1066 • El Heraldo Digital – Institucional • Volumen XVII • 19 de julio del 2026

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Familias dirigidas por el Espíritu Santo: el análisis de la familia de Jacob - Parte XVII


“5 Y ambos, el copero y el panadero del rey de Egipto, que estaban arrestados en la prisión, tuvieron un sueño, cada uno su propio sueño en una misma noche, cada uno con su propio significado. 6 Vino a ellos José por la mañana, y los miró, y he aquí que estaban tristes. 7 Y él preguntó a aquellos oficiales de Faraón, que estaban con él en la prisión de la casa de su señor, diciendo: ¿Por qué parecen hoy mal vuestros semblantes? 8 Ellos le dijeron: Hemos tenido un sueño, y no hay quien lo interprete. Entonces les dijo José: ¿No son de Dios las interpretaciones? Contádmelo ahora. 9 Entonces el jefe de los coperos contó su sueño a José, y le dijo: Yo soñaba que veía una vid delante de mí, 10 y en la vid tres sarmientos; y ella como que brotaba, y arrojaba su flor, viniendo a madurar sus racimos de uvas. 11 Y que la copa de Faraón estaba en mi mano, y tomaba yo las uvas y las exprimía en la copa de Faraón, y daba yo la copa en mano de Faraón. 12 Y le dijo José: Esta es su interpretación: los tres sarmientos son tres días. 13 Al cabo de tres días levantará Faraón tu cabeza, y te restituirá a tu puesto, y darás la copa a Faraón en su mano, como solías hacerlo cuando eras su copero.”   (Gén 40:5-13, RV1960)

La empatía de José, su capacidad para servir y bendecir a aquellos que formaban parte del sistema que lo había atropellado es loable. La narrativa bíblica que describe el capítulo cuarenta (40) del Libro de Génesis señala que él era capaz de prestar atención a las expresiones de los rostros del jefe de los coperos y del jefe de los panaderos de Faraón. El verso seis (6) de ese pasaje bíblico dice que bastó que José los mirara para saber que ellos estaban tristes (“zâʽaph”, H2196). Este concepto hebreo puede ser traducido como estar triste, inquieto, estar melancólico en cuanto a la conexión de ideas.[1] Un ejemplo concreto de su uso lo encontramos en el primer capítulo del Libro de Daniel. Reina y Valera lo tradujeron allí como “pálido”.

“10 y dijo el jefe de los eunucos a Daniel: Temo a mi señor el rey, que señaló vuestra comida y vuestra bebida; pues luego que él vea vuestros rostros más pálidos que los de los muchachos que son semejantes a vosotros, condenaréis para con el rey mi cabeza.” (Dan 1:10, RV 1960)

Es muy interesante que alguien que sabía que había sido abusado y que había sido encarcelado sin que se le hubiera hecho un juicio, decidiera prestar atención a las necesidades de los demás; particularmente a miembros del sistema que lo mantenía como esclavo y prisionero.

Este punto ha sido analizado en algunas de nuestras reflexiones anteriores. Lo que no hemos analizado es que esa inclinación a servir pudiera ser tan espontánea, al punto de que él no necesitara que aquellos en necesidad se acercaran a buscar ayuda. En otras palabras, que José pudiera tomar la iniciativa para hacer esto con tan solo observar el rostro de aquellos a los que el Señor le había llamado a servir.

La Biblia dice que hay personas que viendo no ven y que oyendo no oyen ni entienden (Mcs 13:13). En cambio, ella dice que nuestro Señor era capaz de ver la necesidad de los demás con tan sólo mirar sus rostros. Ese es el caso de Simón Pedro luego de haber negado a Jesús (Lcs 22:61). Una mirada de nuestro Salvador fue más que suficiente para que Pedro pudiera reaccionar reconociendo lo que había hecho. Él había traicionado a nuestro Señor. Al mismo tiempo, esa mirada, de algún modo, le permitía respirar esperanza porque si esa traición había sido profetizada (Mat 26:34; Mcs 14:30; Lcs 22:61), entonces todo lo que allí ocurría continuaba bajo el control de nuestro Señor.

Pedro había experimentado la intensidad de esa misma mirada al principio de su relación con el Señor. La Biblia dice que cuando Andrés encontró a Jesús, no sólo le habló a su hermano Simón acerca de que había encontrado al Mesías, sino que lo trajo a Él. El texto bíblico dice que Jesús lo miró y lo llamó por su nombre.

