1067 • El Heraldo Digital – Institucional • Volumen XVII • 26 de julio del 2026

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Familias dirigidas por el Espíritu Santo: el análisis de la familia de Jacob - Parte XVIII
Una mirada a los procesos divinos sobre Judá y José.

 
“18»Cuando tus compatriotas israelitas te pregunten qué significa todo eso, 19 diles que el Señor DIOS dice: “Tomaré la tribu de José que está en manos de Efraín y las tribus de Israel que están relacionadas con él y los uniré a la tribu de Judá y los haré uno solo. Serán uno en mis manos.”  (Eze 37:18-19, PDT)

Nuestras reflexiones anteriores nos han permitido introducirnos en el estudio de la cárcel en la que fue echado José. No obstante, necesitamos realizar un paréntesis para repasar la relación que tiene ese lugar y los procesos que este hombre vivió allí con los eventos relacionados a Judá. En otras palabras, visitar los paralelismos que existen entre lo que le sucedió a José y los procesos que experimentó Judá. Repetimos algo que hemos compartido en otras reflexiones: ambos habían sido seleccionados por el Señor para lidiar con la crisis que existía en la casa de Jacob.

Sabemos que esta comparación nos ayudará a desarrollar una visión más completa de lo que el Señor estaba haciendo con José en esa prisión. Adelantamos que una presentación responsable de este tema requiere mostrar algunas evidencias de los análisis exegéticos y crítico-literarios que son necesarios para poder arribar a conclusiones responsables y sólidas.

Este paréntesis en nuestro análisis también nos permitirá subrayar algunos elementos vitales que nos regalan los textos bíblicos que hemos estado estudiando. Recordemos que la llegada de José a la cárcel fue precedida por muchos años de luchas, encuentros y desencuentros en su familia paterna. Esas crisis están descritas y desparramadas en el primer libro de la Biblia. Por lo tanto, el análisis de esos textos no puede ser desarrollado con prisa.

Es un secreto a voces que la casa de Abraham, de Isaac y de Jacob estaba siendo sacudida y amenazada de forma tal que su estabilidad había sido puesta en peligro. La buena noticia es que Dios no se había olvidado de ellos ni de sus promesas.

No olvidemos que los patriarcas no eran seres humanos perfectos: ninguno lo es. Permítanos ampliar esta aseveración. La Biblia nos permite conocer que Abraham había sido confrontado con sus temores. El temor a perder la vida (Gén 12:10-17; 20:1-7) y el temor provocado por haber envejecido sin haber visto el cumplimiento de las promesas que Dios le había hecho (Gén 15:1-4; 17:17-18) son algunos de estos. Es muy relevante señalar que la Biblia no presenta la fe como antídoto de los temores. La Biblia enseña que el perfecto amor es el que echa fuera el temor.

“18 El amor no sufre del miedo. Por el contrario, el amor que es maduro echa fuera el miedo, pues el miedo tiene que ver con el castigo. Así que el que sufre del miedo, todavía tiene que madurarse en el tema del amor.” (1 Jn 4:18, PDT)

Dicho de otra forma, Abraham es el padre de la fe, pero necesitaba ser perfeccionado, madurarse en el amor que remueve el temor.

De igual manera, la Biblia nos permite conocer que Isaac era un individuo demasiado pasivo, al que ni siquiera le gustaba defender los pozos que había cavado (Gén 26:19-25). De hecho, la Biblia dice que Isaac era tan pasivo que reaccionó ante la esterilidad de Rebeca veinte (20) años después de haberse casado (Gén 25:19, 26). Simultáneamente, la Biblia dice que Jacob era un engañador, que a menudo era traicionado por su impulsividad y que sufría lo que conocemos hoy como depresiones muy severas.

La casa de Abraham y la de Isaac sobrevivieron a los problemas provocados por estos rasgos en las personalidades de estos hombres llamados por Dios. Sin embargo, este no parecía ser el rumbo de la casa de Jacob.

