1075 • El Heraldo Digital – Institucional • Volumen XVII • 20 de septiembre del 2026

1075 • El Heraldo Digital – Institucional • Volumen XVII • 20 de septiembre del 2026
Familias dirigidas por el Espíritu Santo: el análisis de la familia de Jacob - Parte XXVI
Los sueños del Faraón

 
“37 El faraón y todos sus ministros aprobaron la propuesta. 38 Luego el faraón les dijo a sus ministros:
—¿Podríamos encontrar a otro hombre como este, que tenga el espíritu de Dios en él? 39 Entonces el faraón le dijo a José:  —Como Dios te ha mostrado todo esto a ti, no existe nadie más sabio e inteligente que tú.”
(Gén 41:37-39, PDT)

Nuestra reflexión anterior nos permitió presentar un análisis muy superficial acerca de la presencia del Espíritu de Dios en la vida de José. Las preguntas y la necesidad de información adicional que esta ha levantado nos obligan a ampliar la presentación de este tema.

Es muy importante señalar que cuando estudiamos la presencia del Espíritu de Dios no estamos analizando una fuerza o una energía. Cuando estudiamos el Espíritu de Dios o el Espíritu Santo, estudiamos las características y las funciones de una persona: la Tercera Persona de la Trinidad. Esto es, que Él es co-igual y co-existente con el Padre y el Hijo, que es santo, omnipresente, omnisciente, omnisapiente, no creado y eterno.

A continuación, una tabla que recoge algunas referencias bíblicas en las que se describen características similares para el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo.


Ahora bien, sabemos que la Biblia establece que el Espíritu Santo reservó algunas de sus funciones para la Iglesia del Señor. En otras palabras, funciones que sólo pueden ser observadas en la vida de los creyentes en Cristo y en la Iglesia del Señor. Por lo tanto, estas funciones no estaban disponibles, por así decirlo, para los personajes bíblicos que encontramos en el Antiguo Testamento.

Veamos algunos ejemplos de esto. La Biblia dice que el Espíritu Santo nos dirige a Cristo. José no podía ser dirigido a Cristo porque ese segmento del plan de salvación no había sido puesto en acción. Es muy cierto que la Biblia dice que el Espíritu que dirigía y operaba en los profetas del Antiguo Testamento anunciaba los sufrimientos de Cristo y las glorias que vendrían después de estos. Sin embargo, ese mismo pasaje bíblico señala que las cosas que los profetas comunicaban no eran para ellos. Ese mensaje era para nosotros, los redimidos por la sangre que nuestro Salvador derramó en la cruz del Gólgota.

“10 Incluso los profetas quisieron saber más cuando profetizaron acerca de esta salvación inmerecida que estaba preparada para ustedes. 11 Se preguntaban a qué tiempo y en qué circunstancias se refería el Espíritu de Cristo, que estaba en ellos, cuando les dijo de antemano sobre los sufrimientos de Cristo y de la inmensa gloria que después vendría. 12 Se les dijo que los mensajes que habían recibido no eran para ellos sino para ustedes. Y ahora esta Buena Noticia les fue anunciada a ustedes por medio de aquellos que la predicaron con el poder del Espíritu Santo, enviado del cielo. Todo es tan maravilloso que aun los ángeles observan con gran expectación cómo suceden estas cosas.” (1 Ped 1:10-12, NTV)

Los lectores deben haberse percatado que este pasaje bíblico también describe un nivel de poder para la predicación nunca antes visto: el del Espíritu Santo. Ese nivel de demostración de poder, con señales, milagros y prodigios pertenece a la Iglesia del Señor. Sabemos que José no podía predicar acerca de Cristo. La buena noticia de la salvación y la vida eterna está disponible desde el ministerio de nuestro Señor, su sacrificio en la cruz y el derramamiento del Espíritu Santo el día de Pentecostés (Hechos 2:1-41).

Además, la Biblia dice que el poder que el Espíritu Santo desata en la predicación tiene como propósito guiarnos a toda la verdad (Jn 16:13), dirigirnos a Cristo, convencernos de pecado, de juicio y de justicia (vv. 8-11), glorificar a Cristo (Jn 16:14), enseñarnos y recordarnos todo lo que Él dijo (Jn 14:26), además de hacernos saber las cosas que habrán de venir (Jn 16:13). José no gozaba de estas bendiciones.

