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Today: May 14, 2021
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Reflexiones de Esperanza: La capacidad para ver más allá de la aflicción

8 Ciertamente con tus ojos mirarás Y verás la recompensa de los impíos.  (Salmo 91:8, RV 1960)

El escritor del Salmo 91 utiliza esta composición para describir unas herramientas que son esenciales para poder vencer el temor. Se trata del temor que producen las noticias acerca de situaciones nefastas, terrores que no esperábamos, de amenazas a nuestra integridad y a nuestra salud física y emocional. Se trata del temor producido por las enfermedades catastróficas que no esperábamos y de aquellas enfermedades y peligros que nos pueden desgastar a diario hasta acercarnos a aquello que no queremos enfrentar.

Este escritor nos ha dicho que todas estas herramientas provienen de nuestra relación con Dios; la relación que nos ha llevado a buscar el abrigo del Altísimo y la sombra del Omnipotente.

Luego de presentarnos sus posturas teológicas acerca de esto, el escritor de este salmo comienza a dibujar con palabras los escenarios del futuro que le esperan a aquellos que confían en el Señor. El futuro esperanzador que este salmista presenta es también producto de esa relación que tenemos con Dios.

En primer lugar, este escritor nos dice que seremos capaces de ampliar nuestra perspectiva de la vida. Este salmista dice que seremos capaces de ver mejor. Él dice que seremos capaces de ver un cuadro más amplio, que va más allá de los escenarios amenazantes que nos producen temor.

Es importante entender que las tragedias que nos asaltan en la vida poseen la capacidad de instigar una visión pesimista de la vida en sus víctimas. Los dolores, las penas y los terrores que podemos encontrar en la vida, no se limitan a atemorizarnos. Estos poseen la capacidad de producir una visión de túnel, crear una visión microscópica de la vida en aquellos que los enfrentan o tienen que sufrirlos. Se trata de una visión en la que solo existe la tragedia y los resultados que ella produce. Las tragedias vienen  “investidas” de la capacidad de aislarnos del resto de la vida. Las tragedias poseen la capacidad de hacernos creer que el tiempo se ha detenido y que no existe otra cosa en el universo que nuestros dolores y aquello que los ha causado. Es por esto que en muchas ocasiones encontramos a seres humanos sumidos en unos paréntesis existenciales provocados por un dolor ancestral. La ciencia de la salud mental ha clasificado esto como angustias crónicas y anacrónicas. Las crónicas son las que no desaparecen. Las anacrónicas pueden ser definidas como aquellas que son sufridas fuera de tiempo.

El escritor de este salmo nos dice que esto cambia cuando buscamos refugio y abrigo en la presencia del Señor. La búsqueda del rostro del Eterno, entre otras cosas, nos concede la capacidad de ver que alrededor nuestro hay algo más que las pruebas, hay algo más que el dolor. La presencia del Señor transforma y amplía nuestra visión de la vida. La presencia del Señor se convierte en oftalmología espiritual, medicina para tratar las enfermedades espirituales que han atacado nuestra visión de la vida que nos ha dado el Señor.

El salmista comienza esta parte de su disertación con una frase maravillosa: “8 Ciertamente con tus ojos mirarás Y verás… (Sal 91:8a). Él está diciendo con esto que ya no estaremos limitados a mirar el lazo del cazador y ver la peste destructora. Nuestra visión de la vida nos llevará a ser capaces de ver que hay algo más allá del terror nocturno, de la saeta que vuele de día, de la pestilencia que ande en oscuridad, y de la mortandad que en medio del día destruya. Nuestra relación con Dios va a provocar que seamos capaces de ver que hay vida más allá de las tragedias que ocurren a ambos lados del camino por el que transitamos. Los escenarios de dolor que producen los mil y los diez mil que caen a nuestra izquierda y a nuestra derecha, no serán capaces de impedir que veamos que hay esperanza, que hay un futuro de esperanza garantizado por el Señor.

Ciertamente la crisis es real, los dolores pueden ser reales, las amenazas pueden ser tangibles, pero el amor del Señor y Su protección producen una visión más amplia de la vida. En este caso, el salmista está diciendo que este puede ser un proceso automático. El uso del “ciertamente” puede provocar esa impresión. Sin embargo, hay aquí una invitación a actuar, hay unos verbos que él utiliza para conminarnos a ver y a mirar.

