fbpx
Today: May 30, 2020
Today: May 30, 2020

Serie Reflexiones de Esperanza; Qué hacer cuando no sabemos lo que hay que hacer- Tercera parte

La crisis que ha desatado el COVID-19 amenaza a toda la humanidad. Hay países como China y Corea del Sur que parecen estar saliendo de la parte más difícil de este ataque viral. Al mismo tiempo hay otros países que están siendo sacudidos sin piedad. Las medidas que se han tomado en nuestro país procuran evitar que esto se convierta en una tragedia.

Sabemos que esta no es la primera ocasión que nuestro planeta ha estado bajo una amenaza similar. En reflexiones anteriores hemos mencionado la pandemia del Flú Español de 1918-19. Una académica Puertorriqueña, la Dra. Mayra Rivera Urrutia ofreció en noviembre del año pasado una conferencia basada en su libro acerca de los efectos de esta pandemia en Puerto Rico: “La epidemia reinante”. Sus estudios acerca de este tema le llevaron a encontrar documentos que certifican la muerte de 10,880 puertorriqueños producidas por lo en esa época llamaron “el trancazo”. Hay un parte de prensa en ese libro del Periódico “La Democracia.”  Allí se señala el cierre de las escuelas, las iglesias, los teatros, los cines y todos los centros donde haya aglomeración de gente. Esta noticia, señala el parte de prensa que consiguió la Dra. Rivera, apareció publicada en la edición del 1 de Diciembre de 1918 de ese periódico.

Es importante destacar que esta pandemia comenzó a atacar a Puerto Rico con mucha fuerza luego del terremoto de Mayagüez, el 11 de octubre de 1918.

Situaciones como estas nos dejan sin palabras y nos obligan a aceptar que no podemos esconder nuestras realidades; hay que aceptarlas.

¿Qué hacemos cuando no sabemos lo que hay que hacer? El Salmo 143:3-4 revela que David no vive de espalda a su realidad. Cuando uno ora en el espíritu uno está obligado a enfrentar sus realidades. David reconoce que está postrado (“daká” H1792); una palabra que describe lo que le sucede a las galletas que comemos cuando las trituramos. El corazón y la vida de este hombre están triturados, su alma está perseguida y se siente como uno que se ha casado (“yashab” H3427) con las tinieblas. Además, la oración en el espíritu le hace reconocer la angustia espiritual que lleva por dentro, amén del desierto en el que está sumido su corazón.

Ahora bien, hay algunas preguntas que todos nos formulamos de frente a las experiencias que nos producen un gran dolor. Son preguntas aleatorias a la crisis existencial que sufrimos cuando experimentamos dolores; particularmente dolores productos de pérdidas significativas. Esas pérdidas producen muchas ansiedades y en muchas ocasiones nos llevan a formularnos las siguientes preguntas:

- “¿Por qué?: ¿Por qué ha sucedido sucedió esto?, ¿por qué Dios lo permitió?” - “¿En dónde ha estado Dios en medio de todo esto?”

Este es un tema de gran profundidad y con innumerables variables. Voltaire (se lee Volteir) se enredó en esto cuando escribió “Candido y el optimismo.” El estaba motivado por la tragedia de un terremoto en Lisboa (1 de noviembre, 1755[1]) que mató a miles de Cristianos, debido a que muchos habían respondido al llamado de las campanas por ser el día de Todos los Santos[2].

Las conclusiones de Voltaire no fueron buenas. Él decidió que había dos posibilidades. O Dios era bueno, pero no era Todopoderoso; o Dios era Todopoderoso, pero era un cínico y sádico que permitía el mal.

Yo creo que Voltaire está equivocado. Yo sigo creyendo que mi Dios es bueno y Todopoderoso; sin importar si tengo o no respuestas para las preguntas acerca del dolor y el sufrimiento humano.

