1073 • El Heraldo Digital – Institucional • Volumen XVII • 6 de septiembre del 2026

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Familias dirigidas por el Espíritu Santo: el análisis de la familia de Jacob - Parte XXIV

Los sueños del Faraón
 
“Dos años más tarde, el faraón soñó que estaba de pie al lado del río Nilo. 2 Del río salieron siete vacas hermosas y gordas que se pararon a comer pasto. 3 Después salieron del río otras siete vacas, feas y flacas, que se pararon al lado de las otras vacas en la orilla del Nilo. 4 Entonces las vacas feas y flacas se comieron a las vacas hermosas y sanas. Luego el faraón se despertó. 5 Después el faraón se volvió a quedar dormido y tuvo un segundo sueño: había siete espigas de trigo, gordas y buenas, creciendo en un mismo tallo. 6 Después crecieron siete espigas más, flacas y quemadas por los vientos del oriente. 7 Luego las espigas flacas se tragaron a las espigas gordas y llenas. Entonces, el rey se volvió a despertar y se dio cuenta de que todo había sido un sueño.” (Gén 41:1-7, PDT)

La reflexión anterior nos permitió establecer una ruta para el análisis del capítulo 41 del Libro de Génesis. Compartimos allí que la saga de José llegó a un punto de inflexión crucial en esa narrativa bíblica. El texto bíblico dice que esto ocurrió luego de que José tuviera que esperar dos (2) años en la cárcel a la que había sido enviado. Juan Calvino dijo lo siguiente acerca de ese tiempo de espera:

“El Señor puso a prueba a su siervo no solo con una larga espera, sino también con otra clase de tentación, pues le arrebató toda esperanza humana.”[1] (traducción libre)

La Biblia dice que José fue convocado al palacio del Faraón para que interpretara los sueños que el monarca había tenido. El texto bíblico dice que esta decisión fue tomada luego de ocurrieran dos (2) cosas. La primera, que ninguno de los magos y de los sabios de la corte del rey fueran capaces de interpretar el significado de esos sueños (Gén 41: 8). La segunda, la intervención del jefe de los coperos del Faraón.

“9 Finalmente habló el jefe de los coperos del rey: «Hoy he recordado mi falla—le dijo al faraón—. 10 Hace un tiempo, usted se enojó con el jefe de los panaderos y conmigo, y nos encarceló en el palacio del capitán de la guardia. 11 Una noche, el jefe de los panaderos y yo tuvimos cada uno un sueño, y cada sueño tenía su propio significado. 12 Con nosotros, en la cárcel, había un joven hebreo, que era esclavo del capitán de la guardia. Nosotros le contamos nuestros sueños, y él nos explicó el significado de cada sueño. 13 Y todo sucedió tal como él lo había predicho. Yo fui restituido a mi puesto de copero, y el jefe de los panaderos fue ejecutado y atravesado con un poste».” (vv.9-13, NTV)

Es después de esto que Faraón mandó a llamar a José.

Es muy interesante el hecho de que la Biblia se ocupe de describir las acciones de José antes de que este fuera ante la presencia del rey de Egipto. Para muchos lectores, estos datos pueden parecer irrelevantes o de poca importancia. Veamos lo que dice el verso catorce de ese capítulo:

“14 Entonces el faraón mandó a llamar a José y rápidamente lo sacaron del hueco. José se afeitó, se cambió la ropa y se presentó ante el rey.
(v.14, PDT)

Ese verso describe varias cosas. La primera de estas es que los oficiales del rey se movieron con celeridad. Ellos sacaron a José del “hueco” (“bôr” (H953) rápidamente. Este concepto, “bôr”, es utilizado en más de setenta (70) ocasiones en el Antiguo Testamento. En varias de estas es traducido como cárcel. Sin embargo, en muchas ocasiones es utilizado para describir pozos, huecos, espacios cerrados en donde en muchas ocasiones eran echados los prisioneros y/o aquellos a quienes se quería castigar o aislar.

Una de las ocasiones en las que el salmista lo utiliza se ha convertido en parte de las expresiones bíblicas favoritas de los creyentes.

“2 Y me hizo sacar del pozo de la desesperación, del lodo cenagoso; Puso mis pies sobre peña, y enderezó mis pasos.” (Sal 40:2, RV 1960)

O sea, que la desesperación puede ser experimentada como si fuera una cárcel. En otras palabras, que la Biblia dice que la cárcel en la que José estaba podía ser vista como un pozo físico y emocional.

