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Reflexiones de Esperanza: Salmo 91: la agenda de transformación (Parte II)

14 Por cuanto en mí ha puesto su amor, yo también lo libraré; Le pondré en alto, por cuanto ha conocido mi nombre. 15 Me invocará, y yo le responderé; Con él estaré yo en la angustia; Lo libraré y le glorificaré. 16 Lo saciaré de larga vida, Y le mostraré mi salvación.  (Salmo 91:14-16)

Dios siempre le ha estado hablando al ser humano. CS. Lewis decía que Dios nos susurra en medio de los días de bonanza y de quietud; para que mantengamos la paz, y que nos grita en medio de las crisis para que reaccionemos y podamos escuchar Su voz.

¿De qué nos habla Dios en medio de las crisis? Dios nos habla de la esperanza que no podemos perder; la que viene de Él. Dios nos habla de seguridad; nuestro pasado, el presente y el futuro están en Sus manos. No obstante, el diálogo más importante de Dios con el ser humano en medio de una crisis es el de la transformación. Dios utiliza cada crisis que experimentamos para hacernos crecer, para transformarnos hasta que seamos capaces de alcanzar la estatura del Varón Perfecto descrito en las cartas paulinas (Efe 4:8-13).

La Palabra que sale de la boca de Dios tiene el poder para transformar al ser humano. Esa palabra tiene el poder para cambiar las intenciones, los pensamientos y las actitudes de todos aquellos que la escuchan y las quieren hacer suyas. Este es caso de las palabras finales que encontramos en el Salmo 91; los versos del 14 al 16. Los que deciden habitar al abrigo del Altísimo y bajo la sombra del Omnipotente reciben la oportunidad de ser transformados hasta alcanzar la estatura de las personas que interactúan en este salmo.

Sabemos que este salmo posee tres (3) voces. La primera es una confesión introductoria (vv.1-2). La segunda es una exhortación testimonial (vv.3-13). La tercera voz es una palabra profética dada por Dios que sirve como confirmación de las verdades expresadas en este salmo (vv.14-16). Además, esas palabras finales sirven como la respuesta divina para todas las crisis que aparecen descritas en el tercer libro de los salmos; los salmos 42 al 89[1].

Estos versos no tratan acerca del porqué de las crisis ni el porqué del sufrimiento. Estos versos tampoco tratan con el pasado, no lo revisan, todo lo contrario. Esto versos no procuran dar respuestas a algunas de las preguntas que formula la teodicea: ¿por qué sufren los justos? Estos versos responden a la tesis que esta plantea. La bondad de Dios y sus cuidados pueden coexistir con los dolores y los sufrimientos que experimentamos en la vida. Estos versos hablan de confianza en el Señor y en Sus promesas. Estos versos afirman un futuro de esperanza para el creyente. Estos versos hacen “reset”, re-inician las relaciones que tenemos con nuestro presente y nuestro futuro a base de nuestra relación con el Señor. Estos versos describen la agenda de trasformación que Dios ha decidido desarrollar con nosotros utilizando nuestros encuentros con la plaga que quiere tocar nuestra morada y con el mal que desea producir contracción por angustia en nuestros corazones.

La reflexión anterior nos permitió visitar los primeros escenarios de esa transformación. El verso 14 del Salmo 91 dice que aquellos que habitan al abrigo del Altísimo aman al Señor. Lo aman con un amor que se entrega, que halla deleite en estar en la presencia del Eterno. Lo aman con un amor que les hace fácil obedecer y servir a Dios (Det 11:13).

El verso 14 de ese salmo dice que aquellos que habitan al abrigo del Altísimo conocen el nombre del Señor. Tal y como dice el profeta Jeremías (Jer 24:7): Dios les ha dado un nuevo corazón para que puedan conocer que Dios es Dios. Un nuevo corazón para que conozcan que Él es el “ʽĚlyôn” (H5945): el Más Alto, el Monarca Supremo, Aquél que está elevado sobre todas las cosas y que no existe nada ni nadie sobre Él. Un nuevo corazón para que conozcan que Él es el “Shadday (H7706), el Todopoderoso; el nombre que Abraham, Jacob, Elifaz, Job y Noemí utilizaban con frecuencia para hablar acerca del Todopoderoso. Un nuevo corazón para que conozcan que Él es el “Yawhe” (H3068), el Dios que se revela. Un nuevo corazón para que conozcan que Él es el “ʼĚlôhı̂ym” (H430), el Creador de todas las cosas.

Un nuevo corazón para que conozcan que Él es el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo. Un nuevo corazón para que conozcan que Él es el Señor. Un nuevo corazón para que conozcan que Él es el Alfa y la Omega, el Rey de reyes y Señor de señores. Un nuevo corazón para que conozcan que Él es el Cristo, el Salvador del mundo. Un nuevo corazón para discernir la presencia de Dios en medio de las amenazas provocadas por los terrores nocturnos y la mortandad que destruye en medio del día.

