Reflexiones de Esperanza: Efesios: la estructura de la primera oración en esta carta (Parte VI)

“15 Por esto, como sé que ustedes tienen fe en el Señor Jesús y amor para con todo el pueblo santo, 16 no dejo de dar gracias a Dios por ustedes, recordándolos en mis oraciones. 17 Pido al Dios de nuestro Señor Jesucristo, al glorioso Padre, que les conceda el don espiritual de la sabiduría y se manifieste a ustedes, para que puedan conocerlo verdaderamente.”  (Efesios 1:15-23, Dios Habla Hoy)
           
Analizar la primera oración que Pablo levanta en la Carta a Los Efesios ha ampliado la perspectiva de la oración como una expresión de amor. Esa es la perspectiva del ruego, del clamor que brota de un corazón agradecido y que reconoce la fe y el amor de los otros, al mismo tiempo que reconoce la necesidad de la revelación de Dios. Citando a Lázaro Albar Marín, la oración es amar a Dios. La oración se convierte en una experiencia de amor porque el orante es un enamorado de su Señor, un necesitado de Dios que reconoce que no puede vivir sin Él.[1]
             
Aquellos que están aprendiendo a orar se percatan que todo lo que realizamos en realidad posee la profundidad que tenga nuestra vida de oración. Albar Marín destaca que el mundo de oración, la vida de oración, es todo lo contrario al mundo del estrés, de las prisas, del ruido y del desgaste. La forma en la que vivimos en el siglo 21 es precursora de lo que él ha llamado la “debilitación de las fibras espirituales del ser humano” [2] y que aquellos que son conscientes de esto buscan con ansias espacios de silencio y de tranquilidad para poder estar con el Amado Señor y Salvador nuestro.
 
Hacemos un paréntesis para indicar que Lázaro es un escritor católico que comparte muchos aspectos de su tradición religiosa en sus escritos. Los lectores de sus publicaciones deben ser capaces de identificar lo esencial de aquello que poder ser dogmático y superfluo.
 
Regresando a la oración tenemos que decir que aquellos que han aprendido a amar la oración viven una vida apasionante. Para ellos, todo en esa dimensión, en ese escenario, en el de la oración, todo allí nos recuerda que Dios es Dios y esto nos conduce a aprender a ser humildes.
 
“35 A ti te fue mostrado, para que supieses que Jehová es Dios, y no hay otro fuera de él. 36 Desde los cielos te hizo oír su voz, para enseñarte; y sobre la tierra te mostró su gran fuego, y has oído sus palabras de en medio del fuego. 37 Y por cuanto él amó a tus padres, escogió a su descendencia después de ellos, y te sacó de Egipto con su presencia y con su gran poder, 38 para echar de delante de tu presencia naciones grandes y más fuertes que tú, y para introducirte y darte su tierra por heredad, como hoy. 39 Aprende pues, hoy, y reflexiona en tu corazón que Jehová es Dios arriba en el cielo y abajo en la tierra, y no hay otro.” (Deuteronomios 4:35-39)
             
Otra vez, esta dimensión de la oración, dimensión a la que el Señor invita a todos Sus hijos, es una a la que decidimos entrar porque amamos al Señor y porque hemos descubierto que Él nos ama. No nos mueve la tiranía de lo urgente, de nuestros dolores o necesidades apremiantes. Nos mueve el amor de Dios y el amor a Dios.
 
“4 Oye, Israel: Jehová nuestro Dios, Jehová uno es. 5 Y amarás a Jehová tu Dios de todo tu corazón, y de toda tu alma, y con todas tus fuerzas. 6 Y estas palabras que yo te mando hoy, estarán sobre tu corazón;” (Deuteronomios 6:4-6)
 
Una vez más, esa dimensión nos conduce al verdadero arrepentimiento y a la humildad porque reconocemos que Dios es Dios.
 
“9 Conoce, pues, que Jehová tu Dios es Dios, Dios fiel, que guarda el pacto y la misericordia a los que le aman y guardan sus mandamientos, hasta mil generaciones”   (Deuteronomios 7:9)
 
“17 Porque Jehová vuestro Dios es Dios de dioses, y Señor de señores, Dios grande, poderoso y temible, que no hace acepción de personas, ni toma cohecho; 18 que hace justicia al huérfano y a la viuda; que ama también al extranjero dándole pan y vestido.” (Deuteronomios 10:17-18)
 
Hemos dicho en reflexiones anteriores que este ejercicio nos lleva a alcanzar la madurez en Cristo. Esto es así porque a través del ejercicio de oración los creyentes en Cristo, los orantes, echan raíces en fe y crecimiento en el amor.
 
Esta expresión es validada por otra oración paulina que encontramos en la Carta a Los Efesios:
 
“17 para que habite Cristo por la fe en vuestros corazones, a fin de que, arraigados y cimentados en amor, 18 seáis plenamente capaces de comprender con todos los santos cuál sea la anchura, la longitud, la profundidad y la altura, 19 y de conocer el amor de Cristo, que excede a todo conocimiento, para que seáis llenos de toda la plenitud de Dios.”  (Efesios 3:17-19)
             
Es obvio que Pablo conoce esta dimensión de la oración y es de ella que nos habla en todas la oraciones que él nos regala en sus cartas.
             
