Reflexiones de Esperanza: Salmo 91: la agenda de transformación (Parte IX)

“14 Por cuanto en mí ha puesto su amor, yo también lo libraré; Le pondré en alto, por cuanto ha conocido mi nombre. 15 Me invocará, y yo le responderé; Con él estaré yo en la angustia; Lo libraré y le glorificaré. 16 Lo saciaré de larga vida, Y le mostraré mi salvación.  (Salmo 91:14-16)

La segunda parte del verso 16 del Salmo 91 describe a los creyentes que han recibido revelación  divina de lo que es la salvación. Es cierto que los versos 14 al 16 de ese salmo describen las bendiciones que el Señor le ha prometido a aquellos que habitan al abrigo del Altísimo y que moran bajo la sombra del Omnipotente. Pero no es menos cierto, tal y como hemos comprobado en las reflexiones más recientes, que esos versos también describen las características que Dios desarrolla en el creyente que habita bajo el abrigo del Altísimo.

Hemos dicho en reflexiones anteriores que la frase final del verso 16 del Salmo 91 describe a creyentes que conocen lo que es la salvación; específicamente que consideran lo que es la salvación y que Dios les ha dado la capacidad de discernir lo que es la salvación. Reiteramos que estas aplicaciones son el producto del análisis textual de esa frase. Ese análisis también ha sido compartido en reflexiones anteriores.

Nuestra reflexión más reciente fue dedicada al análisis de la frase “y le mostraré mi salvación”, desde la perspectiva del discernimiento que implica el verbo hebreo que es traducido aquí como “mostraré.” Hemos visto que esa es una de las posibles traducciones de ese verbo, “râʼâh” (H7200).[1], [2]

Ese análisis nos hizo “tropezar” con un pasaje paulino escrito a la Iglesia que estaba en la ciudad de Filipo.

“9 Y esto pido en oración: que vuestro amor abunde aún más y más en conocimiento verdadero y en todo discernimiento, 10 a fin de que escojáis lo mejor, para que seáis puros e irreprensibles para el día de Cristo; 11 llenos del fruto de justicia que es por medio de Jesucristo, para la gloria y alabanza de Dios.”   (Fil 1:9-11, LBLA)

Este pasaje dice que el Apóstol Pablo estaba orando para que esa Iglesia recibiera una bendición especial de parte del Eterno. Esa bendición no se podía limitar a recibir entendimiento o capacidad para entender (“suniēmi”, G4920). Esto lo podían recibir de manera automática estudiando las Sagradas Escrituras y permitiendo que el Espíritu Santo obrara en esa comunidad de fe. El Apóstol Pablo dice aquí que él estaba orando para que el amor de los miembros de esa Iglesia creciera en algo que él llamó “aisthēsis”(G144) ; concepto que solo aparece en este versículo bíblico, en todo el Nuevo Testamento, y que significa discernimiento.

El Diccionario Teológico del Nuevo Testamento describe este concepto diciendo que lo posee una persona que ha sido convocada a tomar una decisión que inicialmente es lógica, pero que luego resulta ser ética[3] o moral. Este recurso académico añade que este es un ejercicio de entendimiento o comprensión intelectual. Esta una de las razones por las que el Apóstol señala que el crecimiento de ese amor debe ser en “aisthēsis”(G144), discernimiento y en “epignōsis” (G1922); conocimiento. Al mismo tiempo, este concepto, “epignōsis”, describe algo más que conocer. “Conocer” en griego se dice “ginosko”(G1097). El concepto usado por Pablo define la capacidad de poseer intimidad con la fuente de ese conocimiento (Mat 11:27). [4]

Es obvio que entonces estamos frente a una revelación de Dios que capacita al creyente, que le alumbra los ojos del entendimiento, como dice el Apóstol Pablo en su carta a los Efesios (Efe 1:18). Vemos en el verso citado de la carta a los Filipenses que por un lado están el discernimiento y el conocimiento del amor de Dios que Pablo está pidiendo en oración. Por el otro, los resultados de una vida intachable, llena del fruto de la salvación y preparada para el encuentro con Dios cuando Cristo regrese por Su Iglesia.

Repetimos una vez más: el Apóstol Pablo dice que esta revelación permite que el creyente crezca en el amor a Dios y hacia los demás. Al mismo tiempo, esto lo capacita para que sepa discernir entre lo bueno y lo excelente, para que pueda ser irreprensible (“aproskopos”, G677). Además, le prepara para el regreso de Cristo, mientras que le permite vivir como lo que él llama “el carácter justo que Jesucristo produce” en nuestras vidas.

Veamos esos versos esta vez utilizando otras versiones bíblicas:

“9 Le pido a Dios que el amor de ustedes desborde cada vez más y que sigan creciendo en conocimiento y entendimiento. 10 Quiero que entiendan lo que realmente importa, a fin de que lleven una vida pura e intachable hasta el día que Cristo vuelva. 11 Que estén siempre llenos del fruto de la salvación—es decir, el carácter justo que Jesucristo produce en su vida porque esto traerá mucha gloria y alabanza a Dios.”   (Fil 1:9-11, NTV)

“9 Esto es lo que pido en oración: que el amor de ustedes abunde cada vez más en conocimiento y en buen juicio, 10 para que disciernan lo que es mejor, y sean puros e irreprochables para el día de Cristo, 11 llenos del fruto de justicia que se produce por medio de Jesucristo, para gloria y alabanza de Dios.”   (Fil 1:9-11, NVI)

Resumimos todo esto diciendo que esta bendición celestial incluye la capacidad para crecer en el amor. Esta bendición incluye poder discernir entre lo bueno y lo excelente con el propósito de aumentar el fruto de la salvación que Cristo nos ha dado.

