Reflexiones de Esperanza: Efesios: el poder de la oración (Parte VIII)

“15 Por esta causa también yo, habiendo oído de vuestra fe en el Señor Jesús, y de vuestro amor para con todos los santos, 16 no ceso de dar gracias por vosotros, haciendo memoria de vosotros en mis oraciones, 17 para que el Dios de nuestro Señor Jesucristo, el Padre de gloria, os dé espíritu de sabiduría y de revelación en el conocimiento de él, 18 alumbrando los ojos de vuestro entendimiento, para que sepáis cuál es la esperanza a que él os ha llamado, y cuáles las riquezas de la gloria de su herencia en los santos,”  (Efesios 1:15-18, RV 1960)
           
El análisis de las estructuras de las oraciones levantadas por el Apóstol Pablo en la Carta a Los Efesios nos ha conducido a estudiar la estructura de la oración del Padre Nuestro. Hemos seguido este carril analítico con el propósito de adquirir herramientas adicionales para analizar las estructuras de las oraciones que Pablo nos ha legado en la carta que estamos estudiando.

Sabemos que la primera oración que Pablo levanta (Efe 1:15-23) puede ser descrita como una oración que procura y pide el poder de Dios, el poder de Cristo y la autoridad de la Iglesia. Otra forma de estructurarla es definiendo que luego de la acción de gracias (vv.15-16) Pablo pide por el crecimiento de la relación con Dios (v. 17), por la capacidad para conocer más acerca de Dios y del futuro que se nos ha prometido (v.18), concluyendo con la oración por capacidad para entender cómo es que todo esto opera en nosotros (vv. 19-23).

Algunos especialistas en la predicación han propuesto que luego de la acción de gracias Pablo ora por la Iglesia, luego ora por visión, por el poder de Dios, para concluir orando por la autoridad y la soberanía de Cristo.[1] Todas estas apreciaciones son correctas[2], sin embargo estamos convencidos de que hay algo más en estas oraciones. El análisis del Padre Nuestro nos ha convencido de que las estructuras de las oraciones bíblicas emanan del vocabulario que se usa en estas.
             
Ya hemos analizado la diversidad de acercamientos que nos ofrece el Padre Nuestro en su primera frase: “Padre nuestro que estás en los cielos.” Ya hemos visto que ellas trascienden, que van más allá de la intimidad y la reverencia.
 
La frase “santificado sea tu nombre” nos presenta los mismos dilemas. Decir que queremos que el nombre de Dios sea santificado no implica que nosotros podemos santificar a Dios. Dios es absoluta y completamente santo por lo que no necesita ser santificado. Decir “santificado sea tu nombre” es declarar que el nombre de Dios es tan especial que merece y tiene que ser honrado. La expresión griega “agiastheto” (G37) significa que estamos aceptando y declarando que hay algo insuperable, nunca alcanzable, reverenciable, santo, en el nombre de Dios.
 
Conocer el nombre de Dios es conocer la revelación de esas áreas de sus personalidad, de su majestad, de quién es Él.
 
Como ha dicho Jorge de Juan Fernández[3], conocer el nombre de Dios supone conocer la esencia misma de Dios. El profesor de Juan Fernández dice algo muy interesante cuando analiza el pasaje bíblico en el que Moisés recibe la revelación de Dios en Sinaí (Éxo 3-4). De Juan argumenta, correctamente, que cuando Moisés le pregunta a Dios acerca de quién es el que le está hablando, literalmente le dice “¿qué cosa es tu nombre?” En otras palabras, el conocimiento del nombre de Dios es tan alto que supera todas las capacidades intelectuales y de abstracción humanas. Es interesante el dato que cuando Dios le contesta, en primer lugar le dice “Yo soy el que soy”  (“eheyé asher Eheyé”).
 
“14 Y respondió Dios a Moisés: YO SOY EL QUE SOY” (Éxodo 3:14a)
 
Luego Dios le dirá en ese mismo verso que Él es el “Yo soy” (“Eheyé”)
  
 “Y dijo: Así dirás a los hijos de Israel: YO SOY me envió a vosotros.” (Éxodo 3:14b)
           
Finalmente, y esto de Juan Fernández lo enfatiza con mucha gracia, Dios le dice a Moisés que su nombre es “Yawe” (YHWH):
 
“15 Además dijo Dios a Moisés: Así dirás a los hijos de Israel: Jehová, el Dios de vuestros padres, el Dios de Abraham, Dios de Isaac y Dios de Jacob, me ha enviado a vosotros. Este es mi nombre para siempre; con él se me recordará por todos los siglos.” (Éxodo 3:15)
 
Algunos exégetas han dicho que ese nombre (YHWH), que nosotros traducimos como Jehová, significa “Él es”. Dios no ha sido, ni será: Dios es. O sea, ya que Dios es perfecto, la reflexión de Sí mismo es perfecta y el conocimiento de su nombre nos atrae a la conciencia y al conocimiento perfecto que Él tiene de Su eterna existencia.
 
