Reflexiones de Esperanza: Efesios: el poder de la oración (Parte XIV)

“15 Por esta causa también yo, habiendo oído de vuestra fe en el Señor Jesús, y de vuestro amor para con todos los santos, 16 no ceso de dar gracias por vosotros, haciendo memoria de vosotros en mis oraciones, 17 para que el Dios de nuestro Señor Jesucristo, el Padre de gloria, os dé espíritu de sabiduría y de revelación en el conocimiento de él, 18 alumbrando los ojos de vuestro entendimiento, para que sepáis cuál es la esperanza a que él os ha llamado, y cuáles las riquezas de la gloria de su herencia en los santos,”  (Efesios 1:15-18, RV 1960)
           
Las oraciones del Apóstol Pablo que aparecen en la Carta a Los Efesios han provocado que estemos inmersos en el análisis de lo que es la oración. Sabemos que el Apóstol Pablo fue inspirado por el Espíritu Santo para regalarnos dos (2) de esas oraciones en esa carta (Efe 1:15-23; 3:14-21).

La Biblia está llena de oraciones elevadas al cielo por hombres y mujeres que servían fervientemente al Señor. Algunas de esas oraciones son más largas que las otras. De hecho, hay oraciones extensísimas registradas en la Biblia que salieron de los corazones de hombres como Salomón (2 Cró 6:1-42) y como Daniel (Dan 9:4-19). A otros, como a Nehemías, los encontramos orando constantemente, mientras se desarrollaban las labores de la reconstrucción de la ciudad de Jerusalén. En fin, las oraciones forman parte de la esencia, de la base fundamental de la Palabra de Dios, así como de todos los creyentes. Las oraciones de Moisés, las de David, las de Pablo y las de Cristo, aparecen como algunas de las joyas literarias inspiradas por el Espíritu Santo para enriquecer nuestra fe y para enseñarnos a orar.

Hemos decidido insertar algunas ideas acerca de la oración de un Rabino llamado Abraham J. Heschel[1] (1907-1972). Claro está, lo que compartiremos aquí ha sido revisado y editado para que responda a la teología Cristiana de la oración.
 
Heschel decía que la oración es nuestro apego, nuestra conexión al máximo. Decía él que cuando no tenemos a Dios cerca, “a la vista”, somos como peldaños dispersos de una escalera rota. Para este rabino judío, la acción de orar es convertirse en la escalera por la que nuestros pensamientos suben a Dios, para unirnos al movimiento hacia Él que se produce, sin que se anuncie, en todo el universo.
 
Heschel decía que orar es una forma de aprender a discernir entre aquello que marca el camino y aquello que es trivial, entre lo que es vital y lo que es fútil, de ser capaces de recibir el consejo, de conocer la voluntad de Dios. Orar clarifica nuestras esperanzas y nuestras intenciones. Heschel decía que orar nos ayuda a descubrir los derroteros correctos a los que debe aspirar el corazón, las punzadas y los dolores que ignoramos, y los anhelos genuinos que olvidamos (los del Espíritu). Heschel veía la oración como una cuarentena del alma, porque nos obliga a ser honestos, decir lo que realmente creemos (solo un enfermo mental le miente a Dios) y a salir de allí manteniendo las convicciones desarrolladas por nuestra fe y nuestra relación con Dios.
 
La base de la oración es el acuerdo y la convicción de que a esa conciencia alumbrada por el
Señor en medio de la oración, Dios le ha implantado los ideales y los fundamentos de la fe que deben ser apreciados. Para Heschel la oración es la esencia de la vida espiritual. Para él, el centro de la oración, la finalidad de la oración no es la de orar. La finalidad es el encuentro con Dios.
 
Dios es el centro de la oración. Su acción, dirigida por el Espíritu Santo (Rom 8:26), nos permite profundizar en aquello que está más allá de nuestras creencias y de nuestros deseos, emergiendo de allí con un sabor renovado para lo que él llamaba “la infinita simplicidad de lo que es bueno.”[2]
 
La oración hace posible que nuestros afectos y deseos sean transformados por los afectos y los deseos de Dios. Es como un rayo de luz que nos lanzan desde la oscuridad. En esa luz, la de la oración en el Espíritu de Dios, nosotros que vamos caminando a tientas, tropezamos y decidimos ascender, y descubrimos en dónde nos encontramos en nuestra peregrinación con Dios y hacia Dios. La oración nos hace tropezar para hacernos descubrir qué es lo que realmente nos rodea y el curso de acción que tenemos que desarrollar luego de haber escuchado la voz de Dios.
 
Ahora bien, no olvidemos que los creyentes en Cristo oramos en el nombre de Jesús nuestro Señor y nuestro Salvador.
 
