April 5th, 2026
1051 • El Heraldo Digital – Institucional • Volumen XVII • 5 de abril del 2026
¿Quién moverá la piedra?
“El domingo por la mañana temprano, cuando amanecía el nuevo día, María Magdalena y la otra María fueron a visitar la tumba. 2 ¡De repente, se produjo un gran terremoto! Pues un ángel del Señor descendió del cielo, corrió la piedra a un lado y se sentó sobre ella. 3 Su rostro brillaba como un relámpago, y su ropa era blanca como la nieve. 4 Los guardias temblaron de miedo cuando lo vieron y cayeron desmayados por completo. 5 Entonces, el ángel les habló a las mujeres: «¡No teman!—dijo—. Sé que buscan a Jesús, el que fue crucificado. 6 ¡No está aquí! Ha resucitado tal como dijo que sucedería. Vengan, vean el lugar donde estaba su cuerpo. 7 Y ahora, vayan rápidamente y cuéntenles a sus discípulos que ha resucitado y que va delante de ustedes a Galilea. Allí lo verán. Recuerden lo que les he dicho». 8 Las mujeres se fueron a toda prisa. Estaban asustadas pero a la vez llenas de gran alegría, y se apresuraron para dar el mensaje del ángel a los discípulos. 9 Mientras iban, Jesús les salió al encuentro y las saludó. Ellas corrieron hasta él, abrazaron sus pies y lo adoraron. 10 Entonces Jesús les dijo: «¡No teman! Digan a mis hermanos que vayan a Galilea, y allí me verán».” (Mat 28:1-10, NTV)
Las narrativas acerca de la resurrección de nuestro Señor (Mat 28:1-20; Mcs 16:1-20; Lcs 24:1-53; Jn 20:1-31) proveen una cantidad extraordinaria de datos. Existen varias razones por las que esto es así. Una de estas es que la resurrección del Salvador del mundo es una pieza indispensable dentro del plan de salvación. Por lo tanto, la resurrección de Cristo Jesús tenía que ser presentada con evidencias “indubitables” (Hch 1:3); capaces de vencer y aclarar cualquier duda.
“1 En el primer tratado, oh Teófilo, hablé acerca de todas las cosas que Jesús comenzó a hacer y a enseñar, 2 hasta el día en que fue recibido arriba, después de haber dado mandamientos por el Espíritu Santo a los apóstoles que había escogido; 3 a quienes también, después de haber padecido, se presentó vivo con muchas pruebas indubitables, apareciéndoseles durante cuarenta días y hablándoles acerca del reino de Dios.” (Hch 1:1-3, RV1960)
Debemos comprender que un salvador muerto, un mesías enterrado, vencido por la muerte no podía ser el redentor del mundo. No es posible que el salvador del mundo pudiera haber sido capturado y vencido por la muerte. Veamos por qué:
La Biblia dice que el sacrificio de Cristo en la cruz del Calvario sirvió para quitar al pecado del medio.
“24 Pues Cristo no entró en un lugar santo hecho por manos humanas, que era solo una copia del verdadero, que está en el cielo. Él entró en el cielo mismo para presentarse ahora delante de Dios a favor de nosotros; 25 y no entró en el cielo para ofrecerse a sí mismo una y otra vez, como lo hace el sumo sacerdote aquí en la tierra, que entra en el Lugar Santísimo año tras año con la sangre de un animal. 26 Si eso hubiera sido necesario, Cristo tendría que haber sufrido la muerte una y otra vez, desde el principio del mundo; pero ahora, en el fin de los tiempos, Cristo se presentó una sola vez y para siempre para quitar el pecado mediante su propia muerte en sacrificio.” (Heb 9:24-26, NTV)
La Biblia dice que Juan el Bautista lo identificó así.
“29 El siguiente día vio Juan a Jesús que venía a él, y dijo: He aquí el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo.” (Jn 1:29, RV1960)
En otras palabras, que el sacrificio de Cristo trascendió el perdón de nuestros pecados, nuestra redención, nuestra justificación, y nuestra propiciación. El sacrificio de Cristo en la cruz también sirvió para quitar el pecado del medio.
Al mismo tiempo, la Biblia dice que en la cruz del Calvario Cristo venció el poder que el pecado tenía sobre nosotros.
“6 Sabemos que nuestro antiguo ser pecaminoso fue crucificado con Cristo para que el pecado perdiera su poder en nuestra vida. Ya no somos esclavos del pecado. 7 Pues, cuando morimos con Cristo, fuimos liberados del poder del pecado; 8 y dado que morimos con Cristo, sabemos que también viviremos con él.” (Rom 6:6-7, NTV)
La Biblia añade que el sacrificio de Cristo en la cruz sirvió para anular las acusaciones que había contra nosotros y que con ese sacrificio el Señor también venció las fuerzas del imperio de satanás.
“14 Él anuló el acta con los cargos que había contra nosotros y la eliminó clavándola en la cruz. 15 De esa manera, desarmó a los gobernantes y a las autoridades espirituales. Los avergonzó públicamente con su victoria sobre ellos en la cruz.” (Col 2:14-15, NTV)
La Palabra de Dios afirma que la muerte de Cristo en la cruz del Calvario sirvió para destruir al que tenía el imperio de la muerte.
“14 Los hijos de una familia son gente de carne y hueso, por eso Jesús se hizo de carne y hueso igual que ellos. Sólo así pudo morir y con su muerte derrotar al diablo, quien tenía el poder de la muerte. 15 Jesús se hizo hombre para liberar a los hombres, quienes habían estado esclavizados toda la vida por temor a la muerte.” (Heb 2:14-15, PDT)
Los invitamos a analizar estos versos con mucho cuidado. Al hacerlo, descubrimos que estos revelan que la muerte de Cristo en la cruz también sirvió para liberarnos de la esclavitud que producía el temor a la muerte.
“15 Únicamente de esa manera el Hijo podía libertar a todos los que vivían esclavizados por temor a la muerte.” (v. 15, NTV)
Ante estas victorias era imposible que la muerte, el último enemigo del ser humano, permaneciera incólume e imbatible ante nuestro Salvador. Sabemos que el pecado, que es el aguijón de la muerte (1 Cor 15:56) fue vencido con el sacrificio de Cristo. Por lo tanto, la paga del pecado, que es la muerte, también tenía que ser vencida.
“23 Porque la paga del pecado es muerte, más la dádiva de Dios es vida eterna en Cristo Jesús Señor nuestro.” (Rom 6:23).
¿Cómo podría dar vida eterna un salvador muerto y sepultado? La buena noticia es que Cristo venció la muerte. Es por eso que el Apóstol Pablo pudo exclamar lo siguiente: “55 Dónde está, oh muerte, tu aguijón? ¿Dónde, oh sepulcro, tu victoria? sorbida es la muerte en victoria” (1 Cor 15:55, RV1960)
Pablo, quien es sin duda el mejor exponente de la teología de la resurrección de nuestro Señor, pudo realizar esta exclamación porque él tuvo la oportunidad de entrevistar a muchos de los testigos de la resurrección de nuestro Salvador. Destacamos que Pablo desarrolló este proceso muy poco tiempo después de que ocurriera ese evento histórico.
