March 30th, 2026
1050 • El Heraldo Digital – Institucional • Volumen XVII • 29 de marzo del 2026
La historia de Zaqueo: la intervención de la gracia eterna
“1 Habiendo entrado Jesús en Jericó, iba pasando por la ciudad. 2 Y sucedió que un varón llamado Zaqueo, que era jefe de los publicanos, y rico, 3 procuraba ver quién era Jesús; pero no podía a causa de la multitud, pues era pequeño de estatura. 4 Y corriendo delante, subió a un árbol sicómoro para verle; porque había de pasar por allí. 5 Cuando Jesús llegó a aquel lugar, mirando hacia arriba, le vio, y le dijo: Zaqueo, date prisa, desciende, porque hoy es necesario que pose yo en tu casa. 6 Entonces él descendió aprisa, y le recibió gozoso. 7 Al ver esto, todos murmuraban, diciendo que había entrado a posar con un hombre pecador. 8 Entonces Zaqueo, puesto en pie, dijo al Señor: He aquí, Señor, la mitad de mis bienes doy a los pobres; y si en algo he defraudado a alguno, se lo devuelvo cuadruplicado. 9 Jesús le dijo: Hoy ha venido la salvación a esta casa; por cuanto él también es hijo de Abraham. 10 Porque el Hijo del Hombre vino a buscar y a salvar lo que se había perdido.” (Lcs 19:1-10)
Las narrativas bíblicas acerca de la entrada triunfal de Cristo revelan muchas cosas. En primer lugar, estas describen el cumplimiento de la profecía de Zacarías y de la esperanza de la que cantaba Israel al entonar algunos salmos.
“9 Alégrate mucho, hija de Sion; da voces de júbilo, hija de Jerusalén; he aquí tu rey vendrá a ti, justo y salvador, humilde, y cabalgando sobre un asno, sobre un pollino hijo de asna.” (Zac 9:9)
“25 Oh Jehová, sálvanos ahora, te ruego; Te ruego, oh Jehová, que nos hagas prosperar ahora. 26 Bendito el que viene en el nombre de Jehová; Desde la casa de Jehová os bendecimos” (Sal 118:25-26)[1]
La encarnación del Salvador del mundo, los eventos ocurridos en su ministerio, su muerte y su resurrección son el cumplimiento del plan de salvación orquestado por el amor de Dios desde antes de la fundación del mundo. Así también lo son su ascensión a los cielos y su regreso en gloria. Todos y cada uno de estos eventos forman parte de ese plan eterno. Sabemos que el Antiguo Testamento está lleno de profecías que afirmaron con precisión que todos y cada uno de estos eventos habrían de ocurrir. Sólo uno de esos eventos no ha ocurrido aun: el regreso de Cristo en gloria. Los creyentes en Cristo hemos sido conminados a estar preparados para cuando este acontezca. La Biblia dice que nuestro Señor volverá a entrar a Jerusalén en ese día (Zac 14:1-9).
En segundo lugar, las narrativas acerca de la entrada triunfal de Cristo a Jerusalén proveen uno de los escenarios para una de las preguntas más importantes que aparece en la Biblia:
“10 Cuando entró él en Jerusalén, toda la ciudad se conmovió, diciendo: ¿Quién es éste?” (Mat 21:10)
Es cierto que la narrativa que Lucas nos ofrece no incluye la pregunta que encontramos en la narrativa que nos ofrece Mateo (Mat 21:1-17): “¿Quién es este?” (v.10). Sin embargo, el testimonio de Zaqueo es más que suficiente para responder a esta. Esa es la pregunta más importante en el Evangelio. La respuesta que demos a esta determina nuestra posición con Dios y con nuestra salvación.
Los Evangelios están constantemente presentando historias en los que se formula esa pregunta. Por ejemplo, aparece en el relato de lo que ocurrió en Cesarea de Filipo: “¿Quién dicen los hombres que es el Hijo del Hombre?” (Mat 16:13b). Los discípulos hacen esta pregunta luego de una experiencia sobrenatural con nuestro Señor: “41 Entonces temieron con gran temor, y se decían el uno al otro: ¿Quién es éste, que aun el viento y el mar le obedecen?” (Mcs 4:41). Fue formulada en medio de una cena a la que Jesús fue invitado:
“49 Y los que estaban juntamente sentados a la mesa, comenzaron a decir entre sí: ¿Quién es éste, que también perdona pecados?” (Lcs 7:49).
La Biblia dice que los demonios conocen bien la respuesta a esa pregunta:
“23 Pero había en la sinagoga de ellos un hombre con espíritu inmundo, que dio voces, 24 diciendo: ¡Ah! ¿qué tienes con nosotros, Jesús nazareno? ¿Has venido para destruirnos? Sé quién eres, el Santo de Dios.” (Mcs 1:23-24)
Repetimos: la respuesta a esa pregunta determina nuestra salvación. ¿Quién este?: Él es el que perdona pecados, el Salvador del mundo, el vencedor de la muerte y el Dador de la vida. ¿Quién este?: el Creador de los Cielos y la tierra, el que sustenta todas las cosas con la palabra de su poder, el resplandor de la gloria de Dios y la imagen misma de su sustancia. ¿Quién este?: Aquél en quien tenemos redención por su sangre, la imagen del Dios invisible y el primogénito de toda creación. ¿Quién este?: Aquél que es antes de todas las cosas, y todas las cosas en él subsisten; la cabeza del cuerpo que es la iglesia, él que es el principio, el primogénito de entre los muertos, para que en todo tenga la preeminencia.
¿Quién este?: el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo, el León de la tribu de Judá. ¿Quién este?: el Anciano de días, el que cuenta las estrellas y las llama por sus nombres, la luz del mundo, la estrella de la mañana y la roca inconmovible.
¿Quién este?: el que nos hizo reyes y sacerdotes para Dios, su Padre, Aquél que viene con las nubes, y todo ojo le verá.
¿Quién este?: el Alfa y la Omega, el primero y el último, el que es y que era y que ha de venir, el Todopoderoso. ¿Quién este?: el Hijo del Hombre, el que está vestido de una ropa que llegaba hasta los pies, y ceñido por el pecho con un cinto de oro. ¿Quién este?: Aquél cuya cabeza y cabellos son blancos como blanca lana, como nieve y sus ojos como llama de fuego. ¿Quién este?: Aquél cuyos sus pies son semejantes al bronce bruñido, refulgente como en un horno y su voz como estruendo de muchas aguas.
