1078 • El Heraldo Digital – Institucional • Volumen XVII • 11 de octubre del 2026

1078 • El Heraldo Digital – Institucional • Volumen XVII • 11 de octubre del 2026
Familias dirigidas por el Espíritu Santo: el análisis de la familia de Jacob - Parte XXIX
José reflexionando acerca de sus aflicciones.

 
“44 Y dijo Faraón a José: Yo soy Faraón; y sin ti ninguno alzará su mano ni su pie en toda la tierra de Egipto. 45 Y llamó Faraón el nombre de José, Zafnat-panea; y le dio por mujer a Asenat, hija de Potifera sacerdote de On. Y salió José por toda la tierra de Egipto. 46 Era José de edad de treinta años cuando fue presentado delante de Faraón rey de Egipto; y salió José de delante de Faraón, y recorrió toda la tierra de Egipto. 47 En aquellos siete años de abundancia la tierra produjo a montones. 48 Y él reunió todo el alimento de los siete años de abundancia que hubo en la tierra de Egipto, y guardó alimento en las ciudades, poniendo en cada ciudad el alimento del campo de sus alrededores. 49 Recogió José trigo como arena del mar, mucho en extremo, hasta no poderse contar, porque no tenía número. 50 Y nacieron a José dos hijos antes que viniese el primer año del hambre, los cuales le dio a luz Asenat, hija de Potifera sacerdote de On. 51 Y llamó José el nombre del primogénito, Manasés; porque dijo: Dios me hizo olvidar todo mi trabajo, y toda la casa de mi padre. 52 Y llamó el nombre del segundo, Efraín; porque dijo: Dios me hizo fructificar en la tierra de mi aflicción. 53 Así se cumplieron los siete años de abundancia que hubo en la tierra de Egipto.”
  (Gén 41:44-53, RV 1960)

Esta batería de reflexiones acerca de la saga de José no estaría completa si no nos detenemos a considerar otra clase de análisis y de ejercicios de reflexión que este joven tuvo que haber realizado luego de haber salido de la cárcel. Ya hemos revisado el examen de los escenarios de las decisiones relevantes y las no relevantes que él había tomado. También el de las posibles razones de su pasividad y de su actividad. Ahora bien, el undécimo hijo de Jacob también debió haberse detenido a repasar aquellas reacciones que había experimentado en la cárcel y que había tenido que aprender a manejar durante los trece años que duró la odisea que acababa de vivir.

Algunas de las reflexiones anteriores sirvieron para considerar que los trece (13) años de espera que José vivió antes de ver el cumplimiento de las promesas de Dios, muy bien pudieron haberlo movido en otra dirección. Nunca podemos dejar de considerar que los seres humanos somos vulnerables y experimentamos situaciones de esta naturaleza. Ahora él tenía ante sí la necesidad de preguntarse si hubiera podido ser capaz de responder y reaccionar ante la crisis que se acercaba a Egipto y la bendición que se le estaba brindando allí de haber él albergado otra clase de reacciones durante los trece (13) años de tormenta de los que acababa de salir.

Nosotros conocemos cuáles fueron sus reacciones ante los dolores y las angustias sufridas durante esos años. Pero tenemos que aceptar que otras pudieron haber echado por la borda las bendiciones y las responsabilidades que el Señor tenía preparadas para su siervo.

Creemos que José hizo este ejercicio. Algunas expresiones que encontramos en el capítulo cuarenta y uno del Libro de Génesis sustentan esta conclusión. Los creyentes en Cristo también tenemos que realizarlo. No hacerlo nos expone a no conocer los riesgos a los que estuvimos expuestos y cómo fue que Dios nos cuidó en esos escenarios. La ausencia de esta clase de ejercicios también nos expone al peligro de cometer errores mientras manejamos las crisis que aparecerán en el futuro. Además, esta clase de introspección provoca y produce razones adicionales para dar gracias al Señor.

