fbpx
Today: Jan 20, 2021
Today: Jan 20, 2021

Reflexiones de Esperanza: La seguridad que Dios ofrece (Parte II)

4 Con sus plumas te cubrirá, Y debajo de sus alas estarás seguro; Escudo y adarga es su verdad.  (Salmo 91:4, RV 1960)

El escritor del Salmo 91 comienza a describir en el verso cuatro (4) la seguridad que emana de la presencia de Dios. El salmista dice que esa cualidad de seguro, de sentirse libre o protegido de todo peligro, él la tiene que definir en este salmo como la acción de acudir para buscar protección (“châsâh”, H2620); acción que uno hace confiadamente y sin precipitación. Ese es el concepto que se traduce en este salmo como “seguro.” El Salmo 91 nos dice que el Altísimo, el Dios Omnipotente, el Creador de todas las cosas, el Dios que se revela en Cristo, nos ofrece libertad (v.3) y seguridad. El salmista describe la seguridad que poseen aquellos que han aprendido a confiar en el Señor.

La seguridad que describe este escritor no depende de las circunstancias en las que podamos estar viviendo. Esa seguridad emana de la relación que tenemos con el Señor. Aquellos que han entrado a la habitación del Altísimo, que están bajo la sombra del Omnipotente, conocen a Dios y conocen su amor infinito. Es por ese amor que Dios nos cubre con Su presencia. Es por esto que podemos sentirnos seguros debajo de Sus alas.

No debe sorprendernos que surjan cuestionamientos sobre estas aseveraciones. Estos han sido levantados en cada generación de la historia. Harry Emerson Fosdick predicaba acerca de esto durante la Segunda Guerra Mundial. Esto es, luego de la Primera Guerra Mundial (1914-1918), de la pandemia provocada por el Flu español (1918-1920), y de la Gran Depresión (1929-1938). Una de las baterías de sermones que él predicó acerca de este tema aparecen publicados desde 1944 bajo el título “A Great Time to be Alive.” Mi copia de ese libro destaca que el precio del mismo para esa época era de 25 centavos ($0.25)[1].

Uno de los 25 sermones que aparecen en ese libro da a luz el título de esa obra: “Un gran tiempo para estar vivo”. En ese sermón, Fosdick confronta la audiencia cuando comienza diciendo que la época de la Segunda Guerra Mundial era un gran tiempo para estar vivos. No debemos llamarnos a engaño; Fosdick no intentaba tapar el cielo con la mano. Este pastor Norteamericano reconocía que la guerra anterior no había conseguido solucionar los problemas, ni alcanzar las metas que la humanidad se había propuesto. Es que hay que admitir que las guerras nunca consiguen esto. Una de las metas de la Primera Guerra Mundial era la detener a los Alemanes. El resultado de esa guerra fue la afirmación del Fascismo, del Comunismo, de la Democracia y de la entronización de las dictaduras de Stalin en la Unión Soviética, Franco en España, Kemal Atartuk en Turquía, Mussolini en Italia, Salazar en Portugal, Pilsudski en Polonia y Adolfo Hitler en Alemania. Además, destacaba él, que los resultados de la guerra anterior habían producido 35 millones de muertes a causa del hambre y de las pandemias.

El mundo entero continuaba, al inicio de esa Segunda Guerra Mundial, sumido en los desastres causados por nuestra incapacidad para resolver problemas mundiales y los próximos conflictos que estos provocaron. Nunca hemos logrado comprender que los problemas mundiales que enfrentamos son gritos estridentes demandando cambios.

Es aquí que Fosdick señala a la expresión de una joven madre que se preguntaba si había sido correcto traer hijos a un mundo como ese. Una pregunta que constantemente madres y padres se hacen en este tiempo. Es entonces que este Pastor esgrime su tesis: todas las generaciones se han formulado preguntas acerca de la viabilidad y de las inseguridades que enfrentaron en su tiempo. Por ejemplo, Thomas Jefferson se preguntaba esto entrando al siglo 19. Jefferson es citado por Fosdick diciendo con mucho temor que una barbarie primitiva amenazaba los principios morales y a las bases que le dan unidad y cohesión a la nación Norteamericana. Decía Jefferson que la alborada del siglo 19 había sorprendido la nación con amenazas serias a su estabilidad. Sin embargo, hoy miramos a esa generación, la de Jefferson, la de Alexander Hamilton y John Adams como una generación ejemplar. Una generación que supo estar a la altura de los retos de su tiempo.

