November 1st, 2026
1081 • El Heraldo Digital – Institucional • Volumen XVII • 1 de noviembre del 2026
Familias dirigidas por el Espíritu Santo: el análisis de la familia de Jacob - Parte XXXI
José: la agenda para la restauración y transformación de la familia de Jacob.
Los hermanos de José: actores en esta trama
“Cuando Jacob se enteró de que había trigo en Egipto, les dijo a sus hijos: «¿Qué hacen mirándose los unos a los otros sin hacer nada? 2 Miren, me enteré de que hay trigo en Egipto. Vayan allá y compren trigo para nosotros. De esa manera podremos sobrevivir y no nos dejaremos morir». 3 Entonces diez de los hermanos de José se fueron a Egipto a comprar trigo. 4 Pero Jacob no mandó con sus otros hermanos a Benjamín, el hermano de José, porque temía que le pasara algo. 5 Así los hijos de Israel se fueron a comprar trigo, en compañía de muchos otros, porque la escasez había alcanzado la tierra de Canaán.
6 José era el gobernador del país. Él era el que vendía el trigo a toda la gente de la tierra. Los hermanos de José llegaron y se postraron rostro en tierra ante él. 7 Cuando José vio a sus hermanos, los reconoció, pero actuó como si no los conociera. Les habló de una manera muy dura y les preguntó: —¿De dónde vienen? Ellos respondieron: —Venimos de la tierra de Canaán, a comprar comida. 8 José reconoció a sus hermanos, pero ellos no lo reconocieron a él. 9 José también se acordó de los sueños que había tenido sobre ellos. Les dijo: —Ustedes son espías, han venido a ver cuáles son nuestros puntos débiles. 10 Pero sus hermanos le dijeron: —No, señor. Nosotros, sus siervos, vinimos a comprar comida. 11 Todos somos hijos de un mismo hombre. Somos personas honestas. Nosotros, sus siervos, no somos espías.
12 Entonces José les dijo: —¡No! Ustedes han venido a ver cuáles son nuestros puntos débiles. 13 Ellos dijeron: —¡No! Nosotros, sus siervos, somos doce hermanos, hijos de un hombre en la tierra de Canaán. Nuestro hermano menor está con nuestro papá, y nuestro otro hermano ya murió.”
(Gén 42:1-2, PDT)
Los procesos ensamblados por Dios para la restauración de la familia de Jacob han sido analizados ampliamente. Los trabajos que han realizado sobre este tema algunos de los especialistas en el análisis bíblico y teológico son insustituibles. Esto no significa que estemos de acuerdo con todas las conclusiones a las que ellos han llegado y con las afirmaciones que han hecho estos. Significa que hay rutas exegéticas, análisis textuales, críticos, literarios e históricos muy bien estructurados que facilitan nuestros análisis y sustentan nuestras conclusiones. Es por esto que esta reflexión, al igual que las próximas, requerirá que hagamos referencias constantes a las publicaciones de varios de estos exégetas bíblicos.
Comenzamos con las contribuciones realizadas por el Dr. Walter Brueggemann.[1] Este especialista en el análisis bíblico comparte en sus publicaciones que los capítulos 37 y 45 del Libro de Génesis son el eje focal para la interpretación teológica de los procesos de restauración de esa familia. Encontramos los sueños de José en el primero y el cumplimento de estos en el segundo.
Brueggemann añade que los capítulos que están en el medio, del 39 al 41 y del 42 al 44, sirven el propósito de desarrollar y ampliar esta trama. Él ha llegado a la conclusión de que la trama que se desarrolla en los capítulos 39 al 41 es externa y pública. En cambio, la que se desarrolla en los capítulos 42 al 44 presenta una interacción privada y psicológica. [2]
Es en los capítulos 42 al 44 en los que se pone en función la agenda de Dios, a través de José, para establecer las bases fundamentales del proceso de restauración familiar que hemos mencionado.
Ahora bien, Brueggemann concluye que una interpretación asertiva de lo que ocurre en esa narrativa bíblica requiere que conozcamos en detalle a los actores, así como las funciones de estos en esa trama. A continuación, un ejemplo de estas funciones. Estas narrativas nos permiten concluir que José funciona aquí como el hijo que conoce lo que está sucediendo y que posee todo el poder. En cambio, Jacob funciona como un padre que no conoce nada de lo que está sucediendo y que vive preocupado por sus pérdidas.
Brueggemann también señala que es muy importante entender que existen agendas externas e internas en esta trama. La agenda externa es que el hambre provocó la convocatoria para que uno que operaba como príncipe de Egipto le pudiera dar alimento a una familia necesitada. Dicho de otro modo, que el hambre funciona aquí como la ocasión para que se desarrollara la narrativa que describe los procesos para la transformación y la restauración de esta familia y no como el centro o el eje focal de esta.[3]
Luego de esto, Brueggemann señala que la agenda interna es el control sobre Benjamín.
Repetimos: esa estructura bíblica nos conmina a afirmar que Dios estaba permitiendo el desarrollo de una agenda externa como una base para crear el escenario adecuado para lo que era realmente importante. Esto es, el desarrollo de una agenda interna que serviría para restaurar la familia de Jacob.
Es altamente probable que los miembros de esta familia chocaran con otras agendas en medio de su peregrinación y de sus encuentros con José. No obstante, ninguna de esas “otras” agendas pudo descarrilar el plan divino.
Los creyentes en Cristo debemos aprender a ver así las crisis y los escenarios que estas traen consigo. La fe en Cristo nos debe conminar a verlos como “las excusas” provistas por el cielo para concedernos las oportunidades para insertarnos en las agendas de restauración y transformación que Dios tiene para nosotros, así como para los nuestros.
