1082 • El Heraldo Digital – Institucional • Volumen XVII • 8 de noviembre del 2026

1082 • El Heraldo Digital – Institucional • Volumen XVII • 8 de noviembre del 2026
“In memoriam”
 
Rdo. Jacinto Esquilín Robles
(Sept 11, 1928- Octubre 23, 2026)
 
“6 Porque yo ya estoy para ser sacrificado, y el tiempo de mi partida está cercano. 7 He peleado la buena batalla, he acabado la carrera, he guardado la fe. 8 Por lo demás, me está guardada la corona de justicia, la cual me dará el Señor, juez justo, en aquel día; y no sólo a mí, sino también a todos los que aman su venida.” (2 Tim 4:6-8, RV 1960)

El pasaje bíblico que encabeza esta reflexión fue escrito por el Apóstol Pablo en sus últimos días sobre la faz de la tierra. La certeza y la convicción que emanan de las palabras escritas por este Apóstol mientras se encontraba en la cárcel Mamertine en Roma han impactado a la iglesia del Señor a través de todas sus generaciones.

A través de estas expresiones Pablo nos permite ver los resultados del examen que realizó de todos sus tiempos existenciales. Esto es, el análisis de sus condiciones en el presente, las de su pasado, así como las de su futuro.

Ante el examen de las realidades de su presente este Apóstol declara sin titubear que su vida estaba preparada para ser “derramada” (“spendō”, G4689), como se derraman las ofrendas de libación en un altar (Éxo 29:40-41; Lev 23:13; Núm 15:1-12; 28:7, 24). Pablo ve su vida como la ofrenda máxima que se puede poner a los pies del Señor, no para tratar de conseguir algo de parte del Eterno, sino como una ofrenda de gratitud por todo lo que Él ha hecho por nosotros. Él añade que estaba listo para experimentar su partida; que su barca fuera desamarrada (“análusis”, G359) del puerto en el que se encuentra para ir al puerto al que pertenece.

“6 Porque yo ya estoy para ser sacrificado, y el tiempo de mi partida está cercano”

A través de esta expresión el Apóstol nos permite conocer que este mundo no era su puerto final. Él afirma que nuestro Señor le esperaba en las mansiones celestiales, puerto en el que anhelaba atracar.

Pablo realizó un examen de su pasado y concluyó que podía marcharse en paz por lo siguiente:

“7 He peleado la buena batalla, he acabado la carrera, he guardado la fe.”

Estos tres temas, la batalla, la carrera y guardar la fe formaron parte de su historia como siervo del Señor. Comenzamos señalando que las batallas (“agōn”, G73) de este Apóstol del Señor comenzaron en el camino a Damasco (Hechos 9) y continuaron por cerca de 30 años hasta la cárcel Mamertine en Roma. Tal y como él lo describe en algunas de sus cartas, fueron batallas contra falsos maestros y falsos hermanos, contra el imperio y sobre todo, contra los principados, las potestades y las autoridades de las tinieblas (Efe 6:12).

Esa expresión también afirma que Pablo escogió sus batallas. Él afirmó que escogió pelear
(“agōnizomai”, G75) aquellas que consideró que eran buenas.

Mirando el pasado, él también afirmó que sabía que había acabado su carrera (“dromos”, G1408), concepto que implica que hay un trayecto exclusivo, una carrear única para cada creyente. En el caso de Pablo, él sabía desde el principio de su conversión que el Señor había dicho lo siguiente acerca de él:

“16 porque yo le mostraré cuánto le es necesario padecer por mi nombre” (Hch 9:16).

