.

Fue en la reflexión del 10 de Enero del 2021 que adelantamos la definición que hemos abrazado de lo que es la Educación Cristiana:[2]

La Educación Cristiana es el esfuerzo divino y humano deliberado, sistemático y continuo para compartir o apropiar el conocimiento, valores, actitudes, destrezas, sensibilidades y conductas que comprenden o son consistentes con la fe Cristiana. Esto promueve el cambio, la renovación y la reformación de personas, grupos y estructuras por el poder del Espíritu Santo para conformarlos a la voluntad revelada de Dios, según expresada en las Escrituras y preeminentemente en la persona de Jesucristo, así como cualquier resultado de este esfuerzo.[3]

Además, también conocemos las metas que procuramos alcanzar a través del Ministerio de Educación Cristiana de nuestra Iglesia. Estas fueron compartidas en El Heraldo del 24 de enero del 2021:

“Hay una meta central que este proceso persigue: la transformación total de las personas que aceptan a Jesús como Señor y Salvador hasta que se parezcan a Cristo Jesús. De esta meta central se estilan cinco (5) metas educativas que nuestros procesos procuran para conseguir la formación de discípulos maduros en el Señor. Estas son las siguientes:

  • Un discípulo que conoce las Sagradas Escrituras.
    • Este es un discípulo capaz de desarrollar un marco de referencia bíblico saludable para la vida y está comprometido a seguir a Jesucristo en todas la áreas de su vida.
  • Un discípulo que ora.
    • Este es un discípulo que ha aprendido a escuchar la voz de Dios, que sabe rendirse a los propósitos de nuestro Señor y Salvador, y que vive el modelo de Cristo Jesús.
  • Un discípulo que adora.
    • Este es un discípulo que ha aprendido a vivir para adorar al Señor, responder a la presencia de Dios en Cristo Jesús, sometiendo sus agendas al propósito de Dios.
  • Un discípulo que sirve.
    • Este es un discípulo que ha aprendido a demostrar su amor por el prójimo colocando las necesidades de este por encima de las suyas, que vive las enseñanzas del Evangelio.
  • Un discípulo que se reproduce.
    • Este es un discípulo que se convierte en hacedor de discípulos dirigiendo a otros a conocer al Señor y a vivir como Cristo vivió.”[4]

En esta reflexión comenzamos a analizar el primer objetivo del moldeo educacional que Dios le dio al pueblo de Israel: conocer la prioridad divina; el desarrollo del carácter en los hijos de Dios. La relevancia e importancia de este análisis estriba en que este objetivo continua vigente en la Educación Cristiana. No se pueden alcanzar las metas antes descritas sin que el discípulo del Señor haya desarrollado el carácter de Cristo.

El carácter como concepto sólo puede ser comprendido en su totalidad desde la perspectiva de la numismática, de la impresión de monedas o desde la fe Cristiana. El concepto griego “charaktēr” (G5481)  describe un grabador, describe la herramienta para grabar o la persona que graba. Es por esto que este concepto se utilizaba para describir la acción de grabar o estampar figuras o copias, representaciones exactas. Esto se puede hacer en madera, en piedra o en metal.

Es un hecho histórico que esto se hace con mucha frecuencia desde la antigüedad, particularmente en la elaboración de monedas. El sustantivo de donde este concepto surge (“charax”, G5482) describe la herramienta para hacer esto, para grabar, para esculpir, o entallar. Este sustantivo luego fue utilizado en el mundo Helénico para identificar la grabación propiamente dicha. De aquí surge la interpretación de que “charaktēr” es una representación, una copia, una imagen expresa de lo que se ha querido grabar.

Los griegos también utilizaban este concepto para describir una marca autoritativa oficial. En ocasiones eso era la imagen del rey de la ciudad estado (en el caso de los griegos), del emperador (en el caso de los romanos) o del rey o del gobernador de turno.

Es interesante el hecho de que no tenemos evidencia de su uso en las escuelas pre-socráticas, en Tucídides, en Xenofonte o los oradores del Ático. Aristófanes lo utiliza en una ocasión, Platón dos (2) veces y Aristóteles en 15 ocasiones.

