June 8th, 2026
1060 • El Heraldo Digital – Institucional • Volumen XVII • 7 de junio del 2026
Familias dirigidas por el Espíritu Santo: el análisis de la familia de Jacob - Parte XII
“21 Pero Jehová estaba con José y le extendió su misericordia, y le dio gracia en los ojos del jefe de la cárcel. 22 Y el jefe de la cárcel entregó en mano de José el cuidado de todos los presos que había en aquella prisión; todo lo que se hacía allí, él lo hacía. 23 No necesitaba atender el jefe de la cárcel cosa alguna de las que estaban al cuidado de José, porque Jehová estaba con José, y lo que él hacía, Jehová lo prosperaba.” (Gén 39:21-23, RV1960)
En nuestra reflexión anterior tuvimos la oportunidad de comenzar a analizar el contexto de la cárcel a la que José fue enviado luego del incidente en la casa de Potifar. Repetimos la importancia que posee este segmento de las narrativas bíblicas acerca de este paladín. Estas procuran, entre otras cosas, colocarnos en una mejor posición para examinar los procesos que el Señor utilizó con José para prepararlo de modo que él fuera capaz de cumplir con los propósitos que Él había definido para ese joven.
Necesitamos comenzar esta reflexión presentando un comentario adicional acerca del mal manejo del amor que exhibió Jacob, el padre de José. Creemos que esta pieza es clave para poder ser capaces de comprender los senderos complicados por los que José necesitó caminar. La tesis que estaremos formulando es la siguiente: José necesitaba ser adiestrado en el amor y la justicia. Esta necesidad surgió de los pobres modelos que él tuvo acerca de estas virtudes cuando se encontraba en el seno familiar. Este sería entonces uno de los adiestramientos más importantes que este hombre recibiría en la vida.
José necesitaba aprender algo que está mucho más allá de las bendiciones y de los testimonios del favor de Dios que recibimos a diario. La Biblia dice que José había sido prosperado por el Señor, las evidencias de la presencia de Dios andaban sobre él y con él (Gén 39:1-6). José había aprendido a identificar y a aferrarse a los principios y a los valores centrales de la fe, a su carácter como hijo de la promesa. Él prefirió perder todo lo que había ganado con la finalidad de ser fiel a Dios e íntegro en todas sus relaciones (vv. 7-12). No obstante, esto no era suficiente. Su transformación no había sido completada porque él no había sido expuesto al adiestramiento más importante, el que haría posible que esto pudiera ocurrir.
Este joven necesitaba aprender a encontrar y experimentar el amor de Dios: esa clase de amor que cubre multitud de faltas. Él tenía que aprender a aplicarlo balanceado por un sentido correcto de la justicia. José necesitaba aprender a amar a su padre, a sus hermanos y a sus prójimos; incluyendo al pueblo de Egipto. Al mismo tiempo, él necesitaba aprender a acercarse a ellos con un sentido de justicia permeado por el amor transformador del Señor. Este joven tenía que aprender a amarlos sin perder las oportunidades de enfrentarlos a la justicia de nuestro Dios.
Debemos entender que el amor es el tema central de la Palabra de Dios. El amor de Dios, el amor por Dios, por nuestros semejantes y por todo lo creado son piedras angulares de esta. La teología sistemática afirma que todos los mandamientos bíblicos se reducen, en última instancia, a dos: amar a Dios y amar al prójimo. Un postulado bíblico básico: Dios se define a sí mismo como amor (1 Jn 4:8). El amor es entonces la virtud suprema, el testimonio revelado de la gracia en Cristo y el fruto natural de un corazón transformado por el Espíritu Santo.
Todos sabemos que el amor divino permea toda la actividad de Dios como creador y redentor de la creación. Sabemos que el amor de Dios por el mundo se demostró al enviar a su Hijo para que todo aquel que cree en él tenga vida eterna (Juan 3:16). La Biblia dice que Dios muestra este amor al enviar a Cristo a morir por nosotros aun cuando éramos pecadores (Romanos 5:8).
El amor salvífico y redentor de Dios se dirige sin excepción hacia todos los seres humanos; incluso hacia aquellos que son rebeldes y malvados.
La Biblia nos enseña que nosotros amamos a Dios porque él nos amó primero (1 Juan 4:19-21). Sin embargo, este amor no puede permanecer dirigido únicamente a Dios. Hemos sido llamados amar al prójimo mucho más allá de querer obedecer un mandamiento. Lo amamos porque ha sido creado a la imagen y semejanza de Dios y como un testimonio de gratitud por el amor que recibimos de Dios. La Biblia establece que aquellos que afirman amar a Dios y odian a los demás son mentirosos. Esto es así porque la Biblia dice que no se puede amar a Dios, a quien no se ha visto, si no se ama al hermano, a quien sí se ha visto (1 Juan 4:19-21). Esta aseveración afirma que el amor divino hace posible el amor humano. Aceptar el amor infinito de Dios implica aceptar y respetar su poder creador, así como amar al prójimo y a uno mismo.
En el caso del Nuevo Testamento, Cristo, nuestro Señor y Salvador, extendió ese amor radical a nuestros enemigos ordenándonos que amemos a quienes nos maldicen, que hagamos el bien a quienes nos odian y que oremos por quienes nos maltratan (Mateo 5:43-44).
Regresando a Jacob, tenemos que concluir que ese patriarca no manejó bien el amor como una emoción ni como una virtud. Esta situación colocó a este patriarca en medio de muchas disyuntivas que generaron grandes crisis.
Examinemos esto con un poco más de exactitud. El análisis de las Sagradas Escrituras nos permite ver que el tema del amor por alguien, por la familia o por un hijo, es uno sumamente importante y que este posee una estructura muy particular. Vemos un ejemplo de esta estructura en el caso de los patriarcas. Vemos en la Biblia que el amor aparece relacionado a Abraham en una sola ocasión (Gén 22:2); Abraham amaba a Isaac. Este aparece en dos (2) ocasiones en la historia de Isaac (Gén 24:67; 25:28); Isaac amaba a Rebeca y a Esaú. Sin embargo, en el caso de Jacob, el tema del amor por alguna persona aparece en siete (7) ocasiones (Gén 29:18, 20, 30, 32; 37:3, 4; 44:20). La exégesis bíblica nos conduce a la conclusión de que no existe otro personaje en el libro de Génesis del que se diga que amaba a otra persona tanto como lo expresa acerca de Jacob. En otras palabras, Jacob no tenía problemas para amar. Sin embargo, su manejo del amor estaba divorciado de su capacidad para escuchar, para hacer justicia (ser justo) y para ser empático. Su necesidad de ser amado y de sentirse elegido desvirtuó su amor.
