1054 • El Heraldo Digital – Institucional • Volumen XVII • 26 de abril del 2026

1054 • El Heraldo Digital – Institucional • Volumen XVII • 26 de abril del 2026
Familias dirigidas por el Espíritu Santo: el análisis de la familia de Jacob -Parte VII


“6 Entonces entregó todo a cargo de José y no prestaba atención a nada que no fuera la comida que él mismo consumía. José era un hombre muy apuesto y de buena figura. 7 Un tiempo después, la esposa de su amo comenzó a fijarse en José y le dijo: —Acuéstate conmigo. 8 Pero José se rehusó y le dijo a la esposa de su amo: —Mire, conmigo mi señor no tiene nada de qué preocuparse en la casa. Me dio todas sus posesiones para que yo las cuidara. 9 No hay nadie en esta casa que se iguale a mí. Lo único que él me ha negado es a usted, porque es su esposa. ¿Cómo puedo yo hacerle a él algo tan malo y cometer un pecado ante Dios? 10 A pesar de que ella hablaba con él día tras día, no lo convenció de que se acostara con ella. 11 Un día, cuando José regresó de trabajar a la casa, no había ningún otro esclavo adentro. 12 Entonces ella lo agarró de su ropa y le dijo: —¡Acuéstate conmigo! Pero él dejó su ropa en las manos de ella y salió huyendo. 13 Cuando ella vio que él había dejado la ropa en sus manos y salido huyendo, 14 llamó a los siervos de su casa y les dijo: —Miren, mi esposo trajo a este hebreo para que nos insultara. Él vino a donde yo estaba para tratar de tener relaciones sexuales conmigo, pero yo grité fuerte. 15 Cuando oyó que yo había gritado, dejó su ropa al lado mío y salió corriendo. 16 Después ella se quedó con la ropa de José hasta que llegó su esposo. 17 Luego le contó la misma historia: —El siervo hebreo que trajiste vino a aprovecharse de mí. 18 Pero cuando grité, dejó su ropa al lado mío y huyó hacia afuera. 19 El amo de José escuchó lo que le dijo su esposa y se enfureció. 20 Entonces lo agarró y lo puso en la prisión donde metían a los prisioneros del rey, y José quedó encarcelado. 21 Pero el SEÑOR estaba con José y lo ayudó haciendo que se ganara la confianza del carcelero.” (Gén 39:6-21, PDT)

En nuestra reflexión anterior comenzamos a analizar los procesos por los que José, el undécimo de los hijos de Jacob, tuvo que atravesar en la ruta para convertirse en uno de los instrumentos usados por el Señor para rescatar a su familia.

La Biblia implica que cuando el mayor de los hijos de Raquel llegó a Egipto, decidió adaptarse y dedicarse a aprender. Puntualizamos el hecho de que en estos pasajes bíblicos no hay mención de tiempo y tampoco aparece la descripción de los ajustes que él tuvo que realizar allí. Sabemos que se lo habían vendido a Potifar, como lo describe Alfred Edersheim, el jefe de los verdugos de Faraón: el capitán de la guardia del rey de Egipto. Edersheim dice que ese era un tipo de grupo elite en Egipto y que el capitán era el jefe de las ejecuciones.

Hemos dicho en reflexiones anteriores que en ese lugar José tendría que enfrentar muchos retos, sufrimientos y crisis. La historia bíblica nos dice que el primer reto que este joven enfrenta es el de la prosperidad.

Vimos en la reflexión anterior que Potifar se dio cuenta de que el Señor estaba con José (Gén 39:2,3, 5). Un dato interesante que destaca Charles R. Swindoll[1] es que José no utilizó esto como una herramienta para sacar provecho de ello. Este joven no buscó el favor de su amo. La Biblia afirma que José lo encontró. Es muy probable que esto haya servido para que Potifar decidiera poner todo en las manos de José.

