Reflexiones de Esperanza: La seguridad que Dios ofrece (Pt III) (Parte 12)

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5 No temerás el terror nocturno, Ni saeta que vuele de día,  (Sal 91:5, RV 1960)

La reflexión anterior acerca del Salmo 91 nos permitió analizar una de las herramientas que el Señor utiliza para protegernos y ofrecernos seguridad: “la verdad divina como un escudo.” Vimos en esa reflexión que los peligros, las amenazas y los dolores que enfrentamos en la vida procuran arrebatarnos la confianza y es por esto que el Señor ha decidido ofrecernos protección y seguridad. Sabemos que la presencia del Señor es la respuesta central a toda clase de peligro o de amenaza. No obstante, vimos en esa reflexión que el escritor de este salmo nos ha dicho que Dios, no solo ha prometido que Su presencia es refugio seguro, sino que nos proporcionará la libertad y que nos protegerá en medio de todo esto con un escudo que se llama verdad (“ʼemeth”, H571).

“La verdad celestial protege nuestra integridad y protege nuestro corazón.” Esta fue una de las  aseveraciones centrales de la reflexión anterior.

Algo que no mencionamos en esa reflexión es que el concepto que se traduce en el Salmo 91 como verdad (“ʼemeth”, H571), puede ser traducido e interpretado como “fidelidad.” La fidelidad de Dios a Su Palabra, a Sus promesas, nos sirve como escudo para el corazón, así como para todo lo que somos. Saber que el Señor cumplirá sus promesas alienta el alma y el corazón.

El salmista hace pública esa confianza en el Salmo 40:

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10 No encubrí tu justicia dentro de mi corazón; He publicado tu fidelidad y tu salvación; No oculté tu misericordia y tu verdad en grande asamblea.      (Sal 40:10)
 
El salmista también alaba a Dios por esa fidelidad; porque el Señor responde a nuestras oraciones cuando clamamos a Él:

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2 Me postraré hacia tu santo templo, Y alabaré tu nombre por tu misericordia y tu fidelidad; Porque has engrandecido tu nombre, y tu palabra sobre todas las cosas. 3 El día que clamé, me respondiste; Me fortaleciste con vigor en mi alma.  (Sal 138:2-3)

La fidelidad de Dios protege el corazón, protege nuestra razón y protege todo lo que somos.
Es esa confianza la que lleva al interlocutor del Salmo 91 a realizar varias declaraciones de fe para aquellos que hemos decidido habitar bajo el abrigo del Altísimo y morar bajo la sombra del Omnipotente. Una de ellas es que no temeremos.

La serie acerca del “Arca del Pacto”, serie que compartimos a mediados del año 2020,  concluyó con unas expresiones acerca del temor, expresiones que debemos repasar. Decíamos allí que son muchos los creyentes en Cristo que se dejan anquilosar por sus emociones y no siguen hacia adelante. Algunas de las emociones, de las reacciones más comunes y más poderosas son la ansiedad y el temor. Decíamos en esa reflexión que hay que evitar que emociones como el miedo y el coraje tomen control de nuestras vidas y de nuestros procesos decisionales y que esto último se consigue en oración y ayuno. Añadíamos que hay que tomar las medidas correctivas para que no se repitan los pecados o los errores que hemos cometido y que abonan a estas reacciones. Además, que no podemos permitir que la vida se detenga.

Una institución española dedicada a ayudar a pacientes a manejar estas dos reacciones nos ha dicho que existen algunas diferencias entre la ansiedad y el miedo. Ellos han explicado que “en el miedo hay un sentimiento por un peligro presente o inminente y por lo tanto ligado a los estímulos que lo generan.”

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[]…..en la ansiedad el sujeto presenta aprensión, pero no sabe explicar la causa de su intranquilidad, presenta perturbaciones fisiológicas: irregularidades cardíacas, dificultades respiratorias, temblores, nauseas, que pueden interpretarse de forma errónea como síntomas de colapso cardíaco y de muerte próxima. El miedo es un movimiento psíquico propio de toda reacción normal ante una situación de peligro mientras que la ansiedad es un sentimiento vital patológico. El miedo es un sentimiento motivado y la ansiedad un sentimiento inmotivado y autónomo.  El miedo se acompaña siempre de un contenido: la situación de peligro, el objeto amenazador. La ansiedad no se acompaña de ningún objeto concreto, siendo esta la diferencia fundamental. [1]

El miedo ha sido también definido como una sensación de angustia provocada por la presencia de un peligro real o imaginario, o un sentimiento de desconfianza que impulsa a creer que ocurrirá un hecho contrario a lo que se desea.