El primero, “mirarás” (“nâbaṭ”, H5027) trasciende el ejercicio de ver con los ojos. Es una invitación a mirar, pero también a considerar, a escanear, a contemplar. Esa fue la misma invitación que el Señor le hizo a Abram cuando estaba definiendo el alcance del pacto que estaría estableciendo con él.

5 Y lo llevó fuera, y le dijo: Mira ahora los cielos, y cuenta las estrellas, si las puedes contar. Y le dijo: Así será tu descendencia. 6 Y creyó a Jehová, y le fue contado por justicia. (Genesis 15:5-6).

Esto también lo encontramos como parte de las aseveraciones que realiza el salmista en el Salmo 34 cuando nos habla de los beneficios que obtenemos al adorar a Dios:

5 Los que miraron a él fueron alumbrados, Y sus rostros no fueron avergonzados. (Salmo 34:5)

O sea, que se trata de enfrentar las tragedias y las amenazas que encontramos en la vida, decidiendo en quién ponemos nuestra confianza y a quién miramos para encontrar las respuestas necesarias. La Biblia dice acerca de esto que los creyentes en Cristo debemos correr la carrera de la vida con los ojos puestos en Jesús, el autor y consumador de nuestra fe. La Biblia añade que podemos hacerlo con plena confianza porque este Jesús, debido al gozo puesto delante de él, decidió sufrir la cruz, menospreciando el oprobio, y es por esto que se sentó a la diestra del trono de Dios (Heb 12:2). Jesucristo modeló con su vida que podemos hacerle frente a las cruces con nuestra mirada puesta en el futuro esperanzador que Dios ha trazado para nosotros; el gozo puesto delante de nosotros.

Por otro lado, el concepto que utiliza el escritor del Salmo 91, como el mandato a mirar, es el mismo que utiliza el escritor del Génesis para explicarnos lo que le dijeron a Lot y su familia que no podían hacer. En este caso, en relación a una ciudad que era fuente de la maldad: “no mires” (Gn 19:17): “la mujer de Lot miró” (v. 26).

A base de lo que encontramos en estos pasajes bíblicos podemos concluir que el consejo del salmista trata de un ejercicio que va más allá de la simple acción de mirar. Este verbo trata acerca de la consideración, la evaluación, el valor que le asignamos a aquello que estamos contemplando. Hemos visto que a Abram le dijeron que le asignara valor a lo que estaba contemplando y que esto lo llevaría a comprometerse con Dios. Él lo hizo y Dios se glorificó en su vida y en la vida de los suyos. Hemos visto que el salmista explica su decisión de mirar al Señor, cosa que sabemos no se puede hacer físicamente. Este ejercicio produjo que él fuera libertado de sus angustias (Sal 34:6) y que su rostro fuera iluminado. Hemos visto que a Lot y a su familia le dijeron que no podían asignarle valor positivo a esa fuente de maldad y de perversión que se llamaba Sodoma. Una de los miembros de esa familia no lo hizo y se convirtió en estatua de sal. O sea, que la mujer de Lot no se convirtió en estatua de sal por haber mirado ni por simplemente haber desobedecido el mandato de los ángeles. Ella sufrió este castigo por desobedecer para asignarle valor a una fuente de maldad.

Es de esta manera que Isaías lo usa con alguna frecuencia. El profeta lo hace cuando invita a los ciegos a mira para ver (Isa 42:18), o cuando invita al pueblo a mirar a Abraham y a Sara (Isa 51:2), cuando estos ya no se encontraban ente nosotros.

El segundo verbo, “verás” (“râʼâh”, H7200) describe la acción de ver, de observar, de experimentar la acción de contemplar aquello que uno está mirando.

Hay que insertar aquí un elemento teológico e histórico que es muy importante para nuestro  análisis. El pueblo de Israel creía en la doctrina de la doble retribución. Esto es, una doctrina que dice que a la gente buena le tiene que ir bien y a la gente que no es buena le tiene que ir mal. O sea, que si a nosotros nos sucede algo malo es porque hicimos algo malo y viceversa.