Es interesante que la Biblia enfatice que José se cambió de ropa antes de ir a ver al Faraón. Es lógico pensar que la primera reacción de cualquier lector gire alrededor de que José no quería presentarse ante el monarca vestido con harapos. No obstante, tenemos que admitir que el Faraón sabía que la persona que había convocado era el esclavo del jefe de su guardia y que además, se trataba de un reo que llevaba mucho tiempo en esa cárcel.

Es importante señalar que la Biblia presenta varias historias en las que los cambios de ropa forman parte de procesos de transformación. Estos procesos trascienden la acción física del cambio de vestimenta para convertirse en metáforas que comunican las transformaciones que Dios quiere que nosotros experimentemos.

Por ejemplo, vemos uno relacionado con Jacob. De hecho, José, siendo un niño, formó parte de del grupo familiar que vivió esta experiencia.

“1 Dijo Dios a Jacob: Levántate y sube a Bet-el, y quédate allí; y haz allí un altar al Dios que te apareció cuando huías de tu hermano Esaú. 2 Entonces Jacob dijo a su familia y a todos los que con él estaban: Quitad los dioses ajenos que hay entre vosotros, y limpiaos, y mudad vuestros vestidos. 3 Y levantémonos, y subamos a Bet-el; y haré allí altar al Dios que me respondió en el día de mi angustia, y ha estado conmigo en el camino que he andado. 4 Así dieron a Jacob todos los dioses ajenos que había en poder de ellos, y los zarcillos que estaban en sus orejas; y Jacob los escondió debajo de una encina que estaba junto a Siquem. 5 Y salieron, y el terror de Dios estuvo sobre las ciudades que había en sus alrededores, y no persiguieron a los hijos de Jacob. 6 Y llegó Jacob a Luz, que está en tierra de Canaán (esta es Bet-el), él y todo el pueblo que con él estaba. 7 Y edificó allí un altar, y llamó al lugar El-bet-el, porque allí le había aparecido Dios, cuando huía de su hermano.” (Gén 35:1-7)

Ese pasaje bíblico afirma que no podemos llegar ante la presencia del Señor vestidos con los mismos ropajes con los que hemos servido a dioses extraños (“nêkâr”, H5236). No se puede desarrollar la tarea de levantarle altar de adoración al Señor vestidos con los mismos ropajes que hemos utilizado para servir a otros dioses. Hay muchos ropajes que nos debemos quitar para poder hacer esto a la altura que el cielo requiere. Tenemos que deshacernos del ropaje de la complacencia con la que nos hemos vestido para servir a esos dioses. Así mismo, desvestirnos del ropaje de la infidelidad a Dios. Tenemos que desvestirnos de todo aquello que nos puede identificar con cualquier otra cosa que no sea la de ser hijos de Dios. Leamos cómo recoge la versión Dios Habla Hoy los primeros dos (2) versos del capítulo antes citado:

“Dios le dijo a Jacob: «Levántate y vete a vivir a Betel. En ese lugar harás un altar al Dios que se te apareció cuando huías de tu hermano Esaú.» 2 Entonces Jacob dijo a su familia y a todos los que lo acompañaban: —Saquen todos los dioses extraños que hay entre ustedes, báñense y cámbiense de ropa. 3 Vámonos pronto a Betel, pues allá voy a construir un altar en honor del Dios que me ayudó cuando yo estaba afligido, y que me ha acompañado por dondequiera que he andado.” (DHH)

Otro pasaje emblemático de ese proceso lo encontramos en Segunda de Samuel, luego de que David recibiera la noticia de que había muerto el primer hijo que tuvo con Betsabé.

