October 3rd, 2026
1076 • El Heraldo Digital – Institucional • Volumen XVII • 27 de septiembre del 2026
Familias dirigidas por el Espíritu Santo: el análisis de la familia de Jacob - Parte XXVII
De prisionero a Primer Ministro.
“39 Y dijo Faraón a José: Pues que Dios te ha hecho saber todo esto, no hay entendido ni sabio como tú. 40 Tú estarás sobre mi casa, y por tu palabra se gobernará todo mi pueblo; solamente en el trono seré yo mayor que tú. 41 Dijo además Faraón a José: He aquí yo te he puesto sobre toda la tierra de Egipto. 42 Entonces Faraón quitó su anillo de su mano, y lo puso en la mano de José, y lo hizo vestir de ropas de lino finísimo, y puso un collar de oro en su cuello. 43 y lo hizo subir en su segundo carro, y pregonaron delante de él: ¡Doblad la rodilla!; y lo puso sobre toda la tierra de Egipto. 44 Y dijo Faraón a José: Yo soy Faraón; y sin ti ninguno alzará su mano ni su pie en toda la tierra de Egipto. 45 Y llamó Faraón el nombre de José, Zafnat-panea; y le dio por mujer a Asenat, hija de Potifera sacerdote de On. Y salió José por toda la tierra de Egipto. 46 Era José de edad de treinta años cuando fue presentado delante de Faraón rey de Egipto; y salió José de delante de Faraón, y recorrió toda la tierra de Egipto.”
(Gén 41:39-46, RV 1960)
Nuestra reflexión anterior procuró, entre otras cosas, sintetizar los propósitos que el Espíritu de Dios tenía cuando reposó sobre José, el undécimo hijo de Jacob. Sabemos que la intervención del Espíritu de Dios fue indispensable para que José pudiera cumplir con los propósitos que Dios tenía con su vida. No olvidemos que una de las tesis que hemos estado formulando en esta batería de reflexiones es que Dios había escogido a José y a Judá para enderezar la vida de la familia de Jacob. La condición del reino egipcio se presentó como un componente vital para la sobrevivencia y la estabilidad de esa familia. La salvación de Egipto incidía directamente en el desarrollo futuro de la familia de Jacob.
La revitalización del plan divino sobre los descendientes de Abraham, de Isaac y de Jacob requerían la intervención del Espíritu Santo. Así también la preparación del reino de Egipto para que este pudiera ser capaz de manejar con sabiduría y prudencia los años de abundancia y los años de escasez que vendrían luego del encuentro de José con el Faraón.
Culminamos esa reflexión afirmando que esto último requería que ese joven pudiera servir como instrumento en las manos del Señor para que ese reino pudiera entender al menos cuatro (4) axiomas[1] divinos. A continuación, una cita directa de la reflexión anterior que resume estos:
“El Espíritu de Dios fue puesto en José para que Faraón reconociera el control que Dios tiene sobre la historia, la sabiduría que Dios le otorgó a los suyos, el conocimiento que Dios había exhibido en comparación con el de las deidades y los sabios de Egipto, así como la constancia de Dios en su propósito con su pueblo. No olvidemos que la familia de Jacob, convertida en pueblo, no sabía que se estaba adentrando a unos escenarios en los que se encontraría exiliada, derrotada y humillada en Egipto.” [2]
La Biblia describe que el Faraón recibió sin titubear el plan de acción propuesto por José para preparar al reino de Egipto de modo que este fuera capaz de enfrentar las temporadas de bendición y de crisis que Dios había anunciado.
Esta aseveración continúa siendo una medular para la vida de todos los creyentes en Cristo. Dios nos invita a prepararnos para manejar con prudencia y sabiduría las temporadas de bendición, así como las temporadas en las que enfrentamos crisis, tormentas y vendavales.
La Biblia dice que José se convirtió en el Primer Ministro del reino egipcio. En otras palabras, que pasó de ser un prisionero a ser el segundo al mando de ese reino. José fue investido por el Faraón con para ocupar esa posición, recibiendo mediante un decreto real las ropas reales que lo identificaban como el ocupante de ese cargo.
Uno de los datos que la Biblia nos ofrece acerca de esa promoción resulta ser muy interesante. Se trata del nombre que el Faraón escogió para José: “tsâphnath paʽnêach” (H6847). Este es el derivado de un nombre egipcio: Zafnat-Panea.
