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Today: Nov 28, 2020
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Reflexiones de Esperanza: Alabanzas para el alma: oraciones que nos hacen cantar “La vida ante los perfectos que provee Dios.” (Parte 20)

6 Ciertamente el bien y la misericordia me seguirán todos los días de mi vida, Y en la casa de Jehová moraré por largos días. (Sal 23:6)

El análisis del bien del Señor nos ha llevado a considerar su alcance en los libros proféticos. Hemos creído que es pertinente estudiar el alcance y la profundidad que posee el bien del Señor en algunos de los libros proféticos con la finalidad de desarrollar un mejor entendimiento de lo que dice el verso seis (6) del Salmo 23.

Nuestra reflexión más reciente nos condujo a repasar algunas de las palabras del profeta Jeremías que definen el bien del Señor para este profeta.

6 He aquí que yo les traeré sanidad y medicina; y los curaré, y les revelaré abundancia de paz y de verdad. 7 Y haré volver los cautivos de Judá y los cautivos de Israel, y los restableceré como al principio. 8 Y los limpiaré de toda su maldad con que pecaron contra mí; y perdonaré todos sus pecados con que contra mí pecaron, y con que contra mí se rebelaron. 9 Y me será a mí por nombre de gozo, de alabanza y de gloria, entre todas las naciones de la tierra, que habrán oído todo el bien que yo les hago; y temerán y temblarán de todo el bien y de toda la paz que yo les haré.  (Jer 33:6-9)

Esta es una profecía acerca del futuro de Judá. Es muy interesante saber que Dios le dio esa profecía a Jeremías justo en medio de la crisis del asedio y de la conquista de ese reino por parte de Nabucodonosor, el rey de Babilonia. O sea, que el Señor le estaba hablando al profeta Jeremías acerca de un futuro de esperanza en medio de un presente trágico, confuso, terrible y provocador de muchas malas noticias. El cumplimiento de esta palabra profética es lo que el profeta Jeremías llama el bien del Señor. Ese es el bien que el salmista dice que seguirá al creyente todos los días de su vida.

Creemos que es obvio que necesitamos analizar ese mensaje con mucho más rigor. ¿Quién era este profeta? ¿De dónde surge Jeremías y cómo puede definirse su ministerio? Las repuestas a estas preguntas nos permitirán desarrollar una mejor perspectiva y comprensión de lo que es el bien del Señor.

Tenemos la bendición de que el libro de Jeremías nos permite conocer mucha información acerca de este hombre. De hecho, mucha más información que la que tenemos de los otros profetas en el Antiguo Testamento. Jeremías era hijo de un sacerdote llamado Hilcías y parte de las familias sacerdotales de una villa de la tribu de Benjamín llamada Anatot (Jer 1:1). O sea, que Jeremías era un sacerdote. La villa de Anatot estaba localizada a unos cinco (5) kilómetros (cerca de 3 millas) de Jerusalén, lo que presupone que Jeremías conocía bastante bien la ciudad capital del reino. El papá de Jeremías pudo ser el Sumo Sacerdote que encontró en el Templo el libro de la Ley de Moisés que se había perdido (2 Rey 22:8).

Estos datos nos dejan saber que Dios estaba llamando a un sacerdote para que fuera profeta. Este dato es muy importante, porque la combinación de ambos ministerios es siempre muy complicada. El profeta Ezequiel es otro ejemplo que podemos considerar; era profeta y sacerdote (Eze 1:1-3).

Podemos concluir que los sacerdotes trabajaban primordialmente con la conservación del pasado, de las costumbres, de las ordenanzas y de los ritos religiosos del pueblo. Además, eran los responsables de hablarle a Dios acerca del pueblo; interceder por este. Los sacerdotes trabajaban con los escenarios externos del pueblo, sus sacrificios, sus ofrendas y sus rituales; casi nunca podían llegar al corazón del pueblo (Heb 10:1-18). O sea, que el trabajo sacerdotal era uno predecible.

En cambio, los profetas trabajaban primordialmente con cambiar el presente de la nación de modo que esta pudiera tener un futuro promisorio. Además, estos eran responsables de hablarle al pueblo a nombre de Dios. Los profetas le hablaban a la nación. No hay muchos ejemplos bíblicos de sacerdotes con ese nivel de responsabilidad.