El Dr. Howard Stone ha señalado que todas las crisis tienen un centro religioso porque consiguen producir preguntas existenciales.[4] Dado que esto es así, entonces debemos pedirle al Señor que alumbre los ojos de nuestro entendimiento (Efe 1:17-18) para que podamos ser capaces de encontrar ese centro. Estamos convencidos de que la fe en Cristo es un elemento vital e insustituible para encontrar ese centro, así como para identificar el propósito de Dios para nuestras vidas.
Esta afirmación es cónsona con otro señalamiento en hace Brueggemann. Él plantea que los capítulos 42 al 44 pueden ser vistos como la descripción de la lucha provocada por la necesidad de alimentos. Sin embargo, una lectura profunda de estos nos conducirá a observar que hay otros escenarios y niveles de luchas desatándose aquí. La lucha por la supervivencia física se desarrollaba aquí al mismo tiempo que la lucha por la fe. Esta última puede ser definida como una lucha para poder ser capaces de creer en el poder de unos sueños dados por Dios.
Este es un escenario mucho más común de lo que creemos. Hemos visto que las luchas para el desarrollo de las agendas de restauración de nuestras familias, en muchas ocasiones vienen disfrazadas de otras clases de conflictos. Reiteramos que debemos orar pidiendo que el Señor nos provea el discernimiento necesario para no perder la oportunidad de insertarnos en la agenda de Dios y no en otras agendas.
Ahora bien, es importante entender que un paso primordial es el de la activación de la fe: la capacidad para creer que Dios está presente y que está actuando en medio nuestro.
Hemos compartido que Brueggemann decide analizar los actores de esta trama: algo genial. En primer lugar, él decide analizar a los hermanos de José. Esa interpretación es compartida por otros especialistas en el texto bíblico. Por ejemplo, el Dr. John H. Sailhamer destaca que el escritor de la narrativa del capítulo 42 del Génesis diferencia a los hermanos de José que desataron la crisis, de los hijos de Jacob.[5]
“3 Y descendieron los diez hermanos de José a comprar trigo en Egipto.” (Gén 42:3, RV 1960)
“38 Y él dijo: No descenderá mi hijo [6]con vosotros, pues su hermano ha muerto, y él solo ha quedado; y si le aconteciere algún desastre en el camino por donde vais, haréis descender mis canas con dolor al Seol.” (v.38)
Sailhamer señala que esas clasificaciones no son arbitrarias. Por un lado, estas describen lo que ya sabemos: Jacob operaba como si sólo tuviera dos (2) hijos: José y Benjamín: los hijos de Raquel. Esta es una de las razones por las que el verso bíblico que hemos citado identifique a los otros diez (10) como los hermanos de José. Al mismo tiempo, esta narrativa bíblica ofrece estas clasificaciones para que los lectores puedan internalizar que hay varias agendas desarrollándose al mismo tiempo. Esto implica que había una agenda divina específica para la restauración de los diez (10) hermanos de José, una específica para Benjamín, una para José y otra para Jacob. En otras palabras, que Dios había ordenado y separado procesos específicos para la transformación de todos los miembros de esa familia.
¿Qué nos puede hacer pensar que Dios hará algo distinto con nuestras familias? El Dios de Abraham, de Isaac y de Jacob es nuestro Dios. La Biblia dice que Él no se muda y que en Él no hay mudanza ni sombra de variación (Stg 1:17). Él es el mismo ayer, hoy y por los siglos (Heb 13:8). Dios siempre se toma el cuidado de vernos como personas con necesidades específicas y únicas.
Brueggemann describe a los hermanos de José señalando que ellos estaban atados por sus acciones contra este último (Gén 37:20-31) y por haber engañado a su padre (vv. 32-35). Esto último, dice él, estaba en el fondo de todo lo demás. Este insigne exégeta bíblico concluye que ellos no poseían espacio para poder actuar con libertad, carecían de energía para el desarrollo de la imaginación y no poseían posibilidad alguna de gozar de la libertad necesaria para poder tener una vida de calidad. Él continúa identificando las otras ataduras que tenían los hermanos de José.
Brueggemann va más allá: él dice que la culpa y la ansiedad que ellos tenían no podían aflorar en la presencia de su padre, ni en la de José: no podían darse ese “lujo.” De hacerlo, se arriesgaban a producir otros niveles de angustia y dolor en Jacob. Es por eso que sus afirmaciones en esta parte de la narrativa bíblica deben ser consideradas desde otra perspectiva. Ellos debían procurar actuar con honestidad, efectividad y apertura. O sea, que sus declaraciones eran genuinas y estaban convencidos de lo que dijeron. No obstante, ellos no gozaban de la libertad necesaria como para poder ser efectivos en sus propósitos.[8] Las dos cosas sucedían al mismo tiempo.
¿Cómo llega Brueggemann a estas conclusiones? El análisis de los textos bíblicos es fundamental para esto. Tomemos como ejemplo el sentido de culpa que tenían los diez (10) hermanos de José. Esta narrativa bíblica nos permite concluir que la culpa ejercía un poder despiadado sobre ellos. Veamos algunos ejemplos de esto:
“21 Se dijeron unos a otros: —Estamos pagando lo que le hicimos a nuestro hermano. Vimos que estaba en problemas, nos rogó que le tuviéramos compasión, pero nosotros no lo escuchamos. Es por eso que ahora nosotros estamos en problemas.” (Gén 42:21, PDT)
“16 Judá dijo: —Señor, ¡no hay nada que le podamos decir! No tenemos manera de explicar. No hay forma de mostrarle que somos inocentes. Dios nos juzgó culpables por otra cosa que hicimos. Entonces, todos nosotros seremos sus esclavos, incluso el que fue encontrado con la copa.” (Gén 44:16)
¿Qué capacidad para creer puede tener un ser humano que está atado de esta manera? Sin duda alguna que es por eso que la agenda de Dios para la restauración de los diez (10) hermanos de José tenía que incluir elementos y eventos que les pudieran devolver la fe. Sin esa fe no habría convicción para la confesión y sin la confesión no habría espacio para recibir el perdón liberador necesario.