Estamos convencidos de que hay un componente pedagógico y terapéutico que sostiene y apoya este tipo de análisis. Los creyentes en Cristo no dejamos de ser seres humanos cuando nos rendimos a los pies del Caballero del Gólgota. Por lo tanto, estamos sujetos a toda clase de reacciones cuando tenemos que enfrentar procesos para la toma de decisiones de cara a algunas crisis y procesos complejos. Estas reacciones pueden incidir directamente en algo que va mucho más allá de los resultados que obtenemos al manejar las crisis. Estas reacciones pueden aumentar o disminuir nuestras capacidades para manejar nuestras bendiciones, así como las responsabilidades que el Señor ha de poner sobre nuestros hombros.

Una de las opciones obvias que José tuvo ante sí mientras estaba en la cárcel era la de permitir que lo atrapara el desaliento o el desánimo.

Hace algunos días el Pastor David Jeremiah presentó una reflexión acerca de este tema.[1] Uno de sus planteamientos sobre este giraba alrededor de las mentiras que nos decimos a nosotros mismos cuando estamos desalentados. Jeremiah las identificó citando uno de los trabajos de Martin E. P. Seligman acerca de este tema.
 
Conozcamos un poco acerca de Seligman antes de presentar sus aseveraciones acerca de lo que generalmente ocurre con nosotros cuando enfrentamos el desaliento. Seligman es un educador y psicólogo muy prestigioso. Entre otras cosas, él fue presidente de la American Psychological Association (APA) y exponente de la Teoría de la Psicología Positiva. Esto es, el estudio científico del florecimiento humano. Este enfoque de la psicología se centraliza en los aspectos positivos y las fortalezas de los individuos y las comunidades como vía hacia el bienestar.

Él y Steven F. Maier son los responsables de haber acuñado el concepto “Learned Helplessness;” impotencia, indefensión o desesperanza aprendida. La impotencia, la indefensión o la desesperanza aprendida ocurre cuando la exposición repetida a factores estresantes incontrolables enseña a las personas a dejar de intentar controlar su respuesta, incluso cuando el control es posible.

Estos especialistas en el comportamiento procuraron demostrar esto trabajando con un grupo de perros a los que le colocaron arneses (collares). Estos perros fueron divididos en tres (3) grupos.

“El grupo 1 fue solamente puesto en los arneses por un tiempo y luego eran liberados. Los grupos 2 y 3 fueron amarrados en yunta. A los perros en el grupo 2 se les daban choques eléctricos de manera aleatoria y los perros podían presionar una palanca para parar los choques. Cada perro del grupo 3 era juntado con uno del grupo 2; si bien, cuando el perro del grupo 2 recibía un choque eléctrico, el perro del grupo 3 también recibía un choque de la misma intensidad y duración, este no podía evitarlo, porque su palanca no hacía nada. Para el perro del grupo 3, parecía que el choque se suspendía de manera aleatoria porque el perro del grupo 2 al que estaba pareado estaba parando el choque. Por lo tanto, para los perros del grupo 3, el choque era "inevitable".

En la parte 2 del experimento, los 3 grupos de perros fueron llevados a una habitación que tenía dos compartimientos rectangulares divididos por una barrera de unas cuantas pulgadas de alto. Todos los perros podían escapar del choque eléctrico yendo a la otra parte de la habitación. Los perros del grupo 1 y 2 rápidamente entendieron la tarea y escaparon de los choques eléctricos, sin embargo, la mayoría de los perros del grupo 3 (que antes habían aprendido que nada de lo que hicieran iba a parar el choque eléctrico) simplemente se quedaron quietos sin hacer nada y solo gemían al recibir los choques.”[2]

Muchos creyentes sufren de experiencias similares a estas cuando les toca manejar crisis y tiempos turbulentos. En ocasiones, son paralizados por un tipo de acondicionamiento provocado por los golpes no esperados que esas experiencias suelen traer consigo. Estos son golpes que parecen ser aleatorios y que no podemos hacer nada para evitarlos. Uno de los resultados que observamos en las personas que los sufren es la dificultad que experimentan para salir de las prisiones emocionales y relacionales en las están sumidos, aun cuando las puertas de esas cárceles estén abiertas.