¿Quién este?: Aquél que tiene en su diestra siete estrellas, que de su boca sale una espada aguda de dos filos y su rostro es como el sol cuando resplandece en su fuerza.
¿Quién este?: el que vive, que estuvo muerto, más he aquí que vive por los siglos de los siglos; el que tiene las llaves de la muerte y del Hades. ¿Quién este?: el Rey de reyes y Señor de señores.
En tercer lugar, las narrativas acerca de la entrada triunfal de nuestro Señor también ofrecen unos escenarios únicos para poder lidiar con un problema existencial ineludible. Este es: cómo podemos enfrentar los efectos de un pasado esclavizante, de un presente deprimente y de un futuro incierto. En otras palabras, como decía el Rdo. Isaías Narváez, cómo manejamos aquellas temporadas de la vida que no admiten transacciones en la bolsa de valores espirituales. El análisis de ese escenario formará parte de los planteamientos finales de esta reflexión.
En cuarto lugar, la Biblia dice que Jesús realizó varias entradas en ese día y que estas comenzaron en la ciudad de Jericó. Esto es, nuestro Señor entró a Jericó (Lcs 19:1), entró a la casa de Zaqueo (v. 5), entró al corazón de ese hombre (vv. 8-10), entró a Jerusalén (vv. 28-42; ver Mat 21:10) y entró al templo en Jerusalén (Lcs 19:45-47).
Dicho de otra manera, esta celebración comienza en la ciudad de Jericó. Esta ciudad era conocida como la Jericó Herodiana, levantada por Herodes el Tetrarca como un monumento a su personalidad y como un símbolo de su poder. Le llamaban la ciudad de las palmeras por cientos de palmeras que adornaron toda esa región a través de los siglos. El Libro del Deuteronomio señala que esa zona era rica en esta clase de vegetación.
“1 Subió Moisés de los campos de Moab al monte Nebo, a la cumbre del Pisga, que está enfrente de Jericó; y le mostró Jehová toda la tierra de Galaad hasta Dan, 2 todo Neftalí, y la tierra de Efraín y de Manasés, toda la tierra de Judá hasta el mar occidental; 3 el Neguev, y la llanura, la vega de Jericó, ciudad de las palmeras, hasta Zoar.” (Det 34:1-3)
Josefo dice que Arquelao y Pompeyo tenían palacios de verano en esa ciudad. Este último era un general romano. El estudio de la historia de la ciudad revela que Herodes poseía allí otro palacio similar al de los personajes anteriores y que este contaba con piscinas de aguas termales. La historia de esta ciudad nos deja absortos al saber que Marco Antonio decidió regalársela a Cleopatra en el año 34 A.C., como un símbolo de su amor.
Esta ciudad también había sido testigo mudo de asesinatos y crímenes crueles cometidos y/o avalados por los más altos niveles del gobierno de la época. En esa ciudad Herodes mató a Antípater, uno de sus hermanos, porque este amenazaba con quedarse con su trono. Añadimos que Herodes, que era idumeo y que algunos señalan que tenía una madre árabe, aprovechó la muerte de Julio César para pedir a Roma que lo restaurara como rey y señor de esa región. La muerte de Antípater, simpatizante de Julio César, cerraba ese capítulo. En esa ciudad Herodes también mató a Aristóbulo, Sumo Sacerdote que no estaba de acuerdo con las políticas públicas ni privadas de ese rey. En fin, esa Jericó era una ciudad bella por fuera, pero llena de intrigas y de una historia de derramamientos de sangre por dentro. La Biblia dice que Jesús entró a esa ciudad.
La entrada de Jesús a Jericó entonces se convierte en una serie de sentencias divinas. Una de estas establece que los poderes de los hombres de la tierra son pasajeros. Los Herodes de todos los tiempos, los imperios de la tierra, todos ellos poseen principio y fin: ¡solo nuestro Dios es eterno! La celebración de esta semana comienza con la entrada de Jesús a las Jericó de todos los tiempos. La historia siempre ofrecerá el mismo resultado. Los poderes de los hombres pasarán, pero nuestro Señor seguirá sentado en un trono eterno. Es más, usamos el nombre de Herodes para llamar a nuestros perros, pero nos postramos sobre nuestros rostros cuando mencionamos el nombre de Jesús el Señor. La Biblia dice que esta será la escena que contemplaremos al final de los tiempos:
“11 Entonces vi el cielo abierto; y he aquí un caballo blanco, y el que lo montaba se llamaba Fiel y Verdadero, y con justicia juzga y pelea. 12 Sus ojos eran como llama de fuego, y había en su cabeza muchas diademas; y tenía un nombre escrito que ninguno conocía sino él mismo. 13 Estaba vestido de una ropa teñida en sangre; y su nombre es: EL VERBO DE DIOS. 14 Y los ejércitos celestiales, vestidos de lino finísimo, blanco y limpio, le seguían en caballos blancos. 15 De su boca sale una espada aguda, para herir con ella a las naciones, y él las regirá con vara de hierro; y él pisa el lagar del vino del furor y de la ira del Dios Todopoderoso. 16 Y en su vestidura y en su muslo tiene escrito este nombre: REY DE REYES Y SEÑOR DE SEÑORES.” (Apo 19:11-16)
La otra sentencia dicta que la entrada de nuestro Señor a un lugar cambia la historia del mismo. Jericó ya no es recordada por las tragedias que ocurrieron allí. La Jericó Herodiana es principalmente recordada por la entrada de nuestro Señor, el Rey que se ofreció por nosotros en la cruz del Calvario.
El texto del Evangelio de Lucas nos describe un personaje con el que nuestro Señor interactuó al entrar a esa ciudad. Su nombre: Zaqueo. Este nombre proviene del hebreo “zakkay” (H2140) que significa puro. La raíz de este nombre (“zâkak”, H2141) significa limpio o transparente.[2] Estos datos se convierten en parte de la ironía con la que Lucas trabaja esta experiencia. Por un lado, Zaqueo es descrito por Lucas como alguien que era “…jefe de los publicanos (“architelōnēs”, G754; v.2b), y rico,”. Por el otro, que al mismo tiempo este era “pequeño de estatura” (v.3c). Hay que añadir a esto el nombre de este personaje: Zaqueo. Nos preguntamos: ¿qué de puro, justo, transparente o limpio podía tener aquél que era el jefe de los ladrones oficiales que Roma había establecido?; entiéndase: los publicanos. Esta era la posición más despreciada y baja en todo Israel. Veamos un ejemplo de cómo lo describe la Biblia:
“15 Por tanto, si tu hermano peca contra ti, ve y repréndele estando tú y él solos; si te oyere, has ganado a tu hermano. 16 Mas si no te oyere, toma aún contigo a uno o dos, para que en boca de dos o tres testigos conste toda palabra. 17 Si no los oyere a ellos, dilo a la iglesia; y si no oyere a la iglesia, tenle por gentil y publicano.” (Mat 18:15-17)
Ese nombre, entonces representa las luchas constantes entre las cosas buenas que queremos hacer y aquellas características, experiencias y/o historias que empequeñecen y que hacen enanas nuestras vidas.