El Profesor Jonathan Sacks señala en uno de sus libros un dato interesantísimo acerca de lo que Jacob llamaba amor y cómo lo interpretó Dios. Por ejemplo, la Biblia no dice que Jacob odiaba a Lea. La Biblia dice que él amaba a Lea, pero que amaba más a Raquel.
“30 Y se llegó también a Raquel, y la amó (“ʼâhab”, H157) también más que a Lea; y sirvió a Labán aún otros siete años.” (Gén 29:30)
En cambio, la Biblia dice que lo que Dios observaba era que Lea era despreciada.
“31 Y vio Jehová que Lea era menospreciada (“śânêʼ”, H8130), y le dio hijos; pero Raquel era estéril.” (Gén 29:31)
Necesitamos colocar estos versos bíblicos en un contexto más amplio. Adelantamos en algunas de las reflexiones anteriores que la historia de la familia de Jacob es un preludio esencial para el Libro de Éxodo y para el pacto que Dios hizo allí con su Pueblo. Decíamos en una de estas reflexiones que Jonathan Sacks nos recuerda que el análisis de esa historia, la del Éxodo, nos coloca ante la necesidad de aceptar que el pacto que Dios establece con su pueblo en el segundo libro de la Biblia está basado en la correspondencia biunívoca que existe entre el amor y la justicia. Sacks plantea que el amor es ciego cuando es separado de la justicia y que la justicia es impersonal cuando es separada del amor. [1]
Esto es lo mismo que encontramos en las historias de Jacob, de sus esposas y de sus hijos. Sacks afirma que esas narrativas bíblicas destacan la relación entre estas virtudes.[2] El estudio de estos pasajes bíblicos revela que Jacob demostró que él no tenía la capacidad para entender cómo era que sus sentimientos impactaban a los demás. En esa reflexión también presentamos que las historias que encontramos en el segundo libro de la Biblia están repletas de situaciones en las que estas dos (2) virtudes están en juego.
Un dato adicional que compartimos en esa reflexión es que Jacob experimentó un desbalance entre estas dos (2) virtudes: el amor y la justicia. Concluimos allí que esto aumentó significativamente luego de las tres (3) pérdidas que él experimentó luego de salir de la casa de sus padres y de la casa de Labán: la pérdida de Débora, de Raquel e Isaac (Gén 35:8,16-19, 27-29). Recordamos que el hecho de que la Biblia destaque estas tres (3) pérdidas, de forma consecutiva y en el mismo capítulo, es una forma de puntualizar la importancia que tenían estas tres (3) personas para Jacob. Esto, con un énfasis particular en Débora, la nodriza de Rebeca. Esta anciana no había sido identificada por su nombre en los pasajes bíblicos anteriores. Con toda probabilidad, ella era la última persona del seno familiar de Jacob con la que él se había sentido seguro y confiado. Este caso es distinto al de Rebeca, cuyo cuerpo fue sepultado en la tumba de los patriarcas (Gén 49:31), pero cuya muerte y sepultura no aparecen documentadas en la Biblia.
Repetimos: Jacob no fue capaz de balancear estas virtudes. Esta debilidad en su carácter condujo a sus hijos a aprender a envidiar y luego a aborrecer (“śânêʼ”, H8130) a José. No podemos olvidar lo que José representaba para sus hermanos. Él era el mayor de los hijos de Raquel, la esposa que “Jacob amaba más.” Él era también el hijo que Jacob amaba.
¿Cuál es la importancia y la relevancia de todo esto en la vida de José? Es obvio que este joven no tuvo un modelo correcto acerca del amor en el seno de su familia. Saber amar correctamente es una de las cosas que este joven tenía que aprender en vías de poder ser transformado. Dios, con su buen “sentido” del humor, escogió la cárcel para que José aprendiera a amar y para que lo aprendiera a hacer balanceado por el sentido correcto de la justicia. Dios escogió la cárcel para que José también aprendiera a hacer justicia balanceado por el sentido correcto del amor como emoción y como virtud.
La cárcel a la que José fue enviado, entonces necesitaba ser vista como una escuela para aprender a amar. En esa “aula escolar” José aprendería a amar a sus semejantes, a su padre y a sus hermanos y a hacerlo anclado a un sentido correcto de la justicia. Además, José tendría que desarrollar allí un amor más profundo, amplio, ancho y largo por Dios (Efe 3:18-19).
¿Qué significa amar con un sentido correcto de lo que es la justicia? Las enseñanzas bíblico-cristianas describen que el amor con sentido de justicia significa amar a los demás y a Dios de una manera fundamentada en la integridad moral, la justicia y de acuerdo con la voluntad de Dios. No se trata simplemente de tener y poder expresar afecto o buenos sentimientos, sino de un amor con propósito, basado en principios bíblicos; transformadores.
Los lectores deben haberse percatado que este es un tema que requiere mucho tiempo de estudio y de análisis. No obstante, intentaremos resumir este con responsabilidad.
La biblioteca digital Logos resume que en las Sagradas Escrituras la justicia abarca tanto el carácter de Dios como la respuesta apropiada de la humanidad hacia Él. Esto es, un concepto que oscila entre la declaración forense y la transformación vivida. Ese recurso añade que la justicia funciona como un atributo divino que refleja la naturaleza moral de Dios y, por extensión, como un atributo de los seres humanos creados a su imagen.[3]
El recurso académico que acabamos de citar señala que la justicia de Dios representa el estándar eternamente perfecto de lo que es correcto, estrechamente vinculado a su santidad y la ley moral.
Tenemos que señalar que el pueblo de Israel comprendía la justicia de Dios de una manera distinta a aquellos que creemos en Cristo como Señor y Salvador nuestro. Ellos veían la justicia, no como algo que se manifiesta como una cualidad abstracta, sino como el cumplimiento de las promesas de Dios a través del pacto que Él hizo con su Pueblo. Esto es, como una dimensión de lo divino experimentada por quienes mantienen una relación de pacto con Él. O sea, que la justicia de Dios en el Antiguo Testamento trata acerca de lo que Dios hacía con su pueblo para cumplir el pacto establecido con ellos.[4]
En cambio, la justicia en el Nuevo Testamento gira alrededor de nuestra relación con Dios a través de Cristo y, por ende, alrededor de nuestras relaciones con los demás.[5]
Los cristianos creemos que la justicia establece relaciones correctas —principalmente con Dios, y secundariamente con los demás, cumpliendo las expectativas justas en cualquier contexto relacional. Esto se extiende a todas las dimensiones de la vida: familia, ciudadanía, comercio, gobierno, profesión, vocación, etc.