Es obvio que José venció esos conflictos. De no haberlo hecho Dios habría tenido que escoger otro paladín para las dos (2) tareas monumentales para las que lo había separado. Estas son, la tarea de preparar el reino de Egipto para la crisis que se avecinaba y la de rescatar y reorganizar la familia de su padre: Jacob.

Algunas de las conclusiones de Seligman afirman que la vida inflige los mismos contratiempos y tragedias tanto al optimista como al pesimista. Esto se parece a lo que la Biblia dice en el Libro de Eclesiastés, texto escrito cerca de 2,500 años antes de que Seligman desarrollara su tesis.

“14 Y así se da en este mundo el caso sin sentido de hombres buenos que sufren como si fueran malos, y de hombres malos que gozan como si fueran buenos. ¡Yo digo que tampoco esto tiene sentido!” (Ecl 8:14, DHH)

José debió haberse preguntado en muchas ocasiones qué cosa él había hecho para sufrir las tormentas que estaba experimentando. La respuesta siempre sería la misma: nada. En algún momento esa pregunta debió haber evolucionado a la siguiente: ¿qué querría Dios lograr con todo lo que él estaba viviendo? Debemos entender que las preguntas que nos formulamos en medio de las crisis sirven, entre otras cosas, para diagnosticar cómo estamos manejándolas y en qué posición nos encontramos frente a estas.

Seligman añade que el optimista sobrelleva mejor esas temporadas. Nosotros afinamos esa expresión indicando que no se trata de optimismo, sino de la fe en Cristo puesta en práctica. Aquellos que procuran sostenerse utilizando la fe puesta en el Señor sobrellevan estos escenarios mucho mejor que aquellos que claudican ante esta. José debió haber echado mano de la fe que había aprendido en la casa de sus padres, así como de las promesas que Dios le había hecho a través de los sueños que le había dado.

Seligman, como buen especialista en la conducta humana, también ha dicho que la habilidad fundamental del optimismo es la de poder cambiar las cosas destructivas que nos decimos a nosotros mismos cuando experimentamos los contratiempos que la vida nos depara a todos. Creemos que la Biblia resuelve esto con mucha más efectividad que Seligman cuando nos aconseja traer a la memoria los años de la diestra del Altísimo cuando atravesamos por momentos de prueba, de angustia, de desánimo y desolación (Sal 77: 1-12). Esa es una de las habilidades que la fe le provee al creyente; habilidad que al mismo tiempo hace crecer nuestra capacidad para creer en el Señor, mientras solidifica nuestra relación con el Eterno.

A continuación, las aseveraciones de Seligman que el Dr. Jeremiah utilizó en su sermón acerca de las mentiras que nos decimos a nosotros mismos cuando estamos desalentados o desanimados:
  
  • nuestras circunstancias son personales
    • Dios “la tiene con nosotros” y/o nosotros somos los únicos que estamos atravesando por algo así.
  • nuestras circunstancias son generalizadas (“pervasive”)
    • Afectan todas las cosas y corrompen todo en nuestras vidas.
  • nuestras circunstancias son permanentes.
    • No existe cosa alguna que pueda hacer cambiar esos escenarios.

Estas expresiones no necesitan muchas explicaciones. No es cierto que seamos las únicas personas que estamos atravesando por los periodos de crisis que estamos experimentando. No es cierto que nuestras crisis afecten todas las cosas a nuestro alrededor. Tampoco es cierto que esas circunstancias sean permanentes e inmutables. Esas mentiras son el génesis de otra clase de prisión: el desaliento.

José pudo haber caído en esta condición mientras estaba en la cárcel. José se pudo desanimar al punto de haberse convertido en prisionero del desaliento. Esto es, sufrir dos (2) clases de prisión al mismo tiempo: la física y la emocional. Esta clase de reacción pudo haber sido mucho más que una posibilidad. Creemos que este fue un frente de batalla constante y frecuente.

Sabemos que hay otras reacciones que pueden ser incluidas en este análisis. La que acabamos de considerar sirve muy bien como un ejemplo de estas.

