Reflexiones de Esperanza: Efesios - Cristo y la Iglesia (Parte XV) - El llamado de la Iglesia

“12 En aquel tiempo estabais sin Cristo, alejados de la ciudadanía de Israel y ajenos a los pactos de la promesa, sin esperanza y sin Dios en el mundo. 13 Pero ahora en Cristo Jesús, vosotros que en otro tiempo estabais lejos, habéis sido hechos cercanos por la sangre de Cristo.” (Efesios 2:12-13)      
           
Los versos doce y trece (12-13) del capítulo dos (2) de la Carta a los Efesios son un resumen de la composición de la Iglesia. Esos versos dicen que nosotros somos una comunidad compuesta por hombres y mueres que estábamos lejos de Cristo y deprivados de las promesas que Dios había separado para el pueblo de Israel. Estos dicen que nosotros somos una comunidad compuesta por hombres y mujeres que estaba ajena a los pactos y a las promesas de Dios. Nosotros somos una comunidad compuesta por hombres y mujeres que vivíamos en el mundo sin Dios y sin ninguna esperanza. La buena noticia es que la sangre de Cristo, su sacrificio en la cruz del Calvario, resolvió esos dilemas y nos hizo cercanos a todas estas bendiciones celestiales.
           
Estas descripciones trascienden las definiciones racionales porque describen nuestra antigua naturaleza de manera teológica. Estas descripciones subrayan que antes de conocer al Señor nosotros vivíamos destituídos del conocimiento de Dios y de la expectativa de la llegada del Mesías. Lo que esto siginifica es que nuestra condición sólo podía ser resuelta por un Mediador entre Dios y los hombres (1 Tim 2:5). Nuestra condición sólo podía ser resuelta por un Redentor que tuviera el poder para sacar del medio aquello que nos separaba de Dios.[1] Nuestra condición sólo podía ser solucionada por un Reconciliador que contara con la apobación del Padre para reconciliarnos con el Eterno. Nuestra condición sólo podía ser resuelta por Aquél que pudiera vivir entre nosotros sin cometer pecado para que pudiera servir como la ofrenda correcta que lograra nuestra justificación y la propiciación necesaria con el Creador de los cielos y la tierra.

El problema con todo esto que hemos compartido hasta aquí es que la Iglesia de la posmodernidad para desconocer estas realidades teológicas y bíblicas. Son muchos los miembros de la Iglesia como cuerpo de Cristo que operan en la vida como si el Evangelio y la salvación fuera solo el producto de nuestras convicciones y de nuestras acciones. En otras palabras, que somo salvos porque podemos creer y porque podemos explicarlo. Que no quede duda: la fe salvadora es indispensable para ser salvos. Pablo lo declaró así cuando le escribió a la Iglesia que estaba en Roma:

“10 Porque con el corazón se cree para justicia, pero con la boca se confiesa para salvación. 11 Pues la Escritura dice: Todo aquel que en él creyere, no será avergonzado.” (Romanos 10:10-11)

Sin esa fe es imposible agradar a Dios (Heb 11:6), “porque es necesario que el que se acerca a Dios crea que le hay, y que es galardonador de los que le buscan.”

La aseveración que hemos hecho no procura desvirtuar esa fe, ni la necesidad que tenemos de esta. Esa aseveración apunta a que la iglesia de la posmodernidad parece depender más de sus convicciones, de su capacidad para creer y de sus capacidades para explicar su fe, que en el poder desatado por Dios. Una cosa es poder creer en lo que Dios hizo y ser capaz de explicarlo, y otra cosa es creer en el poder de Aquél que lo hizo aún cuando no tengamos la capacidad de explicarlo. En otras palabras, tenemos una fe que Dios nos ha dado (Efe 2:8-9) para creer que el Señor ha hecho algo que nosotros no podíamos resolver. Tenemos una fe que se basa en que el poder creador, el poder redentor y el poder salvador de Dios han puesto en acción una estructura de salvación que siempre irá más allá de las capacidades que podamos tener para explicarlo. Vivir de espaldas a estas realidades es vivir de espaldas al poder de Dios; aún cuando tengamos fe. Vivir de espaldas a estas realidades es vivir creyendo que hemos sido puestos aquí para hacer, porque tenemos las capacidades para hacer, porque poseemos el empoderamiento para hacerlo y no por la misericordia de Dios.