Jeremías recibió la encomienda de hablar al corazón del pueblo. Esta es una de las razones por la que la palabra corazón (“lêb”, H3820) aparece en este libro en más de 50 ocasiones. O sea, que para Jeremías habría sido mucho más fácil circunscribirse a ser sacerdote que ser profeta.[1]

Los historiadores bíblicos estiman que Dios llamó a Jeremías cuando este se encontraba entre los 18 y los 22 años de edad. Esto ocurrió cerca del año 626 AC, el decimotercer año del reinado de Josías, uno de los pocos reyes de Judá que temieron a Dios y procuraron hacer la voluntad del Todopoderoso. Este dato nos permite conocer que el ministerio de Jeremías era contemporáneo al de Sofonías (Sof 1:1). Las profecías de ambos libros pueden y deben ser comparadas. Además, este dato nos deja saber que el ministerio de Jeremías se extendió por cerca de 40 años, durante los reinados de Josías, Joacaz, Joacim (Eliaquim, 2 Rey 23:33), Joaquín y hasta el año número once del reinado de Sedequías (Matanías[2], 2 Rey 24:17), en el año 587 AC. Este fue el año de la destrucción del templo que había construido Salomón.[3] Las historias de estos reyes se encuentran en los capítulos 21 al 25 del Segundo Libro de Reyes.

El Señor le extendió el llamamiento a Jeremías para ser profeta cuando este era muy joven (Jer 1:6), aunque sabemos que Dios lo había seleccionado desde antes de nacer (v. 5). El llamamiento de este profeta ocurre en un tiempo en la historia de Judá que el profesor Warren W. Wiersbe clasifica utilizando tres (3) frases: rebelión en vez de obediencia, reformas en vez de arrepentimiento, y política en vez de principios.

La primera clasificación, rebelión en vez de obediencia, describe el tiempo en el que Jeremías debió haber nacido; durante el reinado de Manasés, hijo de Ezequías. Ezequías había sido un rey temeroso de Dios y piadoso. Isaías era uno de sus profetas (2 Rey 19- 20). En cambio, la Biblia dice que Manasés fue un rey malo y perverso, capaz de inducir al pueblo a hacer lo malo delante del Señor y provocar mucho derramamiento de sangre inocente (2 Rey 21:1-18). Amón, hijo de Manasés, tenía 22 años cuando lo sustituyó en el trono (2 Rey 21:19). Su hoja de trabajo fue igual de perversa que la de su padre. O sea, que el trabajo de un rey bueno fue echado a perder por su hijo y por su nieto. Los hermanos cubanos poseen un proverbio popular que puede explicar esto último: “Padre trabajador, hijo rico, nieto pordiosero.” La Biblia dice que Amón fue asesinado por algunos de sus siervos (v. 23). Todas estas historias nos hacen comprender que cualquier parecido de estas con las realidades que nos han tocado vivir no puede ser una coincidencia.

La segunda clasificación, reformas en vez de arrepentimiento, describe los procesos de reformas que Josías, biznieto de Ezequías, implantó en el reino. La Biblia dice lo siguiente acerca de Josías:

24 Asimismo barrió Josías a los encantadores, adivinos y terafines, y todas las abominaciones que se veían en la tierra de Judá y en Jerusalén, para cumplir las palabras de la ley que estaban escritas en el libro que el sacerdote Hilcías[4] había hallado en la casa de Jehová. 25 No hubo otro rey antes de él, que se convirtiese a Jehová de todo su corazón, de toda su alma y de todas sus fuerzas, conforme a toda la ley de Moisés; ni después de él nació otro igual.  (2 Rey 23:24-25)

La remoción de los cultos a los ídolos, el Templo reparado, la adoración al Señor restaurada, no fue acompañada del regreso del corazón y el alma del pueblo al corazón de Dios. Josías murió en una batalla en Meguido (2 Rey 23:29) y el pueblo regresó a sus malos procederes. Esta historia nos enseña que no puede haber reformas en los pueblos que sean efectivas y permanentes si no hay transformaciones del corazón.

La tercera clasificación, política en vez de principios, describe el juego político que los reyes de Judá le propusieron a la clase religiosa de la época. Wiersbe destaca que es uso y costumbre de las clases político-partiditas invitar a los líderes religiosos para consultarles y luego hacer lo que ya habían planificado hacer. Se trata de buenas relaciones públicas en las que se pretende dar la impresión de que la “religión” es importante. Dialogar con un líder religioso, hacerlo formar parte del gobierno no sustituye la humillación delante de Dios que esos gobernantes necesitan experimentar.

Hay otros datos muy significativos acerca de la historia de este hombre que compartiremos en las próximas reflexiones. Por el momento, necesitamos conocer que el Señor le dio a Jeremías ocho (8) mensajes para señalar el pecado del pueblo y de sus líderes (Jer 2 al 20). Además, le dio ocho (8) mensajes que predecían la cautividad (capítulos 21 al 29). Junto a esto le dio mensajes acerca del futuro y de la restauración de ese pueblo (capítulos 30 al 33). El libro de este profeta luego nos narra incidentes y parte del ministerio de Jeremías en Jerusalén (capítulos 40 al 45), nos presenta un cuadro profético e histórico acerca del juicio de las naciones (capítulos 46 al 51) y un resumen histórico de la ciudad, de Sedequías y de Joaquín (capítulo 52).