Las fuentes académicas consultadas afirman que el significado exacto de Zafnat-Panea sigue siendo incierto, aunque los especialistas suelen proponer un origen egipcio que sugiere “«la deidad habla y [quien lleva el nombre] vive».”[3]
“No obstante, esta interpretación concreta plantea un problema cronológico, ya que la forma egipcia de la que deriva sería posterior al periodo histórico en el que vivió José. El faraón otorgó este nombre egipcio a José al elevarlo a una posición de autoridad sobre Egipto1, marcando así su transición de extranjero esclavizado a segundo funcionario de mayor rango del reino. La dificultad para determinar un significado definitivo refleja el desafío más amplio que supone reconstruir nombres egipcios conservados mediante transliteración al hebreo: los sonidos y significados egipcios originales pueden variar considerablemente durante la traducción y la transmisión a través de diferentes idiomas y siglos.”[4] (traducción libre)
Algunas publicaciones establecen que lo más probable es que ese nombre signifique «el dios dice: él vivirá».”[5] Encontramos publicaciones que afirman que los rabinos interpretaron Zafnat-panea (“Zafnat-paneaj”) como un término hebreo que significa «revelador de un secreto». Estas parten de la premisa que establece que el nombre, además de ser egipcio, se ha explicado a partir del copto con el significado de «el preservador de la época»,[6] y que este era un nombre común durante el Reino Medio y el periodo de los hicsos (hyksos en inglés), es decir, en la época de los patriarcas y de José.”[7]
Otros recursos parten del análisis del texto griego del Antiguo Testamento (LXX, Septuaginta) para concluir que ese nombre, “Psonthomphanḗch,”[8] significa “aquel que provee el alimento de la vida.”[9]
Por último, Robert Alter ha propuesto que el cambio a este nombre Egipcio, no solo guarda coherencia con la adopción de la vestimenta egipcia y de las insignias de un alto cargo, sino que es posible que el nombre signifique «Dios habla, él vive». Alter dice esto citando el criterio de Moshe Weinfeld, un egiptólogo reconocido.[10]
Los lectores deben haberse percatado del énfasis que estas definiciones hacen sobre la presencia de Dios y la intervención divina a través de y en la vida de José. En otras palabras, que el nombre escogido por el Faraón celebraba y testificaba algo que estaba por encima de José. Ese nombre afirmaba la presencia de Alguien sobrenatural que residía dentro de aquél que ocuparía el cargo de un tipo de “vizir” en ese reino.
La ropa que José recibió dejó atrás la túnica de colores, su ropaje como esclavo y sus atavíos como prisionero en Egipto. El Señor había transformado y afinado a su siervo durante trece (13) años hasta convertirlo en alguien capaz de llevar esas nuevas vestiduras con un alto sentido de responsabilidad.
Sabemos que esos eventos son solo el desenlace inicial de esta saga. La vida de José no solamente siguió su curso, sino que ese joven adulto tendría que enfrentarse a la toma de decisiones y a las soluciones de problemas muy complicados. Esa sabiduría y esa prudencia lo harían capaz de lograr hacer aquello para lo que Dios lo había escogido.
Este escenario, de entrada a esa fase de su vida, nos conmina a examinar cómo es que Dios dirige nuestros pasos hacia el futuro que nos ha prometido. Ese momento en la vida de José nos invita a reflexionar y a preguntarnos cómo es que llegamos a los lugares, los escenarios y los momentos para el cumplimiento de las promesas que Dios nos ha hecho y cumplir con sus propósitos. No olvidemos que hay trece años de vida entre el joven que era un prisionero y el joven adulto que se había convertido en el Primer Ministro de Egipto.
Jonathan Sacks ha explicado que es muy común que experimentemos cómo es que un evento posterior nos obliga a reinterpretar unos anteriores. Esto es, enseñándonos acerca de las diferentes perspectivas del tiempo y de las estrategias puestas en acción por Dios a través del tiempo. En su libro acerca del Génesis,[11] Sacks nos invita a considerar que nosotros vivimos en la dimensión del tiempo, afectados por el pasado, el presente y el futuro. En cambio, Dios vive más allá: por encima de esa dimensión. En otras palabras, Dios no es afectado por el tiempo.
Sacks argumenta que la saga de José sirve para describir cómo es que las dimensiones del tiempo sirven para apuntar a unas perspectivas más profundas acerca de la condición humana cuando estas son vistas a través de los ojos de la fe. Él lo explica señalando que diferentes perspectivas del tiempo nos permiten exponernos a diferentes niveles de conocimiento. Por ejemplo, José era un joven de una familia nómada de pastores que fue dirigido por Dios para convertirse en el primer ministro de Egipto.[12] Esa peregrinación a través de los años tiene que ser examinada a la luz de los sueños que José tuvo durante su adolescencia (Gén 37:5-9). No olvidemos que estos sueños eran proféticos. Así también los sueños que Dios le dio al Faraón.
Uno de los problemas con esto, dice Sacks, es que ninguno de esos personajes bíblicos recibió todos los detalles, ni toda la información necesaria para entender el futuro que les deparaba a ambos. Esto provocó que José y el Faraón tuvieran que enfrentarse a las decisiones que tomarían en el camino.
José acababa de diagnosticar un problema y de presentar las soluciones. El Faraón acababa de aceptar el “dictum” que Dios le proporcionó a través de José. Ambos tuvieron que poner en acción unos niveles de fe para poder hacer esto.
