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Today: Nov 26, 2020
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Reflexiones de Esperanza: Caminando en los valles oscuros de la vida; Permitiendo que Dios nos moldee.

La pandemia del COVID-19 nos ha separado un tiempo prudencial para realizar ejercicios e inventarios familiares, de conciencia, de emociones y espirituales.

Muchas de las conversaciones de muchos creyentes (y de no creyentes también) en este tiempo giran alrededor de qué sucederá con la humanidad luego de que esta amenaza concluya. Estas conversaciones son correctas y poseen sus propios méritos. Sin embargo, hay otras conversaciones que debemos sostener si queremos aprovechar este tiempo al máximo.

La propuesta de esta reflexión va dirigida que decidamos que algunas de esas conversaciones traten de nuestras vidas como adoradores. Una conversación con uno de los miembros de mi familia giraba alrededor de una de las aseveraciones que se hacen en el Salmo 40. El salmista dice allí que luego de que el Señor lo sacó del pozo de la desesperación y del lodo cenagoso, Dios no se limitó a poner los pies del salmista sobre peña, y a enderezar sus pasos. El  texto bíblico dice lo siguiente:

3 Puso luego en mi boca cántico nuevo, alabanza a nuestro Dios.” (Sal 40:3)

Una de las preguntas que surgió en esa conversación apuntaba a la ausencia de cánticos nuevos en nuestras congregaciones. Tenemos que admitir que ese es un fenómeno que ha afectado a la mayoría de las Iglesias durante los últimos años. La mayoría de los creyentes en Cristo hemos experimentado que nuestras congregaciones han vivido para cantar las canciones y los coros que se escriben y se cantan en 8 ó 9 de las congregaciones alrededor del planeta. Cantamos lo que el Señor le ha dado a otros.

¿No se supone que la alabanza para Dios sea una experiencia personal e individual, atada las experiencias y los testimonios que hemos vivido con el Señor? Qué tal si esta temporada de aislamiento se nos ha “recetado” para que el Señor pueda poner cántico nuevo en nuestros labios.

Hace 25 años, el Señor me dio la oportunidad de analizar todo esto en un libro titulado “El Despertar de la Adoración”[1]. A continuación el análisis bíblico-teológico que se ofrece en ese libro como respuesta a estas inquietudes en las páginas 31 a la 39 de ese libro.

“Ceder todo nuestro ser a Dios trae consigo muchas bendiciones. Dentro de ellas, el saber que el Dios Todopoderoso tratará a cada uno de sus hijos e hijas de manera exclusiva. No habrá dos personas en la iglesia que sean moldeadas con las mismas características. No habrá dos cristianos iguales.

¿Por qué decimos esto? Porque ningún cristiano es producto de un molde. Somos y seremos el resultado de una labor individual y realizada por Dios con nuestro permiso. Somos una obra de arte exclusiva.

De aquí que se pueda afirmar que ningún adorador se parece al otro. Ninguna de nuestras experiencias con Dios serán iguales a las de los demás adoradores. En otras palabras, Dios no le sirve el mismo plato a dos personas. Es más, lo que pueda ser significativo para un adorador, no necesariamente lo será para los otros.

Esto entonces quiere decir que intentar transplantar la experiencia de adoración de un lugar a otro puede ser un peligro. Al intentarlo, podemos querer estar forzando a Dios a que le de las mismas experiencias a todos. Cada ejercicio y programa de adoración que viene del Espíritu está moldeado por Dios según las necesidades específicas e individuales de los que allí adoran y sirven. Dios como Alfarero diseña las vivencias así, todas las experiencias con Dios son prometidas como generadoras de crecimiento y edificación. Y esto es algo que nadie puede refutar. Hay que tener cuidado con las experiencias que queremos transferir de un sitio a otro sin haber pagado el precio de considerar las diferencias contextuales existentes. Es cierto que el Espíritu es el mismo, pero nosotros no; y el Espíritu de Dios no patrocina experiencias genéricas.