La Biblia dice que Zaqueo, procurando ver a Jesús, salió corriendo para subir a un árbol sicómoro (“ficus sycomorus”), uno que producía unos higos que eran tan duros que sólo las cabras podían comerlos (v. 4). El pasaje de Lucas describe que cuando Jesús llegó al lugar en el que Zaqueo se encotraba, decidió mirar hacia arriba y llamó a Zaqueo por su nombre. Esto provocó que este hombre decidiera descender a prisa y permitir que Jesús entrara a su hogar.
Este pasaje lucano es único en los Evangelios; ningún otro recoge la experiencia de Jesús con Zaqueo. Una publicación de un portal cristiano en Europa, “When a Look Changed Everything: The Day Zacchaeus Came Down from the Tree and Found Salvation”[3], señala que en ese pasaje no se describen milagros espectaculares, sanidades milagrosas, ni discursos teológicos-doctrinales extraordinarios. En este, sólo se describe una necesidad, una mirada, la mención de un nombre, una decisión y una conversión radical. Sin embargo, se nos antoja concluir, al igual que a los escritores de ese portal, que todo el Evangelio es resumido en esos versos.
Debemos entender que Zaqueo era un hombre en el que se conjugaba algo más que una profesión. Sus riquezas estaban amarradas a la práctica constante de la injusticia; el robo a los pobres y a los desvalidos. La mentalidad de este ser humano había sido cauterizada por su avaricia y su acceso al poder imperial romano. La misericordia de Dios se inserta en esta trama cuando el pasaje comienza a describir que Zaqueo procuraba ver a Jesús: “ezētei idein ton Iēsoun”. Ese deseo, “ezētei” (G2212), ese empeño, reflejaba el hambre de cambio, de transformación, que tenía su alma. Consideremos que el jefe de los publicanos pudo haberle pedido a Mateo, uno que fue su subalterno y que ahora era discípulo de Jesús, que le consiguiera una cita similar a la que arreglaron para Nicodemo. No olvidemos que la Biblia dice que Nicodemo vino a ver a Jesús de noche, en secreto (Jn 3:1-21). Zaqueo no hizo esto. Destacamos que el deseo de ver a Jesús que él tenía fue previo al encuentro con el Salvador del mundo. Ese deseo lo condujo a subir al sicómoro (v. 4). Hay que señalar que Zaqueo se arriesgó al hacer esto.
Esta acción provoca el espacio para insertar una lección incuestionable: la humildad. Zaqueo evidencia esto estando dispuesto a subirse a un árbol, arriesgándose así a ser ridiculizado y a ser atacado.[4]
Otra lección incuestionable que Lucas inserta aquí es la necesidad de la persistencia en la búsqueda de la verdad: Zaqueo superó obstáculos para ver a Jesús. La Biblia dice lo siguiente acerca de esta lección:
“6 Buscad a Jehová mientras puede ser hallado, llamadle en tanto que está cercano. 7 Deje el impío su camino, y el hombre inicuo sus pensamientos, y vuélvase a Jehová, el cual tendrá de él misericordia, y al Dios nuestro, el cual será amplio en perdonar.” (Isa 55:6-7, RV1960)
El portal cibernético europeo que estamos utilizando como guía señala que una pieza clave en este rompecabezas bíblico no es el altar equivocado al que Zaqueo se subió: un árbol cuyo fruto no sirve para alimentar ovejas. Este portal señala que la clave tampoco es la riqueza de la que Zaqueo gozaba. La clave hermenéutica es la mirada. La Biblia dice que Jesús lo vio cuando estaba cerca del árbol al que Zaqueo había subido (v.5). Es Dios, siempre Dios, tomando la iniciativa para encontrarnos y llamarnos. Se trata de la gracia en acción que salva. La Biblia dice que nosotros amamos a Dios porque Él nos amó primero (1 Jn 4:19). Ese es el corazón del Evangelio. La Biblia dice que “el Hijo del Hombre vino a buscar y a salvar lo que se había perdido” (Lcs 19:10).
Un portal cibernético australiano señala que según el relato bíblico de Lucas diecinueve (19), cuando Jesús alzó la vista hacia el sicómoro, vio mucho más allá de la reputación del “jefe de los recaudadores de impuestos” y del “pecador” que la multitud veía. A continuación, un resumen de lo que Jesús vio:
Es muy interesante que Lucas describa que nuestro Señor llamó a Zaqueo por su nombre.
Esto significa que los pecados no habían invisibilizado a Zaqueo. Su pasado vil, deleznable, rastrero e infame no lo había etiquetado ante los ojos de nuestro Salvador. Los errores del pasado no podían ocultarlo del amor de Dios. Cristo lo llamó por su nombre porque al hacerlo no estaba viendo un pecador más. Jesús estaba comenzando a rescribir la identidad, la historia y la dignidad de Zaqueo. Recordamos que el proverbista había dicho lo siguiente:
“7 La memoria del justo será bendita; Mas el nombre de los impíos se pudrirá.” (Pro 10:7, RV 1960)
“7 Tenemos buenos recuerdos de los justos, pero el nombre del perverso se pudre.” (NTV)
En otras palabras, el pueblo podía ver a un pecador mientras que Jesús veía a alguien cuya memoria debía ser perpetuada y bendecida. El pasaje de Lucas forma parte del cumplimiento de esa palabra.
Al mismo tiempo, ese pasaje bíblico señala que Zaqueo respondió a esta invitación descendiendo a prisa y con mucho gozo. Esa reacción se convierte en otra lección extraordinaria que nos regala Lucas: la disposición al cambio. La voz del Salvador el mundo provocó que Zaqueo accediera a permitir que el amor de nuestro Señor transformara su conducta.