“40 Andrés, hermano de Simón Pedro, era uno de los dos que habían oído a Juan, y habían seguido a Jesús. 41 Este halló primero a su hermano Simón, y le dijo: Hemos hallado al Mesías (que traducido es, el Cristo). 42 Y le trajo a Jesús. Y mirándole Jesús, dijo: Tú eres Simón, hijo de Jonás; tú serás llamado Cefas (que quiere decir, Pedro).” (Jn 1:40-42)

Ese es también el caso del joven rico que describe el Evangelio de Marcos. Esa narrativa dice que Jesús mirándole, le amó (Mcs 10:21). Las miradas que son provocadas por el cielo son así: están cargadas de esperanza y del amor celestial que redime y que transforma.

La Biblia nos invita a estudiar parábolas de Jesús en los que se hace énfasis en esta clase de empatía. Un ejemplo de esto lo encontramos en la parábola del buen samaritano.

“30 Respondiendo Jesús, dijo: Un hombre descendía de Jerusalén a Jericó, y cayó en manos de ladrones, los cuales le despojaron; e hiriéndole, se fueron, dejándole medio muerto. 31 Aconteció que descendió un sacerdote por aquel camino, y viéndole, pasó de largo. 32 Asimismo un levita, llegando cerca de aquel lugar, y viéndole, pasó de largo. 33 Pero un samaritano, que iba de camino, vino cerca de él, y viéndole, fue movido a misericordia; 34 y acercándose, vendó sus heridas, echándoles aceite y vino; y poniéndole en su cabalgadura, lo llevó al mesón, y cuidó de él. 35 Otro día al partir, sacó dos denarios, y los dio al mesonero, y le dijo: Cuídamele; y todo lo que gastes de más, yo te lo pagaré cuando regrese.”  (Lcs 10:30-35)

En otras palabras, el mensaje del Evangelio Jesucristo nos conmina a hacer esto.

La Biblia dice que esa clase de empatía fue imitada por los discípulos de Jesús. Tenemos un ejemplo de esto en el Libro de los Hechos, cuando Pedro y Juan se toparon con un hombre que era cojo de nacimiento.

“3 Este, cuando vio a Pedro y a Juan que iban a entrar en el templo, les rogaba que le diesen limosna. 4 Pedro, con Juan, fijando en él los ojos, le dijo: Míranos. 5 Entonces él les estuvo atento, esperando recibir de ellos algo. 6 Mas Pedro dijo: No tengo plata ni oro, pero lo que tengo te doy; en el nombre de Jesucristo de Nazaret, levántate y anda. 7 Y tomándole por la mano derecha le levantó; y al momento se le afirmaron los pies y tobillos; 8 y saltando, se puso en pie y anduvo; y entró con ellos en el templo, andando, y saltando, y alabando a Dios. 9 Y todo el pueblo le vio andar y alabar a Dios.” (Hch 3:3-9)

La invitación bíblica es a fijar nuestros ojos en aquellos que tienen necesidad y a hacerlo de tal forma que estos experimenten que los ojos de Dios están sobre ellos a través de nosotros.

Un dato maravilloso que se desprende de este análisis es que José estaba siendo retado por Dios a poner en acción una clase de empatía neotestamentaria y a hacerlo a pesar de estar preso.

Regresando a la narrativa bíblica acerca del encuentro del copero y el panadero del Faraón con José, ese pasaje dice que ellos encontraron allí a alguien que estaba dispuesto a escucharlos. La pregunta que José les hizo no se podía contestar con un sí o un no: “¿Por qué parecen hoy mal vuestros semblantes?” (Gén 407b). La Biblia dice que luego de formular esa pregunta, él procedió a adelantar la primacía de la soberanía de Dios. Este joven adulto los estaba invitando a hablar, a verbalizar las razones de sus preocupaciones y de sus tristezas, bajo el amparo de hacerlos conscientes que todo lo que ocurría allí dependía de la intervención divina.

La Biblia dice que ambos le contaron sus sueños a José. Ese pasaje revela que las noches de estos dos (2) oficiales de Faraón se habían convertido en una puerta para las revelaciones de Dios. Esta es una verdad gloriosa. Dios es capaz de convertir nuestras noches más oscuras en oportunidades para revelar su gloria y su voluntad.