Como pastor, tengo muchas preocupaciones sobre esto. Por ejemplo, a veces me he encontrado preguntándome si estamos cantando los coros de adoración para adorar a Dios o si los cantamos para «estar al día» con  el resto del mundo evangélico. Sé que estas declaraciones quizás no sean muy bien recibidas en algunos círculos, pero mi responsabilidad me obliga a exponer esta discusión con claridad. En realidad, no intento ganar un concurso de popularidad. Quiero sentar las bases para que preguntemos responsablemente y cuestionemos todas las prácticas de adoración que seguimos, hasta asegurarnos de que lo que hacemos adora a Dios, edifica la Iglesia y nos permite crecer en el Señor.

Un buen planteamiento de parte de Dios, en mi opinión, es este: ¿Para qué han sido dadas las canciones espirituales? ¿Para ser aprendidas y cantadas por todos o han sido dadas por el Señor para provocar que miles decidan buscar que Dios se las dé a fin de adorarlo desde el plano de sus propias necesidades espirituales?

La pregunta es una compleja en sí misma, pues en el Nuevo Testamento se nos dice que las canciones espirituales son una realidad, pero no parece haber ninguna documentada.

Sea cual fuere nuestra posición al respecto, hay algo no se puede discutir. En el proceso de moldearnos, Dios nos llevará en sus manos y a toda velocidad. Estoy seguro de que si examinamos con detenimiento nuestra vida en Cristo, encontraremos muchos episodios en los que nos hemos sentido así. No sabemos lo que Él quiere, cuál es su voluntad y hemos sentido temor. Pero confiamos en que Él está al control de toda situación y que nos lleva en sus manos.

El torno del alfarero en Israel no era muy distinto a los actuales. Consistía en dos ruedas, una rueda pequeña y una rueda grande. En la pequeña, arriba, se colocaba el barro. La de abajo, la grande, era la que utilizaba el alfarero para pedalear. El barro va arriba, al descubierto. Dependiendo solamente de la mano y la misericordia del Alfarero. Si Él comenzara a darle vueltas a las ruedas sin sostenernos entre sus manos, el resultado sería catastrófico. ¡Qué bueno que Él nos sostiene!

No es necesario un análisis muy complicado para darnos cuenta de que este concepto estaba claramente definido para los personajes bíblicos. Podremos comprobarlo con tan solo repasar una de las canciones más hermosas del salterio israelita; el Salmo 31.

En este salmo, uno de súplica individual, parece ser que el salmista está atravesando una de esos momentos que Dios escoge para darle forma a nuestras vidas. El salmista está en peligro. Suplica ser rescatado, ser guiado y protegido. Encomienda su espíritu a las manos del Señor. No solo su espíritu, también pone sus tiempos, o su vida, como dicen otras versiones, en las manos de Dios. Pero observemos por un instante el verso 12 de ese salmo. Allí el salmista dice ser una vasija quebrada; una vasija que necesita ser hecha de nuevo.

Los elementos están completos. Hay exposición, hay necesidad reconocida y se concluye que es absolutamente necesaria la presencia de las manos de Dios. El resultado es uno extraordinario. El salmista comienza a ser transformado al encontrarse en las manos de Dios. Comienza a dejar de prestarle tanta atención a su crisis y decide empezar a adorar a Dios.

"¡Cuán grande es tu bondad que has guardado para los que te temen!... Bendito sea Jehová, Porque ha hecho maravillosa su misericordia para conmigo en ciudad fortificada.... Amad a Jehová, todos vosotros sus santos....." 

En la lectura del Nuevo Testamento encontramos porciones de la Escritura que son igualmente extraordinarias. Lea otra vez en 1 Pedro 5:6 y destaque allí las manos de Dios.

