1079 • El Heraldo Digital – Institucional • Volumen XVII • 18 de octubre del 2026

1079 • El Heraldo Digital – Institucional • Volumen XVII • 18 de octubre del 2026
Entrando a un nuevo tiempo: reflexiones de aniversario


“23 Vosotros también, hijos de Sion, alegraos y gozaos en Jehová vuestro Dios; porque os ha dado la primera lluvia a su tiempo, y hará descender sobre vosotros lluvia temprana y tardía como al principio. 24 Las eras se llenarán de trigo, y los lagares rebosarán de vino y aceite. 25 Y os restituiré los años que comió la oruga, el saltón, el revoltón y la langosta, mi gran ejército que envié contra vosotros. 26 Comeréis hasta saciaros, y alabaréis el nombre de Jehová vuestro Dios, el cual hizo maravillas con vosotros; y nunca jamás será mi pueblo avergonzado. 27 Y conoceréis que en medio de Israel estoy yo, y que yo soy Jehová vuestro Dios, y no hay otro; y mi pueblo nunca jamás será avergonzado. 28 Y después de esto derramaré mi Espíritu sobre toda carne, y profetizarán vuestros hijos y vuestras hijas; vuestros ancianos soñarán sueños, y vuestros jóvenes verán visiones. 29 Y también sobre los siervos y sobre las siervas derramaré mi Espíritu en aquellos días.”       (Joel 2:23-29, RV 1960)

Hemos estado de celebración durante toda esta semana. Celebramos que cumplimos cuarenta y ocho (48) años de vida institucional como congregación y como parte del cuerpo de Cristo.

Celebraciones de esta naturaleza nos conminan a reflexionar acerca de las muchas formas que Dios ha utilizado para mostrar su misericordia para traernos hasta aquí. Hay que dar gracias al Señor por esto. La mano bondadosa de nuestro Señor ha sido el denominador común en toda esta jornada. Dios nos ha bendecido a pesar de nosotros. Él ha abierto y ha cerrado puertas delante de nosotros, ha salvado vidas, ha sanado enfermos y ha hecho milagros y prodigios a pesar de nosotros. Dios ha hecho provisión para todo lo que hemos necesitado a pesar de nosotros. ¡Dios! ¡Dios! Sólo a Él sea toda la gloria, la alabanza y el honor.

Celebraciones de esta naturaleza también presentan oportunidades para reflexionar acerca de nuestra historia, de las oportunidades y las labores del presente, así como de los retos y las oportunidades que Dios en su infinito amor ha dispuesto para cada uno de nosotros y para nuestra organización eclesiástica.

¡Cuántas enseñanzas divinas hemos recibido durante todos estos años! Enseñanzas que han servido para que aprendamos a manejar los días buenos y los no tan buenos. Así mismo, enseñanzas para aprender a mantener nuestra mirada en Cristo mientras peregrinamos. Enseñanzas para aprender a manejar las pérdidas y todo aquello que Dios ha añadido. Gracias sean dadas al Señor porque esto también es un don inefable (2 Cor 9:15).

El Dr. Charles R. Swindoll publicó en el año 1998 un libro acerca de la vida de José[1]. Este amado teólogo, educador y pastor cristiano utilizó los eventos que le ocurrieron a José para sintetizar muchas enseñanzas que trascienden la vida de este paladín bíblico. Hay tres (3) de estas que muy bien sirven para sintetizar enseñanzas fundamentales que nosotros hemos recibido a lo largo de nuestra peregrinación hasta aquí. Estas son:
 
1. Las aflicciones prolongadas no tienen por qué desanimarnos[2].

Swindoll afirma en ese libro que José era un hombre que vivía por encima del abatimiento que causa la desesperación. Él vivía muy por encima de sus circunstancias. Un testimonio inequívoco de esto es que su prolongado periodo de aflicción no lo desanimó. Su exposición a pesadillas, privaciones, fracasos y frustraciones no pudieron lograr que él se desanimara.[3]
 