Fosdick apuntaba a Ralph Waldo Emerson, un ministro evangélico además de prolífico escritor,  preguntándose esto mientras asistía a una convención de una sociedad bíblica en el sur de los Estados Unidos. Por un lado, las palabras que escuchaba en el salón eran acerca del gozo y de la esperanza que predica el Evangelio. Por otro, las palabras que escuchaba desde la ventana que tenía a su lado eran las de un mercado en el que vendían a los Negros como esclavos. Esa dicotomía lo llevó a escribir sus mejores ensayos y sus mejores poemas. Es Víctor Hugo viviendo las tragedias provocadas por el despotismo y la tiranía de Napoleón III. El resultado de esto fue su exilio. Sin embargo, fue ese exilio el “caldo de cultivo” para sus mejores composiciones literarias.

Fosdick apuntaba en ese sermón que los seres humanos se vanagloriaban entonces de haber logrado crecer, en términos sociológicos, de su infancia a su madurez. Esos seres humanos “maduros” habían provocado todos estos desastres. Esos desastres podían anquilosarnos en los caminos del dolor, paralizados mientras nos preguntamos lo mismo que se preguntó el salmista:

6 Muchos son los que dicen: ¿Quién nos mostrará el bien?.....(Salmo 4:6a)

Fosdick decía en ese sermón que ese era un gran tiempo para estar vivos porque los obligaba a regresar con urgencia a los fundamentos. Todas las generaciones de la historia han tenido esa misma oportunidad de cara a los retos que enfrentaron en el tiempo que les tocó vivir. Nosotros sabemos en dónde se encuentra esa revelación. Dios es el que nos muestra el bien.

Hoy miramos a la generación que enfrentó la Segunda Guerra Mundial para aplaudirlos y reconocerlos como nuestros héroes. Un escritor y periodista llamado Tom Brokaw bautizó esa generación como la más grande que ha existido.

Este continúa siendo un gran tiempo para estar vivos. Las tragedias provocadas por nuestra incapacidad para enfrentar problemas mundiales solo son superadas por las provocadas por nuestra  incapacidad para comprender que todo lo que hacemos en este planeta posee repercusiones sobre nuestros vecinos. Uno de los dolores más grandes que todo esto produce es tener que admitir que no hemos aprendido nuestras lecciones. No hemos aprendido a permitirle al Señor que alce sobre nosotros la luz de Su rostro (Salmo 4:6b).

Es aquí que las palabras del escritor del Salmo 91 se visten de una sabiduría singular. Este salmo nos devuelve a la ruta para encontrar esa luz, para acceder los fundamentos. Este salmo describe y define los “qué”, los “dónde”, los “cómo” y los “porqué” que necesitamos conocer para enfrentar los retos de nuestro tiempo. Este salmo nos dice que podemos conseguir todo esto sintiéndonos seguros: con seguridad.

Esa ruta, la que traza el salmista en el Salmo 91 ofrece una clase de seguridad que el salmista califica como un escudo y un adarga. El escudo es una pieza que cubre casi todo el cuerpo de la persona (“tsinnâh”, H5507). El segundo, adarga, es un escudo de cuero en forma ovalada o de forma de corazón que cubre el pecho[2].

Los escritores de los salmos utilizan estas metáforas con frecuencia para describir la protección que ofrece el Señor.

12 Porque tú, oh Jehová, bendecirás al justo; Como con un escudo lo rodearás de tu favor. (Salmo 5:12)

1 Disputa, oh Jehová, con los que contra mí contienden; Pelea contra los que me combaten. 2 Echa mano al escudo y al pavés, Y levántate en mi ayuda. (Salmo 35:1-2)

Es Dios protegiéndonos, protegiendo nuestra integridad y nuestro corazón para que seamos capaces de superar los conflictos, de enfrentar las tragedias y los embates que trae la vida. Es Dios haciendo espacio seguro para que seamos capaces de aprender lo que tenemos que aprender para poder vencer las fuentes que producen todos estos males. Es Dios haciéndoos regresar a los fundamentos para que podamos, desde allí, viendo la vida con los ojos del Altísimo, descubrir que hay respuestas y hay seguridad en los brazos del Señor. Entonces, es allí que descubrimos que este es un gran tiempo para estar vivos.