Ahora, José tenía ante sí la oportunidad de sentarse a analizar y a reinterpretar su vida y los sucesos que acontecieron durante esos trece años a la luz de lo que había ocurrido en su encuentro con el Faraón. Esta era otra oportunidad para diagnosticar, pero no a Egipto, sino su vida. Proponemos aquí que las soluciones, las decisiones que él tendría que tomar tenían que estar ligadas a los resultados de ese análisis.
Esto es exactamente lo mismo que nos acontece a nosotros en la vida. Es a través de los años que podemos ser capaces de conectar los puntos que nos permiten identificar cómo es que la fidelidad y la misericordia del Señor nos ha conducido hasta donde hemos llegado.
Sacks presenta un ejemplo monumental para explicar el valor de nuestras participaciones y decisiones en el entramado de los planes que Dios tiene con nosotros. Él presenta la metáfora de lo que ocurre vemos un partido de algún deporte en vivo; las emociones, ansiedades, alegrías y las frustraciones que experimentamos viendo estos. Esto es, mientras contemplamos las decisiones que toman los deportistas que participan en ese partido.
Sacks contrasta esto con lo que ocurre cuando vemos la repetición de ese partido. Él argumenta que esa forma de ver el juego nos permite manejar nuestras reacciones de otra forma. Al mismo tiempo, señala él, esto no le quita la libertad retroactiva de los jugadores para hacer las jugadas que hicieron.[13] Las decisiones que ellos tomaron fueron sus decisiones. Lo que cambia es que nosotros ya sabemos cuál fue el resultado que estas produjeron.
Este rabino añade que nosotros vivimos en el presente, día a día, tomamos decisiones para darle forma a algo que para nosotros es desconocido: el futuro indeterminado. Sacks describe que solo mirando hacia atrás, al pasado, a la repetición de nuestros partidos, es que somos capaces de ver las consecuencias de nuestras acciones. Es allí que podemos darnos cuenta de lo que estas acciones representan, la parte que estas desempeñaron en el despliegue de nuestra autobiografía. En vivo, decidimos entre alternativas que se presentan ante nosotros como muchos senderos. Años más tarde, el examen de los resultados de estas nos ofrece otra perspectiva. Aún más, las reacciones que experimentamos realizando este ejercicio por lo general son distintas a las que experimentamos cuando estuvimos enfrentando esos escenarios en vivo.
Es en esos instantes, echando mano de lo que él llama “comprensión retrospectiva”, que comenzamos a ver cómo la providencia ha guiado nuestros pasos dirigiéndonos hacia donde Dios quería que nosotros estuviésemos hoy. Solo mirando hacia atrás nos damos cuenta de que cada evento en la vida formaba parte de un plan preciso y providencial. Más allá de mirar aciertos y desaciertos, decisiones correctas y equivocadas, el paso de los años nos permite ver cuáles de nuestras decisiones fueron relevantes, conformes al propósito divino y cuáles fueron irrelevantes.
Ese ejercicio, mirar hacia atrás lo que ha ocurrido nuestra vida nos permite calibrar cuál es el personaje en el que nos hemos convertido; quiénes realmente somos como actores de nuestra historia.
La buena noticia que ofrece el mensaje del Evangelio es que Cristo ha prometido que aquellos que están unidos a Él tienen la oportunidad de comenzar una vida nueva.
“17 Por lo tanto, el que está unido a Cristo es una nueva persona. Las cosas viejas pasaron; se convirtieron en algo nuevo.” (2 Cor 5:17, DHH)
¿Esto significa que Dios ha predestinado todo esto? La respuesta es que no. Un rabino llamado Akiva dijo lo siguiente: “Todo está previsto, y sin embargo se otorga libertad de elección.” (Mishna, Avot 3:15). Nosotros vivimos nuestras vidas en la tensión entre estos marcos de referencia; entre la libertad y la providencia, entre nuestras decisiones y el plan de Dios. [14]
Sacks concluye esa exposición realizando una interpretación muy interesante de la respuesta que Dios le dio a Moisés cuando este pidió ver el rostro del Eterno.
“23 Cuando quite la mano, podrás ver mi espalda, pero no mi rostro.” (Éxo 33:23, PDT)
Él explica que esa expresión, además de servir para describir la revelación de Dios que Moisés experimentaría, sirve para internalizar aquello que Dios va dejando a su paso; lo que encontramos tras sus espaldas; lo que hemos vivido hasta ese instante. Se trata de la providencia de Dios indisolublemente entrelazada con nuestras vidas. Sacks añade que esa expresión dice que no somos capaces de ver en detalle el futuro que nos espera, lo que está frente al rostro de Dios, pero caminamos con confianza porque Él dirige nuestros pasos.
