Reflexiones de Esperanza: La libertad que Dios nos da (Pt II) (Parte 9)

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3 Él te librará del lazo del cazador, De la peste destructora.  (Sal 91:3, RV 1960)

Nuestra reflexión anterior nos permitió analizar el significado de la libertad y de los procesos de liberación que Dios nos ofrece en el Salmo 91. Vimos allí que estos procesos divinos procuran libertarnos del peligro. Vimos también que el propósito central de estos procesos es el de librarnos del temor que producen estas amenazas y conducirnos a intensificar nuestra búsqueda de la sabiduría y de la santidad de Dios.

Reiteramos que esta liberación ocurre como un producto aleatorio de nuestra decisión de ir a habitar al abrigo del Altísimo, de ir a residir bajo la sombra del Omnipotente. Es allí, desde la relación y la cobertura que desarrollamos con el Señor que se revela que se desatan esos procesos de liberación. Es allí, desde la cercanía que desarrollamos con el Dios que se revela, el Creador de todo lo que existe, que experimentamos esa protección.

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1 El que habita al abrigo del Altísimo Morará bajo la sombra del Omnipotente. 2 Diré yo a Jehová: Esperanza mía, y castillo mío; Mi Dios, en quien confiaré.  (Sal 91:1-2)

Destacamos que la única manera de entrar a esa relación es a través de Cristo Jesús: el Salvador y el Señor de la vida. La Biblia dice que nadie adviene a esa relación con el Eterno si no es a través de Él (Jn 14:6).

Es muy importante destacar que lo que el salmista está describiendo en los primeros versos de este salmo ha sido interpretado como los peligros que uno podía encontrar en las peregrinaciones de una región a otra. Esto es, las amenazas, los asaltantes, las enfermedades inesperadas y/o desconocidas, las guerras y toda clase de conflicto violento que pudiera estar aconteciendo en la región por la que los peregrinos transitaban. Al mismo tiempo, los peligros inesperados, las amenazas a la vida y a la seguridad. Los Cristianos no excluimos de este análisis las dimensiones espirituales y emocionales que todo esto puede representar.

El análisis textual del verso tres (3) del Salmo 91 nos permitió afirmar todo esto. El texto original dice “Ciertamente Él te librará…” (“kı̂y hoo yatzilcha”; en donde “kı̂y” (H5337) significa ciertamente. O sea, la relación que desarrollamos con Dios en Cristo Jesús provoca esto.
Hay que puntualizar que el libro de los salmos está lleno de afirmaciones acerca de esa certeza: “Ciertamente…..”. Invitamos a los lectores a considerar algunos de los pasajes bíblicos que lo utilizan.

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6 Ciertamente el bien y la misericordia me seguirán todos los días de mi vida, Y en la casa de Jehová moraré por largos días. (Sal 23:6)
2 Dios mío, en ti confío; No sea yo avergonzado, No se alegren de mí mis enemigos.  3 Ciertamente ninguno de cuantos esperan en ti será confundido; Serán avergonzados los que se rebelan sin causa.  (Sal 25:2-3)
5 Mi pecado te declaré, y no encubrí mi iniquidad. Dije: Confesaré mis transgresiones a Jehová; Y tú perdonaste la maldad de mi pecado. Selah  6 Por esto orará a ti todo santo en el tiempo en que puedas ser hallado; Ciertamente en la inundación de muchas aguas no llegarán éstas a él.  7 Tú eres mi refugio; me guardarás de la angustia; Con cánticos de liberación me rodearás. Selah (Sal 32:5-7)
7 Muéstranos, oh Jehová, tu misericordia, Y danos tu salvación. 8 Escucharé lo que hablará Jehová Dios; Porque hablará paz a su pueblo y a sus santos, Para que no se vuelvan a la locura. 9 Ciertamente cercana está su salvación a los que le temen, Para que habite la gloria en nuestra tierra. (Sal 85:7-9)
16 Oh Jehová, Ciertamente yo soy tu siervo, Siervo tuyo soy, hijo de tu sierva; Tú has roto mis prisiones. 17 Te ofreceré sacrificio de alabanza, E invocaré el nombre de Jehová. (Sal 116:16-17)

