1077 • El Heraldo Digital – Institucional • Volumen XVII • 4 de octubre del 2026

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Familias dirigidas por el Espíritu Santo: el análisis de la familia de Jacob - Parte XXVIII
José procurando acostumbrarse a Egipto.

 
“44 Y dijo Faraón a José: Yo soy Faraón; y sin ti ninguno alzará su mano ni su pie en toda la tierra de Egipto. 45 Y llamó Faraón el nombre de José, Zafnat-panea; y le dio por mujer a Asenat, hija de Potifera sacerdote de On. Y salió José por toda la tierra de Egipto. 46 Era José de edad de treinta años cuando fue presentado delante de Faraón rey de Egipto; y salió José de delante de Faraón, y recorrió toda la tierra de Egipto. 47 En aquellos siete años de abundancia la tierra produjo a montones. 48 Y él reunió todo el alimento de los siete años de abundancia que hubo en la tierra de Egipto, y guardó alimento en las ciudades, poniendo en cada ciudad el alimento del campo de sus alrededores. 49 Recogió José trigo como arena del mar, mucho en extremo, hasta no poderse contar, porque no tenía número. 50 Y nacieron a José dos hijos antes que viniese el primer año del hambre, los cuales le dio a luz Asenat, hija de Potifera sacerdote de On. 51 Y llamó José el nombre del primogénito, Manasés; porque dijo: Dios me hizo olvidar todo mi trabajo, y toda la casa de mi padre. 52 Y llamó el nombre del segundo, Efraín; porque dijo: Dios me hizo fructificar en la tierra de mi aflicción. 53 Así se cumplieron los siete años de abundancia que hubo en la tierra de Egipto.”  (Gén 41:44-53, RV 1960)

La reflexión anterior nos confrontó con las realidades que José experimentó en Egipto luego de percatarse de cómo Dios lo había conducido de manera providencial hasta elevarlo a la segunda posición más alta en ese reino. Esa reflexión concluyó con una pregunta:

“¿Cuál es la respuesta que Dios espera de nosotros cuando revisamos cómo es que Él nos ha traído hasta aquí?”

Tal y como dicen algunos comentaristas bíblicos, José tuvo esa oportunidad luego de haber sido promovido de la cárcel al palacio del rey: “from rags to riches”[1]: de los harapos a las riquezas: de prisionero a Primer Ministro del reino egipcio.

Todos nosotros hemos vivido experiencias así: la fidelidad y la providencia de Dios dirigiendo nuestros pasos a pesar de nosotros. Nosotros hemos sido llamados por Dios a responder a esa pregunta desde la óptica que nos provee el sacrificio de Cristo en la cruz del Calvario. José no gozaba de esa bendición adicional que nosotros tenemos. Aun así, Dios esperaba una respuesta de parte del undécimo hijo de Jacob.

Hay que internalizar que estas clases de ascensos en la vida pueden producir una infinidad de reacciones. Algunas de estas pueden promover que aquellos que las experimentan decidan dedicar su tiempo a afirmarse y afianzarse en las nuevas realidades que están viviendo. Esto, so color de no perder esas bendiciones. Casi siempre hay unos temores implícitos detrás de esta clase de reacción. Repetimos que uno de estos es el temor a perder lo que se ha obtenido.

Otra reacción incluye dedicarse en alma vida y corazón al desarrollo de un sentido de pertenencia con las nuevas responsabilidades. Esto incluye procurar conocer y dominar las estrategias gerenciales y administrativas que se requieren para conseguir buenos resultados. Esta reacción es acertada, prudente y loable.

Sin embargo, es mucho más que aconsejable decidir que nada de esto impedirá que tomemos espacios de tiempo para analizar algunas cosas. Por ejemplo, qué es lo que ha sucedido y cómo es que se han desarrollado los eventos que acaban de ocurrir: cómo es que hemos llegado hasta aquí. Hay que detenerse a analizar cuál es el mensaje que Dios nos está comunicando con esos eventos y cómo es que la providencia y la bondad de Dios nos ha dirigido hasta el lugar en el que nos encontramos y qué quiere Él de nosotros. La reflexión anterior sirvió, entre otras cosas, para afirmar que José debió haber realizado estos ejercicios. Dios espera que nosotros también lo hagamos.

