May 3rd, 2026
1055 • El Heraldo Digital – Institucional • Volumen XVII • 3 de mayo del 2026
Familias dirigidas por el Espíritu Santo: el análisis de la familia de Jacob -Parte VIII
“6 Entonces entregó todo a cargo de José y no prestaba atención a nada que no fuera la comida que él mismo consumía. José era un hombre muy apuesto y de buena figura. 7 Un tiempo después, la esposa de su amo comenzó a fijarse en José y le dijo: —Acuéstate conmigo. 8 Pero José se rehusó y le dijo a la esposa de su amo: —Mire, conmigo mi señor no tiene nada de qué preocuparse en la casa. Me dio todas sus posesiones para que yo las cuidara. 9 No hay nadie en esta casa que se iguale a mí. Lo único que él me ha negado es a usted, porque es su esposa. ¿Cómo puedo yo hacerle a él algo tan malo y cometer un pecado ante Dios? 10 A pesar de que ella hablaba con él día tras día, no lo convenció de que se acostara con ella. 11 Un día, cuando José regresó de trabajar a la casa, no había ningún otro esclavo adentro. 12 Entonces ella lo agarró de su ropa y le dijo: —¡Acuéstate conmigo! Pero él dejó su ropa en las manos de ella y salió huyendo. 13 Cuando ella vio que él había dejado la ropa en sus manos y salido huyendo, 14 llamó a los siervos de su casa y les dijo: —Miren, mi esposo trajo a este hebreo para que nos insultara. Él vino a donde yo estaba para tratar de tener relaciones sexuales conmigo, pero yo grité fuerte. 15 Cuando oyó que yo había gritado, dejó su ropa al lado mío y salió corriendo. 16 Después ella se quedó con la ropa de José hasta que llegó su esposo. 17 Luego le contó la misma historia: —El siervo hebreo que trajiste vino a aprovecharse de mí. 18 Pero cuando grité, dejó su ropa al lado mío y huyó hacia afuera. 19 El amo de José escuchó lo que le dijo su esposa y se enfureció. 20 Entonces lo agarró y lo puso en la prisión donde metían a los prisioneros del rey, y José quedó encarcelado. 21 Pero el SEÑOR estaba con José y lo ayudó haciendo que se ganara la confianza del carcelero.” (Gén 39:6-21, PDT)
El análisis de la saga de José nos ha brindado la oportunidad de analizar los retos que este
hombre tuvo que enfrentar en Egipto. Recordamos que José, uno de los hijos de Jacob, llegó a la capital de ese imperio vendido como un esclavo.
Es intrigante el hecho de que los textos bíblicos que describen su llegada a ese lugar se circunscriban a describir algunos datos muy simples. El primero de estos, que José fue comprado por un oficial de la corte de Faraón llamado Potifar. El segundo, que Dios decidió revelarse allí y que este oficial lo pudo percibir. El tercero, que José se convirtió, de la noche a la mañana, en un administrador y en un estratega de excelencia.
“Cuando los mercaderes ismaelitas llevaron a José a Egipto, lo vendieron a Potifar, un oficial egipcio. Potifar era capitán de la guardia del faraón, rey de Egipto. 2 El Señor estaba con José, por eso tenía éxito en todo mientras servía en la casa de su amo egipcio. 3 Potifar lo notó y se dio cuenta de que el Señor estaba con José, y le daba éxito en todo lo que hacía. 4 Eso agradó a Potifar, quien pronto nombró a José su asistente personal. Lo puso a cargo de toda su casa y de todas sus posesiones. 5 Desde el día en que José quedó encargado de la casa y de las propiedades de su amo, el Señor comenzó a bendecir la casa de Potifar por causa de José. Todos los asuntos de la casa marchaban bien, y las cosechas y los animales prosperaron.” (39:1-5, NTV)
Ese pasaje no nos ofrece una descripción del tiempo que transcurrió antes de que José pudiera disfrutar de toda esta experiencia. Tampoco nos describe cómo fue que este joven de 17 años pudo aprender acerca de administración, de estrategias y de supervisión en un período de tiempo tan corto.
Sabemos que, tanto José, así como el escritor del pasaje bíblico antes citado, desconocían las posibles explicaciones para lo que estaba sucediendo en ese lugar. A ambos les bastaba saber que Dios estaba insertado en todo el proceso y que esto era más que suficiente para conseguir que José aprendiera lo que tenía que aprender.
Es un secreto a voces que esta debe ser la conclusión a la que debemos arribar como creyentes en Cristo ante las situaciones complicadas por las que atravesamos en nuestra peregrinación como hijos de Dios. El tiempo que dedicamos a encontrar explicaciones y respuestas lógicas puede ser utilizado para buscar el rostro del Señor y para que su Santo Espíritu nos haga crecer y madurar en medio de esos procesos. Ahora bien, estamos convencidos de que podemos encontrar algunas respuestas para estas interrogantes cuando realizamos una mirada posmoderna sobre este pasaje bíblico.
Existen estudios científicos que correlacionan nuestras capacidades y acciones de perdonar con mejoras significativas en la salud mental, así como el manejo adecuado de los niveles de depresión y de la ansiedad. Es notable que estos estudios también revelan que la acción de perdonar también aumenta nuestra capacidad para aprender y para la toma de decisiones informadas. En otras palabras, que mientras mayor es nuestra disposición para perdonar y mientras más perdonamos, mayor es el desarrollo de unas funciones en áreas específicas del cerebro que fueron diseñadas por Dios para que aprendamos y para que tomemos decisiones.
Uno de estos estudios, publicado en el 28 de febrero del 2022, presenta todo esto haciendo énfasis especifico en el cerebro de los adolescentes: “Forgiveness Mediates the Relationship Between Middle Frontal Gyrus Volume and Clinical Symptoms in Adolescents.”[1] A continuación, una cita de ese estudio:
“Para comprender mejor los mecanismos neuronales que sustentan el papel protector del perdón en los adolescentes, el presente estudio examinó el “middle frontal gyrus (MFG)” que comprende la mayor parte de la corteza prefrontal dorsolateral (“dorsolateral prefrontal cortex, DLPFC”) y está asociado con la regulación cognitiva, y su relación con el perdón y los síntomas clínicos en una muestra de adolescentes sanos. En este estudio transversal (n = 64), un mayor volumen del (MFG) se asoció significativamente con puntuaciones más altas de perdón disposicional auto informado y niveles más bajos de síntomas depresivos y de ansiedad. El perdón medió la relación entre el volumen del (MFG) y los niveles de síntomas depresivos y de ansiedad. El papel mediador del perdón en la relación entre el volumen del MFG y los síntomas clínicos sugiere que una forma en que las estrategias de regulación cognitiva apoyadas por esta región cerebral pueden mejorar la salud mental de los adolescentes es mediante el aumento de la capacidad de perdonar.”[2] (traducción libre)
Permítanos explicar esto de una manera sencilla y simple. Uno de los resultados de esa investigación revela que hay un aumento en el volumen de sangre en el área de regulación cognitiva. El aumento en el volumen de sangre en esa área confirma el aumento en la capacidad para el aprendizaje. Este dato se reviste de interés cuando recordamos que José llega a Egipto cuando era un adolescente. En otras palabras, que la decisión y la acción de perdonar en esta etapa de su vida lo colocaría en ventaja para manejar las ansiedades y la depresión, así como para experimentar el incremento de sus capacidades para aprender.