No debe extrañarnos que nosotros enfrentemos batallas similares. El desaliento es como un virus que se esparce en el aire procurando contaminarnos y anquilosarnos. Los creyentes en Cristo hemos recibido herramientas para vencerlo. Algunas de esas son:
 
1. Confiar en las promesas de Dios: creer que Él es fiel y está presente en todas las circunstancias.

“33 Estas cosas os he hablado para que en mí tengáis paz. En el mundo tendréis aflicción; pero confiad, yo he vencido al mundo.” (Jn 16:33)

“….y he aquí yo estoy con vosotros todos los días, hasta el fin del mundo. Amén.” (Mat 28:20b).
 
2. Acudir constantemente a la oración y a la dependencia de Dios: buscar su guía y fortaleza en momentos de debilidad.  

“17 Orad sin cesar;” (1 Tes 5:17)

“27 La paz os dejo, mi paz os doy; yo no os la doy como el mundo la da. No se turbe vuestro corazón, ni tenga miedo.” (Jn 14:27)
 
3. Enfocarnos en la perspectiva eterna: recordar que las luchas actuales son temporales y contribuyen al crecimiento espiritual.  

“17 Porque esta leve tribulación momentánea produce en nosotros un cada vez más excelente y eterno peso de gloria; 18 no mirando nosotros las cosas que se ven, sino las que no se ven; pues las cosas que se ven son temporales, pero las que no se ven son eternas.” (2 Cor 4:17-18)

4. Procurar el ánimo proveniente de las Escrituras, la oración y la comunión: obtener fortaleza de la Palabra de Dios, del diálogo con Dios y de una comunidad de creyentes que nos brinda apoyo.

“4 Porque las cosas que se escribieron antes, para nuestra enseñanza se escribieron, a fin de que por la paciencia y la consolación de las Escrituras, tengamos esperanza. 5 Pero el Dios de la paciencia y de la consolación os dé entre vosotros un mismo sentir según Cristo Jesús, 6 para que unánimes, a una voz, glorifiquéis al Dios y Padre de nuestro Señor Jesucristo. 7 Por tanto, recibíos los unos a los otros, como también Cristo nos recibió, para gloria de Dios.” (Rom 15:4-6)

José debió haberse detenido a analizar aquellas cosas que no lo pudieron atrapar y cómo pudo él vencerlas. Se trata del análisis de aquellas reacciones que él no permitió que lo vencieran o que decidió soltar, así como lo hizo con sus ropas en la casa de Potifar ante los embates que orquestó la esposa de este último.

¿Qué herramientas para vencer el desaliento aparecen en el capítulo cuarenta y uno del Libro de Génesis? La primera de estas el reconocimiento de la intervención de Dios en los procesos emocionales por los que José atravesó. Veamos como lo presenta la versión bíblica Dios Habla Hoy:

“«Dios me ha hecho olvidar todos mis sufrimientos y a todos mis parientes.» 52 Al segundo lo llamó Efraín, porque dijo: «Dios me ha hecho tener hijos en el país donde he sufrido.»” (Gén 41:51-52)

Esa expresión: “Dios me ha hecho” (“naš-ša-nî ’ĕ-lō-hîm”; H5382 H430) describe la presencia activa de Dios. Esa expresión reafirma algo que hemos compartido en otras reflexiones. El Todopoderoso no solo estaba presente en medio de las crisis que José estaba experimentando: estaba activo. No se trata de que José se limitó a desarrollar herramientas emocionales que le permitieran hacer esto. La descripción de la acción liberadora, salvadora y restauradora de Dios afirma que José había permitido que el Señor hiciera esto. Esa expresión indica que él se había expuesto a esa presencia y que había aceptado la intervención de la mano de Dios.

¿En dónde aprendió José a hacer esto? El undécimo hijo de Jacob aprendió a hacerlo durante los trece (13) años de tribulación y aflicción que había vivido en Egipto.

