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Today: Jul 28, 2021
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Reflexiones de Esperanza: No temerás (Parte V)

....Ni mortandad que en medio del día destruya.,  Salmo 91:6b, (RV 1960)

El escritor del Salmo 91 presenta su tesis acerca del temor en dos (2) de sus versos; los versos cinco (5) y seis (6). La idea central de esta tesis es que la relación que desarrollamos con el Altísimo, con el Omnipotente, nos ayuda a desarrollar unos niveles de confianza que nos permite derrotar el temor. La frase “No temerás…” es el resultado de esa relación con el Dios que se revela, el Creador de todas las cosas.

Sabemos que no hace falta subrayar la importancia que poseen estas declaraciones que hace el salmista. Es reconfortante poder caminar sabiendo que podemos vivir sin tenerle temor al miedo que nos provocan los cuatros (4) escenarios que él nos describe en esos versos:

  • las amenazas que afectan nuestros pensamientos y nuestro equilibrio mental, (“el terror nocturno”),
  • las amenazas de violencia física y emocional (“saeta que vuele de día”),
  • las amenazas inesperadas a nuestra salud física (“pestilencia que ande en oscuridad”)
  • y las amenazas a nuestra salud que han sido diagnosticadas y hasta esperadas (“mortandad que en medio del día destruya”).

En nuestras reflexiones anteriores hemos analizado tres (3) de estos escenarios. Hemos dicho que el cuarto escenario, el de la “mortandad que en medio del día destruya”, tiene que ver con las amenazas a nuestra salud física que son hasta esperadas. La relación con la amenaza anterior, ha llevado a muchos a aceptar esa conclusión[1]. Podemos estilar esta conclusión para reseñar los peligros aleatorios a enfermedades tales como la diabetes, las enfermedades cardiopulmonares, el lupus, el alzheimer’s, el parkinson y otras tantas que son o pueden ser degenerativas. Las complicaciones que estas enfermedades pueden causar no solo aumentan el riesgo de muerte, sino el deterioro de la calidad de vida del paciente que sufre estos embates y las de aquellos que los cuidan. El salmista ha podido estar hablando acerca de esto cuando nos describe un proceso de mortandad que se da a la luz del día.

No obstante, hay que señalar que esta amenaza incluye mucho más que las amenazas a la salud que nos presentan algunas enfermedades. El concepto que el salmista utiliza aquí es “qeṭeb” (H6986) y este se traduce como “destructor”, algo que trae la ruina, el asolamiento, que provoca una pérdida grande y casi irreparable. Ese destructor opera en medio del día causando algo que el salmista define utilizando el concepto hebreo “shûd”(H7736). Esto es, que produce inflamación, devastación, ruina, daño severo, la muerte, desolación, discapacidad, que estropea lo que existe, que es insolente. Todo esto, a la luz del día, sin esconderse, consiguiendo que todo el mundo pueda ver que todo ese daño está ocurriendo.

La buena noticia es que el salmista nos dice que aquellos que hemos decidido ir a habitar al abrigo del Altísimo, irnos a morar bajo la sombra del Omnipotente, conseguimos allí las herramientas para no tener temor que eso pueda ocurrir. O sea, no permitir que estas clases de amenazas nos paralicen, nos detengan y mucho menos, que reduzcan nuestra capacidad para confiar en el Señor y en Sus promesas.

No hay necesidad de profundizar mucho acerca de la relevancia que poseen esas aseveraciones que hace el salmista. Basta considerar algunos de los efectos que produce el temor. La Biblia señala que uno de los problemas más grandes que produce el temor es que amenaza nuestra capacidad para confiar en Dios. Para empezar, el temor arruina la autoestima. ¿Se ha preguntado usted alguna vez por qué hay tantas personas con baja autoestima, especialmente personas que poseen muchas razones para tener buena autoestima?

Este comportamiento es el resultado del temor. Muchos de ellos hacen las cosas bien para luego acudir a criticarse a sí mismos por algo que pensaron que era incorrecto o malo. Aun cuando sólo ellos lo puedan saber, esto es suficiente para estancarlos, y no permitirles reaccionar adecuadamente ante el temor.