Años antes de escribir las expresiones que estamos analizando aquí, él mismo había dicho que su propia vida no contaba, con tal de que pudiera ser capaz de correr con gozo hasta el fin de la carrera y cumplir con el encargo que el Señor le había entregado: anunciar la buena noticia del amor de Dios (Hch 20:24, DHH)

Además, Pablo, mirando al pasado, se alegró de haber podido guardar (“tēreō”, G5083) la fe. Esto significa que Pablo protegió, retuvo, guardó, preservó, conservó y/o vigiló el depósito apostólico de la doctrina —el Evangelio. Los lectores consuetudinarios de la Biblia reconocerán que esto es algo que Pablo le había asignado e indicado a Timoteo (1 Tim 6:20; 2 Tim 1:14; 4:2).[1]

Pablo mira hacia el futuro, al final de su vida, para declarar lo siguiente:
 
“8 Por lo demás, me está guardada la corona de justicia, la cual me dará el Señor, juez justo, en aquel día; y no sólo a mí, sino también a todos los que aman su venida.”

Llama la atención que Pablo haya escogido afirmar el anhelo de esta corona entre todas las que aparecen en la Biblia. Nos llama la atención que algunas de las coronas que la Biblia describe son la corona de la vida (Apo 2:10), la corona incorruptible (1 Cor 9:25) y la corona de gloria (1 Ped 5:2). ¿Por qué es que Pablo afirma que le espera la corona de justicia? La razón bíblica y teológica que explica esto es que la justificación ante Dios pertenece al grupo de aquellas cosas que nosotros no podemos conseguir con nuestro esfuerzo. La Biblia dice que la justificación ante nuestro Señor es por la fe (Rom 5:1). Ella también dice que el proceso para ser convertidos en justicia de Dios sólo puede ser conseguido a través del sacrificio de Cristo en la cruz del Calvario

“21 Al que no conoció pecado, por nosotros lo hizo pecado, para que nosotros fuésemos hechos justicia de Dios en él.” (2 Cor 5:21, RV 1960)
   
Sin duda alguna que este era el anhelo futuro de este Apóstol. Pablo lo había expresado así en otra de sus cartas.

“9 y ser hallado en él, no teniendo mi propia justicia, que es por la ley, sino la que es por la fe de Cristo, la justicia que es de Dios por la fe; 10 a fin de conocerle, y el poder de su resurrección, y la participación de sus padecimientos, llegando a ser semejante a él en su muerte,” (Fil 3:9-10)

Sin temor a equivocarnos, podemos afirmar que el testimonio paulino se replicó en la vida del Pastor Fundador de la Iglesia AMEC: Casa de Alabanza: el Rdo. Jacinto Esquilín Robles.

Mirando su presente inmediato, el Rdo. Esquilín Robles enfrentó los últimos años de su vida teniendo la dicha de ser atendido como un príncipe. Lucy, la menor de sus hijos, capitaneó estas tareas de manera ejemplar por muchos años. Sin embargo, este no es el dato más relevante del presente inmediato de este siervo del Señor. A lo largo de la recta final de su vida el pastor Jacinto tuvo muchas oportunidades para dejarnos saber que estaba preparado para su mudanza y que estaba escuchando la voz de su Señor. En una de estas, la oportunidad de escuchar la música y la adoración celestial. Sí: fue en una de sus crisis de salud más recientes que le escuchamos preguntar si nosotros estábamos escuchando la adoración, los coritos que estaban cantando. Las puertas de los cielos se habían abierto y él estaba escuchando el servicio que tienen los santos ante la presencia de Dios. Su vida, como una barca, estaba preparada para que la desamarraran y así poder surcar hacia el andén del puerto celestial.

Mirando su pasado, comenzamos diciendo que nuestro Pastor Fundador nació en el pueblo de Canóvanas, Puerto Rico el once de septiembre de 1928; dos días antes de que nuestra Isla fuera abatida por el huracán San Felipe. En otras palabras: el pastor Jacinto nació con la obligación de aprender a batallar contra los huracanes que trae la vida.

