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Today: Nov 29, 2020
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Reflexiones de Esperanza: Alabanzas para el alma: oraciones que nos hacen cantar “La vida ante los perfectos que provee Dios.” (Parte 16)

6 Ciertamente el bien y la misericordia me seguirán todos los días de mi vida, Y en la casa de Jehová moraré por largos días.    (Sal 23:5-6)

El análisis del último verso del Salmo 23 nos ha abierto las puertas para que analicemos la profundidad y el alcance de su mensaje. Hemos iniciado este proceso identificando algunos pasajes bíblicos en los que podemos obtener información del significado de los conceptos que se utilizan en el sexto verso de este salmo. En otras palabras, estamos haciendo el ejercicio de identificar los usos de estos conceptos en otros pasajes bíblicos para poder arribar a conclusiones más certeras del significado que puede poseer ese verso.

Nuestros análisis iniciales han estado centralizados en el concepto hebreo “ṭôb” (H2896) que es el que es traducido al español como “bien.” Para esto, nos hemos circunscrito a estudiar específicamente los pasajes bíblicos en los que se describe la participación o la inclusión del “bien” del Señor. Esto nos puede arrojar luz sobre el significado de la frase “el bien y la misericordia me seguirán todos los días de mi vida” desde la perspectiva del bien del Señor. En otras palabras, qué es lo que debemos esperar que suceda en nuestras vidas de parte del Señor cuando afirmamos lo que dice este salmo.

Un resumen de los usos de ese concepto identificados hasta aquí nos ha llevado a concluir que el “bien” del Señor está presente cuando los creyentes no temen hacerle frente a los poderes humanos para defender la vida y la integridad del ser humano. Así le sucedió a Sifra y Fúa, las parteras egipcias (Éxo 1:17-21).

Hemos visto que el bien del Señor está presente para provocar la conversión y los testimonios en aquellos que nos observan a la distancia. Esto es, parientes, amigos y/u observadores que ven el bien del Señor operar sobre nosotros en medio de las pruebas, las persecuciones y las opresiones que podemos sufrir. Esa operación provoca que ellos puedan reconocer el señorío de nuestro Dios y decidir adorarle, tal y como le sucedió a Jetro, el suegro de Moisés (Éxo 18:9-12).

Es muy interesante saber que el Salmo 23 dice que el salmista afirma que el bien y la misericordia nos seguirán todos los días de nuestras vidas. Es mucho más interesante que lo haya dicho luego de haber estado sentado en la mesa que adereza el Buen Pastor. Esto es interesante porque en el caso del pasaje bíblico que narra la historia de Jetro (Éxo 18:9-12), Jetro no solo se convierte y adora a Dios, sino que es invitado a cenar, en la presencia de Dios. Esto le añade un valor extraordinario a este pasaje porque nos hace saber que el testimonio de Moisés, así como el del pueblo de Israel, pudo conseguir que Jetro terminara sentado en la mesa en la que Moisés y Aarón comían con el Señor (delante del Señor).

Es importante desatacar que Moisés y Aarón no participan en los parlamentos que incluye esa narrativa bíblica. Ellos no necesitaban hablar, porque el testimonio que tenían acerca del bien del Señor era más que elocuente. O sea, que podemos decir que se estaba desarrollando un propósito celestial cuando Dios les estaba permitiendo atravesar por la esclavitud, por la odisea de las plagas de Egipto, las luchas con el faraón y con su ejército y el milagro del Mar Rojo. Todo esto sucedió con el fin de que Dios manifestara Su bien en medio de esas circunstancias, de tal modo que un extranjero de Madián llamado Jetro pudiera terminar sentado a la mesa del Señor.

La Biblia dice que Jetro vino a visitar a Moisés con la excusa de traerle a Séfora (esposa de Moisés) y a sus dos (2) hijos llamados Gersón y Eliezer (Éxo 18:1-4). La Biblia dice que Jetro llegó al lugar en el ellos estaban cuando los Israelitas ya se encontraban acampando junto al monte de Dios (Éxo 18:5). Repetimos, ese pasaje bíblico destaca que los Israelitas ya habían llegado a lo que la Biblia llama el monte de Dios.

5 Y Jetro el suegro de Moisés, con los hijos y la mujer de éste, vino a Moisés en el desierto, donde estaba acampado junto al monte de Dios; (Éxo 18:5)

La descripción de ese lugar aparece en el próximo capítulo del Libro de Éxodo. Esa narrativa bíblica dice que ese Monte estaba estremeciéndose, con truenos y relámpagos, cubierto de una nube espesa y con un fuerte sonido de bocina durante todo el tiempo (Éxo 19:17-23). O sea, que Jetro fue invitado a cenar en un lugar poco común.