Esta es una de las razones por las que la Iglesia de la posmodernidad vive inmersa en la cultura del activismo religioso, político y social. Ella vive así porque ha olvidado lo que dicen los versos cuatro (4) y cinco (5) del capítulo dos (2) de la Carta a los Efesios:

“4 Pero Dios, que es rico en misericordia, por su gran amor con que nos amó, 5 aun estando nosotros muertos en pecados, nos dió vida juntamente con Cristo (por gracia sois salvos),” (Efesios 2:4-5)
           
La vida nueva que gozamos en Cristo no es el producto de nuestra hiper actividad religiosa. La cercanía que tenemos a la promesas, como dice Pablo, a la ciudadanía de Israel y a la esperanza que Dios nos ha dado, no es el producto de nuestras capacidades cognositivas. La esperanza que poseemos y que nunca nos deja en vergüenza no es el producto de nuestras capacidades sociopolíticas y educativas. Los creyentes en Cristo somos salvos por gracia, tenemos esperanza por gracia y vivimos bajo las promesas del cielo por la gracia de Dios.
           
Es cierto que nuestra fe no es irracional; es transracional. O sea, que trasciende la razón. Pero no es menos cierto que estos procesos de racionalización de la fe han conducido a la Iglesia de la posmodernidad a errar en muchos de los acercamientos y de las decisiones que se toman para enfrentar los retos del presente. Uno de estos es decidir por el entretenimiento de la juventud en vez de por su capacitación en la fe. Otro, las respuestas sociales y psicológicas a los problemas del alma. Otro, las respuestas político partidistas religiosas para procurar resolver los problemas de la época en la que vivimos.

Sobre esto último hay una publicación muy interesante titulada “Religión y Política: cómo la religión está relacionada con la política en cada uno de los países de América Latina.”[2] Adelantamos que en este libro publicado en el 2019 hay varias posturas que no nos parecieron enteramente cónsonnas con la fe, pero al mismo tiempo sus conclusiones son muy interesantes, están muy bien documentadas para la evaluación del lector y sus posturas invitan a la reflexión y a la ponderación. Debemos señalar que el enfoque de este libro es uno secular. A continuación una cita directa que explica por qué es que este no es un escenario exclusivo para los norteamericanos y los europeos:
 
“Desde la década de los 80, con la apertura democrática que comenzó a vivir el continente americano, el espacio político se amplió y facilitó la entrada de nuevos actores políticos como consecuencia de la disminución en los costos de entrada al sistema de partidos. Ante estas nuevas condiciones, las minorías evangélicas irrumpieron como una nueva fuerza política que tuvo, al menos al inicio, los siguientes objetivos:
 
  • Representar los intereses corporativos de las iglesias evangélicas.
  • Reaccionar frente a los privilegios ostentados por la Iglesia Católica.
  • Y más recientemente, ante el reconocimiento de derechos a la comunidad LGTBI a lo largo de la región, servir como canal de defensa de valores ultra-conservadores.
 
La formación de la “bancada evangélica” en Brasil, el papel de las iglesias en los resultados electorales del plebiscito en Colombia en 2016, las reñidas elecciones presidenciales en Costa Rica en 2018 y la conformación de más de 39 partidos evangélicos en la región, son hechos que expresan el  posicionamiento de un nuevo actor político de origen religioso en la región.
 
El incremento en la participación y representación de los partidos evangélicos ha sido facilitado, entre otras, por las siguientes tres condiciones:
 
(i) Primero, la participación en política está relacionada con el proceso de pluralidad religiosa. Si bien los vínculos de algunas iglesias con partidos establecidos datan del siglo XIX, en especial con aquellos de ideología liberal como en los casos de Chile, Colombia y Perú, el cambio religioso promovió que el sentimiento de marginalidad y exclusión arraigado entre estas minorías fuera desplazado por la conciencia numérica y la necesidad de ser reconocidos como un actor con autoridad frente a los temas morales y religiosos.
(ii) Segundo, el incremento en la participación en política está relacionada con las condiciones y cambios institucionales, entendidos como la disminución de costos de entrada al sistema de partidos para los partidos políticos evangélicos.
(iii) Finalmente, los resultados políticos de los partidos evangélicos se deben en gran parte a las características propias de las iglesias.”[3]
 
Somos conscientes de que la Iglesia tiene la responsabilidad de participar y de dejar oír su voz en todos los asuntos que afecten su fe. Tal y como decíamos en la reflexión anterior, nuestro buen proceder es necesario. El cielo espera que seamos capaces de hacer lo que es correcto. Sin embargo, nuestras acciones no van a salvar el mundo. Reiteramos que la Biblia dice que Dios no nos salva porque tiene una deuda con nosotros. Dios nos salva por Su gracia y por la fe que hemos puesto en Él y en el plan de salvación.
 
Es cierto que los seres humanos somos entes políticos por definición. Esto no desde la perspectiva de la política como la ciencia de la gobernación de un Estado o nación, o como el arte de negociación para conciliar intereses. Somos entes políticos porque este término descrito en el latín (“politicus”) y en el griego (“politikós”),  es una derivación de polis que designa aquello que es público, o civil. Esto es, relativo al ordenamiento de la ciudad o los asuntos del ciudadano. [4]
             
No obstante, la Biblia nos deja saber que los creyentes en Cristo no pertenecemos a este mundo. (Jn 18:36). Nosotros pertenecemos al reino de Dios. Sabemos que el balance entre ambas posturas siempre ha sido un elemento de discusión dentro de la fe.
 