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La palabra miedo proviene del término latino “metus.” Se trata de una alteración del ánimo que produce angustia ante un peligro o un eventual perjuicio, ya sea producto de la imaginación o propio de la realidad. [Miedo]: El concepto también se utiliza para nombrar al rechazo o aversión que siente un individuo a que le pase algo malo u opuesto a lo que pretende para sí mismo y para sus seres queridos.[2]

El escritor del Salmo 91 nos habla acerca de ese miedo, del temor que la Biblia describe utilizando el concepto “yârêʼ” (H3372):  

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5 No temerás el terror nocturno, Ni saeta que vuele de día,  (Sal 91:5)

Reconocemos la importancia que tienen los acercamientos interdisciplinarios a conceptos de esta índole. No obstante, tenemos que ir a la Palabra de Dios para conocer el origen, el génesis de estos. En este caso, el génesis del miedo. Es muy importante destacar que el miedo fue la primera reacción que experimentaron los seres humanos cuando cayeron de la gracia de Dios en el huerto del Edén. Veamos lo que dice la Biblia acerca de esto en el libro del Génesis:

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10 Y él respondió: Oí tu voz en el huerto, y tuve miedo, porque estaba desnudo; y me escondí.  (Gn 3:10)

O sea, que el miedo se incorporó en los seres humanos como una reacción natural, como una reacción instintiva a causa de la desobediencia a Dios. Esa afirmación no solo es certera, sino que es validada por una conclusión irrefutable a la que uno llega cuando analiza los textos bíblicos. El concepto hebreo “yârêʼ” (H3372) se utiliza en 365 ocasiones en el Antiguo Testamento. Esto predice que puede haber un temor nuevo esperando a que llegue cada mañana. No solo esto: el análisis textual nos revela que no existe otra palabra en hebreo con esa misma combinación de letras.[3] O sea, que hablar acerca de ese miedo o temor que describe la Biblia con este concepto es hablar acerca de algo que es único en su clase.

Este concepto se utiliza en la Biblia como el precursor de decisiones nefastas con resultados inconcebibles. Por ejemplo, una de las historias bíblicas más tristes, la de Lot y su relación incestuosa con sus hijas tiene que ver con el pobre manejo del temor. El texto bíblico dice que Dios había enviado sus ángeles para destruir a Sodoma y a Gomorra por el pecado de querer hacer violencia sexual a los enviados de Dios (Gn 19:1-28). El texto hebreo dice esto literalmente (Gn 19:5).[4]

Los ángeles tenían instrucciones de salvar a Lot y a su familia. Es por eso que ellos instruyen a Lot a que él y su familia dejen la ciudad de Sodoma y que huyan al monte (Gn 19:15-17). El texto bíblico dice que Lot comenzó a argumentar con los ángeles, porque no quería irse a un monte sino a una ciudad pequeña que estaba cerca de allí (v. 18-20). La narrativa bíblica dice que el ángel (en singular) le concedió esto, añadiendo que no podría ejecutar el juicio sobre Sodoma y Gomorra hasta que Lot hubiera llegado a la pequeña (“tsôʽar”, H6820) ciudad que había identificado. Es de ahí que sale el nombre de esa pequeña ciudad: Zoar.

El capítulo 19 del libro de Génesis describe a Lot llegando a esa ciudad cuando estaba amaneciendo (v. 23). Luego nos dice que Abraham fue capaz de ver a la distancia los efectos del juicio de Dios (vv. 27-28). También nos dice que Dios había decidido tener misericordia de Lot porque se había “acordado” de Abraham, tío de Lot. O sea, que Lot se salvó a causa de la relación que su tío tenía con Dios.