Algunas liturgias católicas ven detrás de esto una clave anagógica, en medio de la oscuridad de la noche. A continuación, una definición del concepto anagogía:

“La palabra "anagogía" proviene del griego ἀναγωγία (anagogia), compuesta por ἀνά (aná), que significa "arriba", "hacia arriba", y ἀγωγία (agogia), que significa "guía" o "conducción". Por lo tanto, etimológicamente, anagogía se refiere a una "conducción hacia arriba", una elevación espiritual. Si bien el diccionario la define brevemente como el sentido místico de la Sagrada Escritura y la elevación del alma en la contemplación divina, su significado es mucho más profundo y rico en matices. La anagogía representa el nivel más alto de interpretación alegórica, trascendiendo lo literal y lo moral para alcanzar una comprensión espiritual que conecta con la realidad eterna y la bienaventuranza celestial.”[2]

La anagogía es entonces ese espacio de elevación espiritual para la revelación y la contemplación de las cosas divinas. Es también el sentimiento en el que el alma se engrandece contemplando la grandeza de Dios y sus obras. La anagogía explica que la revelación, usualmente de las Sagradas Escrituras, pasa del sentido literal a un sentido espiritual, frecuentemente con el fin de dar una noción y una perspectiva de la bienaventuranza eterna, de la dirección que Dios nos quiere ofrecer.

El copero y el panadero habían experimentado cómo Dios había transformado la noche en una prisión en un escenario para darles unas revelaciones que los conminaban a prepararse para enfrentar su futuro inmediato. Ambos oficiales de la corte tenían tres (3) días para hacerlo. Uno de ellos tenía que prepararse para servir y no volver a perder la oportunidad de hacerlo bien. El otro tenía que prepararse para mudarse a la eternidad, de poner en orden su vida para el encuentro con el Creador.

La narrativa bíblica dice que el copero soñó con tres (3) sarmientos de una vid, con el fruto de esta y con la copa que él le servía a Faraón.

“9 Entonces el jefe de los coperos le contó su sueño. Le dijo: —En mi sueño vi una vid. 10 La vid tenía tres ramas. Vi como a las ramas les crecían flores y después se convertían en uvas. 11 Yo tenía la copa del faraón en mis manos, tomé las uvas y exprimí su jugo en la copa. Después le entregué la copa al faraón. 12 Luego José le dijo: —Esta es la interpretación del sueño: Las tres ramas son tres días. 13 En tres días el faraón te va a perdonar[a]. Te va a devolver tu empleo y tú le servirás el vino al rey tal como hacías antes, cuando eras su jefe de coperos.” (Gen 40:9-13, PDT)

No queremos convertir esta reflexión en una presentación de axiomas para la interpretación de sueños. No obstante, algunos de los exégetas bíblicos que han estudiado estos textos destacan que la vid era considerada en el Medio Oriente como símbolo de vida y el número tres (3) como un símbolo de resurrección. A continuación, algunos ejemplos bíblicos acerca de esto.

“2 Nos dará vida después de dos días; en el tercer día nos resucitará, y viviremos delante de él.”  (Ose 6:2, RV 1960)

“6 No está aquí, sino que ha resucitado. Acordaos de lo que os habló, cuando aún estaba en Galilea, 7 diciendo: Es necesario que el Hijo del Hombre sea entregado en manos de hombres pecadores, y que sea crucificado, y resucite al tercer día.” (Lcs 24:6-7)

“39 Y nosotros somos testigos de todas las cosas que Jesús hizo en la tierra de Judea y en Jerusalén; a quien mataron colgándole en un madero. 40 A éste levantó Dios al tercer día, e hizo que se manifestase;”  (Hch 10:39-40)

Esa narrativa continúa diciendo que el panadero soñó con tres (3) canastillos que estaban sobre su cabeza, pero las aves comían del canastillo de arriba. Esto último anunciaba que tenía tres (3) días para prepararse para su mudanza a la eternidad.

“16 Cuando el jefe de los panaderos vio que la interpretación resultó buena, le dijo a José: —Yo también tuve un sueño: Tenía tres canastos de pan blanco sobre mi cabeza. 17 En el canasto superior había comida horneada de todo tipo para el faraón, pero los pájaros se la estaban comiendo. 18 José le respondió:—Esta es la interpretación de tu sueño: Los tres canastos son tres días. 19 En tres días el faraón te va a cortar la cabeza. Va a colgar tu cuerpo de un árbol y los pájaros se van a comer tu carne.”  (Gén 40:16-19, PDT)

Las aves comiendo sobre la cabeza del jefe de los panaderos anunciaba la sentencia de muerte. Biblia nos ofrece algunos relatos en los que podemos observar la relación entre los cuerpos muertos y las aves.
 