Ahora bien, el problema no estriba en si decidimos por el partidismo político o no. El problema estriba en si arribamos a las conclusiones de que nuestras acciones van a cambiar la naturaleza de las cosas. Recordamos lo que Pablo dice acerca de esto cuando describe la fe de Abraham.
 
“2 Si Abraham llegó a ser aprobado por Dios por lo que hizo, entonces podía presumir de algo, pero no delante de Dios. 3 Pues esto es lo que dice la Escritura: «Abraham creyó a Dios, quien tomó en cuenta la fe de Abraham y lo aprobó». 4 Cuando alguien trabaja, el pago que recibe no es un regalo, sino algo que se ha ganado. 5 Pero Dios aprueba al que cree en él sin que se gane eso con obras, Dios le toma en cuenta la fe y lo aprueba. Hasta el pecador es aprobado por Dios.”  (Romanos 4:2-5, PDT)
 
La definición precisa de esa fe es vital porque define la base de nuestras acciones.
 
Problematicemos este análisis un poco más. Pablo dice en la Carta a los Efesios que el mundo en el que vivimos es uno compuesto por hombres y mujeres sin Cristo, sin la ciudadanía de Israel, alejados de las promesas del cielo y sin esperanza. ¿De qué manera debemos acercarnos a este mundo? Sabemos que tenemos que hacerlo con unas acciones que sean cónsonnas con el mensaje del Evangelio. Pero, ¿es el poder de nuestras acciones lo que conseguirá que el mundo venga a los pies de Cristo?
 
Afirmamos que no nos oponemos a que los creyentes aspiren a dirigir el país en el que viven. Este es un derecho inalienable. Son muchos los que han visto en esta opción el cumplimiento de lo que la Nueva Traducción Viviente comunica cuando nos ofrece su versión de  Proverbios 29:2:
 
“Cuando los justos gobiernan, el pueblo se alegra. Pero cuando los perversos están en el poder, el pueblo gime.” (Proverbios 29:2, NTV)
 
No obstante, hay que señalar que el concepto traducido aquí como “gobiernan” es el vocablo hebreo “râbâh” (H7235). Este concepto es utilizado en 202 ocasiones en el Antiguo Testamento, casi siempre para indicar multiplicación, aumento, prosperidad, triunfos, mayoría, etc. Solo en ese verso del libro de Proverbios es utilizado para hablar de autoridad. Una vez, más no nos oponemos a que los creyentes procuren hacer valer sus posiciones ocupando puestos de autoridad en el país. Pero creemos que la respuesta que nos ofrece la Palabra es que la solución para las crisis que enfrentamos se encuentra en la multiplicación de los justos y eso sólo lo consigue el poder la sangre derramada en la cruz del Calvario.
 
No pretendemos agotar esta discusión en una reflexión simple como esta. Esto sería un ejercicio basado en la futilidad. Lo que nos asiste es la historia y los resultados obtenidos a tenor con todos los esfuerzos políticos realizados por la Iglesia en los países Latino Americanos. El mensaje del Evangelio fue sustituído por las consignas políticas, y el mensaje de salvación cedió ante una Iglesia que se fragmentó en todos y cada uno de estos países. El mensaje de la cruz es el perdedor en la medida en que estos sean los resultados obtenidos. Una Iglesia fragmentada enfrenta grandes retos para poder conseguir que su mensaje de reconciliación, de fe y de esperanza pueda ser escuchado por aquellos que viven lejos de Cristo.
 
Por último, bendecimos a los creyentes en Cristo que se han arriesgado a aceptar el reto de sus conciencias para liderar el país. Sabemos que el peso que está sobre sus hombros siempre será más grande que las fuerzas que puedan poseer. Las promesas del Señor los cubren (Isa 40: 28-31).  No obstante, lanzamos a manera de recordatorio del mensaje paulino, un verso bíblico que expone lo que Dios anhela que suceda entre los fieles:
 
“13 Pero ahora, unidos a Cristo Jesús por la sangre que él derramó, ustedes que antes estaban lejos están cerca.”  (Efesios 2:13, DHH)
 
Si estamos cerca de Dios, entonces debemos estar cerca los unos de los otros.
Referencias
   
[1] Hodge, C. (1858). A commentary on the Epistle to the Ephesians (p. 126). Robert Carter and Brothers.

[2] Barrios Cabrera, Alejandra, Bibiana Astrid Ortega Gómez, Christhoper L. Carter, Misión de Observación Electoral. “Religión y Política: cómo la religión está relacionada con la política en cada uno de los países de América Latina.” Misión de Observación Electoral: Bogotá, Colombia,  2019.
   
[3] Ibid, p.5.
   
[4] https://dle.rae.es/político.

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