La misericordia del Señor se hace evidente cuando observamos que estos tres (3) hombres fueron escogidos por Él para sentar las bases para el desarrollo del plan eterno de salvación. Sin duda alguna, esta conclusión nos debe llenar de esperanza porque nosotros creemos que el Dios de Abraham, de Isaac y de Jacob es nuestro Dios. En otras palabras, Dios también cuenta con nosotros, a pesar de nuestras debilidades de carácter y/o de personalidad.

Esta es sin duda alguna una de las razones por la que la saga de José es tan importante. La fragilidad en esa estructura familiar y los desaciertos de Jacob nos han provocado a analizar la saga de José con el fin de encontrar alternativas bíblicas y teológicas que nos ayuden a trabajar con las fragilidades de nuestros núcleos familiares, así como con los efectos que tienen nuestros desaciertos.

Los capítulos treinta y siete (37) al cincuenta (50) del Libro de Génesis nos permiten ver a Dios ensamblando un curso de acción para corregir esto. Es imprescindible señalar que dos (2) de los hijos de Jacob, Judá y José, habían sido separados de la casa de su padre para ser transformados, preparados y hacerlos capaces de corregir el rumbo de esa familia patriarcal.

Del primero, la Biblia dice que él mismo decidió separarse de sus hermanos y se fue a Quezib (Gén 38:5).

“1 Aconteció en aquel tiempo, que Judá se apartó de sus hermanos y se fue a un varón adulamita que se llamaba Hira. 2 Y vio allí Judá la hija de un hombre cananeo, el cual se llamaba Súa; y la tomó, y se llegó a ella. 3 Y ella concibió, y dio a luz un hijo, y llamó su nombre Er. 4 Concibió otra vez, y dio a luz un hijo, y llamó su nombre Onán. 5 Y volvió a concebir, y dio a luz un hijo, y llamó su nombre Sela. Y estaba en Quezib cuando lo dio a luz.” (Gén 38:1-5)

Ese lugar, Quezib (kōzēbhā) (se cree que en tiempos modernos este lugar es conocido como “ʽAyin-Kezbeh), se encontraba en el valle de Elah, al norte de Adulam. La Biblia dice que Judá se separó aún más de su familia luego de la muerte de su esposa, decidiendo irse a Timnat (v. 12). Es en ese lugar que Dios comenzó a trabajar con el hombre que sería responsable del nacimiento de los reyes de Israel. Gran parte de esos procesos están documentados en el capítulo que acabamos de citar.

Sabemos que el enfoque crítico literario del estudio de la Biblia ha insistido en que el capítulo treinta y ocho (38) del Libro de Génesis no puede formar parte de la saga de José. Las tesis enunciadas por gigantes del estudio bíblico tales como Hermann Gunkel, Gerhard von Rad, Claus Westerman, Ephraim Avigdor Speiser, R.N. Whybray y otros exégetas ilustres parecen ser concluyentes en este aspecto. Todos ellos postularon que el capítulo treinta y ocho (38) parece haber sido insertado en esta saga y que no corresponde en nada a esta historia. Según estos, esa historia sólo sirve para mantener el suspenso acerca del destino que le esperaba a José. Aquellos que hemos tenido el privilegio de realizar estudios graduados y posgraduados en el estudio de la Biblia estudiamos y aprendimos esto así.

No obstante, muchos exégetas bíblicos que han revisitado esos textos, muchos de ellos recientemente, han concluido que ese capítulo sí forma parte de esta saga. Uno de ellos, Robert Bernard Alter, un exégeta judío especialista en los textos bíblicos, profesor emérito de hebreo y de literatura comparada en la Universidad de California en Berkeley. Alter ha formulado que hay demasiadas conexiones verbales entre las historias de Judá y Tamar y la de José que nos impiden sacar ese capítulo de la saga de José. Alter examina estas conexiones desde los versos finales del capítulo treinta y siete (37) del mismo libro.[1]
 
Tenemos que puntualizar que el trabajo del Dr. Robert Alter ha influenciado profundamente los estudios críticos literarios, así como los bíblicos. La maestría en sus presentaciones acerca de la narrativa de los textos bíblicos y la interacción que él desarrolla entre la tradición y el análisis literario moderno le han ganado un sitial de honor en la academia. Alter, además, ha sido reconocido por su traducción de la Biblia; una obra literaria, en tres (3) volúmenes que completó en veinticuatro (24) años. Incluimos una dirección electrónica en la que nuestros lectores pueden encontrar una lista de sus publicaciones más importantes.[2]
 