Lo que hace aún más interesante todo esto es que Dios revela su nombre tres (3) veces en esta ocasión. ¿Será esto una expresión trinitaria?
 
Desde el punto de vista de la oración del Padre Nuestro, aquellos que oramos tenemos que estar convencidos de que el nombre de Dios es sinónimo de Su naturaleza, de Su carácter, y de Su personalidad. Este es un presupuesto vital de nuestra fe. La Biblia lo afirma así. Por ejemplo, la oración que Salomón levanta predica que el templo que se ha edificado es una casa de oración para que todos los peublos conozcan el nombre del Señor y le teman:
 
“43 tú oirás en los cielos, en el lugar de tu morada, y harás conforme a todo aquello por lo cual el extranjero hubiere clamado a ti, para que todos los pueblos de la tierra conozcan tu nombre y te teman, como tu pueblo Israel, y entiendan que tu nombre es invocado sobre esta casa que yo edifiqué.”   (1 Reyes 8:43)
 
El salmista decía que esto era vital para la vida:
“10 En ti confiarán los que conocen tu nombre, Por cuanto tú, oh Jehová, no desamparaste a los que te buscaron.”   (Salmos 9:10)

“7 Estos confían en carros, y aquéllos en caballos; Mas nosotros del nombre de Jehová nuestro Dios tendremos memoria.”  (Salmos 20:7)
             
La Biblia dice que Cristo posee ese nombre que es sobre todo nombre.
  
“9 Por lo cual Dios también le exaltó hasta lo sumo, y le dio un nombre que es sobre todo nombre,”   (Fil 2:9)
             
En otras palabras, Cristo es, Él es.
 
Es por esto que hay que santificar el nombre de Dios, hay que reverenciarlo, hay que reconocerlo y adorarlo, aantes de pedir por el establecimiento del Reino Dios. En otras palabras, no hay ambiente para manejar las bendiciones de Dios si Él no es santificado entre nosotros. Hay que respetar el nombre de Dios. Hay que alabarle considerando el lugar que tiene y que le corresponde. No se debe tomar ese Nombre en vano.
 
Dios posee un lugar único, su Nombre así lo afirma. Cuando le llamamos Alfa y Omega, Rey de reyes, Señor de señores o León de la Tribu de Judá, afirmamos su eternidad, su majestad y su grandeza. Cuando le llamamos, Anciano de días, Estrella de la mañana, Rosa de Sarón, afirmamos, entre otras cosas, su revelación y su eternidad. Cuando le llamamos Cristo afirmamos Su gracia, Su misericordia, y Su fidelidad. Al mismo tiempo, cuando le llamamos Cristo afirmamos la revelación máxima de su naturaleza. Decimos que Dios es. Su nombre es Cristo.
             
Repetimos las palabras paulinas a la Iglesia en la ciudad de Filipo:
 
“5 Haya, pues, en vosotros este sentir que hubo también en Cristo Jesús, 6 el cual, siendo en forma de Dios, no estimó el ser igual a Dios como cosa a que aferrarse, 7 sino que se despojó a sí mismo, tomando forma de siervo, hecho semejante a los hombres; 8 y estando en la condición de hombre, se humilló a sí mismo, haciéndose obediente hasta la muerte, y muerte de cruz. 9 Por lo cual Dios también le exaltó hasta lo sumo, y le dio un nombre que es sobre todo nombre, 10 para que en el nombre de Jesús se doble toda rodilla de los que están en los cielos, y en la tierra, y debajo de la tierra; 11 y toda lengua confiese que Jesucristo es el Señor, para gloria de Dios Padre”   (Fil ipenses2:5-11)
 
Debemos destacar que la palabra clave en todas estas expresiones es la siguiente: “Reverencia.”
 
Sí, esa es la palabra clave. Cuando decimos “santificado sea tu nombre” estamos expresando nuestra reverencia ante la santidad de la revelación de Dios. No olvidemos que mencionar el nombre de Dios es aceptar Su trascendencia y como dice de Juan Fernández “implica la certeza acerca de la presencia de Dios a favor de su pueblo.”[4] Vivir en Cristo es la oportunidad que la gracia nos concede para comprobar y testificar acerca de la grandeza que hay en ese nombre que es sobre todo nombre.
 