Esta reflexión nos ofrece la oportunidad de analizar otra característica. El verso 15 del Salmo 91 describe otra característica de aquellos que habitan al abrigo del Altísimo. Ese verso dice que son creyentes que saben invocar a Dios. Se trata de creyentes que han convertido la oración en un hábito y que saben orar con efectividad. Por lo tanto no son necios porque solo los necios no invocan  a Dios (Sal 14:4; 53:4). Es importante destacar que la Biblia utiliza el concepto “necio” (“nâbâl”, H5036) para describir a alguien que sabe que Dios es real, pero que vive ignorando esta verdad.

El verso 15 del Salmo 91 describe creyentes que saben que la oración, el clamor que levantan, convoca a Dios. Como dice el salmista:

6 Yo te he invocado, por cuanto tú me oirás, oh Dios; Inclina a mí tu oído, escucha mi palabra. 7 Muestra tus maravillosas misericordias, tú que salvas a los que se refugian a tu diestra, De los que se levantan contra ellos. 8 Guárdame como a la niña de tus ojos; Escóndeme bajo la sombra de tus alas,  (Salmo 17:6)

Ellos saben el Señor es bueno y perdonador, grande en misericordia para todos los que le invocan (Sal 86:5). Ellos saben que los pobres claman al Señor y el Señor los libra de todos sus temores (Sal 34:6). Ellos saben que es cierto lo que dice la Santa Palabra:

3 Clama a mí, y yo te responderé, y te enseñaré cosas grandes y ocultas que tú no conoces. (Jeremías 33:3)

O sea, que son creyentes que conocen el poder y el valor de la oración. No se trata de la oración genérica, sino de la oración eficaz, la que cambia las cosas (Stg 5:16b). Esa es una oración eficaz (“energeō”, G1754), porque siempre está activa, laborando, sin cesar. Esta característica de la oración solo se le concede a la Palabra de Dios (Heb 4:12).

El boletín institucional de nuestra Iglesia, El Heraldo, en su edición del 14 de febrero de 2016 fue dedicado a tratar con ese tema, el de la oración eficaz. A continuación algunos párrafos de esa publicación:

“En uno de sus libros[2] este Rabino [Jonathan Sacks] nos introduce en el campo del análisis bíblico para entender mejor lo que significa orar. En su exégesis Sacks propone que la frase que Jacob usa, “...ciertamente Jehová está en este lugar, y yo no lo sabía” [Gn 28:16] o está equivocada o está mal traducida. El análisis que hace Sacks nos deja saber que la frase “y yo no lo sabía” es la traducción del hebreo “ve’ anokhi lo yadati.” El concepto “yadati” significa “yo sabía” y “lo yadati” significa  “yo no sabía.” Por otro lado “anokhi” significa “yo”, lo que hace de su utilización la presencia de un doble pronombre; algo superfluo e innecesario.

Una traducción literal tendría que lucir así: “Y yo, yo no sabía.”

Sacks decide entonces citar al Panim Yafot (el Rabino Pincjas Horowitz), quien nos ilustra al hacernos saber que no hay un error en el pasaje. Horowitz dice que lo que este juego de palabras trata de hacernos entender es que para que Jacob pudiera reconocer que Dios estaba en ese lugar, necesitaba un “ve’ anokhi lo yadati.” Esto es, Dios está en este lugar y de mí,  yo no sabía. O sea, tal y como dice Sacks, no se puede encontrar lo mejor de la revelación de Dios en la oración sin antes silenciar el yo. Orar eficazmente requiere  un “ve’ anokhi lo yadati;” de mí, yo no sabía.

Sólo así somos capaces de escuchar la voz de Dios y hacer que su mensaje y su dirección ocupen todas las agendas de nuestras vidas. Orar es entonces el ejercicio de acercarnos a esa escalera [la que Jacob vio en sus sueños], comenzar a ascender por ella, alabando y presentando nuestras necesidades y opciones, para luego hacer silencio ante la Presencia de Aquél que está sentado en su trono, oír su voz y descender de allí trayendo con nosotros un pedacito del cielo para que este afecte todo lo que está alrededor nuestro.

¡Esta es la oración que es eficaz! ¿Por qué es tan eficaz?: porque nos transforma al silenciar nuestro “yo.””

El verso 15 del Salmo 91 dice que los que habitan al abrigo del Altísimo conocen esta dimensión del clamor eficaz.