Don Jacinto era el tercero de diez hijos habidos en el matrimonio compuesto por Juan Esquilín Boria (abuelo Juan- Juanito) y Francisca Robles Carrasquillo (abuela Panchita). Esta pareja había procreado 13 hijos, pero tres de estos murieron poco después de haber nacido: dos varones y una hembra. La precariedad holística que se experimentaba en esa época de nuestro País se sumó a que Jacinto lidiaba con un estado de salud muy pobre. El hambre rampante se mezclaba con las barrigas infladas producidas por los parásitos y en el caso de éste, con unas fiebres que lo azotaban con frecuencia. El alcoholismo en el que Juanito se había sumido tampoco contribuía a paliar esta situación. Panchita relataba con mucha frecuencia que ella creía que Jacinto no logaría vivir mucho.

Fue la condición de salud de nuestro Pastor Fundador la que condujo a Panchita a tocar las puertas de otras experiencias religiosas, muy distintas a la que ella había practicado desde su niñez. Entre estas, permitir que Jacinto asistiera a unas escuelas bíblicas de extensión para niños que se celebraban en el barrio La Monserrate (conocido como La Central a causa de la central azucarera que estaba localizada allí). Don Ezequiel lo venía a buscar todos los sábados en la mañana, en compañía de otros niños de la comunidad. Otra, asistir con su familia a alguna iglesia evangélica acabada de plantar en el casco urbano del pueblo en el que residían.

Una de estas, la Iglesia Cruzada Evangélica Misionera. Este movimiento estaba estableciendo una iglesia en Canóvanas (1944). Cecilia Esquilín (Doña Pepita), una cuñada de Panchita había prestado su hogar para esto.

Ocurrió algo maravilloso que marcó la historia de la familia de Panchita la noche en la que ella llegó allí con sus muchachos. Abuela relataba que esa noche ella le hizo una petición muy especial a Dios. Dijo:

«Dios, tú sabes que yo no soy evangélica y que no conozco mucho de lo que ocurre aquí. Pero si decides escucharme y me sanas a Jacinto, yo prometo consagrarlo para tu servicio. Es más, te consagraré a sus hijos, a los hijos de sus hijos, a los hijos de los hijos de sus hijos y a todos los demás mientras vivan».

Abuela aún no había hecho profesión de fe. Esto ocurrió cerca de dos años más tarde. Sin embargo, el Señor fue más que misericordioso con abuela. No sólo le concedió que Jacinto fuera sanado de todas sus enfermedades, sino que ella tuvo el privilegio de verle aceptar a Cristo como su Salvador y su Señor al año siguiente. Meses más tarde, nuestro Pastor Fundador traía a Panchita los pies del Señor.

Jacinto fue enlistado en las Fuerzas Armadas, como parte del Regimiento 65 de infantería, unidad militar compuesta casi en su totalidad por tropas puertorriqueñas. Ese Regimiento militar fue enviado a combatir en Corea en el año 1950. Nuestro Pastor Fundador regresó de esa guerra el viernes 11 de abril de 1952 (viernes santo). No sabía él que ese teatro de combate lo había convertido en el soldado “canovanense” con más condecoraciones en la historia de ese municipio que está localizado al este de Puerto Rico. Una palabra profética convertida en promesa de Dios lo sostuvo durante los dos años que estuvo en el frente de batalla: “Ni un cabello de tu cabeza perecerá” (Lcs 21:18; Hch 27:34).

A su regreso a nuestra isla Jacinto decidió realizar estudios en la Universidad de Puerto Rico (UPR); estudios conducentes a un bachillerato (licenciatura) en contabilidad. Estos estudios coincidieron con el llamado al ministerio que el Señor le hizo. Nuestro Pastor Fundador fue llamado a servir como presidente de la Cruzada Evangélica en Canóvanas en el año 1955.[2] Dios le había conminado a cambiar las armas de la guerra por las armas de la paz que el Evangelio nos da. Sus dones como predicador, uno de los mejores en el País, así como su capacidad administrativa, sólo eran superadas por su pasión por la vida de oración y por su amor por la Palabra de Dios. Su vida en esos primeros años en el servicio pastoral se desarrolló entre la iglesia, la UPR y su trabajo en la Autoridad de Tierras, agencia del Gobierno de Puerto Rico, que entre otras cosas, tenía a cargo la industria de la caña de azúcar.
 