Gerhard von Rad decía que la historia de la liberación comienza con la revelación del nombre de Dios.[5] Él decía que la historia de la salvación comienza en Israel con la revelación de la actividad de Dios. Dios se auto-revela por medio de palabras, de hechos y mediante la revelación de Su nombre.[6] Es por esto que la reverencia ante ese nombre es vital.
 
Los textos bíblicos no cesan de enfatizarlo. Por ejemplo:
 
“5 Porque tu marido es tu Hacedor; Jehová de los ejércitos es su nombre; y tu Redentor, el Santo de Israel; Dios de toda la tierra será llamado. 6 Porque como a mujer abandonada y triste de espíritu te llamó Jehová, y como a la esposa de la juventud que es repudiada, dijo el Dios tuyo. 7 Por un breve momento te abandoné, pero te recogeré con grandes misericordias. 8 Con un poco de ira escondí mi rostro de ti por un momento; pero con misericordia eterna tendré compasión de ti, dijo Jehová tu Redentor.” (Isaias 54:5-8)
 
“28 Así que, recibiendo nosotros un reino inconmovible, tengamos gratitud, y mediante ella sirvamos a Dios agradándole con temor y reverencia; 29 porque nuestro Dios es fuego consumidor”  (Hebreos 12:28-29)
 
“8 Nuestro socorro está en el nombre de Jehová, Que hizo el cielo y la tierra.”  (Salmos 124:8)
   
Es de ese Nombre y en ese Nombre que recibimos restauración:
 
“41 Como incienso agradable os aceptaré, cuando os haya sacado de entre los pueblos, y os haya congregado de entre las tierras en que estáis esparcidos; y seré santificado en vosotros a los ojos de las naciones. 42 Y sabréis que yo soy Jehová, cuando os haya traído a la tierra de Israel, la tierra por la cual alcé mi mano jurando que la daría a vuestros padres. 43 Y allí os acordaréis de vuestros caminos, y de todos vuestros hechos en que os contaminasteis; y os aborreceréis a vosotros mismos a causa de todos vuestros pecados que cometisteis. 44 Y sabréis que yo soy Jehová, cuando haga con vosotros por amor de mi nombre, no según vuestros caminos malos ni según vuestras perversas obras, oh casa de Israel, dice Jehová el Señor.”  (Eze 20:41-44)
  
“13 porque todo aquel que invocare el nombre del Señor, será salvo.”  (Romanos 10:13)
 
Conociendo estos datos tenemos que conluir que la invitación a santificar el nombre de Dios va mucho más allá de expresar una alabanza o manifestar una expresión de reverencia. Esa expresión es una aseveración de lo que somos; hijos de Dios redimidos por la sangre de Cristo. Esta es una de las razones por la que esta oración, la del Padre Nuestro, es la oración del discípulo y no la oración de cualquiera que desee orar.
 
Es imposible declarar con sinceridad lo que dice esa oración sin haberlo experimentado. Hay que haber desarrollado la convicción de que Dios es. Tenemos que haber desarrollado conciencia de Su presencia, reconociendo la clase de Dios que Él es: incomparable, inmortal, que habita en luz inaccesible (1 Tim 6:16): santo, santo santo (Isa 6:1-8).
 
Recordemos que esta frase en la oración del Padre Nuestro no trata acerca del concocimeinto que tengamos del nombre de Dios. Esta frase trata acerca de la reverencia y del honor que le hemos adscrito a ese nombre. Esto nos lleva a concluir que la frase “santificado sea tu nombre” conduce a la reverencia, a la sumisión, a la obediencia y al amor a Dios como respuesta a su revelación en Cristo Jesús Señor nuestro.
Referencias

[1]  https://www.christianstudylibrary.org/article/ephesians-115-23-wealth-believers.
   
[2]  Es muy importante señalar que podemos diferir de algunas posturas teológicas que encontramos en los recursos  que proveemos aquí. No obstante, esto no menoscaba la estructura que estos han presentado.
   
[3]  https://revistas.unlp.edu.ar/DyH/article/view/9350/8896 (Jorge de Juan Fernández)

[4] Ibid. p. 4
   
[5]  von Rad, G. (Cuarta edición, 1980). Teología del Antiguo Testamento II. Salamanca: Sígueme, (p. 283)
   
[6] Ibid.p. 462

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