Las conclusiones paulinas son tan poderosas que la Biblia dice, como parte del mensaje de este Apóstol, que el poder de esa resurrección demuestra que nuestro Salvador reina como el Hijo de Dios y como el Señor.
“2 Dios prometió esa Buena Noticia hace tiempo por medio de sus profetas en las sagradas Escrituras. 3 La Buena Noticia trata de su Hijo. En su vida terrenal, él fue descendiente del rey David, 4 y quedó demostrado que era el Hijo de Dios cuando fue resucitado de los muertos mediante el poder del Espíritu Santo. Él es Jesucristo nuestro Señor.” (Rom 1:2-4, NTV)
La resurrección de Cristo Jesús es un elemento cardinal y central para nuestra fe, así como para la historia de la humanidad. La Biblia dice que “era necesario que él resucitase de los muertos” (Jn 20: 9b).
Habiendo tanto sobre la mesa, es entonces imprescindible que la Biblia ofrezca muchos datos acerca de la resurrección de nuestro Señor. Aquellos que se acercan a estas narrativas descubren que la Biblia presenta la resurrección de Cristo nuestro Señor como un evento histórico; que es capaz de vencer cualquier duda acerca de ese acontecimiento.
Ahora bien, por un lado, la Biblia dice que la resurrección de nuestro Señor es el cumplimiento de una profecía.
“A Jehová he puesto siempre delante de mí; Porque está a mi diestra, no seré conmovido. 9 Se alegró por tanto mi corazón, y se gozó mi alma; Mi carne también reposará confiadamente; 10 Porque no dejarás mi alma en el Seol, Ni permitirás que tu santo vea corrupción.” (Sal 16:8-10, RV 1960)
La Biblia dice que Pedro echó mano de esta profecía en el día de Pentecostés (Hch 2:24-28). Esa aseveración, dijo él, probaba que Jesucristo era todo lo que había dicho que era: entre otras cosas, Cristo había sido levantado de entre los muertos para sentarse en el trono de David (v. 30). Pedro añadió a todo esto que todos ellos (los 120 que estaban en el Aposento Alto, Hch 1:15) eran testigos de ese acontecimiento.
Por otro lado, Jesucristo había intimado que esto habría de suceder. Él dijo que resucitaría de entre los muertos (Mat 12:40; 20:19; Mcs 9:9; 14:28; Lcs 18:33; Jn 2:19–22). Al mismo tiempo, la Biblia identifica una cantidad extraordinaria de testigos, de personas que vieron al Señor luego de este haber resucitado. Entre estos encontramos a María Magdalena (Jn 20:1-18), a María la madre de Jacobo, a Salomé (Mcs 16:1) y a Juana (Lcs 24:1). La Biblia también identifica a Pedro (Lcs 24:34; 1 Cor 15:5), a los discípulos (Jn 20:19-25; 1 Cor 15:5), a Tomás (Jn 20:26-31), a los caminantes de Emaús (Lcs 24:24:13-35), a más de quinientas (500) personas (1 Cor 15:6), a Jacobo (1 Cor 15:7) y a Pablo (1 Cor 15:8). La Biblia añade a esto que Jesús estuvo con todos ellos durante 40 días después de haber resucitado de entre los muertos.
Algunos proponentes de la teología liberal, teología que no pudo sobrevivir a la Primera Guerra Mundial, expusieron que estos testigos alucinaban o que habían mentido sobre ese acontecimiento. En primer lugar, las alucinaciones requieren la presencia de una patología, de una enfermedad. ¿Cuál es la probabilidad de que más de 500 personas involucradas en un mismo evento procesal padezcan de la misma enfermedad? La respuesta es concreta: la probabilidad tiende a cero. Al mismo tiempo, hay unas expresiones de Chuck Colson que debemos considerar. Este hombre se hizo famoso por su participación en el escándalo de Watergate y luego por su capacidad para desarrollar ministerios cristianos en las cárceles norteamericanas. Colson fue entrevistado en una ocasión acerca de la resurrección de Jesús. A continuación, su respuesta:
“Sé que la resurrección es un hecho, y el caso Watergate me lo demostró. ¿Cómo? Porque doce hombres testificaron haber visto a Jesús resucitado, y luego proclamaron esa verdad durante cuarenta años, sin negarla jamás. Todos fueron golpeados, torturados, apedreados y encarcelados. No habrían soportado todo eso si no fuera cierto. El caso Watergate involucró a doce de los hombres más poderosos del mundo, y no pudieron mantener una mentira ni tres semanas. ¿Me estás diciendo que doce apóstoles podrían mantener una mentira durante más de cuarenta años? ¡Absolutamente imposible!”[1] (Traducción libre)
El Señor resucitó de entre los muertos y este es un hecho comprobado e histórico.
A renglón seguido, todas las narrativas bíblicas señalan que la resurrección de nuestro Salvador ocurrió el domingo, temprano en la mañana. Es por esto que la Iglesia decidió identificar ese día como el “día del Señor” (Apo 1:10) La narrativa que ofrece Mateo señala que esa mañana se produjo un gran terremoto (“megas seismós”). Este evangelista da a entender que este sismo de grandes proporciones fue producido por el descenso de un ángel del Señor. O sea, que ese mensajero celestial cargaba la gloria de Dios porque ante esa gloria la tierra tiembla (Sal 114:7).
No olvidemos que la Biblia dice que los ángeles del Señor participaron en todos los eventos claves del ministerio de nuestro Salvador. Ella dice que un ángel había sido enviado para anunciar la encarnación del Salvador del mundo (Lcs 1:26-35). La Biblia también dice que los ángeles anunciaron el nacimiento del Redentor del mundo (Lcs 2:8-15). La Biblia dice que los ángeles vinieron a servir a nuestro Salvador luego de la tentación que orquestó satanás (Mat 4:11; Mcs 1:13). La Biblia también dice que Jesús fue fortalecido por un ángel del cielo durante la agonía que él sufrió en el huerto de Getsemaní (Lcs 22:41). Es entonces lógico concluir que los ángeles del cielo también estarían presentes en uno de los momentos más importantes del ministerio de Jesús; el de su victoria sobre la muerte.