El estar en la rueda también representa que el adorador debe aprender a caminar por fe y no por vista (2 Cor 5:7). Pues allí solo tenemos la alternativa de abandonarnos en las manos de Dios. Muchas veces su voluntad nos parecerá intrigante y desconocida; a veces, más allá de la lógica. Más cada adorador debe entender que la voluntad de Dios no está hecha para ser entendida sino para ser obedecida.

Un detalle muy simpático de este proceso lo es el lugar que casi siempre es escogido por el alfarero para darle forma al barro; por arriba. Tan sólo necesita un movimiento de un dedo y el barro comenzará a cambiar de forma. Ese movimiento de los dedos es como un ejercicio de violencia que se efectúa sobre el barro. Para el adorador-barro, un ejercicio que comienza por la cabeza. El procedimiento divino para asegurarse de dos (2) cosas. La primera, que entendamos que la adoración a Dios exige una dimensión racional (Rom 12:1). Y la segunda, que someter el pensamiento en obediencia a Cristo es vital para poder vencer al enemigo (2 Corintios 10:3-5).

Este procedimiento nos recuerda que el enemigo más fuerte que se opondrá a Dios lo será nuestra mente. Ese mundo de las ideas que necesita la satisfacción de tener una ecuación para explicar cada asunto. Esa dimensión intelectual en la que a veces la voz de Dios parece ahogada por nuestro egocentrismo, por los cultos a la personalidad y por nuestro entendimiento con anteojeras dogmáticas de lo que es el Reino de Dios.

Este procedimiento nos recuerda que hay que someter en obediencia nuestros pensamientos a Jesús, para así estar seguros de que venceremos los enemigos y fortalezas externas que quieren derrotarnos.

Pero también hay en el mismo, una invitación a adorar a Dios con todas nuestras fuerzas, con todo nuestro corazón, con toda el alma y con toda la mente. El verdadero adorador no es un individuo anestesiado de la realidad propia ni de la realidad de la presencia de Dios. El verdadero adorador es un individuo consciente, que ha procesado en su mente la revelación de Dios para su vida y ha decidido que es una oportunidad que no puede dejar escapar.

El alfarero continuará introduciendo sus dedos y luego su mano en el barro; si la textura del barro se lo permite.  Mientras más pueda introducir sus dedos y su mano en el barro, mayor capacidad y volumen estará agenciándole al producto final. Esto es, a medida que nuestra mente se parezca más a la mente de Cristo, mayor será nuestra capacidad para recibir y procesar bendiciones de Dios.

En cada paso de este proceso de moldear y darle forma a una pieza de alfarería, verá que al lado del alfarero habrá siempre un envase con agua. Ese líquido es indispensable para asegurarse de que el barro no se le pegará en las manos. O sea que lo hace dócil en ellas.

Es una noticia hermosa saber que esa presencia del agua puede bien representar el cumplimiento de dos promesas divinas. La llenura del Espíritu Santo y los efectos tangibles de la Palabra de Dios en cada cristiano. Ambas son promesas que nos han sido dadas en la Palabra de Dios y cuyos cumplimientos son parte esencial de buen funcionamiento de la iglesia como Cuerpo de Cristo. Antes de explicar estas proposiciones, me parece que debo recalcar que estoy convencido de que el cumplimiento diario de ambas promesas se encarga por sí sólo de establecer las diferencias entre la adoración y el ritual religioso o culto. Hay varios trabajos excelentes que explican con precisión estas diferencias, pero con el propósito de agilizar el entendimiento de ellas,  presento a continuación un resumen de las mismas;

  • La adoración es relacional. Sólo puede darse en base a la relación del adorador con Aquél al que se adora.
  • Los rituales de la adoración expresan la superioridad en grado superlativo que posee en sí  mismo el "centro" de la adoración; especialmente sobre los adoradores.
  • La adoración en proceso es parte y sostiene (entre nosotros) el poder de Aquél a quien se  adora (el "centro" de la adoración).
  • La experiencia que expresa la adoración es aquella que Rudolf Otto ha llamado  "numinous"[2]; la experiencia con la presencia de Dios, presencia que transciende la esfera mundana.
  • El "centro" de la adoración es invisible y siempre transcenderá las manifestaciones  particulares que tengamos de Él.
  • El "centro" de la adoración brindará poder a la adoración; poder superior a todo lo que los adoradores puedan brindar.
  • La adoración envuelve alabanza (no canción) a Aquél a quien adoramos[3].

