Reflexiones de Esperanza: Dios nos habla en medio de las crisis y de las tribulaciones (Parte 26)

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14 Por cuanto en mí ha puesto su amor, yo también lo libraré; Le pondré en alto, por cuanto ha conocido mi nombre. (Salmo 91:14)

La reflexión anterior nos permitió analizar varios aspectos trascendentales de la victoria de Cristo en la Cruz. El verso 13 del Salmo 91 nos permitió afirmar que una de las razones para poder ver a  Jesucristo como el único merecedor del nombre que es sobre todo nombre, es debido a su triunfo como el Segundo Adán (1 Corintios 15: 22, 45).

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13 Sobre el león y el áspid pisarás; Hollarás al cachorro del león y al dragón. (Salmo 91:13)

Vimos en esa reflexión que ese verso apunta a Jesús, como hombre perfecto, sin mancha. Nuestro Señor pisó la cabeza de la serpiente cuando fue crucificado en el Gólgota. Haciendo esto, el Segundo Adán cumplió la palabra profética que Dios le dio a la serpiente antigua en el huerto del Edén (Genesis 3:15).

La Iglesia vive y opera desde esa victoria de Jesucristo. Es por esto que la Iglesia camina y anda sobre las sandalias, calzados los pies con el mensaje del Evangelio, el de las buenas nuevas de salvación que hemos recibido (Efe 6:15). Repetimos que el Apóstol Pablo lo afirma cuando le dijo lo siguiente a la Iglesia en la ciudad de Efeso:

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20 la cual operó en Cristo, resucitándole de los muertos y sentándole a su diestra en los lugares celestiales, 21 sobre todo principado y autoridad y poder y señorío, y sobre todo nombre que se nombra, no sólo en este siglo, sino también en el venidero; 22 y sometió todas las cosas bajo sus pies, y lo dio por cabeza sobre todas las cosas a la iglesia, 23 la cual es su cuerpo, la plenitud de Aquel que todo lo llena en todo. (Efesios 1:20-23)

Todo esto ocurrió en la Cruz y es por eso que no podemos dejar de predicar el mensaje de la Cruz. La Iglesia tiene que regresar a la predicación de ese mensaje; el mensaje del Calvario. La Iglesia que es victoriosa es aquella que no se avergüenza de ese Evangelio: el Evangelio del Calvario. La Iglesia triunfalista vive alejada de esta verdad y es por eso que no puede conocer el verdadero poder que posee la palabra de la Cruz. La Iglesia que conoce el poder de la Cruz vive bajo el poder de la resurrección (Efe 1:11-21).

Es esta la aplicación neotestamentaria más relevante del verso 13 del Salmo 91. Desde esa perspectiva podemos afirmar que ese verso es también una declaración profética de la autoridad que tendría la Iglesia. Es cierto que el salmista hace esta declaración desde la confianza y la seguridad que ofrecen las promesas y la presencia del Señor. Es correcto afirmar que Dios nos ha prometido la victoria sobre el león (“shachal”, H7826), el enemigo que ruge a la luz del día, y sobre el “áspid” (“pethen”, H6620), los enemigos ocultos y las estratagemas que se preparan en contra nuestra sin que lo sepamos. Es cierto que nos han garantizado la victoria sobre el cachorro del león (“kephı̂yr”, H3715), las amenazas  que están en los escondites deseando convertirnos en sus víctimas (Sal 17:12-13). Hay garantías de que venceremos al “dragón” (“tannı̂yn”, H8577), concepto hebreo que significa serpiente, enemigo soberbio, prepotente y venenoso (Eze 29:3); satanás (Apocalipsis 20:2). Pero no es menos cierto que la garantía absoluta de ese verso es la victoria que Dios le concedió a la Iglesia en Cristo Jesús Señor nuestro (Romanos 16:20).

El verso 14 del Salmo 91 se presenta como la introducción a una serie de conclusiones que se desprenden de todo lo antes dicho. El interlocutor que había estado reaccionando (vv 3-13) a las palabras iniciales del salmista (vv. 1-2), cede su espacio a la voz de Dios. Dios decide insertarse en la conversación que estaban sosteniendo los personajes anteriores para presentar unas conclusiones que están vestidas de eternidad. Es Dios concluyendo esta conversación haciéndole saber al salmista que no basta, no es suficiente que el salmista escuche la voz de los fieles para recibir aliento y consuelo cuando se encuentra enfrentando las pruebas y las tribulaciones. Dios le hace saber que el cielo ha decidido hacer que el salmista pueda escuchar la misma voz de Dios.

Este estilo literario no es poco común en la literatura sapiencial. Un buen ejemplo de esto es la inserción que hace Dios en el diálogo que Job sostiene con sus amigos (Job 4:1- 37:24). Esta inserción es el monólogo bíblico más extenso que hace Dios en Su Santa Palabra (Job 38-41).

¿De qué cosas nos habla Dios en medio de las crisis? ¿Cuál es el mensaje que Él ha decidido comunicarle a aquellos que le aman cuando estos se encuentran atravesando el valle de lágrimas? La Palabra que Dios comunica en medio de nuestros dolores compromete al Eterno. El verso 14 del Salmo 91 no es una excepción a esta regla. Su palabra presenta, al mismo tiempo, la revelación de un camino de esperanza y de seguridad para aquellos que aman al Señor.