Tenemos que concluir que la demostración científica de lo que sucede en nuestros cerebros cuando decidimos perdonar fue ensamblada por Dios para nuestro beneficio. Además, que ese beneficio está disponible para todos aquellos que deciden perdonar sin importar cuál sea su edad.
Esta publicación científica también señala la importancia que posee la acción de olvidar. Esta acción también tiene repercusiones en el área del cerebro que utilizamos para aprender. Veamos otra cita directa de esa publicación:
“Otra estrategia cognitiva que se cree que favorece el perdón es el olvido dirigido, que implica olvidar intencionalmente las experiencias, lo que permite a las personas superar de forma más rápida y eficaz los eventos negativos del pasado. Si bien el olvido dirigido tiene un impacto positivo en el bienestar, resulta más difícil en personas con depresión (Joormann et al., 2009), debido en parte al sesgo de atención negativa, que se ha demostrado que está presente en adolescentes con depresión (Orchard et al., 2016). La reevaluación exitosa y el olvido dirigido requieren aspectos del control ejecutivo que dependen del funcionamiento de la corteza prefrontal dorsolateral (DLPFC), incluyendo la memoria de trabajo, la atención ejecutiva y la inhibición (Aguirre et al., 2017; Goldin et al., 2019), lo que sugiere un papel fundamental de los procesos cognitivos mediados frontalmente en el perdón.”[3] (traducción libre)
Repetimos que no es necesario conocer todos estos aspectos técnicos para disfrutar de estos beneficios. De hecho, la Biblia presenta una cantidad extraordinaria de promesas acerca de cómo Dios nos capacita de modo que podamos ser capaces de realizar las tareas que Él nos ha asignado. Por ejemplo, la Biblia dice que el Señor ha prometido hacernos entender y dirigirnos en el camino por el que tenemos que andar (Sal 32:7). La Biblia dice que el Señor alumbra los ojos de nuestro entendimiento (Efe 1:18). La Biblia también dice que el Señor llenó con su Espíritu los corazones de Bezaleel y de Aholiab y que los llenó de sabiduría, inteligencia, en ciencia y en todo arte, de modo que ellos pudieran enseñar a los orfebres y artistas de Israel cómo diseñar y construir todo lo concerniente al Tabernáculo (Éxo 35:30-34). La Biblia dice que el temor de Jehová es enseñanza de sabiduría (Pro 15:33). La Biblia también dice lo siguiente:
“10 El temor de Jehová es el principio de la sabiduría, Y el conocimiento del Santísimo es la inteligencia.” (Pro 9:10)
“10 La sabiduría comienza por honrar al Señor; conocer al Santísimo es tener inteligencia.” (DHH)
La clave fundamental que sustenta estos principios bíblicos es permitir que Dios desarrolle en nosotros un espíritu enseñable. Sabemos que la Biblia describe que nuestro aprendizaje no puede desarrollarse en base a la corrupción que el pecado produce en nosotros. La Biblia enseña que nuestro aprendizaje tiene que ser desarrollado desde la transformación que produce la renovación de nuestras mentes en Cristo (Romanos 12:2). Esto requiere tener un espíritu enseñable, una disposición interior que esté ansiosa y receptiva al aprendizaje y a la renovación de la forma en que Cristo nos hace entender las cosas.
Hay que reconocer que un espíritu, un corazón enseñable para alcanzar una mente transformada requiere humildad y sujeción a lo que dice la poderosa Palabra de Dios (Hch 8:31; 2 Tim 3:16-17). Estos datos nos permiten concluir que José tenía un espíritu enseñable.
Ahora bien, no podemos negar que es gratificante conocer que podemos disfrutar de salud mental y aumentar nuestra capacidad para aprender cuando echamos mano de las instrucciones divinas acerca del perdón y de decidir olvidar los lastres tormentosos de nuestro pasado.
Estos datos también proveen otros escenarios para el análisis de los pasajes bíblicos que nos instruyen a perdonar. Un ejemplo de esto lo encontramos en la relación que existe entre el perdón, el amor y la paz que presenta el Apóstol Pablo en algunas de sus cartas.
“13 Sean comprensivos con las faltas de los demás y perdonen a todo el que los ofenda. Recuerden que el Señor los perdonó a ustedes, así que ustedes deben perdonar a otros. 14 Sobre todo, vístanse de amor, lo cual nos une a todos en perfecta armonía. 15 Y que la paz que viene de Cristo gobierne en sus corazones. Pues, como miembros de un mismo cuerpo, ustedes son llamados a vivir en paz. Y sean siempre agradecidos.” (Col 3:13-15, NTV)
Es cierto que estos versos puntualizan que la acción de perdonar requiere que estemos vestidos del amor con el que el Señor nos amó hasta la cruz. Es también cierto que otro dato que señalan esos versos es que la paz de Cristo es uno de los productos netos de la obediencia a la instrucción bíblica de perdonar. Hay que puntualizar que la Biblia no presenta esto como una alternativa que nosotros podemos escoger. El pasaje bíblico escrito por el Apóstol Pablo señala que hemos sido llamados a vivir en paz; esto es una orden.
Es correcto afirmar que José no tenía idea de cómo terminaría su historia, en cambio él sabía que Dios estaba presente en medio de esa odisea. Además, es obvio que él también experimentaba que algo celestial estaba ocurriendo.
José tenía dos (2) opciones ante sí cuando llegó a Egipto. Una de estas, permitir que la angustia, la ansiedad y la depresión lo arroparan. Ahora sabemos que esa decisión lo habría incapacitado para aprender y para mantener la salud mental. Es obvio que él decidió abrazar la otra opción: la del perdón y la del olvido. Lo sabemos porque él lo expresó así. Esa decisión está documentada en el capítulo 41 del Libro de Génesis. La Biblia dice allí que Dios lo hizo olvidar.
“50 Y nacieron a José dos hijos antes que viniese el primer año del hambre, los cuales le dio a luz Asenat, hija de Potifera sacerdote de On. 51 Y llamó José el nombre del primogénito, Manasés; porque dijo: Dios me hizo olvidar todo mi trabajo, y toda la casa de mi padre. 52 Y llamó el nombre del segundo, Efraín; porque dijo: Dios me hizo fructificar en la tierra de mi aflicción.” (Gén 41:50-52)
Otra forma de saber que esa fue su decisión es la manera tan acelerada con la que él pudo desaprender y aprender todo lo que era necesario para comenzar a conquistar la tierra en la que había sido vendido como esclavo.
Tenemos que repetir que no necesitamos estos datos para obedecer los mandatos bíblicos. Nos basta saber que la obediencia a los principios bíblicos siempre trae consigo buenos resultados y grandes bendiciones.
José decidió escoger bien y los beneficios de haberlo hecho no se hicieron esperar. Tal y como vimos en la reflexión anterior, Dios comenzó a prosperar a José en Egipto. No obstante, la prosperidad trajo consigo otro reto. José tendría que enfrentarse al reto de la tentación.
La frase “un tiempo después” (Gén 39:7) indica que ese reto apareció luego de que él hubiera experimentado la prosperidad. La porción bíblica que aparece en el epígrafe de esta reflexión presenta un resumen de ese reto.