La Biblia dice que el Espíritu Santo habita en el creyente (Jn 7:38-39; 1 Cor 3:16; 6:19). Ella dice que esa presencia en el interior del creyente es esencial para que podamos ser capaces de vivir la vida que agrada al Señor y poder participar de la resurrección de los muertos cuando Cristo venga por su Iglesia.

“9 Mas vosotros no vivís según la carne, sino según el Espíritu, si es que el Espíritu de Dios mora en vosotros. Y si alguno no tiene el Espíritu de Cristo, no es de él. 10 Pero si Cristo está en vosotros, el cuerpo en verdad está muerto a causa del pecado, mas el espíritu vive a causa de la justicia. 11 Y si el Espíritu de aquel que levantó de los muertos a Jesús mora en vosotros, el que levantó de los muertos a Cristo Jesús vivificará también vuestros cuerpos mortales por su Espíritu que mora en vosotros.”  (Rom 8:9-11, RV 1960)

José tampoco tuvo el privilegio de contar con estas bendiciones permanentes. Es más, él no podrá participar del evento de la resurrección de los muertos cuando Cristo venga a buscar su Iglesia. No olvidemos que José no forma parte de aquellos que hemos sido lavados con la sangre que Jesucristo derramó en la cruz del Calvario. La Palabra de Dios establece que José va a resucitar después.

Al mismo tiempo, la Biblia nos enseña que la Gran Comisión concluye con una promesa de Cristo nuestro Señor y Salvador:

“18 Y Jesús se acercó y les habló diciendo: Toda potestad me es dada en el cielo y en la tierra. 19 Por tanto, id, y haced discípulos a todas las naciones, bautizándolos en el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo; 20 enseñándoles que guarden todas las cosas que os he mandado; y he aquí yo estoy con vosotros todos los días, hasta el fin del mundo. Amén.” (Mat 28:18-20)

El cumplimiento de la promesa acerca de la permanencia de Cristo con nosotros hasta el fin del mundo se establece a base de la presencia permanente del Espíritu Santo. O sea, que el Espíritu Santo no fue prometido para moverse de manera itinerante entre nosotros. Él fue prometido para estar permanentemente en nosotros y con nosotros. Los personajes que encontramos en el Antiguo Testamento no gozaban de esa bendición permanente.

Esa presencia permanente facilita que el Espíritu Santo opere como nuestro Maestro. La Tercera Persona de la Trinidad desempeña esa función vital en nuestras vidas. Él es instrumental guiando nuestros pensamientos, acciones y decisiones. Él nos ayuda a comprender la Palabra de Dios mientras nos guía a las enseñanzas de Cristo. Como hemos descrito en párrafos anteriores, Cristo dijo que el Espíritu Santo nos enseñaría todas las cosas y nos recordaría todo lo que nuestro Señor dijo (Jn 14:26). La Biblia establece que sólo hace falta permanecer en Él para poder ser partícipes de esa bendición.

“27 Pero la unción que vosotros recibisteis de él permanece en vosotros, y no tenéis necesidad de que nadie os enseñe; así como la unción misma os enseña todas las cosas, y es verdadera, y no es mentira, según ella os ha enseñado, permaneced en él.” (1 Jn 2:27)

Al mismo tiempo, la Biblia dice que esa dirección es esencial para que podamos ser llamados hijos de Dios y para que seamos capaces de andar y vivir en el Espíritu.

“Porque todos los que son guiados por el Espíritu de Dios son hijos de Dios.” (Rom 8:14)

“Si vivimos por el Espíritu, andemos también por el Espíritu.” (Gál 5:25)

 La Biblia establece que estas bendiciones son el cumplimiento de una palabra profética que el Señor nos regaló a través del profeta Isaías. Esa palabra profética halló su cumplimiento en Cristo, así como en la Iglesia que es su cuerpo.