La Biblia también dice que Jesús se autoinvitó a la casa de Zaqueo. En otras palabras, que nuestro Señor entró a Jericó para luego entrar a la casa de Zaqueo. Hace muchos años escuché un sermón predicado por el siempre recordado Rdo. Dr. Cecilio Arrastía. Ese amado pastor describía con la homilética inimitable a la que nos acostumbró un diálogo extrabíblico que él creía había ocurrido entre Zaqueo y su esposa. Hay que comprender que Zaqueo no tenía muchos amigos, así que no debió ser común que viniera un grupo a posar (“menō”, G3306), a “permanecer en un lugar”, a “demorarse”, a “quedarse en la casa”, a “quedarse durante la noche”, “habitar”, a “estar en contra de la oposición”[6] en la casa de Zaqueo. Arrastía decía que lo que a ella realmente debió haberle sorprendido no fue que ese grupo llegara a su casa para hacer “menō” allí. Su sorpresa provino de que es altamente probable que ella nunca hubiera visto a Zaqueo tan contento y gozoso en la vida. El Zaqueo que ella conocía, sin duda alguna debió ser un ser humano malhumorado, de rostro amargado, aislado, con una mirada escrutadora y con el ceño fruncido. Ahora lo veía gozoso y ella quería saber qué le había sucedido a su marido. Con toda probabilidad ella quería conocer a la persona que había producido esa transformación.
Tal y como señala el portal europeo que hemos estado citando, Dios se acerca, Dios decide habitar y los corazones son transformados. Además, la historia de Zaqueo destruye las mentiras que el enemigo ha querido colocar en los pensamientos de muchas personas. Se trata de aquellos que no se acercan al Señor porque se sienten indignos o porque creen que no son lo suficientemente buenos. Tal y como hemos señalado, no podemos olvidar que Zaqueo se arriesgó a ser atacado por una población que lo odiaba tanto que no podía entender que Jesucristo pudiera posar en el hogar de un hombre pecador (v.7).
El pasaje lucano que estamos analizando en esta reflexión destaca que Zaqueo interviene en este escenario. Las expresiones de este hombre señalan que él había decidido no limitarse a disfrutar de la experiencia de la salvación que había experimentado. Tampoco, limitarse a disfrutar el gozo producido porque Cristo había ido a posar en su hogar. La Biblia dice que Zaqueo decidió enmendar sus errores. Veamos cómo lo recoge la poderosa Palabra de Dios:
“8 Entonces Zaqueo, puesto en pie, dijo al Señor: He aquí, Señor, la mitad de mis bienes doy a los pobres; y si en algo he defraudado a alguno, se lo devuelvo cuadruplicado.” (Lcs 19:8, RV1960)
Esta lección, la de la generosidad y la reparación, aparece aquí como el compromiso de este hombre para ayudar a los pobres y enmendar sus errores del pasado. Es cierto que estas acciones no salvarían a Zaqueo, porque nadie se salva por obras. No obstante, estas reflejaban el nivel de transformación que él estaba experimentando.
Esas expresiones también afirman que los tiempos existenciales de Zaqueo, aquellos que no admiten transacciones en la bolsa de valores espirituales, habían sido transformados y él lo evidenciaba así. Él contempló su pasado: “…y si en algo he defraudado a alguno” (v.8c). También contempló su presente: “He aquí, Señor, la mitad de mis bienes doy a los pobres;” (v.8b). Además, Zaqueo no se detuvo hasta examinar su futuro: “le devolveré cuatro veces más” (8d, NTV). He aquí otra lección ineludible: la del poder transformador de un encuentro con Jesús. Ese breve encuentro con Jesús cambió por completo todos los tiempos de la vida de Zaqueo. Jesucristo entró en el corazón de Zaqueo.
A renglón seguido, la Biblia dice que Cristo lo puso de pie, sin mezquindad y sin atropellos. El pasaje bíblico dice que Zaqueo, aquél que era un paria, el rechazado y despreciado por el pueblo, el hombre con un pasado abominable, ahora había sido convertido y calificado como hijo de la promesa.
“9 Jesús le dijo: Hoy ha venido la salvación a esta casa; por cuanto él también es hijo de Abraham.” (v.9)
Zaqueo había aceptado a Jesús y el Señor lo transformó en el mejor israelita, con rango y clase.
Cristo lo llamó hijo de Abraham: hijo de la promesa. Esta aseveración lucana nos enseña que la redención es posible para todos: nadie está fuera del alcance de la salvación que ofrece nuestro Salvador.
Zaqueo respondió muy bien a la pregunta más importante del Evangelio sin tener que escucharla. El hombre pequeño de estatura se había agigantado llamando Señor al Salvador del mundo. Sí, porque la Biblia dice que todo aquel que invocare el nombre del Señor será salvo (Joel 2:32; Hch 2:21; Rom 10:13)
La Biblia dice que la salvación entró a la casa de Zaqueo porque Jesucristo entró a ese lugar. Zaqueo recibió la salvación de su alma y la transformación de su vida porque Cristo entró a su corazón. Cristo decidió entrar en ambos lugares aceptando estos sin prejuicios. Esa lección es predicada sobre la base de que nuestro Señor ve nuestro potencial y no nuestro pasado.
¿Has permitido que Cristo entre a tu hogar? ¿Ha entrado Él a tu corazón?
[1] La palabra “hōsanna” aparece en este salmo. Es la composición de los conceptos “yâshaʽ” (H3467, salva) y “nâʼ” (H4994, ahora).
[2] Gesenius, W., & Tregelles, S. P. (2003). En Gesenius’ Hebrew and Chaldee lexicon to the Old Testament Scriptures (p. 244). Logos Bible Software.
[3] https://catholicus.eu/en/when-a-look-changed-everything-the-day-zacchaeus-came-down-from-the-tree-and-found-salvation/
[4] El resumen de estas lecciones puede ser encontrado en https://thebiblicaltruth.com/zacchaeus-a-story-of-transformation/
[5] https://www.cbm.org.au/stories/week-1-lent-series-2020
[6] Hauck, F. (1964–). μένω, ἐμ-, παρα-, περι-, προσμένω, μονή, ὑπομένω, ὑπομονή. En G. Kittel, G. W. Bromiley, & G. Friedrich (Eds.), Theological dictionary of the New Testament (electronic ed., Vol. 4, pp. 574–575). Eerdmans.