Ahora bien, ¿cuál era la respuesta que Dios esperaba de José luego de este ejercicio de introspección?

La narrativa bíblica del capítulo cuarenta y uno del Libro de Génesis nos dice cómo fue que José reaccionó luego de su ascenso. Más adelante nos enfrentaremos a otras narrativas bíblicas en las que nos explicarán cómo Dios insertó sus manos y transformó esas respuestas.

Una manera de leer los versos que aparecen en el epígrafe de esta reflexión es contemplando las actividades que José desarrolló y ver en estas las reacciones de un instrumento en las manos de Dios trabajando para resolver un problema que venía de camino. Ese pasaje bíblico destaca que José no se durmió en los laureles y comenzó a trabajar a todo vapor.

Él sabía que no podía limitarse a recoger parte del grano que se producía en los siete (7) años de abundancia. Tomemos como ejemplo que si él hubiera decidido recoger la mitad del grano disponible durante esos siete (7) años habría tenido alimento disponible sólo para tres (3) años y medio de los años de escasez que se avecinaban. Esta es la razón por la que José tenía que recoger todo el alimento (v.48). Él sabía que tenía que moverse con celeridad para que el pueblo tuviera disponible lo suficiente para vivir, al mismo tiempo en el que se almacenaba el equivalente a siete (7) años de producción para el futuro.

Esto debió haber generado una multitud de actividades para poder conseguir este objetivo. Ejemplos de esto son la maximización de los campos de cultivo procurando grandes excedentes de alimento: la construcción de lugares especiales para almacenar todo esto: el desarrollo de procesos para el acarreo de esos excedentes y la preparación de estrategias para que ese grano no se dañara durante los años en los que estaría almacenado.

Estas reacciones son loables, lógicas y hasta esperadas en alguien que sabe y conoce de macro gerencia, de competitividad y de maximización de recursos. Es obvio que José recibió sabiduría del cielo para aprender a hacer todo esto.

No obstante, la Biblia nos permite ver que al mismo tiempo la intervención del Faraón, sus planteamientos y sus decisiones produjeron un José pasivo. Veamos ese contraste.

El personaje que nos describen los versos cuarenta y cuatro al cincuenta y tres es uno que es ascendido, le cambian el nombre, le dan una esposa y lo casan. Vemos en esa narrativa que José no tuvo nada que ver ni que decidir en todo esto. Es otro el que toma esas decisiones por José. Esa narrativa también dice que él aparece como un personaje que sale a recorrer la tierra, a recoger alimento durante siete (7) años, a reunir alimento durante esos años y a guardarlo. Todo esto ocurre sin que José diga una sola palabra: el undécimo hijo de Jacob no habla, no se expresa, no conocemos su parecer durante todos esos procesos. Sabemos que él debe haberse expresado, pero el escritor bíblico recibió inspiración del Espíritu Santo para dejar fuera esas expresiones. Estas no eran relevantes para el mensaje que esta narrativa bíblica tiene que presentar.

Es correcto concluir que José estaba involucrado en la labor que le habían asignado y que estaba procurando desarrollar el plan de trabajo que le había compartido al Faraón. Sin embargo, el pasaje bíblico no nos brinda la oportunidad de tener acceso al pensamiento y al corazón de José sino hasta que nacen sus hijos. El capítulo cuarenta y uno de Génesis señala que no es hasta el verso cincuenta y uno de este que podemos tener acceso a lo que estaba ocurriendo en el corazón de ese joven adulto que tenía treinta años cuando comenzó esta etapa de su vida (v. 46).

Es en esos versos que José expresa el alivio producido por la intervención de Dios porque esta le había permitido echar a un lado sus recuerdos y sus dolores, además de poder concentrarse en las bendiciones y la fructificación en la tierra que antes le había oprimido.