Es muy interesante el hecho de que el salmista tampoco intenta tapar el cielo con las manos; no intenta ignorar las realidades que enfrentamos. El escritor de este salmo dice que enfrentaremos cazadores, la peste destructora, terrores nocturnos, saetas que vuelan de día, pestilencias que andan en oscuridad, mortandad que destruye a la luz del día y piedras que procuran hacernos tropezar.

No obstante, este escritor nos dice que Dios ha prometido que Su presencia es refugio seguro, que nos proporcionará la libertad y que nos protegerá en medio de todo esto con un escudo que se llama verdad (“ʼemeth”, H571). La verdad celestial protege nuestra integridad y protege nuestro corazón.

La literatura sapiencial, la que produce los salmos, nos dice muchas cosas acerca de la verdad que sirve como escudo y adarga. Descubrimos muchas cosas revisando los versículos bíblicos que utilizan ese mismo concepto (“ʼemeth”, H571). En primer lugar, los salmos nos dicen que ese escudo describe algo que lleva en su interior aquella persona que anda en integridad; que habita en el santo lugar del Señor:

1 Jehová, ¿quién habitará en tu tabernáculo? ¿Quién morará en tu monte santo? 2 El que anda en integridad y hace justicia, Y habla verdad en su corazón. (Salmo 15:1-2)

Es obvio que esos versos describen ese escudo como algo que uno posee en su corazón; es desde ahí que hablamos cuando andamos en integridad. Esta es una descripción muy hermosa de ese escudo.

En segundo lugar, el salmista nos dice que ese escudo es la Palabra, los mandamientos del Señor:

9 El temor de Jehová es limpio, que permanece para siempre; Los juicios de Jehová son verdad, todos justos. (Salmo 19:9)

Ese salmo, que es una oda a la Palabra de Dios, nos dice que la Palabra de Dios es un escudo insustituible. La revelación de esa Palabra, la verdad que ella proclama, es un escudo impenetrable.

En tercer lugar, el salmista dice que ese escudo es un camino, una senda por la que tenemos que ser encaminados:

5 Encamíname en tu verdad, y enséñame, Porque tú eres el Dios de mi salvación; En ti he esperado todo el día…. 10 Todas las sendas de Jehová son misericordia y verdad, Para los que guardan su pacto y sus testimonios.   (Salmo 25:5,10)

Es obvio que esa senda, ese camino posee unos requisitos: hay que guardar las ordenanzas que este ha definido. Es también obvio que ese camino se llama Cristo, porque Él es el camino, la verdad y la vida; nadie viene al Padre sino por Él (Juan 14:6).

Sabiendo esto, no debemos tener duda alguna que ese escudo se llama Cristo.

En cuarto lugar, el salmista dice que podemos confiar que ese escudo siempre nos va a guardar:

10 No encubrí tu justicia dentro de mi corazón; He publicado tu fidelidad y tu salvación; No oculté tu misericordia y tu verdad en grande asamblea. 11 Jehová, no retengas de mí tus misericordias; Tu misericordia y tu verdad me guarden siempre.   (Salmo 40:10-11)

En quinto lugar, el salmista dice que ese escudo da dirección; hacia la presencia de Dios:

2 Pues que tú eres el Dios de mi fortaleza, ¿por qué me has desechado? ¿Por qué andaré enlutado por la opresión del enemigo? 3 Envía tu luz y tu verdad; éstas me guiarán; Me conducirán a tu santo monte, Y a tus moradas. (Salmo 43:2-3)

En sexto lugar, los salmos nos dicen que el Señor ama esa verdad; que anhela que nosotros no tengamos agendas ocultas en nuestros corazones.

6 He aquí, tú amas la verdad en lo íntimo, Y en lo secreto me has hecho comprender sabiduría  (Salmo 51:6)

Esa sinceridad de espíritu nos permite experimentar seguridad y confianza en medio de los ataques de los enemigos más crueles: los que llevamos por dentro.