El Dr. Billy Graham se enfrentó a estas dos preguntas la semana del 11 de septiembre del 2001. Sus repuestas fueron muy aleccionadoras. Él decidió responder a la primera de estas preguntas (“¿Por qué?”) en un sermón predicado el 15 de septiembre de 2001. Su respuesta me ha hecho reflexionar y aprender un poco más acerca del dolor que usted y yo sufrimos. Ante la primera pregunta él dijo: “no sé”. El Dr. Graham dijo que no sabía por qué sufríamos; que el dolor era un misterio. Entienda usted que si ese gigante del evangelio no había encontrado respuestas a esa primera pregunta, sería muy pedante de mi parte venir ante ustedes pretendiendo tener una respuesta para la misma.

Ahora, yo creo saber por qué Graham respondió con un “no sé” a esa pregunta. He descubierto que el problema reside en que la respuesta a esa pregunta no elimina ni minimiza el efecto del dolor. Observe bien que la Biblia puede establecer muchas avenidas para analizar el tema del dolor y el sufrimiento. Por ejemplo, en ocasiones puede decir que Dios lo causa o que lo permite, como sucede en el primer capítulo del libro de Job. En otras ocasiones decide declarar que el dolor es producto de la labor del diablo, como es el caso del capítulo dos (2) del mismo libro. Por otra parte, el texto original de Job 5:7 no dice que el hombre nace para la aflicción. Ese texto ha sido traducido por los Judíos como que es el hombre el que causa las aflicciones así como las chispas brotan desde el fuego. O sea, que pone la pelota en nuestra cancha.

Por último, cuando Dios le responde a Job y a otros acerca del dolor decide declararle que esto es un misterio para el que no hay respuestas humanas. En otras palabras, tenemos cuatro posibles hipótesis para el análisis del dolor y el sufrimiento y ninguno de ellas excluye a las otras. El problema es que en la aplicación de cualquiera de ellas chocaremos con la realidad que la respuesta más cercana a nuestra situación no nos quitará el dolor. El “por qué” sigue siendo un misterio.

La segunda pregunta es mucho más profunda que la primera; ¿En dónde estaba Dios en medio de todo esto? ¿En dónde estaba Dios cuando esto sucedió? Como soy Pastor debo admitir que las únicas respuestas posibles que me pueden satisfacer tienen que ser bíblicas.

Hay pasajes bíblicos como el de la Mujer Sirofenicia (Mcs 7:24-30). Esta mujer decide ir a Jesús porque sus alternativas se habían acabado; su hija estaba muriendo a causa de un ataque del infierno. Cuando ella llega donde Jesús, él decide guardar silencio y luego la increpa con frases que retan el alma y la razón; muy dolorosas.

¿Qué usted hace cuando usted llega con su dolor ante Jesús y le parece que él ha decidido guardar silencio? ¿Qué sucede cuando la respuesta que usted recibe de Dios no es precisamente la que usted esperaba? Hay momentos así: momentos en los que nos parece que Dios está en silencio. O peor aún, cuando sus respuestas nos sorprenden por lo cortantes y filosas de las mismas. Cuando eso sucede, este pasaje nos invita a postrarnos delante del Señor y rogarle que nos deje comer de las migajas que caen de su mesa (Mc 7:28-29). Las respuestas del Señor no se harán esperar. Ante esta actitud, él resolverá darnos la autoridad para vencer las causas de nuestras aflicciones. Dios nos asegura que hay un lugar para nosotros en su mesa.

Este pasaje es hermoso, pero no responde del todo a esa pregunta acerca de la presencia o ausencia del Señor cuando experimentamos el dolor.

Hay otros pasajes bíblicos que sí lo hacen, pero son más crudos que el que acabamos de citar. Son pasajes que tratan en frío y en carne viva el tema del dolor y el sufrimiento humano. Uno de ellos, un pasaje extraordinario para responder a esa segunda pregunta, es el de Juan 11; el caso de la muerte de Lázaro. En ese pasaje se nos dice (entrelíneas) que esa muerte fue una que tomó a muchos por sorpresa. Jesús iba  menudo a esa casa y nunca se nos dice que ni Jesús, ni nadie se había percatado de que Lázaro hubiese padecido de alguna enfermedad.