“7 Un tiempo después, la esposa de su amo comenzó a fijarse en José y le dijo: —Acuéstate conmigo. 8 Pero José se rehusó y le dijo a la esposa de su amo: —Mire, conmigo mi señor no tiene nada de qué preocuparse en la casa. Me dio todas sus posesiones para que yo las cuidara. 9 No hay nadie en esta casa que se iguale a mí. Lo único que él me ha negado es a usted, porque es su esposa. ¿Cómo puedo yo hacerle a él algo tan malo y cometer un pecado ante Dios? 10 A pesar de que ella hablaba con él día tras día, no lo convenció de que se acostara con ella.” (Gén 39:7-10, PDT)
Nos preguntamos: ¿qué es la tentación? Los recursos académicos[4] nos enseñan que en la actualidad este concepto posee una connotación siniestra que no siempre ha estado asociada a esta. Los conceptos hebreos y griegos que se utilizan en la Biblia para referirse a la tentación originalmente tenían un contenido neutro, con el sentido de “poner a prueba”, la prueba del carácter o la calidad de este. Señalamos que el concepto es neutro, pero los resultados de la tentación no lo son. Salimos de estas con santidad e integridad o caídos y necesitados de un proceso de perdón y restauración. Un proverbio español dice que no se puede ser panadero si nuestra cabeza es de mantequilla.
Repetimos, tal y como señalan los recursos que estamos citando aquí, que el tema de las tentaciones es neutral porque no implica maldad alguna. En otras palabras, que la tentación, en el sentido bíblico, conlleva posibilidades tanto de santidad como de pecado. Esto es así porque una cosa es ser tentado y otra caer.
Debemos entender que la interpretación de la tentación como algo nefasto y/o malsano no concuerda con algunos principios bíblicos. Por ejemplo, la Biblia dice que ser probado/tentado (“peirasmos”, G3986) debe ser motivo de alegría (Santiago 1:2), ya que al vencer la tentación se puede alcanzar el desarrollo del carácter como creyente en Cristo; uno que es más elevado y noble.
Un ejemplo de esto lo encontramos en las tentaciones que sufrió nuestro Señor. La Biblia dice que Cristo fue tentado (“peirazō”, G3985) por Satanás en el desierto (Mat 4:1-11; Lcs 4:1-13). También dice que Cristo fue tentado en todo, pero que no se encontró pecado en Él.
“14 Por tanto, teniendo un gran sumo sacerdote que traspasó los cielos, Jesús el Hijo de Dios, retengamos nuestra profesión. 15 Porque no tenemos un sumo sacerdote que no pueda compadecerse de nuestras debilidades, sino uno que fue tentado en todo según nuestra semejanza, pero sin pecado. 16 Acerquémonos, pues, confiadamente al trono de la gracia, para alcanzar misericordia y hallar gracia para el oportuno socorro.” (Heb 4:14-16, RV 1960).
Estas afirmaciones bíblicas no harían sentido si la tentación fuera similar al pecado porque la Biblia es escueta al afirmar que en Cristo no se encontró pecado alguno.
Hacemos un paréntesis para explicar que los conceptos griegos utilizado en los pasajes bíblicos antes citados pueden ser traducidos como ser puesto a prueba.
Ahora bien, conocer lo que dice el capítulo cuatro (4) de la Carta a Los Hebreos aumenta nuestra confianza en el Salvador de nuestras almas. Ese pasaje bíblico afirma que Cristo Jesús fue sometido a todas las tentaciones a las que nosotros podemos ser sometidos. Esto nos permite saber que Él conoce nuestra condición como seres humanos. Saber que ninguna tentación lo condujo a pecar es evidencia de su santidad y de que Él fue la ofrenda perfecta ofrecida en la cruz del Calvario; una ofrenda perfecta, sin pecado.
Repetimos que estos datos nos hacen saber que las tentaciones no son pecado. No obstante, no podemos obviar que estas pueden conducirnos a pecar. Esto lo podemos constatar en la Carta de Santiago. Allí nos dicen varias cosas a cerca de las tentaciones. Una de estas es que Dios no coloca en tentación a nadie. Esos versos bíblicos también establecen que las tentaciones no provienen de Dios sino de nuestras propias concupiscencias (“epithumia”, G1939), de nuestros deseos. En otras palabras, algo que todos llevamos por dentro y que no podemos darle rienda suelta. Veamos cómo lo describe ese escritor bíblico:
“13 Cuando sean tentados, acuérdense de no decir: «Dios me está tentando». Dios nunca es tentado a hacer el mal y jamás tienta a nadie. 14 La tentación viene de nuestros propios deseos, los cuales nos seducen y nos arrastran. 15 De esos deseos nacen los actos pecaminosos, y el pecado, cuando se deja crecer, da a luz la muerte.” (Stg 1:13-15, NTV)
Un dato interesante que parece chocar con esta verdad bíblica es que algunas versiones de las Sagradas Escrituras (KJV) describen que Dios tentó a Abraham (Gén 22:1). ¿Cómo podría esto ser posible si la Biblia dice que Dios no tienta a nadie? La respuesta la encontramos en el análisis de ese pasaje de las Sagradas Escrituras. El concepto hebreo utilizado en ese verso es “nâsâh” (H5254). Es cierto que ese concepto es en ocasiones traducido como tentar, como en el caso de Lot “alzando” sus ojos para ver la llanura del Jordán hasta Sodoma y Gomorra (Gén 13:10-13). Sin embargo, la mayoría de las 645 ocasiones en las que este concepto es utilizado en el Antiguo Testamento su uso describe la acción de poner a prueba, de realizar un ensayo como los que se realizan en los laboratorios químicos y/o examinar. En otras palabras, Dios no tentó a Abraham. Dios puso a prueba la fe y la capacidad que este hombre tenía para obedecer.
Estos escenarios son comunes en la vida de los creyentes. Por ejemplo, la Biblia dice que Dios puso a prueba al pueblo de Israel en el desierto (Det 8:2). La Biblia también dice que Jesús puso a prueba a uno de sus discípulos llamado Felipe.
“1 Después de esto, Jesús fue al otro lado del mar de Galilea, el de Tiberias. 2 Y le seguía gran multitud, porque veían las señales que hacía en los enfermos. 3 Entonces subió Jesús a un monte, y se sentó allí con sus discípulos. 4 Y estaba cerca la pascua, la fiesta de los judíos. 5 Cuando alzó Jesús los ojos, y vio que había venido a él gran multitud, dijo a Felipe: ¿De dónde compraremos pan para que coman éstos? 6 Pero esto decía para probarle; porque él sabía lo que había de hacer. 7 Felipe le respondió: Doscientos denarios de pan no bastarían para que cada uno de ellos tomase un poco.” (Jn 6:1-7, RV 1960)
Es cierto que Jesús conocía de antemano lo que Felipe haría, en cambio, ese discípulo no.
Al mismo tiempo, es muy reconfortante e interesante saber que la Biblia dice que las tentaciones que enfrentamos en la vida no son distintas a las que otros atraviesan. La Biblia añade a esta afirmación que Dios es fiel y que ha prometido que no permitirá que ninguna tentación sea mayor, más fuerte de lo que nosotros podamos soportar (1 Cor 10:13, NTV). En otras palabras, que cuando somos tentados Él siempre muestra una salida para que podamos ser capaces de resistir. La Biblia también dice que agarrarnos de la promesa de nuestra salvación nos permite mantener la alegría, aunque tengamos que ser afligidos por esas pruebas (“peirasmos”, G3986) (1 Ped 1:6).