Las implicaciones de estas aseveraciones son muy importantes. En primer lugar, estas implican que es Dios el que escoge el lugar en el que Él establece y adereza la mesa. En segundo lugar, que nuestros testimonios con la operación del bien de Dios no concluyen con la llegada de esas personas. Tienen que concluir con ellos sentados en la mesa del Señor. Nosotros tenemos la responsabilidad de acercarlos a esa mesa haciéndoles saber que no se trata de nosotros sino de la revelación del Señor.

En ocasiones, Dios decide aderezar esa mesa de la que habla el salmista en el Salmo 23 en lugares que no solo no son comunes, sino que no nos gustan, ni parecen atractivos. Es Dios el que decide el lugar en el que adereza Su mesa. No olvidemos que es Su mesa; es la mesa del Señor. Nuestra tarea es la de confiar en que el Señor nunca se equivoca y que tiene que haber un propósito celestial, divino e incuestionable detrás del lugar que Él ha seleccionado.

Hay que significar que el lugar que el Señor escogió para que Jetro pudiera cenar frente a la presencia de Dios era “el salón de clases” al que Dios había llevado a Israel. Las faldas de ese monte sirvieron como “aula escolar” para ese pueblo durante 11 meses y 20 días, según dice la Palabra (Éxo 19:1 y Núm 10:11). O sea, que Jetro vino a visitar a Moisés al salón de clases y Moisés decidió invitarlo a cenar en el mismo lugar en el que ellos estaban recibiendo la instrucción de Dios.

Este procedimiento de operaciones estandarizadas del Señor no ha cambiado. Hay momentos en la vida en los que no contamos con nada tangible sobre lo que podemos operar. Son momentos en los que  tan solo tenemos promesas. Son momentos, etapas en la vida en las que aún no se ha materializado la Tierra Prometida, no hay siquiera una identidad personal, ministerial, y hasta nacional, formal, de la que nos podamos agarrar.

El mejor ejemplo que podemos tener acerca de esto son los miles de Cristianos emigrantes. Se trata de pastores, ministros ordenados, misioneros, evangelistas, educadores que se encuentran sufriendo esta experiencia mientras migran a otras ciudades y a otros países. Se trata de experiencias que en ocasiones se alargan por años. Esto le acontece a madres que se quedan solas criando a sus hijos, con responsabilidades de ser padre y madre al mismo tiempo. Le acontece a familias que han perdido seres queridos a causa de la violencia en las calles o a causa de la pandemia con la que hemos estado lidiando este año.

Esas peregrinaciones poseen sus propios salones de clase, como un andén ferroviario, en los que el Señor nos estaciona para que recibamos Su instrucción. Es en esos lugares que descubrimos que el sentido del humor del Señor es muy particular. Dios provoca que a ese lugar vengan a nuestro encuentro personas que nos traen responsabilidades adicionales. No podemos con las nuestras y llegan personas a traernos más responsabilidades. No olvidemos que Jetro le trajo a Moisés a Séfora y sus dos (2) hijos. O sea, el abuelo estaba diciendo con esto que él no se iba a hacer responsable de criar a los nietos. Es allí, después que Jetro ve el testimonio del bien de Dios que él es invitado a cenar con Moisés, Aarón y los ancianos de Israel; frente a la presencia de Dios.

En el humor de Dios hay que incluir que el lugar en el cenaban temblaba, se estremecía y tenía toda clase de relámpagos y truenos. Jetro tuvo que comer en ese lugar. Jetro tuvo que ser expuesto a algo más que el bien de Jehová. Jetro tuvo que ser expuesto a la mesa de donde sale el bien de Jehová. Esta es la descripción bíblica del lugar en el que estaban cenando:

18 Todo el monte Sinaí humeaba, porque Jehová había descendido sobre él en fuego; y el humo subía como el humo de un horno, y todo el monte se estremecía en gran manera. 19 El sonido de la bocina iba aumentando en extremo; Moisés hablaba, y Dios le respondía con voz tronante. (Éxo 19:18-19)

¿Se puede usted imaginar las reacciones de Jetro cenando con Moisés, Aarón y los Ancianos de Israel en un lugar como el que se describe en el pasaje que hemos citado? Estamos seguros de que la vida de Jetro no fue la misma cuando regresó a su casa (Éxo 18:27). Hasta ese momento él conocía teóricamente quien era el Dios de Abraham, de Isaac y de Jacob. Ahora llevaba en su alma y en su espíritu las marcas de haber estado sentado a la mesa del Todopoderoso. Esta experiencia fue posible  porque un pueblo y sus líderes decidieron mantener su integridad frente al oprobio, las pruebas, las opresiones y la persecución hasta que se manifestara el bien del Jehová. Estos líderes no temieron en llevar a Jetro a su salón de clases.