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14 Por cuanto en mí ha puesto su amor, yo también lo libraré; Le pondré en alto, por cuanto ha conocido mi nombre. 15 Me invocará, y yo le responderé; Con él estaré yo en la angustia; Lo libraré y le glorificaré. 16 Lo saciaré de larga vida, Y le mostraré mi salvación.  (Salmo 91:14-16)

Las declaraciones que encontramos en estos versos afirman lo siguiente:

Dios ha prometido librarnos (poder escapar)                    Dios ha prometido ponernos en alto
Dios ha prometido responder a nuestra oración               Dios ha prometido acompañarnos en la angustia
Dios ha prometido librarnos                                                  Dios ha prometido honrarnos
Dios ha prometido saciarnos                                                 Dios ha prometido mostrarnos Su salvación.

Usted se habrá percatado que hemos utilizado el verbo “librar” en dos (2) ocasiones. En nuestras próximas reflexiones estaremos compartiendo las diferencias entre el primer uso y el segundo.

Todas estas promesas emanan del amor y de la misericordia de Dios. Además, todas estas promesas poseen como base de partida una acción intencional del salmista; amar a Dios, poner su amor en el Señor, decidir acogerse (NVI) al Señor. Es la decisión de amar al Señor la que provoca todo esto. Esa decisión de amar a Dios es definida aquí en base a la comunión, de las oraciones, los ruegos, y las plegarias que se levantan, que Dios ha prometido contestar. Al mismo tiempo, esta decisión divina está basada en el deseo de Dios de honrar a sus siervos (Sal 91:15-16).

El Salmo 50 nos ofrece un modelo parecido de esta clase de relación con Dios:

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14 Sacrifica a Dios alabanza, Y paga tus votos al Altísimo; 15 E invócame en el día de la angustia; Te libraré, y tú me honrarás ….. 23 El que sacrifica alabanza me honrará; Y al que ordenare su camino, Le mostraré la salvación de Dios. (Salmo 50:14-15, 23)

Ahora bien, las palabras del Señor se presentan como una resolución divina. La expresión “por cuanto” que se utiliza aquí (“kı̂y”, H3588) sirve para dictar la decisión divina que cubre a aquellos que han decidido habitar al abrigo del Altísimo y morar bajo la sombra del Omnipotente. Esa expresión inicial además de poseer una carga decisional, también posee un peso judicial muy grande.

Un ejemplo de esto lo encontramos en la sentencia que Dios dicta sobre la serpiente en el capítulo tres (3) del libro de Génesis.

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14 Y Jehová Dios dijo a la serpiente: Por cuanto esto hiciste, maldita serás entre todas las bestias y entre todos los animales del campo; sobre tu pecho andarás, y polvo comerás todos los días de tu vida. (Genesis 3:14)

Así también, la sentencia que Dios dicta sobre los hombres durante el proceso de desahucio que se llevó a cabo en el Edén.

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17 Y al hombre dijo: Por cuanto obedeciste a la voz de tu mujer, y comiste del árbol de que te mandé diciendo: No comerás de él; maldita será la tierra por tu causa; con dolor comerás de ella todos los días de tu vida. 18 Espinos y cardos te producirá, y comerás plantas del campo. 19 Con el sudor de tu rostro comerás el pan hasta que vuelvas a la tierra, porque de ella fuiste tomado; pues polvo eres, y al polvo volverás. (Genesis 3:17-19)

Otro ejemplo similar lo encontramos en la sentencia dictada sobre Sodoma y Gomorra, las ciudades cuyo pecado era tanto que llegó como abominación ante la Presencia de Dios.

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20 Entonces Jehová le dijo: Por cuanto el clamor contra Sodoma y Gomorra se aumenta más y más, y el pecado de ellos se ha agravado en extremo, 21 descenderé ahora, y veré si han consumado su obra según el clamor que ha venido hasta mí; y si no, lo sabré. (Genesis 18:20-21)

Un ejemplo bíblico de otra resolución divina motivada por el amor hacia Dios lo podemos encontrar en la narrativa bíblica que describe la parte final de la historia del sacrificio de Isaac.

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12 Y dijo: No extiendas tu mano sobre el muchacho, ni le hagas nada; porque ya conozco que temes a Dios, por cuanto no me rehusaste tu hijo, tu único. 13 Entonces alzó Abraham sus ojos y miró, y he aquí a sus espaldas un carnero trabado en un zarzal por sus cuernos; y fue Abraham y tomó el carnero, y lo ofreció en holocausto en lugar de su hijo. 14 Y llamó Abraham el nombre de aquel lugar, Jehová proveerá. Por tanto se dice hoy: En el monte de Jehová será provisto. 15 Y llamó el ángel de Jehová a Abraham segunda vez desde el cielo, 16 y dijo: Por mí mismo he jurado, dice Jehová, que por cuanto has hecho esto, y no me has rehusado tu hijo, tu único hijo; 17 de cierto te bendeciré, y multiplicaré tu descendencia como las estrellas del cielo y como la arena que está a la orilla del mar; y tu descendencia poseerá las puertas de sus enemigos. 18 En tu simiente serán benditas todas las naciones de la tierra, por cuanto obedeciste a mi voz.  (Génesis 22:12-18)

Así mismo hay otro ejemplo de una resolución divina, pero esta vez motivada por la gracia de Dios.

