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“Sus ojos se cerraron” In memoriam: Dr. Abelardo Vargas Rivera (11 de enero, 1926 – 11 de agosto, 2020)

“Sus ojos se cerraron”

Escrito por el Rdo. Mizraim Esquilín García - Pastor Rector.

Enseñarás a volar, pero no volarán tu vuelo. Enseñarás a soñar, pero no soñarán tu sueño. Enseñarás a vivir, pero no vivirán tu vida.

Sin embargo… en cada vuelo, en cada vida, en cada sueño, perdurará siempre la huella del camino enseñado.”

María Teresa de Calcuta

            Sus ojos se cerraron y todos los que le vieron partir observaban con asombro. Ese rostro sin vida radiaba paz y una pequeña sonrisa se había dibujado en sus labios. Este prócer partió a su cita en los cielos con su amado Señor, como se van aquellos que han encontrado la paz con Dios, con ellos mismos, y con los demás. Este hombre fue invitado a marchar a un lugar en el que le esperaba una fiesta; la fiesta de aquellos que han vencido por el amor de Cristo.

Se agolpan las palabras tratando de escribir estas cuartillas. ¿Cómo hablar de alguien que fue para mí como un padre, un amigo y un consejero? ¿Cómo hablar acerca de un prócer; una persona distinguida, valerosa y de alta dignidad que contribuyó al engrandecimiento de su comunidad? Faltan adjetivos, se desbordan las emociones, sobran los recuerdos; particularmente, su sonrisa.

Abelardo, cuyo nombre significa “príncipe fuerte”, se fue al cielo en la mañana del 11 de agosto. Se fue con gozo porque había estado haciendo lo que había hecho por casi 70 años; luchar contra lo imposible en pro de la salud de su pueblo. El médico de la Ciudad de los Gigantes, San Fernando de la Carolina, había decidido no quedarse con los brazos cruzados ante la adversidad que enfrentaba el pueblo; su pueblo. Su mente, sus manos y su corazón habían sido entrenados para esto y su ilustre experiencia como médico le había conducido a repasar todas las opciones con sus consecuencias. Había que ir a servir.

Su modelo de servicio era Jesucristo, su Señor y su Salvador. Ese, a quien él llamaba Amigo y con quien se sentaba diariamente a dialogar acerca de la vida, le había enseñado a amar. Ese amor le había cautivado por más de medio siglo y la respuesta a ese amor no podía esperar: “En esto hemos conocido el amor, en que él puso su vida por nosotros; también nosotros debemos poner nuestras vidas por los hermanos” (1 Jn 3:16).

De sus ensayos y sus escritos se destilan los resultados de esas pláticas. El repaso de uno sus salmos favoritos, el Salmo 51, parece salpicar casi todas sus reflexiones. Las palabras del verso seis (6) de ese salmo acompañaban frecuentemente sus sesiones de confesión, arrepentimiento, e intercesión por todos los suyos:

6 He aquí, tú amas la verdad en lo íntimo, Y en lo secreto me has hecho comprender sabiduría.

Abelardo nació el día 11 de enero; el mismo día en que nació Eugenio María de Hostos. Él era un verdadero hostosiano, en el mejor sentido de ese concepto. Sus padres, Don Antonio Vargas y Doña Catalina Rivera, decidieron apodarle “Sonny”, creyendo que sería el último de sus hijos. Un poco más adelante la vida les sorprendería con la llegada de los gemelos.

Abelardo amó y rindió homenaje a esos padres durante toda su vida. Testimonio de esto son algunos de los muebles de la casa de Don Antonio y Doña Catalina que él envió a restaurar para conservarlos en la suya.

Aún recuerdo un mañana que caminaba con él por uno de los pasillos del Hospital Auxilio Mutuo cuando se detuvo y me dijo lo siguiente: “yo caminé por este mismo pasillo el día en que papá murió en el año 1956.” Sus memorias acerca de su amantísima progenitora le llevaban a decir con frecuencia que él había aprendido de ella el valor de servir y de ayudar a todos lo que necesitaban ser ayudados.