Hacemos énfasis en que las pruebas, las tormentas y las crisis son inevitables, más no así nuestras reacciones ante estas. Hay reacciones que son más perturbadoras que las mismas crisis. El proverbista decía que “el ánimo del hombre soportará su enfermedad; Mas ¿quién soportará al ánimo angustiado?” (Prov 18:14, RV, 1960). Una de las ventajas que tenemos aquellos que hemos aceptado a Cristo como Señor y Salvador es que sabemos que Él nos conoce cuando nuestra alma ha estado en angustias (Sal 31:7). La versión Palabra de Dios para Todos traduce ese verso señalando que Dios le da importancia a nuestras dificultades y que sabemos que Dios nos librará de ese enemigo que nos abate: la aflicción.

“7 Me regocijaré y me alegraré por tu fiel amor porque fuiste bueno conmigo cuando veías que yo sufría. Tú le diste importancia a las dificultades por las que yo estaba pasando. 8 Tú no me dejarás caer en las garras de mi enemigo; me librarás de él.” (vv. 7-8, PDT)
               
Los creyentes en Cristo sabemos que podemos llorar hasta el cansancio, pero lo haremos con la confianza que emana de saber que Dios nos va a ayudar (v.17) y que Él ha reservado grandes bendiciones para aquellos que le honran (v.19).

Hoy damos gracias al Señor por habernos expuesto a esas escuelas. Dios ha utilizado estas para colocar en el corazón de esta iglesia una fuerza que sabemos que no proviene de los recursos humanos. Gracias a Él hemos aprendido a hacer nuestras las palabras del salmista cuando dijo:

“13 Hubiera yo desmayado, si no creyese que veré la bondad de Jehová en la tierra de los vivientes. 14 Aguarda a Jehová; Esfuérzate, y aliéntese tu corazón; Sí, espera a Jehová.”  (Sal 27:13-14, RV 1960)
 
2. Los malos recuerdos no tienen por qué derrotarnos.[4]                

Swindoll explica que somos nosotros los que escogemos y decidimos qué cosas nos mantendrán como rehenes. Él argumenta que nosotros decidimos con frecuencia quién y/o qué cosas nos van a deprimir.

Debemos admitir que nuestras memorias están cargadas de archivos que nos pueden derrotar con mucha facilidad. Él señala que Cristo nos ha invitado a pedir que esos lastres sean convertidos estos en cicatrices que ya no nos duelen. Ciertamente nos traen recuerdos de situaciones y escenarios muy complicados, pero también de las intervenciones misericordiosas y llenas de gracia con las que Dios nos ha visitado. Cada tormenta es el escenario correcto para que se forme un arcoíris. La Biblia dice que cada tribulación es el escenario correcto para producir en nosotros un cada vez más excelente y eterno peso de gloria (2 Cor 4:17).

Damos gracias al Señor porque Él nos ha enseñado a poblar nuestras memorias con las intervenciones que hemos recibido de la diestra del Altísimo (Sal 77:10b-11).
 
Hemos comenzado esta reflexión presentando las enseñanzas que trabajan con las batallas y las aflicciones. Lo hemos hecho así procurando que los lectores no desarrollen la impresión de que esta pudiera ser una reflexión de carácter triunfalista.

Ahora, bien, la tercera enseñanza que presenta Swindoll tiene que ver con las bendiciones que recibimos y esta es sin duda alguna un llamado a nuestra atención.
 
3. Las grandes bendiciones no tienen por qué descalificarnos para el servicio.[5]

Repetimos que esta sección de nuestra reflexión es un llamado a la atención para la iglesia. Comenzamos señalando que las grandes bendiciones nos pueden colocar muy cerca del peligro de sucumbir ante el orgullo y la vanidad. Erwin Lutzer dijo en una ocasión que pocas personas poseen los recursos espirituales necesarios para ser ricos al mismo tiempo en que son piadosos. Esto mismo le puede ocurrir a las instituciones, incluyendo a la iglesia. Las grandes bendiciones pueden echar a perder el carácter de una iglesia. Esto ocurre cuando las bendiciones sacan de carrera los principios y las responsabilidades fundamentales que Dios ha puesto sobre los hombros de esta. Tenemos que cuidarnos de ese virus.