¿Por qué es esto así? ¿Qué elementos de la oración, del clamor que se describe en el Salmo 91 hacen de esta oración una que Dios privilegia? Una de las frases célebres de PT Forsyth nos puede arrojar luz sobre esta pregunta:

It is a greater thing to pray for pain’s conversion than its removal.  P.T. Forsyth (Peter Taylor Forsyth, 1848-1921)

Es algo más grande orar para que el dolor se convierta que pedir que éste sea removido.   (Traducción libre)

Hay un solo lugar en el que uno puede aprender acerca de esta dimensión de la oración; al abrigo del Altísimo y bajo la sombra del Omnipotente. O sea, que esta dimensión de la oración se aprende. No podemos pasar por alto que Dios ha prometido responder a nuestras oraciones. Dios no tiene favoritos en ese ni en ningún otro renglón de la vida. No obstante, es de todos conocidos que hay creyentes en Cristo que parecen haber desarrollado un entendimiento de la oración que supera a la de los demás. La clave para ellos no está inicialmente en lo que ellos piden, sino en la capacidad que han desarrollado para escuchar a Dios, y dejarse dirigir por Él en sus oraciones. En otras palabras, silenciar el “yo” para que Dios se manifieste como Él desea.

Nosotros dedicamos gran parte del año 2008 a analizar este tema, el de la oración eficaz. A continuación unas notas que compartimos en el mes Junio de ese año:

“Desde el comienzo del año hemos estado siguiendo el bosquejo de oración esbozado por Richard Foster en su libro “Prayer.”[3] De hecho, estos primeros seis meses los hemos dedicado a sumergirnos en la primera de las estaciones o movimientos de la oración que él describe: “moviéndonos hacia el interior.” O sea, buscando dentro de nosotros hasta encontrar cuáles son las transformaciones que en realidad necesitamos. Las otras dos estaciones o movimientos descritos por Richard Foster son hacia arriba y hacia afuera. La primera: la búsqueda de la intimidad con Dios. La segunda: la búsqueda del poder y la autoridad para cumplir con la Gran Comisión.

En esa búsqueda hemos arribado a la conclusión de que necesitamos buscar de la presencia divina, necesitamos aprender a orar, necesitamos algunas claves para saber lo que es vivir la vida abundante que ofrece el Señor y por último, necesitamos ser restaurados. De hecho, el tema de la restauración se ha convertido en un paradigma.  En esta búsqueda sé muy bien que más de uno de nosotros ha aprendido a creer que Dios está presente en medio de los días en que la Gracia es evidente, así como en los días en que sentimos el peso de las pruebas y de las vicisitudes. Sé muy bien que más de uno ha aprendido a hacer suya una de las oraciones de John Baillie:

Señor:

Permíteme usar el desaliento como recurso para la paciencia.

Permíteme usar el éxito como recurso para la gratitud.

Permíteme usar los problemas como recursos para la perseverancia.

Permíteme usar el peligro como recurso para la valentía.

Permíteme usar los reproches como recursos para la longanimidad.

Permíteme usar las alabanzas recibidas como recurso para la humildad.

Permíteme usar los placeres como recursos para la templanza.

Permíteme usar el dolor como recurso para ser más fuerte.

(Foster, traducción libre, p. 240)

Según Foster, esta dimensión de la oración refleja el rol de Dios el Hijo como nuestro Salvador y como nuestro Maestro. La segunda dimensión o movimiento de la oración refleja el rol de Dios el Padre, Creador y Rey del universo. La tercera dimensión o movimiento de la oración refleja el rol de Dios el Espíritu Santo como el que nos capacita con su poder para enviarnos en misiones para alcanzar el mundo con el mensaje del Evangelio.

Ha llegado el momento de hacer la transición a la segunda dimensión o movimiento en la oración que postula Foster; “hacia arriba.” Este es un movimiento en el que buscaremos la intimidad con Dios. Para entender y disfrutar a plenitud este movimiento es necesario internalizar que la oración siempre poseerá un alto porcentaje de misterio. Es por esto que Phillip Yancey, en su libro “Prayer”[4] enfatiza que en la oración que se ofrece con humildad convergen la gratitud sin triunfalismos y la compasión sin manipulación, respetando siempre el misterio que rodea la oración (Yancey, 221)

Esta dimensión o movimiento de la oración ha sido abrazada y analizada por una infinidad de gigantes de la fe a través de la historia. Uno de ellos, San Agustín, decía que la oración como un todo no es otra cosa que amor. Es un amor que manifestamos a Dios buscándole, exaltándole, confesándole nuestra necesidad de su presencia. Es amor que Dios manifiesta, escuchando, respondiendo y bendiciéndonos con su tierna presencia.

Cuando Philips Brooke analizó esto, llegó a la conclusión de que la mayoría de los creyentes no ha logrado entender esto del todo. Es por eso, decía Brooke, que muchos creyentes se conforman con pedir muletas en vez de pedir alas.