La historia de Zaqueo: la intervención de la gracia eterna
“1 Habiendo entrado Jesús en Jericó, iba pasando por la ciudad. 2 Y sucedió que un varón llamado Zaqueo, que era jefe de los publicanos, y rico, 3 procuraba ver quién era Jesús; pero no podía a causa de la multitud, pues era pequeño de estatura. 4 Y corriendo delante, subió a un árbol sicómoro para verle; porque había de pasar por allí. 5 Cuando Jesús llegó a aquel lugar, mirando hacia arriba, le vio, y le dijo: Zaqueo, date prisa, desciende, porque hoy es necesario que pose yo en tu casa. 6 Entonces él descendió aprisa, y le recibió gozoso. 7 Al ver esto, todos murmuraban, diciendo que había entrado a posar con un hombre pecador. 8 Entonces Zaqueo, puesto en pie, dijo al Señor: He aquí, Señor, la mitad de mis bienes doy a los pobres; y si en algo he defraudado a alguno, se lo devuelvo cuadruplicado. 9 Jesús le dijo: Hoy ha venido la salvación a esta casa; por cuanto él también es hijo de Abraham. 10 Porque el Hijo del Hombre vino a buscar y a salvar lo que se había perdido.” (Lcs 19:1-10)
Las narrativas bíblicas acerca de la entrada triunfal de Cristo revelan muchas cosas. En primer lugar, estas describen el cumplimiento de la profecía de Zacarías y de la esperanza de la que cantaba Israel al entonar algunos salmos.
“9 Alégrate mucho, hija de Sion; da voces de júbilo, hija de Jerusalén; he aquí tu rey vendrá a ti, justo y salvador, humilde, y cabalgando sobre un asno, sobre un pollino hijo de asna.” (Zac 9:9)
“25 Oh Jehová, sálvanos ahora, te ruego; Te ruego, oh Jehová, que nos hagas prosperar ahora. 26 Bendito el que viene en el nombre de Jehová; Desde la casa de Jehová os bendecimos” (Sal 118:25-26)[1]
La encarnación del Salvador del mundo, los eventos ocurridos en su ministerio, su muerte y su resurrección son el cumplimiento del plan de salvación orquestado por el amor de Dios desde antes de la fundación del mundo. Así también lo son su ascensión a los cielos y su regreso en gloria. Todos y cada uno de estos eventos forman parte de ese plan eterno. Sabemos que el Antiguo Testamento está lleno de profecías que afirmaron con precisión que todos y cada uno de estos eventos habrían de ocurrir. Sólo uno de esos eventos no ha ocurrido aun: el regreso de Cristo en gloria. Los creyentes en Cristo hemos sido conminados a estar preparados para cuando este acontezca. La Biblia dice que nuestro Señor volverá a entrar a Jerusalén en ese día (Zac 14:1-9).
En segundo lugar, las narrativas acerca de la entrada triunfal de Cristo a Jerusalén proveen uno de los escenarios para una de las preguntas más importantes que aparece en la Biblia:
“10 Cuando entró él en Jerusalén, toda la ciudad se conmovió, diciendo: ¿Quién es éste?” (Mat 21:10)
Es cierto que la narrativa que Lucas nos ofrece no incluye la pregunta que encontramos en la narrativa que nos ofrece Mateo (Mat 21:1-17): “¿Quién es este?” (v.10). Sin embargo, el testimonio de Zaqueo es más que suficiente para responder a esta. Esa es la pregunta más importante en el Evangelio. La respuesta que demos a esta determina nuestra posición con Dios y con nuestra salvación.
Los Evangelios están constantemente presentando historias en los que se formula esa pregunta. Por ejemplo, aparece en el relato de lo que ocurrió en Cesarea de Filipo: “¿Quién dicen los hombres que es el Hijo del Hombre?” (Mat 16:13b). Los discípulos hacen esta pregunta luego de una experiencia sobrenatural con nuestro Señor: “41 Entonces temieron con gran temor, y se decían el uno al otro: ¿Quién es éste, que aun el viento y el mar le obedecen?” (Mcs 4:41). Fue formulada en medio de una cena a la que Jesús fue invitado:
“49 Y los que estaban juntamente sentados a la mesa, comenzaron a decir entre sí: ¿Quién es éste, que también perdona pecados?” (Lcs 7:49).
La Biblia dice que los demonios conocen bien la respuesta a esa pregunta:
“23 Pero había en la sinagoga de ellos un hombre con espíritu inmundo, que dio voces, 24 diciendo: ¡Ah! ¿qué tienes con nosotros, Jesús nazareno? ¿Has venido para destruirnos? Sé quién eres, el Santo de Dios.” (Mcs 1:23-24)
Repetimos: la respuesta a esa pregunta determina nuestra salvación. ¿Quién este?: Él es el que perdona pecados, el Salvador del mundo, el vencedor de la muerte y el Dador de la vida. ¿Quién este?: el Creador de los Cielos y la tierra, el que sustenta todas las cosas con la palabra de su poder, el resplandor de la gloria de Dios y la imagen misma de su sustancia. ¿Quién este?: Aquél en quien tenemos redención por su sangre, la imagen del Dios invisible y el primogénito de toda creación. ¿Quién este?: Aquél que es antes de todas las cosas, y todas las cosas en él subsisten; la cabeza del cuerpo que es la iglesia, él que es el principio, el primogénito de entre los muertos, para que en todo tenga la preeminencia.
¿Quién este?: el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo, el León de la tribu de Judá. ¿Quién este?: el Anciano de días, el que cuenta las estrellas y las llama por sus nombres, la luz del mundo, la estrella de la mañana y la roca inconmovible.
¿Quién este?: el que nos hizo reyes y sacerdotes para Dios, su Padre, Aquél que viene con las nubes, y todo ojo le verá.
¿Quién este?: el Alfa y la Omega, el primero y el último, el que es y que era y que ha de venir, el Todopoderoso. ¿Quién este?: el Hijo del Hombre, el que está vestido de una ropa que llegaba hasta los pies, y ceñido por el pecho con un cinto de oro. ¿Quién este?: Aquél cuya cabeza y cabellos son blancos como blanca lana, como nieve y sus ojos como llama de fuego. ¿Quién este?: Aquél cuyos sus pies son semejantes al bronce bruñido, refulgente como en un horno y su voz como estruendo de muchas aguas.
¿Quién este?: Aquél que tiene en su diestra siete estrellas, que de su boca sale una espada aguda de dos filos y su rostro es como el sol cuando resplandece en su fuerza.
¿Quién este?: el que vive, que estuvo muerto, más he aquí que vive por los siglos de los siglos; el que tiene las llaves de la muerte y del Hades. ¿Quién este?: el Rey de reyes y Señor de señores.