En el caso de José, la tentación a la que él sería sometido fue provocada por dos (2) vías. La primera de estas era su éxito inmediato en la casa de Potifar. Repetimos que el éxito junto a las exigencias de la confianza puesta sobre nuestros hombros nos hace más vulnerables y propensos a las tentaciones. La otra vía: que él era un joven muy atractivo. Esta es la frase que el texto hebreo utiliza para describirlo:
“yō-w-sêp̄ yə-p̄êh- ṯō-’ar wî-p̄êh mar-’eh.”. (“José era hermoso y bien fornido”)
Destacamos que el concepto hebreo que se traduce como hermoso (“yâpheh”, H3303) es también utilizado en la Biblia para describir a David (1 Sam 16:12; 17:42) y a Absalón (2 Sam 14:25).
La Biblia dice que la esposa de Potifar puso sus ojos en este joven que era hermoso y exitoso. La Biblia añade que la estrategia desarrollada por esta mujer era la de un ataque puesto en acción todos los días (Gén 39:10). En otras palabras, que el acercamiento de esta mujer era directo y a diario: “duerme conmigo.” Agregamos a todo esto que este joven se encontraba en esas edades en el que las hormonas se encontraban en todo su apogeo. En otras palabras, que José estaba batallando con los acercamientos de la mujer de Potifar y con sus propias reacciones hormonales.
Especialistas en este tema han dicho que ese escenario es uno de esos en el que “nos quitan las facultades de discernimiento claro y de decisión.” Esta expresión pertenece a la definición de la tentación que ofrece Dietrich Bonhoeffer:
“En nuestros miembros existe una inclinación latente hacia el deseo, que es a la vez súbita y feroz. Con un poder irresistible, el deseo se apodera de la carne. De repente, se enciende un fuego secreto y latente. La carne arde en llamas. Da igual si se trata de deseo sexual, ambición, vanidad, anhelo, amor a la fama y al poder, codicia o, finalmente, ese extraño anhelo por la belleza del mundo, de la naturaleza. La alegría en Dios se extingue en nosotros y buscamos toda nuestra alegría en la criatura. En este momento, Dios es completamente irreal para nosotros; pierde toda realidad y solo el deseo por la criatura es real; la única realidad es el diablo. Satanás no nos llena aquí de odio a Dios, sino de olvido de Dios… La lujuria así despertada envuelve la mente y la voluntad del hombre en la más profunda oscuridad. Nos quitan las facultades de discernimiento claro y de decisión… Es aquí donde todo dentro de mí se levanta contra la PALABRA de Dios.”[5] (traducción libre)
Afirmamos que las tentaciones no son pecado, pero son un campo de batalla. Dios no nos exime de estas porque forman parte del “curriculum” para el desarrollo de nuestro carácter como creyentes en Cristo.
Las respuestas de José no se hicieron esperar.
“8 Pero José se rehusó y le dijo a la esposa de su amo: —Mire, conmigo mi señor no tiene nada de qué preocuparse en la casa. Me dio todas sus posesiones para que yo las cuidara. 9 No hay nadie en esta casa que se iguale a mí. Lo único que él me ha negado es a usted, porque es su esposa. ¿Cómo puedo yo hacerle a él algo tan malo y cometer un pecado ante Dios?” (Gén 39:8-9, PDT)
Estas respuestas revelan varias cosas. Una de estas, la comprensión que José tenía acerca de quién es Dios. La idea de Dios que José había recibido y desarrollado era la de un Dios omnipresente. Dicho de otra forma, esa respuesta afirma que José estaba convencido de que el Dios al que él servía está presente en todas partes; aún en Egipto, la tierra de su aflicción. José pudo haberse dado el espacio para pensar que Dios no podía estar presente en un escenario que era el producto del abuso y del maltrato que él había sufrido. Sin embargo, ese joven no lo hizo así.
Esa respuesta también revela que José consideraba que debía mantener la integridad ante el Dios al que él servía. No olvidemos que pecar contra Dios nunca es la opción correcta.
El estudio de las expresiones de José nos permite conocer el valor que él le había adscrito a la integridad. Es interesante que el concepto pecado que José utiliza es “châṭâʼ” (H2398). Este concepto hebreo puede ser traducido como fallar, errar el blanco (como el que habla de un arquero), la idea opuesta a la de alcanzar la meta, a dar en el blanco.[6] O sea, que la respuesta de José revela la comprensión que él había desarrollado acerca de la maldad y del pecado. José estaba diciendo con esta respuesta que él creía que pecar era errar en cumplir su responsabilidad con los principios establecidos por Dios. Repetimos que este joven estaba diciendo esto en Egipto, lugar en el que él podía haber concluido que Dios no estaba presente. No olvidemos que José no tenía una Biblia a su alcance. En cambio, nosotros sí la tenemos. En otras palabras, que nuestra responsabilidad es más grande.
El otro dato que revelan las respuestas de José es su entendimiento de lo que es la lealtad:
“Lo único que él me ha negado es a usted, porque es su esposa. ¿Cómo puedo yo hacerle a él algo tan malo y cometer un pecado ante Dios?” (v. 9b).
¿En dónde aprendió José todo esto? Es obvio que sus hermanos no fueron sus maestros en el escenario de servir a Dios con integridad. Tal vez pudo recibir algo de esta enseñanza a través de la relación con su padre. Sin embargo, creemos que la revelación de Dios marcó la vida de José.
Sabemos que nuestro Dios se revela imprimiendo en nosotros su amor al mismo tiempo que nos impacta con los atributos que emanan y distinguen su presencia. Debemos comprender que la Biblia es clara al destacar la transformación de todos los personajes que ella describe señalando que han estado cerca de la presencia de Dios. Es que no existe manera alguna de acercarse al Santo de Israel, al Todopoderoso, al Altísimo y Sublime, al Gran Yo Soy y seguir siendo las mismas personas.
Las respuestas de José son sin duda la evidencia más clara y fehaciente de que Dios se le había revelado con poder y gloria. Esa revelación lo condujo a decidir que era mejor dejar la ropa que perder su relación con Dios. Esa fue su respuesta ante la tentación: huir de esta.
Erwin Lutzer dijo en una ocasión que no se puede decir no a una tentación sin antes haber dicho sí a algo mucho mejor. Lutzer añadió a esto que nuestras respuestas a las tentaciones son un barómetro preciso de nuestro amor por Dios. Siendo esto así, entonces esto demuestra que José amaba a Dios.
La respuesta de José lo condujo a la cárcel. Ese escenario ocupará el centro de nuestra próxima reflexión.
[1] Schuttenberg, Eleanor M., Jennifer T. Sneider, David H. Rosmarin, Julia E. Cohen-Gilbert, etal. Forgiveness Mediates the Relationship Between Middle Frontal Gyrus Volume and Clinical Symptoms in Adolescents. Publicado por Front. Hum. Neurosci., 27 February 2022, Sec. Cognitive Neuroscience. Volume 16 - 2022 https://doi.org/10.3389/fnhum.2022.782893. El National Library of Medicine lo dio a conocer al día siguiente: https://pmc.ncbi.nlm.nih.gov/articles/PMC8918469/pdf/fnhum-16-782893.pdf.
[2] Op. cit., p. 1.
[3] Op. cit, p. 2.
[4] International Standard Bible Encyclopedia. James Orr, M.A., D.D., Editor General. Cedar Rapids, Iowa. Electronic Edition STEP Files Copyright © 1998, Parsons Technology, Inc.
[5] Bonhoeffer, Dietrich. Temptation. London: SCM Press Ltd. 1963, p. 33.
[6] Gesenius, W., & Tregelles, S. P. (2003). En Gesenius’ Hebrew and Chaldee lexicon to the Old Testament Scriptures (p. 271). Logos Bible Software.