No obstante, esa relación no eximía a Lot de sus responsabilidades con Dios y con los suyos. Y es aquí que el miedo, el  “yârêʼ” (H3372) se inserta en las ecuaciones que el capítulo 19 de Génesis nos describe:

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29 Así, cuando destruyó Dios las ciudades de la llanura, Dios se acordó de Abraham, y envió fuera a Lot de en medio de la destrucción, al asolar las ciudades donde Lot estaba. 30 Pero Lot subió de Zoar y moró en el monte, y sus dos hijas con él; porque tuvo miedo de quedarse en Zoar, y habitó en una cueva él y sus dos hijas.  (Gn 19:29-30)

Abraham estaba observando todo esto desde el mismo lugar en el que había estado delante de la presencia de Dios. Así lo dice el verso 27 del capítulo antes citado. Es desde allí que puede ver lo que está sucediendo. Abraham está en el lugar del encuentro con Dios. Mientras tanto, Lot está en el lugar designado por Dios; en la ciudad a la que le fue permitido escapar. Es aquí que el miedo provoca una crisis nauseabunda. La Biblia dice que Lot tenía miedo de estar en el lugar que Dios le asignó. Su miedo le llevó a desobedecer a Dios y es por esto que deja la ciudad de Zoar y se va a una cueva. El miedo hizo que Lot cambiara el lugar designado por Dios por una cueva.

Lo que sucede en esa cueva es visto por los analistas bíblicos como una etiología: el estudio sobre las causas de las cosas. En este caso, para describir de dónde proceden los Amonitas y los Moabitas. Sin embargo, el mensaje que este pasaje ofrece acerca de los resultados que puede producir el miedo es demasiado importante.

La Biblia dice que esa cueva se convirtió en el lugar para que las hijas de Lot decidieran embriagar con vino a su padre, para poder tener relaciones sexuales con él. O sea, que el miedo de Lot lo llevó a desobedecer a Dios y esa desobediencia produjo relaciones incestuosas con sus dos (2) hijas. Es obvio que el pobre manejo del miedo produjo resultados trágicos para toda esa familia.

Hay que puntualizar que la Biblia condiciona el miedo. Lo hace cuando nos hace saber que esa reacción sólo es aceptable ante Dios. Esta vez, no como un ente paralizante y sí como una reacción reverente y de respeto al Todopoderoso. No podemos olvidar que el miedo es producto de nuestra naturaleza pecaminosa y que todos nosotros somos pecadores. Por lo tanto, tenemos que desarrollar la conciencia de que tenemos que aprender a utilizarlo de forma correcta y a someterlo a los principios Bíblicos.

Es de aquí que surgen las expresiones bíblicas acerca de la celebración del temor al Señor. Veamos algunos ejemplos:

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23 Los que teméis a Jehová, alabadle; Glorificadle, descendencia toda de Jacob, Y temedle vosotros, descendencia toda de Israel. 24 Porque no menospreció ni abominó la aflicción del afligido, Ni de él escondió su rostro; Sino que cuando clamó a él, le oyó. 25 De ti será mi alabanza en la gran congregación; Mis votos pagaré delante de los que le temen. (Sal 22:23-25)
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12 ¿Quién es el hombre que teme a Jehová? Él le enseñará el camino que ha de escoger. 13 Gozará él de bienestar, Y su descendencia heredará la tierra. 14 La comunión íntima de Jehová es con los que le temen, Y a ellos hará conocer su pacto. (Sal 25:12-14)

La Biblia nos enseña vez tras vez que la presencia del Señor y la fidelidad a sus promesas son más que suficientes para que nosotros no seamos dominados por el temor.    
       
En nuestras próximas reflexiones analizaremos esos cuatro (4) escenarios que el salmista describe en el Salmo 91; escenarios que pueden producir mucho temor. Sabemos que “el terror nocturno”, la “saeta que vuele de día”, la “pestilencia que ande en oscuridad” y la “mortandad que en medio del día destruya”, pueden ser capaces de producirnos temor. Esto es la “alteración del ánimo que produce angustia ante un peligro o un eventual perjuicio.” Sin embargo, el salmista nos dice que Dios ha hecho provisión para que no seamos atacados ni vencidos por este.