En tercer lugar, las narrativas acerca de la entrada triunfal de nuestro Señor también ofrecen unos escenarios únicos para poder lidiar con un problema existencial ineludible. Este es: cómo podemos enfrentar los efectos de un pasado esclavizante, de un presente deprimente y de un futuro incierto. En otras palabras, como decía el Rdo. Isaías Narváez, cómo manejamos aquellas temporadas de la vida que no admiten transacciones en la bolsa de valores espirituales. El análisis de ese escenario formará parte de los planteamientos finales de esta reflexión.
En cuarto lugar, la Biblia dice que Jesús realizó varias entradas en ese día y que estas comenzaron en la ciudad de Jericó. Esto es, nuestro Señor entró a Jericó (Lcs 19:1), entró a la casa de Zaqueo (v. 5), entró al corazón de ese hombre (vv. 8-10), entró a Jerusalén (vv. 28-42; ver Mat 21:10) y entró al templo en Jerusalén (Lcs 19:45-47).
Dicho de otra manera, esta celebración comienza en la ciudad de Jericó. Esta ciudad era conocida como la Jericó Herodiana, levantada por Herodes el Tetrarca como un monumento a su personalidad y como un símbolo de su poder. Le llamaban la ciudad de las palmeras por cientos de palmeras que adornaron toda esa región a través de los siglos. El Libro del Deuteronomio señala que esa zona era rica en esta clase de vegetación.
“1 Subió Moisés de los campos de Moab al monte Nebo, a la cumbre del Pisga, que está enfrente de Jericó; y le mostró Jehová toda la tierra de Galaad hasta Dan, 2 todo Neftalí, y la tierra de Efraín y de Manasés, toda la tierra de Judá hasta el mar occidental; 3 el Neguev, y la llanura, la vega de Jericó, ciudad de las palmeras, hasta Zoar.” (Det 34:1-3)
Josefo dice que Arquelao y Pompeyo tenían palacios de verano en esa ciudad. Este último era un general romano. El estudio de la historia de la ciudad revela que Herodes poseía allí otro palacio similar al de los personajes anteriores y que este contaba con piscinas de aguas termales. La historia de esta ciudad nos deja absortos al saber que Marco Antonio decidió regalársela a Cleopatra en el año 34 A.C., como un símbolo de su amor.
Esta ciudad también había sido testigo mudo de asesinatos y crímenes crueles cometidos y/o avalados por los más altos niveles del gobierno de la época. En esa ciudad Herodes mató a Antípater, uno de sus hermanos, porque este amenazaba con quedarse con su trono. Añadimos que Herodes, que era idumeo y que algunos señalan que tenía una madre árabe, aprovechó la muerte de Julio César para pedir a Roma que lo restaurara como rey y señor de esa región. La muerte de Antípater, simpatizante de Julio César, cerraba ese capítulo. En esa ciudad Herodes también mató a Aristóbulo, Sumo Sacerdote que no estaba de acuerdo con las políticas públicas ni privadas de ese rey. En fin, esa Jericó era una ciudad bella por fuera, pero llena de intrigas y de una historia de derramamientos de sangre por dentro. La Biblia dice que Jesús entró a esa ciudad.
La entrada de Jesús a Jericó entonces se convierte en una serie de sentencias divinas. Una de estas establece que los poderes de los hombres de la tierra son pasajeros. Los Herodes de todos los tiempos, los imperios de la tierra, todos ellos poseen principio y fin: ¡solo nuestro Dios es eterno! La celebración de esta semana comienza con la entrada de Jesús a las Jericó de todos los tiempos. La historia siempre ofrecerá el mismo resultado. Los poderes de los hombres pasarán, pero nuestro Señor seguirá sentado en un trono eterno. Es más, usamos el nombre de Herodes para llamar a nuestros perros, pero nos postramos sobre nuestros rostros cuando mencionamos el nombre de Jesús el Señor. La Biblia dice que esta será la escena que contemplaremos al final de los tiempos:
“11 Entonces vi el cielo abierto; y he aquí un caballo blanco, y el que lo montaba se llamaba Fiel y Verdadero, y con justicia juzga y pelea. 12 Sus ojos eran como llama de fuego, y había en su cabeza muchas diademas; y tenía un nombre escrito que ninguno conocía sino él mismo. 13 Estaba vestido de una ropa teñida en sangre; y su nombre es: EL VERBO DE DIOS. 14 Y los ejércitos celestiales, vestidos de lino finísimo, blanco y limpio, le seguían en caballos blancos. 15 De su boca sale una espada aguda, para herir con ella a las naciones, y él las regirá con vara de hierro; y él pisa el lagar del vino del furor y de la ira del Dios Todopoderoso. 16 Y en su vestidura y en su muslo tiene escrito este nombre: REY DE REYES Y SEÑOR DE SEÑORES.” (Apo 19:11-16)
La otra sentencia dicta que la entrada de nuestro Señor a un lugar cambia la historia del mismo. Jericó ya no es recordada por las tragedias que ocurrieron allí. La Jericó Herodiana es principalmente recordada por la entrada de nuestro Señor, el Rey que se ofreció por nosotros en la cruz del Calvario.
El texto del Evangelio de Lucas nos describe un personaje con el que nuestro Señor interactuó al entrar a esa ciudad. Su nombre: Zaqueo. Este nombre proviene del hebreo “zakkay” (H2140) que significa puro. La raíz de este nombre (“zâkak”, H2141) significa limpio o transparente.[2] Estos datos se convierten en parte de la ironía con la que Lucas trabaja esta experiencia. Por un lado, Zaqueo es descrito por Lucas como alguien que era “…jefe de los publicanos (“architelōnēs”, G754; v.2b), y rico,”. Por el otro, que al mismo tiempo este era “pequeño de estatura” (v.3c). Hay que añadir a esto el nombre de este personaje: Zaqueo. Nos preguntamos: ¿qué de puro, justo, transparente o limpio podía tener aquél que era el jefe de los ladrones oficiales que Roma había establecido?; entiéndase: los publicanos. Esta era la posición más despreciada y baja en todo Israel. Veamos un ejemplo de cómo lo describe la Biblia:
“15 Por tanto, si tu hermano peca contra ti, ve y repréndele estando tú y él solos; si te oyere, has ganado a tu hermano. 16 Mas si no te oyere, toma aún contigo a uno o dos, para que en boca de dos o tres testigos conste toda palabra. 17 Si no los oyere a ellos, dilo a la iglesia; y si no oyere a la iglesia, tenle por gentil y publicano.” (Mat 18:15-17)
Ese nombre, entonces representa las luchas constantes entre las cosas buenas que queremos hacer y aquellas características, experiencias y/o historias que empequeñecen y que hacen enanas nuestras vidas.
