830 • El Heraldo Digital – Institucional • Volumen XVII • 9 de enero 2022

Un año nuevo: un año de sanidad y de restauración, de revelación y de transformación.
 (Pt. 2) 
Reflexión por el Pastor/Rector: Mizraím Esquilín-García
830 • El Heraldo Digital – Institucional • Volumen XVII • 9 de enero 2022


“3 Clama a mí, y yo te responderé, y te enseñaré cosas grandes y ocultas que tú no conoces.” (Jer 33:3)

 En el año 1938 el Rdo. Harry Emerson Fosdick publicó un libro titulado “A guide to understanding the Bible.”   Este libro surgió como repuesta a una inquietud que el Pastor Fosdick tenía. Él opinaba que los libros para estudiar y comprender teología estaban escritos de una forma muy rebuscada y complicada. En esos libros los textos en griego, en hebreo y en latín son citados sin traducción, generalmente hay ausencia de aplicaciones contextuales y las discusiones filosóficas aparecen sin descripciones de los filósofos eran parte de la orden de esa clase de publicaciones. Se asume que el lector conoce todas estas cosas.
Esto impedía que los pastores y los laicos pudieran tener acceso a una literatura de primer orden que les ayudara a entender la Biblia. Es de este contexto que nació la idea de escribir ese libro: para ayudar al pueblo a entender las Sagradas Escrituras.
Ese libro fue escrito después de la pandemia provocad por el flú español (1918-1919) y a finales de la Gran Depresión (1929-1938).
En ese libro Fosdick comparte algunas cosas acerca de la oración. Dentro de las aseveraciones que él hace acerca de la oración, Fosdick señala que la oración sincera es siempre una revelación del carácter de aquél que ora y que la generosidad en la oración espera por la magnanimidad de espíritu.
Fosdick cita aquí la invitación a la oración que hace Jeremías en tiempos de la desolación de Judá, ante las amenazas de destrucción y el cautiverio babilónico:

“7 Y procurad la paz de la ciudad a la cual os hice transportar, y rogad por ella a Jehová; porque en su paz tendréis vosotros paz.” (Jer 29:7)

 El día a día que este reino vivía tenía de todo menos esperanza de salvación, de sanidad y de restauración, de revelación y de transformación. Sin embargo, el llamado que Dios hacía a través de su profeta era a clamar a favor de la paz de aquellos que los ultrajaban.
Otro ejemplo que Fosdick compartió en ese libro es el de la oración de Jesús en la cruz del calvario a favor de aquellos que lo estaban crucificando:

“34 Y Jesús decía: Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen…..” (Lcs 23:34a)

Esta es una demostración de Jesús poniendo en acción uno de los principios que predicó: amar a los enemigos (Lcs 6:27-28).
Estos ejemplos nos ayudan a ver la oración como algo que va mucho más allá de ser una herramienta para presentar nuestras necesidades y nuestras situaciones. Fosdick decía al respecto que la oración no es una herramienta para darle instrucciones a Dios acerca de nuestras necesidades. No olvidemos que la Biblia dice que Dios conoce nuestras necesidades antes de que se las presentemos (Mat 6:8). Fosdick puntualizaba que la oración del creyente en Cristo no puede ser reducida. No podemos ver en esta el ruego a una deidad renuente, o a un juez injusto. Dios conoce nuestras necesidades y nunca se ha desentendido de estas.
La oración es en sí misma un ejercicio de fe para afinar la relación con ese Divino Compañero del camino que ha prometido estar con nosotros: “mas no estoy solo, porque el Padre está conmigo” (Jn 16:32b). Nunca estamos solos. Uno de los nombres de Dios es Emanuel: Dios con nosotros.
La oración que la Biblia describe es entonces una disciplina espiritual (Hch 14:23; 1 Cor 7:5), un elemento vital para el proceso de la santificación holística (1 Jn 1:9; 5:16) y un vehículo para dialogar con Dios acerca del futuro que Él ha preparado para nosotros y no estancarnos en la realidad presente (Hch 4:21-31; 2 Tes 3:1-3). La oración es una herramienta dada por el Señor para que nos acostumbremos a adorar y a dar gracias sin importar cuáles sean las circunstancias por las que estemos atravesando (Hch 16:25; Col 1:12; 1 Tes 5:18; Filemón, vv. 4-5). Fosdick puntualiza en ese libro que la oración es un vehículo para asegurar dirección y protección divina. Esto es, una forma eficaz para aprender a someternos a la dirección de Dios y poder someternos a esta (Hch 1:24-26; 1 Tim 5:5).
La oración es la afirmación de la confianza plena, es una herramienta del espíritu que nos ayuda a centrar la atención en nuestras activos y no en nuestros pasivos, porque la ayuda de Dios es siempre mucho más poderosa que cualquier problema que podamos enfrentar en la vida (Efe 1:3-23; Heb 13:6). Esta referencia de la Carta a Los Hebreos dice lo siguiente:

“6 de manera que podemos decir confiadamente: El Señor es mi ayudador; no temeré Lo que me pueda hacer el hombre.”  

Hay mucho más acerca de la oración que Fosdick comparte en ese libro. Prometemos reseñarlas como parte de nuestras próximas reflexiones.
La invitación que Dios nos ha hecho a través de las palabras del profeta Jeremías está amarrada a esta conceptualización de la oración Que hace Fosdick. El clamor al que Dios nos está invitando a través del profeta Jeremías, es uno que trasciende las circunstancias por las que estamos atravesando como individuos, como familia, como país y como planeta.
Hemos dicho en reflexiones anteriores que la expresión “clama a mí, y yo te responderé.” trata acerca de un clamor que procura cambiar la historia de los seres humanos y de los pueblos. Se trata de un clamor que trae sanidad, restauración, revelación y transformación. Además, Jeremías insiste en que se trata de un clamor que provoca que Dios le revele a su pueblo lo que el Señor estará haciendo por los suyos en medio de la crisis que enfrentaban y después de esta.
Repetimos las palabras del profeta Jeremías que siguen a esta invitación que hace el Señor:

“6 Pero los curaré, les daré la salud y haré que con honra disfruten de paz y seguridad. 7 Cambiaré la suerte de Judá y de Israel, y los reconstruiré para que vuelvan a ser como al principio. 8 Los purificaré de todos los pecados que cometieron contra mí; les perdonaré todas las maldades que cometieron y con las que se rebelaron contra mí. 9 Jerusalén será para mí un motivo de alegría, honor y gloria ante todas las naciones de la tierra. Cuando ellas oigan hablar de todos los beneficios que voy a traer sobre los habitantes de Jerusalén, y de toda la prosperidad que le voy a dar, temblarán de miedo.» 10 El Señor dice: «Ustedes dicen que este lugar está desierto y que no hay en él hombres ni animales; que las calles de Jerusalén y las ciudades de Judá están vacías; y que nadie, ni hombres ni animales, vive allí. Pues bien, aquí se volverán a oír 11 los cantos de fiesta y alegría, y los cantos de los novios, y se oirá decir: “Den gracias al Señor todopoderoso, porque el Señor es bueno, porque su amor es eterno.” Y traerán al templo ofrendas de gratitud. Sí, yo cambiaré la suerte de este país, para que vuelva a ser como al principio. Yo, el Señor, lo afirmo.»” (Jer 33:6-11, Dios Habla Hoy)

Esta promesa nunca ha dejado de estar vigente: nunca ha expirado porque las promesas  de Dios son eternas.
Repetimos, la oración recetada por Dios no se puede limitar a pedir por las necesidades que tenemos porque Dios ya ha garantizado que todas serán suplidas. Se trata entonces de una agenda de transformación por medio de la revelación que nos da el Señor en medio del clamor.
Sabemos que la agenda de revelación que provoca la transformación del ser humano incluye escenarios como los siguientes:

Ir de la ignorancia a la revelaciónIr de la cautividad a la libertad
Ir del egoísmo a ser dadivosoIr de la dejadez al propósito
Ir del lamento al gozo Ir de la pasividad a la actividad
Ir de la tentación a la santidad