“51 José llamó a su hijo mayor Manasés, porque dijo: «Dios me hizo olvidar todas mis angustias y a todos los de la familia de mi padre». 52 José llamó a su segundo hijo Efraín, porque dijo: «Dios me hizo fructífero en esta tierra de mi aflicción».” (Gén 41:51-52, NTV)

Las versiones bíblicas que hemos utilizado para presentar las primeras expresiones de José en su nueva posición en Egipto, la que aparece en el epígrafe de esta reflexión, así como la que acabamos de citar, destacan unas reacciones que necesitan ser analizadas con detenimiento. Por un lado, es muy cierto que estas apuntan, tanto a la transformación que operó el Señor en José, así como a las que opera en nosotros. Se trata de la intervención de la misericordia y la providencia divina para conseguir que desaparezcan los efectos nocivos de los lastres de nuestro pasado y la capacidad de poder ver el futuro con esperanza. Nadie puede negar que estas expresiones trascienden los beneficios de los procesos terapéuticos y se desprenden de los resultados de la intervención divina.

Esos versos dicen que José expresó que Dios le había hecho ser capaz de tener una experiencia “Manasés” (“menashsheh”, H4519, Gén 41:51): “olvidar todas mis angustias y a todos los de la familia de mi padre».” Ese concepto, “olvidar” (“nâshâh”, H5382), es definido como la capacidad para dejar de retener en la mente algo o a alguien, borrar, dejar, desconocer y/o dejar de tener en cuenta algo. Este es un concepto cuyos sinónimos son perder, extraviar, dejar, abandonar, descuidar, desatender, o ignorar; hacer perder la memoria de algo.[2] O sea, que se trata de algo que uno decide hacer.
 
José expresó esto luego de la temporada de pasividad en sus reacciones frente a los resultados de la intervención divina. Tomemos en consideración que este joven adulto estaba poniendo en acción un plan maestro para salvar al mundo conocido y esto no provocó sus expresiones. Sus expresiones en ese contexto no eran relevantes para el mensaje que el Espíritu Santo comunica a través de este pasaje bíblico. En cambio, el undécimo hijo de Jacob adulto se expresa cuando dice que Dios (“ʼĕlôhı̂ym”, H430) le había hecho ser capaz de sacar de su memoria todas sus angustias y a todos los de la casa de su padre. Desde el punto de vista puramente terapéutico esto parece una gran decisión. Basta tomar en consideración todos los elementos de la tragedia que José había vivido durante trece (13) años.

La otra expresión de José apunta a que su gozo y su regocijo (la manifestación del gozo que experimentaba) giraba alrededor de los hijos que Dios le había permitido tener. Ese gozo también estaba supeditado a la fructificación, así como a la capacidad de crecer y prosperar (“pârâh”, H6509) en una tierra que antes solo había servido para afligirlo, para deprimirlo y sumirlo en la miseria (“ʽŏnı̂y”, H6040). Esta expresión también es una terapéuticamente correcta. Esta describe una persona que había decidido renfocar su visión y su perspectiva en la esperanza que Dios ha dispuesto para nosotros y no en las tragedias que el pasado nos haya podido recetar.

Añadimos a esto que los nombres que José selecciona para sus hijos son hebreos, así como lo son las raíces de donde estos proceden. Esto significa que el Primer Ministro de Egipto no había perdido de vista sus raíces: su identidad como hijo de la promesa. La posición de prestigio que ocupaba y los beneficios que esta producía no le habían quitado del alma quién era él y de dónde le había traído Dios. Alabamos a Dios por ese testimonio. Esto significa que la historia de José nos permite estudiar cómo podemos ser capaces de mantener nuestra identidad como hijos de Dios en medio de Egipto.

Repetimos que estas reacciones son terapéuticamente correctas, acertadas y dignas de imitar. De hecho, concluir que Dios va a utilizar para nuestro bien todo lo que ha sucedido en nuestras vidas es un principio neotestamentario.

“28 Y sabemos que Dios hace que todas las cosas cooperen para el bien de quienes lo aman y son llamados según el propósito que él tiene para ellos.” (Rom 8:28, NTV).

Ahora bien, lo que vamos a formular a continuación no cancela estos efectos ni la necesidad de esta clase de enfoque terapéutico. El análisis que presentaremos a continuación tiene como objetivo procurar colocarnos en una mejor posición para poder enfocar el “así dice el Señor” para nuestras vidas, tanto en el presente como en el futuro. Esto, por encima de los beneficios terapéuticos obtenidos y la maximización de las bendiciones que Dios nos haya dado.

