1052 • El Heraldo Digital – Institucional • Volumen XVII • 12 de abril del 2026

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Familias dirigidas por el Espíritu Santo: el análisis de la familia de Jacob -Parte V


“15 Cuando José llegó a Siquem, un hombre de esa zona lo encontró dando vueltas por el campo.—¿Qué buscas?—le preguntó.16 —Busco a mis hermanos—contestó José—. ¿Sabe usted dónde están apacentando sus rebaños? 17 —Sí—le dijo el hombre—. Se han ido de aquí, pero les oí decir: “Vayamos a Dotán”.  Entonces José siguió a sus hermanos hasta Dotán y allí los encontró. 18 Cuando los hermanos de José lo vieron acercarse, lo reconocieron desde lejos. Mientras llegaba, tramaron un plan para matarlo. 19 —¡Aquí viene el soñador!—dijeron—. 20 Vamos, matémoslo y tirémoslo en una de esas cisternas. Podemos decirle a nuestro padre: “Un animal salvaje se lo comió”. ¡Entonces veremos en qué quedan sus sueños! 21 Pero cuando Rubén oyó el plan, trató de salvar a José. —No lo matemos—dijo—. 22 ¿Para qué derramar sangre? Solo tirémoslo en esta cisterna vacía, aquí en el desierto. Entonces morirá sin que le pongamos una mano encima. Rubén tenía pensado rescatar a José y devolverlo a su padre. 23 Entonces, cuando llegó José, sus hermanos le quitaron la hermosa túnica que llevaba puesta. 24 Después lo agarraron y lo tiraron en la cisterna. Resulta que la cisterna estaba vacía; no tenía nada de agua adentro. 25 Luego, justo cuando se sentaron a comer, levantaron la vista y vieron a la distancia una caravana de camellos que venía acercándose. Era un grupo de mercaderes ismaelitas que transportaban goma de resina, bálsamo y resinas aromáticas desde Galaad hasta Egipto. 26 Judá dijo a sus hermanos: «¿Qué ganaremos con matar a nuestro hermano? Tendríamos que encubrir el crimen. 27 En lugar de hacerle daño, vendámoslo a esos mercaderes ismaelitas. Después de todo, es nuestro hermano, ¡de nuestra misma sangre!». Así que sus hermanos estuvieron de acuerdo. 28 Entonces, cuando se acercaron los ismaelitas, que eran mercaderes madianitas, los hermanos de José lo sacaron de la cisterna y se lo vendieron por veinte monedas de plata. Y los mercaderes lo llevaron a Egipto. 29 Tiempo después, Rubén regresó para sacar a José de la cisterna. Cuando descubrió que José no estaba allí, se rasgó la ropa en señal de lamento. 30 Luego regresó a donde estaban sus hermanos y dijo lamentándose: «¡El muchacho desapareció! ¿Qué voy a hacer ahora?». 31 Entonces los hermanos mataron un cabrito y mojaron la túnica de José con la sangre. 32 Luego enviaron la hermosa túnica a su padre con el siguiente mensaje: «Mira lo que encontramos. Esta túnica, ¿no es la de tu hijo?».
 
33 Su padre la reconoció de inmediato. «Sí—dijo él—, es la túnica de mi hijo. Seguro que algún animal salvaje se lo comió. ¡Sin duda despedazó a José!». 34 Entonces Jacob rasgó su ropa y se vistió de tela áspera, e hizo duelo por su hijo durante mucho tiempo. 35 Toda su familia intentó consolarlo, pero él no quiso ser consolado. A menudo decía: «Me iré a la tumba llorando a mi hijo», y entonces sollozaba.
36 Mientras tanto, los mercaderes madianitas llegaron a Egipto, y allí le vendieron a José a Potifar, quien era un oficial del faraón, rey de Egipto. Potifar era capitán de la guardia del palacio...”  
(Gén 37:17-36, NTV)

El análisis del modelo familiar de Jacob nos ha permitido estudiar cómo es que este patriarca perdió sus capacidades para mantener el equilibrio de su familia. Una mirada posmoderna de esa familia nos ha ayudado a comprender cómo es que las angustias provocadas por los seres queridos de Jacob, así como por las pérdidas de algunos de estos, lo llevaron a perder la posición de ser un padre capaz de continuar siendo líder de esa familia.[1]