Cabe aquí una pregunta: ¿a quién irían ellos a confesar sus pecados? ¿Ante Dios? ¿Cuál era la idea de Dios que ellos habían desarrollado? Contestaremos estas preguntas un poco más adelante.
Brueggemann también argumenta que los niveles de ansiedad y de culpa provocados por el pasado, los condujo a desarrollar un cerco de protección sobre Jacob y Benjamín. Basta considerar que los hermanos de José no tenían una idea de la vida de angustia, desconsuelo y pena en la que Jacob estaría sumido desde que escuchó la mentira que ellos habían fabricado (Gén 37:31-35). Jacob llevaba 22 años sumido en esta depresión profunda desde que ellos lo habían engañado.
Es importante destacar aquí que casi nunca nos detenemos a considerar cuáles serán los resultados de nuestras acciones a mediano y a largo plazo. Estos textos bíblicos son entonces una invitación a convencernos de renunciar a toda agenda que procure engañar a otros y/o a nosotros mismos. El ejercicio de examinar los resultados que esto puede producir es un disuasivo extraordinario.
Otro aspecto que tenemos que considerar en los hermanos de José es la incapacidad de ellos para creer en los sueños que Dios le había dado a José. Esta incapacidad para creer había limitado sus posibilidades de ver el futuro con esperanza. Veintidós años más tarde, esos sueños debían haber sido borrados de sus posibilidades para creer. Dicho de otro modo, los elementos que podían provocarlos para poner en acción su capacidad para creer habían desaparecido.
Brueggemann afirma que otro de los resultados de esa falta de fe fue que ellos no eran capaces de verse a sí mismos como los herederos de una promesa. Brueggemann concluye que Jacob era para ellos el último remanente de la fe de Abraham e Isaac y que tenían que cuidarlo.
Bruggemann comenta que esto último era lo que los provocaba a evitar tener que añadir más angustias sobre su padre.[9]
“16 Judá dijo: —Señor, ¡no hay nada que le podamos decir! No tenemos manera de explicar. No hay forma de mostrarle que somos inocentes. Dios nos juzgó culpables por otra cosa que hicimos. Entonces, todos nosotros seremos sus esclavos, incluso el que fue encontrado con la copa.” (Gén 44:16, NTV)
Sabemos que la narrativa bíblica que encontramos en los capítulos 42 al 44 del Libro de Génesis está entretejida alrededor de la interacción entre José y Judá. Analizaremos esto cuando estudiemos a José y a Jacob como actores en esta parte de esta saga. Adelantamos en otras reflexiones que Dios tenía que utilizar a José para desarrollar unos conflictos en diferentes segmentos de esta trama para poder provocar a Judá y que él pudiera expresar lo que había en su corazón.
Sabemos que es muy probable que algunos lectores de esta saga hayan llegado a la conclusión de que José se estaba desquitando de sus hermanos. Nada más lejos de la verdad. Lo sabemos porque la Biblia dice que lo primero que llegó al pensamiento de José cuando vio a sus hermanos fueron sus sueños. Dicho de otro modo: lo primero que apareció en la mente de este hombre fue la palabra profética que Dios había dado.
“8 José reconoció a sus hermanos, pero ellos no lo reconocieron a él. 9 José también se acordó de los sueños que había tenido sobre ellos.” (Gén 42:8-9a, PDT)
Estamos convencidos de que esta fue una pieza clave en el discernimiento de José. Esas expresiones afirman que el punto focal de los sueños no era él y mucho menos que los hermanos lo reverenciaran. El punto focal era la misericordia divina para salvar a su familia del hambre y proveer los espacios para iniciar los procesos de restauración.[10] Podemos leer acerca de esa conclusión en el capítulo 50 del Libro de Génesis.
“20 Vosotros pensasteis mal contra mí, mas Dios lo encaminó a bien, para hacer lo que vemos hoy, para mantener en vida a mucho pueblo. 21 Ahora, pues, no tengáis miedo; yo os sustentaré a vosotros y a vuestros hijos. Así los consoló, y les habló al corazón.” (Gén 50:20-21, RV 1960)
Lo que ellos no podían ver, a causa de los lastres que cargaban y su incapacidad para creer, era que el sueño se estaba cumpliendo a pesar de ellos. Brueggemann destaca tres (3) ocasiones en las que ellos participan como actores en el cumplimiento de ese sueño.
“6 Como José era gobernador de Egipto y estaba encargado de vender el grano a todas las personas, sus hermanos tuvieron que acudir a él. Cuando llegaron, se inclinaron delante de él, con el rostro en tierra.” (Gén 42:6, NTV)
“26 Cuando José volvió a casa, le entregaron los regalos que le habían traído y luego se postraron hasta el suelo delante de él. 27 Después de saludarlos, él les preguntó: —¿Cómo está su padre, el anciano del que me hablaron? ¿Todavía vive? 28 —Sí—contestaron—. Nuestro padre, siervo de usted, sigue con vida y está bien. Y volvieron a postrarse.” (Gén 43:26-28)
“14 José todavía estaba en su palacio cuando Judá y sus hermanos llegaron. Entonces se postraron en el suelo delante de él.” (Gén 44:14)
Tal y como lo señala Bruegemann: el sueño se estaba cumpliendo. El futuro esperanzador del único Dios que puede proveer vida abundante estaba en acción. Sin embargo, sus temores y sus ansiedades no les permitían ver ni entender lo que estaba sucediendo.