Pocos años más tarde, Jacinto decidió establecer relaciones con una joven que había comenzado a asistir a la Cruzada Evangélica: Carmelina García Pérez (Minín). Esa relación maduró hasta convertirse en una matrimonial el 13 de abril de 1957. Dios bendijo esa unión matrimonial con cuatro hijos: Mizraim, Vilma Elizabeth, José Ángel (Vanyo) y Luz Noemí (Lucy), diez nietos y siete biznietos.

En los años sesenta Jacinto pasó a laborar en la industria privada (Warner Lambert) y luego con el correo de los Estados Unidos. Para ese entonces, Jacinto había completado sus estudios teológicos en el Seminario de los Defensores de la fe Cristiana. Además, sus tareas ministeriales se habían amplificado con el llamado al ministerio de la predicación que Dios le hizo al mayor de sus hijos en el año 1963. El desarrollo y el cuidado de las estructuras espirituales, familiares y ministeriales necesarias requirieron que él decidiera aceptar un reto de fe que le propuso el Señor. Dios le habló diciéndole que renunciara a su empleo en el gobierno federal para dedicar su casa al servicio de Dios, a la oración, al cuidado de las almas y al desarrollo del ministerio de predicación que Dios le había prodigado al mayor de sus hijos. Es de ese paso de obediencia que nació lo que conocemos hoy como la Agrupación de Misioneros Evangelistas de Canóvanas (AMEC). Pelear la buena batalla, correr la carrera y el ejercicio de guardar la fe cobraban otras dimensiones.

Fue en medio de esa empresa de fe que el Señor comenzó a mostrarle lo que haría con la iglesia AMEC. La obediencia al mandato de Dios desató esas promesas. Las palabras proféticas no se hicieron esperar.

“La iglesia que nacerá será escuchada en todo el mundo y vista en vivo y a colores en todo el planeta.”

“Usaré esta iglesia para extender el mensaje de mi Palabra allende los mares.”

“Los milagros, prodigios y señales no escasearán.”

“No tendrán necesidad de pedir ofrendas porque Yo proveeré todo cuánto necesiten para mi obra.”

El crecimiento y el desarrollo del grupo de oración fue constante: se oraba a todas horas y en todo momento. Las actividades evangelísticas y de predicación a través de toda la isla, así como en las islas del Caribe, eran consuetudinarias. El avivamiento que se desató entre los jóvenes que estudiaban en la escuela superior del pueblo de Canóvanas, entre estudiantes de la UPR en Río Piedras, así como en el Colegio de Mayagüez fue uno sin precedentes. Es aquí que se establecieron las bases de nuestra iglesia para el énfasis en la educación cristiana, así como la secular. El pastor Jacinto insistía en la preparación de nuestros jóvenes para el desarrollo de tareas ministeriales y seculares de excelencia. Fue tanto el crecimiento que el grupo tuvo que ser aposentado como institución religiosa. AMEC fue registrada en las agencias de gobierno como institución eclesiástica en el mes junio del 1978.

Dios habló al corazón del Pastor Fundador para que en ese mismo año estuviera de acuerdo con la salida del mayor de sus hijos del seno de AMEC. Esto, de modo que este pudiera completar su formación teológica bajo el cuidado del Rdo. Félix Castro Rodríguez, amigo personal del pastor Jacinto.

Las luchas no se hicieron esperar. Se desarrollaron muchos frentes de batalla: batallas espirituales, retos y conflictos a granel. Entre estos, la incapacidad para conseguir una sede que la iglesia pudiera identificar como su templo. Durante todos esos procesos el Pastor Jacinto procuró que la Iglesia AMEC se anclara en las promesas que había recibido del Señor.

El Señor derramó lluvias de bendiciones que se tradujeron en nuevos llamados. Esta vez, a dos de los hijos del Pastor Fundador. El Señor los convocó al ministerio de la música y de la adoración. El nacimiento del ministerio 33 D.C. marcó la vida de la iglesia local, así como la de las comunidades eclesiásticas nacionales e internacionales. Dios, en su misericordia infinita, que había resuelto exportar la predicación allende los mares, ahora exportaba la música y las alabanzas que le había entregado a esa iglesia.