En nuestra reflexión anterior acerca de este tema pudimos analizar cómo es que la túnica de colores que Jacob le dio a José, el penúltimo de sus hijos, era en sí un reflejo de sus temores y de sus angustias. Con esto, Jacob procuraba proteger a uno de sus hijos menores manteniéndolo en el seno de la familia, cosa que él no experimentó en la casa de Isaac. Esta conclusión no se produce en el vacío. Debemos señalar que algunos análisis antropológicos de esa clase de túnica revelan que una túnica de grandes y hermosos ornamentos, ajustada hasta los tobillos y que ceñía los antebrazos hasta las muñecas del que la porta no es práctica para el trabajo en el campo. En otras palabras, que con esto Jacob procuraba aislar a José del trabajo diario que realizaban sus hermanos. Es por esto que concluimos que es muy probable que esto entonces haya sido un mecanismo para proteger a José, el hijo de la vejez de Jacob (Gén 37:3). Jacob procuraba protegerlo de las experiencias relacionales de una familia llena de coraje, de celos, definida como gente engañosa, indecisa y de comportamientos violentos. Es obvio que Jacob no podía discernir la situación de peligro que él había creado al colocarle esta túnica a su undécimo hijo.

Nuestra reflexión anterior concluyó con la venta de José. La Biblia dice que los hermanos de este lo despojaron de esa túnica de colores, o sea de la identidad que le había fabricado su padre y lo vendieron por el precio de un esclavo impedido (Gén 37: 28). Desde ese momento, los próximos veinte (2) años de la vida de José podrían ser analizados desde la perspectiva de él como víctima de la temeridad de sus hermanos y de la pobre capacidad de discernimiento de su padre. Sabemos que Dios transformó esta perspectiva, pero no sin antes procesar intensamente a José.

El análisis que el Dr. Charles Swindoll realizó acerca de este tema[2] incluye una exposición detallada de las características que generalmente se observan en aquellas personas que se consideran así mismas víctimas de sus circunstancias. Swindoll menciona allí que existen expresiones comunes en ellas, así como en muchos de aquellos que los observan. La más repetida: “No es justo. Esa persona hizo lo que era correcto y mira lo mal que lo trataron….”
 
Tenemos que señalar que el patrón que convierte a un ser humano en víctima trasciende los linderos familiares. Swindoll apunta con precisión que podemos identificar estos patrones en agencias de gobierno y en el sector privado, en el discrimen de niños de otros segmentos de nuestra sociedad, así como en aquellos que son maltratados y abusados por sus padres. Lo podemos ver en los padres que se desgastan y hasta pierden la vida tratando de ayudar al hijo que no quiere renunciar a su vida como adicto o renunciar a ser miembro de un grupo que ha estandarizado la violencia como forma de vida.

Es muy común que en estos escenarios se desaten reacciones viscerales de venganza. En muchos casos las víctimas quieren desquitarse. En esos casos esta actitud forma partes de las emociones provocadas por saber que se está sufriendo maltrato y abuso sin haber hecho cosa alguna que nos haga merecedores de este.

Uno de los problemas que desata este sentimiento es que esa actitud se convierte en una clase de confinamiento carcelario. Veamos el consejo bíblico para manejar estas situaciones:

“29 Al que te hiera en una mejilla, preséntale también la otra; y al que te quite la capa, ni aun la túnica le niegues. 30 A cualquiera que te pida, dale; y al que tome lo que es tuyo, no pidas que te lo devuelva. 31 Y como queréis que hagan los hombres con vosotros, así también haced vosotros con ellos. 32 Porque si amáis a los que os aman, ¿qué mérito tenéis? Porque también los pecadores aman a los que los aman. 33 Y si hacéis bien a los que os hacen bien, ¿qué mérito tenéis? Porque también los pecadores hacen lo mismo.” (Mat 6:29-33, RV1960)

“18 Si es posible, en cuanto dependa de vosotros, estad en paz con todos los hombres. 19 No os venguéis vosotros mismos, amados míos, sino dejad lugar a la ira de Dios; porque escrito está: Mía es la venganza, yo pagaré, dice el Señor. 20 Así que, si tu enemigo tuviere hambre, dale de comer; si tuviere sed, dale de beber; pues haciendo esto, ascuas de fuego amontonarás sobre su cabeza. 21 No seas vencido de lo malo, sino vence con el bien el mal.” (Rom 12:18)