Familias dirigidas por el Espíritu Santo: el análisis de la familia de Jacob -Parte VIII
“6 Entonces entregó todo a cargo de José y no prestaba atención a nada que no fuera la comida que él mismo consumía. José era un hombre muy apuesto y de buena figura. 7 Un tiempo después, la esposa de su amo comenzó a fijarse en José y le dijo: —Acuéstate conmigo. 8 Pero José se rehusó y le dijo a la esposa de su amo: —Mire, conmigo mi señor no tiene nada de qué preocuparse en la casa. Me dio todas sus posesiones para que yo las cuidara. 9 No hay nadie en esta casa que se iguale a mí. Lo único que él me ha negado es a usted, porque es su esposa. ¿Cómo puedo yo hacerle a él algo tan malo y cometer un pecado ante Dios? 10 A pesar de que ella hablaba con él día tras día, no lo convenció de que se acostara con ella. 11 Un día, cuando José regresó de trabajar a la casa, no había ningún otro esclavo adentro. 12 Entonces ella lo agarró de su ropa y le dijo: —¡Acuéstate conmigo! Pero él dejó su ropa en las manos de ella y salió huyendo. 13 Cuando ella vio que él había dejado la ropa en sus manos y salido huyendo, 14 llamó a los siervos de su casa y les dijo: —Miren, mi esposo trajo a este hebreo para que nos insultara. Él vino a donde yo estaba para tratar de tener relaciones sexuales conmigo, pero yo grité fuerte. 15 Cuando oyó que yo había gritado, dejó su ropa al lado mío y salió corriendo. 16 Después ella se quedó con la ropa de José hasta que llegó su esposo. 17 Luego le contó la misma historia: —El siervo hebreo que trajiste vino a aprovecharse de mí. 18 Pero cuando grité, dejó su ropa al lado mío y huyó hacia afuera. 19 El amo de José escuchó lo que le dijo su esposa y se enfureció. 20 Entonces lo agarró y lo puso en la prisión donde metían a los prisioneros del rey, y José quedó encarcelado. 21 Pero el SEÑOR estaba con José y lo ayudó haciendo que se ganara la confianza del carcelero.” (Gén 39:6-21, PDT)
El análisis de la saga de José nos ha brindado la oportunidad de analizar los retos que este
hombre tuvo que enfrentar en Egipto. Recordamos que José, uno de los hijos de Jacob, llegó a la capital de ese imperio vendido como un esclavo.
Es intrigante el hecho de que los textos bíblicos que describen su llegada a ese lugar se circunscriban a describir algunos datos muy simples. El primero de estos, que José fue comprado por un oficial de la corte de Faraón llamado Potifar. El segundo, que Dios decidió revelarse allí y que este oficial lo pudo percibir. El tercero, que José se convirtió, de la noche a la mañana, en un administrador y en un estratega de excelencia.
“Cuando los mercaderes ismaelitas llevaron a José a Egipto, lo vendieron a Potifar, un oficial egipcio. Potifar era capitán de la guardia del faraón, rey de Egipto. 2 El Señor estaba con José, por eso tenía éxito en todo mientras servía en la casa de su amo egipcio. 3 Potifar lo notó y se dio cuenta de que el Señor estaba con José, y le daba éxito en todo lo que hacía. 4 Eso agradó a Potifar, quien pronto nombró a José su asistente personal. Lo puso a cargo de toda su casa y de todas sus posesiones. 5 Desde el día en que José quedó encargado de la casa y de las propiedades de su amo, el Señor comenzó a bendecir la casa de Potifar por causa de José. Todos los asuntos de la casa marchaban bien, y las cosechas y los animales prosperaron.” (39:1-5, NTV)
Ese pasaje no nos ofrece una descripción del tiempo que transcurrió antes de que José pudiera disfrutar de toda esta experiencia. Tampoco nos describe cómo fue que este joven de 17 años pudo aprender acerca de administración, de estrategias y de supervisión en un período de tiempo tan corto.
Sabemos que, tanto José, así como el escritor del pasaje bíblico antes citado, desconocían las posibles explicaciones para lo que estaba sucediendo en ese lugar. A ambos les bastaba saber que Dios estaba insertado en todo el proceso y que esto era más que suficiente para conseguir que José aprendiera lo que tenía que aprender.
Es un secreto a voces que esta debe ser la conclusión a la que debemos arribar como creyentes en Cristo ante las situaciones complicadas por las que atravesamos en nuestra peregrinación como hijos de Dios. El tiempo que dedicamos a encontrar explicaciones y respuestas lógicas puede ser utilizado para buscar el rostro del Señor y para que su Santo Espíritu nos haga crecer y madurar en medio de esos procesos. Ahora bien, estamos convencidos de que podemos encontrar algunas respuestas para estas interrogantes cuando realizamos una mirada posmoderna sobre este pasaje bíblico.
Existen estudios científicos que correlacionan nuestras capacidades y acciones de perdonar con mejoras significativas en la salud mental, así como el manejo adecuado de los niveles de depresión y de la ansiedad. Es notable que estos estudios también revelan que la acción de perdonar también aumenta nuestra capacidad para aprender y para la toma de decisiones informadas. En otras palabras, que mientras mayor es nuestra disposición para perdonar y mientras más perdonamos, mayor es el desarrollo de unas funciones en áreas específicas del cerebro que fueron diseñadas por Dios para que aprendamos y para que tomemos decisiones.
Uno de estos estudios, publicado en el 28 de febrero del 2022, presenta todo esto haciendo énfasis especifico en el cerebro de los adolescentes: “Forgiveness Mediates the Relationship Between Middle Frontal Gyrus Volume and Clinical Symptoms in Adolescents.”[1] A continuación, una cita de ese estudio:
“Para comprender mejor los mecanismos neuronales que sustentan el papel protector del perdón en los adolescentes, el presente estudio examinó el “middle frontal gyrus (MFG)” que comprende la mayor parte de la corteza prefrontal dorsolateral (“dorsolateral prefrontal cortex, DLPFC”) y está asociado con la regulación cognitiva, y su relación con el perdón y los síntomas clínicos en una muestra de adolescentes sanos. En este estudio transversal (n = 64), un mayor volumen del (MFG) se asoció significativamente con puntuaciones más altas de perdón disposicional auto informado y niveles más bajos de síntomas depresivos y de ansiedad. El perdón medió la relación entre el volumen del (MFG) y los niveles de síntomas depresivos y de ansiedad. El papel mediador del perdón en la relación entre el volumen del MFG y los síntomas clínicos sugiere que una forma en que las estrategias de regulación cognitiva apoyadas por esta región cerebral pueden mejorar la salud mental de los adolescentes es mediante el aumento de la capacidad de perdonar.”[2] (traducción libre)
Permítanos explicar esto de una manera sencilla y simple. Uno de los resultados de esa investigación revela que hay un aumento en el volumen de sangre en el área de regulación cognitiva. El aumento en el volumen de sangre en esa área confirma el aumento en la capacidad para el aprendizaje. Este dato se reviste de interés cuando recordamos que José llega a Egipto cuando era un adolescente. En otras palabras, que la decisión y la acción de perdonar en esta etapa de su vida lo colocaría en ventaja para manejar las ansiedades y la depresión, así como para experimentar el incremento de sus capacidades para aprender.