Johann Wolfgang von Goethe, el escritor del “Fausto” y de la “Cuitas del joven Werther”, decía que un hombre vanidoso nunca puede ser totalmente implacable o inflexible. Esto es así, decía él, porque este busca ganarse el aplauso de los demás y por lo tanto, procurará adaptarse a estos. Eso mismo le puede suceder a una congregación. El deseo de no perder lo obtenido, o de sentirnos ufanados por lo que hacemos o lo que poseemos, nos puede colocar ante la tentación de decidir adaptarnos al mundo y a sus corrientes. Esto último, incluyendo algunas corrientes eclesiásticas que no agradan a Dios. Esa reacción es sumamente peligrosa porque puede echar a perder hasta lo que somos en Cristo.

Los modelos bíblicos para manejar este punto son mucho más que incisivos. Casi todos predican que hay orgullos que procuran imitar la humildad. Es por esto que no podemos circunscribirnos a creer que somos humildes porque la gente nos lo repite. Tenemos la responsabilidad de mantener unos niveles de humildad que sean genuinos: aquellos que honran y glorifican al Señor.

El proverbista decía lo siguiente acerca de este tema:

“18 Antes del quebrantamiento es la soberbia, Y antes de la caída la altivez de espíritu. 19 Mejor es humillar el espíritu con los humildes que repartir despojos con los soberbios.” (Pro 16:18-19)

“El orgullo va delante de la destrucción, y la arrogancia antes de la caída. 19 Es mejor vivir humildemente con los pobres que compartir el botín con los orgullosos.” (NTV)

“12 Antes del quebrantamiento se eleva el corazón del hombre, Y antes de la honra es el abatimiento.” (Pro 18:12, RV 1960)

¿Cuál es la medicina más efectiva contra esta infección del alma? Mantener los ojos puestos en Cristo y obedecer al pie de la letra lo que exige la Palabra de Dios. Aquellos que siguen a Cristo terminan pareciéndose a Él.

“29 Llevad mi yugo sobre vosotros, y aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón; y hallaréis descanso para vuestras almas;” (Mat 11:29)

Además, la Biblia describe qué espera Dios de nuestro comportamiento y nuestra conducta.

“El Señor ya te ha dicho, oh hombre, en qué consiste lo bueno y qué es lo que él espera de ti: que hagas justicia, que seas fiel y leal y que obedezcas humildemente a tu Dios.” (Miq 6:8, DHH)

No olvidemos lo que dice la Palabra del Señor acerca de la instrucción bíblica.

“Los que están atentos a la instrucción prosperarán; los que confían en el Señor se llenarán de gozo.” (Pro 16:20, NTV)
 
Estamos convencidos de que esta es una de las razones más relevantes para explicar por qué es que el carácter del creyente, así como el de la iglesia, tienen que ser formados en el yunque, en la tormenta y en la necesidad. Es por eso que un ejercicio que nos mantiene enfocados en Cristo es el de recordar de dónde Dios nos sacó y cómo nos ha traído hasta aquí. Esa clase de ejercicio nos mantiene enfocados en Cristo, así como en la visión y la misión que el Señor nos ha dado; no en la idea que podamos formar de nosotros mismos.
 
De hecho, la Biblia presenta casos en los que los personajes bíblicos testifican que Dios siempre les permitió cargar un lastre para que no se les olvidara su realidad como vasos de barro en las manos del Señor (2 Cor 4:7). Un ejemplo de esto lo encontramos en el Apóstol Pablo cuando afirmó lo siguiente:  

“6 Aunque si quisiera yo gloriarme, eso no sería ninguna locura, porque estaría diciendo la verdad; pero no lo hago, para que nadie piense que soy más de lo que aparento o de lo que digo, 7 juzgándome por lo extraordinario de esas revelaciones. Por eso, para que yo no me crea más de lo que soy, he tenido un sufrimiento, una especie de espina clavada en el cuerpo, que como un instrumento de Satanás vino a maltratarme. 8 Tres veces le he pedido al Señor que me quite ese sufrimiento; 9 pero el Señor me ha dicho: «Mi amor es todo lo que necesitas; pues mi poder se muestra plenamente en la debilidad.» Así que prefiero gloriarme de ser débil, para que repose sobre mí el poder de Cristo. 10 Y me alegro también de las debilidades, los insultos, las necesidades, las persecuciones y las dificultades que sufro por Cristo, porque cuando más débil me siento es cuando más fuerte soy.” (2 Cor 12:6-10, DHH)
 