P.T. Forsyth decía que este ejercicio de amor es tan transcendental que cuando el creyente lo alcanza, descubre al mismo tiempo que el pecado más grande del ser humano es una vida sin oración. Esto es así porque no orar es aceptar tácitamente una posición negativa acerca de Dios el Creador de los cielos y la tierra. No orar es declarar que no necesitamos de su poder ni de su intervención divina. Es por esto que Foster hace suyas las palabras de San Agustín cuando declara que la oración verdadera no sale de dientes que se chocan unos con otros, sino de corazones que caen a los pies del Señor enamorados de su gracia y de su presencia.

Por otro lado, levantar las manos en oración es el principio de una insurrección contra los desórdenes y el caos existente en la vida aquí. Así lo decía Karl Barth. Orar nos convierte en aliados de Dios y en guerreros espirituales del reino. Esta transformación no obedece al desarrollo de una actitud beligerante y agresiva, sino a la capacidad de reflejar cada día más la gloria del Eterno. Blaise Pascal se expresaba sobre esto cuando decía que Dios ha instituido la oración para conferir a cada creyente la dignidad de ser transformado en una causa.

Lea esto bien. No se trata de ser causal, o sea, estar relacionado a una causa. Se trata de ser causativo. Lo que esto significa es que Dios quiere y puede convertirnos en causa instrumental. O sea, servir a Dios como instrumento. Dios puede y quiere convertirnos en razones para que la gente que no cree en Él, decida rendirse a sus pies. Pascal decía que este era uno de los fines principales de la oración. Al mismo tiempo, pero en otra dimensión, Teresa de Ávila decía que cuando descubrimos esta dimensión de la oración aprendemos a honrar a Dios porque aprendemos a pedir grandes cosas para el alma y el espíritu.

Ahora bien, hay dos lados importantísimos en esta dimensión de la oración. Estos lados, que corresponden a la oración de adoración, son la gratitud y la alabanza. Con la acción de gracias damos gloria a Dios por las cosas que ha hecho. Con la alabanza damos gloria a Dios por lo que Él es.

La Biblia está llena de modelos que sirven en cada uno de estos lados que acabamos de describir. Por ejemplo, en 1 Cró 16:4-36, David designa ministros de los levitas con unas funciones muy específicas: “para que recordasen y confesasen y loasen a Jehová el Dios de Israel.” Por otro lado, Moisés hizo lo mismo con la otra cara de la oración de adoración; la acción de gracias (Lev 7:12). Estos gigantes de la fe tenían muchas cosas en común, y una de ellas era la capacidad que tenían para lo que Foster llama “atisbar en el corazón de Dios.” Richard Foster argumenta que si un creyente tiene la oportunidad de ver el corazón de Dios no podrá hacer otra cosa que alabarle y darle gracias con todas las fuerzas de su alma (Foster, 85). Esto es así porque al hacerlo se convencerá de que el corazón de Dios es sensible y tierno. Dios se puede y quiere regocijar sobre nosotros, cantarnos cánticos, callar de amor y restaurarnos (Sof 3:17-19).

Douglas Steere dijo que la en la escuela de la adoración es que el alma aprende porqué los acercamientos a cualquier otra meta le dejan exhausta (Foster, 81). Si recordamos que adorar es aprender a ver la vida desde la perspectiva de Dios, entonces seremos capaces de encontrar sentido a todos los escenarios en los que Dios decide colocarnos. Esto es así porque nuestra confianza emanará de saber que vamos de la mano del Eterno.

Esta dimensión abre las puertas para descubrir y recibir los misterios y las revelaciones del cielo. Esta dimensión abre las puertas para adentrarnos más en el corazón del Creador y conocer más de Él. Esta dimensión abre puertas para saborear esa voluntad de Dios que es agradable y perfecta. La invitación de hoy es a abrir el corazón y dejar que las manos del Eterno nos eleven hasta lo más reservado de su presencia.”

Sabemos que el análisis de este tema necesita ser ampliado. Nuestra próxima reflexión será dedicada a esto.

Mientras tanto, repetimos lo que dice la primera parte del verso 15 del Salmo 91; los creyentes que habitan al abrigo del Altísimo y moran bajo la sombra del Omnipotente conocen estas dimensiones de la oración.


[1] deClaisse-Walford, Nancy L.. The Book of Psalms (New International Commentary on the Old Testament (NICOT)) (p. 699). Wm. B. Eerdmans Publishing Co.. Kindle Edition.

[2]  Sacks, Rabbi Sir Jonathan (2010-07-31). Genesis: The Book of Beginnings (Covenant & Conversation) (Kindle Locations 3238-3257). Kindle Edition.

[3] Foster, Richard J. 1992. “Prayer: Finding the heart’s true home.” San Francisco: Harper.

[4] Yancey, Philip. 2006. “Prayer: Does it make any difference?” Grand Rapids: Zondervan.

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