Hay una afirmación en el Nuevo Testamento que explica esta conducta.
“Si tenemos miedo es por temor al castigo, y esto muestra que no hemos experimentado plenamente el perfecto amor de Dios” (1 Jn 4:18b, NTV)
El profesor Brueggemann añade a todo esto que un sentido de predestinación, algo en el que los judíos no creen, había afectado su comprensión de Dios.[11] Él llega a esa conclusión porque la narrativa bíblica describe que ellos enlazaron su sentido de culpa con Dios.
“28 «¡Miren!—exclamó a sus hermanos—. Me devolvieron el dinero. ¡Aquí está en mi costal!». Entonces se les desplomó el corazón y, temblando, se decían unos a otros: «¿Qué nos ha hecho Dios?».” (Gén 42:28, NTV)
“16 Judá dijo: —Señor, ¡no hay nada que le podamos decir! No tenemos manera de explicar. No hay forma de mostrarle que somos inocentes. Dios nos juzgó culpables por otra cosa que hicimos. Entonces, todos nosotros seremos sus esclavos, incluso el que fue encontrado con la copa.” (Gén 44:16, PDT)
Una de las conclusiones a las que llega Brueggemann es que este manejo de la culpa los condujo a ver esta como un factor definitivo en la relación de ellos con el Creador. Esto no les permitía ser capaces de creer en el Dios de las promesas. Por lo tanto, todas sus acciones requerirían un “quid pro quo”[12] como respuesta a su culpa.
Es imposible servir a Dios así. Es más, Él Señor no quiere que le sirvamos así. Es por esto que Él se ofreció por nosotros en la cruz del Calvario: para que pudiéramos ser capaces de ser libres del pecado y de la culpa que este produce. Servir al Señor motivado por la culpa y procurando hace algo para que Él tenga misericordia de nosotros es una antítesis de la gracia. El mensaje del Evangelio describe que nuestra salvación es un regalo de la gracia divina. Esto es así porque ninguno de nosotros merece ser salvo. Es por esto que Dios tuvo que regalarnos la salvación a través de su Hijo. Tratar de hacer algo para que Dios no vea nuestra culpa colocaría la salvación dentro de la definición de lo que es un salario: que nos paguen por lo que hacemos. No es así que opera la salvación que Dios nos ha regalado en Cristo.
La Biblia dice que Cristo resolvió este dilema en la cruz.
“24 En la cruz, Cristo cargó nuestros pecados en su propio cuerpo para apartarnos de ellos y para que vivamos como le agrada a Dios; por las heridas que él sufrió, ustedes fueron sanados.” (1 Ped 2:24, PDT)
La Biblia dice que debemos evitar pecar, pero que hay un remedio provisto por Dios si lo hacemos.
“1 Hijitos míos, estas cosas os escribo para que no pequéis; y si alguno hubiere pecado, abogado tenemos para con el Padre, a Jesucristo el justo. 2 Y él es la propiciación por nuestros pecados; y no solamente por los nuestros, sino también por los de todo el mundo.” (1 Jn 2:1-2, RV 1960)
La idea de Dios que ellos tenían hacía más difícil el proceso para la confesión. Por lo tanto, otro punto importante en esta agenda tendría que ser devolverles una idea correcta de Dios y de su misericordia.
Brueggemann concluye su análisis acerca de los hermanos de José señalando que ellos operaban en esta trama como un lote no diferenciado, con la excepción de las siguientes intervenciones:
Por último: la frase que describe el corazón desplomado (Gén 42:28, NTV), el sobresalto del corazón que incluyen otras versiones de las Sagradas Escrituras, demuestra progresos en la agenda de Dios. Los hermanos de José necesitaron ser confrontados con algo que no podían resolver para ser poder ser capaces de experimentar esto. Por un lado, el temor de tener que regresar a Egipto para conseguir más alimentos con la posibilidad de ser vistos como unos ladrones. Por el otro, la incapacidad de resolver esto con otra agenda de engaños. Ellos no eran capaces de ver que Dios nos bendice.
¿Cuál es el progreso en la trama? Los corazones de los hermanos de José podían ser sacudidos.
Nuestra próxima reflexión será dedicada a analizar a Jacob como uno de los actores en esta trama.
[1] Brueggemann, Walter. Genesis: Interpretation: A Bible Commentary for Teaching and Preaching. Commentary). David C. Cook. Kindle Edition
[2] Op.cit., pp. 335-337.
[3] Op.cit.
[4] Stone, Howard. Crisis Counseling, Fortress Press, Philadelphia, 1989, p. 8.
[5] Sailhamer, John H.. Genesis (The Expositor's Bible Commentary) (p. 552). Zondervan Academic. Kindle Edition.
[6] Haciendo referencia a Benjamín.
[7] Brueggemann, Op. cit.
[8] Op. cit.
[9] Op. cit., pp. 337-338.
[10] Sailhamer, John H.. Op. cit.
[11] Brueggemann, Op. cit., p. 338.
[12] Hacer algo a cambio de algo.
Familias dirigidas por el Espíritu Santo: el análisis de la familia de Jacob - Parte XXXI
José: la agenda para la restauración y transformación de la familia de Jacob.
