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Today: Jan 21, 2021
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Reflexiones de de Esperanza: Mi Dios, en quien confiaré (en el umbral de un año nuevo)

2 Diré yo a Jehová: Esperanza mía, y castillo mío; Mi Dios, en quien confiaré.  (Sal 91:1-2, RV 1960)

Regresamos al análisis del Salmo 91 de cara a un nuevo año. Las aseveraciones que encontramos en este salmo son recetas celestiales que procuran prepararnos para ese acontecimiento.

Sabemos que el año que está a punto de terminar nos ha obligado a enfrentar retos que se presentan una vez cada 100 años. Para entender esta aseveración basta considerar los temblores, la pandemia, las crisis aleatorias a ambos, la inestabilidad socio política local, nacional e internacional, las crisis relacionales (familia, personales) y las pérdidas significativas que hemos experimentado (amigos, familiares, trabajo, economías, etc.).

Todos estos eventos son mucho más que puntos de referencia que han marcado el paso de un año. Todos estos se han convertido en referentes, experiencias de vida que apuntan a procesos que nos han obligado a realizar cambios en nuestros estilos de vida, en nuestras formas de enfrentar el día a día; la vida de muchos ha cambiado. Son referentes que acentúan los instantes en los que hemos tenido que aceptar procesos de transformación y asumir otras clases de responsabilidades.

Pero hay mucho más detrás de estos acontecimientos, de los procesos que hemos tenido que enfrentar y de las transformaciones que hemos tenido que aceptar. Se trata de los retos que todo esto le ha formulado a nuestros roles, a nuestros deseos y anhelos, a nuestros valores y a nuestra fe.

Alguien ha dicho que nuestros valores determinan nuestra visión, nuestros anhelos y deseos determinan nuestra dirección, nuestros roles son determinantes para alcanzar nuestras metas.

Nuestros roles como padres, como cónyuges, hijos, hermanos, compañeros de trabajo, han sido retados. El desempeño de nuestras tareas diarias estaba atado a un cierto grado de estabilidad que predicaba el continuismo; un sistema de vida prolongado sin cambios significativos. El año 2020 se encargó de estremecer cada uno de nuestros sistemas. Ese estremecimiento derrumbó algunos, obligó la redefinición de otros y promocionó la creación o reinvención de nuevas formas y modelos para enfrentar la vida. No cabe duda de que el año 2020 nos obligó a reformular nuestros roles en todas las áreas de la vida. Un ejemplo de esto es que papá y mamá han tenido que aprender a ser maestros. Algunos han tenido que reformular sus roles como padres; muchos han tenido que aprender a ser padres.

Nuestros deseos y anhelos han tenido que ser reformulados y redefinidos. La prioridad en el 2020 ha sido dirigida a asegurar la vida. Los deseos y anhelos de promociones, nuevas carreras profesionales, técnicas y/o vocacionales, de nuevas residencias, y otros, han tenido que ceder sus espacios. Hemos tenido que transicionar a procurar no perder la vida, no perder la familia, no perder la integridad de esas relaciones, no perder el trabajo, ni la residencia en la que vivimos.

Al mismo tiempo, nuestros valores han tenido que ser identificados y afirmados. Hemos tenido que revisar qué significado poseen valores tales como la familia, el honor, el respeto a la vida, la justicia, la ética en las relaciones, y otros tantos. Algunos han realizado esta revisión de manera consciente. Una gran parte de los seres humanos ha hecho esta revisión de manera inconsciente.

Sabiendo esto tenemos que aceptar que son muchos los que han tenido que revisitar sus metas, afinar su dirección en la vida y pulir su visión;  sus definiciones de cómo lucen como producto terminado.