“20 Es obvio que no hay mérito en ser paciente si a uno lo golpean por haber actuado mal, pero si sufren por hacer el bien y lo soportan con paciencia, Dios se agrada de ustedes. 21 Pues Dios los llamó a hacer lo bueno, aunque eso signifique que tengan que sufrir, tal como Cristo sufrió por ustedes. Él es su ejemplo, y deben seguir sus pasos. 22 Él nunca pecó y jamás engañó a nadie. 23 No respondía cuando lo insultaban    ni amenazaba con vengarse cuando sufría. Dejaba su causa en manos de Dios, quien siempre juzga con justicia. 24 Él mismo cargó nuestros pecados sobre su cuerpo en la cruz, para que nosotros podamos estar muertos al pecado y vivir para lo que es recto. Por sus heridas, ustedes son sanados. 25 Antes eran como ovejas que andaban descarriadas. Pero ahora han vuelto a su Pastor, al Guardián de sus almas.” (1 Ped 2:20-25, NTV)

¿Esto significa que condonamos el abuso y el maltrato? ¡Claro que no! Los abusos y los maltratos tienen que ser denunciados. Lo que estos pasajes afirman es que no podemos tomar la justicia en nuestras manos, que no podemos si quiera considerar la posibilidad de desquitarnos y que hemos sido llamados a pedir al Señor que tenga misericordia de aquellos que nos maltratan.

Un dato muy importante que se desprende del análisis de la vida de José es que, tal y como le puede suceder a cualquier persona, a él debe habérsele hecho difícil entender que los procedimientos de Dios no se parecen a los nuestros. Recordemos que la Biblia dice que los pensamientos de Dios no son como los nuestros y su visión de la vida no es como la nuestra. Así lo afirmó el profeta Isaías cuando dijo lo siguiente:

“8 Porque mis pensamientos no son vuestros pensamientos, ni vuestros caminos mis caminos, dijo Jehová. 9 Como son más altos los cielos que la tierra, así son mis caminos más altos que vuestros caminos, y mis pensamientos más que vuestros pensamientos.” (Isa 55:8-9, RV 1960)

Es cierto que los escenarios que José estaba sufriendo no le permitían ver y mucho menos entender que Dios estaba insertado en todo lo que le estaba ocurriendo. El Señor había insertado su mano para transformarlo en un caudillo capaz de enderezar la vida de la familia de Jacob. Es cierto que el Señor no había causado la tragedia que José estaba sufriendo, pero había decidido utilizarla para orquestar el cumplimiento de las promesas que Él le había hecho a Abraham, a Isaac y a Jacob.

El mensaje bíblico es claro: se trata de Dios usando su presencia para responder a estas clases de tragedias. Se trata del Señor utilizando su Palabra para responder y resolver estas. Además, como diría el siempre recordado Rdo. Dr. Cecilio Arrastía, se trata de la inserción de la vertical divina en la horizontal humana para desarrollar en nosotros el programa de adiestramiento que ofrece la Palabra Divina.

Swindoll dice que la Biblia posee al menos cinco (5) características que sirven como parte del desarrollo de este adiestramiento. Así lo afirma el profeta Isaías cuando dice lo siguiente:

“10 Porque como desciende de los cielos la lluvia y la nieve, y no vuelve allá, sino que riega la tierra, y la hace germinar y producir, y da semilla al que siembra, y pan al que come, 11 así será mi palabra que sale de mi boca; no volverá a mí vacía, sino que hará lo que yo quiero, y será prosperada en aquello para que la envié.”  (Isa 55:10-11)

De estos versos se desprende que la Palabra de Dios riega, hace germinar, hace producir, da semilla y da pan. El concepto hebreo traducido como regar es “râvâh” (H7301). Este significa “apagar” (en este caso la sed), irrigar, saturar, bañar, saciar y/o satisfacer.[3],[4] En otras palabras, que la Palabra de Dios satisface nuestra sed, nos lava para quitar de nosotros las impurezas y las contaminaciones que hemos adquirido en el camino, al mismo tiempo que nos hace dóciles para recibir el mensaje poderoso que ella nos quiere comunicar.
 