El temor puede arruinar el sentido de la vida que tenemos, de la tarea y del propósito que todos tenemos en la vida. En esos casos, el temor no nos permite experimentar por completo el potencial que Dios nos ha dado; no nos permitimos a nosotros mismos desarrollarlo. Es entonces que el temor nos conduce a otro nivel de existencia: el miedo a fracasar.

El temor arruina el gozo y casi siempre lo sustituye con ansiedad. No olvidemos una de las diferencias más importantes que existen entre el temor y la ansiedad. El primero se produce como una reacción instintiva a una amenaza tangible o mental, a una situación de peligro, o a un objeto amenazador. El segundo, la ansiedad, no se acompaña de ningún objeto concreto, siendo esta la diferencia fundamental. El segundo no necesita de esa amenaza. Sin embargo, cuando el temor nos domina, procura traer la ansiedad al escenario y esto complica la situación, toda vez que tenemos que lidiar al mismo tiempo con la amenaza existente y con el enemigo interno. Un ejemplo de esto son las personas que frecuentemente se pasan preguntando cosas como estas: “¿y si pasa algo malo?”, “¿y si tenemos un accidente?”, “¿y si se me pierde la billetera?”, “¿y si el resultado de mi trabajo no satisface al que lo necesita?” ¿Conoce usted a alguien así?

La perspectiva de la vida que brinda el temor nos roba el gozo. Esto sucede porque el temor, como un producto aleatorio a nuestra naturaleza pecaminosa, termina robándonos la intimidad auténtica que debemos tener con Dios. Adán nos lo hizo saber en el relato del capítulo tres (3) del libro de Génesis: “Tuve miedo y me escondí.”. En otras palabras, nos enmascaramos.

El temor puede anular la disponibilidad de Dios. No se trata de que Dios no esté disponible sino que podemos llegar a creer que no somos lo suficientemente buenos para que Él nos ayude. El Evangelio no dice que Dios nos ayuda porque nosotros somos buenos. El Evangelio dice que Dios ha decidido ayudarnos porque nos ama (Juan 3:16).

Todo lo que hemos reseñado hasta aquí gira alrededor de los problemas que encontramos con regularidad con el manejo del temor. Esto entonces se complica cuando tenemos que considerar que eso que no hemos aprendido a manejar correctamente va a aparecer ante unas amenazas que son reales. Hay que repetir que las amenazas que describe el escritor del Salmo 91 son reales. 

Además, no podemos obviar el hecho de que Satanás es un maestro utilizando nuestros temores. El enemigo de nuestras almas ha diseñado planes maestros para utilizar herramientas que nosotros no hemos aprendido a derrotar o dominar. Somos nosotros los que permitimos la vulnerabilidad y él se aprovecha de esto.

En algunas ocasiones el Acusador puede utilizar nuestros pecados pasados para abonar e irrigar ese temor. En otras, puede utilizar las posibilidades que parecen dibujarse en el horizonte acerca de nuestro futuro. El potencial de un fracaso es casi siempre una herramienta muy útil en sus manos. El Acusador puede utilizar cierta clase de crítica para inocular nuestros temores con sus venenos. Los resultados inmediatos casi siempre incluyen el aislamiento, la retirada del servicio al Señor en nuestras congregaciones y hasta la renuncia a los ministerios a los que el Señor nos ha llamado.

La incapacidad para discernir esta realidad puede hacer que nuestras vidas sean miserables.

O sea, que estamos entonces enfrentando varios enemigos al mismo tiempo. He aquí la pertinencia de las palabras del salmista en el Salmo 91. Por un lado, la amenaza que produce el temor. Por el otro, el temor y la ansiedad que esto produce de manera instintiva y hasta existencial. A esto hay que añadirle la presencia del acusador que nos quiere robar el gozo y la comunión con Dios. Repetimos, es aquí que se hacen más grandes las palabras del salmista: “No temerás.”