Todo esto que hemos compartido es así porque el Espíritu Santo usa la oración para hacer visible lo que es correcto y revelar aquello que es falso o que es un obstáculo. El Espíritu de Dios ilumina el camino de la oración, y en su brillo podemos contemplar el valor real de nuestros esfuerzos, el alcance de nuestras expectativas y esperanzas y el significado de nuestras acciones. La oración nos permite ser corregidos, facilita el proceso de aceptar la corrección, deshace los nudos creados por la envidia, el desaliento y el resentimiento, por la angustia y el dolor. La luz del Espíritu de Dios disipa todo esto como si fueran sombras que han querido entorpecer nuestra búsqueda del Señor y de Su santa y bendita voluntad.
 
Tal y como ha dicho el salmista, orar no es un evento. Orar es un proceso en el que aprendemos a caminar a la luz del rostro del Señor, aclamándole todos los días, alegrándonos en Su nombre todo el día porque hemos aprendido a confiar en que la justicia y el derecho son el fundamento del trono del Eterno.
 
“14 Justicia y juicio son el cimiento de tu trono; Misericordia y verdad van delante de tu rostro. 15 Bienaventurado el pueblo que sabe aclamarte; Andará, oh Jehová, a la luz de tu rostro. 16 En tu nombre se alegrará todo el día, Y en tu justicia será enaltecido.”  (Salmos 89:14-16)
 
Es aquí, en este punto de encuentro con el Eterno, que aparecen los espacios para trabajar con nuestras necesidades. Es por eso que la oración del Padre Nuestro posterga la presentación de nuestras necesidades. Esa oración proclama que estas sean presentadas luego que hayamos descubierto el significado que posee la oración y el testimonio que ella ofrece acerca de nuestros conceptos de Dios. La oración revela cuál es el concepto de Dios que tenemos.
 
Antes de entrar a esas necesidades tenemos que destacar unas contribuciones magistrales ofrecidas por Ermes Ronchi. Ermes escribió un libro hermosísimo acerca del Padre Nuestro: El canto del pan.[3] Este libro me fue obsequiado en el año 2008.
 
En ese libro Ermes dice que el Padre Nuestro no es una fórmula. Él dice que esta es una de las razones por las que tenemos dos (2) versiones distintas, una en Lucas (Lcs 11:1-4) y otra en Mateo (Mat 6:9-13). De hecho, apunta él correctamente, que hay otra versión más larga, larguísima, en el capítulo 17 del Evangelio de Juan.
 
Ermes dice que esta es una de las razones por las que los primeros discípulos no se preocuparon de recoger materialmente las palabras de Jesús relacionadas con la oración. Él concluye que las palabras pueden variar, pero el contenido y el corazón son los mismos. Reiteramos que esto valida lo que hemos compartido: el Padre Nuestro no es una fórmula para que la repitamos al pie de la letra. Jesús, como ha dicho Ronchi, no se “molestó” en codificar su mensaje acerca de la oración con palabras cuya sintaxis sea lo que delimite sus valores definitivos. Ermes Ronchi dice que “todo esto sucede porque Jesús no quiere comunicar una formula cristalizada, sino el gemido y fuego de una pasión única por la vida, el eco de una existencia extraordinaria.” [4]
 
La petición que realizan los discípulos, “Enséñanos a orar” no significa enséñanos una oración. Es por esto que Jesús no enseña una fórmula para repetir, sino que la describe, revela un modo, una herramienta, una ruta para estar ante Dios. Al mismo tiempo, esta es una herramienta del Espíritu para aprender a estar correctamente con los otros, con los demás, con el prójimo: vivir en el mundo mientras estamos en el centro de la voluntad del Padre Celestial. Esta es la finalidad de esa oración. Eso es lo que persigue esta oración, la del Padre Nuestro.
 
Ermes apunta que esta es entonces una escuela de oración y que la “La escuela de oración de Jesús presupone su escuela de vida. Para comprender la oración de Cristo no basta conocer en general el mensaje del Reino, sino que es preciso sentir hasta el fondo los intereses de Jesús y vivir su misma aventura”[5]  
 
Es muy interesante el dato de que este escritor católico subraye que la oración del Padre Nuestro no es una oración para todos, sino que se trata de una oración para los discípulos del Señor, aquellos que están dispuestos a dejar casa, familia y profesión, a aquellos que lo han arriesgado todo, sin reservarse nada, para seguir al Salvador del mundo.
 