En este punto, el Nuevo Testamento revela aquí una tensión que es crucial. La Biblia afirma que nadie alcanza la justicia mediante el cumplimiento de la ley, ya que todos se quedan cortos ante el estándar de Dios (Rom 3:20). A todo esto, hay que añadir que la justicia como virtud es un don inmerecido. La Biblia establece esto presentando la afirmación misericordiosa de Dios que declara justos a quienes confiamos en Cristo (Rom 3:24).[6] Subrayamos que la Biblia establece que esta justificación forense debe generar frutos éticos. O sea, que aquellos que son declarados justos por la fe (Rom 5:1), al mismo tiempo, deben buscar hacer obras justas y crecer en justicia mediante la gracia de Dios.[7]
Este resumen no estaría completo si no afirmamos que la justicia de Dios triunfa tanto en el juicio contra los pecadores impenitentes como en la salvación a través del amor por quienes se arrepienten y reclaman la promesa del pacto de Dios en Cristo.
Afirmamos que los fundamentos bíblicos que defendemos como cristianos presentan la justicia y el amor como inseparables. Ya hemos visto que la justicia consiste en vivir de acuerdo con los estándares de Dios. Repetimos que el pueblo de Israel creía que podía hacer esto obedeciendo los mandamientos. Al mismo tiempo, hemos visto que la Biblia afirma en el Nuevo Testamento que bajo la Ley nadie podría alcanzar la salvación (Rom 3:28; Gál 2:16). El Nuevo Testamento resuelve esos dilemas afirmando que los creyentes en Cristo creemos que ese sentido de justicia opera desde la fe en Cristo.
Es interesante conocer que algunos pasajes del Antiguo Testamento establecen esa relación entre el amor y la justicia. Por ejemplo:
“El que busca la justicia y el amor inagotable encontrará vida, justicia y honor.” (Pro 21:21, NTV)
Resumiendo: amar con sentido de justicia significa:
¿Por qué es que esto es tan importante? Cuando el amor se basa en la justicia, este genera
confianza y respeto en las relaciones. Además, refleja el carácter de Dios a través de nosotros y ante los demás. Esto crea un legado de influencia moral y cambio positivo y alinea nuestras vidas con los propósitos de Dios, lo que conduce al crecimiento espiritual y a la bendición.
¿Cómo desarrolla Dios estas enseñanzas en las prisiones que aparecen documentadas en la Biblia? Las respuestas para esta pregunta son monumentales toda vez que todos los personajes bíblicos que fueron encarcelados nos ofrecen la oportunidad de revisar prontuarios diferentes y personalizados.
Tomemos como ejemplo al profeta Jeremías. La Biblia dice que Dios utilizó una de las varias ocasiones en las que este perdió su libertad para revelarle el poder que hay en el clamor (“qârâʼ”, H7121): llamar a Dios por su nombre, proclamar ese nombre, publicar ese nombre, invitar a aquél que posee ese nombre.
“1 Vino palabra de Jehová a Jeremías la segunda vez, estando él aún preso en el patio de la cárcel, diciendo: 2 Así ha dicho Jehová, que hizo la tierra, Jehová que la formó para afirmarla; Jehová es su nombre: 3 Clama a mí, y yo te responderé, y te enseñaré cosas grandes y ocultas que tú no conoces.” (Jer 33:1-3)
En otra ocasión, en la que había sido echado al calabozo, este profeta fue comisionado por Dios para dar una palabra de juicio y sentencia divina al rey de turno.
“15 Y los príncipes se airaron contra Jeremías, y le azotaron y le pusieron en prisión en la casa del escriba Jonatán, porque la habían convertido en cárcel. 16 Entró, pues, Jeremías en la casa de la cisterna, y en las bóvedas. Y habiendo estado allá Jeremías por muchos días, 17 el rey Sedequías envió y le sacó; y le preguntó el rey secretamente en su casa, y dijo: ¿Hay palabra de Jehová? Y Jeremías dijo: Hay. Y dijo más: En mano del rey de Babilonia serás entregado.” (Jer 37:15-17)
En otra ocasión en la que Jeremías estaba preso, Dios lo instruyó a profetizar palabras de esperanza a Ebed-melec el etíope.
“15 Y había venido palabra de Jehová a Jeremías, estando preso en el patio de la cárcel, diciendo: 16 Vé y habla a Ebed-melec etíope, diciendo: Así ha dicho Jehová de los ejércitos, Dios de Israel: He aquí yo traigo mis palabras sobre esta ciudad para mal, y no para bien; y sucederá esto en aquel día en presencia tuya. 17 Pero en aquel día yo te libraré, dice Jehová, y no serás entregado en manos de aquellos a quienes tú temes. 18 Porque ciertamente te libraré, y no caerás a espada, sino que tu vida te será por botín, porque tuviste confianza en mí, dice Jehová.” (Jer 39:15-18)
Estos ejemplos nos permiten llegar a la conclusión de que Dios no permitió que Jeremías fuera a la cárcel para que aprendiera a vivir auto conmiserándose. Dios permitió que este profeta sufriera estas experiencias para mantenerlo cerca de los lugares en los que se encontraba la necesidad de una palabra de Dios certera, precisa y ungida. Además, estas prisiones sirvieron como una escuela para que profeta aprendiera a amar el clamor, el nombre de Dios y su cercanía. Esas escuelas sirvieron para que él afirmara su compromiso con el servicio a aquellos que necesitaban que él les sirviera como un profeta que no tenía compromisos políticos ni económicos: sólo estaba comprometido con Aquél que lo había llamado.
Los ejemplos del Apóstol Pablo en prisión presentan algunas variaciones muy significativas. Por ejemplo, hay varias de las cartas paulinas que fueron escritas en una prisión (Efe 3:1; 4:1; Col 4:3; Fil 1:7, 13, 14, 16; 2 Tim 1:8; Filemón 1:1,9). En otras palabras, que el Señor separó a ese Apóstol de la libre comunidad para captar toda su atención de modo que pudiera recibir la inspiración del Espíritu Santo para escribir esas cartas. El Apóstol Pablo encontró que sus prisiones eran mesas de trabajo para escribir algunos de los documentos que forman parte de lo que hoy llamamos Palabra de Dios
Leemos en la Biblia que en otra ocasión el Apóstol Pablo experimentó que la cárcel era el mejor escenario para desarrollar un servicio de adoración y de alabanza con énfasis en la evangelización (Hch 16:19-32). La Biblia dice que la presencia de Dios se podía experimentar con tanta fuerza en ese lugar que los “cimientos de la cárcel se sacudían; y al instante se abrieron todas las puertas, y las cadenas de todos se soltaron” (v. 26b). El milagro de la apertura de la cárcel fue monumental. Sin embargo, los otros milagros que ocurrieron allí son mucho más grandes. La manifestación del poder de Dios fue tan grande que ninguno de los presos se quiso ir de esa cárcel (v. 28). Además, el poder de Dios manifestado en esa cárcel provocó que el carcelero de Filipos y toda su familia aceptaran a Cristo como Señor y Salvador (vv. 29-34).