Una de las tesis centrales de los argumentos de Alter, al igual que los de Benno Jacob (1862-1945)[3], es que ese pasaje presenta soluciones para la crisis que Israel enfrentaría luego de que José mudara a la familia de Jacob a Egipto. Esa mudanza fue la antesala para la esclavitud que el pueblo de Israel sufrió en ese país.

Aaron Wildavsky (1930-1993), un exégeta bíblico que es considerado como uno de los académicos más prolífico e innovador en el campo de la investigación política, comparte estas posiciones en uno de sus libros.[4] Wildavsky va mucho más allá. Él plantea que el capítulo treinta y ocho (38) se presenta como una alternativa acerca de las cosas que se deben hacer y a aquellas que no se deben hacer cuando uno está en medio de una crisis que amenaza nuestra supervivencia. Su tesis central gira alrededor de los peligros que provoca la asimilación cuando estamos luchando por sobrevivir. Esto, porque él postula que José cometió varios errores garrafales una vez se encontró ocupando la posición de segundo al mando en el imperio egipcio. Vildavsky postula que el capítulo en cuestión presenta algunas alternativas morales y éticas que José no siguió. Estos puntos serán analizados en reflexiones que compartiremos próximamente.
 
Leon R. Kass, médico, bioquímico, conocido por sus trabajos en bioética y distinguido profesor en la Universidad de Chicago, ha propuesto que Judá decidió ir a los lugares que menciona el capítulo treinta y ocho (38) del Libro de Génesis porque no quería tener que continuar lidiando con unos hermanos que habían sido capaces de considerar el fratricidio. Kass postula que el proceso de convencerlos para que no mataran a José lo había drenado. Recordemos que Judá y Rubén fueron los mediadores que evitaron que sus hermanos mataran a José (Gén 37:20-27).

“26 Entonces Judá dijo a sus hermanos: ¿Qué provecho hay en que matemos a nuestro hermano y encubramos su muerte? 27 Venid, y vendámosle a los ismaelitas, y no sea nuestra mano sobre él; porque él es nuestro hermano, nuestra propia carne. Y sus hermanos convinieron con él.”  (Gén 37:26-27, RV1960)

En otras palabras, Judá no quería estar más con sus hermanos.

Kass, que llama a Judá “el otro candidato”, señala que ese pasaje puede parecer irrelevante en esta saga para muchos de los lectores, pero que no lo es.[5] Kass señala que la frase introductoria de ese capítulo, “Aconteció en aquel tiempo…” (Gén 38:1), no sólo conecta esta historia con el resto de la saga, sino que utiliza el mismo vocabulario que se utiliza en la historia de José. Por ejemplo, esta coloca a Judá descendiendo[6] (“yârad”, H3381) al lugar de su autoexilio, al igual que el texto hebreo coloca a José descendiendo[7] (“yârad”) a Egipto (Gén 39:1). Ambos personajes descienden a los lugares en los que serían confrontados.
 
Una nota editorial importante: la Biblia considera ir a Egipto como descender. Esto no solo por los elementos geográficos que implica esa travesía, sino por las implicaciones que posee estar fuera del lugar en el que hemos sido plantados por el Señor. Judá y José no debían estar fuera de la tierra que Dios el había prometido a sus padres.