Esa expresión del Libro del Éxodo es entonces una invitación para que procuremos con frecuencia estar ante esa revelación de Dios en Cristo Jesús. La frecuencia de esa experiencia de revelación de Dios nos producirá conocer mejor al Todopoderoso, al mismo tiempo que nos permitirá ver con mayor nitidez aquello que Dios ha dejado tras Sus espaldas.
Afirmamos que los creyentes en Cristo tenemos unas ventajas que este Rabino no incluye en sus análisis teológicos. Cristo Jesús se presenta ante nosotros como el camino (Jn 14:6). Un camino tan expedito que el profeta Isaías dijo lo siguiente acerca de este:
“8 Y habrá allí calzada y camino, y será llamado Camino de Santidad; no pasará inmundo por él, sino que él mismo estará con ellos; el que anduviere en este camino, por torpe que sea, no se extraviará. 9 No habrá allí león, ni fiera subirá por él, ni allí se hallará, para que caminen los redimidos. 10 Y los redimidos de Jehová volverán, y vendrán a Sion con alegría; y gozo perpetuo será sobre sus cabezas; y tendrán gozo y alegría, y huirán la tristeza y el gemido.” (Isa 35:8-10, RV 1960)
Además, Cristo Jesús se presenta ante nosotros como la verdad (“alētheia”, G225), el velo descubierto para poder recibir la revelación del Señor. Ese descubrimiento está acompañado por la dirección del Espíritu Santo para que caminemos sin temor.
“14 Porque todos los que son guiados por el Espíritu de Dios, éstos son hijos de Dios. 15 Pues no habéis recibido el espíritu de esclavitud para estar otra vez en temor, sino que habéis recibido el espíritu de adopción, por el cual clamamos: ¡Abba, Padre!” (Rom 8:14-15)
Es por eso que los creyentes en Cristo podemos caminar con seguridad y confianza; porque el Espíritu Santo, que está dentro de nosotros, ora al Padre con y por nosotros y nos dirige constantemente.
José no tenía estas ventajas. Él no podía llamar Abba a Dios. Nosotros sí podemos hacerlo. Nuestra relación con el Padre de las luces, de quien proviene todo don perfecto que desciende de lo alto (Stg 1:17), es una que José no tenía. Ese pasaje de la Carta antes citada añade lo siguiente:
“….en el cual no hay mudanza, ni sombra de variación. Él, de su voluntad, nos hizo nacer por la palabra de verdad, para que seamos primicias de sus criaturas.” (Stg 1:17b-18)
Nosotros hemos sido invitados realizar ese análisis desde estas perspectivas Cristo-céntricas.
Repetimos que José no gozaba de estas bendiciones, sin embargo, él fue capaz de utilizar este análisis para tomar decisiones trascendentales en su futuro inmediato. Una de estas, la decisión de olvidar los dolores que la familia le produjo, Manasés (“menashsheh”, H4519, Gén 41:51), reconociendo y afirmando que Dios los había permitido para bien (Gén 50:20). La otra, la de gozarse con la oportunidad que Dios le había concedido de ser doblemente fructífero, Efraín (“ʼephrayim”, H669, v. 52). Esto es, con sus dos hijos y con la tierra de Egipto.
Hay una pregunta que debemos formularnos después de conocer estas enseñanzas bíblicas ¿Cuál es la respuesta que Dios espera de nosotros cuando revisamos cómo es que Él nos ha traído hasta aquí?
[1] Proposición tan clara y evidente que se admite sin demostración.
[2] El Heraldo, 20 de septiembre de 2021.
[3] Gary M. Burge, “Zaphenath-Paneah,” in Eerdmans Dictionary of the Bible, ed. David Noel Freedman, Allen C. Myers, and Astrid B. Beck (Grand Rapids, MI: W.B. Eerdmans, 2000), 1407.
[4] Op. cit.
[5] Myers, A. C. (1987). ZAPHENATH-PANEAH. In The Eerdmans Bible dictionary (p. 1081). Eerdmans.
[6] Smith, W. (1986). In Smith’s Bible Dictionary. Thomas Nelson.
[7] Kitchen, K. A. (1996). Zaphenath-Paneah. In D. R. W. Wood, I. H. Marshall, A. R. Millard, J. I. Packer, & D. J. Wiseman (Eds.), New Bible dictionary (3rd ed., p. 1262). InterVarsity Press.
[8] Septuagint D, Ψονθομφανήχ.
[9] International Standard Bible Encyclopedia, Electronic Edition STEP Files Copyright © 1998, Parsons Technology, Inc., all rights reserved: Zaphenath-Paneah; Zaphnath-Paaneah.
[10] Alter, Robert. Genesis: Translation and Commentary (p. 454). W. W. Norton & Company. Kindle Edition.
[11] Sacks, Jonathan. Genesis: The Book of Beginnings (Covenant & Conversation 1). Kindle Edition.
[12] Op. cit., pp. 280.