Pablo aprendió que las cárceles son escuelas para recibir la Palabra inspirada de Dios, para adorar y para evangelizar. Esto, amando y sirviendo con justicia a aquellos que lo ajusticiaban, a sus familias y a todos los integrantes de esas prisiones.
En el caso del Apóstol Pedro podemos ver que la cárcel fue el escenario que el Señor utilizó para retar la fe y la capacidad de orar y creer de la iglesia.
“4 Después de arrestarlo, lo metió en la cárcel custodiado por 16 soldados. Herodes quería esperar hasta después de la Pascua, y luego iba a traerlo ante el pueblo para hacerle un juicio. 5 Mientras Pedro permanecía preso, la iglesia oraba constantemente a Dios por él. 6 Pedro estaba atado con dos cadenas y dormía en medio de dos soldados. Había más soldados cuidando la puerta de la cárcel. Era de noche y Herodes había planeado llevar a Pedro ante el pueblo al día siguiente. 7 De pronto, apareció un ángel del Señor. Una luz brilló en la celda, el ángel tocó a Pedro en el costado, lo despertó y le dijo: «¡Levántate rápido!» Entonces las cadenas se cayeron de las manos de Pedro. 8 Luego, el ángel le dijo: «Vístete y ponte las sandalias». Pedro lo hizo y entonces el ángel le dijo: «Ponte la capa y sígueme». 9 El ángel salió y Pedro fue tras él, sin saber si eso estaba pasando en realidad o si era una visión. 10 Pedro y el ángel pasaron la primera guardia, luego la segunda y llegaron a la puerta de acero que los separaba de la ciudad. La puerta se abrió sola, Pedro y el ángel salieron, caminaron más o menos una cuadra y de repente el ángel desapareció. 11 Pedro entendió lo que había pasado y pensó: «Ahora sé que el Señor me envió de verdad a su ángel. Él me salvó de Herodes. El pueblo judío pensó que me iba a ir mal, pero el Señor me salvó». 12 Cuando Pedro se dio cuenta de esas cosas, se fue a casa de María, la mamá de Juan, al que también llamaban Marcos. Muchos estaban reunidos allí, orando. 13 Pedro llamó a la puerta de afuera, y una sierva llamada Rode salió a ver quién era. 14 Ella reconoció la voz de Pedro y se puso tan contenta que se le olvidó abrir la puerta. Corrió adentro y les dijo a todos los que estaban allí: —¡Pedro está en la puerta! 15 Ellos le dijeron a Rode: —¡Estás loca! Pero ella siguió diciendo que era verdad, así que ellos dijeron: —Debe ser el ángel de Pedro. 16 Pero Pedro seguía llamando a la puerta. Cuando fueron a abrir la puerta y lo vieron, quedaron atónitos. 17 Él les indicó que se callaran y luego les explicó a todos cómo el Señor lo había sacado de la cárcel. Les dijo: —Vayan a contarles a Santiago y a los demás hermanos todo lo que pasó. Entonces Pedro se fue a otro lugar.” (Hch 12:4-17, PDT)
Estos ejemplos bíblicos sirven para demostrar que Dios puede utilizar todas nuestras cárceles para cumplir sus propósitos al mismo tiempo en el que demuestra su poder, su favor y su gloria. Cualquier clase de cárcel, emocional, de salud, económica, familiares, relacionales, profesionales o vocacionales puede ser utilizado así por Dios. Estos ejemplos también sirven para demostrar que Dios puede utilizar nuestras cárceles para enseñarnos aquello que no hemos aprendido y/o que otros necesitan aprender.
Dios permitió que José fuera a la prisión para que aprendiera a aprender quién es Dios, qué es su amor, qué es la justicia y cómo vivir balanceando ambas virtudes conforme al propósito divino. Ese aprendizaje lo condujo en un momento a ser capaz de expresar lo siguiente:
“4 Entonces dijo José a sus hermanos: Acercaos ahora a mí. Y ellos se acercaron. Y él dijo: Yo soy José vuestro hermano, el que vendisteis para Egipto. 5 Ahora, pues, no os entristezcáis, ni os pese de haberme vendido acá; porque para preservación de vida me envió Dios delante de vosotros. 6 Pues ya ha habido dos años de hambre en medio de la tierra, y aún quedan cinco años en los cuales ni habrá arada ni siega.
7 Y Dios me envió delante de vosotros, para preservaros posteridad sobre la tierra, y para daros vida por medio de gran liberación. 8 Así, pues, no me enviasteis acá vosotros, sino Dios, que me ha puesto por padre de Faraón y por señor de toda su casa, y por gobernador en toda la tierra de Egipto.” (Gén 45:4-8, RV 1960)
“15 Viendo los hermanos de José que su padre era muerto, dijeron: Quizá nos aborrecerá José, y nos dará el pago de todo el mal que le hicimos. 16 Y enviaron a decir a José: Tu padre mandó antes de su muerte, diciendo: 17 Así diréis a José: Te ruego que perdones ahora la maldad de tus hermanos y su pecado, porque mal te trataron; por tanto, ahora te rogamos que perdones la maldad de los siervos del Dios de tu padre. Y José lloró mientras hablaban. 18 Vinieron también sus hermanos y se postraron delante de él, y dijeron: Henos aquí por siervos tuyos. 19 Y les respondió José: No temáis; ¿acaso estoy yo en lugar de Dios? 20 Vosotros pensasteis mal contra mí, mas Dios lo encaminó a bien, para hacer lo que vemos hoy, para mantener en vida a mucho pueblo. 21 Ahora, pues, no tengáis miedo; yo os sustentaré a vosotros y a vuestros hijos. Así los consoló, y les habló al corazón.” (Gén 50:15-21)
[1] Sacks, Jonathan. Genesis: The Book of Beginnings (Covenant & Conversation 1) (pp. 200-202). Kindle Edition.
[2] Op. cit.
[3] Diehl, David W., “Righteousness”, en Evangelical Dictionary of Theology (3rd edition), editado por Daniel J. Treier y Walter A. Elwell. Grand Rapids: Baker Academic: un División de Baker Publishing Group (© 1984, 2001, 2017).
[4] Marlon, Soards. “Righteousness” en el Holman Bible Dictionary.
[5] Elwell, Walter A. y Phillip Wesley Comfort, en Tyndale Bible Dictionary. Wheaton, IL: Tyndale House. Publishers, 2001, p. 1134.
[6] Marlon, Soards, Op. cit.
[7] Op. cit.