Debemos dar gracias al Señor por esas escuelas y pedirle que nos mantenga enfocados en la misión que Él ha depositado sobre nuestros hombros. Es un acto de misericordia sin par que Él nos haya escogido para esta tarea.

A tenor con esto, Swindoll cita uno de los trabajos del profesor Alexander Whyte para describir lo que le pudo haber ocurrido a José si las bendiciones lo hubiesen descalificado.

“José estaba a punto de verse inmerso en la sociedad más corrupta que, en aquella época, se pudría sobre la faz de la tierra. Y si no hubiera llegado a tal inmundicia tras haber pasado por el horno siete veces más intenso de un dolor santificador, nada más se habría sabido de él. La sensualidad de Egipto lo habría devorado rápidamente. Pero el Dios de su padre estaba con José. El Señor estaba con él para protegerlo, guiarlo y darle la victoria. El Señor lo acompañó a través de nuevos encarcelamientos y posteriores ascensos; hacia cosas cada vez mayores de honor, posición y poder, hasta que el mundo no tuvo nada más que ofrecerle. Y, a través de todo ello, José se convirtió en un hombre cada vez mejor a lo largo de sus días. Un hombre cada vez más noble. Un hombre cada vez más digno de confianza, en quien más se confiaba y a quien más se consultaba. Cada vez más leal a la verdad y al deber. Cada vez más casto, templado, paciente, constante y dispuesto a perdonar; un hombre de gran mente y gran corazón; y lleno —como ningún otro— de una piedad sencilla y sincera y de alabanza a Dios, hasta llegar a ser un verdadero ejemplo, tanto por el esplendor de sus servicios como por el esplendor de sus recompensas.”[6] (traducción libre)

Estas aseveraciones de Swindoll nos han provocado recordar unas palabras llenas de sabiduría escritas por Thomas Kempis en su libro “The Imitation of Christ”:

“No te consideres mejor que los demás, no sea que a los ojos de Dios —que conoce lo que hay en el hombre— parezcas peor. No te enorgullezcas de tus buenas obras, pues los juicios de Dios son distintos de los juicios de los hombres, y lo que agrada al hombre a menudo le desagrada a Él. Si posees alguna virtud, cree que los demás tienen más; así conservarás tu humildad. No te hace daño alguno situarte por debajo de todos; pero te perjudica gravemente colocarte por encima de tan solo uno. La paz acompaña siempre al hombre humilde, mientras que en el corazón del soberbio habitan la envidia y la ira constante.”[7] (traducción libre)

¿Qué significa entrar a un nuevo tiempo o a una nueva temporada? Nos detuvimos a analizar ese tema en el año 2014. Encontraremos respuestas para esa pregunta en varias de las reflexiones que compartimos en ese año. A continuación, citas de algunas de esas reflexiones:

“La Biblia nos regala muchas metáforas que parecen definir la vida como una compleja
 combinación, una concatenación de temporadas, de nuevos tiempos y estaciones. Se trata de aprender a ver la vida como vemos el año, como un macramé de 4 estaciones. En el idioma anglosajón esto es conocido como “seasons.” 


Los escritores de los libros que encontramos en la Biblia utilizaron varios conceptos para describir esas temporadas. Esto, tanto en el hebreo del Antiguo Testamento (AT) como en el griego del Nuevo Testamento (NT). Uno de esos conceptos hebreos, ‘êth (H6256, temporada, tiempo, “season”), que se usa 256 veces en el AT, es manejado por los escritores bíblicos para explicarnos lo antes dicho.