Es importante destacar que el ángel descrito por Mateo fue enviado desde el cielo para resolver varios asuntos. Uno de estos, cómo tener acceso a la tumba vacía. Ese era uno de los predicamentos que enfrentaban aquellas mujeres que iban al sepulcro a ungir el cuerpo de nuestro Señor. El Evangelio de Marcos lo destaca así:
“1 Cuando pasó el día de reposo, María Magdalena, María la madre de Jacobo, y Salomé, compraron especias aromáticas para ir a ungirle. 2 Y muy de mañana, el primer día de la semana, vinieron al sepulcro, ya salido el sol. 3 Pero decían entre sí: ¿Quién nos removerá la piedra de la entrada del sepulcro?” (Mcs 16:1-3, RV 1960)
Este predicamento se presenta ante nosotros constantemente. Encontramos que en nuestra peregrinación en la vida se presentan muchos obstáculos, piedras que procuran impedir que nos acerquemos al mensaje de la tumba vacía y al Redentor del mundo. He aquí que surge esa pregunta: “¿Quién moverá la piedra?” ¿Quién podrá remover la piedra de la duda para que podamos ser capaces de creer? ¿Quién podrá remover la piedra de la angustia que nos imposibilita ver más allá de lo humano y lo temporal? ¿Quién moverá la piedra del dolor que impide que nos arriesguemos a creer? ¿Quién removerá la piedra del temor que nos paraliza y no nos permite caminar hacia la esperanza de la resurrección? ¿Quién moverá la piedra del aislamiento y de la soledad que no nos permite acercarnos al Salvador del mundo y Señor de la vida? La respuesta esta pregunta es una sola: el Dios del cielo. Lo hará Aquél que por amor envió un ángel a remover la piedra que bloqueaba la entrada al sepulcro en el que fue sepultado el Salvador del mundo.
La buena noticia es que uno más poderoso que ese ángel está ahora a cargo de esa tarea. Dios ha prometido enviar su Santo Espíritu a remover todas las piedras que puedan estar impidiendo que nos acerquemos al Resucitado. ¡Pidámosle hoy que mueva esas piedras!
La apariencia del ángel que Mateo describe era mucho más que sobrenatural. Mateo describe el rostro, el aspecto (“idéa”, G2397) de este mensajero celestial. Ese es el mismo concepto griego que utiliza Lucas para describir el rostro de nuestro Señor en el monte de la transfiguración (Lcs 9:29). Los traductores de la versión de los Setenta (la Septuaginta) lo utilizaron para describir el rostro de Dios: “Peniel” (Gén 32:30). En otras palabras, que ese mensajero descendió desde la misma presencia de Dios al jardín en el que estaba la tumba del Salvador del mundo. Y lo hizo trayendo en su rostro el resplandor de la gloria del Altísimo.
Mateo añade que el rostro de ese ángel brillaba como un relámpago (“astrapē”, G796) y que su ropa era blanca como la nieve. Una descripción similar a la ropa de Jesucristo en el monte de la transfiguración. En otras palabras, que la descripción que ofrece Mateo afirma que el cielo se insertó en el escenario de la resurrección de nuestro Señor.
Mateo continúa la descripción de este acontecimiento señalando que los guardias del templo que habían sido apostados en ese lugar para custodiar la tumba se desmayaron. Todo esto ocurrió en presencia de las mujeres que habían ido al sepulcro a completar la unción del cuerpo de nuestro Señor (Lcs 24:1). En otras palabras, que Mateo presenta que ellas fueron testigos de ese suceso.
Debemos entender que este ángel no movió esa piedra para que nuestro Salvador pudiera salir de la tumba. Sabemos que Cristo no necesitaba esa ayuda porque la Biblia dice que Él era capaz de atravesar paredes después de haber resucitado (Jn 20:19).
Hemos señalado que el ángel del Señor fue enviado desde el cielo con varios propósitos. Hemos visto que uno de estos era propiciar que los testigos de la resurrección pudieran entrar a la tumba vacía. No obstante, el propósito más grande de la venida de ese ángel fue el mensaje que comunicó: un mensaje que cambió la historia.
“5 Entonces, el ángel les habló a las mujeres: «¡No teman!—dijo—. Sé que buscan a Jesús, el que fue crucificado. 6 ¡No está aquí! Ha resucitado tal como dijo que sucedería. Vengan, vean el lugar donde estaba su cuerpo.” (Mat 28:5-6, NTV).
Esa expresión explicó lo que había ocurrido y que esto había sido predicho: Cristo mismo predijo que habría de resucitar de entre los muertos: “6 ¡No está aquí! Ha resucitado tal como dijo que sucedería.” Lo ocurrido ese domingo en la mañana cambió la historia de la humanidad. Cristo el Señor resucitó de entre los muertos.
Ese evento sirve entonces para afirmar muchas cosas. La resurrección de Cristo demuestra que Él es el Hijo de Dios (Jn 10:17-18). Su resurrección da testimonio de la veracidad de las Escrituras (Hch 2:31; Sal 16:10). La resurrección de nuestro Señor es una verdad central del Evangelio (1 Cor 15:1-8). Esa resurrección es la garantía de nuestra herencia futura (1 Ped 1:3-9).
Al mismo tiempo, la Biblia dice que la resurrección de Cristo es el fundamento del sacerdocio celestial inmutable de nuestro Señor. En otras palabras: el sacerdocio eterno de Cristo en los cielos.
“23 Hubo muchos sacerdotes bajo el sistema antiguo, porque la muerte les impedía continuar con sus funciones; 24 pero dado que Jesús vive para siempre, su sacerdocio dura para siempre. 25 Por eso puede salvar—una vez y para siempre— a los que vienen a Dios por medio de él, quien vive para siempre, a fin de interceder con Dios a favor de ellos. 26 Él es la clase de sumo sacerdote que necesitamos, porque es santo y no tiene culpa ni mancha de pecado. Él ha sido apartado de los pecadores y se le ha dado el lugar de más alto honor en el cielo. 27 A diferencia de los demás sumos sacerdotes, no tiene necesidad de ofrecer sacrificios cada día. Ellos los ofrecían primero por sus propios pecados y luego por los del pueblo. Sin embargo, Jesús lo hizo una vez y para siempre cuando se ofreció a sí mismo como sacrificio por los pecados del pueblo. 28 La ley nombra a sumos sacerdotes que están limitados por debilidades humanas; pero después de que la ley fue entregada, Dios nombró a su Hijo mediante un juramento y su Hijo ha sido hecho el perfecto Sumo Sacerdote para siempre.” (Heb 7:23-28, NTV).
La Biblia dice que esa resurrección asegura la nuestra cuando Él regrese en gloria (1 Tes 4:13-18).
“13 Tampoco queremos, hermanos, que ignoréis acerca de los que duermen, para que no os entristezcáis como los otros que no tienen esperanza. 14 Porque si creemos que Jesús murió y resucitó, así también traerá Dios con Jesús a los que durmieron en él. 15 Por lo cual os decimos esto en palabra del Señor: que nosotros que vivimos, que habremos quedado hasta la venida del Señor, no precederemos a los que durmieron. 16 Porque el Señor mismo con voz de mando, con voz de arcángel, y con trompeta de Dios, descenderá del cielo; y los muertos en Cristo resucitarán primero. 17 Luego nosotros los que vivimos, los que hayamos quedado, seremos arrebatados juntamente con ellos en las nubes para recibir al Señor en el aire, y así estaremos siempre con el Señor. 18 Por tanto, alentaos los unos a los otros con estas palabras.” (1 Tes 4:13-18, RV 1960)
Por último, la resurrección del Salvador de mundo empodera nuestras vidas como siervos del Señor e hijos de Dios.