[13] Op. cit., pp. 281-284.
[14] Op. cit., p. 284.
Familias dirigidas por el Espíritu Santo: el análisis de la familia de Jacob - Parte XXVII
De prisionero a Primer Ministro.
“39 Y dijo Faraón a José: Pues que Dios te ha hecho saber todo esto, no hay entendido ni sabio como tú. 40 Tú estarás sobre mi casa, y por tu palabra se gobernará todo mi pueblo; solamente en el trono seré yo mayor que tú. 41 Dijo además Faraón a José: He aquí yo te he puesto sobre toda la tierra de Egipto. 42 Entonces Faraón quitó su anillo de su mano, y lo puso en la mano de José, y lo hizo vestir de ropas de lino finísimo, y puso un collar de oro en su cuello. 43 y lo hizo subir en su segundo carro, y pregonaron delante de él: ¡Doblad la rodilla!; y lo puso sobre toda la tierra de Egipto. 44 Y dijo Faraón a José: Yo soy Faraón; y sin ti ninguno alzará su mano ni su pie en toda la tierra de Egipto. 45 Y llamó Faraón el nombre de José, Zafnat-panea; y le dio por mujer a Asenat, hija de Potifera sacerdote de On. Y salió José por toda la tierra de Egipto. 46 Era José de edad de treinta años cuando fue presentado delante de Faraón rey de Egipto; y salió José de delante de Faraón, y recorrió toda la tierra de Egipto.”
(Gén 41:39-46, RV 1960)
Nuestra reflexión anterior procuró, entre otras cosas, sintetizar los propósitos que el Espíritu de Dios tenía cuando reposó sobre José, el undécimo hijo de Jacob. Sabemos que la intervención del Espíritu de Dios fue indispensable para que José pudiera cumplir con los propósitos que Dios tenía con su vida. No olvidemos que una de las tesis que hemos estado formulando en esta batería de reflexiones es que Dios había escogido a José y a Judá para enderezar la vida de la familia de Jacob. La condición del reino egipcio se presentó como un componente vital para la sobrevivencia y la estabilidad de esa familia. La salvación de Egipto incidía directamente en el desarrollo futuro de la familia de Jacob.
La revitalización del plan divino sobre los descendientes de Abraham, de Isaac y de Jacob requerían la intervención del Espíritu Santo. Así también la preparación del reino de Egipto para que este pudiera ser capaz de manejar con sabiduría y prudencia los años de abundancia y los años de escasez que vendrían luego del encuentro de José con el Faraón.
Culminamos esa reflexión afirmando que esto último requería que ese joven pudiera servir como instrumento en las manos del Señor para que ese reino pudiera entender al menos cuatro (4) axiomas[1] divinos. A continuación, una cita directa de la reflexión anterior que resume estos:
“El Espíritu de Dios fue puesto en José para que Faraón reconociera el control que Dios tiene sobre la historia, la sabiduría que Dios le otorgó a los suyos, el conocimiento que Dios había exhibido en comparación con el de las deidades y los sabios de Egipto, así como la constancia de Dios en su propósito con su pueblo. No olvidemos que la familia de Jacob, convertida en pueblo, no sabía que se estaba adentrando a unos escenarios en los que se encontraría exiliada, derrotada y humillada en Egipto.” [2]
La Biblia describe que el Faraón recibió sin titubear el plan de acción propuesto por José para preparar al reino de Egipto de modo que este fuera capaz de enfrentar las temporadas de bendición y de crisis que Dios había anunciado.
Esta aseveración continúa siendo una medular para la vida de todos los creyentes en Cristo. Dios nos invita a prepararnos para manejar con prudencia y sabiduría las temporadas de bendición, así como las temporadas en las que enfrentamos crisis, tormentas y vendavales.
La Biblia dice que José se convirtió en el Primer Ministro del reino egipcio. En otras palabras, que pasó de ser un prisionero a ser el segundo al mando de ese reino. José fue investido por el Faraón con para ocupar esa posición, recibiendo mediante un decreto real las ropas reales que lo identificaban como el ocupante de ese cargo.
Uno de los datos que la Biblia nos ofrece acerca de esa promoción resulta ser muy interesante. Se trata del nombre que el Faraón escogió para José: “tsâphnath paʽnêach” (H6847). Este es el derivado de un nombre egipcio: Zafnat-Panea.