El uso de otros lentes para analizar las reacciones de José nos coloca ante un problema medular. Ya hemos visto que José no reaccionó ante las tensiones ni de los resultados exitosos de las labores que había estado realizando. Hemos visto que la Biblia es clara cuando nos dice que José reaccionó cuando se encontró ante el tema de la familia. Llegaron los hijos y eso le despertó la necesidad de saber que él formaba parte de una familia.

Cabe aquí formular unas preguntas relacionadas al interés divino y teológico y no al del bienestar emocional y familiar de José. Recordemos unas expresiones de Jonathan Sacks que compartimos en la reflexión anterior. José es un ejemplo supremo de una vida en la que las acciones humanas y las intervenciones divinas están indisolublemente entrelazadas.[3]
 
Este “macramé” divino procuraba algo más que el bienestar de este siervo de Dios. Sí: Dios quería restaurarlo y sanarlo, pero esta no era la meta final. Dios quería utilizarlo como instrumento para renfocar a su familia y esto no parecía estar en las reacciones iniciales de este gigante de la fe.

Desatacamos aquí que José expresó que Dios le había hecho olvidar: “… a todos los de la familia de mi padre” (v.51c). José dijo que el “ʼĕlôhı̂ym” (H430), el Dios que es dueño de las fuerzas de la naturaleza[4] y el que hace justicia, lo había hecho olvidar a todos los de la familia de su padre. Esas expresiones eran incongruentes con la meta familiar inherente a todos los procesos que Dios había dispuesto en el camino de este joven adulto.
 
Tenemos que señalar que el José que encontramos en esta narrativa parece ser una versión diferente al que habíamos estado estudiando en las reflexiones anteriores. Aunque el Profesor Walter Brueggemann no analiza este punto en su libro acerca del Génesis[5], sin embargo, hace unos señalamientos acerca de esta nueva versión de José que son muy interesantes. Sabemos que el José que vemos en este capítulo viene de observar cómo Dios le había utilizado para retar la sabiduría, las técnicas y la epistemología[6] del Faraón; las maneras en las que los egipcios conocían las cosas fueron retadas. Faraón y sus sabios no fueron capaces de resolver el misterio de los sueños que ese rey había tenido.
 
Brueggemann añade a todo esto que tener conocimiento es tener poder y por ende, estas descripciones postulan que el conocimiento imperial había fracasado.[7] El fracaso del Faraón y de sus sabios provocó que disminuyera la autoridad imperial.
 
Brueggemann continúa señalando que todo esto está acompañado de un José empoderado para ser capaz de ofrecerle a Egipto y al mundo conocido una situación inesperada de prosperidad y de bienestar holístico. Esto provocó que nadie en Egipto pudiera resistirse a las decisiones que José tomaba (v. 55). El “know how” (saber cómo) técnico de José no solo era impresionante, era incuestionable.[8] Brueggemann dice que la soberanía recibida por José, con toda probabilidad lo aisló y lo convirtió en una figura solitaria.
 
Este insigne exégeta bíblico describe esa soberanía a base de las descripciones y los absolutos que el texto bíblico ofrece acerca de José:
           
  • recorrió toda la tierra de Egipto (v.46)
  • reunió todo el alimento (v. 48).
  • Recogió José trigo como arena del mar, mucho en extremo, hasta no poderse contar, porque no tenía número (v.49) 
  • olvidar todo mi trabajo, y toda la casa de mi padre (v. 51)
  • y hubo hambre en todos los países (v. 54)
  • más en toda la tierra de Egipto había pan (v. 54)
  • se sintió el hambre en toda la tierra de Egipto (v. 55)
  • Faraón le dice a todos los egipcios que fueran donde José.[9]

El pasaje dice que es en este contexto que el pueblo fue a clamar a Faraón por pan y que el Faraón respondió diciendo a todos los egipcios: “Id a José, y haced lo que él os dijere” (v.55) En otras palabras: el Faraón no tenía nada que decir y tampoco tenía la capacidad para decidir sobre las cosas importantes que estaban ocurriendo en Egipto.