Hemos dejado fuera de esta introducción el tema de la fe. Creemos que este tema es demasiado importante y que necesita ser analizado de forma separada. Además, estamos convencidos de que es la fe el corazón de las expresiones que hace el escritor del Salmo 91 y aún más, de la expresión final del verso dos (2): “…Mi Dios, en quien confiaré

La importancia que posee la fe en todos estos procesos es indiscutible. Los seres humanos nacemos para creer. Todos los seres humanos nacen con la capacidad para creer en algo o en alguien. El Apóstol Pablo dice eso en la carta a los Efesios; la fe es un don, un regalo de Dios (Efe 2:8). Los ateos tienen fe y creen la nada (“the nothingness”).

La fe de los seres humanos ha sido retada; la fe de los Cristianos también. Esto no debe sorprender a nadie porque la misma definición bíblica de la fe establece que ella nos ha sido entregada como un regalo que tiene que ser retado. Veamos:

1 Es, pues, la fe la certeza de lo que se espera, la convicción de lo que no se ve.” (Heb 11:1, RV 1960)

Ahora bien, fe es la realidad de lo que esperamos. Es la prueba palpable de lo que no podemos ver.  (Heb 11:1, PDT)

Muchos de los textos en inglés utilizan el concepto “evidence” (evidencia) en dónde la versión Reina Valera utiliza el concepto “convicción”y en donde la versión Palabra de Dios para Todos utiliza el concepto “prueba.” O sea, que nuestra fe debe ser capaz de ser sometida a juicio y que allí ella pueda presentar las evidencias, las pruebas que demuestren porqué creemos, a Quién (2 Tim 1:12) y en Quién hemos creído (Efe 1:13). Nuestra fe está diseñada para ser llevada  a la corte como evidencia admisible.

Esa definición de la fe describe esta como substrato, como la esencia que sostiene lo que esperamos, la plena seguridad, la “hupostasis” (G5287). Este concepto (“hupostasis”)  ha sido definido en  la filosofía como la realidad que se ha hecho existente.[1] Es en sí mismo uno solo, pero también una mezcla de elementos. Desde esta perspectiva podemos hablar de la fe como una sustancia y de los elementos que la componen. Ella es una sola, regalada por Dios y es al mismo tiempo provocada por la Palabra Santa, porque la fe viene por el oír (Rom 10:17), y es sostenida por el Espíritu Santo, produciendo confianza; la capacidad para sostenerse mirando al Invisible (Heb 11:27). Esa fe tiene que estar basada en el poder de Dios (1 Cor 2:5). Un dato muy importante es que la Biblia es enfática al señalar que sin ella es imposible agradar a Dios (Heb 11:6).

Todo esto nos puede hacer pensar que la fe de los Cristianos no ha debido afectarse en medio de todas las cosa que han acontecido en el año 2020. ¡Ojalá fuera esto así! La realidad es que la fe de muchos creyentes ha sido sacudida no por la fe en sí misma, sino por lo que habíamos permitido que sucediera con esta.

La realidad es que muchos creyentes han sido las víctimas de las teologías que se han estado predicando por los pasados 30 años. Las teologías antropocéntricas, las que están centradas en nosotros mismos y en nuestra prosperidad. Las teologías de mantenimiento, las que proveen mantenimiento a lo que tenemos, y no admiten cambios ni poseen una visión real del futuro. Ninguna de estas es capaz de desarrollar, alimentar y sostener la fe de un creyente. Una cantidad significativa de Cristianos no contaba con una fe desarrollada para poder ser capaz de enfrentar una temporada como esta.

El año 2020 ha retado la fe de todos los creyentes en Cristo Jesús. Lo han experimentado mucho más de cerca aquellos que no habían podido desarrollar ni madurar su fe. La buena noticia es que la Palabra de Dios siempre hace provisión para momentos como estos. Es ella la que nos provee la medicina, la receta celestial para poder tener una fe que vence al mundo (1 Jn 5:4); una fe que nos permite estar de pie resistiendo (1 Ped 5:9); una fe que puede ser sometida a prueba (1 Ped 1:7).