El contexto en el que se ofrecen las palabras proféticas del capítulo 33 del libro de Jeremías es uno muy interesante. El profeta estaba preso a causa del mensaje que el Señor le había ordenado que comunicara.

1 Vino palabra de Jehová a Jeremías la segunda vez, estando él aún preso en el patio de la cárcel, diciendo: 2 Así ha dicho Jehová, que hizo la tierra, Jehová que la formó para afirmarla; Jehová es su nombre: 3 Clama a mí, y yo te responderé, y te enseñaré cosas grandes y ocultas que tú no conoces. 4 Porque así ha dicho Jehová Dios de Israel acerca de las casas de esta ciudad, y de las casas de los reyes de Judá, derribadas con arietes y con hachas 5 (porque vinieron para pelear contra los caldeos, para llenarlas de cuerpos de hombres muertos, a los cuales herí yo con mi furor y con mi ira, pues escondí mi rostro de esta ciudad a causa de toda su maldad): (Jer 33:1-5)

Es importante que este capítulo señala que Dios le estaba hablando a este profeta por segunda ocasión. El profeta había sido apresado hacía casi un año (Jer 32:1-2). Fue allí, recién apresado, que el Señor le habló por primera vez acerca de lo que estaba por acontecer (Jer 32:3-5). La noticia que estos versos comunican es que Dios no vacila para hablar. Dios ha decidido hablar a sus siervos todas las veces que sea necesario para que podamos ser capaces de entender lo que Él quiere.

Este pasaje es muy importante no solo por lo que hemos señalado, sino porque Dios decidió que el profeta necesitaba estar preso para poder recibir estas encomiendas. Esta aseveración nos afirma que es Dios el que decide cuáles son los escenarios adecuados y correctos para revelarnos su Palabra. En la mayoría de las ocasiones estos escenarios no son necesariamente halagadores ni placenteros.

La frase “vino palabra de Jehová a Jeremías la segunda vez, estando él aún preso en el patio de la cárcel” implica que los religiosos y los políticos de su época pudieron haber decidido apresar al profeta procurando que no le pudiera hablar al pueblo. Sin embrago, creemos que también lo hicieron para asegurar su disponibilidad cuando necesitaban escuchar o intentar manipular la Palabra de Dios.

Aquellos que se acercan a leer este pasaje con ojos posmodernos deben haber esperado que el profeta estuviera aguardando que esa revelación divina incluyera su liberación. Esto es, Dios hablándole al profeta para indicarle que lo sacaría de la cárcel. La realidad es que esto no es lo que este pasaje comunica. La historia personal del profeta no es la más importante en esta narrativa bíblica. La Santa Palabra nos hace saber que el bienestar y el futuro del pueblo es uno de los dos (2) puntos centrales de esta revelación.

¿Cuál es el otro punto central? El otro punto central y el más relevante en este pasaje es aquél que está ofreciendo la revelación. Es por esto que el segundo verso destaca que Aquél que está revelándose en este pasaje es el Señor que creó la tierra, es el Señor que la colocó con firmeza en su lugar. Ese pasaje le dice al profeta que esta historia no se trata de él. Esta historia trata de Aquél que tiene un nombre que es sobretodo nombre. Ese nombre es glorioso, ese nombre es santo, ese nombre es eterno, en ese nombre hay poder, hay autoridad, hay misericordia y hay gracia.

Estas declaraciones son muy importantes para Jeremías porque inmediatamente después el Señor le dice que clame a Él: “Clama a mí.” Hay un ejercicio que tenemos que realizar para poder entender el alcance de esta aseveración. El concepto hebreo que se traduce aquí como “clamar” es “qârâʼ” (H7121). Este concepto implica la acción de llamar en voz alta, hacerse ver, descubrir una necesidad, invitar y proclamar, entre otros. Además, implica la acción de que la persona que clama puede llamar por Su nombre a Aquél al que está clamando. O sea, que Dios le estaba diciendo a Jeremías, que podía clamar porque el profeta conocía a Dios por Su nombre. Su nombre es Yavé; el Señor. Este es el nombre con el que el Apóstol Pablo identifica a Jesucristo; un nombre que es sobre todo nombre (Fil 2:9-11).