La Biblia dice que Zaqueo, procurando ver a Jesús, salió corriendo para subir a un árbol sicómoro (“ficus sycomorus”), uno que producía unos higos que eran tan duros que sólo las cabras podían comerlos (v. 4). El pasaje de Lucas describe que cuando Jesús llegó al lugar en el que Zaqueo se encotraba, decidió mirar hacia arriba y llamó a Zaqueo por su nombre. Esto provocó que este hombre decidiera descender a prisa y permitir que Jesús entrara a su hogar.
Este pasaje lucano es único en los Evangelios; ningún otro recoge la experiencia de Jesús con Zaqueo. Una publicación de un portal cristiano en Europa, “When a Look Changed Everything: The Day Zacchaeus Came Down from the Tree and Found Salvation”[3], señala que en ese pasaje no se describen milagros espectaculares, sanidades milagrosas, ni discursos teológicos-doctrinales extraordinarios. En este, sólo se describe una necesidad, una mirada, la mención de un nombre, una decisión y una conversión radical. Sin embargo, se nos antoja concluir, al igual que a los escritores de ese portal, que todo el Evangelio es resumido en esos versos.
Debemos entender que Zaqueo era un hombre en el que se conjugaba algo más que una profesión. Sus riquezas estaban amarradas a la práctica constante de la injusticia; el robo a los pobres y a los desvalidos. La mentalidad de este ser humano había sido cauterizada por su avaricia y su acceso al poder imperial romano. La misericordia de Dios se inserta en esta trama cuando el pasaje comienza a describir que Zaqueo procuraba ver a Jesús: “ezētei idein ton Iēsoun”. Ese deseo, “ezētei” (G2212), ese empeño, reflejaba el hambre de cambio, de transformación, que tenía su alma. Consideremos que el jefe de los publicanos pudo haberle pedido a Mateo, uno que fue su subalterno y que ahora era discípulo de Jesús, que le consiguiera una cita similar a la que arreglaron para Nicodemo. No olvidemos que la Biblia dice que Nicodemo vino a ver a Jesús de noche, en secreto (Jn 3:1-21). Zaqueo no hizo esto. Destacamos que el deseo de ver a Jesús que él tenía fue previo al encuentro con el Salvador del mundo. Ese deseo lo condujo a subir al sicómoro (v. 4). Hay que señalar que Zaqueo se arriesgó al hacer esto.
Esta acción provoca el espacio para insertar una lección incuestionable: la humildad. Zaqueo evidencia esto estando dispuesto a subirse a un árbol, arriesgándose así a ser ridiculizado y a ser atacado.[4]
Otra lección incuestionable que Lucas inserta aquí es la necesidad de la persistencia en la búsqueda de la verdad: Zaqueo superó obstáculos para ver a Jesús. La Biblia dice lo siguiente acerca de esta lección:
“6 Buscad a Jehová mientras puede ser hallado, llamadle en tanto que está cercano. 7 Deje el impío su camino, y el hombre inicuo sus pensamientos, y vuélvase a Jehová, el cual tendrá de él misericordia, y al Dios nuestro, el cual será amplio en perdonar.” (Isa 55:6-7, RV1960)
El portal cibernético europeo que estamos utilizando como guía señala que una pieza clave en este rompecabezas bíblico no es el altar equivocado al que Zaqueo se subió: un árbol cuyo fruto no sirve para alimentar ovejas. Este portal señala que la clave tampoco es la riqueza de la que Zaqueo gozaba. La clave hermenéutica es la mirada. La Biblia dice que Jesús lo vio cuando estaba cerca del árbol al que Zaqueo había subido (v.5). Es Dios, siempre Dios, tomando la iniciativa para encontrarnos y llamarnos. Se trata de la gracia en acción que salva. La Biblia dice que nosotros amamos a Dios porque Él nos amó primero (1 Jn 4:19). Ese es el corazón del Evangelio. La Biblia dice que “el Hijo del Hombre vino a buscar y a salvar lo que se había perdido” (Lcs 19:10).
Un portal cibernético australiano señala que según el relato bíblico de Lucas diecinueve (19), cuando Jesús alzó la vista hacia el sicómoro, vio mucho más allá de la reputación del “jefe de los recaudadores de impuestos” y del “pecador” que la multitud veía. A continuación, un resumen de lo que Jesús vio:
- un corazón desesperado: vio su profundo deseo y su intenso esfuerzo por verlo, que superaba sus limitaciones de estatura y posición social.
- una necesidad de redención: Jesús vio a alguien "perdido", pero listo para ser encontrado y salvado.
- un hijo de Abraham: vio a un ser humano que, a pesar de sus acciones, merecía ser incluido en la familia de Dios.
- potencial de transformación: vio un corazón dispuesto a responder al amor y la generosidad de nuestro Salvador, lo que le llevó a ofrecer inmediatamente la mitad de sus posesiones a los pobres y a restituir cuatro veces lo perdido.
- una invitación a la relación: al llamarlo por su nombre, Jesús demostró que lo veía como una persona merecedora de amor y amistad, y no como un publicano despreciable.[5]
Es muy interesante que Lucas describa que nuestro Señor llamó a Zaqueo por su nombre.
Esto significa que los pecados no habían invisibilizado a Zaqueo. Su pasado vil, deleznable, rastrero e infame no lo había etiquetado ante los ojos de nuestro Salvador. Los errores del pasado no podían ocultarlo del amor de Dios. Cristo lo llamó por su nombre porque al hacerlo no estaba viendo un pecador más. Jesús estaba comenzando a rescribir la identidad, la historia y la dignidad de Zaqueo. Recordamos que el proverbista había dicho lo siguiente:
“7 La memoria del justo será bendita; Mas el nombre de los impíos se pudrirá.” (Pro 10:7, RV 1960)
“7 Tenemos buenos recuerdos de los justos, pero el nombre del perverso se pudre.” (NTV)
En otras palabras, el pueblo podía ver a un pecador mientras que Jesús veía a alguien cuya memoria debía ser perpetuada y bendecida. El pasaje de Lucas forma parte del cumplimiento de esa palabra.
Al mismo tiempo, ese pasaje bíblico señala que Zaqueo respondió a esta invitación descendiendo a prisa y con mucho gozo. Esa reacción se convierte en otra lección extraordinaria que nos regala Lucas: la disposición al cambio. La voz del Salvador el mundo provocó que Zaqueo accediera a permitir que el amor de nuestro Señor transformara su conducta.