Otra herramienta descrita aquí es la de la total dependencia de esa presencia; particularmente en lo que respecta a las bendiciones. José no dice que estaba cosechando el fruto de su trabajo, de su paciencia o de sus esfuerzos. El undécimo hijo de Jacob no dijo que las bendiciones que estaba recibiendo en Egipto eran el producto de las semillas que había sembrado mientras esperaba por el cumplimiento de las promesas del Señor. Él afirmó que esas bendiciones provenían de la mano de Dios. O sea, que estas no eran sus logros, ni el resultado de sus buenos oficios. Él había hecho todo lo que tenía que hacer, pero los resultados los estaba proveyendo Dios. Una vez más, ¿en dónde aprendió José a hacer esto? El undécimo hijo de Jacob aprendió a hacerlo durante los trece (13) años de tribulación y aflicción que había vivido en Egipto.

“17 Toda buena dádiva y todo don perfecto desciende de lo alto, del Padre de las luces, en el cual no hay mudanza, ni sombra de variación.”  (Stg 1:17)

Una herramienta adicional muy poderosa que José describe aquí es la de ver la aflicción como un sujeto y no como un escenario o lo que describe una temporada. La frase “…el país donde he sufrido” (“bə-’e-reṣ  ‘ā-nə-yî”, H776, H6040), presenta la aflicción como un sujeto (“‘ā-nə-yî” es la conjugación del concepto hebreo “ʽŏnı̂y”, H6040). Ese texto hebreo presenta el concepto como un nombre masculino, singular en primera persona.[3]

Una forma de interpretar esta expresión es que José decidió que él no estaba peleando con Egipto. Su enemigo había sido la aflicción. O sea, que no se trataba de pelear con el escenario en el que él se encontraba, sino con la opresión y las reacciones que este provocaba.

Pero hay mucho más en esa expresión. La raíz del concepto “ʽŏnı̂y” es “ʽânâh” (H6030). Este concepto está relacionado con la idea de mirar hacia abajo o intimidar. Ese concepto describe la acción de deprimir literal o figuradamente, de humillarse, afligir(se) / aflicción, de responder (por error por *anah*), de mortificarse, tratar con dureza, profanar, ejercitar, forzar, mansedumbre, humillar(se), herir, violar, someterse y/o de debilitar. [4]

A base de esto podemos concluir que José pudo haber estado batallando con todo lo que significa “ʽânâh”. Tal y como nos ocurre a todos en medio de las crisis de centro: nos vemos asediados por los efectos de sentirnos intimidados, deprimidos, humillados, afligidos, temiendo responder por error, de ser mortificados o auto mortificarnos, ser tratados con dureza o sentirnos forzados, heridos, violados y/o debilitados.

Sin embargo, hay un par de traducciones adicionales del concepto “ʽânâh” que hemos dejado para el final de esta reflexión. La primera: este concepto puede ser traducido como cantar.[5] A continuación, algunos pasajes bíblicos en los que este concepto es traducido así:

“21 Y María les respondía: Cantad a Jehová, porque en extremo se ha engrandecido; Ha echado en el mar al caballo y al jinete.” (Éxo 15:21)

“5 No es éste David, de quien cantaban en las danzas, diciendo: Saúl hirió a sus miles, Y David a sus diez miles?” (1 Sam 29:5)

“7 Cantad a Jehová con alabanza, Cantad[6] con arpa a nuestro Dios.” (Sal 147:7)

Esto significa que con toda probabilidad José decidió cantar en medio de los procesos de aflicción. Dicho de otro modo, “la tierra de mi aflicción” (RV 1960) no solo era la tierra de todo lo que hemos descritos en los párrafos anteriores, sino que era al mismo tiempo “la tierra de mi canción”.

¿Qué representa poder cantar alabanzas en medio de la aflicción? De entrada, es la capacidad para decirle a la aflicción como sujeto que ella/él no ha podido silenciar nuestro deseo de alabar al Señor.