“11 Y descendían aves de rapiña sobre los cuerpos muertos, y Abram las ahuyentaba.” (Gén 15:11, RV 1960)

Ambas interpretaciones emanaron de la misericordia de Dios. Tener el privilegio y la oportunidad de conocer de antemano lo que nos depara el futuro es una bendición que no muchas personas tienen. Saber que Dios nos alerta para que nos preparemos para la vida o para ir a su encuentro no es algo que puede ser tomado de manera superficial.

Insistimos que es muy interesante que ese relato bíblico esté predicado sobre la base de la modestia de José.

“—La interpretación de los sueños es asunto de Dios—respondió José—. Vamos, cuéntenme lo que soñaron.” (Gén 40:8b, NTV)

Esa expresión revela que el chico arrogante y presumido que había salido de la casa de Jacob había desaparecido. Once (11) años sirviendo como esclavo y como prisionero en Egipto habían producido unos niveles de transformación que eran necesarios para que él pudiera ser capaz de manejar lo que venía de camino. Esto incluía la muerte de su orgullo y de su arrogancia. Esta humildad le capacitó para poder convertirse en profeta, en boca de Dios (Jer 15:19) y en instrumento capacitado por Dios para poder decir “así ha dicho el Señor.” Es por eso que Dios le concedió esa oportunidad. La arrogancia y el orgullo son ingredientes tóxicos para cualquier ministerio. La humildad de José le dio la capacidad para interpretar y comunicar cuál sería el futuro que enfrentarían ambos oficiales de la corte.

No olvidemos que un profeta del Señor no comunica lo que la gente quiere escuchar. Un profeta verdadero y genuino sólo puede comunicar aquello que Dios le ha revelado por su gracia. Esa es también la razón por la que la palabra que Dios le dio a José pudo ser tan precisa. Esa palabra no provenía de José; provino de Dios.

Dios había convertido al undécimo hijo de Jacob en un profeta. Recordemos lo que siglos más tarde dijo el profeta Amós:

“Así mismo el Señor Dios nunca hace algo sin antes anunciarlo a sus siervos los profetas.” 
 (Amós 3:7, PDT)

Por último, la Biblia dice que José llegó a este escenario convencido de que el tiempo para salir de la cárcel debía estar cerca. A continuación, sus expresiones ante el mayordomo del Faraón.

“14 Oye, cuando estés libre, acuérdate de mí, hazme ese favor. Cuéntale al faraón sobre mí para que así yo pueda salir de esta prisión. 15 A mí me sacaron a la fuerza de la tierra de los hebreos, y no hice nada para merecer estar en este hueco.”
(Gén 40:14-15, PDT)

Esto ocurriría dos (2) años más tarde (Gén 41:1).

José tenía que aprovechar muy bien esa temporada. Él no sabía cuánto tiempo más estaría en esa prisión, pero algo en su corazón le decía que el mayordomo de Faraón sería instrumental en ese proceso.

Esos dos (2) años le brindarían la oportunidad de prepararse para ser capaz de realizar algo que Jonathan Sacks resume de la siguiente manera:

“De repente, todo cambia, total y definitivamente. A José le han pedido que interprete los sueños del faraón. Pero hace mucho más que eso. Primero, interpreta los sueños. Segundo, los relaciona con la realidad. No eran simples sueños. Trataban sobre la economía egipcia durante los próximos catorce años. Y están a punto de hacerse realidad. Tras hacer esta predicción, diagnostica el problema. El pueblo morirá de hambre durante los siete años de hambruna. A continuación, con una genialidad asombrosa, resuelve el problema. Almacenar una quinta parte de la cosecha durante los años de abundancia permitirá evitar la hambruna durante los años de escasez.”[3]  (traducción libre)

El análisis de lo que ocurre en el capítulo cuarenta y uno (41) de Génesis será el objeto de nuestra próxima reflexión.


 
[1] Gesenius, W., & Tregelles, S. P. (2003). En Gesenius’ Hebrew and Chaldee lexicon to the Old Testament Scriptures  (pp. 250–251). Logos Bible Software.
[2] https://www.bibliatodo.com/Diccionario-biblico/anagogia
[3] Sacks, Jonathan. I Believe (p. 79). The Toby Press. Kindle Edition.













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