“4 Porque somos sepultados juntamente con él para muerte por el bautismo, a fin de que como Cristo resucitó de los muertos por la gloria del Padre, así también nosotros andemos en vida nueva. 5 Porque si fuimos plantados juntamente con él en la semejanza de su muerte, así también lo seremos en la de su resurrección; 6 sabiendo esto, que nuestro viejo hombre fue crucificado juntamente con él, para que el cuerpo del pecado sea destruido, a fin de que no sirvamos más al pecado. 7 Porque el que ha muerto, ha sido justificado del pecado. 8 Y si morimos con Cristo, creemos que también viviremos con él; 9 sabiendo que Cristo, habiendo resucitado de los muertos, ya no muere; la muerte no se enseñorea más de él.” (Rom 6:4-9)
“20 Mi antiguo yo ha sido crucificado con Cristo. Ya no vivo yo, sino que Cristo vive en mí. Así que vivo en este cuerpo terrenal confiando en el Hijo de Dios, quien me amó y se entregó a sí mismo por mí.” (Gál 2:20, NTV)
“18 alumbrando los ojos de vuestro entendimiento, para que sepáis cuál es la esperanza a que él os ha llamado, y cuáles las riquezas de la gloria de su herencia en los santos, 19 y cuál la supereminente grandeza de su poder para con nosotros los que creemos, según la operación del poder de su fuerza, 20 la cual operó en Cristo, resucitándole de los muertos y sentándole a su diestra en los lugares celestiales, 21 sobre todo principado y autoridad y poder y señorío, y sobre todo nombre que se nombra, no sólo en este siglo, sino también en el venidero; 22 y sometió todas las cosas bajo sus pies, y lo dio por cabeza sobre todas las cosas a la iglesia, 23 la cual es su cuerpo, la plenitud de Aquel que todo lo llena en todo.” (Efe 1:18-23, RV 1960)
Los versos del capítulo 21 del Evangelio de Mateo que estamos analizando señalan que las mujeres recibieron ese mensaje y que salieron de allí a toda prisa (“tachú”, G5035), sin retraso y con una mezcla de temor y gozo. Algo con lo que ellas no contaban es que serían interceptadas en el camino por el Señor de la vida, por el Vencedor de la muerte y de la tumba, por Aquél que antes había dicho que Él es el camino la verdad y la vida (Jn 14:6). ¡Glorioso encuentro con el Rey de reyes y Señor de señores!
El pasaje dice que ellas fueron instruidas a comunicarle a los discípulos de Jesús que fueran a Galilea, tal y como Él se los había anticipado.
“32 Pero después que haya resucitado, iré delante de vosotros a Galilea.” (Mat 25:32)
Nos parece que el temor producido por la crucifixión de Cristo no permitió que ellos recordaran estas instrucciones.
Al mismo tiempo, sabemos que una de las mujeres parece que no pudo esperar a que concluyera el desarrollo de la historia inicial de la resurrección de Cristo. La Biblia dice que María Magdalena decidió correr para anunciar a Pedro y a Juan que la piedra había sido removida y que la tumba estaba vacía. O sea, que la confusión y el temor que María Magdalena experimentó no le permitieron quedarse para escuchar el mensaje del ángel que describe Mateo. La Biblia dice que el mensaje de María de Magdala provocó que esos dos (2) discípulos llegaran al jardín de la resurrección a comprobar lo ocurrido (Jn 20:1-9). El pasaje juanino dice que el escenario de la tumba vacía comenzó a hacerles entender las Escrituras: “9 Porque aún no habían entendido la Escritura, que era necesario que él resucitase de los muertos” (v. 9).
La misericordia del Señor es tan grande que provocó que la prisa y el desconcierto de María Magdalena no pudieran convertirse en un obstáculo para que ella se encontrara con el Resucitado. La Biblia dice que María Magdalena también se encontró con el Señor (Jn 20:11-18).
Un detalle exegético: el encuentro de María Magdalena con nuestro Señor parece haber ocurrido antes de que ocurriera el que las otras mujeres tuvieron con nuestro Salvador. Lo sabemos porque María Magdalena no pudo tocar al Cristo cuando lo vio, pero las otras mujeres sí lo hicieron. El pasaje del Evangelio de Juan dice que el Señor le dijo a María Magdalena que no lo tocara porque Él todavía no había subido al Padre (Jn 20:17). Estos pasajes bíblicos, el Mateo y el de Juan, dan la impresión de que el camino de regreso de María Magdalena al jardín de la resurrección, luego de darle la noticia a Pedro y a Juan, fue distinto al que utilizaron las otras mujeres. Este dato implica que Jesús pudo entonces subir al Padre luego de hablarle a María Magdalena y regresar para encontrarse con las otras. En otras palabras, se encuentra con María Magdalena antes de subir al Padre y con las otras mujeres luego de haber regresado de esa misión sacerdotal: “en un abrir y cerrar de ojos” (1 Cor 15:52).
Maravillosa gracia que hizo provisión para que Jesús como Sumo Sacerdote según el orden de Melquisedec, pudiera ascender al Padre para presentar las gavillas, las primicias de su resurrección (Mat 27:52-53; 1 Cor 15:22-23). Ese es el anticipo de la resurrección que ocurrirá cuando el regrese a buscar a su iglesia.
Concluimos esta reflexión con varias exclamaciones: ¡Cristo vive! ¡Nuestro Salvador venció la muerte y la tumba! ¡El regalo de la vida eterna está garantizado! La piedra fue removida y tenemos acceso, no solo a la tumba vacía sino al regazo de nuestro Señor y Salvador. Aquél que dijo que es la resurrección y la vida (Jn 11:25), venció la muerte.
Por último, la Iglesia ha sido conminada, ha recibido el mandato de anunciar la resurrección del Señor y a dar testimonio de ella (Hch 4:2, 33). La Iglesia ha sido llamada a anunciar que esa resurrección nos ha hecho nacer de nuevo para una esperanza viva.
“3 Bendito el Dios y Padre de nuestro Señor Jesucristo, que según su grande misericordia nos hizo renacer para una esperanza viva, por la resurrección de Jesucristo de los muertos, 4 para una herencia incorruptible, incontaminada e inmarcesible, reservada en los cielos para vosotros, 5 que sois guardados por el poder de Dios mediante la fe, para alcanzar la salvación que está preparada para ser manifestada en el tiempo postrero.” (1 Ped 1:3-5, RV 1960)
[1] https://bibleapologetics.org/quotes-by-charles-colson/
¿Quién moverá la piedra?