Los hermanos de José: actores en esta trama
“Cuando Jacob se enteró de que había trigo en Egipto, les dijo a sus hijos: «¿Qué hacen mirándose los unos a los otros sin hacer nada? 2 Miren, me enteré de que hay trigo en Egipto. Vayan allá y compren trigo para nosotros. De esa manera podremos sobrevivir y no nos dejaremos morir». 3 Entonces diez de los hermanos de José se fueron a Egipto a comprar trigo. 4 Pero Jacob no mandó con sus otros hermanos a Benjamín, el hermano de José, porque temía que le pasara algo. 5 Así los hijos de Israel se fueron a comprar trigo, en compañía de muchos otros, porque la escasez había alcanzado la tierra de Canaán.
6 José era el gobernador del país. Él era el que vendía el trigo a toda la gente de la tierra. Los hermanos de José llegaron y se postraron rostro en tierra ante él. 7 Cuando José vio a sus hermanos, los reconoció, pero actuó como si no los conociera. Les habló de una manera muy dura y les preguntó: —¿De dónde vienen? Ellos respondieron: —Venimos de la tierra de Canaán, a comprar comida. 8 José reconoció a sus hermanos, pero ellos no lo reconocieron a él. 9 José también se acordó de los sueños que había tenido sobre ellos. Les dijo: —Ustedes son espías, han venido a ver cuáles son nuestros puntos débiles. 10 Pero sus hermanos le dijeron: —No, señor. Nosotros, sus siervos, vinimos a comprar comida. 11 Todos somos hijos de un mismo hombre. Somos personas honestas. Nosotros, sus siervos, no somos espías.
12 Entonces José les dijo: —¡No! Ustedes han venido a ver cuáles son nuestros puntos débiles. 13 Ellos dijeron: —¡No! Nosotros, sus siervos, somos doce hermanos, hijos de un hombre en la tierra de Canaán. Nuestro hermano menor está con nuestro papá, y nuestro otro hermano ya murió.”
(Gén 42:1-2, PDT)
Los procesos ensamblados por Dios para la restauración de la familia de Jacob han sido analizados ampliamente. Los trabajos que han realizado sobre este tema algunos de los especialistas en el análisis bíblico y teológico son insustituibles. Esto no significa que estemos de acuerdo con todas las conclusiones a las que ellos han llegado y con las afirmaciones que han hecho estos. Significa que hay rutas exegéticas, análisis textuales, críticos, literarios e históricos muy bien estructurados que facilitan nuestros análisis y sustentan nuestras conclusiones. Es por esto que esta reflexión, al igual que las próximas, requerirá que hagamos referencias constantes a las publicaciones de varios de estos exégetas bíblicos.
Comenzamos con las contribuciones realizadas por el Dr. Walter Brueggemann.[1] Este especialista en el análisis bíblico comparte en sus publicaciones que los capítulos 37 y 45 del Libro de Génesis son el eje focal para la interpretación teológica de los procesos de restauración de esa familia. Encontramos los sueños de José en el primero y el cumplimento de estos en el segundo.
Brueggemann añade que los capítulos que están en el medio, del 39 al 41 y del 42 al 44, sirven el propósito de desarrollar y ampliar esta trama. Él ha llegado a la conclusión de que la trama que se desarrolla en los capítulos 39 al 41 es externa y pública. En cambio, la que se desarrolla en los capítulos 42 al 44 presenta una interacción privada y psicológica. [2]
Es en los capítulos 42 al 44 en los que se pone en función la agenda de Dios, a través de José, para establecer las bases fundamentales del proceso de restauración familiar que hemos mencionado.
Ahora bien, Brueggemann concluye que una interpretación asertiva de lo que ocurre en esa narrativa bíblica requiere que conozcamos en detalle a los actores, así como las funciones de estos en esa trama. A continuación, un ejemplo de estas funciones. Estas narrativas nos permiten concluir que José funciona aquí como el hijo que conoce lo que está sucediendo y que posee todo el poder. En cambio, Jacob funciona como un padre que no conoce nada de lo que está sucediendo y que vive preocupado por sus pérdidas.
Brueggemann también señala que es muy importante entender que existen agendas externas e internas en esta trama. La agenda externa es que el hambre provocó la convocatoria para que uno que operaba como príncipe de Egipto le pudiera dar alimento a una familia necesitada. Dicho de otro modo, que el hambre funciona aquí como la ocasión para que se desarrollara la narrativa que describe los procesos para la transformación y la restauración de esta familia y no como el centro o el eje focal de esta.[3]
Luego de esto, Brueggemann señala que la agenda interna es el control sobre Benjamín.
Repetimos: esa estructura bíblica nos conmina a afirmar que Dios estaba permitiendo el desarrollo de una agenda externa como una base para crear el escenario adecuado para lo que era realmente importante. Esto es, el desarrollo de una agenda interna que serviría para restaurar la familia de Jacob.
Es altamente probable que los miembros de esta familia chocaran con otras agendas en medio de su peregrinación y de sus encuentros con José. No obstante, ninguna de esas “otras” agendas pudo descarrilar el plan divino.
Los creyentes en Cristo debemos aprender a ver así las crisis y los escenarios que estas traen consigo. La fe en Cristo nos debe conminar a verlos como “las excusas” provistas por el cielo para concedernos las oportunidades para insertarnos en las agendas de restauración y transformación que Dios tiene para nosotros, así como para los nuestros.
