Reflexiones de Esperanza: Efesios: el poder de la oración (Parte XI)

“15 Por esta causa también yo, habiendo oído de vuestra fe en el Señor Jesús, y de vuestro amor para con todos los santos, 16 no ceso de dar gracias por vosotros, haciendo memoria de vosotros en mis oraciones, 17 para que el Dios de nuestro Señor Jesucristo, el Padre de gloria, os dé espíritu de sabiduría y de revelación en el conocimiento de él, 18 alumbrando los ojos de vuestro entendimiento, para que sepáis cuál es la esperanza a que él os ha llamado, y cuáles las riquezas de la gloria de su herencia en los santos,”  (Efesios 1:15-18, RV 1960)

El análisis de la Carta a Los Efesios nos ha insertado en el análisis de la oración. Estudiar las oraciones que Pablo regala en esta carta requiere la obtención de destrezas específicas para conocer su estructura. Es cierto que el Espíritu Santo le da a todos los creyentes en Cristo la oportunidad de recibir el discernimiento necesario para entender el mensaje central de esas oraciones (Efe 1:15-23; 3:14-21). No obstante, las interioridades de esas oraciones solo pueden ser conocidas mediante el estudio intenso y profundo. Se requieren de algunas herramientas para poder realizar esta tarea.

El análisis del Padre Nuestro, la oración modelo que Cristo nos regaló, nos ha servido como herramienta para este tipo de estudio  (Mat 6:9-13; Lcs 11:1-4). La frase “hágase tu voluntad” continúa en el centro de estas reflexiones.

Decíamos en la reflexión anterior que “cuando pedimos en oración, “hágase tu voluntad”, estamos reconociendo el derecho que tiene Dios de gobernar” sobre toda la creación. Decíamos en esa reflexión que nuestra naturaleza nos inclina a querer que se imponga nuestra voluntad. Esta es una de las razones por las que hay que pedir en oración que esto suceda; que Dios haga Su voluntad. Ya sabemos que no se trata de pedir a Dios que cumpla con nuestros deseos y mucho menos que Dios trabaje entre nosotros eso que los griegos llamaban “boulomai” (G1014): voluntad pasiva. Se trata de la separación de los impulsos subjetivos que pueden malear nuestras oportunidades para someternos a Dios (voluntariamente) y pedirle que nos “imponga” Su determinación.

También sabemos que podemos pedir esto con resignación y derrota: porque no hay más opciones. Sabemos que lo podemos pedir con resentimiento y amargura: porque nosotros deseábamos otras cosas. No obstante, la oración del Padre Nuestro nos invita a hacerlo con perfecto amor y confianza. Esto entonces requerirá la intervención del Espíritu Santo. Esto es así, porque todos sabemos que hay ocasiones en que las que la perfecta voluntad de Dios nos puede llevar a caminar por los valles de sombra de muerte y aceptar esto con perfecto amor y confianza necesita la intervención de la tercera Persona de la Trinidad.

“9 Por lo cual también nosotros, desde el día que lo oímos, no cesamos de orar por vosotros, y de pedir que seáis llenos del conocimiento de su voluntad en toda sabiduría e inteligencia espiritual, 10 para que andéis como es digno del Señor, agradándole en todo, llevando fruto en toda buena obra, y creciendo en el conocimiento de Dios; 11 fortalecidos con todo poder, conforme a la potencia de su gloria, para toda paciencia y longanimidad; ” (Colosenses 1:9-11)

Esto no es otra cosa sino la convicción de la seguridad de la sabiduría de Dios y de Su amor. Sabemos que este es un asunto muy importante para todos los creyentes en Cristo.

Repetimos: pedir que se haga la voluntad de Dios es una demostración de nuestra confianza en que Él sabe lo que es mejor. Es una declaración de sumisión a los caminos de Dios y a Sus planes. Pedimos que nuestra voluntad se ajuste a la suya.