Esta expresión es medular porque nos hace entender que la amenaza va a estar allí, pero que el temor no nos tiene que controlar. Si el temor no nos controla, la ansiedad no nos va a despersonalizar. El enemigo pierde entonces su efectividad porque tenemos estas tres cosas bajo la perspectiva correcta, bajo la mano de Dios.

¿Qué es lo que propone el escritor del Salmo 91? ¿Cuál es la propuesta que el Espíritu Santo nos ha hecho a través de este escritor? El escritor de este salmo nos dice que el control de todas estas cosas proviene de una relación personal con Dios. Es el resultado de esa relación que nos lleva a intimar con varias dimensiones y manifestaciones de Dios. El Dios Altísimo, el Todopoderoso, el Dios que se revela en Cristo, el Creador de todas las cosas. (Salmo 91:1-2)

El Nuevo Testamento nos ofrece la oportunidad de expandir la propuesta del salmista. Un buen ejemplo de esto son las palabras del Apóstol Pablo a un joven llamado Timoteo:

7 Porque no nos ha dado Dios espíritu de cobardía, sino de poder, de amor y de dominio propio.” (2 Timoteo 1:7)

Una de las maneras más efectivas de interpretar ese verso es concluyendo que hay no menos de  tres (3) herramientas que conseguimos cuando entramos en esa relación personal e íntima con el Señor. Esto es, tres (3) herramientas para impedir que el temor nos domine. Esas herramientas son el poder de Dios, el amor de Dios y el dominio propio. Estas herramientas vencen la cobardía, vencen el temor y por ende, vencen la ansiedad y le cierran las puertas al Acusador.

Veamos la primera de esas herramientas; el poder de Dios. Es obvio que en la presencia del Todopoderoso hay poder disponible para todo aquél que se acerca al Señor. Hay tanto poder disponible allí, que el Apóstol Pablo expresó lo siguiente: “Todo lo puedo en Cristo que me fortalece” (Filipenses 4:13). 

Hay poder para la salvación en esa presencia; es el poder de la sangre de Cristo. Hay poder en esa sangre para ser hechos hijos de Dios:

les dio potestad de ser hechos hijos de Dios. (Juan 1:12)

Hay poder para la liberación, para la sanidad, para ser testigos, para vencer al Acusador (Hechos 1:8):

8 pero recibiréis poder, cuando haya venido sobre vosotros el Espíritu Santo, y me seréis testigos en Jerusalén, en toda Judea, en Samaria, y hasta lo último de la tierra. (Hechos 1:8).

Hay poder para estar llenos de gozo:

13 Y el Dios de esperanza os llene de todo gozo y paz en el creer, para que abundéis en esperanza por el poder del Espíritu Santo  (Romanos 15:13).

Hay poder para ser perfeccionados en medio de la debilidad:

9 Y me ha dicho: Bástate mi gracia; porque mi poder se perfecciona en la debilidad (2 Corintios 12:9).

Hay poder disponible en esa santa presencia.

La segunda herramienta es el amor de Dios. No hay duda alguna de que en esa relación personal con Dios somos sumergidos en ese amor inmensurable del Señor. La Biblia dice que ese amor nos permite mantener el temor fuera del escenario de las amenazas: “18 En el amor no hay temor, sino que el perfecto amor echa fuera el temor” (1 Juan 4:18). Mientras más amamos a Dios, menos efectividad posee el temor. ¿Por qué?; porque no le damos espacio al temor en los escenarios que la vida nos presenta. O sea, lo mantenemos fuera de nuestros escenarios, no nos puede dominar, porque estamos embebidos, embelesados en el amor profundo y perfecto de Dios.

Al mismo tiempo, esa relación con Dios nos lleva a aprender a amar a los demás tal y como son. Vamos entonces perdiendo el temor a los demás en la medida que ese amor crece y madura. Esto es, temor a la traición, temor a que nos fallen, temor a que nos rechacen, etc. Esa clase de temor pierde su efectividad en la medida en que nosotros aprendemos a amarles con ese amor profundo y maduro que nos da Dios.