El Dr. Howard Stone ha señalado que todas las crisis tienen un centro religioso porque consiguen producir preguntas existenciales.[4] Dado que esto es así, entonces debemos pedirle al Señor que alumbre los ojos de nuestro entendimiento (Efe 1:17-18) para que podamos ser capaces de encontrar ese centro. Estamos convencidos de que la fe en Cristo es un elemento vital e insustituible para encontrar ese centro, así como para identificar el propósito de Dios para nuestras vidas.
Esta afirmación es cónsona con otro señalamiento en hace Brueggemann. Él plantea que los capítulos 42 al 44 pueden ser vistos como la descripción de la lucha provocada por la necesidad de alimentos. Sin embargo, una lectura profunda de estos nos conducirá a observar que hay otros escenarios y niveles de luchas desatándose aquí. La lucha por la supervivencia física se desarrollaba aquí al mismo tiempo que la lucha por la fe. Esta última puede ser definida como una lucha para poder ser capaces de creer en el poder de unos sueños dados por Dios.
Este es un escenario mucho más común de lo que creemos. Hemos visto que las luchas para el desarrollo de las agendas de restauración de nuestras familias, en muchas ocasiones vienen disfrazadas de otras clases de conflictos. Reiteramos que debemos orar pidiendo que el Señor nos provea el discernimiento necesario para no perder la oportunidad de insertarnos en la agenda de Dios y no en otras agendas.
Ahora bien, es importante entender que un paso primordial es el de la activación de la fe: la capacidad para creer que Dios está presente y que está actuando en medio nuestro.
Hemos compartido que Brueggemann decide analizar los actores de esta trama: algo genial. En primer lugar, él decide analizar a los hermanos de José. Esa interpretación es compartida por otros especialistas en el texto bíblico. Por ejemplo, el Dr. John H. Sailhamer destaca que el escritor de la narrativa del capítulo 42 del Génesis diferencia a los hermanos de José que desataron la crisis, de los hijos de Jacob.[5]
“3 Y descendieron los diez hermanos de José a comprar trigo en Egipto.” (Gén 42:3, RV 1960)
“38 Y él dijo: No descenderá mi hijo [6]con vosotros, pues su hermano ha muerto, y él solo ha quedado; y si le aconteciere algún desastre en el camino por donde vais, haréis descender mis canas con dolor al Seol.” (v.38)
Sailhamer señala que esas clasificaciones no son arbitrarias. Por un lado, estas describen lo que ya sabemos: Jacob operaba como si sólo tuviera dos (2) hijos: José y Benjamín: los hijos de Raquel. Esta es una de las razones por las que el verso bíblico que hemos citado identifique a los otros diez (10) como los hermanos de José. Al mismo tiempo, esta narrativa bíblica ofrece estas clasificaciones para que los lectores puedan internalizar que hay varias agendas desarrollándose al mismo tiempo. Esto implica que había una agenda divina específica para la restauración de los diez (10) hermanos de José, una específica para Benjamín, una para José y otra para Jacob. En otras palabras, que Dios había ordenado y separado procesos específicos para la transformación de todos los miembros de esa familia.
¿Qué nos puede hacer pensar que Dios hará algo distinto con nuestras familias? El Dios de Abraham, de Isaac y de Jacob es nuestro Dios. La Biblia dice que Él no se muda y que en Él no hay mudanza ni sombra de variación (Stg 1:17). Él es el mismo ayer, hoy y por los siglos (Heb 13:8). Dios siempre se toma el cuidado de vernos como personas con necesidades específicas y únicas.
Brueggemann describe a los hermanos de José señalando que ellos estaban atados por sus acciones contra este último (Gén 37:20-31) y por haber engañado a su padre (vv. 32-35). Esto último, dice él, estaba en el fondo de todo lo demás. Este insigne exégeta bíblico concluye que ellos no poseían espacio para poder actuar con libertad, carecían de energía para el desarrollo de la imaginación y no poseían posibilidad alguna de gozar de la libertad necesaria para poder tener una vida de calidad. Él continúa identificando las otras ataduras que tenían los hermanos de José.
- el poder que ejercía sobre ellos un pasado para el que no habían encontrado el perdón.
- la inmovilización que produce la culpa.
- la dirección que produce la ansiedad.[7]
Brueggemann va más allá: él dice que la culpa y la ansiedad que ellos tenían no podían aflorar en la presencia de su padre, ni en la de José: no podían darse ese “lujo.” De hacerlo, se arriesgaban a producir otros niveles de angustia y dolor en Jacob. Es por eso que sus afirmaciones en esta parte de la narrativa bíblica deben ser consideradas desde otra perspectiva. Ellos debían procurar actuar con honestidad, efectividad y apertura. O sea, que sus declaraciones eran genuinas y estaban convencidos de lo que dijeron. No obstante, ellos no gozaban de la libertad necesaria como para poder ser efectivos en sus propósitos.[8] Las dos cosas sucedían al mismo tiempo.
¿Cómo llega Brueggemann a estas conclusiones? El análisis de los textos bíblicos es fundamental para esto. Tomemos como ejemplo el sentido de culpa que tenían los diez (10) hermanos de José. Esta narrativa bíblica nos permite concluir que la culpa ejercía un poder despiadado sobre ellos. Veamos algunos ejemplos de esto:
“21 Se dijeron unos a otros: —Estamos pagando lo que le hicimos a nuestro hermano. Vimos que estaba en problemas, nos rogó que le tuviéramos compasión, pero nosotros no lo escuchamos. Es por eso que ahora nosotros estamos en problemas.” (Gén 42:21, PDT)
“16 Judá dijo: —Señor, ¡no hay nada que le podamos decir! No tenemos manera de explicar. No hay forma de mostrarle que somos inocentes. Dios nos juzgó culpables por otra cosa que hicimos. Entonces, todos nosotros seremos sus esclavos, incluso el que fue encontrado con la copa.” (Gén 44:16)
¿Qué capacidad para creer puede tener un ser humano que está atado de esta manera? Sin duda alguna que es por eso que la agenda de Dios para la restauración de los diez (10) hermanos de José tenía que incluir elementos y eventos que les pudieran devolver la fe. Sin esa fe no habría convicción para la confesión y sin la confesión no habría espacio para recibir el perdón liberador necesario.