“19 Mas David, viendo a sus siervos hablar entre sí, entendió que el niño había muerto; por lo que dijo David a sus siervos: ¿Ha muerto el niño? Y ellos respondieron: Ha muerto. 20 Entonces David se levantó de la tierra, y se lavó y se ungió, y cambió sus ropas, y entró a la casa de Jehová, y adoró. Después vino a su casa, y pidió, y le pusieron pan, y comió. 21 Y le dijeron sus siervos: ¿Qué es esto que has hecho? Por el niño, viviendo aún, ayunabas y llorabas; y muerto él, te levantaste y comiste pan. 22 Y él respondió: Viviendo aún el niño, yo ayunaba y lloraba, diciendo: ¿Quién sabe si Dios tendrá compasión de mí, y vivirá el niño? 23 Mas ahora que ha muerto, ¿para qué he de ayunar? ¿Podré yo hacerle volver? Yo voy a él, mas él no volverá a mí.” (2 Sam 12:19-23, RV 1960)

Ese pasaje bíblico describe que la fe de David lo condujo a aceptar el dictamen de la soberanía de Dios. Él había experimentado cómo lo había postrado el dolor producido por la enfermedad que sufría su hijo. Es entonces, ante la muerte del niño, que él decidió que el dolor no lo mantendría postrado. Es aquí que decidió que lo único que lo podía postrar era adorar a Dios. Estos datos nos conducen a afirmar que el verso veinte (20) de esa narrativa bíblica se presenta como una escuela para el manejo de situaciones como estas. Este dice que David, de inmediato:

 -           se levantó del suelo,                
 -           se lavó,
 -           se puso lociones (en hebreo dice que se ungió a sí mismo.)
 -           y se cambió de ropa.                
 -           luego fue al tabernáculo a adorar al Señor
 -           y después volvió al palacio donde le sirvieron comida y comió.

En este pasaje bíblico la acción de cambiarse de ropa es sinónimo de quitarse el ropaje del dolor, de la angustia y de la desesperanza. El mensaje que este comunica es que el luto y el duelo estarán presentes, pero no debemos permitir que estos nos postren.

¿Por qué David escoge hacer esto? Una de las respuestas bíblicas más poderosas la encontramos en el Salmo 32, salmo que él escribió luego de atravesar por su pecado, su arrepentimiento y por esta experiencia tan dolorosa.

“Tú eres mi refugio; tú me protegerás del peligro y me rodearás con cánticos de liberación. Selah”  (Sal 32:7, NVI)

Ese salmo establece que la alabanza con la que Dios nos rodea puede entonces servir tres (3) propósitos extraordinarios. El primero, alabar a Dios mientras reconocemos su soberanía y su favor. El segundo, desarrollar un manto de protección para el alma, para el espíritu y para nuestra mente. El tercero, la alabanza sirve como una herramienta de liberación (“pallêṭ”, H6405).

El último pasaje que queremos considerar acerca del cambio de ropa es el de la parábola del hijo pródigo.

“22 Pero el padre les dijo a sus siervos: “¡Apresúrense! Vístanlo con la mejor ropa. También pónganle un anillo y sandalias. 23 Maten el mejor ternero y prepárenlo. ¡Celebremos y comamos! 24 Mi hijo estaba muerto y ha vuelto a vivir; estaba perdido y ha sido encontrado”. Y empezaron la fiesta.”  (Lcs 15:22-24, PDT)

La Biblia dice en ese pasaje que cuando el hijo que se había marchado regresó al hogar, el padre ordenó que se le vistiera como un hijo de la casa. En otras palabras, que fuera desvestido de las ropas que le habían servido para atender a los cerdos en las tierras lejanas a las que él se había marchado. Ese nuevo vestido serviría para recordarle a él que no había perdido su identidad. Él continuaba siendo un hijo del padre.

Estamos convencidos de que la acción de cambiarse de ropa (“vay-yachalēf sim’lōtāw”, Gén 41:14) que efectúa José refleja lo que había sucedido con él durante el tiempo que estuvo en la prisión. Las transformaciones que este joven adulto había experimentado le sirvieron para convencerse de algunas cosas muy importantes. Una de estas era que su identidad no dependía del sitio en el que había estado por tantos años. La prisión no le podía quitar su identidad; la que Dios le había dado. Aquellos que lo observaban podían ver a un esclavo que estaba preso: sus ropajes le asignaban esa identidad. En cambio, José testificaba lo contrario al cambiarse de ropa.

Repetimos: la ropa que José soltó podía haber sido vista como el reflejo de su situación y de su destino. Sin embargo, esa no era la realidad que él había permitido que se plasmara y se atesorara en su corazón. El cambio de ropa de José testificaba que dentro de esos harapos utilizados en la prisión había un hijo de la promesa. La prisión no había sido capaz de destruir la conciencia de alguien que sabía que era hebreo (Gén 40:14-15), parte del pueblo de Dios. La prisión y sus ropajes no habían podido cancelar una verdad lapidaria: José era un hijo de la promesa del Dios de Abraham, de Isaac y de Jacob.