La Biblia también dice que Jesús se autoinvitó a la casa de Zaqueo. En otras palabras, que nuestro Señor entró a Jericó para luego entrar a la casa de Zaqueo. Hace muchos años escuché un sermón predicado por el siempre recordado Rdo. Dr. Cecilio Arrastía. Ese amado pastor describía con la homilética inimitable a la que nos acostumbró un diálogo extrabíblico que él creía había ocurrido entre Zaqueo y su esposa. Hay que comprender que Zaqueo no tenía muchos amigos, así que no debió ser común que viniera un grupo a posar (“menō”, G3306), a “permanecer en un lugar”, a “demorarse”, a “quedarse en la casa”, a “quedarse durante la noche”, “habitar”, a “estar en contra de la oposición”[6] en la casa de Zaqueo. Arrastía decía que lo que a ella realmente debió haberle sorprendido no fue que ese grupo llegara a su casa para hacer “menō” allí. Su sorpresa provino de que es altamente probable que ella nunca hubiera visto a Zaqueo tan contento y gozoso en la vida. El Zaqueo que ella conocía, sin duda alguna debió ser un ser humano malhumorado, de rostro amargado, aislado, con una mirada escrutadora y con el ceño fruncido. Ahora lo veía gozoso y ella quería saber qué le había sucedido a su marido. Con toda probabilidad ella quería conocer a la persona que había producido esa transformación.
Tal y como señala el portal europeo que hemos estado citando, Dios se acerca, Dios decide habitar y los corazones son transformados. Además, la historia de Zaqueo destruye las mentiras que el enemigo ha querido colocar en los pensamientos de muchas personas. Se trata de aquellos que no se acercan al Señor porque se sienten indignos o porque creen que no son lo suficientemente buenos. Tal y como hemos señalado, no podemos olvidar que Zaqueo se arriesgó a ser atacado por una población que lo odiaba tanto que no podía entender que Jesucristo pudiera posar en el hogar de un hombre pecador (v.7).
El pasaje lucano que estamos analizando en esta reflexión destaca que Zaqueo interviene en este escenario. Las expresiones de este hombre señalan que él había decidido no limitarse a disfrutar de la experiencia de la salvación que había experimentado. Tampoco, limitarse a disfrutar el gozo producido porque Cristo había ido a posar en su hogar. La Biblia dice que Zaqueo decidió enmendar sus errores. Veamos cómo lo recoge la poderosa Palabra de Dios:
“8 Entonces Zaqueo, puesto en pie, dijo al Señor: He aquí, Señor, la mitad de mis bienes doy a los pobres; y si en algo he defraudado a alguno, se lo devuelvo cuadruplicado.” (Lcs 19:8, RV1960)
Esta lección, la de la generosidad y la reparación, aparece aquí como el compromiso de este hombre para ayudar a los pobres y enmendar sus errores del pasado. Es cierto que estas acciones no salvarían a Zaqueo, porque nadie se salva por obras. No obstante, estas reflejaban el nivel de transformación que él estaba experimentando.
Esas expresiones también afirman que los tiempos existenciales de Zaqueo, aquellos que no admiten transacciones en la bolsa de valores espirituales, habían sido transformados y él lo evidenciaba así. Él contempló su pasado: “…y si en algo he defraudado a alguno” (v.8c). También contempló su presente: “He aquí, Señor, la mitad de mis bienes doy a los pobres;” (v.8b). Además, Zaqueo no se detuvo hasta examinar su futuro: “le devolveré cuatro veces más” (8d, NTV). He aquí otra lección ineludible: la del poder transformador de un encuentro con Jesús. Ese breve encuentro con Jesús cambió por completo todos los tiempos de la vida de Zaqueo. Jesucristo entró en el corazón de Zaqueo.
A renglón seguido, la Biblia dice que Cristo lo puso de pie, sin mezquindad y sin atropellos. El pasaje bíblico dice que Zaqueo, aquél que era un paria, el rechazado y despreciado por el pueblo, el hombre con un pasado abominable, ahora había sido convertido y calificado como hijo de la promesa.
“9 Jesús le dijo: Hoy ha venido la salvación a esta casa; por cuanto él también es hijo de Abraham.” (v.9)
Zaqueo había aceptado a Jesús y el Señor lo transformó en el mejor israelita, con rango y clase.
Cristo lo llamó hijo de Abraham: hijo de la promesa. Esta aseveración lucana nos enseña que la redención es posible para todos: nadie está fuera del alcance de la salvación que ofrece nuestro Salvador.
Zaqueo respondió muy bien a la pregunta más importante del Evangelio sin tener que escucharla. El hombre pequeño de estatura se había agigantado llamando Señor al Salvador del mundo. Sí, porque la Biblia dice que todo aquel que invocare el nombre del Señor será salvo (Joel 2:32; Hch 2:21; Rom 10:13)
La Biblia dice que la salvación entró a la casa de Zaqueo porque Jesucristo entró a ese lugar. Zaqueo recibió la salvación de su alma y la transformación de su vida porque Cristo entró a su corazón. Cristo decidió entrar en ambos lugares aceptando estos sin prejuicios. Esa lección es predicada sobre la base de que nuestro Señor ve nuestro potencial y no nuestro pasado.
¿Has permitido que Cristo entre a tu hogar? ¿Ha entrado Él a tu corazón?
[1] La palabra “hōsanna” aparece en este salmo. Es la composición de los conceptos “yâshaʽ” (H3467, salva) y “nâʼ” (H4994, ahora).
[2] Gesenius, W., & Tregelles, S. P. (2003). En Gesenius’ Hebrew and Chaldee lexicon to the Old Testament Scriptures (p. 244). Logos Bible Software.
[3] https://catholicus.eu/en/when-a-look-changed-everything-the-day-zacchaeus-came-down-from-the-tree-and-found-salvation/
[4] El resumen de estas lecciones puede ser encontrado en https://thebiblicaltruth.com/zacchaeus-a-story-of-transformation/
[5] https://www.cbm.org.au/stories/week-1-lent-series-2020
[6] Hauck, F. (1964–). μένω, ἐμ-, παρα-, περι-, προσμένω, μονή, ὑπομένω, ὑπομονή. En G. Kittel, G. W. Bromiley, & G. Friedrich (Eds.), Theological dictionary of the New Testament (electronic ed., Vol. 4, pp. 574–575). Eerdmans.
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