Tenemos que concluir que la demostración científica de lo que sucede en nuestros cerebros cuando decidimos perdonar fue ensamblada por Dios para nuestro beneficio. Además, que ese beneficio está disponible para todos aquellos que deciden perdonar sin importar cuál sea su edad.
Esta publicación científica también señala la importancia que posee la acción de olvidar. Esta acción también tiene repercusiones en el área del cerebro que utilizamos para aprender. Veamos otra cita directa de esa publicación:
“Otra estrategia cognitiva que se cree que favorece el perdón es el olvido dirigido, que implica olvidar intencionalmente las experiencias, lo que permite a las personas superar de forma más rápida y eficaz los eventos negativos del pasado. Si bien el olvido dirigido tiene un impacto positivo en el bienestar, resulta más difícil en personas con depresión (Joormann et al., 2009), debido en parte al sesgo de atención negativa, que se ha demostrado que está presente en adolescentes con depresión (Orchard et al., 2016). La reevaluación exitosa y el olvido dirigido requieren aspectos del control ejecutivo que dependen del funcionamiento de la corteza prefrontal dorsolateral (DLPFC), incluyendo la memoria de trabajo, la atención ejecutiva y la inhibición (Aguirre et al., 2017; Goldin et al., 2019), lo que sugiere un papel fundamental de los procesos cognitivos mediados frontalmente en el perdón.”[3] (traducción libre)
Repetimos que no es necesario conocer todos estos aspectos técnicos para disfrutar de estos beneficios. De hecho, la Biblia presenta una cantidad extraordinaria de promesas acerca de cómo Dios nos capacita de modo que podamos ser capaces de realizar las tareas que Él nos ha asignado. Por ejemplo, la Biblia dice que el Señor ha prometido hacernos entender y dirigirnos en el camino por el que tenemos que andar (Sal 32:7). La Biblia dice que el Señor alumbra los ojos de nuestro entendimiento (Efe 1:18). La Biblia también dice que el Señor llenó con su Espíritu los corazones de Bezaleel y de Aholiab y que los llenó de sabiduría, inteligencia, en ciencia y en todo arte, de modo que ellos pudieran enseñar a los orfebres y artistas de Israel cómo diseñar y construir todo lo concerniente al Tabernáculo (Éxo 35:30-34). La Biblia dice que el temor de Jehová es enseñanza de sabiduría (Pro 15:33). La Biblia también dice lo siguiente:
“10 El temor de Jehová es el principio de la sabiduría, Y el conocimiento del Santísimo es la inteligencia.” (Pro 9:10)
“10 La sabiduría comienza por honrar al Señor; conocer al Santísimo es tener inteligencia.” (DHH)
La clave fundamental que sustenta estos principios bíblicos es permitir que Dios desarrolle en nosotros un espíritu enseñable. Sabemos que la Biblia describe que nuestro aprendizaje no puede desarrollarse en base a la corrupción que el pecado produce en nosotros. La Biblia enseña que nuestro aprendizaje tiene que ser desarrollado desde la transformación que produce la renovación de nuestras mentes en Cristo (Romanos 12:2). Esto requiere tener un espíritu enseñable, una disposición interior que esté ansiosa y receptiva al aprendizaje y a la renovación de la forma en que Cristo nos hace entender las cosas.
Hay que reconocer que un espíritu, un corazón enseñable para alcanzar una mente transformada requiere humildad y sujeción a lo que dice la poderosa Palabra de Dios (Hch 8:31; 2 Tim 3:16-17). Estos datos nos permiten concluir que José tenía un espíritu enseñable.
Ahora bien, no podemos negar que es gratificante conocer que podemos disfrutar de salud mental y aumentar nuestra capacidad para aprender cuando echamos mano de las instrucciones divinas acerca del perdón y de decidir olvidar los lastres tormentosos de nuestro pasado.
Estos datos también proveen otros escenarios para el análisis de los pasajes bíblicos que nos instruyen a perdonar. Un ejemplo de esto lo encontramos en la relación que existe entre el perdón, el amor y la paz que presenta el Apóstol Pablo en algunas de sus cartas.
“13 Sean comprensivos con las faltas de los demás y perdonen a todo el que los ofenda. Recuerden que el Señor los perdonó a ustedes, así que ustedes deben perdonar a otros. 14 Sobre todo, vístanse de amor, lo cual nos une a todos en perfecta armonía. 15 Y que la paz que viene de Cristo gobierne en sus corazones. Pues, como miembros de un mismo cuerpo, ustedes son llamados a vivir en paz. Y sean siempre agradecidos.” (Col 3:13-15, NTV)
Es cierto que estos versos puntualizan que la acción de perdonar requiere que estemos vestidos del amor con el que el Señor nos amó hasta la cruz. Es también cierto que otro dato que señalan esos versos es que la paz de Cristo es uno de los productos netos de la obediencia a la instrucción bíblica de perdonar. Hay que puntualizar que la Biblia no presenta esto como una alternativa que nosotros podemos escoger. El pasaje bíblico escrito por el Apóstol Pablo señala que hemos sido llamados a vivir en paz; esto es una orden.
Es correcto afirmar que José no tenía idea de cómo terminaría su historia, en cambio él sabía que Dios estaba presente en medio de esa odisea. Además, es obvio que él también experimentaba que algo celestial estaba ocurriendo.
José tenía dos (2) opciones ante sí cuando llegó a Egipto. Una de estas, permitir que la angustia, la ansiedad y la depresión lo arroparan. Ahora sabemos que esa decisión lo habría incapacitado para aprender y para mantener la salud mental. Es obvio que él decidió abrazar la otra opción: la del perdón y la del olvido. Lo sabemos porque él lo expresó así. Esa decisión está documentada en el capítulo 41 del Libro de Génesis. La Biblia dice allí que Dios lo hizo olvidar.
“50 Y nacieron a José dos hijos antes que viniese el primer año del hambre, los cuales le dio a luz Asenat, hija de Potifera sacerdote de On. 51 Y llamó José el nombre del primogénito, Manasés; porque dijo: Dios me hizo olvidar todo mi trabajo, y toda la casa de mi padre. 52 Y llamó el nombre del segundo, Efraín; porque dijo: Dios me hizo fructificar en la tierra de mi aflicción.” (Gén 41:50-52)
Otra forma de saber que esa fue su decisión es la manera tan acelerada con la que él pudo desaprender y aprender todo lo que era necesario para comenzar a conquistar la tierra en la que había sido vendido como esclavo.
Tenemos que repetir que no necesitamos estos datos para obedecer los mandatos bíblicos. Nos basta saber que la obediencia a los principios bíblicos siempre trae consigo buenos resultados y grandes bendiciones.
José decidió escoger bien y los beneficios de haberlo hecho no se hicieron esperar. Tal y como vimos en la reflexión anterior, Dios comenzó a prosperar a José en Egipto. No obstante, la prosperidad trajo consigo otro reto. José tendría que enfrentarse al reto de la tentación.
La frase “un tiempo después” (Gén 39:7) indica que ese reto apareció luego de que él hubiera experimentado la prosperidad. La porción bíblica que aparece en el epígrafe de esta reflexión presenta un resumen de ese reto.