El concepto hebreo que se traduce como germinar es “yâlad” (H6779) y significa “algo que brota”; “un fruto”; “renuevo” (H6780). Isaías había dicho que ese fruto, ese renuevo sería para hermosura y gloria, para grandeza y honra a los sobrevivientes de Israel (Isa 4:2). O sea, que la Palabra celestial nos produce en nosotros fruto, renuevo, un nuevo producto que no éramos capaces de producir. Además, que ese fruto hermosea, trae honor y nos hace partícipes de la gloria de Dios. Ese resultado es vital y esencial para el adiestramiento de todo aquel que cree en Cristo Jesús como el Señor y el Salvador del mundo.

La profecía de Isaías también afirma que la Palabra de Dios produce semilla (“zeraʽ”, H2233). Esto es sinónimo de dar vida, de mantener vivo, de proveer la oportunidad de que los pasos anteriores se repitan y que este desarrollo sea uno continuo.[5] Estos datos se confirman cuando conocemos que la Biblia utiliza ese concepto hebreo para describir la semilla de la mujer que heriría a la serpiente en la cabeza (Gén 3:15). Esto es, a Cristo el Señor. Dicho de otra manera, la Palabra de Dios produce la vida de Cristo en nosotros.

Dar pan (“lechem”, H5479) es dar alimento. Esto último se viste de unos colores extraordinarios en el marco referencial cristiano toda vez que la Biblia dice que nuestro Salvador nació en la casa del pan: “Bethlehem” (“bêyth lechem”, H1035).

“2 Pero tú, Belén Efrata, pequeña para estar entre las familias de Judá, de ti me saldrá el que será Señor en Israel; y sus salidas son desde el principio, desde los días de la eternidad.” (Miq 5:2)

“1 Cuando Jesús nació en Belén de Judea en días del rey Herodes, vinieron del oriente a Jerusalén unos magos, 2 diciendo: ¿Dónde está el rey de los judíos, que ha nacido? Porque su estrella hemos visto en el oriente, y venimos a adorarle.” (Mat 2:1-2)

No olvidemos que la Biblia también afirma que Jesucristo es el pan vivo que descendió del cielo.

“51 Yo soy el pan vivo que descendió del cielo; si alguno comiere de este pan, vivirá para siempre; y el pan que yo daré es mi carne, la cual yo daré por la vida del mundo.” (Jn 6:51)

Estos pasajes bíblicos conducen a una sola conclusión: la Palabra de Dios nos conduce a Cristo porque Él es el pan de vida.

José no lo sabía, pero Dios había hecho provisión específica para transformar la tragedia que él estaba experimentando en un escenario de gracia. Este joven de diecisiete (17) años (Gén 37:2) no sabía que Dios había programado que hasta el pozo en el que fue echado formara parte de esto. Un pozo equivocado lo habría hecho ser transportado a un lugar equivocado. El pozo escogido por sus hermanos se convirtió en una estación de autobuses para que José pudiera llegar a Egipto.

Esta es una de las razones por la que a los creyentes en Cristo se nos aconseja no resistir los procesos difíciles y dolorosos que surgen en la vida. Tenemos que comprender que Dios puede decidir utilizar los pozos en los que hemos sido echados en contra de nuestra voluntad para provocar cambios y transformaciones en nosotros. Dios también puede utilizar esos pozos para dirigirnos a lugares y a experiencias que serán claves en el desarrollo de nuestra fe y del cumplimiento del propósito de Dios en nuestras vidas. Los mejores ministerios han comenzado luego de haber tenido que enfrentar los pozos del aislamiento, de la soledad, del abandono, del rechazo, de pérdidas significativas, de alguna enfermedad y hasta de la cercanía de la misma muerte.

Es lógico concluir que el camino de José hacia Egipto debió haber estado plagado de complicaciones. Sabemos que esto debió haber sido así, aunque la Biblia no ofrezca detalles al respecto. El camino a lo desconocido por lo general trae consigo escenarios y propuestas nunca antes vistas, muchas áreas novedosas e infinidad de retos intensos. José debió haber enfrentado varios de estos en el camino. Este joven no sabía que se dirigía a un país que él no conocía. José no conocía el idioma que se hablaba allí, su cultura, su religión, ni sus estilos de vida. Al mismo tiempo, él tampoco sabía que el Señor le había preparado una sorpresa. Un ser humano vendido a precio de un esclavo herido sería comprado por el jefe de la guardia personal del faraón de turno en Egipto.