Esta es sin duda una de las enseñanzas claves que nos ofrece la saga de José. Sabemos que los creyentes en Cristo portamos, llevamos con nosotros las evidencias de la gracia divina y de la presencia del Espíritu Santo. Sin embargo, el consejo bíblico es que hagamos todo lo que tenemos que hacer sabiendo que lo hacemos para el Señor y no para los hombres. En otras palabras, que no hagamos estas cosas para sacar provecho para nosotros.

“17 Siempre dediquen al Señor Jesús todo lo que digan y lo que hagan, dando gracias a Dios Padre a través de Jesús……23 Cuando hagan cualquier trabajo, háganlo de todo corazón, como si estuvieran trabajando para el Señor y no para los seres humanos. 24 Recuerden que ustedes van a recibir la recompensa del Señor que Dios le prometió a su pueblo, pues ustedes sirven a Cristo el Señor. 25 Recuerden que todo el que haga lo malo será castigado y que el Señor trata a todos por igual.”  (Col 3:17, 23-24, PDT)

Este consejo bíblico no solo nos ayuda a evitar errores y complicaciones en lo que decimos y hacemos (v.17). Este consejo también nos impide procurar sacar provecho de nuestras acciones. Nos preguntamos: ¿cómo podríamos hacer o decir algo para Dios con la intención de sacarle provecho a esto?

Swindoll aprovecha esa coyuntura para aseverar que los grandes éxitos aumentan la confianza y la responsabilidad. Citando a F.B Meyer[2], en su libro “Joseph: Beloved-Hated-Exalted” Swindoll comparte lo siguiente:

“Es más probable que la tentación surja en tiempos de prosperidad y bienestar que en aquellos de privación y penuria. No en las laderas glaciares de los Alpes, sino en las soleadas llanuras de la Campiña; no cuando el joven asciende con ahínco la empinada escalera de la fama, sino cuando ha cruzado los umbrales dorados; no donde los hombres fruncen el ceño, sino donde sonríen con dulces y exquisitas sonrisas de adulación: ¡allí, allí acecha la tentadora! ¡Cuidado!” [3] (traducción libre)

Tal y como señala Swindoll, sin duda alguna que este es un mensaje de advertencia que está dirigido a los triunfadores, a todos aquellos que están experimentando el favor de Dios. Hay una cantidad extraordinaria de buenos consejos acerca de esto. Recordamos que C.S. Lewis decía que “la prosperidad es un buen clima para la campaña electoral del diablo”.[4] Calvin Coolidge, quien fue presidente de Estados Unidos entre 1923 y 1929, decía que la prosperidad es una bendición cuando es utilizada como un instrumento y no como una deidad para ser adorada. Thomas Carlyle, ensayista escocés, señaló que la adversidad a veces es dura para el hombre, pero por cada hombre que puede soportar la prosperidad, hay cien que pueden soportar la adversidad.[5]

No podemos obviar el hecho de que el éxito viene unido a las exigencias de la confianza depositada en nosotros y esto nos hace más vulnerables.

Es adecuado afirmar aquí lo que una vez dijo A. W. Tozer:

“Es dudoso que Dios pueda bendecir grandemente a un hombre hasta que no lo haya herido profundamente. Sin duda, nosotros, los de esta generación, nos hemos vuelto demasiado blandos para alcanzar grandes alturas espirituales. La salvación ha llegado a significar la liberación de cosas desagradables. Nuestros himnos y sermones nos crean una religión de consuelo y placer. Pasamos por alto el lugar de las espinas, la cruz y la sangre. Ignoramos la función del martillo y la lima. Por extraño que parezca, es cierto que gran parte del sufrimiento que estamos llamados a soportar en el camino de la santidad es un sufrimiento interior para el cual difícilmente se encuentra una causa externa. Porque nuestro viaje es un viaje interior, y nuestros verdaderos enemigos son invisibles a los ojos de los hombres. Los ataques de la oscuridad, del desaliento, de la profunda autocrítica pueden soportarse sin que cambie nuestra situación externa. Solo el enemigo, Dios y el cristiano atribulado saben lo que ha sucedido. El sufrimiento interior ha sido grande y se ha realizado una poderosa obra de purificación, pero el corazón conoce su propio dolor, y nadie más puede compartirlo. Dios ha purificado a su hijo de la única manera que puede, dadas las circunstancias. Gracias a Dios por la prueba.” [6]