“El domingo por la mañana temprano, cuando amanecía el nuevo día, María Magdalena y la otra María fueron a visitar la tumba. 2 ¡De repente, se produjo un gran terremoto! Pues un ángel del Señor descendió del cielo, corrió la piedra a un lado y se sentó sobre ella. 3 Su rostro brillaba como un relámpago, y su ropa era blanca como la nieve. 4 Los guardias temblaron de miedo cuando lo vieron y cayeron desmayados por completo. 5 Entonces, el ángel les habló a las mujeres: «¡No teman!—dijo—. Sé que buscan a Jesús, el que fue crucificado. 6 ¡No está aquí! Ha resucitado tal como dijo que sucedería. Vengan, vean el lugar donde estaba su cuerpo. 7 Y ahora, vayan rápidamente y cuéntenles a sus discípulos que ha resucitado y que va delante de ustedes a Galilea. Allí lo verán. Recuerden lo que les he dicho». 8 Las mujeres se fueron a toda prisa. Estaban asustadas pero a la vez llenas de gran alegría, y se apresuraron para dar el mensaje del ángel a los discípulos. 9 Mientras iban, Jesús les salió al encuentro y las saludó. Ellas corrieron hasta él, abrazaron sus pies y lo adoraron. 10 Entonces Jesús les dijo: «¡No teman! Digan a mis hermanos que vayan a Galilea, y allí me verán».” (Mat 28:1-10, NTV)
Las narrativas acerca de la resurrección de nuestro Señor (Mat 28:1-20; Mcs 16:1-20; Lcs 24:1-53; Jn 20:1-31) proveen una cantidad extraordinaria de datos. Existen varias razones por las que esto es así. Una de estas es que la resurrección del Salvador del mundo es una pieza indispensable dentro del plan de salvación. Por lo tanto, la resurrección de Cristo Jesús tenía que ser presentada con evidencias “indubitables” (Hch 1:3); capaces de vencer y aclarar cualquier duda.
“1 En el primer tratado, oh Teófilo, hablé acerca de todas las cosas que Jesús comenzó a hacer y a enseñar, 2 hasta el día en que fue recibido arriba, después de haber dado mandamientos por el Espíritu Santo a los apóstoles que había escogido; 3 a quienes también, después de haber padecido, se presentó vivo con muchas pruebas indubitables, apareciéndoseles durante cuarenta días y hablándoles acerca del reino de Dios.” (Hch 1:1-3, RV1960)
Debemos comprender que un salvador muerto, un mesías enterrado, vencido por la muerte no podía ser el redentor del mundo. No es posible que el salvador del mundo pudiera haber sido capturado y vencido por la muerte. Veamos por qué:
La Biblia dice que el sacrificio de Cristo en la cruz del Calvario sirvió para quitar al pecado del medio.
“24 Pues Cristo no entró en un lugar santo hecho por manos humanas, que era solo una copia del verdadero, que está en el cielo. Él entró en el cielo mismo para presentarse ahora delante de Dios a favor de nosotros; 25 y no entró en el cielo para ofrecerse a sí mismo una y otra vez, como lo hace el sumo sacerdote aquí en la tierra, que entra en el Lugar Santísimo año tras año con la sangre de un animal. 26 Si eso hubiera sido necesario, Cristo tendría que haber sufrido la muerte una y otra vez, desde el principio del mundo; pero ahora, en el fin de los tiempos, Cristo se presentó una sola vez y para siempre para quitar el pecado mediante su propia muerte en sacrificio.” (Heb 9:24-26, NTV)
La Biblia dice que Juan el Bautista lo identificó así.
“29 El siguiente día vio Juan a Jesús que venía a él, y dijo: He aquí el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo.” (Jn 1:29, RV1960)
En otras palabras, que el sacrificio de Cristo trascendió el perdón de nuestros pecados, nuestra redención, nuestra justificación, y nuestra propiciación. El sacrificio de Cristo en la cruz también sirvió para quitar el pecado del medio.
Al mismo tiempo, la Biblia dice que en la cruz del Calvario Cristo venció el poder que el pecado tenía sobre nosotros.
“6 Sabemos que nuestro antiguo ser pecaminoso fue crucificado con Cristo para que el pecado perdiera su poder en nuestra vida. Ya no somos esclavos del pecado. 7 Pues, cuando morimos con Cristo, fuimos liberados del poder del pecado; 8 y dado que morimos con Cristo, sabemos que también viviremos con él.” (Rom 6:6-7, NTV)
La Biblia añade que el sacrificio de Cristo en la cruz sirvió para anular las acusaciones que había contra nosotros y que con ese sacrificio el Señor también venció las fuerzas del imperio de satanás.
“14 Él anuló el acta con los cargos que había contra nosotros y la eliminó clavándola en la cruz. 15 De esa manera, desarmó a los gobernantes y a las autoridades espirituales. Los avergonzó públicamente con su victoria sobre ellos en la cruz.” (Col 2:14-15, NTV)
La Palabra de Dios afirma que la muerte de Cristo en la cruz del Calvario sirvió para destruir al que tenía el imperio de la muerte.
“14 Los hijos de una familia son gente de carne y hueso, por eso Jesús se hizo de carne y hueso igual que ellos. Sólo así pudo morir y con su muerte derrotar al diablo, quien tenía el poder de la muerte. 15 Jesús se hizo hombre para liberar a los hombres, quienes habían estado esclavizados toda la vida por temor a la muerte.” (Heb 2:14-15, PDT)
Los invitamos a analizar estos versos con mucho cuidado. Al hacerlo, descubrimos que estos revelan que la muerte de Cristo en la cruz también sirvió para liberarnos de la esclavitud que producía el temor a la muerte.
“15 Únicamente de esa manera el Hijo podía libertar a todos los que vivían esclavizados por temor a la muerte.” (v. 15, NTV)
Ante estas victorias era imposible que la muerte, el último enemigo del ser humano, permaneciera incólume e imbatible ante nuestro Salvador. Sabemos que el pecado, que es el aguijón de la muerte (1 Cor 15:56) fue vencido con el sacrificio de Cristo. Por lo tanto, la paga del pecado, que es la muerte, también tenía que ser vencida.
“23 Porque la paga del pecado es muerte, más la dádiva de Dios es vida eterna en Cristo Jesús Señor nuestro.” (Rom 6:23).
¿Cómo podría dar vida eterna un salvador muerto y sepultado? La buena noticia es que Cristo venció la muerte. Es por eso que el Apóstol Pablo pudo exclamar lo siguiente: “55 Dónde está, oh muerte, tu aguijón? ¿Dónde, oh sepulcro, tu victoria? sorbida es la muerte en victoria” (1 Cor 15:55, RV1960)
Pablo, quien es sin duda el mejor exponente de la teología de la resurrección de nuestro Señor, pudo realizar esta exclamación porque él tuvo la oportunidad de entrevistar a muchos de los testigos de la resurrección de nuestro Salvador. Destacamos que Pablo desarrolló este proceso muy poco tiempo después de que ocurriera ese evento histórico.