El concepto "culto" puede ser definido como una acción humana, realizada con la intención de influenciar la "deidad" para que actúe a favor de los mejores intereses del grupo. Una acción visible y socialmente arreglada, y ordenada de manera eficaz para expresar de manera religiosa la actualización de la comunión que existe entre la "deidad" y la comunidad que lo celebra[4]. El concepto "culto" conlleva repetición, uso de lenguaje, gestos y acciones estereotipadas o formales. Es tradicional e intencional.

De estas definiciones, para algunos un poco cargadas de vocabulario teológico, se estila una pregunta a la que tenemos que responder; ¿Qué celebramos en nuestras congregaciones, cultos o servicios de adoración? La respuesta deberá ser muy bien pensada antes de ser emitida, pues requerirá un profundo análisis de cada aspecto de lo que celebramos en nuestras congregaciones y de las razones para hacerlo. Estoy convencido de que habrá muchas sorpresas.

La llenura del Espíritu Santo es uno de los temas predilectos del apóstol Pablo; y de todo el Nuevo Testamento. En la lectura de la carta a los Efesios encontramos un material excelente para abundar un poco en su significado y consecuencias. Veamos lo que dice esa porción de la Escritura en una versión de estudio preparada por las Sociedades Bíblicas Unidas:

"18 No se emborrachen, pues eso lleva al desenfreno; al contrario, llénense del Espíritu Santo. 19 Háblense unos a otros con salmos, himnos y cantos espirituales, y canten y alaben de todo corazón al Señor. 20 Den siempre gracias a Dios el Padre por todas las cosas, en el nombre de nuestro Señor Jesucristo. 21 Estén sujetos los unos a los otros, por reverencia a Cristo."

(Efesios 5:18-21. Nuevo Testamento y Salmos Biblia de Estudio)

La riqueza que posee este pasaje es inagotable. Este pasaje no sólo habla de la llenura, sino que define sus consecuencias. Aunque no es mi intención convertir esta lectura en un ejercicio exegético de pasajes bíblicos, como buen cristiano me parece esencial y relevante que los planteamientos aquí expuestos tengan justificación bíblica.

Lo primero que señala este pasaje es el hecho de que la llenura del Espíritu Santo es algo muy distinto al sello que recibimos de Él cuando venimos al Señor. En esta misma carta se nos dice que de cierto hemos sido sellados con el Espíritu de la promesa desde el momento en que creímos (Efesios 1:13). Este hecho indiscutible nos obliga entonces a preguntarnos  por qué los que ya habían sido sellados en el día de Pentecostés (Hechos 2:1-42), vuelven a ser llenos del Espíritu Santo al orar luego de escuchar el testimonio de Pedro y de Juan, al salir estos de la cárcel y de la reunión ante el concilio (Hechos 4:24-31). Definitivamente esta porción no habla de otro sello sino de otra llenura del Espíritu.

El vocabulario usado en el capítulo 5 de la carta a los Efesios es uno cuantitativo. Es decir, uno que pretende expresar unas ideas de cantidad. Pretende el escritor señalar que es usted responsable de escoger con qué se llena, recordando siempre que le está hablando a un grupo de cristianos, por ende sellados. También pretende enfatizar que el deseo divino es que haya "pleroo"; cantidad desbordante del Espíritu Santo. Es el mismo término usado en Hechos 2:2 para describir la acción del Espíritu Santo. Pablo la usa en Filipenses 1:11 al expresarse acerca de la llenura de frutos de justicia.