Esta doctrina no se sostiene cuando uno realiza el análisis bíblico. Un par de ejemplos bastan para demostrarlo: Job y Jesucristo. Ambos personajes sufrieron dolores y tribulaciones indescriptibles siendo personas sin tacha y con un testimonio incólume. En el caso de Job, la Biblia dice que Dios mismo lo describió como un “varón perfecto y recto, temeroso de Dios y apartado del mal?” (Job 1:8b) Todo esto antes de que Job tuviera la necesidad de enfrentar todas las calamidades que le asaltaron. En el caso de Jesucristo, basta decir que Él es el Cordero de Dios, sin mancha (1 Ped 1:19) y sin pecado (2 Cor 5:21). Aun así Jesucristo tuvo que enfrentar la Cruz.

Hay que comprender que hay personas que se portan bien y que les va mal y hay personas que se portan mal y les puede ir bien. Las bendiciones y los problemas no son señal ni identificación de una vida  de bondades o de la práctica del mal.

La razón por la que destacamos esto es porque el escritor del Salmo 91 nos dice que lo primero que hay que mirar es algo que él llama “la recompensa de los impíos.” O sea, que él partió de la premisa de que todos aquellos que sufren tragedias y no pueden vencer están recibiendo la retribución (“shillûmâh”, H8011) por sus conductas.

Ahora bien, ¿cancela esto la invitación que el salmista y otros escritores bíblicos nos hacen para que levantemos la vista y consideremos aquellas cosas que no tienen que ver con las crisis que estamos experimentando? La postura legalista del escritor del Salmo 91 no cancela la invitación que nos hace Dios para que veamos más allá de todos los escenarios de dolor y causantes de sufrimientos que podemos enfrentar en la vida. Ese ejercicio hay que realizarlo porque siempre operará a nuestro favor.

Hay varios pasajes de las Sagradas Escrituras que destacan este axioma bíblico. Uno de ellos lo encontramos en la Segunda Carta del Apóstol Pablo a la Iglesia de Corinto:

6 Porque Dios, que mandó que de las tinieblas resplandeciese la luz, es el que resplandeció en nuestros corazones, para iluminación del conocimiento de la gloria de Dios en la faz de Jesucristo.

7 Pero tenemos este tesoro en vasos de barro, para que la excelencia del poder sea de Dios, y no de nosotros, 8 que estamos atribulados en todo, mas no angustiados; en apuros, mas no desesperados;

9 perseguidos, mas no desamparados; derribados, pero no destruidos; 10 llevando en el cuerpo siempre por todas partes la muerte de Jesús, para que también la vida de Jesús se manifieste en nuestros cuerpos.

11 Porque nosotros que vivimos, siempre estamos entregados a muerte por causa de Jesús, para que también la vida de Jesús se manifieste en nuestra carne mortal. 12 De manera que la muerte actúa en nosotros, y en vosotros la vida. (2 Corintios 4:6-12)

Hay varias maneras de resumir el mensaje que el Apóstol Pablo comparte en esta porción de las Sagradas Escrituras. En primer lugar, es que las amenazas y los peligros de muerte siempre estarán presentes. No obstante, la vida victoriosa sobre todas estas amenazas es el producto de buscar el conocimiento de la gloria de Dios en el rostro de su Hijo Jesucristo. Esto requiere una acción que va más allá de la capacidad de ver. Esto requiere poner en acción la capacidad para evaluar, considerar y reconocer el valor inmensurable que posee esta bendición. En segundo lugar, que nuestra vida cambia tan pronto somos capaces de hacer esto, reconocer que en ningún otro hay salvación, sino en Jesús (Hechos 4:12). Es así que comenzamos a ver la vida con la capacidad de ver más allá de los problemas, las pestes y las amenazas. Es entonces que nos percatamos que podemos estar atribulados en todo, pero no estamos angustiados. Vemos que podemos estar en apuros, pero no estamos desesperados. Tal y como lo recoge la versión bíblica Nueva Traducción Viviente:

8 Por todos lados nos presionan las dificultades, pero no nos aplastan. Estamos perplejos pero no caemos en la desesperación. 9 Somos perseguidos pero nunca abandonados por Dios. Somos derribados, pero no destruidos. 10 Mediante el sufrimiento, nuestro cuerpo sigue participando de la muerte de Jesús, para que la vida de Jesús también pueda verse en nuestro cuerpo. 11 Es cierto, vivimos en constante peligro de muerte porque servimos a Jesús, para que la vida de Jesús sea evidente en nuestro cuerpo que muere. 12 Así que vivimos de cara a la muerte, pero esto ha dado como resultado vida eterna para ustedes.  (2 Corintios 4:8-12, NTV)

Otro pasaje bíblico del Nuevo Testamento que nos invita a mirar más allá de nuestras circunstancias lo encontramos en los versos finales de ese mismo capítulo cuatro (4) de la Segunda Carta a los Corintios:

16 Por tanto, no desmayamos; antes aunque este nuestro hombre exterior se va desgastando, el interior no obstante se renueva de día en día. 17 Porque esta leve tribulación momentánea produce en nosotros un cada vez más excelente y eterno peso de gloria; 18 no mirando nosotros las cosas que se ven, sino las que no se ven; pues las cosas que se ven son temporales, pero las que no se ven son eternas. (2 Corintios 4:16-18, RV 1960)

Realizamos el resumen de estos versos utilizando una vez más la versión que nos regala la Nueva Traducción Viviente. El Apóstol Pablo nos dice aquí que hay personas que se dan por vencidas en medio de las pruebas. No sucede así con aquellos que han estado al abrigo del Altísimo y bajo la sombra del Omnipotente. Aquellos que han descubierto esa intimidad con Dios no están exentos de los días difíciles, pero esa relación no nos deja darnos por vencidos. Nuestros ojos han sido adiestrados para mirar más allá de la prueba, más allá del dolor, por encima de la tragedia y por encima del turbión. Nuestros ojos han sido ungidos para mirar por encima del terror nocturno y por encima de las saetas que vuelan de día. Nuestras almas han sido tocadas por el Señor para mirar más allá de la pestilencia que anda en oscuridad y de la mortandad que destruye a plena luz del día. Este pasaje dice que todo eso es temporal y nosotros procuramos mirar lo eterno.

Es por esto que nunca nos damos por vencidos. Aunque nuestro cuerpo está muriéndose, nuestro espíritu[e] va renovándose cada día. 17 Pues nuestras dificultades actuales son pequeñas y no durarán mucho tiempo. Sin embargo, ¡nos producen una gloria que durará para siempre y que es de mucho más peso que las dificultades! 18 Así que no miramos las dificultades que ahora vemos; en cambio, fijamos nuestra vista en cosas que no pueden verse. Pues las cosas que ahora podemos ver pronto se habrán ido, pero las cosas que no podemos ver permanecerán para siempre.” (NTV)

Las aseveraciones que hace el salmista en el Salmo 91 promueven el mismo mensaje que proclama el Nuevo Testamento. Hay que levantar la mirada, hay que dejar de mirar la prueba, la tragedia, el dolor y los resultados que estas provocan. Hay que aprender a mirar, a asignarle valor, a reconocer el propósito de Dios que está por encima de todos esos escenarios.

¿Qué hacemos con la visión legalista de este escritor? Hay una propuesta pastoral que queremos colocar sobre la mesa. Al final del camino seremos capaces de comprender que lo que el salmista realmente está diciendo no es que Dios castiga a aquellos que no buscan del Altísimo o de la sombra del Omnipotente. Lo que el salmista está diciendo es que aquellos que no lo hacen no gozan de las mismas oportunidades que gozamos nosotros para enfrentar la vida, para ver en ella todo lo que está más allá del COVID-19, del HIV, del Flú español y de las luchas fratricidas – políticas.

Esta es una verdad que no podemos ocultar: Dios no anda detrás de aquellos que no le aman para castigarlos. El castigo más grande que estos pueden sufrir es la incapacidad para ver la vida y disfrutarla encontrando el propósito de Dios más allá de cualquier y tragedia que podamos enfrentar en la vida.

El mensaje del salmista sigue siendo pertinente: “8 Ciertamente con tus ojos mirarás Y verás… ” Cabe aquí una pregunta: ¿qué ven tus ojos cuando alzas tu mirada?

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