Otra afirmación que nos permitió desarrollar esa clase de análisis es la variedad de procesos que esa liberación describe. El análisis del concepto que se traduce como “librará” (“nâtsal”, H5337) nos permitió ver que el proceso de “librar” puede describir una intervención súbita de parte de Dios. No obstante, también puede describir que la voluntad de Dios sea defendernos, preservarnos, o permitir que escapemos de esa situación de peligro. También, que la voluntad de Dios puede ser permitir el peligro para que seamos rescatados de este o que nos recuperemos de este. También, que la voluntad de Dios puede ser que experimentemos cómo nos quitamos esa amenaza de encima o cómo la echamos a perder, estropear sus planes. La voluntad divina puede ser que debemos enfrentar todo esto hasta ser sacados del entuerto y/o  desnudar las intenciones de aquello que nos viene a atacar. Todas estas son definiciones del concepto que se traduce aquí como “librará”

Repetimos que es Dios en su soberanía el que decide cuál de los métodos es el que aplica a nuestra situación. Tenemos por cierto que seremos librados, pero nosotros no decidimos cuál es la forma en que Dios lo hará. Nos parece que es acerca de esa certeza que escribe el Apóstol Pablo cuando nos dice lo siguiente en su Carta los Romanos:

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18 Pues tengo por cierto que las aflicciones del tiempo presente no son comparables con la gloria venidera que en nosotros ha de manifestarse. 19 Porque el anhelo ardiente de la creación es el aguardar la manifestación de los hijos de Dios. (Romanos 8:18-19)

En nuestra reflexión anterior analizamos los posibles significados de la metáfora del cazador que el salmista utiliza en el verso tres (3) del Salmo 91:

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3 Él te librará del lazo del cazador…”. En esta reflexión pretendemos analizar la otra metáfora que aparece en el verso antes mencionado: “la peste destructora.

El análisis del concepto que se traduce como “peste” nos permite concluir que el salmista está describiendo las plagas, los azotes regionales, nacionales o internacionales de enfermedades contagiosas: las pestes que traen destrucción. Ese concepto (“deber”, H1698) posee una raíz etimológica que implica  algo que somete, que domina, que sojuzga al ser humano. También, algo que controla, que destruye, que posee un nombre, que se puede identificar o que posee identidad, algo que realiza pronunciamientos y en este caso, pronunciamientos de amenazas y de destrucción.

Algunos ejemplos bíblicos nos pueden ayudar a desarrollar una perspectiva más amplia de lo que acabamos de compartir. Un ejemplo del uso de ese concepto (“deber”, H1698), lo encontramos cuando Moisés y Aarón le dijeron al Faraón que permitiera al pueblo de Israel ir a adorar en el desierto para que no se desataran las “pestes” en Egipto (Éxo 5:1-3). Faraón no quiso entender ese mensaje y el resto es historia. Este concepto aparece en el libro de Éxodo (Éxo 9:3) para describir la “plaga gravísima” que sufrieron los ganados de Egipto y en el verso 15 de ese mismo capítulo para describir la sentencia de otras plagas que venían de camino. El concepto es también utilizado para describir algunas de los juicios que el pueblo de Dios habría de experimentar si este no obedecía al Señor: pestilencia, mortandad (Lev 26:25; Det 28:21). En el libro de Números aparece traducido como mortandad (Nm 14:12).

El concepto también es utilizado en el Segundo Libro de Samuel para describir las “ofertas de juicio” que Dios le hizo al rey David a causa del pecado que este había cometido. Este incidente también aparece relatado en el Primer Libro de Crónicas (1 Cró 21:12-14).

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12 Vé y dí a David: Así ha dicho Jehová: Tres cosas te ofrezco; tú escogerás una de ellas, para que yo la haga. 13 Vino, pues, Gad a David, y se lo hizo saber, y le dijo: ¿Quieres que te vengan siete años de hambre en tu tierra? ¿o que huyas tres meses delante de tus enemigos y que ellos te persigan? ¿o que tres días haya peste en tu tierra? Piensa ahora, y mira qué responderé al que me ha enviado. 14 Entonces David dijo a Gad: En grande angustia estoy; caigamos ahora en mano de Jehová, porque sus misericordias son muchas, mas no caiga yo en manos de hombres.  (2 Sam 24:12-14).

La “peste” descrita mató 70 mil hombres (v. 15). No sabemos cuántas mujeres y cuántos niños perecieron a causa de esa plaga.