Familias dirigidas por el Espíritu Santo: el análisis de la familia de Jacob - Parte XII
“21 Pero Jehová estaba con José y le extendió su misericordia, y le dio gracia en los ojos del jefe de la cárcel. 22 Y el jefe de la cárcel entregó en mano de José el cuidado de todos los presos que había en aquella prisión; todo lo que se hacía allí, él lo hacía. 23 No necesitaba atender el jefe de la cárcel cosa alguna de las que estaban al cuidado de José, porque Jehová estaba con José, y lo que él hacía, Jehová lo prosperaba.” (Gén 39:21-23, RV1960)
En nuestra reflexión anterior tuvimos la oportunidad de comenzar a analizar el contexto de la cárcel a la que José fue enviado luego del incidente en la casa de Potifar. Repetimos la importancia que posee este segmento de las narrativas bíblicas acerca de este paladín. Estas procuran, entre otras cosas, colocarnos en una mejor posición para examinar los procesos que el Señor utilizó con José para prepararlo de modo que él fuera capaz de cumplir con los propósitos que Él había definido para ese joven.
Necesitamos comenzar esta reflexión presentando un comentario adicional acerca del mal manejo del amor que exhibió Jacob, el padre de José. Creemos que esta pieza es clave para poder ser capaces de comprender los senderos complicados por los que José necesitó caminar. La tesis que estaremos formulando es la siguiente: José necesitaba ser adiestrado en el amor y la justicia. Esta necesidad surgió de los pobres modelos que él tuvo acerca de estas virtudes cuando se encontraba en el seno familiar. Este sería entonces uno de los adiestramientos más importantes que este hombre recibiría en la vida.
José necesitaba aprender algo que está mucho más allá de las bendiciones y de los testimonios del favor de Dios que recibimos a diario. La Biblia dice que José había sido prosperado por el Señor, las evidencias de la presencia de Dios andaban sobre él y con él (Gén 39:1-6). José había aprendido a identificar y a aferrarse a los principios y a los valores centrales de la fe, a su carácter como hijo de la promesa. Él prefirió perder todo lo que había ganado con la finalidad de ser fiel a Dios e íntegro en todas sus relaciones (vv. 7-12). No obstante, esto no era suficiente. Su transformación no había sido completada porque él no había sido expuesto al adiestramiento más importante, el que haría posible que esto pudiera ocurrir.
Este joven necesitaba aprender a encontrar y experimentar el amor de Dios: esa clase de amor que cubre multitud de faltas. Él tenía que aprender a aplicarlo balanceado por un sentido correcto de la justicia. José necesitaba aprender a amar a su padre, a sus hermanos y a sus prójimos; incluyendo al pueblo de Egipto. Al mismo tiempo, él necesitaba aprender a acercarse a ellos con un sentido de justicia permeado por el amor transformador del Señor. Este joven tenía que aprender a amarlos sin perder las oportunidades de enfrentarlos a la justicia de nuestro Dios.
Debemos entender que el amor es el tema central de la Palabra de Dios. El amor de Dios, el amor por Dios, por nuestros semejantes y por todo lo creado son piedras angulares de esta. La teología sistemática afirma que todos los mandamientos bíblicos se reducen, en última instancia, a dos: amar a Dios y amar al prójimo. Un postulado bíblico básico: Dios se define a sí mismo como amor (1 Jn 4:8). El amor es entonces la virtud suprema, el testimonio revelado de la gracia en Cristo y el fruto natural de un corazón transformado por el Espíritu Santo.
Todos sabemos que el amor divino permea toda la actividad de Dios como creador y redentor de la creación. Sabemos que el amor de Dios por el mundo se demostró al enviar a su Hijo para que todo aquel que cree en él tenga vida eterna (Juan 3:16). La Biblia dice que Dios muestra este amor al enviar a Cristo a morir por nosotros aun cuando éramos pecadores (Romanos 5:8).
El amor salvífico y redentor de Dios se dirige sin excepción hacia todos los seres humanos; incluso hacia aquellos que son rebeldes y malvados.
La Biblia nos enseña que nosotros amamos a Dios porque él nos amó primero (1 Juan 4:19-21). Sin embargo, este amor no puede permanecer dirigido únicamente a Dios. Hemos sido llamados amar al prójimo mucho más allá de querer obedecer un mandamiento. Lo amamos porque ha sido creado a la imagen y semejanza de Dios y como un testimonio de gratitud por el amor que recibimos de Dios. La Biblia establece que aquellos que afirman amar a Dios y odian a los demás son mentirosos. Esto es así porque la Biblia dice que no se puede amar a Dios, a quien no se ha visto, si no se ama al hermano, a quien sí se ha visto (1 Juan 4:19-21). Esta aseveración afirma que el amor divino hace posible el amor humano. Aceptar el amor infinito de Dios implica aceptar y respetar su poder creador, así como amar al prójimo y a uno mismo.
En el caso del Nuevo Testamento, Cristo, nuestro Señor y Salvador, extendió ese amor radical a nuestros enemigos ordenándonos que amemos a quienes nos maldicen, que hagamos el bien a quienes nos odian y que oremos por quienes nos maltratan (Mateo 5:43-44).
Regresando a Jacob, tenemos que concluir que ese patriarca no manejó bien el amor como una emoción ni como una virtud. Esta situación colocó a este patriarca en medio de muchas disyuntivas que generaron grandes crisis.
Examinemos esto con un poco más de exactitud. El análisis de las Sagradas Escrituras nos permite ver que el tema del amor por alguien, por la familia o por un hijo, es uno sumamente importante y que este posee una estructura muy particular. Vemos un ejemplo de esta estructura en el caso de los patriarcas. Vemos en la Biblia que el amor aparece relacionado a Abraham en una sola ocasión (Gén 22:2); Abraham amaba a Isaac. Este aparece en dos (2) ocasiones en la historia de Isaac (Gén 24:67; 25:28); Isaac amaba a Rebeca y a Esaú. Sin embargo, en el caso de Jacob, el tema del amor por alguna persona aparece en siete (7) ocasiones (Gén 29:18, 20, 30, 32; 37:3, 4; 44:20). La exégesis bíblica nos conduce a la conclusión de que no existe otro personaje en el libro de Génesis del que se diga que amaba a otra persona tanto como lo expresa acerca de Jacob. En otras palabras, Jacob no tenía problemas para amar. Sin embargo, su manejo del amor estaba divorciado de su capacidad para escuchar, para hacer justicia (ser justo) y para ser empático. Su necesidad de ser amado y de sentirse elegido desvirtuó su amor.
El Profesor Jonathan Sacks señala en uno de sus libros un dato interesantísimo acerca de lo que Jacob llamaba amor y cómo lo interpretó Dios. Por ejemplo, la Biblia no dice que Jacob odiaba a Lea. La Biblia dice que él amaba a Lea, pero que amaba más a Raquel.