En séptimo lugar, el salmista nos dice que hay ocasiones en las que podemos creer que estamos desprovistos de esta protección, y que experimentaremos que el Señor la envía desde los cielos:

3 Él enviará desde los cielos, y me salvará De la infamia del que me acosa; Selah Dios enviará su misericordia y su verdad. (Salmo 57:3)

En octavo lugar, el salmista profetizó que vendría un día en el que ese escudo, verdad, se encontraría con la misericordia de Dios. Además, ese día la verdad brotaría de la tierra mientras la justicia estaría mirando desde los cielos:

9 Ciertamente cercana está su salvación a los que le temen, Para que habite la gloria en nuestra tierra. 10 La misericordia y la verdad se encontraron; La justicia y la paz se besaron. 11 La verdad brotará de la tierra, Y la justicia mirará desde los cielos. (Salmo 85:9-11)

Los Cristianos no tenemos duda alguna de cuándo fue que esa palabra profética se cumplió. Cristo Jesús, verdad, camino y vida, murió por nosotros en la Cruz del Calvario. Esa tarde la verdad y el amor de Dios se besaron. Cristo Jesús, verdad, camino y vida, fue sepultado para cumplir las Escrituras (1 Cor 15:3-9). Esa tarde, la justicia y la paz se besaron. El precio de nuestra paz había sido pagado por Él en la Cruz (Isaias 53:4-6). Cristo Jesús, verdad, camino y vida, se levantó al tercer día de entre los muertos para vencer la muerte y la tumba. Esa mañana la verdad brotó de la tierra ante los ojos de la justicia del Padre.

En noveno lugar, es por todo esto que el profeta Malaquías dice lo siguiente acerca de la integridad de todos aquellos que han sido llamados por el Señor a vivir bajo este escudo:

4 Y sabréis que yo os envié este mandamiento, para que fuese mi pacto con Leví, ha dicho Jehová de los ejércitos. 5 Mi pacto con él fue de vida y de paz, las cuales cosas yo le di para que me temiera; y tuvo temor de mí, y delante de mi nombre estuvo humillado. 6 La ley de verdad estuvo en su boca, e iniquidad no fue hallada en sus labios; en paz y en justicia anduvo conmigo, y a muchos hizo apartar de la iniquidad. 7 Porque los labios del sacerdote han de guardar la sabiduría, y de su boca el pueblo buscará la ley; porque mensajero es de Jehová de los ejércitos.   (Mal 2:4-7)

La Biblia dice esto en los labios de este profeta para describir a los sacerdotes; a los Levitas. La Biblia dice esto de todo aquellos que amamos al Señor y le hemos aceptado como nuestro Salvador. No olvidemos que ese paso de fe nos convierte en sacerdotes para el Eterno (1 Pedro 2:9)

Un resumen de todo lo antes expuesto nos permite ver ese escudo que el salmista describe como una fuente que está en nuestro corazón, que nos hace andar y hablar con integridad; sin agendas ocultas. Ese escudo nos guarda. Ese escudo es la Palabra de Dios. Ese escudo es una senda por la que hay que caminar, es Cristo. Ese escudo es emblemático de aquellos que somos linaje escogido, real sacerdocio, nación santa y pueblo adquirido por Dios. Nosotros hemos sido llamados para anunciar las virtudes de aquel que nos llamó de las tinieblas a su luz admirable. Ese escudo está en nuestra boca.

El escritor del Salmo 91 nos dice que Dios ha prometido cubrirnos con Sus plumas, que estaremos seguros bajos Sus alas. Ese escritor nos dice que Dios ha prometido que usará la verdad, a Cristo, Su Palabra, como escudos para guardar nuestra integridad y nuestro corazón.

Nadie puede obligarnos a aceptar este ofrecimiento que nos hace Dios. Esto forma parte de las prerrogativas y las decisiones que tenemos que tomar. Todas las generaciones han tenido que pasar por este proceso.

Mis hijos y yo hemos tenido una charla muy interesante acerca de las decisiones que tomamos. Esto ocurrió en el momento en el que se redactan las líneas finales de esta reflexión. Una cuestión de semántica y de lingüística: para los Españoles, los Franceses los Italianos y los Rumanos, las “decisiones” son algo que uno toma. Para los Anglosajones, las “decisiones” son algo que uno hace o que uno alcanza, como pequeñas cosas de nuestra propia creación. Pero para los Alemanes, las “decisiones” son algo con lo que uno se encuentra. ¡La belleza del lenguaje![3]

Ya sea que las tomemos, las hagamos, las alcancemos o que nos encontremos con ellas, la oportunidad de poder disfrutar estar vivos en un tiempo como este dependerá de que decidamos habitar bajo el abrigo del Altísimo y morar bajo la sombra del Omnipotente.


[1] Fosdick, Harry Emerson. A Great Time to be alive: Sermons on Christianity in wartime, 1944. Harper & Brothers,  New York-London.

[2] https://dle.rae.es/adarga?m=form

[3] #ask Babylon

Leave a Reply