Al mismo tiempo, cuando llega la noticia de su enfermedad, la comunicación fue preocupante. Las hermanas notificaban que era una situación de cuidado y Jesús decidió no reaccionar ante esto. Por otro lado, sus respuestas ante las noticias de la enfermedad de su amigo fueron un tanto místicas y espirituales. Este pasaje, de entrada nos dice que Jesús espiritualizó el problema de Lázaro y pareció no prestarle mucha atención. Curioso, ¿no cree?

Un poco más adelante nos dicen que Jesús sabía que Lázaro había muerto (Jn 11:11-14); más no había hecho nada para evitarlo. Oiga esto bien: Jesús era amigo personal de Lázaro, pero no hizo nada para evitar su muerte. Jesús era amigo personal de Marta, pero no hizo nada para evitar que ella sufriera el dolor de la muerte del único hombre de la casa. Jesús era amigo personal de María, pero no hizo nada para evitar que ella se angustiara de dolor frente a la muerte de su único hermano. Es más, Jesús no solo no lo evitó, sino que decidió no ir al funeral y no participar del entierro de su amigo. Escuche bien: Jesús no estaba allí en todos los procesos de dolor que siguen a la muerte de alguien que amaba.

Hay momentos en la vida en que nos preguntamos ¿dónde está Jesús? Son momentos en los que nos parece que él ha decidido no estar presente. La Aldea de Betania estaba a 2.7 km (15 estadios; muy cerca) y Jesús no llegó. Este es un buen ejemplo de las crisis en las que sentimos que Jesús no está; que no ha llegado; que no está presente. Habían muchos amigos judíos allí con Marta y con María, pero el amigo más importante no estaba: Jesús (19 y muchos de los judíos habían venido a Marta y a María, para consolarlas por su hermano.

Les señalé que el pasaje es extraordinario. Lo es no solo porque está lleno de esperanza; la esperanza de la resurrección y de la victoria. Es extraordinario porque está cargado de las realidades humanas que sufrimos cuando enfrentamos la muerte trágica de seres que amamos. El pasaje señala que cuando Jesús llega a Betania Marta le salió al encuentro y le increpó:

20 Entonces Marta, cuando oyó que Jesús venía, salió a encontrarle; pero María se quedó en casa. 21 Y Marta dijo a Jesús: Señor, si hubieses estado aquí, mi hermano no habría muerto. 22 Mas también sé ahora que todo lo que pidas a Dios, Dios te lo dará.”  (Jn 11:20-22)

Casi todos hemos criticado a Marta por sus posturas ante la ausencia de Jesús. Lo que ella le dijo a Jesús ha sido motivo de muchas críticas a través de los siglos. La verdad de Dios es que nos equivocamos con ella. Todos los presentes se hicieron la misma pregunta:“¿por qué no estuviste aquí antes?”(Marta: verso 21; María: verso 32; la multitud: verso 37). Marta sabía que hablaba con Dios encarnado; ella le llamó Señor. Pero ella, que conocía a Dios como amigo, no tuvo reparos en salirle al paso y hasta romper las reglas de cortesía. Recordamos que ella, siendo una mujer, le recibió y le habló (como el que habla con un Rabino) en la entrada de la aldea. Además, no tuvo reparos en “dispararle” desde sus vísceras sus frases y preguntas cargadas de dolor.

Hay que observar que Jesús no se molestó por las preguntas. Esta es una de las grandes revelaciones implícitas en ese pasaje: Dios no se molesta cuando el dolor nos lleva a formularle preguntas difíciles y dolorosas (Job 3:11-23). Es más, él escucha esas preguntas y observa el dolor nuestro que está detrás de cada una ellas con empatía. Jesús sabe que el dolor producido por pérdidas significativas trae consigo confusión, negación y coraje. Él sabe que hasta podemos tener coraje con Dios. Es por esto que escucha y provee la oportunidad para que Marta y María se desahoguen, hablen, ventilen sus dolores, expresen sus quejas ante el mismo Dios encarnado.