“30 Y se llegó también a Raquel, y la amó (“ʼâhab”, H157) también más que a Lea; y sirvió a Labán aún otros siete años.” (Gén 29:30)
En cambio, la Biblia dice que lo que Dios observaba era que Lea era despreciada.
“31 Y vio Jehová que Lea era menospreciada (“śânêʼ”, H8130), y le dio hijos; pero Raquel era estéril.” (Gén 29:31)
Necesitamos colocar estos versos bíblicos en un contexto más amplio. Adelantamos en algunas de las reflexiones anteriores que la historia de la familia de Jacob es un preludio esencial para el Libro de Éxodo y para el pacto que Dios hizo allí con su Pueblo. Decíamos en una de estas reflexiones que Jonathan Sacks nos recuerda que el análisis de esa historia, la del Éxodo, nos coloca ante la necesidad de aceptar que el pacto que Dios establece con su pueblo en el segundo libro de la Biblia está basado en la correspondencia biunívoca que existe entre el amor y la justicia. Sacks plantea que el amor es ciego cuando es separado de la justicia y que la justicia es impersonal cuando es separada del amor. [1]
Esto es lo mismo que encontramos en las historias de Jacob, de sus esposas y de sus hijos. Sacks afirma que esas narrativas bíblicas destacan la relación entre estas virtudes.[2] El estudio de estos pasajes bíblicos revela que Jacob demostró que él no tenía la capacidad para entender cómo era que sus sentimientos impactaban a los demás. En esa reflexión también presentamos que las historias que encontramos en el segundo libro de la Biblia están repletas de situaciones en las que estas dos (2) virtudes están en juego.
Un dato adicional que compartimos en esa reflexión es que Jacob experimentó un desbalance entre estas dos (2) virtudes: el amor y la justicia. Concluimos allí que esto aumentó significativamente luego de las tres (3) pérdidas que él experimentó luego de salir de la casa de sus padres y de la casa de Labán: la pérdida de Débora, de Raquel e Isaac (Gén 35:8,16-19, 27-29). Recordamos que el hecho de que la Biblia destaque estas tres (3) pérdidas, de forma consecutiva y en el mismo capítulo, es una forma de puntualizar la importancia que tenían estas tres (3) personas para Jacob. Esto, con un énfasis particular en Débora, la nodriza de Rebeca. Esta anciana no había sido identificada por su nombre en los pasajes bíblicos anteriores. Con toda probabilidad, ella era la última persona del seno familiar de Jacob con la que él se había sentido seguro y confiado. Este caso es distinto al de Rebeca, cuyo cuerpo fue sepultado en la tumba de los patriarcas (Gén 49:31), pero cuya muerte y sepultura no aparecen documentadas en la Biblia.
Repetimos: Jacob no fue capaz de balancear estas virtudes. Esta debilidad en su carácter condujo a sus hijos a aprender a envidiar y luego a aborrecer (“śânêʼ”, H8130) a José. No podemos olvidar lo que José representaba para sus hermanos. Él era el mayor de los hijos de Raquel, la esposa que “Jacob amaba más.” Él era también el hijo que Jacob amaba.
¿Cuál es la importancia y la relevancia de todo esto en la vida de José? Es obvio que este joven no tuvo un modelo correcto acerca del amor en el seno de su familia. Saber amar correctamente es una de las cosas que este joven tenía que aprender en vías de poder ser transformado. Dios, con su buen “sentido” del humor, escogió la cárcel para que José aprendiera a amar y para que lo aprendiera a hacer balanceado por el sentido correcto de la justicia. Dios escogió la cárcel para que José también aprendiera a hacer justicia balanceado por el sentido correcto del amor como emoción y como virtud.
La cárcel a la que José fue enviado, entonces necesitaba ser vista como una escuela para aprender a amar. En esa “aula escolar” José aprendería a amar a sus semejantes, a su padre y a sus hermanos y a hacerlo anclado a un sentido correcto de la justicia. Además, José tendría que desarrollar allí un amor más profundo, amplio, ancho y largo por Dios (Efe 3:18-19).
¿Qué significa amar con un sentido correcto de lo que es la justicia? Las enseñanzas bíblico-cristianas describen que el amor con sentido de justicia significa amar a los demás y a Dios de una manera fundamentada en la integridad moral, la justicia y de acuerdo con la voluntad de Dios. No se trata simplemente de tener y poder expresar afecto o buenos sentimientos, sino de un amor con propósito, basado en principios bíblicos; transformadores.
Los lectores deben haberse percatado que este es un tema que requiere mucho tiempo de estudio y de análisis. No obstante, intentaremos resumir este con responsabilidad.
La biblioteca digital Logos resume que en las Sagradas Escrituras la justicia abarca tanto el carácter de Dios como la respuesta apropiada de la humanidad hacia Él. Esto es, un concepto que oscila entre la declaración forense y la transformación vivida. Ese recurso añade que la justicia funciona como un atributo divino que refleja la naturaleza moral de Dios y, por extensión, como un atributo de los seres humanos creados a su imagen.[3]
El recurso académico que acabamos de citar señala que la justicia de Dios representa el estándar eternamente perfecto de lo que es correcto, estrechamente vinculado a su santidad y la ley moral.
Tenemos que señalar que el pueblo de Israel comprendía la justicia de Dios de una manera distinta a aquellos que creemos en Cristo como Señor y Salvador nuestro. Ellos veían la justicia, no como algo que se manifiesta como una cualidad abstracta, sino como el cumplimiento de las promesas de Dios a través del pacto que Él hizo con su Pueblo. Esto es, como una dimensión de lo divino experimentada por quienes mantienen una relación de pacto con Él. O sea, que la justicia de Dios en el Antiguo Testamento trata acerca de lo que Dios hacía con su pueblo para cumplir el pacto establecido con ellos.[4]
En cambio, la justicia en el Nuevo Testamento gira alrededor de nuestra relación con Dios a través de Cristo y, por ende, alrededor de nuestras relaciones con los demás.[5]
Los cristianos creemos que la justicia establece relaciones correctas —principalmente con Dios, y secundariamente con los demás, cumpliendo las expectativas justas en cualquier contexto relacional. Esto se extiende a todas las dimensiones de la vida: familia, ciudadanía, comercio, gobierno, profesión, vocación, etc.