Kass destaca que Judá sigue el patrón de conducta de Esaú y de Siquem. La Biblia dice que Esaú tomó esposas entre las mujeres de Canaán (Gén 26:33-35; 28:6-9), algo que Isaac y Rebeca no veían con buenos ojos (Gén 27:43; 28:1). O sea, que Judá estaba imitando la conducta de su tío. La Biblia describe a Siquem como el joven que abusó de Dina, hermana de Judá (Gén 34:1-31). La Biblia dice que Siquem, vio (“way-yar-”, H7200), tomó (“way-yiq-qā-ḥe-hā”, H3947) y se llegó (“way-yā-ḇō”, H935) (Gén 34:2).[8]
 
Esas son las mismas expresiones que se utilizan para describir las reacciones de Judá cuando vio la hija de un cananeo llamado Súa; vio (“way-yar-”, H7200), tomó (“way-yiq-qā-ḥe-hā”, H3947) y se llegó (“way-yā-ḇō”, H935) a ella.[9] La única diferencia entre ambos es que Judá no utilizó la fuerza para sostener esa relación sexual tal y como lo hizo Siquem.[10]  O sea, que el texto bíblico muestra que Judá estaba imitando las conductas de los pueblos circunvecinos.
 
Estos datos sirven para revelar la condición espiritual y anímica de este hombre. Sin duda alguna que él necesitaba ser transformado. Él se había apartado de sus hermanos, pero la formación adquirida en la casa de Jacob no se había apartado de él.

Kass también destaca que Judá y su padre tenían en común el sufrimiento causado por sus hijos.

Además, ambos tenían en común la propensión a engañar a sus interlocutores. En el caso de Judá esta característica se observa en la nota editorial que incluye el verso once (11) del capítulo treinta y ocho (38) del Libro de Génesis. Judá no tenía intención de entregar a su hijo menor para cumplir con la regla del levirato (v.14).[11]
 
Ahora bien, el capítulo treinta y ocho (38) del Libro de Génesis señala que uno de los hijos que Judá tuvo con Tamar se llamaba Fares (“perets”, H6557) el precursor de los reyes de Israel (Gén 38:29-30). En otras palabras, que Dios estaba adelantando soluciones para un problema que todavía no había sido engendrado.[12] Los descendientes de la familia de Jacob serían esclavizados en Egipto y antes de que eso ocurriera Dios ya estaba haciendo provisión del linaje de los monarcas que gobernarían al pueblo de Israel cuando concluyera el cautiverio. Nosotros añadimos aquí que el hijo de Judá es también el precursor de Cristo nuestro Salvador (Mat 1:3). O sea, que Dios estaba allanando el camino, la verdad y la vida que nos conduce al Padre (Jn 14:6).

Una metáfora que aparece en ese pasaje bíblico es que Judá le entregó a Tamar un cetro o un báculo como prenda de que cumpliría su promesa (v. 18). Tamar le devolvió de su seno al precursor de aquellos que portarían el cetro en Israel.[13]  

Debemos entender que este análisis es validado por las expresiones que encontramos en el Primer Libro de Crónicas. La Biblia dice que estos dos (2) hombres serían responsables de la primogenitura y del gobierno de una nación llamada Israel.

“1 Los hijos de Rubén primogénito de Israel (porque él era el primogénito, mas como violó el lecho de su padre, sus derechos de primogenitura fueron dados a los hijos de José, hijo de Israel, y no fue contado por primogénito; 2 bien que Judá llegó a ser el mayor sobre sus hermanos, y el príncipe de ellos; mas el derecho de primogenitura fue de José);” (1 Cró 5:1-2)

“Descendientes de Rubén. 5 Descendencia de Rubén, primogénito de Israel. Rubén era el primogénito, pero en la genealogía no fue reconocido como tal por haber profanado el lecho de su padre.[a] Su derecho de primogenitura pasó a los hijos de José, hijo de Israel. 2 Y aunque es verdad que Judá fue más poderoso que sus hermanos, y hasta llegó a ser su gobernante, la primogenitura pasó a José.” (NVI)

Otros exégetas bíblicos, como Charles T. Fritsch[14], Umberto Cassuto[15] y Jonathan Sacks[16], han llegado a la misma conclusión que Alter.[17],[18] Ellos señalan que las equivalencias en el uso del vocabulario entre ese capítulo y el resto de esa saga es incuestionable. Sacks añade que Judá es la primera persona en pedir perdón en el libro de Génesis luego de haber sido confrontado. Uno de sus descendientes, David, haría lo mismo luego de haber sido confrontado por el profeta Natán (2 Sam 12:13). Sacks añade que esta acción (en hebreo es llamado “teshuva”) abre espacio para que Judá, confrontado y transformado, pueda convertirse en un intercesor más efectivo en medio de la saga de José. La Biblia dice que Judá intercede por Benjamín y por su papá ante José (Gén 44:17-34).[19]
 