La respuesta que Jesús le da a Marta parece estar cargada de ribetes apocalípticos; en el día final habrá resurrección. Por lo menos Marta lo interpreta así. Es importante señalar que Jesús decidió hacerle preguntas que no se podían contestar con un “Sí o un No.” Es obvio que Jesús deseaba que ella hablara, que pudiera expresar sus dolores.

Pero Jesús quería algo más; él quería que Marta llegara al punto de tener que usar las herramientas de su fe. Sí, esa fe que le abrió las puertas de su casa al Señor de la vida. Esa fe que provocó que la sala de su residencia se convirtiera en aula escolar para la enseñanza más poderosa de la historia. Esa fe cultivada por la compañía del Amado Señor. Sí, su fe podría hacerle entender que presente o ausente, Jesús sigue siendo el Señor. Su fe le diría que Jesús nunca había estado ausente y que el dolor que ella sentía era parte de un plan eterno para hacerle crecer (sufrimiento creativo o creatividad en medio del dolor). Su fe le revelaría que el dolor que ellas sufrían como hermanas, sería una escuela para ellas, para la comunidad y para todas las generaciones de creyentes por los próximos dos mil años.

¡Qué difícil es cuando Dios nos recluta para seminarios de esa naturaleza! Solo la fe nos mantiene de pie frente a ellos y solo ella nos puede hacer entender que el Dios de los cielos está presente en medio del dolor, buscando hacernos crecer a nosotros, a los que nos rodean y a muchos otros; que sin duda alguna verán el testimonio resultante de nuestras crisis y por ello creerán en el Señor (vs 44-45).

 Jesús les hizo hablar; a esto le llamamos “catharsis” En esto hay otra gran enseñanza. El Dios de los cielos está convencido que las crisis, las experiencias que nos producen dolor, tienen que ser ventiladas. Cuando lo hacemos frente a otros es terapia grupal o individual. Cuando lo hacemos frente a Jesús es oración terapéutica. Sí, la oración es también  como una terapia para ayudarnos a ventilar, estructurar y afirmar nuestra fe de cara a los dolores más intensos que podamos estar enfrentando.

Es muy interesante que ese pasaje continúa con una historia paralela: la historia de María. Ya que Marta era buena para protestar y para hacerse sentir, es muy fácil entender que Jesús no pasaría mucho trabajo provocándole a declarar las razones de su dolor. Pero, ¿cuál sería el camino a seguir con María? Esta María aparece en la Biblia como una mujer de pocas palabras, con mucho llanto y llena de reflexiones internas profundas.

María llevaba cuatro días llorando cuando Jesús llegó a la casa de Lázaro. Estaba acompañada, pero estaba sola. Tal parece que no se atrevían dejarla sola al verle demasiado desencajada por el dolor. Jesús le hizo hablar.

El pasaje dice que dolor de la muerte de Lázaro le postró ante el Señor (es que hay dolores que postran). Algunos hemos resuelto enfrentar nuestros dolores postrados ante el Señor. Créame, este es el mejor lugar para sentir alivio, es la mejor posición para encontrar modos de hablar con Dios. Es el mejor lugar para escuchar respuestas eternas. Sí, esas respuestas que quizás no se pueden procesar con la razón pero que el corazón de aquellos que le pertenecemos al Señor las puede entender muy bien.

Una María que llora de rodillas provoca al Cristo del Evangelio. Las lágrimas de una mujer a los pies del Salvador son llaves que abren la puerta de la eternidad. El ruego de un corazón adolorido a los pies del Caballero del Gólgota abre el trono de la Gracia y convencen el corazón de Dios para que provea respuestas cargadas de misericordia, de virtud, de poder, de amor y vida eterna.