Las conclusiones paulinas son tan poderosas que la Biblia dice, como parte del mensaje de este Apóstol, que el poder de esa resurrección demuestra que nuestro Salvador reina como el Hijo de Dios y como el Señor.
“2 Dios prometió esa Buena Noticia hace tiempo por medio de sus profetas en las sagradas Escrituras. 3 La Buena Noticia trata de su Hijo. En su vida terrenal, él fue descendiente del rey David, 4 y quedó demostrado que era el Hijo de Dios cuando fue resucitado de los muertos mediante el poder del Espíritu Santo. Él es Jesucristo nuestro Señor.” (Rom 1:2-4, NTV)
La resurrección de Cristo Jesús es un elemento cardinal y central para nuestra fe, así como para la historia de la humanidad. La Biblia dice que “era necesario que él resucitase de los muertos” (Jn 20: 9b).
Habiendo tanto sobre la mesa, es entonces imprescindible que la Biblia ofrezca muchos datos acerca de la resurrección de nuestro Señor. Aquellos que se acercan a estas narrativas descubren que la Biblia presenta la resurrección de Cristo nuestro Señor como un evento histórico; que es capaz de vencer cualquier duda acerca de ese acontecimiento.
Ahora bien, por un lado, la Biblia dice que la resurrección de nuestro Señor es el cumplimiento de una profecía.
“A Jehová he puesto siempre delante de mí; Porque está a mi diestra, no seré conmovido. 9 Se alegró por tanto mi corazón, y se gozó mi alma; Mi carne también reposará confiadamente; 10 Porque no dejarás mi alma en el Seol, Ni permitirás que tu santo vea corrupción.” (Sal 16:8-10, RV 1960)
La Biblia dice que Pedro echó mano de esta profecía en el día de Pentecostés (Hch 2:24-28). Esa aseveración, dijo él, probaba que Jesucristo era todo lo que había dicho que era: entre otras cosas, Cristo había sido levantado de entre los muertos para sentarse en el trono de David (v. 30). Pedro añadió a todo esto que todos ellos (los 120 que estaban en el Aposento Alto, Hch 1:15) eran testigos de ese acontecimiento.
Por otro lado, Jesucristo había intimado que esto habría de suceder. Él dijo que resucitaría de entre los muertos (Mat 12:40; 20:19; Mcs 9:9; 14:28; Lcs 18:33; Jn 2:19–22). Al mismo tiempo, la Biblia identifica una cantidad extraordinaria de testigos, de personas que vieron al Señor luego de este haber resucitado. Entre estos encontramos a María Magdalena (Jn 20:1-18), a María la madre de Jacobo, a Salomé (Mcs 16:1) y a Juana (Lcs 24:1). La Biblia también identifica a Pedro (Lcs 24:34; 1 Cor 15:5), a los discípulos (Jn 20:19-25; 1 Cor 15:5), a Tomás (Jn 20:26-31), a los caminantes de Emaús (Lcs 24:24:13-35), a más de quinientas (500) personas (1 Cor 15:6), a Jacobo (1 Cor 15:7) y a Pablo (1 Cor 15:8). La Biblia añade a esto que Jesús estuvo con todos ellos durante 40 días después de haber resucitado de entre los muertos.
Algunos proponentes de la teología liberal, teología que no pudo sobrevivir a la Primera Guerra Mundial, expusieron que estos testigos alucinaban o que habían mentido sobre ese acontecimiento. En primer lugar, las alucinaciones requieren la presencia de una patología, de una enfermedad. ¿Cuál es la probabilidad de que más de 500 personas involucradas en un mismo evento procesal padezcan de la misma enfermedad? La respuesta es concreta: la probabilidad tiende a cero. Al mismo tiempo, hay unas expresiones de Chuck Colson que debemos considerar. Este hombre se hizo famoso por su participación en el escándalo de Watergate y luego por su capacidad para desarrollar ministerios cristianos en las cárceles norteamericanas. Colson fue entrevistado en una ocasión acerca de la resurrección de Jesús. A continuación, su respuesta:
“Sé que la resurrección es un hecho, y el caso Watergate me lo demostró. ¿Cómo? Porque doce hombres testificaron haber visto a Jesús resucitado, y luego proclamaron esa verdad durante cuarenta años, sin negarla jamás. Todos fueron golpeados, torturados, apedreados y encarcelados. No habrían soportado todo eso si no fuera cierto. El caso Watergate involucró a doce de los hombres más poderosos del mundo, y no pudieron mantener una mentira ni tres semanas. ¿Me estás diciendo que doce apóstoles podrían mantener una mentira durante más de cuarenta años? ¡Absolutamente imposible!”[1] (Traducción libre)
El Señor resucitó de entre los muertos y este es un hecho comprobado e histórico.
A renglón seguido, todas las narrativas bíblicas señalan que la resurrección de nuestro Salvador ocurrió el domingo, temprano en la mañana. Es por esto que la Iglesia decidió identificar ese día como el “día del Señor” (Apo 1:10) La narrativa que ofrece Mateo señala que esa mañana se produjo un gran terremoto (“megas seismós”). Este evangelista da a entender que este sismo de grandes proporciones fue producido por el descenso de un ángel del Señor. O sea, que ese mensajero celestial cargaba la gloria de Dios porque ante esa gloria la tierra tiembla (Sal 114:7).
No olvidemos que la Biblia dice que los ángeles del Señor participaron en todos los eventos claves del ministerio de nuestro Salvador. Ella dice que un ángel había sido enviado para anunciar la encarnación del Salvador del mundo (Lcs 1:26-35). La Biblia también dice que los ángeles anunciaron el nacimiento del Redentor del mundo (Lcs 2:8-15). La Biblia dice que los ángeles vinieron a servir a nuestro Salvador luego de la tentación que orquestó satanás (Mat 4:11; Mcs 1:13). La Biblia también dice que Jesús fue fortalecido por un ángel del cielo durante la agonía que él sufrió en el huerto de Getsemaní (Lcs 22:41). Es entonces lógico concluir que los ángeles del cielo también estarían presentes en uno de los momentos más importantes del ministerio de Jesús; el de su victoria sobre la muerte.