El escenario de la transformación del lamento al gozo ocupa el remanente de esta reflexión.
La temporada que estamos viviendo es caldo de cultivo para hacer crecer lo que algunos han llamado “la cultura del lamento.”  El desgaste provocado por los 25 meses que llevamos inmersos en esta pandemia ha acelerado el desarrollo de esta cultura.
La página electrónica que aparece al pie de esta reflexión muy bien define el lamento como un concepto que proviene del latín lamentum,  y que este es “una queja que puede incluir diversas muestras de aflicción, como gritos, suspiros o llanto. El lamento es una expresión de dolor, de angustia  o  de disconformidad.”
Dentro de los datos que hacen mucho más valiosa esta contribución encontramos el análisis que realizan sus escritores acerca de la “cultura del lamento.” Ellos no se limitan allí a definir esta cultura como si se tratara de un acto reflejo, como la primera reacción que nos llega al pensamiento ante cualquier situación. Ellos dicen lo siguiente:

“La cultura del lamento es mucho más que simplemente quejarse de los problemas; es no hacer nada por resolverlos, esperar a que vengan otras personas y se encarguen, o bien autoconvencerse e intentar convencer a los demás de que no hay una salida posible. Esto, que en tantas partes del mundo es el aire que se respira a diario en las calles de los barrios más trabajadores, supone un gasto de energía muy alto, que acaba por bloquear los deseos de salir del pozo y nos acostumbra a vivir entre obstáculos, a acomodarnos. El lamento como sinónimo de queja se encuentra en una delgada línea entre advertir los problemas y dejarse inhibir por ellos, por lo cual es muy importante aprender a evitarlo siempre que sea posible, canalizando las energías de forma productiva, para ejercitar nuestra capacidad de sobreponernos a los obstáculos en lugar de dejarnos avasallar por ellos.”  

Además, ellos proponen que la transformación de esta cultura requiere un proceso similar al que seguimos cuando nos proponemos perder peso. Uno de los requisitos para esto es realizar cambios en nuestros patrones e alimentación. O sea, tenemos que cambiar la forma en que comeos y aquello que comemos.
Claro está, la Biblia presenta alternativas mucho más poderosa y efectivas para liberarnos de esa cultura. Si bien es cierto, la Biblia presenta el lamento como un rito, como una costumbre, particularmente en el Antiguo Testamento (“mispêd”, H4553). Además, en el Nuevo Testamento se utilizan varios conceptos para describirlo. Algunos de estos son “penthos” (G3997) y “thrēnos”, (G2355).
No obstante, la medicina bíblica para el lamento va más allá de cambiar actitudes o de dejar de alimentar esta cultura. La Biblia formula que se necesita un proceso de revelación y de transformación. Cristo dijo lo siguiente acerca de esto:

“20 De cierto, de cierto os digo, que vosotros lloraréis y lamentaréis, y el mundo se alegrará; pero aunque vosotros estéis tristes, vuestra tristeza se convertirá en gozo. 21 La mujer cuando da a luz, tiene dolor, porque ha llegado su hora; pero después que ha dado a luz un niño, ya no se acuerda de la angustia, por el gozo de que haya nacido un hombre en el mundo. 22 También vosotros ahora tenéis tristeza; pero os volveré a ver, y se gozará vuestro corazón, y nadie os quitará vuestro gozo.”
(Jn 16:20-22)

Esta instrucción destaca la realidad de que hay días en los que el lamento es inminente y hasta necesario. Sin embargo, la invitación de Cristo es a que no nos quedemos anquilosados frente a aquello que ha provocado nuestro lamento (“thrēnos”, G2355). La invitación que hace nuestro Señor es que confiemos en que Él ha dispuesto un día en que el lamento se va a acabar, que será transformado en gozo. Además, esta invitación incluye que debemos cambiar la perspectiva y la opinión de aquello que nos ha provocado el lamento. Debemos y podemos ser capaces de verlo como dolores de parto. O sea, que cada experiencia que nos provoca dolor posee un producto final que alegra el alma.
Cristo añade a todo esto que hay ocasiones en las que podremos experimentar que Él no está presente. En el caso de los discípulos que estaban recibiendo esta Palabra se trataba de la ascensión de  Jesús. Esa sensación de abandono fue compensada con las promesas de que Jesús no nos deja huérfanos (“No os dejaré huérfanos,” Jn 14:18a) y que nadie nos puede quitar el gozo.
Estas promesas poseen la autoridad para derrotar la cultura del lamento. Estas promesas tratan acerca de la transformación de la perspectiva de aquello que nos conduce a lamento. La presencia de Cristo transforma el lamento.
El mensaje del Antiguo Testamento no es diferente. Hacemos referencia a lo que dice el salmista:

“11 Has cambiado mi lamento en baile; Desataste mi cilicio, y me ceñiste de alegría. 12 Por tanto, a ti cantaré, gloria mía, y no estaré callado. Jehová Dios mío, te alabaré para siempre.” (Sal 30:11-12)

“11 Convertiste mi lamento en danza; me quitaste la ropa de luto y me vestiste de fiesta, 12 para que te cante y te glorifique, y no me quede callado. ¡Señor mi Dios, siempre te daré gracias!” (NVI)

El concepto que se traduce aquí como “cambiado” es la traducción del vocablo hebreo “hâphak” (H2015).  Este concepto describe algo que ha sido volteado, puesto boca abajo, trastornado, destruido, derrotado.  Este concepto describe algo que ha sido transformado, convertido en otra cosa (Det 23:6; Jer 31:13), que ocurre todo lo contrario de lo esperado (Est 9:1), hacer girar (Job 37:12),  rodar o rodarse (Jue 7:13).  
El salmista presenta esta promesa luego de haber dicho que la ira del Señor fue por un momento, pero que Su favor dura toda la vida. Él admite que experimentó la noche del lloro, pero que lo hizo con la convicción de que la mañana traería la alegría (Sal 30:5). Es importante desatacar que el Salmo 30 es una oración, un clamor, una oración hecha canción.
 El salmista declara que es Dios el que transforma, el que cambia el que destruye el lamento para cambiarlo en danza. El salmista declara que es Dios el que voltea, el que pone boca abajo, el que trastorna, el que convierte el lamento en otra cosa. El salmista declara que es Dios el que hace que ocurra lo que nadie espera, el que hace rodar, el que hace girar el lamento y lo convierte en danza.
El salmista decía que todas las crisis que lo llevaron a lamentarse ocurrieron en medio de su presunción de autosuficiencia y él admite que se había olvidado de que había sido Dios el que lo había afirmado.

“6 En mi prosperidad dije yo: No seré jamás conmovido, 7 Porque tú, Jehová, con tu favor me afirmaste como monte fuerte.”  (Sal 30:6-7)

Repetimos que es aquí que él presenta el testimonio de transformación. Sí, es un testimonio porque el salmista no dice que Dios va a cambiar su lamento en danza. El salmista dice que Dios ha cambiado su lamento en danza.
Es importante destacar que uno de los recursos consultados para el proceso de exégesis para esta reflexión añade que “hâphak” (cambiado) implica el proceso de transformación del ser humano.  Otro, destaca que este concepto predica un proceso de escape o de liberación.
La Biblia dice que la oración de fe salva al enfermo y que la oración eficaz del justo puede mucho (Stg 5:15-16). Uno de los testimonios más impresionantes que produce la oración es la transformación del lamento en danza.
Esto es así porque esa oración eficaz, ese clamor del justo, de aquél que está alineado con el propósito de Dios,  nos confronta con lo que somos, con la autosuficiencia que hemos podido desarrollar y nos hace mirar al cielo. Al hacerlo, descubrimos que lo más importante no es lidiar con aquello que nos ha provocado del lamento. Lo más importante es encontrar el favor de Dios para que Él cambie ese lamento en danza y que nos transforme de manera tal que esas circunstancias no nos vuelvan a hacer caer en el lamento.
Después de todo, Dios ha prometido que cambiará en bendición hasta las maldiciones de Balaam.
Él hace estas cosas porque nos ama.
 
“5 Mas no quiso Jehová tu Dios oír a Balaam; y Jehová tu Dios te convirtió la maldición en bendición, porque Jehová tu Dios te amaba.”(Det 23:5)

O sea, que ninguna cosa que pueda provocar el lamento en nosotros puede sostenerse ante la autoridad de Dios. Por lo tanto, sabiendo que Dios ha prometido cambiar nuestros lamentos en danza, somos nosotros los que tenemos que ser transformados, liberados de la cultura del lamento. El clamor a Dios sigue siendo la alternativa divina para lograrlo.

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