El pasaje continúa con una experiencia celestial, consoladora y altamente  pedagógica. Jesús les invitó a ver la reacción que surge del corazón de Dios cuando sus hijos sufren dolor. La Biblia dice:

“33 Jesús entonces, al verla llorando, y a los judíos que la acompañaban, también llorando, se estremeció en espíritu y se conmovió, 34 y dijo: ¿Dónde le pusisteis? Le dijeron: Señor, ven y ve. 35 Jesús lloró. 36 Dijeron entonces los judíos: Mirad cómo le amaba.”    

(Jn 11:33-36)

¿Puede usted entender esto? Jesús, el Hijo de Dios estaba conmovido ante el dolor de sus amigos. Este pasaje dice que Dios se conmueve ante nuestro dolor y nuestro sufrimiento. Dice más; dice que Jesús, Dios encarnado, llora cuando nosotros lloramos. ¿Ha visto esto usted? ¿Lo puede entender en todas sus dimensiones?

Intente hacerlo con los espejuelos que le voy a prestar. Jesús sabía que Lázaro iba a resucitar (vs 11). El Señor de la vida y la esperanza sabía muy bien cómo terminaría esta historia. Para él no había sorpresas acerca del final de toda esta odisea. Él sabe que es la resurrección y la vida, él sabe que tiene toda autoridad sobre la muerte y la vida. Él sabe que le ha sido concedida toda potestad. Él sabe que en él habita toda la plenitud de la deidad. Él sabe que la tumba no es la palabra última. Él es la última palabra. Él sabe que ante él la muerte carece de autoridad. Él es el vencedor de la muerte. Él sabe que ella tampoco es la última palabra. Sólo él es Alfa y Omega; solo él es principio y fin; sólo él es el Primogénito de los muertos (Apoc 1:5), sólo él tiene las llaves del Hades y cuando el cierra nadie abre y cuando el abre nadie cierra. Él sabe todo esto.

Entonces: ¿por qué lloró Jesús? Jesús lloró porque él es empático con nosotros. Él se identifica con nuestro dolor. Sí, Dios, el Todopoderoso, ha decidido llorar con nosotros cuando nosotros lloramos. Aun cuando sabe que el final de nuestra historia será uno feliz, él llora  con nosotros ante nuestros dolores y sufrimientos.

El pasaje dice otra verdad. El Jesús que llora nos convoca a enfrentar nuestros muertos. Sí, este pasaje dice que Jesús “obliga” a las hermanas de Lázaro a enfrentar la tumba de su hermano. Marta fue la primera que se negó a enfrentar el hedor de la muerte (vs 39). Jesús insistió y lo hizo de una manera peculiar. No solo les invitó a enfrentar su muerto sino que les obligó a que ellos mismos a removieran la piedra.

El resto de esta historia es uno de esperanza, victoria, resurrección y consuelo. El testimonio de la resurrección de Lázaro es el testimonio de la resurrección de todos los que creemos en Cristo Jesús. Pero ninguno de nosotros probaremos la resurrección y el poder que la opera sin antes haber saboreado el dolor del valle de sombra y de muerte; nuestra muerte o la muerte de aquellos que amamos.

Cuando la fe nos lleva a enfrentar nuestras pérdidas, nuestros dolores, nuestros muertos, veremos que ella nos ayudará a remover las piedras que se interponen entre nuestro dolor y el milagro de Dios.

¿Qué hacemos cuando n sabemos lo que hay que hacer? Hoy es un buen día para permitir que nuestra fe nos permita obedecer la voz de Dios y removamos las piedras. Aceptemos nuestras realidades y llevémoslas a los pies del Señor. Estoy convencido que veremos el poder de Dios.


[1] Se estima que fue un terremoto de 9.0 en la escala de Ritcher

[2] https://www.lavanguardia.com/historiayvida/edad-moderna/20191101/471029259656/terremoto-lisboa.html

Leave a Reply