9 Por lo cual Dios también le exaltó hasta lo sumo, y le dio un nombre que es sobre todo nombre, 10 para que en el nombre de Jesús se doble toda rodilla de los que están en los cielos, y en la tierra, y debajo de la tierra; 11 y toda lengua confiese que Jesucristo es el Señor, para gloria de Dios Padre.

El capítulo 33 del Libro de Jeremías dice que el Señor le dijo al profeta que podía clamar con la seguridad de que el Señor habría de responder. Dios ha prometido responder y ha prometido hacerlo cómo Él desea hacerlo. Decimos esto porque es Dios el que ha decidido cómo va responder a nuestro clamor.

La respuesta de Dios (“ʽânâh”, H6030) puede incluir cantar. Lo repetimos una vez más, esta vez utilizado una palabra profética inspirada por Dios a un profeta contemporáneo de Jeremías:

14 Canta, oh hija de Sion; da voces de júbilo, oh Israel; gózate y regocíjate de todo corazón, hija de Jerusalén. 15 Jehová ha apartado tus juicios, ha echado fuera tus enemigos; Jehová es Rey de Israel en medio de ti; nunca más verás el mal. 16 En aquel tiempo se dirá a Jerusalén: No temas; Sion, no se debiliten tus manos. 17 Jehová está en medio de ti, poderoso, él salvará; se gozará sobre ti con alegría, callará de amor, se regocijará sobre ti con cánticos.  (Sof  3:14-17)

Este pasaje revela que a través de Sofonías Dios le dice al pueblo que cante, pero hace que el profeta termine su mensaje diciéndole al pueblo que Él les va a cantar con regocijo.

Ahora bien, hemos dicho que el pasaje del capítulo 33 de Jeremías deja a muchos lectores aguardando el proceso de liberación del profeta. De hecho, esto ocurriría más tarde, no sin antes ver al profeta ser alimentado solo con una torta de pan (Jer 37:21) y ser echado en un pozo en el que se hundió en el cieno (Jer 38:6). De allí lo sacó un etíope llamado Ebed-melec con la ayuda de 30 hombres (Jer 38:10-13). Jeremías estuvo en el patio de esa cárcel hasta el día en que Jerusalén fue tomada por los babilonios (Jer 38:28). O sea, que el profeta podía estar preso, pero la Palabra de Dios no.

Jeremías escuchó la voz de Dios que le decía que lo más importante no era su liberación de la cárcel. Lo más importante era que él pudiera ser enseñado y que recibiera la revelación del plan de Dios:

y te enseñaré cosas grandes y ocultas que tú no conoces.

El concepto traducido como “ocultas” es el vocablo hebreo  “bâtsar” (H1219). Este concepto puede ser traducido como fortificaciones, como algo inaccesible o lo que está detrás del muro. O sea, que Dios le estaba diciendo al profeta que él no tenía que estar fuera de la cárcel para que el Señor le pudiera revelar lo que estaba dentro y fuera del muro de la ciudad.

La ciudad de Jerusalén era una ciudad amurallada que se encontraba en esos momentos rodeada por los ejércitos de Babilonia. El pueblo de Judá estaba rompiendo sus casas y sus palacios dentro de esas murallas para reforzar los muros (Jer 33:4). Dios le estaba diciendo a Jeremías que él no necesitaba haber sido libertado de la cárcel para poder ser capaz de ver lo que sucedía dentro y fuera de los muros de la ciudad.

El clamor al Señor es más que suficiente para recibir la revelación de las cosas que no conocemos, las cosas ocultas, lo que no sabemos. El clamor es más que suficiente para que seamos enseñados y que conozcamos lo que tenemos que conocer, aunque estemos presos en las cárceles del dolor, de la aflicción, de la soledad, del abandono y de alguna enfermedad.

Es luego de estas palabras que encontramos las promesas de restauración holística (“ʼărûkâh”, H724), de medicina (“marpêʼ”, H4832) y de sanidad o sutura (“râphâʼ”, H7495) que se describen en el verso seis (6). O sea, en medio de la debacle y de lo imposible.

No olvidemos que todos estos procesos forman parte de los que Jeremías define como el bien del Señor.


[1] Wiersbe, W. W. (1996). Be Decisive (pp. 12–20). Wheaton, IL: Victor Books.

[2] Matanías, alias Sedequías, era el tercer hijo de Josías y tío de Joaquín (1 Cró 3:15).

[3] Lange, J. P., Schaff, P., Nägelsbach, C. W. E., & Asbury, S. R. (2008). A commentary on the Holy Scriptures:  Jeremiah (pp. 1–8). Bellingham, WA: Logos Bible Software.

[4] Este es con toda probabilidad el papá de Jeremías.

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