Por ejemplo, en Gén 18:10-14 encontramos que el Señor le dice a Abraham que volvería a visitar a su amigo según el ‘êth de la vida para que Sara diera a luz. O sea, que la temporada de la esterilidad de Sara se acabaría y que iba a dar comienzo el ‘êth de la vida. En Gén 22:15 encontramos que aparece un ángel llamando a Abraham por segunda ‘êth (ocasión). En esta ocasión, no era para decirle que Dios había hecho provisión para el sacrificio, sino para decirle a Abraham que le había llegado el ‘êth del cumplimiento de la promesa. Esto último debido a su obediencia. Hasta la familia extendida de Abraham recibió bendición después de esto. Por otro lado, en Gén 24:11 nos dicen que Eliezer, el mayordomo que Abraham envió a buscar la novia de Isaac, decidió estacionarse junto a un pozo de aguas en el ‘êth correcto.  

Tenemos que añadir a estos datos La Biblia insiste en que hay ‘êth de angustias (Sal 9:9; 37:39), hay ‘êth de tribulación (Sal 10:1), de ira (Sal 21:9), de experiencias malas (Sal 37:19, 39) y ‘êth del fin (Dan 12:4, 9, 11). Encontramos un pequeño resumen de todo esto en el capítulo tres (3) del Libro de Eclesiastés.”[8]

“Al mismo tiempo, la Biblia nos enseña que el secreto de una vida victoriosa reside en aprender a esperar en Dios en todo ‘êth (Sal 62:8; 104:27), bendecir a Dios en todo ‘êth (Sal 34:1) hacer justicia en todo ‘êth (Sal 106:3) y orar en todo ‘êth  (Sal 32:6; 69:13). La confianza en todas estas temporadas del alma aumenta cuando reconocemos que todos nuestros ‘êth están escondidos en las manos de Dios (Sal 31:15).
 
Por otro lado, la Biblia nos dice que nosotros podemos alterar algunos ‘êth de la vida. Usted lo ha leído muy bien; nosotros podemos transformar algunas de esas temporadas. En Det 11:13-14 nos dicen que lo podremos hacer si somos obedientes. Esa promesa se repite en Lev 26:3-9. El secreto para esto está en la obediencia. Es más, el Salmo 102 nos permite disfrutar al salmista diciéndole a Dios que el plazo para que se manifieste el ‘êth de tener misericordia ha llegado (Sal 102:13). El salmista usa la oración como herramienta para “provocar” a Dios.”[9]

“Una nueva temporada, un nuevo ‘êth de Dios, no es otra cosa que la oportunidad divina para ascender a dimensiones más altas de la Presencia de Dios. Entrar a un nuevo ‘êth de Dios presupone aceptar los cambios y los retos necesarios para ascender a esa dimensión.”[10]

Un gran sentido de responsabilidad nos invade cuando miramos el futuro que Dios ha preparado para nosotros. Por un lado, lo hacemos con alegría y gozo. Por otro, con temor y temblor. El nuevo tiempo que viene de camino es uno en el que veremos el cumplimiento de las promesas que faltan por hacerse realidad.

El profeta Joel dice acerca de esto en el capítulo dos (2) del libro de su profecía, que Dios nos invita a alegrarnos y a gozarnos, a hacer fiesta al Señor.

“Y ustedes, hijos de Sion, alégrense y hagan fiesta al SEÑOR su Dios,” (Joel 2: 23a, PDT).

Esta es una de las razones por las que celebramos tanto y cantamos tanto. ¡Hay que hacerle fiesta al Señor!

Nosotros hemos sido testigos de cómo Él nos ha dado la primera lluvia a su tiempo (v. 23); muchas bendiciones. Así mismo, Él ha prometido que hará descender sobre nosotros la lluvia temprana y la tardía como al principio. O sea, que se acerca un nuevo tiempo: nuevas experiencias gloriosas de parte del Señor.

El Señor ha prometido que los lugares en los que se trilla el grano (v. 24 PDT) estarán repletos: ¡miles de vidas aceptando a Cristo como su Señor y su Salvador! Él ha prometido que habrá mucho vino fresco y prensas de olivo y lagares desbordados de vino y aceite. Esto significa que lo que viene de camino estará marcado por unas dimensiones de la presencia del Espíritu Santo nunca antes vistas. ¡Se acerca un derramamiento fresco del Santo Espíritu! ¡Unción fresca! ¡Palabra fresca!¡Milagros nunca antes vistos! ¡Una visitación del Espíritu Santo que hará que su presencia se desborde en nuestros corazones!