Es la Palabra de Dios la que nos conduce madurar la fe porque es la fe la que nos lleva a ser guardados por el de poder de Dios (1 Ped 1:5). Es la Palabra de Dios la que nos dice que la fe tiene que ser probada porque una fe probada produce paciencia (Stg 1:3). Es la Palabra de Dios la que nos dice que esa fe nos lleva a experimentar lo que es apagar fuegos, sacar fuerzas en la debilidad, hacernos fuertes en la batallas y superar las angustias (Heb 11:34). Es esa fe en Cristo la que ha llevado a muchos creyentes a  vivir una vida tan intensa en el Señor que ha hecho decir a otros que el mundo no es digno de esos creyentes (Heb 11:38a). Esa fe es la que nos permite acercarnos al Señor con plena certidumbre en cualquier momento en la vida (Heb 10:22).

La Biblia dice que la participación en esa fe, la fe puesta en práctica, nos lleva a conocer todo lo bueno que uno puede hacer y experimentar en el amor de Cristo (Fil 1:6).

Ahora bien, es de esa fe traducida en confianza que nos habla el escritor del Salmo 91. Se trata de esa fe que puede decir  “él es mi Dios y en él confío” (Sal 91: 2b, NTV). El salmista dice esto en medio de unas circunstancias completamente anómalas y peligrosas.

Es interesante saber que el concepto confianza que se usa en este salmo es uno muy particular. El idioma Hebreo posee varios conceptos para describir la acción de confiar. Uno de ellos es “châsâh” (H2620), concepto que describe la acción de confiar como la acción de ir a un lugar de manera precipitada, corriendo, para encontrar allí la protección necesaria. Este no es el concepto que utiliza el escritor del Salmo 91 en ese verso dos (2). Este escritor utiliza el concepto “bâṭach” (H982). Este concepto describe la confianza como la acción consciente de ir a buscar refugio sin prisa, confiado, seguro, tranquilo, sabiendo que ese refugio está allí y que no nos va a fallar.

Entonces, el salmista no nos presenta a Dios como alguien a quien acudimos con prisa, de manera precipitada, experimentando el terror que puede provocar aquello que nos amenaza. El salmista describe a Dios como Ese a quien podemos acudir sin temor, sin miedo, con calma, sabiendo que nunca nos va a fallar. Eso en la Biblia se llama confianza; fe puesta en acción. Esa confianza, esa fe puesta en acción nos conduce a querer hacer la voluntad de Dios en todo momento (Heb 10:7).

Un dato que no puede ser pasado por alto es cómo es que el escritor de este salmo nos habla de esa capacidad para confiar en Dios. El salmista no dice que confía en Dios. Él tampoco dice que confía en un dios. El salmista dice que él confía en su Dios. El salmista nos dice en este salmo que el confía en Alguien que él llama “mi Dios.” Esta es una expresión que va más allá de describir el conocimiento personal que él tiene de Dios. Esa expresión describe un elemento posesivo. El uso de ese adjetivo posesivo describe un valor definido y algo más: indica un tratamiento de respeto.[2]

Esta frase es también una declaración de confianza profética. Veamos como la utilizan algunos profetas en el Antiguo Testamento:

10 En gran manera me gozaré en Jehová, mi alma se alegrará en mi Dios; porque me vistió con vestiduras de salvación, me rodeó de manto de justicia, como a novio me atavió, y como a novia adornada con sus joyas. (Isa 61:10)

3 Y volví mi rostro a Dios el Señor, buscándole en oración y ruego, en ayuno, cilicio y ceniza. 4 Y oré a Jehová mi Dios e hice confesión diciendo: Ahora, Señor, Dios grande, digno de ser temido, que guardas el pacto y la misericordia con los que te aman y guardan tus mandamientos; (Dan 9:3-4)

2 A mí clamará Israel: Dios mío, te hemos conocido. (Oseas 8:2)

9 Y meteré en el fuego a la tercera parte, y los fundiré como se funde la plata, y los probaré como se prueba el oro. El invocará mi nombre, y yo le oiré, y diré: Pueblo mío; y él dirá: Jehová es mi Dios. (Zac 13:9)

Es obvio que esta expresión (“Elohái”) describe una relación. Nadie puede decir “mi Dios” sin antes haber conocido al Eterno. Nadie puede acercarse a Él con plena confianza sin haber establecido una relación personal con Señor. Nadie puede llamarle “Elohái” sin saber que Él es el  “ʼĕlôhı̂ym” (H430). Este es el cuarto concepto de Dios que el salmista utiliza en los primeros dos (2) versos del Salmo 91.