Los lectores deben haberse percatado que es en ese contexto que José expresó lo que sentía acerca de la casa de su padre. Es aquí que José utiliza otra expresión absoluta. O sea, que el mundo de los absolutos parecía haber sojuzgado, dominado y avasallado a José. Este joven se había convertido en plenipotenciario en Egipto y el dominio y el control del poder parece haberle dirigido a absolutizar todas las cosas. Esto, incluyendo los planes de Dios para su vida.

Brueggemann destaca que el carácter de estos absolutos contrasta con lo que dice el Salmo 145:

“9 Bueno es Jehová para con todos, Y sus misericordias sobre todas sus obras. 10 Te alaben, oh Jehová, todas tus obras, Y tus santos te bendigan. 11 La gloria de tu reino digan, Y hablen de tu poder, 12 Para hacer saber a los hijos de los hombres sus poderosos hechos, Y la gloria de la magnificencia de su reino. 13 Tu reino es reino de todos los siglos, Y tu señorío en todas las generaciones. 14 Sostiene Jehová a todos los que caen, Y levanta a todos los oprimidos. 15 Los ojos de todos esperan en ti, Y tú les das su comida a su tiempo. 16 Abres tu mano, Y colmas de bendición a todo ser viviente. 17 Justo es Jehová en todos sus caminos, Y misericordioso en todas sus obras.” (Sal 145:9-17, RV 1960)

Este salmo señala que el crédito absoluto de la vida sólo está en las manos de Dios. Esta doxología afirma que sólo Dios es el dueño absoluto de todo y el que hace y permite que todo acontezca. Él y sol Él posee todo lo que es necesario para ejercer ese control.

Es muy cierto que José se convirtió en un símbolo para Egipto: el nuevo poder de la vida.[10] No obstante, las intervenciones de José parecen haber sido descritas en esta narrativa como la “clave” para el éxito de estas gestiones.
 
Sabemos que el pasaje bíblico que aparece en el epígrafe de esta reflexión puede ser interpretado como que las funciones administrativas de José fueron la clave para que la abundancia fuera visible. Brueggemann lo describe como que la futilidad de la sabiduría egipcia aparece aquí contrastada con la capacidad que Dios le había dado a José para conseguir que la tierra proveyera lo suficiente para el presente y para poder ser capaces de enfrentar las crisis que les deparaba el futuro inmediato. [11]

No hay duda de que José sirvió para hacerle saber a Egipto que el poder de sus dioses no podía compararse con el poder de Dios. Sólo Dios es capaz de revelar lo que ha de ocurrir en el futuro y cuáles son los propósitos que Él tiene con lo que ha de ocurrir. Egipto y el Faraón tenían que aprender esto. Brueggemann destaca que el profeta Isaías parece hacer uso de esto en la profecía que aparece en el capítulo cuarenta y uno de su libro.[12]

“El Señor, el rey de Jacob, dice: «Vengan, ídolos, a presentar su defensa, vengan a defender su causa. 22 Vengan a anunciarnos el futuro y a explicarnos el pasado, y pondremos atención; anúnciennos las cosas por venir, para ver en qué terminan; 23 dígannos qué va a suceder después, demuéstrennos que en verdad son dioses. Hagan lo que puedan, bueno o malo, algo que nos llene de miedo y de terror. 24 ¡Pero ustedes no son nada ni pueden hacer nada! Despreciable es aquel que los escoge a ustedes.”
 (Isa 41:21-29, DHH).

Dios resolvió ese dilema de José. Vemos por un lado que él no tuvo temor de insertar a Dios en sus declaraciones acerca de la casa de su padre y para la identificación de la fuente de su prosperidad y bienestar. José no se había olvidado de Dios y esa es una gran noticia. Tenemos que señalar que dentro de los problemas que produce el poder absoluto no solo está la corrupción absoluta. Esos escenarios también producen que los seres humanos se olviden de Dios. Ese pasaje bíblico afirma que José no se había olvidado de Dios.