“Y reposará sobre él el Espíritu del Señor, espíritu de sabiduría y de entendimiento, espíritu de consejo y de poder, espíritu de conocimiento y de temor del Señor.” (Isa 11:2)

Debemos comprender que Isaías dijo esto muchos siglos después de la muerte de José. Además, él dijo que esa palabra profética se cumpliría en el futuro. Por lo tanto, el undécimo hijo de Jacob no gozó de estas bendiciones. José pudo haber gozado de algunos de esos beneficios, pero no contaba con la plenitud de Aquél que todo lo llena en todo Efe 1:23). Esto es, la Iglesia del Señor: su cuerpo.

La Biblia también dice que el Espíritu Santo es el que reparte dones, carismas a la Iglesia.

“4 Hay diferentes clases de dones espirituales, pero todos vienen del mismo Espíritu. 5 Hay diferentes formas de servir, pero hay un solo Señor. 6 Hay diferentes formas de actuar, pero hay un solo Dios que trabaja entre nosotros en todo lo que hacemos. 7 El Espíritu se muestra de manera diferente en cada uno para beneficio de todos. 8 A uno le da la habilidad de hablar con palabras de sabiduría. El mismo Espíritu le da a otro la habilidad de hablar con conocimiento 9 y a otro le da fe. Ese mismo Espíritu le da a otro el don de sanar a los enfermos, 10 a otro el de hacer milagros, a otro el de profetizar y a otro el poder de reconocer cuando habla el Espíritu de Dios y cuando habla algún otro espíritu. A otro le da la habilidad de hablar en varias lenguas y a otro le da la habilidad de interpretarlas. 11 Todo eso lo hace un solo Espíritu y él decide lo que le da a cada cual.” (1 Cor 12:4-11, PDT)

Debemos concluir que José no gozaba de estas bendiciones. Es correcto afirmar que el Señor lo había empoderado con su Santo Espíritu, pero esto no lo dirigía a Cristo. El Espíritu de Dios había sido depositado en él, pero esto no incluía poseer los carismas que han sido regalados a la Iglesia del Señor. Dicho de otra manera: José no hablaba en lenguas, no tenía dones de sanidad divina, etcétera.  
 
Sabemos que estos ejemplos no describen todas las funciones que el Espíritu Santo manifiesta en la Iglesia del Señor. Las menciones que hemos realizado son tan solo un ejemplo de estas.

Afirmamos que José recibió el mismo tipo de empoderamiento que recibieron los profetas del Antiguo Testamento. Esta es la única manera de explicar cómo es que él podía entender aquellas cosas que aún no habían sido reveladas. Esta es la única manera de explicar la sabiduría, la capacidad para discernir los tiempos y la autoridad con la que él desarrolló los propósitos del Señor.

Encontramos un ejemplo similar al de José en el profeta Daniel cuando este necesitó la ayuda de Dios para conocer cuál había sido el sueño del rey de Babilonia y cuál era su significado. El resumen de esa narrativa bíblica es que ese rey, llamado Nabucodonosor, había tenido un sueño que le produjo perturbación (Dan 2:1). Esa narrativa bíblica describe que ese rey exigió que los magos, astrólogos, encantadores y caldeos de su reino le dijeran qué era lo que él había soñado y cuál era el significado de ese sueño (vv. 2-9).

Es muy interesante la reacción que tuvieron los magos, los adivinos, hechiceros y los caldeos ante la petición del rey.

“10 Los caldeos le respondieron: —Nadie en este mundo tiene el poder de hacer lo que el rey está pidiendo. Además, ningún rey por más poder o grandeza que tenga, ha pedido algo así a ningún hechicero, adivino o caldeo. 11 Lo que el rey está pidiendo es muy complicado y difícil, sólo los dioses podrían revelar un sueño de otra persona y decir su significado. Pero los dioses no viven con los humanos.” (Dan 2:10-12)

Estos oficiales de la corte de Nabucodonosor afirmaron que “sólo los dioses” podían resolver un asunto de esa naturaleza.