Otro aspecto que hay que considerar aquí es que ese cambio de ropa podría ser considerado como un testimonio de que José sabía que no regresaría a esa prisión. ¿Para qué cambiarse de ropa si él consideraba que regresaría a la cárcel luego de ver al Faraón?

La otra acción que debemos considerar es la de afeitarse (“vay-galach”, v.14). Cuando estudiamos las tradiciones del pueblo judío encontramos que afeitarse no era necesariamente algo bien visto. De hecho, hay pasajes bíblicos que presentan esa acción como una señal de juicio (Isa 7:20) o como una señal de afrenta (2 Sam 10:1-5).

Sin embargo, el caso de José es distinto. Esa acción, además de procurar llegar ante el Faraón de una manera digna y respetable, reflejaba el conocimiento que él tenía de la cultura egipcia. El Egipto de la antigüedad no era partidario del uso de barbas.

“El afeitado era una norma innegociable en las cortes faraónicas. Las pinturas de tumbas del Imperio Antiguo y Medio (por ejemplo, la Mastaba de Ti, Saqqara) muestran a cortesanos con rostros afeitados y cabezas rapadas, mientras que los sirvientes y extranjeros aparecen con barba.
 
Heródoto registra: «Los egipcios… se afeitan la cabeza y la cara todos los días» (Historias II.36). Diodoro Sículo menciona expectativas similares (Biblioteca I.80).
 
El Papiro Anastasi IV (6:4-7) instruye a los escribas convocados a la corte a bañarse, afeitarse y vestirse con ropa limpia para no «ofender a Su Majestad».”
[2]

“Faraón mandó traer a José apresuradamente. Antes de presentarse delante del rey, José se afeitó y cambió de vestidos. Los egipcios tenían la costumbre de rasurarse bien. De modo que José hizo bien en tomar esa precaución, aunque tuvo que hacerlo de prisa.”[3]

En otras palabras, que José acudió al palacio preparado para la puesta en acción del plan de Dios.

Esta es una afirmación que puede ser ampliada hasta la saciedad. Los creyentes en Cristo no podemos cometer la torpeza de echar a perder las bendiciones que Dios nos concede. Esto ocurre en muchas ocasiones debido a la ignorancia de las culturas, las costumbres y los ambientes en los que hemos sido llamados a servir como instrumentos de Dios. Es de todos conocido que esto le sucedió a los europeos y a los anglosajones que vinieron a evangelizar este hemisferio, así como los que fueron a las regiones asiáticas. La imposición de sus culturas puso en riesgo la conversión de muchos pueblos. Recordemos que el proceso de evangelizar no es una licencia para imponer nuestras costumbres. Lo mismo les ocurrió a muchos misioneros puertorriqueños. La actitud instintiva de querer “puertorriqueñizar” a los pueblos mientras evangelizábamos puso en riesgo muchas labores misioneras. ¡Glorias sean dadas a Dios por aquellos hombres y mujeres llenos de la sabiduría del Señor que se percataron de esto y comenzaron a introducir acciones correctivas! Después de todo, el consejo bíblico para manejar estas situaciones siempre ha estado ahí:

“19 Aunque soy libre y no pertenezco a ningún ser humano, me he hecho esclavo de todos para poder ayudar a salvar al mayor número posible de gente. 20 Entre judíos, me he comportado como judío para ayudar a salvarlos. Entre los que viven bajo la ley, me comporté como uno de sus seguidores, para ayudar a salvarlos, aunque en realidad yo no vivo bajo la ley. 21 Cuando estuve con los que no conocen la ley, me he comportado como uno de ellos. Lo hice para ayudar a salvarlos también a ellos, aunque en realidad yo nunca dejo de estar bajo la ley de Dios, de hecho estoy bajo la ley de Cristo. 22 Cuando he estado entre los que tienen dudas, me he comportado como uno de ellos, para poder ayudar a salvarlos. Es decir, me he hecho todo para todos para que, de todos modos, pueda ayudar a salvar a algunos. 23 Hago todo esto por la buena noticia de salvación, para participar de sus bendiciones.” (1 Cor 9:19-23, PDT)

Repetimos: José se afeitó porque conocía la cultura egipcia y no quería que la omisión de este detalle pudiera servir como obstáculo para lo que Dios habría de hacer.