“Decir Padre nuestro significa que tenemos aquello que nos libera de la alienación del desconocimiento de Dios; decir Padre nuestro significa descubrir que somos hijos, lo cual nos libera de la alienación de nosotros mismos; significa descubrir que somos hermanos, lo cual nos libera de no comprender al otro y nos lo restituye como hermano.” [6]
 
Ronchi añade que la escuela de la oración de Jesús no nos dice las cosas por las que debemos orar, sino cómo debemos ser y vivir para poder orar de aquella forma. “La escuela de oración de Jesús presupone su escuela de vida: que vivamos proyectados hacia el Otro, que existamos para Dios, para sanar la vida. Jesús no nos ha revelado una oración, sino que ha revelado lo que nosotros somos a través de una oración.”[7]
 
Es aquí que él añade que en el Padre Nuestro nosotros nos convertimos en voz del dolor y, de esa forma, en voz de la creación. Dice él, sin equivocarse, que la oración del Padre Nuestro es una plegaria que él llama “expropiada,” o sea, de la que no podemos apropiarnos.
 
“Esta es la oración en la que nadie dice “yo”, nunca se dice “mío.” Es la oración en la que uno se libera de la tiranía de este “yo” que pretende colocarse siempre en el centro. La primera actitud para orar es un adentramiento, es aprender a decir tú: tu nombre, tu Reino, tu voluntad. Y en consecuencia, es aprender a decir nosotros: nuestro pan, nuestras deudas, nuestro mal.” [8]
 
Repetimos que es aquí, en este punto de encuentro con el Eterno, que aparecen los espacios para trabajar con nuestras necesidades.
 
“11 El pan nuestro de cada día, dánoslo hoy. 12 Y perdónanos nuestras deudas, como también nosotros perdonamos a nuestros deudores. 13 Y no nos metas en tentación, mas líbranos del mal;”  (Mateo 6:11-13)
             
Tal y como hemos visto anteriormente: la necesidad del presente, el pan. La necesidad del pasado, el perdón por los pecados cometidos. La necesidad del futuro: la dirección para no caer en la tentación. Lo primero es el producto de la provisión del Padre. Lo segundo es el producto de la gracia del Hijo. Lo tercero es la providencia del Espíritu Santo.
 Ermes Ronchi dice algo muy interesante acerca de nuestras necesidades:
 
“Dios no (siempre) nos libra de las olas peligrosas, pero puede darnos valentía dentro de la tempestad. Dios no es un sedante para nuestros miedos, ni una respuesta para nuestra necesidad de protección. Si nuestro Dios existiera sólo para librarnos de las olas y no para darnos valentía en medio del oleaje, entonces este Dios moriría o sería negado allí donde muere nuestra esperanza o se nos niega un sentido existencial, dentro de nuestras circunstancias.”
 
Pedir acerca del pan puede tener muchas implicaciones. La frase “el Pan nuestro de cada día” puede estar haciendo referencia al pan de la Cena del Señor. Esa petición podría estar haciendo referencia al pan de la Palabra de Dios. Esa petición podría estar haciendo referencia al pan como tipo de la presencia de Cristo. Esa petición podría estar haciendo referencia al pan cotidiano.
 
La verdad Escritural nos lleva a creer y nos conduce a la convicción de que Dios está interesado en nuestro bienestar. Dios está interesado en escuchar acerca de nuestra necesidad diaria. Es por esto que nos podemos levantar sin ansiedades cada mañana. Dios ha colocado Su gracia y Su providencia en el lugar que le corresponde: Él es nuestro Sustentador.
 
Erems Ronchi dice que en las tres (3) primeras peticiones que aparecen en el Padre Nuestro, somos nosotros, los seres humanos, los que nos ocupamos y nos preocupamos de la causa de Dios. En las otras cuatro (4) peticiones es Dios el que se ocupa y se preocupa de la causa del hombre. En el Padre Nuestro, Dios y el ser humano trabajan en equipo ocupándose en la causa del otro[9].
 
Él afirma que en esta oración el pan representa todo aquello que me hace vivir. Él añade que seguimos con vida por la misericordia de Dios y que esto no se lo debemos “a un entrelazamiento increíble de circunstancias favorables”: se lo debemos a Dios. Ronchi subraya que confesamos que recibimos de Dios este pan, este frágil milagro que es la vida, que vive y se sostiene de pan y de afectos: que se nutre de alimento y belleza. Es por eso que decimos “dánoslo hoy”, porque de mañana se encargará Dios.
 