La tercera herramienta es el dominio propio. Es un secreto a veces que esa relación con el Señor tiene que transformarnos. Nadie puede estar en comunión con el Eterno y continuar siendo la misma persona. La Biblia dice que la meta del creyente es no permitir que sus circunstancias le den forma (lo conformen), sino que el poder de Dios lo transforme por medio de la renovación del entendimiento que tiene de sus circunstancias y de las situaciones por las que puede atravesar (Romanos 12:2)

Esta capacidad, que en griego se conoce como “sōphronismos” (G4995) es muy importante para todos los creyentes. Aunque la Biblia lo traduce como dominio propio, en los diccionarios teológicos lo definen como algo que va más allá del conocimiento. Es definido como el conocimiento del conocimiento, basado en la idea platónica de que esta clase de conocimiento no puede existir sin contenido. Decíamos en el boletín de El Heraldo del 17 de julio del 2011, el boletín institucional de nuestra Iglesia, que el Apóstol Pablo le explica a Timoteo cuáles son esas tres (3) herramientas, porque él conocía los resultados que estas producen. O sea, que no existen motivos para que un creyente sea dominado por ningún “monstruo” que procure estropearle la vida.

Tan solo piense que aquellos que pueden estar enfrentando el temor de mudarse a la eternidad, sólo tienen que echar mano de la confianza y la esperanza que sostienen a un Cristiano con “sōphronismos”:

8 pero confiamos, y más quisiéramos estar ausentes del cuerpo, y presentes al Señor. (2 Corintios 5:8)

21 Porque para mí el vivir es Cristo, y el morir es ganancia.  (Filipenses 1:21)

Sabiendo esto, tenemos que concluir que el dominio del temor no es entonces un producto de la auto-determinación. Es lógico y correcto pensar que la actitud adecuada nos ayudará mucho. No obstante, el temor que es bien manejado es el resultado de la dependencia en el Señor, ese Dios que nos ama y al que hemos aprendido a amar. Esto es el resultado de la confianza y la fe que tenemos en Sus promesas, en Su palabras, en las herramientas que Él nos ha dado. Es el resultado de reconocer quiénes somos, de conocer las estrategias que utiliza el enemigo, y cortarle las alas con el poder de Dios, con el eterno amor de Cristo y con el dominio propio que nos da el Espíritu Santo.

Como reseña un Comentario Bíblico muy antiguo, el “Adam Clarke’s Commentary of the Old Testament,”[2] el terror que aparece en el Salmo 91 es nocturno porque las noches son sinónimo de traición de robo, de saqueo, de homicidio. El hombre de Dios puede acostarse en paz, dormir sosegadamente, porque ha confiado su cuerpo, su alma, su espíritu y todo lo que él es en las manos de Dios. Puede llegar la mala noticia, pero no le tememos porque sabemos que no se dormirá ni se adormecerá el que guarda a Israel (Sal 121:4). El terror es nocturno porque representa las luchas espirituales que tenemos con los enemigos de las tinieblas. El creyente en Cristo duerme con calma y plena confianza porque sabe que el ángel de Jehová hace un campamento alrededor de todos aquellos que le temen y los defiende (Salmo 34:7)

No tememos a aquellas amenazas que a la luz del día quieren destruirnos. No permitimos que el temor que estas pueden producir nos domine. La relación de intimidad que desarrollamos con el Señor nos provee poder, amor y domino propio para convertirlas en testimonios del favor y de la gracia de nuestro Señor. Por lo tanto: ¡No temeremos! ¡No temeremos! ¡No temeremos!


[1] Brown, F., Driver, S. R., & Briggs, C. A. (1977). Enhanced Brown-Driver-Briggs Hebrew and English Lexicon (p. 881). Oxford: Clarendon Press.

[2] Clarke, Adam. Adam Clarke’s Commentary on the Old Testament. Parsons Technology, Inc. Cedar Rapids, Iowa.

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