En este punto, el Nuevo Testamento revela aquí una tensión que es crucial. La Biblia afirma que nadie alcanza la justicia mediante el cumplimiento de la ley, ya que todos se quedan cortos ante el estándar de Dios (Rom 3:20). A todo esto, hay que añadir que la justicia como virtud es un don inmerecido. La Biblia establece esto presentando la afirmación misericordiosa de Dios que declara justos a quienes confiamos en Cristo (Rom 3:24).[6] Subrayamos que la Biblia establece que esta justificación forense debe generar frutos éticos. O sea, que aquellos que son declarados justos por la fe (Rom 5:1), al mismo tiempo, deben buscar hacer obras justas y crecer en justicia mediante la gracia de Dios.[7]
Este resumen no estaría completo si no afirmamos que la justicia de Dios triunfa tanto en el juicio contra los pecadores impenitentes como en la salvación a través del amor por quienes se arrepienten y reclaman la promesa del pacto de Dios en Cristo.
Afirmamos que los fundamentos bíblicos que defendemos como cristianos presentan la justicia y el amor como inseparables. Ya hemos visto que la justicia consiste en vivir de acuerdo con los estándares de Dios. Repetimos que el pueblo de Israel creía que podía hacer esto obedeciendo los mandamientos. Al mismo tiempo, hemos visto que la Biblia afirma en el Nuevo Testamento que bajo la Ley nadie podría alcanzar la salvación (Rom 3:28; Gál 2:16). El Nuevo Testamento resuelve esos dilemas afirmando que los creyentes en Cristo creemos que ese sentido de justicia opera desde la fe en Cristo.
Es interesante conocer que algunos pasajes del Antiguo Testamento establecen esa relación entre el amor y la justicia. Por ejemplo:
“El que busca la justicia y el amor inagotable encontrará vida, justicia y honor.” (Pro 21:21, NTV)
Resumiendo: amar con sentido de justicia significa:
- Actuar con justicia: tomar decisiones que reflejen equidad, verdad e integridad.
- Servir a los demás con sacrificio: anteponer sus necesidades a las propias, sin buscar beneficio personal.
- Exigir a los demás altos estándares morales mientras fomentamos el crecimiento en la virtud y la responsabilidad.
- Ser paciente y bondadoso: incluso en situaciones difíciles, mostrando compasión y perdón.
¿Por qué es que esto es tan importante? Cuando el amor se basa en la justicia, este genera
confianza y respeto en las relaciones. Además, refleja el carácter de Dios a través de nosotros y ante los demás. Esto crea un legado de influencia moral y cambio positivo y alinea nuestras vidas con los propósitos de Dios, lo que conduce al crecimiento espiritual y a la bendición.
¿Cómo desarrolla Dios estas enseñanzas en las prisiones que aparecen documentadas en la Biblia? Las respuestas para esta pregunta son monumentales toda vez que todos los personajes bíblicos que fueron encarcelados nos ofrecen la oportunidad de revisar prontuarios diferentes y personalizados.
Tomemos como ejemplo al profeta Jeremías. La Biblia dice que Dios utilizó una de las varias ocasiones en las que este perdió su libertad para revelarle el poder que hay en el clamor (“qârâʼ”, H7121): llamar a Dios por su nombre, proclamar ese nombre, publicar ese nombre, invitar a aquél que posee ese nombre.
“1 Vino palabra de Jehová a Jeremías la segunda vez, estando él aún preso en el patio de la cárcel, diciendo: 2 Así ha dicho Jehová, que hizo la tierra, Jehová que la formó para afirmarla; Jehová es su nombre: 3 Clama a mí, y yo te responderé, y te enseñaré cosas grandes y ocultas que tú no conoces.” (Jer 33:1-3)
En otra ocasión, en la que había sido echado al calabozo, este profeta fue comisionado por Dios para dar una palabra de juicio y sentencia divina al rey de turno.
“15 Y los príncipes se airaron contra Jeremías, y le azotaron y le pusieron en prisión en la casa del escriba Jonatán, porque la habían convertido en cárcel. 16 Entró, pues, Jeremías en la casa de la cisterna, y en las bóvedas. Y habiendo estado allá Jeremías por muchos días, 17 el rey Sedequías envió y le sacó; y le preguntó el rey secretamente en su casa, y dijo: ¿Hay palabra de Jehová? Y Jeremías dijo: Hay. Y dijo más: En mano del rey de Babilonia serás entregado.” (Jer 37:15-17)
En otra ocasión en la que Jeremías estaba preso, Dios lo instruyó a profetizar palabras de esperanza a Ebed-melec el etíope.
“15 Y había venido palabra de Jehová a Jeremías, estando preso en el patio de la cárcel, diciendo: 16 Vé y habla a Ebed-melec etíope, diciendo: Así ha dicho Jehová de los ejércitos, Dios de Israel: He aquí yo traigo mis palabras sobre esta ciudad para mal, y no para bien; y sucederá esto en aquel día en presencia tuya. 17 Pero en aquel día yo te libraré, dice Jehová, y no serás entregado en manos de aquellos a quienes tú temes. 18 Porque ciertamente te libraré, y no caerás a espada, sino que tu vida te será por botín, porque tuviste confianza en mí, dice Jehová.” (Jer 39:15-18)
Estos ejemplos nos permiten llegar a la conclusión de que Dios no permitió que Jeremías fuera a la cárcel para que aprendiera a vivir auto conmiserándose. Dios permitió que este profeta sufriera estas experiencias para mantenerlo cerca de los lugares en los que se encontraba la necesidad de una palabra de Dios certera, precisa y ungida. Además, estas prisiones sirvieron como una escuela para que profeta aprendiera a amar el clamor, el nombre de Dios y su cercanía. Esas escuelas sirvieron para que él afirmara su compromiso con el servicio a aquellos que necesitaban que él les sirviera como un profeta que no tenía compromisos políticos ni económicos: sólo estaba comprometido con Aquél que lo había llamado.
Los ejemplos del Apóstol Pablo en prisión presentan algunas variaciones muy significativas. Por ejemplo, hay varias de las cartas paulinas que fueron escritas en una prisión (Efe 3:1; 4:1; Col 4:3; Fil 1:7, 13, 14, 16; 2 Tim 1:8; Filemón 1:1,9). En otras palabras, que el Señor separó a ese Apóstol de la libre comunidad para captar toda su atención de modo que pudiera recibir la inspiración del Espíritu Santo para escribir esas cartas. El Apóstol Pablo encontró que sus prisiones eran mesas de trabajo para escribir algunos de los documentos que forman parte de lo que hoy llamamos Palabra de Dios
Leemos en la Biblia que en otra ocasión el Apóstol Pablo experimentó que la cárcel era el mejor escenario para desarrollar un servicio de adoración y de alabanza con énfasis en la evangelización (Hch 16:19-32). La Biblia dice que la presencia de Dios se podía experimentar con tanta fuerza en ese lugar que los “cimientos de la cárcel se sacudían; y al instante se abrieron todas las puertas, y las cadenas de todos se soltaron” (v. 26b). El milagro de la apertura de la cárcel fue monumental. Sin embargo, los otros milagros que ocurrieron allí son mucho más grandes. La manifestación del poder de Dios fue tan grande que ninguno de los presos se quiso ir de esa cárcel (v. 28). Además, el poder de Dios manifestado en esa cárcel provocó que el carcelero de Filipos y toda su familia aceptaran a Cristo como Señor y Salvador (vv. 29-34).