Las fuentes académicas consultadas afirman que el significado exacto de Zafnat-Panea sigue siendo incierto, aunque los especialistas suelen proponer un origen egipcio que sugiere “«la deidad habla y [quien lleva el nombre] vive».”[3]
“No obstante, esta interpretación concreta plantea un problema cronológico, ya que la forma egipcia de la que deriva sería posterior al periodo histórico en el que vivió José. El faraón otorgó este nombre egipcio a José al elevarlo a una posición de autoridad sobre Egipto1, marcando así su transición de extranjero esclavizado a segundo funcionario de mayor rango del reino. La dificultad para determinar un significado definitivo refleja el desafío más amplio que supone reconstruir nombres egipcios conservados mediante transliteración al hebreo: los sonidos y significados egipcios originales pueden variar considerablemente durante la traducción y la transmisión a través de diferentes idiomas y siglos.”[4] (traducción libre)
Algunas publicaciones establecen que lo más probable es que ese nombre signifique «el dios dice: él vivirá».”[5] Encontramos publicaciones que afirman que los rabinos interpretaron Zafnat-panea (“Zafnat-paneaj”) como un término hebreo que significa «revelador de un secreto». Estas parten de la premisa que establece que el nombre, además de ser egipcio, se ha explicado a partir del copto con el significado de «el preservador de la época»,[6] y que este era un nombre común durante el Reino Medio y el periodo de los hicsos (hyksos en inglés), es decir, en la época de los patriarcas y de José.”[7]
Otros recursos parten del análisis del texto griego del Antiguo Testamento (LXX, Septuaginta) para concluir que ese nombre, “Psonthomphanḗch,”[8] significa “aquel que provee el alimento de la vida.”[9]
Por último, Robert Alter ha propuesto que el cambio a este nombre Egipcio, no solo guarda coherencia con la adopción de la vestimenta egipcia y de las insignias de un alto cargo, sino que es posible que el nombre signifique «Dios habla, él vive». Alter dice esto citando el criterio de Moshe Weinfeld, un egiptólogo reconocido.[10]
Los lectores deben haberse percatado del énfasis que estas definiciones hacen sobre la presencia de Dios y la intervención divina a través de y en la vida de José. En otras palabras, que el nombre escogido por el Faraón celebraba y testificaba algo que estaba por encima de José. Ese nombre afirmaba la presencia de Alguien sobrenatural que residía dentro de aquél que ocuparía el cargo de un tipo de “vizir” en ese reino.
La ropa que José recibió dejó atrás la túnica de colores, su ropaje como esclavo y sus atavíos como prisionero en Egipto. El Señor había transformado y afinado a su siervo durante trece (13) años hasta convertirlo en alguien capaz de llevar esas nuevas vestiduras con un alto sentido de responsabilidad.
Sabemos que esos eventos son solo el desenlace inicial de esta saga. La vida de José no solamente siguió su curso, sino que ese joven adulto tendría que enfrentarse a la toma de decisiones y a las soluciones de problemas muy complicados. Esa sabiduría y esa prudencia lo harían capaz de lograr hacer aquello para lo que Dios lo había escogido.
Este escenario, de entrada a esa fase de su vida, nos conmina a examinar cómo es que Dios dirige nuestros pasos hacia el futuro que nos ha prometido. Ese momento en la vida de José nos invita a reflexionar y a preguntarnos cómo es que llegamos a los lugares, los escenarios y los momentos para el cumplimiento de las promesas que Dios nos ha hecho y cumplir con sus propósitos. No olvidemos que hay trece años de vida entre el joven que era un prisionero y el joven adulto que se había convertido en el Primer Ministro de Egipto.
Jonathan Sacks ha explicado que es muy común que experimentemos cómo es que un evento posterior nos obliga a reinterpretar unos anteriores. Esto es, enseñándonos acerca de las diferentes perspectivas del tiempo y de las estrategias puestas en acción por Dios a través del tiempo. En su libro acerca del Génesis,[11] Sacks nos invita a considerar que nosotros vivimos en la dimensión del tiempo, afectados por el pasado, el presente y el futuro. En cambio, Dios vive más allá: por encima de esa dimensión. En otras palabras, Dios no es afectado por el tiempo.
Sacks argumenta que la saga de José sirve para describir cómo es que las dimensiones del tiempo sirven para apuntar a unas perspectivas más profundas acerca de la condición humana cuando estas son vistas a través de los ojos de la fe. Él lo explica señalando que diferentes perspectivas del tiempo nos permiten exponernos a diferentes niveles de conocimiento. Por ejemplo, José era un joven de una familia nómada de pastores que fue dirigido por Dios para convertirse en el primer ministro de Egipto.[12] Esa peregrinación a través de los años tiene que ser examinada a la luz de los sueños que José tuvo durante su adolescencia (Gén 37:5-9). No olvidemos que estos sueños eran proféticos. Así también los sueños que Dios le dio al Faraón.
Uno de los problemas con esto, dice Sacks, es que ninguno de esos personajes bíblicos recibió todos los detalles, ni toda la información necesaria para entender el futuro que les deparaba a ambos. Esto provocó que José y el Faraón tuvieran que enfrentarse a las decisiones que tomarían en el camino.
José acababa de diagnosticar un problema y de presentar las soluciones. El Faraón acababa de aceptar el “dictum” que Dios le proporcionó a través de José. Ambos tuvieron que poner en acción unos niveles de fe para poder hacer esto.