Desde el punto de vista filológico, el “charaktēr” es el agente sustantivo (“nomen agentis”), lo que le da identidad al verbo que se está considerando. Si el “charaktēr” es grabar, entonces esta acción describe al que realiza esta acción; el grabador.[5]

¿Cuál es la importancia que posee toda esta información? La única ocasión en que este concepto es utilizado en la Biblia es en la carta a Los Hebreos, y se usa para describir a Cristo.  

3 Él es el resplandor glorioso de Dios, la imagen misma de lo que Dios es y el que sostiene todas las cosas con su palabra poderosa. Después de limpiarnos de nuestros pecados, se ha sentado en el cielo, a la derecha del trono de Dios,” (Heb 1:3, DHH)

3 El Hijo irradia la gloria de Dios y expresa el carácter mismo de Dios, y sostiene todo con el gran poder de su palabra. Después de habernos limpiado de nuestros pecados, se sentó en el lugar de honor, a la derecha del majestuoso Dios en el cielo.” (NTV)

Este texto dice que Cristo “expresa el carácter mismo de Dios” (“la imagen misma de su sustancia,” RV 1960). Lo que esto significa es que Cristo es el Agente Sustantivo del Padre. O sea, Cristo es el que nos permite conocer al Padre. Cristo le da “identidad racional” al Padre. La Biblia dice que Dios es imposible de entender y de conocer, pero el “Unigénito Hijo, que está en el seno del Padre, él le ha dado a conocer” (Jn 1:18b). Esto es, de una manera que nosotros seamos capaces de entender.

Ese verso dice que Cristo es el que le da identidad a la acción del Padre. En este caso, se trata de la acción del Padre de escribir Su Ley en nuestros corazones como decía el profeta Jeremías (Jer 31:33). El Padre decidió escribirla y Cristo es el Agente Sustantivo, el Escritor.

Este verso no dice que Cristo tiene el carácter de Dios. Este verso dice que Cristo es la expresión del carácter de Dios. Por lo tanto, Cristo, como Agente Sustantivo del Padre le da identidad a todo lo que el Padre hace. El Padre quiere salvar, Cristo es nuestro Salvador. El Padre quiere sanar, Cristo es nuestro Sanador. El Padre quiere libertar, Cristo es nuestro Libertador. El Padre quiere proveer, Cristo es nuestro Proveedor. El Padre quiere hablar con nosotros, Cristo es el Verbo de Dios. El Padre quiere consolar,  Cristo es nuestro Consolador. El Padre nos quiere dar la victoria, Cristo es el Vencedor.

La Educación Cristiana responsable se desarrolla a partir de verdades teológicas como estas. Por un lado basta considerar que el desarrollo del carácter del Cristiano es uno de los pivotes centrales de esta Educación. Es un hecho que la Educación Cristiana tiene que facilitar esta clase de desarrollo y que tiene que proveer las herramientas para esto. Por otro lado, nadie puede negar que la definición del carácter del creyente en Cristo está ligado a estos postulados.

El Dr. R.C Sproul decía en su libro “A Walk with God: An exposition of Luke” que nosotros hablamos mucho acerca del carácter, de la integridad y de la justicia, pero sin sentarnos a analizar cuál es la guía definitiva de lo que es un carácter virtuoso. Sproul añadía que el tema o el asunto que necesitamos aprender, quizás más que cualquier otra cosa en nuestras vidas, es quién es Dios.

Nosotros necesitamos entender el carácter de Dios porque toda la teología, toda la ética, es nada más y nada menos que un reflejo del carácter de Dios.”[6] (Traducción libre del escritor de esta reflexión)

 Sproul decía esto como parte de su análisis del capítulo seis (6) del Evangelio de Lucas. Ese capítulo, entre otras cosas, define que nuestra conducta, nuestra capacidad para amar y manifestar misericordia tiene que ser similar a la del Padre Celestial (Lcs 6:36). ¿Cómo podemos amar como ama el Padre? La respuesta para esta pregunta es una sola; hay que ser igual que Cristo, el Agente Sustantivo del Padre, el que expresa el carácter mismo del Padre.

A partir de lo que dice la Carta Los Hebreos, tenemos que concluir que entender el carácter de Dios es entender a Cristo. A esto hay que añadir que la Biblia dice que la meta del Evangelio, luego de la salvación, es conseguir que el creyente crezca hasta alcanzar la estatura de Cristo (Ef 4:8-13). O sea, que la meta es que nosotros crezcamos hasta que alcancemos poder expresar el carácter mismo de Dios. Ningún discípulo de Cristo está completamente desarrollado hasta alcanzar esa estatura, esta expresión.