A continuación, las palabras de Daniel durante ese proceso:

“16 Entonces, Daniel fue y le pidió al rey algún tiempo para poder explicarle el significado del sueño. 17 Luego Daniel volvió a casa y les contó a sus compañeros Ananías, Misael y Azarías todo lo que estaba pasando. 18 Entonces pidieron que el Dios del cielo tuviera compasión de ellos y les revelara el secreto para que no tuvieran que morir con los demás sabios de Babilonia. 19 Esa noche Daniel tuvo una visión y Dios le reveló el significado del secreto. Entonces Daniel alabó al Dios del cielo 20 diciendo: «¡Alabado sea el nombre de Dios por siempre! ¡A él pertenecen el poder y la sabiduría! 21 Él cambia los tiempos y las estaciones, pone y quita reyes. Da sabiduría a los sabios e inteligencia a los expertos. 22 Él revela los secretos más profundos; conoce todo lo que hay en la oscuridad porque la luz vive junto a él. 23 Dios de mis antepasados te doy gracias y te alabo porque tú me has dado sabiduría y poder; me revelaste lo que te pedía. ¡Me diste a conocer el sueño del rey!»” (Dan 2:16-23, PDT)

Las expresiones de Daniel describen que su primera reacción ante la noticia de lo que Nabucodonosor exigía fue la de invitar a sus amigos a unirse a él en ruego, pidiendo a Dios misericordia (“rechêm”, H7379)[1]. Esto es, para no tener que morir junto a los sabios de Babilonia.
 
La segunda reacción de este profeta fue reconocer que Dios es el dueño del poder y la sabiduría. Daniel dijo que Dios es el que controla el curso de los sucesos del mundo (NTV) y el que da sabiduría a los sabios e inteligencia a los expertos. Él dijo que es Dios el que da sabiduría y poder. Daniel exclamó que es Dios el que “…revela las cosas profundas y secretas; el que conoce lo que está en la oscuridad, pues la luz está con él.” (DHH)

Estas expresiones describen unas afirmaciones teológicas recurrentes en el libro de este profeta. Estas son:
 
  • el control que Dios tiene sobre la historia;
  • la sabiduría que Dios le otorgó a los exiliados en Babilonia;
  • el conocimiento que Dios había exhibido en comparación con el de las deidades y los sabios de Babilonia;
  • la constancia de Dios en su propósito con su pueblo, uno que se encontraba exiliado, derrotado y humillado.

Las expresiones de este profeta nos permiten calificar lo que le sucedió a José cuando él tuvo que enfrentar al Faraón. Dios estaba utilizando a José para demostrar que Él es el que “controla el curso de los sucesos del mundo.” (NTV). Dios estaba utilizando a este hijo de Jacob para demostrar que Dios es el que “quita y pone reyes, da sabiduría a los sabios e inteligencia a los inteligentes. 22 Él revela las cosas profundas y secretas; conoce lo que está en la oscuridad, pues la luz está con él.” (DHH)

El Espíritu de Dios fue puesto en José para que Faraón reconociera el control que Dios tiene sobre la historia, la sabiduría que Dios le otorgó a los suyos, el conocimiento que Dios había exhibido en comparación con el de las deidades y los sabios de Egipto, así como la constancia de Dios en su propósito con su pueblo. No olvidemos que la familia de Jacob, convertida en pueblo, no sabía que se estaba adentrando a unos escenarios en los que se encontraría exiliada, derrotada y humillada en Egipto.

La conclusión de esta reflexión nos conduce a afirmar que la Iglesia, el Pueblo del Señor, siempre ha habitado en Babilonia, en Egipto, en Roma. Al igual que le sucedió a José y a Daniel, la Iglesia del Señor siempre está expuesta a escenarios en los que experimentará exilio, derrota y humillación. No obstante, la presencia permanente, la unción, el empoderamiento que hemos recibido del Espíritu Santo es superior a la que José y Daniel recibieron.

Por un lado, el Espíritu de Dios nos ha capacitado para dar testimonio de quién es Dios y quiénes somos nosotros. El Espíritu de Dios nos ha empoderado para hacerle saber a Babilonia, a Egipto y a Roma acerca del control que Dios tiene sobre la historia: “Él muda los tiempos y las edades; quita reyes, y pone reyes; da la sabiduría a los sabios, y la ciencia a los entendidos” (Dan 2:21, RV 1960). El Espíritu Santo nos ha llenado para hacerle saber a los reinos de este mundo que nosotros somos linaje escogido, real sacerdocio, nación santa, pueblo adquirido por Dios (1 Ped 2: 9a).