La Biblia dice que uno de los objetivos de la aflicción es el de silenciarnos. El salmista lo describió así en el Salmo 137 cuando dijo lo siguiente:

“Junto a los ríos de Babilonia, nos sentamos y lloramos al pensar en Jerusalén. 2 Guardamos las arpas, las colgamos en las ramas de los álamos. 3 Pues nuestros captores nos exigían que cantáramos; los que nos atormentaban insistían en un himno de alegría: «¡Cántennos una de esas canciones acerca de Jerusalén!». 4 ¿Pero cómo podemos entonar las canciones del Señor mientras estamos en una tierra pagana?” (Sal 137, 1-4, NTV)  

Además, la alabanza es una receta bíblica para mantener la presencia de Dios cada vez más cerca. La Biblia dice que Dios habita en medio de las alabanzas de su pueblo.

“Sin embargo, tú eres santo. Tú estás sentado como rey y tu trono son las alabanzas que te rinde Israel.” (Sal 22:3).

Añadimos a todo esto que la alabanza es un ejercicio de liberación.

“7 Tú eres mi refugio; me guardarás de la angustia; Con cánticos de liberación me rodearás. Selah” (Sal 32:7)

Por último, la alabanza en medio de la aflicción es un testimonio vivo de que nos parecemos a Cristo. La Biblia dice que Él salió para Getsemaní cantando un himno (Mat 26:30; Mcs 14:26) y varias de sus expresiones en la cruz del Calvario fueron extraídas del himnario de Israel: los Salmos.

La segunda: el concepto “ʽânâh” puede ser traducido como gritos de soldados en la batalla.

“14 Jehová de los ejércitos juró por sí mismo, diciendo: Yo te llenaré de hombres como de langostas, y levantarán contra ti gritería.” (Jer 51:14)
           
Esto puede ser interpretado como que José identificó esa temporada como una batalla en la que él no se podía quedar callado y mucho menos permitir ser derrotado. La impavidez, estar libre del pavor y sereno ante el peligro, lo conminaba a pelear contra los enemigos que había identificado.

Debemos entender que José expresó todo esto luego de haber salido de la cárcel y haber sido elevado a la posición de Primer Ministro de Egipto. Sin duda alguna que estas son expresiones que surgen luego de un proceso de reflexión muy profundo.

Caben aquí unas preguntas como conclusión para esta reflexión. ¿Nos hemos detenido a reflexionar acerca de cómo fue que permitimos que el Señor nos dirigiera en el manejo de nuestras crisis? ¿Hemos tomado el tiempo para reflexionar acerca de cómo fue que Él hizo posible que no nos derrotara el desaliento, la desesperanza, la aflicción o el temor? ¿Hemos separado períodos de tiempo para revisitar aquellos escenarios de los que Dios nos sacó y hacerlo para dar gracias al Señor por las decisiones que no tomamos, por las reacciones que evitamos y las emociones a las que no sucumbimos?

Debemos señalar que este ejercicio de José es uno confesional. Estas expresiones son una confesión de fe. Él debió haber reconocido que ese ejercicio era fundamental para solidificar su fe y su confianza en el Señor. Los trabajos, las responsabilidades y los proyectos que tenía ante sí requerían que él reafirmara su fe y su compromiso con Aquél que lo había traído de la mano hasta ese lugar.

Él tenía que confesar que Dios había hecho y que Dios había bendecido. Él tenía que expresar que Dios le había dado la perspectiva correcta acerca de la aflicción y que lo había convertido en vencedor de la aflicción. José tenía que declarar que Dios lo había invitado a cantar en medio del dolor. Él tenía que afirmar que no podía perder de vista que él era un soldado al que Dios no le había permitido perder las batallas enfrentadas durante los pasados trece (13) años.

¡A Dios sea la gloria por la vida de este paladín bíblico!


     
[1] https://www.davidjeremiah.org/television/weekend?date=2026-10-04
[2] https://indefensionaprendida.weebly.com/experimentos.html
[3] https://biblehub.com/text/genesis/41-52.htm
[4] Gesenius, W., & Tregelles, S. P. (2003). In Gesenius’ Hebrew and Chaldee lexicon to the Old Testament Scriptures (pp. 641–642). Logos Bible Software
[5] Op. cit.
[6] El segundo verbo es la traducción del concepto “zâmar” (H2167), la acción de tocar las cuerdas de un instrumento musical .









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