El concepto “ʼĕlôhı̂ym” describe a Dios como el dueño de la suma de todas las fuerzas, de la totalidad de todo el poder, de todo lo que existe, de la Voluntad creativa: al Dueño y Autor de cada causa que Él forma con sus interacciones. Esta es la manifestación de Dios que encontramos en la naturaleza (revelación general); en Su creación; el Ser Supremo. Ese nombre sugiere que hay un misterio, una dimensión del Dios Creador que el ser humano no es capaz de comprender. Ese el nombre de Dios relacionado con la creación  del ser humano (Gn 1:26). Es Él el que dice “hagamos al hombre…”. Ese concepto es una forma plural de la divinidad.

Sabemos que los judíos lo utilizan así para hacer énfasis en la majestad de Dios. Los Cristianos estamos convencidos de que ese plural es un testimonio de la Trinidad; Dios Padre, Hijo y Espíritu Santo.

Este dato describe que la Trinidad participó en la Creación. O sea, que aquellos que dicen “mi Dios, en quien confiaré”, están literalmente diciendo que su confianza está puesta en el Padre, en el Hijo y en el Espíritu Santo. Están poniendo su confianza el Dios que hizo la creación. Además, están diciendo que poseen una relación personal con el Trino Dios.

Esa es sin duda alguna una clave importantísima para reenfocar la vida de cara a un nuevo año. Luego de un año de temblores de tierra, de pandemias y de grandes inestabilidades, hay que colocarse en una posición que nos permita poner la fe en acción. Luego de un año en el que nuestros valores, nuestros anhelos y nuestros roles han sido retados, necesitamos revitalizar nuestra fe. Aquellos que anhelan un año nuevo lleno de esperanza, de fuerzas nuevas y de grandes testimonios, necesitan poner en acción su fe.

¿Cómo se logra esto? ¿Cómo podemos conseguir que nuestra fe se fortalezca, madure y se traduzca en plena confianza en Dios Todopoderoso? Las respuestas a estas preguntas no son muy complicadas. El primer paso requiere restablecer, solidificar y/o elevar el grado de nuestra relación con Dios hasta que seamos capaces de llamarle “mi Dios.” Esto, no como una expresión poética y literaria, sino como una declaración honesta, sincera y real de que conocemos al Señor, que somos suyos, que le pertenecemos y que Él nos pertenece.

Esa relación sólo puede ser establecida a través de Cristo Jesús. La Biblia dice que nadie puede llegar al Padre sino es a través de Él:

6 Jesús le dijo: Yo soy el camino, y la verdad, y la vida; nadie viene al Padre, sino por mí. (Jn 14:6)

El segundo paso es desarrollar esa confianza con Dios, con ese Dios que es el más Alto (“ʽĚlyôn”, H5945), que es Todopoderoso (“Shadday”, H7706), que se revela (“Yawhe”, H3068), y que es Creador de todo lo que existe (“ʼĚlôhı̂ym”, H430). La Biblia nos dice que podemos acercarnos confiadamente al trono de la gracia para alcanzar misericordia y hallar gracia para el oportuno socorro (Heb 4:16). Una buena resolución para el año nuevo es que decidamos que en el 2021 vamos a cultivar nuestra confianza en el Señor, vamos a desarrollar nuestra fe, vamos a aprender a ponerla en acción.

¿Cómo logramos esa confianza? Esa confianza se cultiva y se desarrolla a través del tiempo. Esa confianza se cultiva poniendo en práctica las disciplinas espirituales de la oración y el ayuno, de la lectura de la Palabra de Dios, de la meditación, y los momentos de adoración. Estas disciplinas desarrollan la  confianza en el Señor no por lo que nosotros le decimos a Dios, sino por la oportunidad que Él nos concede de poder escuchar Su voz y entender lo que Él nos está diciendo.