Es muy interesante el dato de que todas las citas que hemos presentado del Libro del Deuteronomio forman parte de la revisión que Moisés hace con el pueblo de Israel antes de que estos entraran a la Tierra Prometida. O sea, después de haber pasado 40 años en el desierto. Todos los especialistas en el área de las disciplinas espirituales Cristianas concluyen que los tiempos de sequedad forman una parte vital de la vida de oración del creyente. No olvidemos que Pablo estaba preso en Roma cuando escribió esta carta. Ese ambiente de desierto, de abandono, de soledad no lo condujo a anhelar otra clase de libertad sino aquella que proviene de la presencia de Dios.
 
Otros ejemplos de esta clase de experiencias son las disertaciones acerca de “las noches oscuras del alma” de Juan de la Cruz y de Thomas Moore. Esta expresión “noches oscuras del alma” se deriva de las publicaciones de estos escritores. Ellos llaman  así a las experiencias de desolación por las que atraviesan los místicos en el proceso de unión con Dios. Claro está, muchos han llegado a la conclusión de que se trata de experiencias purificativas y que se necesita ser un “místico” para poder alcanzarlo. La realidad es que la Biblia dice que esto no es necesariamente así.
 
El ejemplo secular, alineado con la salud mental, que expondremos a continuación demuestra que todos los seres humanos atravesamos por esta clase de experiencias. Además, que vivimos empecinados intentando resolver esta clase de dilema “almático” amarrados al poder de las terapias y dejando a Dios a un lado.
 
“Casi todas las personas experimentamos, alguna vez, un período en que la vida deja de tener sentido o se vuelve un infierno. Este lapso puede tener origen en un acontecimiento externo como una muerte, la pérdida de un trabajo, el fin de un amor, una enfermedad o cualquier otro hecho inesperado que nos deja sin certezas.  Para otros, el inicio de este tiempo empieza por una crisis interna, pero es igual de desesperante. Todo está bien en el afuera, pero ya no podemos disfrutarlo ni ser felices. Las personas a nuestro alrededor empiezan a parecer extraños, nos alejamos de los amigos, no nos sentimos parte, preferimos la soledad. Dejamos de disfrutar lo de siempre. Creemos que la vida tiene que ser algo más y sufrimos. Nos preguntamos qué estamos haciendo mal o que hicimos para merecer esto. Lloramos, nos enojamos, y si podemos, seguimos nuestras rutinas cargando el peso de la tristeza en nuestras espaldas, con el tanque de reserva energético que nos sostiene apenas, y vamos caminando como fantasmas, como muertos en vida, quizás….. Nos sentimos incapaces, nuestras certezas desaparecen, las herramientas que teníamos ya no funcionan y nos sentimos desnudos y vulnerables frente al mundo. En este estado buscamos desesperados dónde hacer pie, pero estos intentos nos frustran aún más porque es tiempo de ir hacia adentro, de dejarse desintegrar y cuanto más nos resistimos, con más fuerza nos enfrenta la vida al cambio. ¿Duele? Sí, pero este dolor es otra ratificación de que aunque estamos sintiéndonos mal, lo estamos haciendo bien….El mismo [Carl] Jung lo afirmó siempre: “No existe una toma de conciencia sin dolor. La gente hará cualquier cosa, no importa lo absurdo que sea, para evitar enfrentarse a su propia alma.”[3] .
 
Este artículo destaca que hay unos síntomas que experimentamos cuando entramos en este “callejón” que parece no tener salida. Estos son:
 
  • Apatía: la vida en general se queda sin sentido. No encontramos placer en nada. No podemos disfrutar ni de lo cotidiano ni de los logros más esperados. ¿Volveremos a sentir alegría alguna vez?
  • Soledad: a pesar de estar rodeados de personas que siempre nos quisieron y sabemos que son incondicionales, el sentimiento de soledad y de estar solo en la batalla, es inevitable. El proceso es tan profundo que a veces ni siquiera se puede contar con palabras.
  • Negación del presente: surge una necesidad imperiosa de volver al pasado, en un tiempo y espacio en el que supuestamente estábamos mejor.
  • Necesidad de huida: intentos desesperados para salir de estas emociones.
  • Desconcierto: no se sabe qué camino seguir.
  • Desesperanza: imposibilidad de ver el futuro como algo mejor.[4]
 
Es interesante que esta referencia literaria pueda apuntar con precisión al problema que nos aqueja y a la sintomatología que experimentamos al mismo tiempo que deja fuera los tres (3) elementos más importantes, necesarios para poder resolver este asunto: Dios, Su Palabra y la oración. Esta es una de las razones por las que el mundo a nuestro alrededor es imposibilitado de alcanzar la felicidad en la vida. Queremos resolver nuestras crisis dejando a Dios fuera de nuestros escenarios. Al final del camino descubrimos que hemos perdido el tiempo y que estas situaciones nos consumen.
 