Ahora bien, es muy interesante el hecho de que el Señor le hablara a un monarca pagano, que no conocía al Dios de Abraham, de Isaac y de Jacob. Esta es sin duda una manifestación tangible de la misericordia del Señor. Él se revela a todo el mundo; sin excepciones. Lo que decidimos hacer con las manifestaciones de esa bondad es un asunto de nuestra entera responsabilidad.

Este dato se reviste de importancia cuando consideramos que los faraones de Egipto se consideraban a sí mismos como divinidades que el pueblo tenía que adorar además de servirles. Siendo esto así, entonces esos sueños fueron recibidos por “un dios” que no era capaz de entender lo que había soñado. Es aquí que la misericordia de Dios se acrecienta. José, el instrumento al servicio de Dios para esa ocasión decidió hacerle saber a esa “divinidad” que hay un solo Dios: “el soberano de los reyes de la tierra.” (Apo 1:5d, RV 1960)  
 
He aquí la respuesta de José:

“16 —Eso no depende de mí —contestó José—; pero Dios le dará a Su Majestad una contestación para su bien.” (Gén 41:16, DHH)

Repetimos que el Faraón fue confrontado con la misericordia de Dios. Fue el amor misericordioso de Dios el que facilitó que ese monarca pudiera recibir esas revelaciones. No sólo esto, sino que Dios decidió utilizar un instrumento de comunicación conocido y validado por los egipcios para hacer esto: los sueños. Repetimos algo que hemos compartido de las publicaciones del Dr. Walter Brueggemann. Él señala que los sueños eran prominentes en la literatura de esa época y que la interpretación de estos era crucial en el mundo antiguo.[4] En otras palabras, que Dios escogió hablarle a través de los sueños al Faraón porque esto le parecería familiar, al mismo tiempo que reduciría sus defensas emocionales.

La tesis esbozada por José cuando interpretó los sueños del Faraón afirma la existencia de un solo Dios. El texto hebreo señala que José repitió esto en cuatro (4) ocasiones:

“25 Entonces José le dijo al rey:—Estos dos sueños son sobre lo mismo. Dios está tratando de decirle lo que él va a hacer pronto….. 28 Dios le está mostrando lo que él va a hacer pronto. 32» Y el significado de haber tenido dos sueños repetidos es este: Dios ya decidió que va a hacer esto y todo va a comenzar a suceder muy pronto.”  (Gén 41:25, 28, 32, PDT)

  v. 25 “’ă-šer       hā-’ĕ-lō-hîm      ‘ō-śeh                   hig-gîḏ                           lə-p̄ar-‘ōh”[5]
           (lo que      Dios                   está por hacer     Él se lo ha declarado    al Faraón)

  v. 28 “’ă-šer       hā-’ĕ-lō-hîm      ‘ō-śeh                   her-’āh                          ’eṯ-         par-‘ōh”[6]
            (lo que     Dios                    está por hacer    Él se lo ha mostrado    al           Faraón)
 
  v. 32 “-           nā-ḵō-wn             had-dā-ḇār       mê-‘im    hā-’ĕ-lō-hîm      ū-mə-ma-hêr            (es porque      es establecido    esto                   por           Dios                  y se está apresurando)
  
    hā-’ĕ-lō-hîm     la-‘ă-śō-ṯōw”[7]
    (Dios                 a hacerlo)

Observemos que José no dijo que un dios estaba revelando esto. José afirmó que Dios, “hā-’ĕ-lō-hîm” (H430),[8] era el que había dado esas revelaciones.
 
Es importante destacar que este es el primer nombre de Dios que aparece en la Biblia.

“1 En el principio creó Dios los cielos y la tierra.” (Gén 1:1, RV 1960)

Esta es una de las razones por la que los judíos ven y utilizan este nombre para referirse al Dios Creador y Juez de todo el universo.[9]
 
Además, esas expresiones de José le comunicaron al Faraón que él no era Dios. El verdadero Dios, el que controla la meteorología, las sequías, las lluvias, el sol, la luna y toda la creación, estaba revelando lo que iba a hacer pronto. Esos versos describen a Dios haciendo, declarando, mostrando, estableciendo y apresurándose para hacer lo que Él ya había determinado.