Esta fue una experiencia educativa tanto para Jetro como para Moisés. Jetro aprendió acerca del bien de Dios y de la fuente de ese bien. Moisés aprendió que Dios había decidido utilizarlos (a Moisés y al pueblo de Israel) como instrumentos en medio de la transición que ellos vivían para que el mundo viera la gloria del Eterno y Todopoderoso Dios.

Las experiencias personales con el Señor, así como las experiencias en el servicio Cristiano me han convencido de que Dios no ha cambiado esta metodología de enseñanza. Este es el año 2020; el año de la visión 2020. El Señor ha estado utilizando un salón de cases llamado pandemia para enseñarnos acerca de esto y de mucho más. Sé que somos muchos los que nos hemos visto obligados a llevar al salón de clases a aquellos que han venido a visitarnos.

Reiteramos, que todas estas aseveraciones forman parte del análisis de lo que hemos llamado “la vida ante los perfectos que provee Dios.” En este caso, se trata de la seguridad perfecta: “ciertamente”, de la benevolencia perfecta: “el bien”,  y de la compasión perfecta: “la misericordia.” Dios provee estos perfectos aderezando una mesa para nosotros. Esta es una mesa de la que nos levantamos afirmando con convicción que “el bien y la misericordia me seguirán todos los días de mi vida.

Otra conclusión a la que hemos llegado sobre este tema es que el bien del Señor opera sobre aquellos que quieren conocer la gloria del Señor. El análisis que hicimos del capítulo 33 del Libro de Éxodo nos hizo llegar a esa conclusión (Éxo 33:17-23, Moisés pidiendo ver la gloria de Dios). El bien del Señor permitió que Moisés pudiera tener esta experiencia.

No se puede operar en medio de esos procesos de transición sin contemplar la gloria del Señor. Moisés estaba fatigado cuando se le ocurrió pedir esto al Señor. Moisés estaba un tanto “quemado” (“síndrome de la quemazón o el burnout) cuando subió a la montaña a interceder por el pueblo de Israel. Su cansancio en medio de la peregrinación que describimos en los versos anteriores le llevó a comprender que él necesitaba algo más que una zarza ardiente en su memoria. Él necesitaba un encuentro con la gloria de Dios.

Moisés necesitaba una experiencia como la que describe Karl Rahner (1904-1984), uno de los especialistas en la Cristología más relevantes del siglo 20, cuando le dijo al Señor lo siguiente:

Ahora que vives en mí, mi espíritu está lleno de algo más que palabras pálidas y vacías acerca de la realidad, palabras cuyas tremendas variedades y confusiones prolíficas solo servían para dejarme perplejo y cargado….Esta Tu Palabra, que es en lo único que hay vida, se ha convertido en mi experiencia, a través de Tu acción Oh Dios de Gracia. ¡Oh!, brilla en mí, ilumíname, resplandece dentro de mí con más fuerza cada día, Luz eterna,….¡Oh Palabra del Padre!, Palabra del Amor de Jesús…! Que solo Tú me ilumines, solo Tú me hables. Que todo aquello que conozco aparte de Ti solo sea un compañero casual de la travesía en la jornada hacia Ti.[1] (Traducción libre)

El centro del mensaje de este sacerdote jesuita, exponente del “Vorgriff” (preaprehensión) decía que la naturaleza del ser humano (auto conciencia y auto trascendencia) está orientada hacia Dios y que solo a través de Cristo podemos satisfacer esa necesidad. Él decía que todo nos lleva a Jesús.

Moisés quería que Dios le mostrara su Gloria y el bien del Señor le facilitó esto. Lo que hace imponente esta aseveración es que la Biblia dice que Jesucristo es el resplandor de la gloria de Dios   (Heb 1:3).