Para Ronchi, el pan es don y conquista, porque Dios quiere que sus dones, sus regalos de amor y de gracia se conviertan en conquista nuestra. Para entender esto hace falta revisitar que el pan que llega a nuestras mesas, el que consumimos cada dia, aglutina toda una red de relaciones anónimas. Ese pan es el producto del trabajo de muchas manos. Esas manos han sembrado, esas manos han cosechado, esas manos se han colocado sobre grandes máquinas o desnudas sobre las semillas. Esas manos las han  recogido, las han molido, las han colocado en los hornos y en las cadenas de distribución. Esas manos se han colocado sobre el volante de camiones, de barcos, de trenes y en todo esto aparece la grandeza de Dios, aparece la fragilidad humana y nuestra miseria.[10]
 
Para Ronchi comer nunca significa simplemente nutrirse, sino que es como un acto y un rito de comunión. Comer convierte en compañeros a aquellos con los que compartimos el pan. El vocablo latin “compania”[11] es formado por las palabras “cum” (con) y “panis” (pan). Esta es la definición de un compañero. [12] Ronchi argumenta que esta oración no abre espacios para aquellos que sacian su propia hambre y miran con indiferencia a las multitudes de “lázaros” que nos rodean (Lcs 16:19-31). Como dice él, mirando con indiferencia a aquellos que viven “esperando las sobras de nuestra abundancia.”
 
No es una casualidad que Jesucristo haya convertido el pan en parte integral de nuestras ordenanzas o de nuestros sacramentos. Así como el pan diario produce la felicidad necesaria y humilde de la vida, así también solo Cristo Jesús puede satisfacer las necesidades de nuestras almas: solo Él nos puede hacer felices. Es por esto que Ronchi subraya que el pan es también fruto de comunión y hospitalidad. El pan que se pide en el Padre Nuestro debe ser sacramento, ordenanza  de comunión y de hospitalidad.
 
La oración del Padre Nuestro destaca que el pan es signo de comunicación de vida y para la vida. Y la vida nos se da en un vacío, ni en aislamiento. La vida ocurre en comunidad. Dios no puede escuchar mi plegaria si solo pido el pan para mí. Solo el pan nuestro es pan de vida, es pan de Dios.[13]
 
Nunca olvidemos que nosotros no somos los dueños de nuestras vidas. Nadie escoge cuando va nacer, en dónde ni porqué lo hará. Tampoco escogemos cuando vamos a morir. La vida se recibe como un regalo de Dios. Es por esto que es pecado decidir terminar con esta; porque estaríamos terminando con algo que no nos pertenece. Es de aquí que surge un axioma que muchos espiritualistas Cristianos repiten con frecuencia: la vida se alimenta de vida que se da.
 
Esta es una de las razones por las que la oración del Padre Nuestro nos enseña a q   ue nunca pidamos “lo mío.” En esa oración nunca aparece el pronombre Yo” y nunca se dice mío.
 
Esa forma de presentarnos la manera en la que debemos pedir es una escuela magistral para el desarrollo de la conciencia de la fe Cristiana.
 
Cerramos esta refexión con una cita directa de Ermes Ronchi:
 
“Pensad en la muchedumbre a la que Jesús sacia con la multiplicación del pan, donde un poco de pan es suficiente para todos, donde siete panes bastan para una muchedumbre. Esta es la primera regla desconcertante: un poco de pan partido entre todos resulta milagrosamente suficiente. Esta es una de las reglas misteriosas del Reino de Dios: mucho pan conservado celosamente para uno mismo no basta para saciar. Más aún, el hambre verdadera empieza cuando yo retengo mi pan para mí. El Reino de los cielos, es decir, la tierra tal como Dios la quiere, la patria verdadera del hombre es la comensalidad. No es el consumir a escondidas y de un modo voraz los propios recursos, no es la satisfacción apresurada y privada de las diversas hambres inútiles.” [14]
       
Aprendamos a orar desde este contexto diciendo: “El pan nuestro de cada día, dánoslo hoy.
Referencias
 
[1]  Heschel, Abraham Joshua. Man's Quest for God: Studies in Prayer and Symbolism. Aurora Press, Inc.. Kindle Edition.
 
[2] Ibid.
   
[3]  Ermes Ronchi. El canto del pan. Cinisello Bálsamo(Milano): Edizioni San Paolo 2002, Salamanca España:  Ediciones Sígueme 2005.
   
[4] Ibid. pp. 17-18.
   
[5] Ibid. p.18.
   
[6] Ibid. p. 27
   
[7] Ibid. p. 19.
   
[8] Ibid. pp. 19-20.
   
[9]  Ibid. p.71.
   
[10] Ibid. p.74.
   
[11] Se lee “compaña.”
   
[12] https://www.elcastellano.org/palabra/compañero

[13] Ermes Ronchi. El canto del pan….Ibid. p.75-76
   
[14] Ibid. pp. 76-77.

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