Alter, Benno Jacobs, Bruce Vawter y David Daube son solo algunos de los exégetas bíblicos que ven varios paralelismos entre el capítulo treinta y ocho (38) del primer libro de la Biblia y el resto de la saga de José. Encontramos uno de estos en el vocabulario utilizado para describir el engaño que Judá (junto a sus hermanos) orquestaron para informar a Jacob acerca de José y el que Judá sufre a manos de Tamar. En ambos, dicen estos exégetas en fechas distintas, que los que fueron engañados fueron invitados a examinar (“nâkar”, H5234) las evidencias. Se utiliza el mismo concepto, tanto en Génesis 37:32-33, así como en Génesis 38:25-26. Además, hay una pieza de vestir que es utilizada para esto en ambos pasajes bíblicos.[20],[21]

Los paralelismos que existen entre ese capítulo y el resto de la saga de José son impresionantes. Wildavsky dice que la ropa que Tamar utilizó era engañosa y que es por eso que Judá no la puede reconocer (Gén 38:15-16). Al mismo tiempo, la ropa que José utilizó cuando llegaron sus hermanos a Egipto era igualmente engañosa y que es por eso que ellos no lo pudieron reconocer (Gén 42:8). Él añade que Judá y sus hermanos utilizan un cabrito como parte del engaño al que sometieron a Jacob (Gén 37: 31). En el relato sobre Judá y Tamar se utiliza un cabrito como parte de la estrategia que culmina con el engaño de Judá (Gén 38:17). La saga de José dice que Jacob estaba renuente a enviar a Benjamín a Egipto por miedo a perderlo (Gén 42:3-4). Judá experimenta el mismo temor con su hijo Sela (Gén 38:11).

Hay que reconocer que Dios decide transformar a Judá para poder utilizarlo como su instrumento en los procesos para darle estructura a Su Pueblo. Tenemos que reconocer que la experiencia con Tamar fue una pieza vital en estos procesos de transformación.

Lo que hemos visto hasta aquí demuestra que existe mucha evidencia interna en los textos bíblicos que nos llevan a concluir que la historia de Judá y Tamar es parte esencial de la saga de José.

En el caso de José, tal y como hemos visto en otras reflexiones, la cárcel en la que él estaba preso se convirtió en un aula escolar.  Allí, este tenía ante sí la oportunidad de experimentar una parte esencial de la transformación necesaria para poder ser instrumento en las manos de Dios para ser capaz de enderezar la vida de la casa de Jacob.

En virtud de que esto pudiera ser así, José necesitaba atender un reto muy particular. Leon Kass señala que José necesitaba adquirir y desarrollar herramientas para cambiar un patrón que lo había seguido toda la vida. Kass subraya que José debió ser uno más entre doce (12) hermanos, pero se convirtió en el favorito de su padre. Esto lo condujo a ser odiado por sus hermanos y lanzado a un pozo/prisión. Él puntualiza que cuando José llegó a Egipto debió ser allí uno más entre todos los esclavos, pero se convirtió en el favorito de Potifar. Esto lo condujo a ser odiado por la esposa de este y enviado a la cárcel. Kass termina diciendo que José llegó a la cárcel y debió ser allí uno más entre todos los otros presos, pero se convirtió en el favorito del capitán de la guardia. ¿Cómo terminaría su historia? ¿Qué cosas debía él aprender para lograr cambiar este patrón? ¿Qué cosas debía desaprender para cambiar este patrón?[22] Esto es lo que revela el capítulo cuarenta y uno (41) del Libro de Génesis.
 