La incapacidad para escuchar a Dios y/o no entenderlo le puede suceder a cualquiera. La Biblia dice que esto le sucedió a los padres de Jesús. Ellos no entendieron unas palabras que Él les habló (Lcs 2:50). Creemos que esta ha debido ser una de las razones por las que Jesús se les perdió. Es muy probable que llevaran algún tiempo sin entender a Jesús, hablando con Él, escuchando Su voz, pero sin entender su mensaje. Podemos llegar a esta conclusión a base del diálogo que se desata cuando María y José lo encontraron en el templo:

48 Cuando le vieron, se sorprendieron; y le dijo su madre: Hijo, ¿por qué nos has hecho así? He aquí, tu padre y yo te hemos buscado con angustia. 49 Entonces él les dijo: ¿Por qué me buscabais? ¿No sabíais que en los negocios de mi Padre me es necesario estar? 50 Mas ellos no entendieron las palabras que les habló. (Lcs 2:48-50)

La respuesta de Jesús implica que ellos debían saber en dónde encontrarle:

49 Jesús les contestó: ¿Por qué tenían que buscarme? ¿No sabían que tengo que estar en la casa de mi Padre?  (PDT).

Es obvio que María y José no conocían esto, no lo escucharon cuando Jesús se los dijo. Lo más difícil de todo esto es que ellos perdieron a Jesús y no se habían enterado de que lo habían perdido. ¿Nos habrá sucedido algo así en algún momento durante el año 2020? El otro dato es que ellos decidieron buscarlo durante tres (3) días adicionales al de la peregrinación de regreso a casa (Lcs 2:41-52), sin pasar por el templo, por la Casa de Dios. ¿Nos habrá sucedido algo así en algún momento durante el año 2020? La Biblia también nos dice que le echaron la culpa a Jesús cuando lo encontraron. ¿Nos habrá sucedido algo así en algún momento durante el año 2020?

La Biblia nos dice que María resolvió ese asunto. Ella lo escuchó desde la Cruz (Jn 19:26-27) y luego recibió el bautismo del Espíritu Santo el día de Pentecostés (Hch 1:12-14).

La invitación que nos hace el Señor es para que activemos nuestra fe. Nos invita el Señor a que nos aseguremos de que Jesús no se nos pierda en el año nuevo. La invitación es a que aprovechemos la oportunidad de habitar al abrigo del Altísimo y morar bajo la sombra del Omnipotente para repasar nuestra visión, nuestros anhelos y la definición de nuestros roles. La invitación es a desarrollar una clase de confianza con el Señor que nos permita desarrollar una fe que pueda producir evidencias. La invitación que nos hace Cristo es que podamos llamarle “mi Dios y mi Señor.”

Norman J. Clayton describió esta relación en un himno que está vestido de gracia y de eternidad:

“Ya pertenezco a Cristo”

1
Cristo el Señor me ama por siempre,
Mi vida guarda Él tiernamente,
Vence el pecado, cuida del mal,
Ya pertenezco a Él.

CORO

Ya pertenezco a Cristo,
Él pertenece a mí.
No sólo por el tiempo aquí,
mas por la eternidad.

2
Cristo bajó del cielo a buscarme;
Cubierto de pecado encontrome;
Me levanto de vergüenzas mil.
Ya pertenezco a Él.

CORO
3
Gozo indecible inunda mi alma,
Ya libertado estoy y mi vida
Llena está de felicidad.
Ya pertenezco a Él.   


[1] Köster, H. (1964–). ὑπόστασις. G. Kittel, G. W. Bromiley, & G. Friedrich (Eds.), Theological dictionary of the New Testament (electronic ed., Vol. 8, pp. 572–588). Grand Rapids, MI: Eerdmans

[2] https://dle.rae.es/

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