1 Dios, habiendo hablado muchas veces y de muchas maneras en otro tiempo a los padres por los profetas, 2 en estos postreros días nos ha hablado por el Hijo, a quien constituyó heredero de todo, y por quien asimismo hizo el universo; 3 el cual, siendo el resplandor de su gloria, y la imagen misma de su sustancia, y quien sustenta todas las cosas con la palabra de su poder, habiendo efectuado la purificación de nuestros pecados por medio de sí mismo, se sentó a la diestra de la Majestad en las alturas, 4 hecho tanto superior a los ángeles, cuanto heredó más excelente nombre que ellos.   (Heb 1:1-4, RV 1960)

O sea, que aunque Moisés no lo sabía, el bien de Dios le estaba conduciendo a recibir una revelación de Cristo.

Otra conclusión a que hemos llegado es que el bien del Señor opera sobre aquellos que están dispuestos a discernir la Cruz. El análisis del capítulo diez del Libro de Números nos permitió llegar a esa conclusión. En ese pasaje encontramos que Hobab, el cuñado de Moisés no puede participar del bien que el Señor le prometió a Israel. Israel ya había comenzado a marchar hacia la Tierra prometida. Sabemos que el orden de marcha de Israel describe una Cruz. Sabemos que Balaam la pudo ver desde las cumbres del Pisga (Núm 23:14- 24:1-25).  Esta fue una de las razones que provocaron que él no se atreviera a maldecir el pueblo de Dios.

Un dato que no hemos considerado es que la falta de discernimiento de Hobab está acompañada por su ausencia en la mesa delante de Dios en la que su papá comió con Moisés, con Aarón y con los ancianos de Israel. Hobab, el cuñado de Moisés (Núm 10: 29-32) no aparece en el relato del Libro de Éxodo. La Biblia no dice si a él lo invitaron a sentarse en la mesa delante de Dios.

No se puede participar del bien de Dios si uno no es capaz de discernir la Cruz.

La información recopilada hasta aquí nos deja saber que el bien que nos sigue después de haber estado sentados en la mesa del Señor nos convierte en testimonios vivos para que otros reconozcan el señorío de nuestro Dios, decidan adorarle y terminen sentados con nosotros en esa mesa. El bien del Señor nos lleva a desear ver la gloria de Dios y a discernir la Cruz. El bien de Dios no permitirá que algunas personas nos acompañen en nuestras travesías. Se trata de aquellos que no pueden discernir la Cruz y/o que no pueden estar en sintonía con la revelación de la gloria de Dios.

El último pasaje que revisaremos aquí es el que nos ofrece el Salmo 4:

6 Muchos son los que dicen: ¿Quién nos mostrará el bien? Alza sobre nosotros, oh Jehová, la luz de tu rostro. 7 Tú diste alegría a mi corazón Mayor que la de ellos cuando abundaba su grano y su mosto. 8 En paz me acostaré, y asimismo dormiré; Porque solo tú, Jehová, me haces vivir confiado.  (Sal 4:6-8)

La revelación del bien de Dios nos permite encontrar el reposo. Hemos dicho que esa bondad revelada y regalada por Dios hasta nos permite poder dormir sin interrupciones, con plena seguridad, porque el Señor nos hace vivir confiados.

Esa revelación nos convence de que no debemos vivir nuestras vidas mirando la prosperidad  y el bienestar que tienen otros. Mucho menos, cuando se trata de beneficios materiales:

Tú has puesto en mi corazón más alegría que en quienes tienen trigo y vino en abundancia. (Sal 4:8, NVI)

Dios nos invita a confiar en la alegría que el Señor pone en nuestros corazones, que es mayor que la que la alegría que Él ha puesto en los corazones que solo quieren beneficios materiales. Esto provoca que podamos descansar y entrar en el reposo del Señor. Así lo dice la carta a los Hebreos:

9 Por consiguiente, queda todavía un reposo especial para el pueblo de Dios; 10 porque el que entra en el reposo de Dios descansa también de sus obras, así como Dios descansó de las suyas. 11 Esforcémonos, pues, por entrar en ese reposo, para que nadie caiga al seguir aquel ejemplo de desobediencia.  (Heb 4:9-11)

Todo esto lo produce el bien del Señor. ¿Quién nos puede mostrar el bien? Dios nos puede mostrar el bien. ¿Qué produce este bien? Que miremos al Señor y no a aquellos que caminan a nuestra izquierda o a nuestra derecha. ¿Qué otras bendiciones produce este bien? Que podamos encontrar descanso y reposo en medio de cualquier situación:

Cuando me acuesto, me duermo enseguida, porque sólo tú, mi Dios, me das tranquilidad. (Sal 4:8 TLA)


[1] Rahner, Karl. “Encounters with silence.” South Bend, Indiana: St. Agustine’s Press, 1999 , pp. 31-33.

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