Ahora bien, pedir que el Señor haga Su voluntad entre nosotros implica muchas cosas. Sin embargo, es otra cosa pedir que Él lo haga produciendo que lo que sucede en el cielo acontezca aquí entre nosotros. Es esta acción que provoca el Espíritu Santo la que permite que uno de los resultados de esas oraciones sea el desarrollo de unas características muy distintintivas en el creyente. Se trata de las características que se desarrollan en aquellos que conocen la voluntad del Padre. La Biblia señala algunos de estos distintivos. Por ejemplo, en la Carta a Los Colosenses encontramos las siguientes descripciones:

“6 Por tanto, de la manera que habéis recibido al Señor Jesucristo, andad en él; 7 arraigados y sobreedificados en él, y confirmados en la fe, así como habéis sido enseñados, abundando en acciones de gracias.” (Colosenses 2:6-7)

“15 Y la paz de Dios gobierne en vuestros corazones, a la que asimismo fuisteis llamados en un solo cuerpo; y sed agradecidos. 16 La palabra de Cristo more en abundancia en vosotros, enseñándoos y exhortándoos unos a otros en toda sabiduría, cantando con gracia en vuestros corazones al Señor con salmos e himnos y cánticos espirituales. 17 Y todo lo que hacéis, sea de palabra o de hecho, hacedlo todo en el nombre del Señor Jesús, dando gracias a Dios Padre por medio de él.” (Colosenses 3:15-17)

Decíamos en nuestra reflexión anterior que el conocimiento de la voluntad divina está relacionado a esa esperanza que nunca nos deja en vergüenza (Rom 5:5). Afirmamos que este conocimiento, tal y como lo dice el Apóstol Pablo, requiere y se fundamenta en sabiduría e inteligencia espiritual. El resultado de todo esto es poder presentar al creyente ante Cristo como una obra terminada, acabada, una obra perfeccionada.

“24 Ahora me gozo en lo que padezco por vosotros, y cumplo en mi carne lo que falta de las aflicciones de Cristo por su cuerpo, que es la iglesia; 25 de la cual fui hecho ministro, según la administración de Dios que me fue dada para con vosotros, para que anuncie cumplidamente la palabra de Dios, 26 el misterio que había estado oculto desde los siglos y edades, pero que ahora ha sido manifestado a sus santos, 27 a quienes Dios quiso dar a conocer las riquezas de la gloria de este misterio entre los gentiles; que es Cristo en vosotros, la esperanza de gloria, 28 a quien anunciamos, amonestando a todo hombre, y enseñando a todo hombre en toda sabiduría, a fin de presentar perfecto en Cristo Jesús a todo hombre;”(Colosenses 1:24-28)

Esto es así porque conocer la voluntad de Dios y aceptarla con amor y confianza nos expone a conocer lo que hay en el corazón de Dios.

“2 para que sean consolados sus corazones, unidos en amor, hasta alcanzar todas las riquezas de pleno entendimiento, a fin de conocer el misterio de Dios el Padre, y de Cristo, 3 en quien están escondidos todos los tesoros de la sabiduría y del conocimiento.” (Colosenses 2:2-3)

Sabemos que algunos deben estar preguntándose qué tiene que ver todo esto con la Carta a Los Efesios y con las oraciones que Pablo levanta en esta. Hay varias avenidas que podemos utilizar para responder a esta pregunta. Una de ellas es señalar el uso del concepto “voluntad” en esa carta. Hay que destacar que el Apóstol utiliza este concepto (“thelēma”, G2307) en siete ocasiones en la Carta a Los Efesios: Efe 1:1,5,9,11; 2:3; 5:17; 6:6.

Por ejemplo, Pablo sabe que es Apóstol por la voluntad de Dios:

“1 Pablo, apóstol de Jesucristo por la voluntad de Dios, a los santos y fieles en Cristo Jesús que están en Éfeso:” (Efesios 1:1)

Él sabe que la predestinación, o sea, la adopción (Efe 1:5) y la transformación hasta ser como Cristo que le ha sido prometida a los creyentes (Rom 8:29), es por la voluntad de Dios.  

“5 en amor habiéndonos predestinado para ser adoptados hijos suyos por medio de Jesucristo, según el puro afecto de su voluntad,”  (Efesios 1:5)

Este dato es muy importante. Nadie es predestinado para ser salvo, así como nadie es predestinado para perderse o ir al infierno. La Biblia dice que la predestinación que recibimos es a ser adoptados como hijos de Dios  y a ser hechos concforme a la imagen de Cristo, el Hijo de Dios.

“29 Porque a los que antes conoció, también los predestinó para que fuesen hechos conformes a la imagen de su Hijo, para que él sea el primogénito entre muchos hermanos. 30 Y a los que predestinó, a éstos también llamó; y a los que llamó, a éstos también justificó; y a los que justificó, a éstos también glorificó.”  (Romanos 8:29-30)

¿A quiénes llamó Dios para esto? No olvidemos que la Biblia dice que muchos son llamados y pocos escogidos (Mat 22:14) ¿Cuál es la voluntad de Dios respecto a esto? La Biblia responde a esa pregunta de la siguiente manera:

“9 El Señor no retarda su promesa, según algunos la tienen por tardanza, sino que es paciente para con nosotros, no queriendo que ninguno perezca, sino que todos procedan al arrepentimiento.”  (2 Pedro3:9)

“25 Como también en Oseas dice: Llamaré pueblo mío al que no era mi pueblo, Y a la no amada, amada. 26 Y en el lugar donde se les dijo: Vosotros no sois pueblo mío, Allí serán llamados hijos del Dios viviente.”  (Romanos 9:25-26)

Esta promesa está en pie para todos los que son llamados que deciden aceptar la invitación del Señor. Esto es, si deciden ser fieles hasta el fin.