 Su inteligencia y su candor eran extraordinarios. Su capacidad clínica era insuperable. Su disciplina lo llevaba a estudiar constantemente para poder honrar el juramento hipocrático que había hecho.

Abelardo estudió medicina en la Universidad Nacional Autónoma de Méjico. Él llegó a esa escuela siguiendo los consejos de un amigo que se encontraba estudiando allí. Siempre decía que fue Dios el que lo había llevado a esa Universidad porque lo aceptaron el mismo día que presentó su solicitud de admisión. Su amor por la patria del Padre Hidalgo era inmenso.

El Dr. Vargas Rivera (siempre lo llamé así) se recibió como Médico Cirujano en el verano de 1951, tres años antes de que Puerto Rico pudiera graduar su primera clase de medicina en la Universidad de Puerto Rico. Sus investigaciones durante ese período de estudios acerca de la tiroides me ayudaron a entender algunas cosas cuando me tocó trabajar con esa glándula. 

Tan pronto llegó a nuestra Isla, El Dr. Vargas fue recibido por el Dr. Federico Trilla; una de las figuras legendarias de la medicina de nuestro país. El Dr. Trilla, quien se había graduado de la Universidad de Loyola, había estado sirviendo como médico en Carolina desde principios del siglo 20. El Dr. Trilla le indicó a Abelardo que estaba esperando la llegada de un médico que tuviera el corazón y la sabiduría para poder entregarle su práctica. El Dr. Vargas narraba que el Dr. Trilla no solo le regaló su práctica, sino que se quedó con él durante algunos meses para presentarle a sus pacientes. Es desde ese instante que él comenzó a servir como el médico del pueblo. Uno de los hijos del Dr. Vargas le ha acompañado en esa práctica por cerca de 40 años.

Fui descubriendo por más de 50 años los testimonios de una práctica médica que le llevó a hacer hasta cirugías y partos.

En una de las muchas experiencias en su casa, tuve el honor de recibir al dueño de un garaje de ventas de autos de lujo. Este distinguido puertorriqueño había venido a entregarle al Dr. Vargas las llaves de un auto muy lujoso que le quería regalar. El motivo de ese regalo, dijo él, era que el Dr. Vargas le había salvado la vida a su señora madre. Sucedió algo impactante luego de que este hombre le informara  a todos los presentes lo que había venido a hacer. El Dr. Vargas tomó la palabra y le dijo lo siguiente, mientras lo miraba con una mirada paternal: “Toma ese automóvil y véndelo. Dale ese beneficio a alguna causa justa. Cuando yo era joven me gustaba tener esa clase autos. Hace tiempo decidí que no lo iba a hacer más, para evitar que alguno de mis pacientes pudiera creer que los manejo a costa de sus dolores.

Tuve el honor de conocer al Dr. Vargas cuando yo era un niño. Este gigante estaba visitando, como de costumbre, a uno de sus hermanos: “Nandí,”  el esposo de Mercedes. Pude observar allí que su amor y su devoción por sus hermanos y sus respectivas familias eran para él como un apostolado. De hecho, muchos de sus hermanos fallecieron en el hogar de Abelardo y de su amada Teresa. Era allí que iban a ser atendidos hasta la hora de “mudarse” a los cielos. Poco sabía yo en esa época que Edith (mi esposa) y sus padres se habían convertido en sus pacientes desde que regresaron a Puerto Rico. Esto es, luego de haber vivido muchos años en la ciudad de Nueva York. Edith tenía 12 años cuando el Dr. Vargas se convirtió en su médico.