Esas aseveraciones proveen el espacio para concluir que Dios había decidido utilizar una sequía para estremecer el gobierno de ese rey. Sí, Dios estaba hablándole a Faraón y le avisaba a través de esos sueños que utilizaría una sequía y una hambruna para hacerle saber que sólo hay un Dios creador del cielo y de la tierra y que sólo Él es digno de ser adorado.

La contextualización de estas aseveraciones produce resultados impactantes. Basta considerar que el Señor ha utilizado las sequías para hablarle a los Faraones de todos los tiempos. La Biblia dice que lo hizo con el rey Acab, cuando utilizó al profeta Elías para cerrar los cielos (1 Rey 17:1). Dios utiliza las sequías para comunicar a los gobernantes de la tierra que ellos son pasajeros y que solo Él es eterno; que tienen que buscar Su rostro. La sensibilidad que puedan querer tener estos a la Palabra de Dios es el factor determinante en los resultados del manejo de esas crisis, así como los resultados que tienen que experimentar los pueblos que ellos gobiernan.

Sabemos que la respuesta del monarca egipcio fue lapidaria y ejemplarizante. Tomemos en consideración que Faraón pudo haberle dicho a José que iba a invocar a Hapi, el dios del Nilo, para que este resolviera ese dilema. El monarca de Egipto pudo haberle dicho a José que iba a invocar a Amón/Ra, el dios del sol, el dios creador, o a Osiris, el dios de la vida, a Isis, la diosa de la maternidad, a Seth, el dios de la tormenta y el caos, o a Horus, el dios de la guerra. Él pudo haberle dicho a José que iba a invocar a Anoukis, la diosa de la vida y la protectora de las cataratas del Nilo. Él no hizo eso.

En cambio, la Biblia dice que esto fue lo que Faraón le dijo a José:

“38 Luego el faraón les dijo a sus ministros: —¿Podríamos encontrar a otro hombre como este, que tenga el espíritu de Dios en él? 39 Entonces el faraón le dijo a José: —Como Dios te ha mostrado todo esto a ti, no existe nadie más sabio e inteligente que tú.” (Gén 41:38-39, PDT)

¡Qué buena noticia que el Faraón de turno decidió inclinar su cabeza y permitir que un esclavo hebreo se convirtiera en el “tecnócrata” escogido por Dios para mostrar las misericordias y el favor del Señor! Sabemos que José nunca aspiraría a ser rey de Egipto. Ese no era su lugar. La Biblia dice que José se convirtió en el técnico o experto que gobierna de acuerdo con un principio de eficacia por encima de factores sociales, políticos o ideológicos.[10] José fue el profesional especializado en algunas materias económicas o administrativas que, en el desempeño de un cargo público, aplica medidas eficaces que persiguen el bienestar social al margen de consideraciones ideológicas. Estas son las definiciones de un tecnócrata.[11]

Concluimos esta reflexión repitiendo que Dios decidió revolucionar el sistema de gobierno egipcio a través de estas revelaciones dadas al Faraón. No olvidemos el planteamiento que realiza el Dr. Brueggemann del carácter subversivo que tenía ante el reino egipcio el colocar a un hebreo como segundo en ese reino.

“El monopolio que José posee de la interpretación de sueños y la capacidad para discernir el futuro irresistible es subversivo al imperio.”[12] (traducción libre)


   
[1] Calvin, J., & King, J. (2010). Commentary on the First Book of Moses Called Genesis (Vol. 2, p. 318). Logos Bible Software.
[2] https://biblehub.com/q/Cultural_meaning_of_shaving_in_Gen_41_14.htm
[3] Collins, A. (1992). Estudios Bı́blicos ELA: Ası́ comenzó todo (Génesis) (pp. 106–107). Ediciones Las Américas, A. C.
[4] Brueggemann, Walter. Genesis: Interpretation: A Bible Commentary for Teaching and Preaching, p. 321.
[5] https://biblehub.com/text/genesis/41-25.htm
[6] https://biblehub.com/text/genesis/41-28.htm
[7] https://biblehub.com/text/genesis/41-32.htm
[8] El plural de El; construido sobre la base del nombre Eloah.
[9] https://hebrew4christians.com/Names_of_G-d/Elohim/elohim.html#loaded
[10] https://es.thefreedictionary.com/tecnócrata
[11] https://dle.rae.es/tecnócrata?m=form
[12] Brueggemann, Walter., Op. cit., p. 323.







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