“36 Y los madianitas lo vendieron en Egipto a Potifar, oficial de Faraón, capitán de la guardia.”  (Gén 37:36, RV 1960)

El pasaje bíblico que aparece en el epígrafe de esta reflexión señala que la casa de Jacob continuaba precipitándose por un acantilado emocional mortal. La Biblia dice que este patriarca decidió manejar la ausencia de José como una pérdida producida por una “mala bestia” (Gén 37:33). Sus hijos le habían dicho que habían encontrado la túnica de José y que esta estaba ensangrentada. Las expresiones acerca de la presencia de una “mala bestia” y de la posibilidad de que José hubiera sido devorado por esta nunca fueron utilizadas por ellos cuando le dieron esa noticia a su padre (vv. 31-32). El dolor de Jacob despertó su imaginación y esta lo introdujo en una cueva sin salida: la de la imaginación de escenarios producidos por una angustia mal manejada.

La Biblia dice que Jacob decidió rasgar sus vestidos, poner cilicio sobre sus lomos y guardar luto ante esa pérdida. En los tiempos bíblicos estas reacciones eran adecuadas, esperadas y hasta terapéuticas. El problema es que Jacob no se detuvo ahí. La Biblia dice que él rehusó el consuelo de “todos sus hijos y todas sus hijas” (v. 35).

La buena noticia es que mientras todo esto acontecía en el lugar en el que Jacob y su familia se habían aposentado, Dios estaba trabajando a la distancia a favor de ese hogar. La maquinaria del plan perfecto de Dios había sido puesta en acción para comenzar a poner en su lugar las piezas del rompecabezas que eran necesarias para resolver el problema que Jacob y su familia enfrentaban en ese momento. Esa maquinaria también resolvería problemas que nadie sospechaba que esa familia tendría que enfrentar en el futuro.

La buena noticia es que Dios es el mismo ayer hoy y por todos los siglos. Por lo tanto, Él está disponible para operar de la misma manera en cualquier familia que decida acudir ante su gracia.

Por último, José tampoco sabía que Dios tendría que transformarlo. El Señor tenía que transformar una víctima en un instrumento adecuado para la gloria del Eterno. Dios tenía que transformarlo en un vaso útil, en un siervo dócil y sensible a la voz del Todopoderoso antes de poder convertirlo en una herramienta vital para el cumplimiento de las promesas divinas hechas a la casa de Jacob. Ese proceso apenas estaba comenzando.


   
[1] Friedman, Edwin H. 1985. Generation to Generation: family process in church and synagogue. New York, NY: The Guilford Press.
[2] Swindoll, Charles R.. Joseph: a man of integrity and forgiveness. WORD Publishing, 1998.
[3] Whitaker, R., Brown, F., Driver, S. R. (Samuel R., & Briggs, C. A. (Charles A. (1906). En The Abridged Brown-Driver-Briggs Hebrew-English Lexicon of the Old Testament: from A Hebrew and English Lexicon of the Old Testament by Francis Brown, S.R. Driver and Charles Briggs, based on the lexicon of Wilhelm Gesenius. Houghton, Mifflin and Company.
[4] Gesenius, W., & Tregelles, S. P. (2003). En Gesenius’ Hebrew and Chaldee lexicon to the Old Testament Scriptures (p. 759). Logos Bible Software. Gesenius, W., & Tregelles, S. P. (2003). En Gesenius’ Hebrew and Chaldee lexicon to the Old Testament Scriptures (p. 759). Logos Bible Software.
[5] Whitaker, R., Brown, F., Driver, S. R. (Samuel R., & Briggs, C. A. (Charles A. (1906). En The Abridged Brown-Driver-Briggs Hebrew-English Lexicon of the Old Testament: from A Hebrew and English Lexicon of the Old Testament by Francis Brown, S.R. Driver and Charles Briggs, based on the lexicon of Wilhelm Gesenius. Houghton, Mifflin and Company.









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