“13 Mas el que persevere hasta el fin, éste será salvo.” (Mateo 10:22b; 24:13; Mcs 13:13b)

Regresando al tema de la voluntad de Dios en la Carta a Los Efesios, Pablo dice allí que la voluntad de Dios es revelarnos el misterio de la salvación en Cristo Jesús:

“9 dándonos a conocer el misterio de su voluntad, según su beneplácito, el cual se había propuesto en sí mismo, 10 de reunir todas las cosas en Cristo, en la dispensación del cumplimiento de los tiempos, así las que están en los cielos, como las que están en la tierra.”  (Efesios 1:9-10)

Además, él dice que todo esto forma parte del designio (“boulē”, G1012) de la voluntad divina. O sea, que ese el deseo de Dios,la determinación de Su voluntad. Esto que Dios quiere para nosotros es darnos herencia para convertirnos en alabanza del Hijo, así como lo somos del Padre (Efe 1:3) y del Espíriu Santo (Efe 1:13-14).

“11 En él asimismo tuvimos herencia, habiendo sido predestinados conforme al propósito del que hace todas las cosas según el designio de su voluntad, 12 a fin de que seamos para alabanza de su gloria, nosotros los que primeramente esperábamos en Cristo.”  (Efesios 1:11-12)

Pablo añade que antes de todo esto nosotros vivíamos bajo los efectos de nuestra voluntad.

“3 entre los cuales también todos nosotros vivimos en otro tiempo en los deseos de nuestra carne, haciendo la voluntad de la carne y de los pensamientos, y éramos por naturaleza hijos de ira, lo mismo que los demás.”  (Efesios 2:3)

El Apóstol señala que es la gracia y la misericordia de Dios la que transformaron esas realidades.

“4 Pero Dios, que es rico en misericordia, por su gran amor con que nos amó, 5 aun estando nosotros muertos en pecados, nos dió vida juntamente con Cristo (por gracia sois salvos), 6 y juntamente con él nos resucitó, y asimismo nos hizo sentar en los lugares celestiales con Cristo Jesús,  7 para mostrar en los siglos venideros las abundantes riquezas de su gracia en su bondad para con nosotros en Cristo Jesús. 8 Porque por gracia sois salvos por medio de la fe; y esto no de vosotros, pues es don de Dios; 9 no por obras, para que nadie se gloríe.” (Efesios 2:4-9)
 
Pablo concluye, luego de revelarnos la parénesis (el consejo moral) y la teología eclesiástica (teología acerca de la Iglesia) que distinguen esta carta, que nosotros hemos sido llamados a vivir con la ética del Reino de Dios. Pablo dice que esto requiere entender la voluntad de Dios.

“15 Mirad, pues, con diligencia cómo andéis, no como necios sino como sabios, 16 aprovechando bien el tiempo, porque los días son malos. 17 Por tanto, no seáis insensatos, sino entendidos de cuál sea la voluntad del Señor.”   (Efesios 5:15-17)

Él concluye que todo esto nos llevará a comprender que servimos al Señor con todo y en todo lo que hacemos y que lo debemos hacer de buena gana, con bondad y benevolencia (“eunoia”, G2133).

“6 no sirviendo al ojo, como los que quieren agradar a los hombres, sino como siervos de Cristo, de corazón haciendo la voluntad de Dios; 7 sirviendo de buena voluntad, (“eunoia”, G2133) como al Señor y no a los hombres,” (Efesios 6:6-7)

Concluimos; estas aseveraciones paulinas acerca de la voluntad de Dios y de la nuestra ponen en relieve la necesidad de orar pidiendo a Dios que nos enseñe a aceptar Su voluntad, a hacerla nuestra, a amarla y a aprender a vivir en ella con perfecto amor y confianza. En otras palabras, hay que pedir lo que dice el Padre Nuestro: “Hágase tu voluntad, como en el cielo, así también en la tierra.” (Mateo 6:10b).

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