El Espíritu de Dios nos ha empoderado para que exhibamos la sabiduría que Dios nos ha otorgado a nosotros, peregrinos y extranjeros en esta tierra (1 Ped 2:11); Cristo, sabiduría de Dios (1 Cor 1:24).

“Mas por él estáis vosotros en Cristo Jesús, el cual nos ha sido hecho por Dios sabiduría, justificación, santificación y redención” (v. 30).

El Espíritu de Dios está sobre nosotros porque nos ungió el Señor para anunciar las buenas noticias de salvación a los pobres, para sanar a los afligidos, para anunciar liberación a los prisioneros y libertad a los presos, para anunciar el año en que el Señor se mostrará favorable; para consolar a todos los que están tristes, para darle al pueblo afligido de Sion una corona en vez de cenizas, aceite de alegría en vez de luto y vestido de alabanza en vez de espíritu triste. (Isa 61:1b- 3a, PDT)

El Espíritu Santo ha sido puesto en nuestro interior para que anunciemos las virtudes de aquel que nos llamó de las tinieblas a su luz admirable (1 Ped 2:9b).

El Espíritu Santo nos ha llenado para que exhibamos el conocimiento que Dios tiene en
 comparación con el de las deidades y los sabios de este mundo. Como dice el Apóstol Pablo:

“27 Y es que, para avergonzar a los sabios, Dios ha escogido a los que el mundo tiene por tontos; y para avergonzar a los fuertes, ha escogido a los que el mundo tiene por débiles. 28 Dios ha escogido a la gente despreciada y sin importancia de este mundo, es decir, a los que no son nada, para anular a los que son algo. 29 Así nadie podrá presumir delante de Dios.” (1 Cor 1:27-29, DHH).

Al igual que le sucedió a José y a Daniel, nosotros hemos sido ungidos por el Espíritu de Dios para exhibir la constancia que Dios tiene con su propósito y con su pueblo. Como dice el Apóstol Pablo en su Carta a los Romanos:

“28 Sabemos que Dios obra en toda situación para el bien de los que lo aman, los que han sido llamados por Dios de acuerdo a su propósito. 29 Dios los conocía antes de que el mundo fuera creado. Él decidió que fueran como su Hijo y quería que el Hijo fuera el mayor de muchos hermanos. 30 Dios decidió que serían como su Hijo, por eso los eligió por adelantado y los aprobó dándoles su gloria. 31 ¿Qué podemos decir de todo esto? Si Dios está a nuestro favor, nadie podrá estar contra nosotros. 32 Dios mostró su favor hacia nosotros hasta tal punto que dio a su propio Hijo para que muriera por nosotros. Siendo así, ¿cómo no nos va a dar, junto con él, todo lo que tiene? 33 ¿Quién podrá acusar al pueblo que Dios ha elegido? Dios es el que nos aprueba. 34 ¿Quién va a condenarnos? Cristo fue quien murió por nosotros y además resucitó. Ahora Cristo está sentado a la derecha de Dios y está rogando por nosotros. 35 ¿Podrá algo separarnos del amor de Cristo? Ni las dificultades, ni los problemas, ni las persecuciones, ni el hambre, ni la desnudez, ni el peligro ni tampoco la muerte. 36 Así está escrito: «Por ti estamos siempre en peligro de muerte, nos tratan como si fuéramos ovejas que van al matadero». 37 Más bien, en todo esto salimos más que victoriosos por medio de Dios quien nos amó. 38 Pues estoy convencido de que ni la muerte ni la vida, ni los ángeles ni los poderes diabólicos, ni lo presente, ni lo que vendrá en el futuro, ni poderes espirituales, 39 ni lo alto ni lo profundo, ni ninguna otra cosa creada podrá separarnos del amor de Dios que se encuentra en nuestro Señor Jesucristo.” (Rom 8:28-39, PDT)


 
[1] Este es un concepto arameo. Es la única ocasión que se utiliza en el Antiguo Testamento. Proviene del concepto que se utiliza para describir el vientre materno (“racham”, H7356).




Posted in
Posted in ,

No Comments


Categories

Archive

 2026
 2025

Recent

Tags