Este concepto es el mismo que utiliza Salomón como parte de su oración de intercesión cuando estaba dedicando el templo de Jerusalén:

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37 Si en la tierra hubiere hambre, pestilencia, tizoncillo, añublo, langosta o pulgón; si sus enemigos los sitiaren en la tierra en donde habiten; cualquier plaga o enfermedad que sea; 38 toda oración y toda súplica que hiciere cualquier hombre, o todo tu pueblo Israel, cuando cualquiera sintiere la plaga en su corazón, y extendiere sus manos a esta casa, 39 tú oirás en los cielos, en el lugar de tu morada, y perdonarás, y actuarás, y darás a cada uno conforme a sus caminos, cuyo corazón tú conoces (porque sólo tú conoces el corazón de todos los hijos de los hombres); 40 para que te teman todos los días que vivan sobre la faz de la tierra que tú diste a nuestros padres. (1 Reyes 8:37-40)

Este concepto, que aparece en el Antiguo Testamento en 48 ocasiones, también es utilizado por el profeta Jeremías. Este profeta lo utilizó para describir algunas de las crisis de enfermedad que atacaron al pueblo que habitaba en Jerusalén durante el sitio que sufrieron a manos del ejército de Babilonia (Jer 14:12; 21:6,7,9;  24:10; 27:8, 13). El profeta Ezequiel utiliza este concepto con mucha frecuencia, pero es Oseas el que de manera intrigante describe que la “muerte de la muerte” es producida por una plaga:

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14 De la mano del Seol los redimiré, los libraré de la muerte. Oh muerte, yo seré tu muerte[1]; y seré tu destrucción, oh Seol; la compasión será escondida de mi vista. (Oseas 13:14)

Adviniendo a este conocimiento, necesitamos formular algunas conclusiones. Está claro que la peste destructora que el salmista describe en el Salmo 91 define enfermedades, pestilencias, plagas, pandemias y toda clase de amenazas a la salud que nos coloque en riesgo de muerte. Hay que destacar que el salmista vuelve a utilizar ese mismo concepto en el verso seis (6): “pestilencia.”

El salmista está describiendo eventos o cosas que causan grandes pérdidas o males entre la población. O sea, algún padecimiento o enfermedades contagiosas o no contagiosas, que son graves y que originan gran mortandad. También, describe algún elemento o cosa perjudicial y dañino que puede ocasionar algún daño grave. Este concepto se usa en la Biblia casi siempre para describir uno de los  resultados de un juicio divino (Éxo 5:3; Jer 44:13; Eze 12:16).

Este punto es muy importante. Hay que reconocer que las crisis mundiales que estamos experimentando son un juicio de Dios. De esto no cabe duda. El planeta entero está bajo el juicio de Dios porque los seres humanos le hemos dado la espalda a Dios. Los primeros en hacerlo han sido una cantidad significativa de líderes religiosos. El juego del poder político partidista ha transformado muchas comunidades de fe en gestores para la búsqueda de bienes políticos y beneficios antropocéntricos: centrados en el ser humano y no en Dios. Los principios del Reino de los cielos han sido canjeados por un plato de lentejas (Gn 25:34) o por “bueyes que comen hierba” (Sal 106:20).

Sabemos que los resultados de estos desvaríos han afectado a muchas personas inocentes. Esto es común en todos estos procesos. El Señor coloca la responsabilidad de todo esto sobre los líderes de Su pueblo.

Ahora bien, ¿qué significa que el COVID-19 sea un juicio de Dios? ¿Significa esto que Dios levantó Su mano y envió esta plaga? ¡No! Hay que entender lo que significa un juicio de Dios. Lo peor que le puede pasar a un ser humano es que Dios lo deje sólo y que éste tenga que enfrentarse así la vida. Esto es, un ser humano que tiene que enfrentar los resultados de sus malos procederes sin la compañía ni el consejo de Dios. Ese es el peor juicio de Dios que podemos experimentar. El planeta está sufriendo hoy los embates de esto último. Estamos sufriendo hoy los resultados de nuestros propios experimentos; jugando a ser dioses sin Dios en nuestras ecuaciones.

En ocasiones estas amenazas no son el producto de un juicio divino y sí una oportunidad que Dios nos ofrece para que crezcamos y maduremos en nuestra fe. El caso de Job es un buen ejemplo de esto.