“7 Un tiempo después, la esposa de su amo comenzó a fijarse en José y le dijo: —Acuéstate conmigo. 8 Pero José se rehusó y le dijo a la esposa de su amo: —Mire, conmigo mi señor no tiene nada de qué preocuparse en la casa. Me dio todas sus posesiones para que yo las cuidara. 9 No hay nadie en esta casa que se iguale a mí. Lo único que él me ha negado es a usted, porque es su esposa. ¿Cómo puedo yo hacerle a él algo tan malo y cometer un pecado ante Dios? 10 A pesar de que ella hablaba con él día tras día, no lo convenció de que se acostara con ella.” (Gén 39:7-10, PDT)
Nos preguntamos: ¿qué es la tentación? Los recursos académicos[4] nos enseñan que en la actualidad este concepto posee una connotación siniestra que no siempre ha estado asociada a esta. Los conceptos hebreos y griegos que se utilizan en la Biblia para referirse a la tentación originalmente tenían un contenido neutro, con el sentido de “poner a prueba”, la prueba del carácter o la calidad de este. Señalamos que el concepto es neutro, pero los resultados de la tentación no lo son. Salimos de estas con santidad e integridad o caídos y necesitados de un proceso de perdón y restauración. Un proverbio español dice que no se puede ser panadero si nuestra cabeza es de mantequilla.
Repetimos, tal y como señalan los recursos que estamos citando aquí, que el tema de las tentaciones es neutral porque no implica maldad alguna. En otras palabras, que la tentación, en el sentido bíblico, conlleva posibilidades tanto de santidad como de pecado. Esto es así porque una cosa es ser tentado y otra caer.
Debemos entender que la interpretación de la tentación como algo nefasto y/o malsano no concuerda con algunos principios bíblicos. Por ejemplo, la Biblia dice que ser probado/tentado (“peirasmos”, G3986) debe ser motivo de alegría (Santiago 1:2), ya que al vencer la tentación se puede alcanzar el desarrollo del carácter como creyente en Cristo; uno que es más elevado y noble.
Un ejemplo de esto lo encontramos en las tentaciones que sufrió nuestro Señor. La Biblia dice que Cristo fue tentado (“peirazō”, G3985) por Satanás en el desierto (Mat 4:1-11; Lcs 4:1-13). También dice que Cristo fue tentado en todo, pero que no se encontró pecado en Él.
“14 Por tanto, teniendo un gran sumo sacerdote que traspasó los cielos, Jesús el Hijo de Dios, retengamos nuestra profesión. 15 Porque no tenemos un sumo sacerdote que no pueda compadecerse de nuestras debilidades, sino uno que fue tentado en todo según nuestra semejanza, pero sin pecado. 16 Acerquémonos, pues, confiadamente al trono de la gracia, para alcanzar misericordia y hallar gracia para el oportuno socorro.” (Heb 4:14-16, RV 1960).
Estas afirmaciones bíblicas no harían sentido si la tentación fuera similar al pecado porque la Biblia es escueta al afirmar que en Cristo no se encontró pecado alguno.
Hacemos un paréntesis para explicar que los conceptos griegos utilizado en los pasajes bíblicos antes citados pueden ser traducidos como ser puesto a prueba.
Ahora bien, conocer lo que dice el capítulo cuatro (4) de la Carta a Los Hebreos aumenta nuestra confianza en el Salvador de nuestras almas. Ese pasaje bíblico afirma que Cristo Jesús fue sometido a todas las tentaciones a las que nosotros podemos ser sometidos. Esto nos permite saber que Él conoce nuestra condición como seres humanos. Saber que ninguna tentación lo condujo a pecar es evidencia de su santidad y de que Él fue la ofrenda perfecta ofrecida en la cruz del Calvario; una ofrenda perfecta, sin pecado.
Repetimos que estos datos nos hacen saber que las tentaciones no son pecado. No obstante, no podemos obviar que estas pueden conducirnos a pecar. Esto lo podemos constatar en la Carta de Santiago. Allí nos dicen varias cosas a cerca de las tentaciones. Una de estas es que Dios no coloca en tentación a nadie. Esos versos bíblicos también establecen que las tentaciones no provienen de Dios sino de nuestras propias concupiscencias (“epithumia”, G1939), de nuestros deseos. En otras palabras, algo que todos llevamos por dentro y que no podemos darle rienda suelta. Veamos cómo lo describe ese escritor bíblico:
“13 Cuando sean tentados, acuérdense de no decir: «Dios me está tentando». Dios nunca es tentado a hacer el mal y jamás tienta a nadie. 14 La tentación viene de nuestros propios deseos, los cuales nos seducen y nos arrastran. 15 De esos deseos nacen los actos pecaminosos, y el pecado, cuando se deja crecer, da a luz la muerte.” (Stg 1:13-15, NTV)
Un dato interesante que parece chocar con esta verdad bíblica es que algunas versiones de las Sagradas Escrituras (KJV) describen que Dios tentó a Abraham (Gén 22:1). ¿Cómo podría esto ser posible si la Biblia dice que Dios no tienta a nadie? La respuesta la encontramos en el análisis de ese pasaje de las Sagradas Escrituras. El concepto hebreo utilizado en ese verso es “nâsâh” (H5254). Es cierto que ese concepto es en ocasiones traducido como tentar, como en el caso de Lot “alzando” sus ojos para ver la llanura del Jordán hasta Sodoma y Gomorra (Gén 13:10-13). Sin embargo, la mayoría de las 645 ocasiones en las que este concepto es utilizado en el Antiguo Testamento su uso describe la acción de poner a prueba, de realizar un ensayo como los que se realizan en los laboratorios químicos y/o examinar. En otras palabras, Dios no tentó a Abraham. Dios puso a prueba la fe y la capacidad que este hombre tenía para obedecer.
Estos escenarios son comunes en la vida de los creyentes. Por ejemplo, la Biblia dice que Dios puso a prueba al pueblo de Israel en el desierto (Det 8:2). La Biblia también dice que Jesús puso a prueba a uno de sus discípulos llamado Felipe.
“1 Después de esto, Jesús fue al otro lado del mar de Galilea, el de Tiberias. 2 Y le seguía gran multitud, porque veían las señales que hacía en los enfermos. 3 Entonces subió Jesús a un monte, y se sentó allí con sus discípulos. 4 Y estaba cerca la pascua, la fiesta de los judíos. 5 Cuando alzó Jesús los ojos, y vio que había venido a él gran multitud, dijo a Felipe: ¿De dónde compraremos pan para que coman éstos? 6 Pero esto decía para probarle; porque él sabía lo que había de hacer. 7 Felipe le respondió: Doscientos denarios de pan no bastarían para que cada uno de ellos tomase un poco.” (Jn 6:1-7, RV 1960)
Es cierto que Jesús conocía de antemano lo que Felipe haría, en cambio, ese discípulo no.
Al mismo tiempo, es muy reconfortante e interesante saber que la Biblia dice que las tentaciones que enfrentamos en la vida no son distintas a las que otros atraviesan. La Biblia añade a esta afirmación que Dios es fiel y que ha prometido que no permitirá que ninguna tentación sea mayor, más fuerte de lo que nosotros podamos soportar (1 Cor 10:13, NTV). En otras palabras, que cuando somos tentados Él siempre muestra una salida para que podamos ser capaces de resistir. La Biblia también dice que agarrarnos de la promesa de nuestra salvación nos permite mantener la alegría, aunque tengamos que ser afligidos por esas pruebas (“peirasmos”, G3986) (1 Ped 1:6).