Podemos concluir que Judá y José transitaron por caminos paralelos, pero distintos. Ambos caminos los condujeron por procesos de transformación que fueron esenciales para que ellos fueran capaces de darle la estructura que requería la casa de Jacob. En el caso de Judá, la experiencia con Tamar, sumada a las necesidades que experimentaba la tierra en la que residía, le hizo regresar al lugar en el que vivían sus hermanos. Lo sabemos porque la Biblia presenta muchas evidencias de la presencia de Judá junto a Jacob en ese lugar cuando llegaron los siete (7) años de hambre. Hay necesidades que Dios utiliza para unir a los miembros de una familia. La capacidad de diálogo que él exhibió allí con su padre es digna de ser analizada. Esta característica predica que ese hombre había comenzado a realizar el trabajo para el que Dios lo había escogido.

En el caso de José, la temporada en la cárcel terminaría formando a un profeta. Reiniciaremos el proceso de análisis de esa temporada en nuestras próximas reflexiones.      
Concluimos esta reflexión señalando que la Biblia nos permite conocer que los descendientes de Judá y de José siguieron rutas distintas siglos después de haber entrado en la tierra prometida. La tribu de Judá sería junto a la de Benjamín parte del reino de Judá (Reino del Sur). La de José y sus hijos se unirían a las tribus de sus otros hermanos para formar parte del reino de Israel (Reino del Norte).

La profecía de Ezequiel señala que vendría un día en el que ambos reinos estarían nuevamente unidos en la tierra que Dios le prometió a Abraham, a Isaac y Jacob. Dios siempre cumple sus promesas. Los procesos para la transformación que Judá y José experimentaron formaron una parte esencial para el cumplimiento de esa profecía.


 
[1] Alter, Robert. The Art of Biblical Narrative (revised edition) New York: Basic Books, 2011, pp. 3-9.
[2] https://www.readersvibe.com/author/robert-alter-25617cd7df
[3] Un rabino judío nacido en Alemania, reconocido por sus exégesis y comentarios bíblicos. Jacob obtuvo su doctorado en semítica de la Universidad de Breslau. Su comentario del Libro de Génesis es considerado una obra monumental; https://www.sefaria.org/topics/benno-jacob?sort=Relevance
[4] Wildavsky, Aaron. Assimilation versus separation: Joseph the administrator and the politics of religion in biblical Israel. London: Routledge, 1993.
[5] Kass, Leon R. The beginning of wisdom: reading Genesis. Chicago: The University of Chicago Press, 2003, pp. 526-538.
[6] La versión RV 1960 lo traduce como “se fue.”
[7] La versión RV 1960 lo traduce como “Llevado, pues, José a…”
[8] https://biblehub.com/text/genesis/34-2.htm
[9] https://biblehub.com/text/genesis/38-2.htm
[10] Op. cit., pp. 528.
[11] Ver el verso 14 de ese capítulo.
[12] Jacob, Benno. The First Book of the Bible: Genesis, His commentary Abridged, editado y traducido por Ernest I. Jacob y Walter Jacob (New York: KTAV Publishing, 1974), p. 263.
[13] Wildavsky, Op. cit., p.39.
[14] Profesor en Princeton de 1937 a 1979; https://www.nli.org.il/en/a-topic/987007301442305171; https://4enoch.org/wiki5/index.php/Charles_T._Fritsch_(1912-1989),_scholar
[15] https://jewishvirtuallibrary.org/jsource/judaica/ejud_0002_0004_0_04039.html
[16] https://rabbisacks.org/life-of-rabbi-jonathan-sacks/
[17] Fritsch, Charles T. “God was with him: A theological Study of the Joseph Narrative,” Interpretation 9 (1955): 21-34; p. 23.
[18] Cassuto, Umberto (“The story of Tamar and Judah,” Biblical and Oriental Studies. (Jerusalem: Magnes Press, 1973), p. 30.
[19] Sacks, Jonathan. Genesis: The Book of Beginnings (Covenant & Conversation 1) (pp. 313-314). Kindle Edition.
[20] Vawter, Bruce. On Genesis: A new reading (Graden City, New York: Doubleday, 1977). p.400.
[21] Daube, David. Studies in Biblical Law (Cambridge: Cambridge University Press, 1947), pp. 5-6.
[22] Kass, Op. cit., p. 549, nota 50.









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