Tenemos una visión retrospectiva del fenómeno observado en 2 Reyes 2 con los profetas Elías y Eliseo. Allí, éste último pidió una doble porción de lo que él entendía era el espíritu de Elías. En resumen, Efesios 5:18 nos habla de una medida del Espíritu con la que debemos ser "sobresaturados".

Así como señalo la dinámico-matemática del Espíritu en ese pasaje, también señalo los resultados de la misma. En esa porción estos son descritos inmediatamente. Entiendo que uno de los errores más grandes que se han cometido al querer explicar este pasaje es el de sobrecargar el énfasis del mismo en la canción, los himnos y los cánticos espirituales. La primera verdad descrita en este pasaje no es la de la canción ni la de la música, sino la del testimonio cristiano. Lo primero que se subraya es que los que han experimentado esta llenura, pueden hablarse unos a  otros con salmos, himnos y cantos espirituales. Notemos que los salmos, los himnos y los cantos espirituales aquí no son destinados a Dios. Las alabanzas a Dios se señalan más adelante. Y no es que el pasaje esté pidiendo que alabemos a nuestros hermanos y hermanas. Este pasaje es el ejercicio retórico del Espíritu Santo (a través de un escritor), para decirnos que es necesario entender que el primer beneficio de la llenura del Espíritu lo es el testimonio entre los hermanos y que el segundo es la capacidad de cantar y alabar a Dios.

El texto es claro. Basta acercarse a él como texto crudo, con sinceridad y en la medida que podamos, sin prejuicios. La primera parte de ese verso en el original dice; "lalountes eautois"; que significa «hablando a vosotros». La sección que refiere la alabanza a Dios dice; "adontes falontes te kardía humon", que significa «y cantando entonando salmos en el corazón de vosotros».

Es necesario hacer notar que el testimonio es primero, y que las alabanzas a Dios forman parte de él. Este planteamiento surge de las conclusiones a las que se llegan cuando uno estudia a profundidad las funciones centrales que tiene el Espíritu Santo en la Iglesia del Señor. Una de ellas lo es la proclamación; y no hay una proclamación más convincente que el testimonio del creyente.

«De facto», se acepta sin discusión que la misión principal del Espíritu Santo es ser la presencia de Dios en la Iglesia, enseñar a la Iglesia (Juan 14:16-26); esto es, capacitarla. Otra función importante es la de dirigir la Iglesia por senda de verdad (Juan 16:13), y lo hará demostrando la gloria de Cristo (Juan 16:14). Pero la Iglesia del primer siglo entendía que había otra función principal para el Consolador prometido: provocar la proclamación del mensaje del Reino. Es más, la Palabra declara que desde el Antiguo Testamento ya el Espíritu impulsaba la investigación y la proclamación del mensaje de Dios (1 Pedro 1:10-12). El apóstol Pablo declara que esa presencia es el motor de su predicación (1 Cor 2:3-5; 1 Tesalonicenses 1:5). Hay docenas de textos bíblicos que pueden ser señalados, pero otra vez, nuestro propósito no es el de convertir este proyecto en una exégesis bíblica. Oro al Señor que me permita realizar un trabajo de esa naturaleza más adelante.

En resumen, el primer gran beneficio que se obtiene de la llenura del Espíritu Santo lo es la capacidad para el testimonio poderoso y convincente de la presencia de Dios en la vida del adorador.”

Es obvio que estamos en la rueda. El Señor nos ha colocado en su torno. Aprovechemos la temporada que nos han servido para que el Señor nos moldee y que este proceso culmine con un avivamiento llenos de cánticos nuevos, específicos para cada Iglesia y para cada uno de nosotros.

[1] Mizraim Esquilín. 1995. El Despertar de la adoración. Miami: Editorial Caribe (pp. 31-39)

[2] Enciclopedia Britannica. Edición #15. Vol 9. "Rudolf Otto".

[3] Anchor Bible Dictionary, Vol VI. 1992. Editado por David Noel Freedman. Nueva York: Doubleday Pubs.  "Worship, Early Christian."

[4] Ibid

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