Ahora, José tenía ante sí la oportunidad de sentarse a analizar y a reinterpretar su vida y los sucesos que acontecieron durante esos trece años a la luz de lo que había ocurrido en su encuentro con el Faraón. Esta era otra oportunidad para diagnosticar, pero no a Egipto, sino su vida. Proponemos aquí que las soluciones, las decisiones que él tendría que tomar tenían que estar ligadas a los resultados de ese análisis.
Esto es exactamente lo mismo que nos acontece a nosotros en la vida. Es a través de los años que podemos ser capaces de conectar los puntos que nos permiten identificar cómo es que la fidelidad y la misericordia del Señor nos ha conducido hasta donde hemos llegado.
Sacks presenta un ejemplo monumental para explicar el valor de nuestras participaciones y decisiones en el entramado de los planes que Dios tiene con nosotros. Él presenta la metáfora de lo que ocurre vemos un partido de algún deporte en vivo; las emociones, ansiedades, alegrías y las frustraciones que experimentamos viendo estos. Esto es, mientras contemplamos las decisiones que toman los deportistas que participan en ese partido.
Sacks contrasta esto con lo que ocurre cuando vemos la repetición de ese partido. Él argumenta que esa forma de ver el juego nos permite manejar nuestras reacciones de otra forma. Al mismo tiempo, señala él, esto no le quita la libertad retroactiva de los jugadores para hacer las jugadas que hicieron.[13] Las decisiones que ellos tomaron fueron sus decisiones. Lo que cambia es que nosotros ya sabemos cuál fue el resultado que estas produjeron.
Este rabino añade que nosotros vivimos en el presente, día a día, tomamos decisiones para darle forma a algo que para nosotros es desconocido: el futuro indeterminado. Sacks describe que solo mirando hacia atrás, al pasado, a la repetición de nuestros partidos, es que somos capaces de ver las consecuencias de nuestras acciones. Es allí que podemos darnos cuenta de lo que estas acciones representan, la parte que estas desempeñaron en el despliegue de nuestra autobiografía. En vivo, decidimos entre alternativas que se presentan ante nosotros como muchos senderos. Años más tarde, el examen de los resultados de estas nos ofrece otra perspectiva. Aún más, las reacciones que experimentamos realizando este ejercicio por lo general son distintas a las que experimentamos cuando estuvimos enfrentando esos escenarios en vivo.
Es en esos instantes, echando mano de lo que él llama “comprensión retrospectiva”, que comenzamos a ver cómo la providencia ha guiado nuestros pasos dirigiéndonos hacia donde Dios quería que nosotros estuviésemos hoy. Solo mirando hacia atrás nos damos cuenta de que cada evento en la vida formaba parte de un plan preciso y providencial. Más allá de mirar aciertos y desaciertos, decisiones correctas y equivocadas, el paso de los años nos permite ver cuáles de nuestras decisiones fueron relevantes, conformes al propósito divino y cuáles fueron irrelevantes.
Ese ejercicio, mirar hacia atrás lo que ha ocurrido nuestra vida nos permite calibrar cuál es el personaje en el que nos hemos convertido; quiénes realmente somos como actores de nuestra historia.
La buena noticia que ofrece el mensaje del Evangelio es que Cristo ha prometido que aquellos que están unidos a Él tienen la oportunidad de comenzar una vida nueva.
“17 Por lo tanto, el que está unido a Cristo es una nueva persona. Las cosas viejas pasaron; se convirtieron en algo nuevo.” (2 Cor 5:17, DHH)
¿Esto significa que Dios ha predestinado todo esto? La respuesta es que no. Un rabino llamado Akiva dijo lo siguiente: “Todo está previsto, y sin embargo se otorga libertad de elección.” (Mishna, Avot 3:15). Nosotros vivimos nuestras vidas en la tensión entre estos marcos de referencia; entre la libertad y la providencia, entre nuestras decisiones y el plan de Dios. [14]
Sacks concluye esa exposición realizando una interpretación muy interesante de la respuesta que Dios le dio a Moisés cuando este pidió ver el rostro del Eterno.
“23 Cuando quite la mano, podrás ver mi espalda, pero no mi rostro.” (Éxo 33:23, PDT)
Él explica que esa expresión, además de servir para describir la revelación de Dios que Moisés experimentaría, sirve para internalizar aquello que Dios va dejando a su paso; lo que encontramos tras sus espaldas; lo que hemos vivido hasta ese instante. Se trata de la providencia de Dios indisolublemente entrelazada con nuestras vidas. Sacks añade que esa expresión dice que no somos capaces de ver en detalle el futuro que nos espera, lo que está frente al rostro de Dios, pero caminamos con confianza porque Él dirige nuestros pasos.