Nuestro Pastor Fundador continuaba repitiendo las promesas que Dios le había hecho a la Iglesia.

Dios visitó al pastor Jacinto en el año 1993. El templo que la Primera Iglesia Bautista de Canóvanas utilizó hasta el año 1976 fue colocado en sus manos para que sirviera como sede institucional de nuestra Iglesia.

Como un oxímoron, fue muy cerca de esa época que comenzaron a complicarse las condiciones de salud de nuestro Pastor Fundador. Un aspecto impresionante de esa época es que las crisis de salud del pastor Jacinto coincidían con un aumento en las demostraciones únicas del poder de Dios, traducidas en milagros, señales y prodigios de lo alto. Aunque sus aflicciones de salud eran muchas, ninguna de estas pudo amilanar su pasión por el Señor y por la Iglesia.

Don Jacinto amó al Señor con todas las fuerzas de su corazón. Fue un hombre fiel, capaz de guardar el depósito de la Palabra de Verdad, con un testimonio de altura y sin mácula. Fue mentor de cientos de creyentes en Cristo. Su vida puede ser resumida diciendo que fue un testimonio vivo del mensaje que el Señor le envió a predicar. El pastor Jacinto era una luz encendida dentro y fuera de su hogar. Las aguas que emanaban de su corazón siempre fueron dulces y puras.

El Pastor Fundador fue un pastor amoroso, un esposo tierno, un padre ejemplar, un abuelo y un bisabuelo como muy pocos. Él vivía mirando a su Señor y procurando serle fiel.

Mirando hacia su futuro, los ojos del pastor Jacinto se cerraron el viernes 23 de octubre del corriente. Los años pasaron y el Señor le había dado vida para ver el cumplimiento de las promesas que le había hecho. Él había peleado la buena batalla, acabado su carrera y guardado la fe.

Por la misericordia y la gracia del Señor no se marchó a las moradas celestiales sin ver que la Iglesia que él soñó y ensambló es vista y escuchada en todo el planeta. Sus ojos se cerraron luego de ver que, tal y como dijo el Señor, la Palabra está siendo predicada allende los mares. Sus ojos se cerraron luego de ver que el Señor continúa desatando milagros, señales y prodigios sobre la organización religiosa que puso en sus manos. Él cerró sus ojos viendo que la provisión misericordiosa del Señor nunca ha cesado.

Sus ojos se cerraron luego de ver el cumplimiento de un compromiso que Dios le hizo a una madre en el año 1945: hijos de los hijos consagrados de generación en generación. Nos mantenemos orando por la próxima generación: biznietos que han comenzado a disfrutar de la gracia de servir al Señor desde el altar.

Los ojos del Rdo. Jacinto Esquilín Robles se cerraron. Él se quedó dormido en la Florida Central y abrió sus ojos ante Aquél que le esperaba para darle la corona de justicia que tiene preparada para aquellos que aman su venida (“epiphaneia”, G2015).

Su vida y su testimonio, su integridad y su compromiso se presentan ante nosotros como un reto. El estándar establecido por esa generación de gigantes que nos ha precedido se convierte en un reto para el servicio que Dios espera de nosotros. El testimonio, la integridad y el compromiso de nuestro Pastor Fundador tienen que ser considerados como un modelo que Dios nos invita a emular.

Sabemos que lo volveremos a ver en ese hermoso día en el que el Señor vendrá por su Iglesia o en el momento glorioso que nos convoque para estar ante Su presencia.


 
[1] Hughes, R. Kent; Bryan Chapell. 1–2 Timothy and Titus: To Guard the Deposit (Preaching the Word) (p. 362). Crossway. Kindle Edition.
[2] La Cruzada Evangélica llamaba así a sus pastores. Fue en épocas muy recientes que decidieron llamarlos pastores.










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