Por otro lado, vemos la inserción de una ironía en el texto. El profesor Leon R. Kass destaca esta ironía en su análisis de este pasaje bíblico. Kass señala con una maestría extraordinaria que José tendría ante sí una pregunta en cada ocasión que interactuara con el mayor de sus hijos. Hay una pregunta que José no podría evitar formularse en cada ocasión en la que José llamara a su hijo Manasés o que trajera su nombre a su pensamiento.

“¿Qué fue lo que Dios me hizo olvidar?”[13]

José no tenía el permiso del cielo para olvidar la casa de su padre porque el programa de Dios contenía la interacción de esa casa con el Primer Ministro de Egipto. De hecho, la narrativa bíblica subsiguiente nos permite ver que esa familia decidió ir a Egipto cuando el hambre comenzó a cubrir el mundo conocido. Uno de los detalles más interesantes de uno de esos pasajes bíblicos es cuando este describe que Jacob le dijo a sus hijos que fueran a Egipto a buscar alimentos (Gén 42:1-2). La Biblia dice allí que estos no son inicialmente identificados en el texto como los hijos de Jacob. Ellos son identificados como los hermanos de José.

“3 Y descendieron los diez hermanos de José a comprar trigo en Egipto.” (Gén 42:3, RV 1960)

Una de las grandes conclusiones de esta porción de las Sagradas Escrituras es que esta nos enseña que no podemos obviar, ni siquiera por equivocación, los propósitos eternos que Dios ha diseñado para nosotros. Todos los escenarios por los que atravesamos en la vida, las crisis que enfrentamos, las bendiciones que recibimos los triunfos y los fracasos que experimentamos, los tiempos buenos y los no tan buenos, tienen como objetivo prepararnos y catapultarnos hacia eso que Dios ha diseñado para nosotros. Esto forma parte de lo que el salmista nos comunica cuando dice que el Señor cumplirá su propósito en nosotros.

“8 Jehová cumplirá su propósito en mí; Tu misericordia, oh Jehová, es para siempre; No desampares la obra de tus manos.” (Sal 138:8, RV 1960)

“El Señor llevará a cabo los planes que tiene para mi vida, pues tu fiel amor, oh Señor, permanece para siempre. No me abandones, porque tú me creaste.” (NTV)

Otra enseñanza es que tampoco podemos obviar que las bendiciones y la prosperidad pueden ser los peores enemigos de esos planes. Las bendiciones pueden desenfocarnos con mucha más frecuencia que lo que lo hacen las pruebas y las crisis.

Tenemos que pedir al Señor que nos permita ser sensibles a su voz para que esto no nos domine. Nos asiste una ventaja insuperable. El verso ocho (8) del salmo que acabamos de citar la describe sin vacilación. La expresión inicial de la versión RV 1960 es traducida por el Jewish Publication Society de la siguiente manera:

“8The LORD will settle accounts for me.”[14]

(“8 El Señor ajustará las cuentas por mí.”; traducción libre)
           
Los exhortamos a permitir que el Señor ajuste nuestras cuentas.
 


[1] Kass, Leon R. The beginning of wisdom: reading Genesis. Chicago: The University of Chicago Press, 2003, pp.570-571
[2] https://dle.rae.es/olvidar?m=form
[3] Sacks, Jonathan. Genesis: The Book of Beginnings (Covenant & Conversation 1) (p. 282). Kindle Edition.
[4] Ese concepto de Dios describe que esas fuerzas no son autónomas. Ver Sacks, Jonathan. Genesis: The Book of Beginnings (Covenant & Conversation 1) (p. 287). Kindle Edition.
[5] Brueggemann, Walter. Genesis: Interpretation: A Bible Commentary for Teaching and Preaching.
[6] Teoría de los fundamentos y métodos del conocimiento científico
[7] Op. cit., p. 326.
[8] Op. cit., p. 328.
[9] Op. cit.
[10] Op. cit.
[11] Op. cit., p. 331.
[12] Op. cit.
[13] Kass, Leon R….Op. cit.
[14] Inc., Jewish Publication Society. JPS TANAKH: The Holy Scriptures (blue): The New JPS Translation according to the Traditional Hebrew Text (p. 1273). The Jewish Publication Society. Kindle Edition.















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