Esa expresión del Libro del Éxodo es entonces una invitación para que procuremos con frecuencia estar ante esa revelación de Dios en Cristo Jesús. La frecuencia de esa experiencia de revelación de Dios nos producirá conocer mejor al Todopoderoso, al mismo tiempo que nos permitirá ver con mayor nitidez aquello que Dios ha dejado tras Sus espaldas.
Afirmamos que los creyentes en Cristo tenemos unas ventajas que este Rabino no incluye en sus análisis teológicos. Cristo Jesús se presenta ante nosotros como el camino (Jn 14:6). Un camino tan expedito que el profeta Isaías dijo lo siguiente acerca de este:
“8 Y habrá allí calzada y camino, y será llamado Camino de Santidad; no pasará inmundo por él, sino que él mismo estará con ellos; el que anduviere en este camino, por torpe que sea, no se extraviará. 9 No habrá allí león, ni fiera subirá por él, ni allí se hallará, para que caminen los redimidos. 10 Y los redimidos de Jehová volverán, y vendrán a Sion con alegría; y gozo perpetuo será sobre sus cabezas; y tendrán gozo y alegría, y huirán la tristeza y el gemido.” (Isa 35:8-10, RV 1960)
Además, Cristo Jesús se presenta ante nosotros como la verdad (“alētheia”, G225), el velo descubierto para poder recibir la revelación del Señor. Ese descubrimiento está acompañado por la dirección del Espíritu Santo para que caminemos sin temor.
“14 Porque todos los que son guiados por el Espíritu de Dios, éstos son hijos de Dios. 15 Pues no habéis recibido el espíritu de esclavitud para estar otra vez en temor, sino que habéis recibido el espíritu de adopción, por el cual clamamos: ¡Abba, Padre!” (Rom 8:14-15)
Es por eso que los creyentes en Cristo podemos caminar con seguridad y confianza; porque el Espíritu Santo, que está dentro de nosotros, ora al Padre con y por nosotros y nos dirige constantemente.
José no tenía estas ventajas. Él no podía llamar Abba a Dios. Nosotros sí podemos hacerlo. Nuestra relación con el Padre de las luces, de quien proviene todo don perfecto que desciende de lo alto (Stg 1:17), es una que José no tenía. Ese pasaje de la Carta antes citada añade lo siguiente:
“….en el cual no hay mudanza, ni sombra de variación. Él, de su voluntad, nos hizo nacer por la palabra de verdad, para que seamos primicias de sus criaturas.” (Stg 1:17b-18)
Nosotros hemos sido invitados realizar ese análisis desde estas perspectivas Cristo-céntricas.
Repetimos que José no gozaba de estas bendiciones, sin embargo, él fue capaz de utilizar este análisis para tomar decisiones trascendentales en su futuro inmediato. Una de estas, la decisión de olvidar los dolores que la familia le produjo, Manasés (“menashsheh”, H4519, Gén 41:51), reconociendo y afirmando que Dios los había permitido para bien (Gén 50:20). La otra, la de gozarse con la oportunidad que Dios le había concedido de ser doblemente fructífero, Efraín (“ʼephrayim”, H669, v. 52). Esto es, con sus dos hijos y con la tierra de Egipto.
Hay una pregunta que debemos formularnos después de conocer estas enseñanzas bíblicas ¿Cuál es la respuesta que Dios espera de nosotros cuando revisamos cómo es que Él nos ha traído hasta aquí?
[1] Proposición tan clara y evidente que se admite sin demostración.
[2] El Heraldo, 20 de septiembre de 2021.
[3] Gary M. Burge, “Zaphenath-Paneah,” in Eerdmans Dictionary of the Bible, ed. David Noel Freedman, Allen C. Myers, and Astrid B. Beck (Grand Rapids, MI: W.B. Eerdmans, 2000), 1407.
[4] Op. cit.
[5] Myers, A. C. (1987). ZAPHENATH-PANEAH. In The Eerdmans Bible dictionary (p. 1081). Eerdmans.
[6] Smith, W. (1986). In Smith’s Bible Dictionary. Thomas Nelson.
[7] Kitchen, K. A. (1996). Zaphenath-Paneah. In D. R. W. Wood, I. H. Marshall, A. R. Millard, J. I. Packer, & D. J. Wiseman (Eds.), New Bible dictionary (3rd ed., p. 1262). InterVarsity Press.
[8] Septuagint D, Ψονθομφανήχ.
[9] International Standard Bible Encyclopedia, Electronic Edition STEP Files Copyright © 1998, Parsons Technology, Inc., all rights reserved: Zaphenath-Paneah; Zaphnath-Paaneah.
[10] Alter, Robert. Genesis: Translation and Commentary (p. 454). W. W. Norton & Company. Kindle Edition.
[11] Sacks, Jonathan. Genesis: The Book of Beginnings (Covenant & Conversation 1). Kindle Edition.
[12] Op. cit., pp. 280.
[13] Op. cit., pp. 281-284.
[14] Op. cit., p. 284.
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