Cabe aquí una pregunta: ¿a quién irían ellos a confesar sus pecados? ¿Ante Dios? ¿Cuál era la idea de Dios que ellos habían desarrollado? Contestaremos estas preguntas un poco más adelante.
Brueggemann también argumenta que los niveles de ansiedad y de culpa provocados por el pasado, los condujo a desarrollar un cerco de protección sobre Jacob y Benjamín. Basta considerar que los hermanos de José no tenían una idea de la vida de angustia, desconsuelo y pena en la que Jacob estaría sumido desde que escuchó la mentira que ellos habían fabricado (Gén 37:31-35). Jacob llevaba 22 años sumido en esta depresión profunda desde que ellos lo habían engañado.
Es importante destacar aquí que casi nunca nos detenemos a considerar cuáles serán los resultados de nuestras acciones a mediano y a largo plazo. Estos textos bíblicos son entonces una invitación a convencernos de renunciar a toda agenda que procure engañar a otros y/o a nosotros mismos. El ejercicio de examinar los resultados que esto puede producir es un disuasivo extraordinario.
Otro aspecto que tenemos que considerar en los hermanos de José es la incapacidad de ellos para creer en los sueños que Dios le había dado a José. Esta incapacidad para creer había limitado sus posibilidades de ver el futuro con esperanza. Veintidós años más tarde, esos sueños debían haber sido borrados de sus posibilidades para creer. Dicho de otro modo, los elementos que podían provocarlos para poner en acción su capacidad para creer habían desaparecido.
Brueggemann afirma que otro de los resultados de esa falta de fe fue que ellos no eran capaces de verse a sí mismos como los herederos de una promesa. Brueggemann concluye que Jacob era para ellos el último remanente de la fe de Abraham e Isaac y que tenían que cuidarlo.
Bruggemann comenta que esto último era lo que los provocaba a evitar tener que añadir más angustias sobre su padre.[9]
“16 Judá dijo: —Señor, ¡no hay nada que le podamos decir! No tenemos manera de explicar. No hay forma de mostrarle que somos inocentes. Dios nos juzgó culpables por otra cosa que hicimos. Entonces, todos nosotros seremos sus esclavos, incluso el que fue encontrado con la copa.” (Gén 44:16, NTV)
Sabemos que la narrativa bíblica que encontramos en los capítulos 42 al 44 del Libro de Génesis está entretejida alrededor de la interacción entre José y Judá. Analizaremos esto cuando estudiemos a José y a Jacob como actores en esta parte de esta saga. Adelantamos en otras reflexiones que Dios tenía que utilizar a José para desarrollar unos conflictos en diferentes segmentos de esta trama para poder provocar a Judá y que él pudiera expresar lo que había en su corazón.
Sabemos que es muy probable que algunos lectores de esta saga hayan llegado a la conclusión de que José se estaba desquitando de sus hermanos. Nada más lejos de la verdad. Lo sabemos porque la Biblia dice que lo primero que llegó al pensamiento de José cuando vio a sus hermanos fueron sus sueños. Dicho de otro modo: lo primero que apareció en la mente de este hombre fue la palabra profética que Dios había dado.
“8 José reconoció a sus hermanos, pero ellos no lo reconocieron a él. 9 José también se acordó de los sueños que había tenido sobre ellos.” (Gén 42:8-9a, PDT)
Estamos convencidos de que esta fue una pieza clave en el discernimiento de José. Esas expresiones afirman que el punto focal de los sueños no era él y mucho menos que los hermanos lo reverenciaran. El punto focal era la misericordia divina para salvar a su familia del hambre y proveer los espacios para iniciar los procesos de restauración.[10] Podemos leer acerca de esa conclusión en el capítulo 50 del Libro de Génesis.
“20 Vosotros pensasteis mal contra mí, mas Dios lo encaminó a bien, para hacer lo que vemos hoy, para mantener en vida a mucho pueblo. 21 Ahora, pues, no tengáis miedo; yo os sustentaré a vosotros y a vuestros hijos. Así los consoló, y les habló al corazón.” (Gén 50:20-21, RV 1960)
Lo que ellos no podían ver, a causa de los lastres que cargaban y su incapacidad para creer, era que el sueño se estaba cumpliendo a pesar de ellos. Brueggemann destaca tres (3) ocasiones en las que ellos participan como actores en el cumplimiento de ese sueño.
“6 Como José era gobernador de Egipto y estaba encargado de vender el grano a todas las personas, sus hermanos tuvieron que acudir a él. Cuando llegaron, se inclinaron delante de él, con el rostro en tierra.” (Gén 42:6, NTV)
“26 Cuando José volvió a casa, le entregaron los regalos que le habían traído y luego se postraron hasta el suelo delante de él. 27 Después de saludarlos, él les preguntó: —¿Cómo está su padre, el anciano del que me hablaron? ¿Todavía vive? 28 —Sí—contestaron—. Nuestro padre, siervo de usted, sigue con vida y está bien. Y volvieron a postrarse.” (Gén 43:26-28)
“14 José todavía estaba en su palacio cuando Judá y sus hermanos llegaron. Entonces se postraron en el suelo delante de él.” (Gén 44:14)
Tal y como lo señala Bruegemann: el sueño se estaba cumpliendo. El futuro esperanzador del único Dios que puede proveer vida abundante estaba en acción. Sin embargo, sus temores y sus ansiedades no les permitían ver ni entender lo que estaba sucediendo.