En el caso de José, la tentación a la que él sería sometido fue provocada por dos (2) vías. La primera de estas era su éxito inmediato en la casa de Potifar. Repetimos que el éxito junto a las exigencias de la confianza puesta sobre nuestros hombros nos hace más vulnerables y propensos a las tentaciones. La otra vía: que él era un joven muy atractivo. Esta es la frase que el texto hebreo utiliza para describirlo:
“yō-w-sêp̄ yə-p̄êh- ṯō-’ar wî-p̄êh mar-’eh.”. (“José era hermoso y bien fornido”)
Destacamos que el concepto hebreo que se traduce como hermoso (“yâpheh”, H3303) es también utilizado en la Biblia para describir a David (1 Sam 16:12; 17:42) y a Absalón (2 Sam 14:25).
La Biblia dice que la esposa de Potifar puso sus ojos en este joven que era hermoso y exitoso. La Biblia añade que la estrategia desarrollada por esta mujer era la de un ataque puesto en acción todos los días (Gén 39:10). En otras palabras, que el acercamiento de esta mujer era directo y a diario: “duerme conmigo.” Agregamos a todo esto que este joven se encontraba en esas edades en el que las hormonas se encontraban en todo su apogeo. En otras palabras, que José estaba batallando con los acercamientos de la mujer de Potifar y con sus propias reacciones hormonales.
Especialistas en este tema han dicho que ese escenario es uno de esos en el que “nos quitan las facultades de discernimiento claro y de decisión.” Esta expresión pertenece a la definición de la tentación que ofrece Dietrich Bonhoeffer:
“En nuestros miembros existe una inclinación latente hacia el deseo, que es a la vez súbita y feroz. Con un poder irresistible, el deseo se apodera de la carne. De repente, se enciende un fuego secreto y latente. La carne arde en llamas. Da igual si se trata de deseo sexual, ambición, vanidad, anhelo, amor a la fama y al poder, codicia o, finalmente, ese extraño anhelo por la belleza del mundo, de la naturaleza. La alegría en Dios se extingue en nosotros y buscamos toda nuestra alegría en la criatura. En este momento, Dios es completamente irreal para nosotros; pierde toda realidad y solo el deseo por la criatura es real; la única realidad es el diablo. Satanás no nos llena aquí de odio a Dios, sino de olvido de Dios… La lujuria así despertada envuelve la mente y la voluntad del hombre en la más profunda oscuridad. Nos quitan las facultades de discernimiento claro y de decisión… Es aquí donde todo dentro de mí se levanta contra la PALABRA de Dios.”[5] (traducción libre)
Afirmamos que las tentaciones no son pecado, pero son un campo de batalla. Dios no nos exime de estas porque forman parte del “curriculum” para el desarrollo de nuestro carácter como creyentes en Cristo.
Las respuestas de José no se hicieron esperar.
“8 Pero José se rehusó y le dijo a la esposa de su amo: —Mire, conmigo mi señor no tiene nada de qué preocuparse en la casa. Me dio todas sus posesiones para que yo las cuidara. 9 No hay nadie en esta casa que se iguale a mí. Lo único que él me ha negado es a usted, porque es su esposa. ¿Cómo puedo yo hacerle a él algo tan malo y cometer un pecado ante Dios?” (Gén 39:8-9, PDT)
Estas respuestas revelan varias cosas. Una de estas, la comprensión que José tenía acerca de quién es Dios. La idea de Dios que José había recibido y desarrollado era la de un Dios omnipresente. Dicho de otra forma, esa respuesta afirma que José estaba convencido de que el Dios al que él servía está presente en todas partes; aún en Egipto, la tierra de su aflicción. José pudo haberse dado el espacio para pensar que Dios no podía estar presente en un escenario que era el producto del abuso y del maltrato que él había sufrido. Sin embargo, ese joven no lo hizo así.
Esa respuesta también revela que José consideraba que debía mantener la integridad ante el Dios al que él servía. No olvidemos que pecar contra Dios nunca es la opción correcta.
El estudio de las expresiones de José nos permite conocer el valor que él le había adscrito a la integridad. Es interesante que el concepto pecado que José utiliza es “châṭâʼ” (H2398). Este concepto hebreo puede ser traducido como fallar, errar el blanco (como el que habla de un arquero), la idea opuesta a la de alcanzar la meta, a dar en el blanco.[6] O sea, que la respuesta de José revela la comprensión que él había desarrollado acerca de la maldad y del pecado. José estaba diciendo con esta respuesta que él creía que pecar era errar en cumplir su responsabilidad con los principios establecidos por Dios. Repetimos que este joven estaba diciendo esto en Egipto, lugar en el que él podía haber concluido que Dios no estaba presente. No olvidemos que José no tenía una Biblia a su alcance. En cambio, nosotros sí la tenemos. En otras palabras, que nuestra responsabilidad es más grande.
El otro dato que revelan las respuestas de José es su entendimiento de lo que es la lealtad:
“Lo único que él me ha negado es a usted, porque es su esposa. ¿Cómo puedo yo hacerle a él algo tan malo y cometer un pecado ante Dios?” (v. 9b).
¿En dónde aprendió José todo esto? Es obvio que sus hermanos no fueron sus maestros en el escenario de servir a Dios con integridad. Tal vez pudo recibir algo de esta enseñanza a través de la relación con su padre. Sin embargo, creemos que la revelación de Dios marcó la vida de José.
Sabemos que nuestro Dios se revela imprimiendo en nosotros su amor al mismo tiempo que nos impacta con los atributos que emanan y distinguen su presencia. Debemos comprender que la Biblia es clara al destacar la transformación de todos los personajes que ella describe señalando que han estado cerca de la presencia de Dios. Es que no existe manera alguna de acercarse al Santo de Israel, al Todopoderoso, al Altísimo y Sublime, al Gran Yo Soy y seguir siendo las mismas personas.
Las respuestas de José son sin duda la evidencia más clara y fehaciente de que Dios se le había revelado con poder y gloria. Esa revelación lo condujo a decidir que era mejor dejar la ropa que perder su relación con Dios. Esa fue su respuesta ante la tentación: huir de esta.
Erwin Lutzer dijo en una ocasión que no se puede decir no a una tentación sin antes haber dicho sí a algo mucho mejor. Lutzer añadió a esto que nuestras respuestas a las tentaciones son un barómetro preciso de nuestro amor por Dios. Siendo esto así, entonces esto demuestra que José amaba a Dios.
La respuesta de José lo condujo a la cárcel. Ese escenario ocupará el centro de nuestra próxima reflexión.
[1] Schuttenberg, Eleanor M., Jennifer T. Sneider, David H. Rosmarin, Julia E. Cohen-Gilbert, etal. Forgiveness Mediates the Relationship Between Middle Frontal Gyrus Volume and Clinical Symptoms in Adolescents. Publicado por Front. Hum. Neurosci., 27 February 2022, Sec. Cognitive Neuroscience. Volume 16 - 2022 https://doi.org/10.3389/fnhum.2022.782893. El National Library of Medicine lo dio a conocer al día siguiente: https://pmc.ncbi.nlm.nih.gov/articles/PMC8918469/pdf/fnhum-16-782893.pdf.
[2] Op. cit., p. 1.
[3] Op. cit, p. 2.
[4] International Standard Bible Encyclopedia. James Orr, M.A., D.D., Editor General. Cedar Rapids, Iowa. Electronic Edition STEP Files Copyright © 1998, Parsons Technology, Inc.
[5] Bonhoeffer, Dietrich. Temptation. London: SCM Press Ltd. 1963, p. 33.
[6] Gesenius, W., & Tregelles, S. P. (2003). En Gesenius’ Hebrew and Chaldee lexicon to the Old Testament Scriptures (p. 271). Logos Bible Software.
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