Sin embargo, fue en la Primera Iglesia Bautista de Carolina que el Señor me concedió el honor de que el Dr. Vargas, me concediera un huequito en su corazón. Años más tarde descubrí que ese corazón tenía que ser inmensamente grande, porque éramos muchos a los que él amaba como un padre. Aún recuerdo esa mañana, hace más de 40 años, en esa amada Iglesia, cuando se me acercó para decirme que Dios le había mostrado que yo iba a ser su pastor. ¿Yo, un jovencito inmaduro ser pastor de ese prócer? Dios parece tener un sentido del humor que no entendemos. Casi 20 años más tarde Dios estaba utilizando una vez más al Dr. Vargas para que yo pudiera convertirme en el Pastor Rector de la Iglesia AMEC: “Casa de Alabanza.”

El Señor utilizó al Dr. Abelardo Vargas Rivera durante más de medio siglo para hablar a mi vida. Pocas personas conocen que durante la década de los años 80, él venía con frecuencia a nuestro hogar a realizar vigilias de oración. Esto se hacía en días de semana y en ocasiones más de una ocasión cada semana. O sea, que salíamos de las vigilias para ir a trabajar.

            Fue durante esos encuentros que comencé a comprender la profundidad de la experiencia espiritual de este hombre. Yo sabía que su proceso de conversión a Cristo había sido un emplazamiento del cielo. La conversión del Dr. Vargas es el resultado de un impacto del Espíritu Santo que lo mantuvo temblando durante algunos días. Él decía que era como una corriente eléctrica inexplicable. Siempre decía que esa había sido la mejor decisión de su vida; entregarse por completo Jesús, aceptándolo como su Señor y su Salvador.

Esos tiempos de vigilia en oración me permitieron contemplar la relación de intimidad que este hombre tenía con el Señor. Fue durante esa época que comprendí que su capacidad para creerle a Dios trascendía a sus grandes habilidades como médico, a su inmensa sabiduría y ese discernimiento extraordinario que él tenía como ser humano. El Dr. Vargas y el  hermano José Luis de León se convirtieron en los custodios de las promesas y las palabras proféticas que Dios le dio a nuestra Iglesia a través de nuestro Pastor Fundador, el Rdo. Jacinto Esquilín Robles. Su empuje, su tesón y sus compromisos con el Señor y con la Iglesia son incomparables.

El Dr. Vargas se convirtió en un padre para mí y para Edith. Era un abuelo y un consejero muy especial para nuestros hijos y para nuestros nietos. Sus consejos siempre atinados, eran matizados por esa perenne sonrisa y ese “okay” cuando se iba a despedir.

¿Cómo vamos a recordarlo?  El Dr. Vargas será recordado como un hombre que amaba al Señor, que le fue fiel a Dios, a los suyos, a su profesión y a Puerto Rico. El Dr. Vargas será recordado como un ejemplo a imitar de lo que significa convertir la profesión médica en un ministerio. El Dr. Vargas va ser recordado como un ser humano muy humilde. Nunca podré olvidar las ocasiones en que no nos permitió que cadenas internacionales de Televisión vinieran a realizar programas especiales para celebrar su ministerio médico.

Vayan nuestras palabras de consuelo y fortaleza a su esposa Teresa, a sus hijos Roxana, Abelardo (Tito), Hedrian, Dania, María Silvia, Francisco, Antonio, Alex y Edward. Así mismo a sus nietos, biznietos, tataranietos y demás miembros de la familia. Recuerden que no hemos perdido un gigante porque uno sabe en dónde se encuentra lo que uno ha perdido. Hemos ganado que un prócer puertorriqueño celebre su victoria en los cielos.

El Dr. Abelardo Vargas Rivera se adelantó a la eternidad. Vivió para servir y murió con las botas puestas, haciendo lo que el Señor le pidió que hiciera. Es un secreto a voces que todos aquellos que aprendimos a amarlo lloramos su partida. Es otro secreto a voces que el cielo celebra su llegada.

¡Enhorabuena Doc!

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