Hay una afirmación en el Nuevo Testamento que explica esta conducta.
“Si tenemos miedo es por temor al castigo, y esto muestra que no hemos experimentado plenamente el perfecto amor de Dios” (1 Jn 4:18b, NTV)
El profesor Brueggemann añade a todo esto que un sentido de predestinación, algo en el que los judíos no creen, había afectado su comprensión de Dios.[11] Él llega a esa conclusión porque la narrativa bíblica describe que ellos enlazaron su sentido de culpa con Dios.
“28 «¡Miren!—exclamó a sus hermanos—. Me devolvieron el dinero. ¡Aquí está en mi costal!». Entonces se les desplomó el corazón y, temblando, se decían unos a otros: «¿Qué nos ha hecho Dios?».” (Gén 42:28, NTV)
“16 Judá dijo: —Señor, ¡no hay nada que le podamos decir! No tenemos manera de explicar. No hay forma de mostrarle que somos inocentes. Dios nos juzgó culpables por otra cosa que hicimos. Entonces, todos nosotros seremos sus esclavos, incluso el que fue encontrado con la copa.” (Gén 44:16, PDT)
Una de las conclusiones a las que llega Brueggemann es que este manejo de la culpa los condujo a ver esta como un factor definitivo en la relación de ellos con el Creador. Esto no les permitía ser capaces de creer en el Dios de las promesas. Por lo tanto, todas sus acciones requerirían un “quid pro quo”[12] como respuesta a su culpa.
Es imposible servir a Dios así. Es más, Él Señor no quiere que le sirvamos así. Es por esto que Él se ofreció por nosotros en la cruz del Calvario: para que pudiéramos ser capaces de ser libres del pecado y de la culpa que este produce. Servir al Señor motivado por la culpa y procurando hace algo para que Él tenga misericordia de nosotros es una antítesis de la gracia. El mensaje del Evangelio describe que nuestra salvación es un regalo de la gracia divina. Esto es así porque ninguno de nosotros merece ser salvo. Es por esto que Dios tuvo que regalarnos la salvación a través de su Hijo. Tratar de hacer algo para que Dios no vea nuestra culpa colocaría la salvación dentro de la definición de lo que es un salario: que nos paguen por lo que hacemos. No es así que opera la salvación que Dios nos ha regalado en Cristo.
La Biblia dice que Cristo resolvió este dilema en la cruz.
“24 En la cruz, Cristo cargó nuestros pecados en su propio cuerpo para apartarnos de ellos y para que vivamos como le agrada a Dios; por las heridas que él sufrió, ustedes fueron sanados.” (1 Ped 2:24, PDT)
La Biblia dice que debemos evitar pecar, pero que hay un remedio provisto por Dios si lo hacemos.
“1 Hijitos míos, estas cosas os escribo para que no pequéis; y si alguno hubiere pecado, abogado tenemos para con el Padre, a Jesucristo el justo. 2 Y él es la propiciación por nuestros pecados; y no solamente por los nuestros, sino también por los de todo el mundo.” (1 Jn 2:1-2, RV 1960)
La idea de Dios que ellos tenían hacía más difícil el proceso para la confesión. Por lo tanto, otro punto importante en esta agenda tendría que ser devolverles una idea correcta de Dios y de su misericordia.
Brueggemann concluye su análisis acerca de los hermanos de José señalando que ellos operaban en esta trama como un lote no diferenciado, con la excepción de las siguientes intervenciones:
- Rubén - la reprensión que él levanta (Gén 42:22).
- Rubén - la promesa que él realiza (Gén 42:37).
- Judá - la súplica que él realiza (Gén 43:8-10).
- Judá - el discurso emotivo que él presenta (Gén 44:18-34).
Por último: la frase que describe el corazón desplomado (Gén 42:28, NTV), el sobresalto del corazón que incluyen otras versiones de las Sagradas Escrituras, demuestra progresos en la agenda de Dios. Los hermanos de José necesitaron ser confrontados con algo que no podían resolver para ser poder ser capaces de experimentar esto. Por un lado, el temor de tener que regresar a Egipto para conseguir más alimentos con la posibilidad de ser vistos como unos ladrones. Por el otro, la incapacidad de resolver esto con otra agenda de engaños. Ellos no eran capaces de ver que Dios nos bendice.
¿Cuál es el progreso en la trama? Los corazones de los hermanos de José podían ser sacudidos.
Nuestra próxima reflexión será dedicada a analizar a Jacob como uno de los actores en esta trama.
[1] Brueggemann, Walter. Genesis: Interpretation: A Bible Commentary for Teaching and Preaching. Commentary). David C. Cook. Kindle Edition
[2] Op.cit., pp. 335-337.
[3] Op.cit.
[4] Stone, Howard. Crisis Counseling, Fortress Press, Philadelphia, 1989, p. 8.
[5] Sailhamer, John H.. Genesis (The Expositor's Bible Commentary) (p. 552). Zondervan Academic. Kindle Edition.
[6] Haciendo referencia a Benjamín.
[7] Brueggemann, Op. cit.
[8] Op. cit.
[9] Op. cit., pp. 337-338.
[10] Sailhamer, John H.. Op. cit.
[11] Brueggemann, Op. cit., p. 338.
[12] Hacer algo a cambio de algo.
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