Hemos visto que hay una gran diferencia entre este tipo de acercamiento y el de la espiritualidad Cristiana. La espiritualidad Cristiana ve en estos escenarios unas crisis espirituales agudas y unas oportunidades extraordinarias para crecer. Descubrimos que nuestra necesidad más apremiante no es terapéutica. Descubrimos que nuestra necesidad más apremiante no es mental. Nuestra necesidad más apremiante es la necesidad de la presencia de Dios, del amor de Dios. Solo esto puede llenar el vacío que hay en nuestros corazones. La demostración más excelsa de ese amor es la encarnación, la muerte y la resurrección de Cristo, el Hijo de Dios. Ese sacrificio es el único que puede satisfacer esa necesidad del alma. Con Cristo, no solo somos capaces de vencer los síntomas y las causas de estas crisis, sino que encontramos la satisfacción del alma con lo único que la puede satisfacer: Dios.
 
“A lo largo de sus vidas, los seres humanos pueden pasar por agudas crisis espirituales o fases de vacío existencial, motivados por un sinfín de motivos (fallecimiento de un ser querido, enfermedad, separación matrimonial, pérdida de valores y norte de vida, fracaso profesional o personal, o pérdida de un trabajo). En estos oscuros períodos, llamados por algunos autores como “La Noche oscura del alma”, por lo general se experimentan sensaciones como miedo, tristeza, soledad, impotencia y desolación.  Estas difíciles circunstancias y experiencias vitales, donde se derrumba la estructura egoísta del individuo, pueden ser asimiladas a un tsunami espiritual en el que predominan los sentimientos de vacío, miedo y soledad, así como de aislamiento, apatía, indiferencia, pérdida de energía y sentido, negación del presente (donde surge una necesidad imperiosa de volver al pasado, en un tiempo y espacio en el que supuestamente estábamos mejor), desconcierto y desesperanza, con la imposibilidad de ver el futuro como algo mejor. La noche oscura del alma, en estricto rigor, es una metáfora utilizada para describir una fase crítica en la vida espiritual de una persona, basada en el título de un famoso poema escrito por el poeta, sacerdote y místico católico español del siglo XVI San Juan de la Cruz, que narra el viaje del alma desde su casa corporal hasta su unión con Dios, pasando por diversas experiencias dolorosas y siguiendo ciertos pasos tendientes a lograr la purificación de los sentidos y la purificación del espíritu. Desde entonces, el término “noche oscura del alma” se utiliza en el cristianismo para referirse a una aguda crisis espiritual.”[5]
               
Pablo parte de este conocimiento cuando escribe sus cartas: en el caso que nos apremia, cuando escribe estas oraciones, las que encontramos en la Carta a Los Efesios. Él sabe que nuestra necesidad de Dios es el problema más grande que podemos enfrentar en la vida. Pablo sabe que luego de conocer y aceptar a Cristo como nuestro Señor y nuestro Salvador, tenemos que iniciar un proceso para conocer a Dios. Este conocimiento es uno progresivo, constante e inagotable. El conocimiento de la fe y del amor no es suficiente para poder alcanzarlo.
 
Es por esto que Pablo pide que Dios le de revelación a esa Iglesia.
 
“17 Pido al Dios de nuestro Señor Jesucristo, al glorioso Padre, que les conceda el don espiritual de la sabiduría y se manifieste a ustedes, para que puedan conocerlo verdaderamente.”  (Efesios 1:17, DHH)
 
“17 Pido que el Dios de nuestro Señor Jesucristo, el Padre glorioso, les dé el Espíritu de sabiduría y de revelación, para que lo conozcan mejor.”  (NVI)
 
“17 Ruego que Dios, el Padre glorioso de nuestro Señor Jesucristo, les dé el Espíritu, fuente de sabiduría, quien les revelará la verdad de Dios para que la entiendan y lleguen a conocerlo mejor.” (PDT)
 
“17 y le pido a Dios, el glorioso Padre de nuestro Señor Jesucristo, que les dé sabiduría espiritual y percepción, para que crezcan en el conocimiento de Dios.”  (NTV)
 
Sin duda alguna que esta es la primera petición que Pablo presenta en esta oración. Es de la respuesta a esta petición que se desprenden las otras tres (3):
  • Conocer la esperanza a la que hemos sido llamados.
  • Conocer la herencia que Dios ha preparado para los santos.
  • Conocer la plenitud del poder de Dios.
Referencias
 
[1] Albar Marín, Lázaro. 1995. La oración y su métodos. Bilbao: Desclée De Brouwer, p. 30.
   
[2] Ibid. p.91
   
[3] https://tn.com.ar/salud/bienestar/2019/02/12/que-es-la-noche-oscura-del-alma-una-oportunidad-para-renacer/
   
[4] Ibid
   
[5] https://www.guioteca.com/fenomenos-paranormales/la-noche-oscura-del-alma-cuando-el-miedo-la-tristeza-y-desolacion-se-apoderan-de-nuestras-vidas/

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