Dentro de las tragedias que este patriarca sufrió encontramos una enfermedad que no era contagiosa, pero que operaba como una peste destructora. Lo sabemos porque Job describe los efectos de esa enfermedad utilizando el mismo concepto que usa el salmista en el Salmo 91(“havvâh”, H1942) para describir el poder destructor de la peste. Job describe su enfermedad así en el capítulo seis (6) de su libro  (Job 6:2: “tormento”; 6:30: “inicuas”). Este concepto describe las pestes y estas clases de enfermedades como destructoras, peligrosas, o mortales.

Lo que hace extraordinaria esta combinación de conceptos es que uno puede ver en ellos la misericordia de Dios. Ya conocemos que estas pestilencias, estas plagas o pestes, están relacionadas a la justicia divina. Por lo tanto, podemos ver la misericordia de Dios en la protección que Él nos ofrece. Para comprobar esto sólo tenemos que preguntarnos cómo es que Dios nos protege de éstas.

La respuesta es sencilla: la misericordia de Dios que triunfa sobre el juicio (Stg 2:13). Dios no puede rechazar a aquellos que buscan Su rostro y que lo hacen con sinceridad del alma: “al corazón contrito y humillado no despreciarás tú, oh Dios” (Sal 51:17b).

¿Qué puede hacer Dios para librarnos de las pestes destructoras? Dios hace lo mismo que prometió hacer con el lazo del cazador. Dios puede sacarnos de ese peligro de forma súbita. Dios puede defendernos de todo aquello que represente esa peste destructora. Dios puede preservarnos en medio de todo aquello que represente esa peste. Dios puede permitir que escapemos de ella. Dios ha prometido que podemos ser rescatados de ella. Dios ha prometido que puede permitir que experimentemos la peste para que luego nos recuperemos de ella. Dios ha prometido que podemos quitarnos de encima sus efectos, y/o que podemos echar a perder los planes de esta. Dios ha prometido que seremos capaces de testificar que Él nos ha concedido la victoria sobre esta.

Repetimos que el concepto utilizado aquí, el que es traducido como “peste” (“deber”, H1698) posee una raíz etimológica (“dâbar”, H1696) que implica que se trata de algo que es capaz de someternos y de dominarnos. Tampoco olvidemos que eso puede sojuzgar al ser humano. Es algo que procura controlar al ser humano, o en su defecto, destruirlo. Esta implicación se extiende a que puede tener nombre, que se puede identificar o que posee identidad. El COVID-19 califica para esto. El HIV califica para esto, así como las enfermedades de transmisión sexual, la obesidad desmedida de algunas sociedades de consumo y el uso de los opioides. Algunas corrientes socio-políticas y económicas también califican dentro de esta definición. No podemos obviar que algunos movimientos religiosos también  poseen esta capacidad destructiva.

La buena noticia es que tenemos el Salmo 91 nos ofrece el antídoto perfecto contra esta clase de amenaza. Se trata de la liberación, la protección y la defensa que nos ofrece el Señor.

Lo único que tenemos que hacer para poder disfrutar de estos beneficios es aceptar a Cristo como Señor y Salvador. Él es el camino al Padre, al abrigo del Altísimo, a la sombra del Omnipotente. Cristo es el Señor, es Dios revelado, Aquél al que llamamos “esperanza mía y castillo mío” (Sal 91:2a).

Los cazadores y las pestes siempre estarán al asecho. En muchas ocasiones estos dos (2) peligros, son el producto de nuestras rebeldías y desobediencias como seres humanos. Muchas de las amenazas que no vemos y de las pestes en todas sus modalidades, no son otra cosa que el resultado de nuestros malos procederes como seres humanos.

La buena noticia es que hay medicina y ayuda, hay misericordia y gracia para todo esto en el rostro de nuestro Señor y Salvador Cristo Jesús. Hay que buscar de Él; hay que acercarse a Cristo. La Biblia dice que  hay que buscarle mientras pueda ser hallado (Isa 55:6). Los cazadores y las pestes que nos amenazan en este tiempo pueden tener nombres y modos de acción distintos a los que hemos visto en el pasado. Aun así siguen siendo cazadores y pestes. Por lo tanto, hay una alternativa para vencerlos; a los pies de la Cruz. Es Jesucristo el que facilita y garantiza que seremos librados del lazo del cazador y de la peste destructora.
Referencias

[1]  Esta es la traducción del concepto “nâtsal”, (H5337)

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