Dios necesitaba procesar a José. Solo así podía él ser instrumento útil para el desarrollo de los planes perfectos del Eterno. Los retos, las crisis y los sufrimientos serían las escuelas que Dios habría de utilizar para transformar a su siervo.

La Biblia nos presenta muchos ejemplos acerca de estos procesos y de cómo fueron manejados por aquellos que los experimentaron. Uno de estos, el del Apóstol Pablo. Veamos lo que él dice acerca de esto en su Segunda Carta a los Corintios:

“24 En cinco ocasiones distintas, los líderes judíos me dieron treinta y nueve latigazos. 25 Tres veces me azotaron con varas. Una vez fui apedreado. Tres veces sufrí naufragios. Una vez pasé toda una noche y el día siguiente a la deriva en el mar. 26 He estado en muchos viajes muy largos. Enfrenté peligros de ríos y de ladrones. Enfrenté peligros de parte de mi propio pueblo, los judíos, y también de los gentiles. Enfrenté peligros en ciudades, en desiertos y en mares. Y enfrenté peligros de hombres que afirman ser creyentes, pero no lo son. 27 He trabajado con esfuerzo y por largas horas y soporté muchas noches sin dormir. He tenido hambre y sed, y a menudo me he quedado sin nada que comer. He temblado de frío, sin tener ropa suficiente para mantenerme abrigado.28 Además de todo eso, a diario llevo la carga de mi preocupación por todas las iglesias.”  (2 Cor 11:24-28, NTV)

Tal y como dijo en una ocasión el siempre recordado Rdo. Ray C. Steadman, este pasaje describe a un hombre cuyo poder personal se había quebrado. Lo que el Apóstol describe aquí es que él se ve a sí mismo como alguien que ya no le importaba lo que le pudiera suceder. Con estas expresiones Pablo afirmó que estaba dispuesto a arriesgarlo todo, a correr cualquier peligro, con tal de hacer la voluntad del Señor. Esto incluía poner en orden las cuentas entre los gentiles y los griegos.

Sabemos que este apóstol no llegó así a los pies del Señor. Sabemos que el Saulo de Tarso que describe la Biblia era un ser humano que vivía para su propio beneficio. Él admite esto cuando describe los fundamentos y los recursos sobre los que él se apoyaba antes de conocer a Cristo. Encontramos esta explicación en su Carta a los Filipenses, particularmente cuando Pablo describe su ascendencia: él había nacido hebreo, de la tribu de Benjamín, su linaje, su ortodoxia, y el grupo religioso al que pertenecía: los fariseos. Pablo dijo que antes de venir a los pies del Señor él creía que esto le daba derecho a reclamar el favor de Dios.

“4 aunque, si alguien pudiera confiar en sus propios esfuerzos, ese sería yo. De hecho, si otros tienen razones para confiar en sus propios esfuerzos, ¡yo las tengo aún más! 5 Fui circuncidado cuando tenía ocho días de vida. Soy un ciudadano de Israel de pura cepa y miembro de la tribu de Benjamín, ¡un verdadero hebreo como no ha habido otro! Fui miembro de los fariseos, quienes exigen la obediencia más estricta a la ley judía. 6 Era tan fanático que perseguía con crueldad a la iglesia, y en cuanto a la justicia, obedecía la ley al pie de la letra.”  (Fil 3:4-6, NTV)

Es muy interesante que este apóstol añadió las siguientes expresiones a esto que acabamos de compartir:

“7 Antes creía que esas cosas eran valiosas, pero ahora considero que no tienen ningún valor debido a lo que Cristo ha hecho. 8 Así es, todo lo demás no vale nada cuando se le compara con el infinito valor de conocer a Cristo Jesús, mi Señor. Por amor a él, he desechado todo lo demás y lo considero basura a fin de ganar a Cristo 9 y llegar a ser uno con él. Ya no me apoyo en mi propia justicia, por medio de obedecer la ley; más bien, llego a ser justo por medio de la fe en Cristo. Pues la forma en que Dios nos hace justos delante de él se basa en la fe.”  (vv.7-9)

Ciertamente, el amor de Cristo alcanzó y transformó a este hombre. No obstante, no es menos cierto que “el martillo” y la “lima” de Dios formaron parte de ese proceso de transformación. Arribar a la conclusión de que él consideraba como basura todos sus recursos y fundamentos previos a la fe en Cristo requirió un proceso de trasformación intenso. Es por eso que podemos leer lo siguiente en la Segunda Carta a los Corintios:

“8 Le he rogado ya tres veces al Señor que me quite esa dolencia. 9 Pero el Señor me dijo: «Mi bondad es todo lo que necesitas, porque cuando eres débil, mi poder se hace más fuerte en ti». Por eso me alegra presumir de mi debilidad, así el poder de Cristo vivirá en mí. 10 También me alegro de las debilidades, insultos, penas y persecuciones que sufro por Cristo, porque cuando me siento débil, es cuando en realidad soy fuerte.” (2 Cor 12:8-10, PDT)

Encontramos otro ejemplo, el más sublime de todos, en la vida de nuestro Señor y Salvador: Cristo Jesús. La Biblia dice lo siguiente acerca de la relación que él desarrolló entre el dolor y el ministerio:

“8 Aunque era Hijo de Dios, Jesús aprendió obediencia por las cosas que sufrió. 9 De ese modo, Dios lo hizo apto para ser el Sumo Sacerdote perfecto, y Jesús llegó a ser la fuente de salvación eterna para todos los que le obedecen.” (Heb 5:8-9, NTV)

Estos versos sirven para afirmar que Jesucristo no llegó a la tierra como una figura divina y celestial para cumplir una tarea. Estos versos afirman que nuestro Señor abrazó por completo la naturaleza humana. Veamos cómo lo expresa Pablo en una de sus cartas.

“7 Al contrario, él se quitó ese honor, aceptó hacerse un siervo y nacer como un ser humano. Al vivir como hombre, 8 se humilló a sí mismo y fue obediente hasta el extremo de morir en la cruz.”  (Fil 2:7-8., NTV)

Este pasaje bíblico afirma que nuestro Señor tenía que atravesar por las experiencias del sufrimiento (“paschō”, G3958), en su condición humana, para poder ser la ofrenda perfecta y luego ser capaz de convertirse en el Sumo Sacerdote según el orden de Melquisedec (Heb 5:6,10; 6:20; 7:17, 21-22).

La teología sistemática nos ha enseñado que nuestro Señor es completamente Dios y completamente hombre. Las diferencias entre la parte humana y la parte divina de nuestro Salvador no se cancelan entre sí. Tomás de Aquino, en su Comentario a los Hebreos explica esto distinguiendo entre los diferentes tipos de conocimiento que nuestro Señor tenía de sí mismo. Por un lado, Jesús, como Dios, conoce plenamente lo que es la obediencia; no necesita aprenderla. Pero Jesús, como hombre, tuvo que aprender a obedecer. Ese pasaje bíblico que encontramos en el verso ocho (8) del capítulo cinco (5) de la Carta a los Hebreos dice que Jesús aprendió esto a través del sufrimiento.

Tomás de Aquino señala que Jesús aprendió cuán difícil es la obediencia porque decidió obedecer el plan del Padre en los asuntos más difíciles, incluso hasta morir en la cruz. Este teólogo y maestro afirmó que aquellos que nunca han tenido que obedecer en la dificultad no conocen verdaderamente la virtud de la obediencia.