Fred Smith ha dicho en su libro “Leading with Integrity” que la mayoría de los seres humanos, incluyendo a los Cristianos, han definido el éxito como fama, logros y/o adquisiciones. Smith decía que nuestra sociedad  ha escogido la personalidad sobre el carácter. Smith afirmó en ese libro que el éxito de los Cristianos tiene que estar edificado y desarrollado sobre el carácter y no sobre los rasgos de la personalidad, ni las destrezas que se puedan tener. Las grandes cualidades de la vida, decía él, están ligadas al carácter de la persona. Esto es, la sabiduría, la integridad, la honestidad, la lealtad, la fe, el perdón y el amor.[7]

Esto es tan importante que muchos teólogos han concluido que la santidad que se espera del Cristiano describe su carácter y no necesariamente las experiencias carismáticas que este haya podido tener. La idea básica de la santidad no es otra cosa que la perfección de ese carácter.

El fruto del Espíritu describe el carácter de Jesucristo en la vida del creyente (Gal 5:22-25), al punto que le provee dirección; cómo andar.

22 Mas el fruto del Espíritu es amor, gozo, paz, paciencia, benignidad, bondad, fe, 23 mansedumbre, templanza; contra tales cosas no hay ley.

24 Pero los que son de Cristo han crucificado la carne con sus pasiones y deseos. 25 Si vivimos por el Espíritu, andemos también por el Espíritu.”  (Gal 5:22-25)

El Profesor J. Lancaster decía que mientras la fe en Dios y en Su Palabra es la base de nuestra relación con Él, y la avenida por la que Sus bendiciones fluyen en nuestras vidas, el fruto del Espíritu es la definición de la fidelidad del carácter y de la conducta que esa fe produce.[8] 

Sabemos que el amor es el elemento que consolida todas las otras virtudes descritas en ese capítulo de la carta a Los Gálatas que hemos citado aquí. Ese amor, el de Dios en Cristo, es el denominador común del carácter del Cristiano. 

La teología pentecostal afirma que el Espíritu Santo está interesado en investirnos con Su poder y en el desarrollo de nuestro carácter. [9]  

Por último, sabemos que el carácter se forja a través del conflicto. Hay un excelente libro acerca de este tema que fue escrito en 1999 por Gary D. Preston y editado por David L. Goetz.[10] Esta aseveración  no implica que el carácter se desarrolla ganando las batallas. Lo que esta frase afirma es que Dios utiliza los conflictos como herramientas para darle forma a nuestro carácter.[11]

Nuestra próxima reflexión comenzará con el análisis de esa aseveración.


[1] El Heraldo. Volumen XV. No. 749, 21 de junio del 2020.

[2]  El Heraldo. Volumen XVI. No.778, 10 de enero del 2021

[3]  Pazmiño, Robert W.  Foundational Issues in Christian Education, 2d ed. (Grand Rapids: Baker, 1987), p. 87.

   (Traducción libre del escritor de esta reflexión)

[4] El Heraldo. Volumen XVI. No.780, 24 de enero del 2021

[5]   Kittel, Gerhard (Hrsg.) ; Bromiley, Geoffrey William (Hrsg.) ; Friedrich, Gerhard (Hrsg.): Theological Dictionary

    of the New Testament. Grand Rapids, MI : Eerdmans, 1964-c1976, S. 9:418-422.

[6]  Sproul, R. C. (1999). A Walk with God: An Exposition of Luke (p. 121). Great Britain: Christian Focus

   Publications.

[7]  Smith, F., Sr. (1998). Leading With Integrity (Vol. 5, p. 89). Pub Place: Bethany House Books.

[8]   J. Lancaster in Percy S. Brewster, ed., Pentecostal Doctrine (Cheltenham, England: Grenehurst Publishers, 1976)

    71, 72

[9]   Duffield, G. P., & Van Cleave, N. M. (1983). Foundations of Pentecostal theology (p. 298). Los Angeles, CA:

     L.I.F.E. Bible College.

[10]  Preston, G. D. (1999). Character forged from conflict: staying connected to God during controversy.

     Minneapolis, MN: Bethany House.

[11]  Preston, G. D. (1999). Ibid. (p. 31).

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