Hay que indicar que la Biblia está llena de aseveraciones de fe similares a las que hace el escritor del Salmo 91. Son expresiones que inspiran confianza, que nos convocan a no tener temor aun en medio de   las situaciones más caóticas que podamos enfrentar en la vida. Veamos algunos ejemplos:

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4 Aunque ande en valle de sombra de muerte, No temeré mal alguno, porque tú estarás conmigo; Tu vara y tu cayado me infundirán aliento   (Sal 23:4)

La presencia de Dios que nos ayuda a vencer el temor aún en medio de los escenarios que nos obligan a enfrentar la muerte de aquellos que amamos.

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1 Jehová es mi luz y mi salvación; ¿de quién temeré? Jehová es la fortaleza de mi vida; ¿de quién he de atemorizarme? 2 Cuando se juntaron contra mí los malignos, mis angustiadores y mis enemigos, Para comer mis carnes, ellos tropezaron y cayeron. 3 Aunque un ejército acampe contra mí, No temerá mi corazón; Aunque contra mí se levante guerra, Yo estaré confiado  (Sal 27:1-3)

 La presencia de Dios que nos invita a no tener temor aun en medio de los conflictos y las batallas más acérrimas que la vida nos pueda presentar.

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1 Dios es nuestro amparo y fortaleza, Nuestro pronto auxilio en las tribulaciones. 2 Por tanto, no temeremos, aunque la tierra sea removida, Y se traspasen los montes al corazón del mar; 3 Aunque bramen y se turben sus aguas, Y tiemblen los montes a causa de su braveza. Selah 4 Del río sus corrientes alegran la ciudad de Dios, El santuario de las moradas del Altísimo. 5 Dios está en medio de ella; no será conmovida. Dios la ayudará al clarear la mañana. (Sal 46:1-5)

 La presencia de Dios que nos ayuda a no temer aun cuando estemos enfrentando los desastres naturales y los cataclismos atmosféricos más terribles que existan.

3 En el día que temo, Yo en ti confío. 4 En Dios alabaré su palabra; En Dios he confiado; no temeré; ¿Qué puede hacerme el hombre? 5 Todos los días ellos pervierten mi causa; Contra mí son todos sus pensamientos para mal. 6 Se reúnen, se esconden, Miran atentamente mis pasos, Como quienes acechan a mi alma. 7 Pésalos según su iniquidad, oh Dios, Y derriba en tu furor a los pueblos. 8 Mis huidas tú has contado; Pon mis lágrimas en tu redoma; ¿No están ellas en tu libro? 9 Serán luego vueltos atrás mis enemigos, el día en que yo clamare; Esto sé, que Dios está por mí. 10 En Dios alabaré su palabra; En Jehová su palabra alabaré. 11 En Dios he confiado; no temeré; ¿Qué puede hacerme el hombre?  (Sal 56:3-11)

 La presencia de Dios que nos convoca a confiar en Él y a no temer cuando enfrentamos la amenazas de aquellos seres humanos que nos quieren destruir.

Esa frase que aparece en el verso tres (3) del salmo antes citado, “3 En el día que temo, Yo en ti confío,” nos hace saber que la presencia del temor puede ser una constante, amenazándonos, incitándonos a caer en esas reacciones angustiosas. Es allí que hay echar mano de las promesas de Dios, de Su fidelidad y de Su presencia. Dios está con nosotros: Él es el Emanuel. La frase que nos invita a alabar a Dios por Su palabra va en esa misma dirección. La amenaza es real: se trata de personas que hasta se pueden esconder para hacernos daño (v.6) y que nos hacen llorar (v. 8). La fidelidad de Dios hace que el salmista pueda exclamar “En Dios he confiado; no temeré; ¿Qué puede hacerme el hombre?” (v.11)

Podemos lograrlo porque cuando el temor nos invade tenemos la promesa de Dios de que no  seremos cobardes. Tal y como dice el Apóstol Pablo:

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7 Porque no nos ha dado Dios espíritu de cobardía, sino de poder, de amor y de dominio propio.   (2 Tim 1:7)

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