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17 Y Jehová dijo a Moisés: También haré esto que has dicho, por cuanto has hallado gracia en mis ojos,  te he conocido por tu nombre. 18 El entonces dijo: Te ruego que me muestres tu gloria. (Éxodo 33:17-18)

Repetimos que la resolución divina que describe el Salmo 91 es producida como una respuesta provocada por el amor del salmista hacia Dios. El amor de Dios dicta una sentencia en esos versos, una resolución divina que describe la decisión final de Dios.

Hay que comprender que esta no es la única ocasión en que el amor de Dios conduce al Eterno a dictar una sentencia provocada por Su amor por nosotros.

El Apóstol Juan nos dice lo siguiente acerca de esto en su Evangelio:

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16 Porque de tal manera amó Dios al mundo, que ha dado a su Hijo unigénito, para que todo aquel que en él cree, no se pierda, mas tenga vida eterna. 17 Porque no envió Dios a su Hijo al mundo para condenar al mundo, sino para que el mundo sea salvo por él. (Jn 3:16-17)

La sentencia de muerte que operó sobre Cristo garantiza nuestra salvación; que seamos amados por Dios hasta el fin (Juan 13:1).

Es por eso que el Apóstol Pablo nos dice que es el amor de Dios el que le conduce a dictar una sentencia de muerte para Su Hijo Amado, nuestro Señor y Salvador Jesús. La Biblia dice lo siguiente acerca de esto:

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31 ¿Qué, pues, diremos a esto? Si Dios es por nosotros, ¿quién contra nosotros? 32 El que no escatimó ni a su propio Hijo, sino que lo entregó por todos nosotros, ¿cómo no nos dará también con él todas las cosas? 33 Quién acusará a los escogidos de Dios? Dios es el que justifica. 34 Quién es el que condenará? Cristo es el que murió; más aún, el que también resucitó, el que además está a la diestra de Dios, el que también intercede por nosotros.   (Romanos 8:31-34)

El amor que Dios describe en el verso 14 del Salmo 91 (“châshaq”, H2836) es uno que se aferra, que se apega[1] y que se adhiere. Se trata de un amor que se deleita, que se entrega, que se deja ceñir, [2] que se amolda,[3] que anhela o que quiere[4], que busca agradar a Dios.[5] Ese es el amor que provoca que Dios derrame todas esas promesas y todas las bendiciones que describen los últimos versos del Salmo 91.

Es importante destacar que el amor que Dios está describiendo es el amor del creyente que va a recibir las bendiciones y el cumplimiento de las promesas divinas.

Es el creyente que Dios describe en este salmo el que se deleita en el Señor.

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1 Bienaventurado el varón que no anduvo en consejo de malos, Ni estuvo en camino de pecadores, Ni en silla de escarnecedores se ha sentado; 2 Sino que en la ley de Jehová está su delicia, Y en su ley medita de día y de noche.  (Salmo 1:1-2)
1 Bienaventurado el hombre que teme a Jehová, Y en sus mandamientos se deleita en gran manera.   (Salmo 112:1)

Es ese creyente el que se entrega a Dios sin reservas. Es ese creyente el que se deja ceñir por el Señor y que se deja amoldar al propósito eterno.

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32 Dios es el que me ciñe de poder, Y quien hace perfecto mi camino; 33 Quien hace mis pies como de ciervas, Y me hace estar firme sobre mis alturas;”  (Salmo 18:32-33)

Creemos que es de ese amor del creyente que nos habla el Apóstol Pablo en su carta a los Romanos cuando nos dice lo siguiente:

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28 Y sabemos que a los que aman a Dios, todas las cosas les ayudan a bien, esto es, a los que conforme a su propósito son llamados.  (Romanos 8:28)

Así también nos habla el Apóstol Pablo cuando nos describe el propósito eterno al que se amoldan los creyentes.

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10 para que la multiforme sabiduría de Dios sea ahora dada a conocer por medio de la iglesia a los principados y potestades en los lugares celestiales, 11 conforme al propósito eterno que hizo en Cristo Jesús nuestro Señor,   (Efe 3:10-11)

El creyente que Dios describe en el verso 14 del Salmo 91 anhela a Dios, quiere más de Su presencia. El amor que Dios describe aquí nace del corazón de un creyente que busca agradar a Dios.

Es ese amor del creyente el que mueve a Dios a proclamar esta resolución.
Referencias

[1]  Así se utiliza en Gn 34:8.
[2]  Así se utiliza en Éxo 27:17.
[3]  Así se utiliza en Éxo 38:17.
[4]  Así se utiliza en Deut 7:17 y en 1 Rey 9:19.
[5]  Así se utiliza en Deut 10:15 y en Isa 38:17.

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