Es importante destacar que el ángel descrito por Mateo fue enviado desde el cielo para resolver varios asuntos. Uno de estos, cómo tener acceso a la tumba vacía. Ese era uno de los predicamentos que enfrentaban aquellas mujeres que iban al sepulcro a ungir el cuerpo de nuestro Señor. El Evangelio de Marcos lo destaca así:
“1 Cuando pasó el día de reposo, María Magdalena, María la madre de Jacobo, y Salomé, compraron especias aromáticas para ir a ungirle. 2 Y muy de mañana, el primer día de la semana, vinieron al sepulcro, ya salido el sol. 3 Pero decían entre sí: ¿Quién nos removerá la piedra de la entrada del sepulcro?” (Mcs 16:1-3, RV 1960)
Este predicamento se presenta ante nosotros constantemente. Encontramos que en nuestra peregrinación en la vida se presentan muchos obstáculos, piedras que procuran impedir que nos acerquemos al mensaje de la tumba vacía y al Redentor del mundo. He aquí que surge esa pregunta: “¿Quién moverá la piedra?” ¿Quién podrá remover la piedra de la duda para que podamos ser capaces de creer? ¿Quién podrá remover la piedra de la angustia que nos imposibilita ver más allá de lo humano y lo temporal? ¿Quién moverá la piedra del dolor que impide que nos arriesguemos a creer? ¿Quién removerá la piedra del temor que nos paraliza y no nos permite caminar hacia la esperanza de la resurrección? ¿Quién moverá la piedra del aislamiento y de la soledad que no nos permite acercarnos al Salvador del mundo y Señor de la vida? La respuesta esta pregunta es una sola: el Dios del cielo. Lo hará Aquél que por amor envió un ángel a remover la piedra que bloqueaba la entrada al sepulcro en el que fue sepultado el Salvador del mundo.
La buena noticia es que uno más poderoso que ese ángel está ahora a cargo de esa tarea. Dios ha prometido enviar su Santo Espíritu a remover todas las piedras que puedan estar impidiendo que nos acerquemos al Resucitado. ¡Pidámosle hoy que mueva esas piedras!
La apariencia del ángel que Mateo describe era mucho más que sobrenatural. Mateo describe el rostro, el aspecto (“idéa”, G2397) de este mensajero celestial. Ese es el mismo concepto griego que utiliza Lucas para describir el rostro de nuestro Señor en el monte de la transfiguración (Lcs 9:29). Los traductores de la versión de los Setenta (la Septuaginta) lo utilizaron para describir el rostro de Dios: “Peniel” (Gén 32:30). En otras palabras, que ese mensajero descendió desde la misma presencia de Dios al jardín en el que estaba la tumba del Salvador del mundo. Y lo hizo trayendo en su rostro el resplandor de la gloria del Altísimo.
Mateo añade que el rostro de ese ángel brillaba como un relámpago (“astrapē”, G796) y que su ropa era blanca como la nieve. Una descripción similar a la ropa de Jesucristo en el monte de la transfiguración. En otras palabras, que la descripción que ofrece Mateo afirma que el cielo se insertó en el escenario de la resurrección de nuestro Señor.
Mateo continúa la descripción de este acontecimiento señalando que los guardias del templo que habían sido apostados en ese lugar para custodiar la tumba se desmayaron. Todo esto ocurrió en presencia de las mujeres que habían ido al sepulcro a completar la unción del cuerpo de nuestro Señor (Lcs 24:1). En otras palabras, que Mateo presenta que ellas fueron testigos de ese suceso.
Debemos entender que este ángel no movió esa piedra para que nuestro Salvador pudiera salir de la tumba. Sabemos que Cristo no necesitaba esa ayuda porque la Biblia dice que Él era capaz de atravesar paredes después de haber resucitado (Jn 20:19).
Hemos señalado que el ángel del Señor fue enviado desde el cielo con varios propósitos. Hemos visto que uno de estos era propiciar que los testigos de la resurrección pudieran entrar a la tumba vacía. No obstante, el propósito más grande de la venida de ese ángel fue el mensaje que comunicó: un mensaje que cambió la historia.
“5 Entonces, el ángel les habló a las mujeres: «¡No teman!—dijo—. Sé que buscan a Jesús, el que fue crucificado. 6 ¡No está aquí! Ha resucitado tal como dijo que sucedería. Vengan, vean el lugar donde estaba su cuerpo.” (Mat 28:5-6, NTV).
Esa expresión explicó lo que había ocurrido y que esto había sido predicho: Cristo mismo predijo que habría de resucitar de entre los muertos: “6 ¡No está aquí! Ha resucitado tal como dijo que sucedería.” Lo ocurrido ese domingo en la mañana cambió la historia de la humanidad. Cristo el Señor resucitó de entre los muertos.
Ese evento sirve entonces para afirmar muchas cosas. La resurrección de Cristo demuestra que Él es el Hijo de Dios (Jn 10:17-18). Su resurrección da testimonio de la veracidad de las Escrituras (Hch 2:31; Sal 16:10). La resurrección de nuestro Señor es una verdad central del Evangelio (1 Cor 15:1-8). Esa resurrección es la garantía de nuestra herencia futura (1 Ped 1:3-9).
Al mismo tiempo, la Biblia dice que la resurrección de Cristo es el fundamento del sacerdocio celestial inmutable de nuestro Señor. En otras palabras: el sacerdocio eterno de Cristo en los cielos.
“23 Hubo muchos sacerdotes bajo el sistema antiguo, porque la muerte les impedía continuar con sus funciones; 24 pero dado que Jesús vive para siempre, su sacerdocio dura para siempre. 25 Por eso puede salvar—una vez y para siempre— a los que vienen a Dios por medio de él, quien vive para siempre, a fin de interceder con Dios a favor de ellos. 26 Él es la clase de sumo sacerdote que necesitamos, porque es santo y no tiene culpa ni mancha de pecado. Él ha sido apartado de los pecadores y se le ha dado el lugar de más alto honor en el cielo. 27 A diferencia de los demás sumos sacerdotes, no tiene necesidad de ofrecer sacrificios cada día. Ellos los ofrecían primero por sus propios pecados y luego por los del pueblo. Sin embargo, Jesús lo hizo una vez y para siempre cuando se ofreció a sí mismo como sacrificio por los pecados del pueblo. 28 La ley nombra a sumos sacerdotes que están limitados por debilidades humanas; pero después de que la ley fue entregada, Dios nombró a su Hijo mediante un juramento y su Hijo ha sido hecho el perfecto Sumo Sacerdote para siempre.” (Heb 7:23-28, NTV).
La Biblia dice que esa resurrección asegura la nuestra cuando Él regrese en gloria (1 Tes 4:13-18).
“13 Tampoco queremos, hermanos, que ignoréis acerca de los que duermen, para que no os entristezcáis como los otros que no tienen esperanza. 14 Porque si creemos que Jesús murió y resucitó, así también traerá Dios con Jesús a los que durmieron en él. 15 Por lo cual os decimos esto en palabra del Señor: que nosotros que vivimos, que habremos quedado hasta la venida del Señor, no precederemos a los que durmieron. 16 Porque el Señor mismo con voz de mando, con voz de arcángel, y con trompeta de Dios, descenderá del cielo; y los muertos en Cristo resucitarán primero. 17 Luego nosotros los que vivimos, los que hayamos quedado, seremos arrebatados juntamente con ellos en las nubes para recibir al Señor en el aire, y así estaremos siempre con el Señor. 18 Por tanto, alentaos los unos a los otros con estas palabras.” (1 Tes 4:13-18, RV 1960)
Por último, la resurrección del Salvador de mundo empodera nuestras vidas como siervos del Señor e hijos de Dios.