Pablo aprendió que las cárceles son escuelas para recibir la Palabra inspirada de Dios, para adorar y para evangelizar. Esto, amando y sirviendo con justicia a aquellos que lo ajusticiaban, a sus familias y a todos los integrantes de esas prisiones.
En el caso del Apóstol Pedro podemos ver que la cárcel fue el escenario que el Señor utilizó para retar la fe y la capacidad de orar y creer de la iglesia.
“4 Después de arrestarlo, lo metió en la cárcel custodiado por 16 soldados. Herodes quería esperar hasta después de la Pascua, y luego iba a traerlo ante el pueblo para hacerle un juicio. 5 Mientras Pedro permanecía preso, la iglesia oraba constantemente a Dios por él. 6 Pedro estaba atado con dos cadenas y dormía en medio de dos soldados. Había más soldados cuidando la puerta de la cárcel. Era de noche y Herodes había planeado llevar a Pedro ante el pueblo al día siguiente. 7 De pronto, apareció un ángel del Señor. Una luz brilló en la celda, el ángel tocó a Pedro en el costado, lo despertó y le dijo: «¡Levántate rápido!» Entonces las cadenas se cayeron de las manos de Pedro. 8 Luego, el ángel le dijo: «Vístete y ponte las sandalias». Pedro lo hizo y entonces el ángel le dijo: «Ponte la capa y sígueme». 9 El ángel salió y Pedro fue tras él, sin saber si eso estaba pasando en realidad o si era una visión. 10 Pedro y el ángel pasaron la primera guardia, luego la segunda y llegaron a la puerta de acero que los separaba de la ciudad. La puerta se abrió sola, Pedro y el ángel salieron, caminaron más o menos una cuadra y de repente el ángel desapareció. 11 Pedro entendió lo que había pasado y pensó: «Ahora sé que el Señor me envió de verdad a su ángel. Él me salvó de Herodes. El pueblo judío pensó que me iba a ir mal, pero el Señor me salvó». 12 Cuando Pedro se dio cuenta de esas cosas, se fue a casa de María, la mamá de Juan, al que también llamaban Marcos. Muchos estaban reunidos allí, orando. 13 Pedro llamó a la puerta de afuera, y una sierva llamada Rode salió a ver quién era. 14 Ella reconoció la voz de Pedro y se puso tan contenta que se le olvidó abrir la puerta. Corrió adentro y les dijo a todos los que estaban allí: —¡Pedro está en la puerta! 15 Ellos le dijeron a Rode: —¡Estás loca! Pero ella siguió diciendo que era verdad, así que ellos dijeron: —Debe ser el ángel de Pedro. 16 Pero Pedro seguía llamando a la puerta. Cuando fueron a abrir la puerta y lo vieron, quedaron atónitos. 17 Él les indicó que se callaran y luego les explicó a todos cómo el Señor lo había sacado de la cárcel. Les dijo: —Vayan a contarles a Santiago y a los demás hermanos todo lo que pasó. Entonces Pedro se fue a otro lugar.” (Hch 12:4-17, PDT)
Estos ejemplos bíblicos sirven para demostrar que Dios puede utilizar todas nuestras cárceles para cumplir sus propósitos al mismo tiempo en el que demuestra su poder, su favor y su gloria. Cualquier clase de cárcel, emocional, de salud, económica, familiares, relacionales, profesionales o vocacionales puede ser utilizado así por Dios. Estos ejemplos también sirven para demostrar que Dios puede utilizar nuestras cárceles para enseñarnos aquello que no hemos aprendido y/o que otros necesitan aprender.
Dios permitió que José fuera a la prisión para que aprendiera a aprender quién es Dios, qué es su amor, qué es la justicia y cómo vivir balanceando ambas virtudes conforme al propósito divino. Ese aprendizaje lo condujo en un momento a ser capaz de expresar lo siguiente:
“4 Entonces dijo José a sus hermanos: Acercaos ahora a mí. Y ellos se acercaron. Y él dijo: Yo soy José vuestro hermano, el que vendisteis para Egipto. 5 Ahora, pues, no os entristezcáis, ni os pese de haberme vendido acá; porque para preservación de vida me envió Dios delante de vosotros. 6 Pues ya ha habido dos años de hambre en medio de la tierra, y aún quedan cinco años en los cuales ni habrá arada ni siega.
7 Y Dios me envió delante de vosotros, para preservaros posteridad sobre la tierra, y para daros vida por medio de gran liberación. 8 Así, pues, no me enviasteis acá vosotros, sino Dios, que me ha puesto por padre de Faraón y por señor de toda su casa, y por gobernador en toda la tierra de Egipto.” (Gén 45:4-8, RV 1960)
“15 Viendo los hermanos de José que su padre era muerto, dijeron: Quizá nos aborrecerá José, y nos dará el pago de todo el mal que le hicimos. 16 Y enviaron a decir a José: Tu padre mandó antes de su muerte, diciendo: 17 Así diréis a José: Te ruego que perdones ahora la maldad de tus hermanos y su pecado, porque mal te trataron; por tanto, ahora te rogamos que perdones la maldad de los siervos del Dios de tu padre. Y José lloró mientras hablaban. 18 Vinieron también sus hermanos y se postraron delante de él, y dijeron: Henos aquí por siervos tuyos. 19 Y les respondió José: No temáis; ¿acaso estoy yo en lugar de Dios? 20 Vosotros pensasteis mal contra mí, mas Dios lo encaminó a bien, para hacer lo que vemos hoy, para mantener en vida a mucho pueblo. 21 Ahora, pues, no tengáis miedo; yo os sustentaré a vosotros y a vuestros hijos. Así los consoló, y les habló al corazón.” (Gén 50:15-21)
[1] Sacks, Jonathan. Genesis: The Book of Beginnings (Covenant & Conversation 1) (pp. 200-202). Kindle Edition.
[2] Op. cit.
[3] Diehl, David W., “Righteousness”, en Evangelical Dictionary of Theology (3rd edition), editado por Daniel J. Treier y Walter A. Elwell. Grand Rapids: Baker Academic: un División de Baker Publishing Group (© 1984, 2001, 2017).
[4] Marlon, Soards. “Righteousness” en el Holman Bible Dictionary.
[5] Elwell, Walter A. y Phillip Wesley Comfort, en Tyndale Bible Dictionary. Wheaton, IL: Tyndale House. Publishers, 2001, p. 1134.
[6] Marlon, Soards, Op. cit.
[7] Op. cit.
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