El Señor ha prometido en su Santa Palabra que habrá restitución de fuerzas, del vigor, de la visión, del discernimiento y del compromiso con su obra que hayan podido mermar ante algunas pruebas, dolores o pérdidas que hayamos experimentado (v. 26).

El Señor ha prometido que la fe en Él nos hará trascender a nuevos niveles del conocimiento de Su presencia y de Su obra. Conoceremos que Él está entre nosotros, que Él y solo Él es el Señor (v. 27).

Esa palabra profética concluye con esta frase: después de esto, después de hacer estas cosas (NTV):

“28 Y después de esto derramaré mi Espíritu sobre toda carne, y profetizarán vuestros hijos y vuestras hijas; vuestros ancianos soñarán sueños, y vuestros jóvenes verán visiones. 29 Y también sobre los siervos y sobre las siervas derramaré mi Espíritu en aquellos días.” (RV 1960)

Debemos estar conscientes de que la necesidad de reconciliación familiar y nacional que sufre nuestro planeta sólo puede ser satisfecha con un nuevo derramamiento del Espíritu Santo. Por la gracia y la misericordia de nuestro Señor esa es la dirección en la que vamos. Tenemos que estar preparados para ello. Preparados para administrar con responsabilidad (1 Ped 4:10) un derramamiento que cubrirá toda carne, a los hijos y a las hijas, a los ancianos, a los jóvenes y a la niñez. Un derramamiento que sanará y ordenará las mentes y los corazones de millones de personas que han sido afectados por las embestidas del infierno que nuestro mundo ha experimentado recientemente.

Hemos sido llamados a insertarnos en este nuevo tiempo: lo haremos con urgencia y con un alto sentido de responsabilidad. Hacemos nuestras las palabras de Ignacio de Loyola:

“Trabajemos como si el éxito dependiera únicamente de nosotros, pero con la profunda convicción de que nosotros no hacemos nada y Dios lo hace todo.”

Concluimos esta reflexión con unas afirmaciones que el Dr. Swindoll hace en su libro acerca de José, el undécimo hijo de Jacob:

“Dios puede utilizar nuestra autoridad, nuestra abundancia y nuestro ascenso, tal como lo hizo con José. Pero, para que Él pueda hacerlo, debemos humillarnos ante la mano poderosa de Dios y decir:
 
«Jesucristo, te necesito. Tengo todo esto bajo mi responsabilidad, pero no podré llevarme nada conmigo. Por favor, úsame como Tú dispongas».
  
[Mantengamos esto presente en todo momento]: La autoridad conlleva la necesidad de rendir cuentas. La popularidad conlleva la necesidad de humildad. La prosperidad conlleva la necesidad de integridad. José superó las tres pruebas con éxito rotundo. Quienes demuestran esa misma profundidad de carácter, aunada a la sabiduría, merecen nuestro respeto y reconocimiento.”[11] (traducción libre)


 
[1] Swindoll, Charles R.. Great Lives: Joseph: A Man of Integrity and Forgiveness (Great Lives Series). Thomas Nelson. Kindle Edition.
[2] Op. cit., p. 85.
[3] Op. cit., p. 79.
[4] Op. cit., p. 85
[5] Op. cit., p. 86.
[6] Alexander Whyte, D.D. Bible Characters: (Vol. 1) Adam to Achan. Edinburgh and London: Oliphant, Anderson and Ferrierd, 1896, pp. 203-204.
[7] Kempis, Thomas A. . The Imitation of Christ (Modern English Translation) (Libro 1, Cap. 7). Kindle Edition.
[8] El Heraldo, 12 de Octubre de 2014.
[9] Op. cit.
[10] El Heraldo, 19 de Octubre de 2014.
[11] Swindoll, Charles R. , Op. cit., (p. 88).
















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