“4 Porque somos sepultados juntamente con él para muerte por el bautismo, a fin de que como Cristo resucitó de los muertos por la gloria del Padre, así también nosotros andemos en vida nueva. 5 Porque si fuimos plantados juntamente con él en la semejanza de su muerte, así también lo seremos en la de su resurrección; 6 sabiendo esto, que nuestro viejo hombre fue crucificado juntamente con él, para que el cuerpo del pecado sea destruido, a fin de que no sirvamos más al pecado. 7 Porque el que ha muerto, ha sido justificado del pecado. 8 Y si morimos con Cristo, creemos que también viviremos con él; 9 sabiendo que Cristo, habiendo resucitado de los muertos, ya no muere; la muerte no se enseñorea más de él.” (Rom 6:4-9)
“20 Mi antiguo yo ha sido crucificado con Cristo. Ya no vivo yo, sino que Cristo vive en mí. Así que vivo en este cuerpo terrenal confiando en el Hijo de Dios, quien me amó y se entregó a sí mismo por mí.” (Gál 2:20, NTV)
“18 alumbrando los ojos de vuestro entendimiento, para que sepáis cuál es la esperanza a que él os ha llamado, y cuáles las riquezas de la gloria de su herencia en los santos, 19 y cuál la supereminente grandeza de su poder para con nosotros los que creemos, según la operación del poder de su fuerza, 20 la cual operó en Cristo, resucitándole de los muertos y sentándole a su diestra en los lugares celestiales, 21 sobre todo principado y autoridad y poder y señorío, y sobre todo nombre que se nombra, no sólo en este siglo, sino también en el venidero; 22 y sometió todas las cosas bajo sus pies, y lo dio por cabeza sobre todas las cosas a la iglesia, 23 la cual es su cuerpo, la plenitud de Aquel que todo lo llena en todo.” (Efe 1:18-23, RV 1960)
Los versos del capítulo 21 del Evangelio de Mateo que estamos analizando señalan que las mujeres recibieron ese mensaje y que salieron de allí a toda prisa (“tachú”, G5035), sin retraso y con una mezcla de temor y gozo. Algo con lo que ellas no contaban es que serían interceptadas en el camino por el Señor de la vida, por el Vencedor de la muerte y de la tumba, por Aquél que antes había dicho que Él es el camino la verdad y la vida (Jn 14:6). ¡Glorioso encuentro con el Rey de reyes y Señor de señores!
El pasaje dice que ellas fueron instruidas a comunicarle a los discípulos de Jesús que fueran a Galilea, tal y como Él se los había anticipado.
“32 Pero después que haya resucitado, iré delante de vosotros a Galilea.” (Mat 25:32)
Nos parece que el temor producido por la crucifixión de Cristo no permitió que ellos recordaran estas instrucciones.
Al mismo tiempo, sabemos que una de las mujeres parece que no pudo esperar a que concluyera el desarrollo de la historia inicial de la resurrección de Cristo. La Biblia dice que María Magdalena decidió correr para anunciar a Pedro y a Juan que la piedra había sido removida y que la tumba estaba vacía. O sea, que la confusión y el temor que María Magdalena experimentó no le permitieron quedarse para escuchar el mensaje del ángel que describe Mateo. La Biblia dice que el mensaje de María de Magdala provocó que esos dos (2) discípulos llegaran al jardín de la resurrección a comprobar lo ocurrido (Jn 20:1-9). El pasaje juanino dice que el escenario de la tumba vacía comenzó a hacerles entender las Escrituras: “9 Porque aún no habían entendido la Escritura, que era necesario que él resucitase de los muertos” (v. 9).
La misericordia del Señor es tan grande que provocó que la prisa y el desconcierto de María Magdalena no pudieran convertirse en un obstáculo para que ella se encontrara con el Resucitado. La Biblia dice que María Magdalena también se encontró con el Señor (Jn 20:11-18).
Un detalle exegético: el encuentro de María Magdalena con nuestro Señor parece haber ocurrido antes de que ocurriera el que las otras mujeres tuvieron con nuestro Salvador. Lo sabemos porque María Magdalena no pudo tocar al Cristo cuando lo vio, pero las otras mujeres sí lo hicieron. El pasaje del Evangelio de Juan dice que el Señor le dijo a María Magdalena que no lo tocara porque Él todavía no había subido al Padre (Jn 20:17). Estos pasajes bíblicos, el Mateo y el de Juan, dan la impresión de que el camino de regreso de María Magdalena al jardín de la resurrección, luego de darle la noticia a Pedro y a Juan, fue distinto al que utilizaron las otras mujeres. Este dato implica que Jesús pudo entonces subir al Padre luego de hablarle a María Magdalena y regresar para encontrarse con las otras. En otras palabras, se encuentra con María Magdalena antes de subir al Padre y con las otras mujeres luego de haber regresado de esa misión sacerdotal: “en un abrir y cerrar de ojos” (1 Cor 15:52).
Maravillosa gracia que hizo provisión para que Jesús como Sumo Sacerdote según el orden de Melquisedec, pudiera ascender al Padre para presentar las gavillas, las primicias de su resurrección (Mat 27:52-53; 1 Cor 15:22-23). Ese es el anticipo de la resurrección que ocurrirá cuando el regrese a buscar a su iglesia.
Concluimos esta reflexión con varias exclamaciones: ¡Cristo vive! ¡Nuestro Salvador venció la muerte y la tumba! ¡El regalo de la vida eterna está garantizado! La piedra fue removida y tenemos acceso, no solo a la tumba vacía sino al regazo de nuestro Señor y Salvador. Aquél que dijo que es la resurrección y la vida (Jn 11:25), venció la muerte.
Por último, la Iglesia ha sido conminada, ha recibido el mandato de anunciar la resurrección del Señor y a dar testimonio de ella (Hch 4:2, 33). La Iglesia ha sido llamada a anunciar que esa resurrección nos ha hecho nacer de nuevo para una esperanza viva.
“3 Bendito el Dios y Padre de nuestro Señor Jesucristo, que según su grande misericordia nos hizo renacer para una esperanza viva, por la resurrección de Jesucristo de los muertos, 4 para una herencia incorruptible, incontaminada e inmarcesible, reservada en los cielos para vosotros, 5 que sois guardados por el poder de Dios mediante la fe, para alcanzar la salvación que está preparada para ser manifestada en el tiempo postrero.” (1 Ped 1:3-5, RV 1960)
[1] https://bibleapologetics.org/quotes-by-charles-colson/
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