Seguir la voluntad de Dios cuando nos resulta fácil es una cosa. Seguir la voluntad de Dios cuando nos resulta muy difícil es otra. Jesús aprendió lo que significa ser obediente a Dios incluso cuando obedecer parecía humanamente imposible.

“De hecho, el autor de la Carta a los Hebreos dice que, al aprender la obediencia de esta manera, Jesús fue «perfeccionado» y, por lo tanto, «se convirtió en la fuente de la salvación eterna para todos los que le obedecen». En otras palabras, también debemos aprender a obedecer si queremos recibir la salvación que Jesús ofrece. Al aprender la obediencia, Jesús se convierte en nuestro maestro [para que aprendamos a obedecer].”[7]

La obediencia de Jesús es vital para nuestra fe. Él, como hombre, aprendió a obedecer al Padre y permanecer fiel al plan de salvación. Lo hizo cuando tuvo hambre, cuando tuvo sed, cuando estaba en angustia y cuando estaba sufriendo el dolor que le produjeron los clavos en el Calvario. Lo hizo en medio de la tentación, de la traición, cuando estaba exhausto y cuando enfrentó el rechazo de su pueblo. Es importante destacar, como ha dicho John Piper, que la obediencia no se trata solo de seguir reglas. La obediencia se trata de honrar a Dios con nuestras decisiones, especialmente cuando estas son difíciles.

Puntualizamos que estas afirmaciones no procuran glorificar el sufrimiento. Eso sería enfermizo y anticristiano. Nuestra intención es poder proveerle a los lectores algunos datos bíblicos que les permitan internalizar dos (2) axiomas fundamentales que la Biblia nos ofrece acerca de este tema. El primero, que Dios nos está lejos de nosotros cuando sufrimos. El segundo, que Dios utiliza esas experiencias para transformarnos y conducirnos al centro de su sacrosanta voluntad. Nos toca a nosotros decidir colocarnos del lado de los propósitos del Señor.

El poeta griego Hesiodus (c. 700 B.C.) decía que el “paschō”, el sufrimiento, puede y debe aumentar nuestra experiencia y brindarnos una mejor comprensión de las cosas.[8] Es un secreto a voces que hay muchos cristianos que tienen grandes dificultades para ver el sufrimiento con estos espejuelos.
 
La saga de José continúa describiendo que este joven llegó a un país cuya cultura, sus costumbres y su idioma eran distintos. Lo que José encontró en Egipto era una situación muy distinta a la que él vivió en la casa de Jacob.

El segundo reto que José enfrentó en Egipto fue el de las tentaciones. Este tema ocupará el centro de nuestra próxima reflexión.
 


[1] Swindoll, Charles R.. Joseph: a man of integrity and forgiveness. WORD Publishing, 1998.
[2] https://soulwinning.info/gs/fb_meyer/bio.htm
[3] Meyer, F.B.. Joseph: Beloved-Hated-Exalted, Fort Washington; Christian Literature Crusade, (nd), p.24.
[4] Draper, Edythe. Draper’s book of quotation for the Christian world.
[5] Bartlett’s Familiar Quotation, 1980, p.474
[6] Tozer, A.W. The root of the righteous. Sea Harp Press, 2022, p. 85.
[7] https://wcucatholic.org/second-look-jesus-learn-obedience/
[8] Michaelis, W. (1964–). πάσχω, παθητός, προπάσχω, συμπάσχω, πάθος, πάθημα, συμπαθής, συμπαθέω, κακοπαθέω, συγκακοπαθέω, κακοπάθεια, μετριοπαθέω, ὁμοιοπαθής. En G. Kittel, G. W. Bromiley, & G. Friedrich (Eds.), Theological dictionary of the New Testament (electronic ed., Vol. 5, p. 906). Eerdmans.





Posted in
Posted in ,

No Comments


Categories

Archive

 2026
 2025
 2024

Recent

Tags