Ahora bien, ¿cómo podemos conseguir esto? El Apóstol Pablo dice que esto se consigue orando. ¿Quiénes lo pueden recibir?  Lo pueden recibir todos aquellos que buscan de la presencia de Dios en oración.

Este análisis se reviste de importancia porque es el escritor del Salmo 91 el que nos dice que Dios ha prometido darle esta clase de revelación a aquellos que habitan al abrigo del Altísimo y que moran bajo la sombra del Omnipotente.

Es obvio que todo esto requiere de la presencia de un Salvador y de la revelación del Espíritu Santo. Por lo tanto, este verso del Salmo 91 tiene unos ribetes evangélicos, neotestamentarios y carismáticos.

Este análisis también aplica a otras declinaciones verbales que se producen con el verbo hebreo que se traduce como “mostraré.” Esto es, las capacidades para percibir, para conocer, para “clavar la mirada” y tener una visión más clara de lo que es la salvación. Repetimos que todas estas declinaciones aparecen dentro de las posibilidades textuales del verbo hebreo “râʼâh” (H7200).

No debe ser sorpresa para los creyentes en Cristo que este lenguaje sea cónsono y similar al lenguaje que encontramos en el Nuevo Testamento acerca de las herramientas del Espíritu y las formas que tenemos para vivir una vida Cristiana que agrade a Dios. Dentro de las muchas cosas que el Apóstol Pablo dice acerca de esto encontramos lo siguiente:

“14 El que no tiene el Espíritu no acepta lo que procede del Espíritu de Dios, pues para él es locura. No puede entenderlo, porque hay que discernirlo espiritualmente. 15 En cambio, el que es espiritual lo juzga todo, aunque él mismo no está sujeto al juicio de nadie, porque 16 «¿quién ha conocido la mente del Señor para que pueda instruirlo?» Nosotros, por nuestra parte, tenemos la mente de Cristo.”   (1 Cor 2:14-16, NVI)

“14 El que no es espiritual no acepta las cosas que son del Espíritu de Dios, porque para él son tonterías. Y tampoco las puede entender, porque son cosas que tienen que juzgarse espiritualmente. 15 Pero aquel que tiene el Espíritu puede juzgar todas las cosas, y nadie lo puede juzgar a él. 16 Pues la Escritura dice: «¿Quién conoce la mente del Señor? ¿Quién podrá instruirle?» Sin embargo, nosotros tenemos la mente de Cristo.”  (1 Cor 2:14-16, DHH)

La última aseveración del pasaje bíblico antes citado es una clara referencia a la profecía de Isaías; el capítulo 40 de su libro:

“13 Quién enseñó al Espíritu de Jehová, o le aconsejó enseñándole? 14 A quién pidió consejo para ser avisado? ¿Quién le enseñó el camino del juicio, o le enseñó ciencia, o le mostró la senda de la prudencia?”    (Isa 40:13-14)

En otras palabras que Pablo está describiendo el discernimiento espiritual como la capacidad para poder percibir, conocer, para “clavar la mirada” y tener una visión más clara de quién es Dios. Además, él lo está describiendo como algo que proviene de Dios, que sólo Dios lo posee y lo puede ofrecer. Esta capacitación o empoderamiento tiene que venir de lo alto. El verso 16 del Salmo 91 dice eso mismo; Dios es que el que ha decidido mostrarnos, investirnos con esa capacidad.

Sabemos que hay otros conceptos hebreos que se pueden traducir como discernimiento. Los utilizados en el libro de Nehemías (Neh 10:28; “bı̂yn”, H995) y en el libro de los salmos (Sal 14:4: “yâdaʽ”, H3045) son buenos ejemplos de esto. Una de las diferencias entre estos conceptos y el que utiliza el salmista en el Salmo 91 es que este último posee la implicación de ver; es una revelación.

Compartimos en la reflexión más reciente que esta clase de revelación, la que nos lleva a discernir la salvación, implica el aumento, el crecimiento del anhelo por conocer más y más acerca de Aquél que nos ha salvado. Esto es cónsono con algunas de las otras declinaciones del verbo “râʼâh” (H7200) que estamos analizando aquí; el que es traducido como “mostraré.”

La frase final del verso 16 del Salmo 91 dice “vearéhu biyshuati”. O sea, que es Dios el que permite que veamos y por lo tanto que le conozcamos. Sabemos que la Biblia dice que la mejor revelación que Cristo nos da del Padre es insuperable. Solo en Cristo hay salvación. Sólo Él puede revelarnos al Padre. Así lo afirma la Palabra de Dios:

“22 Todas las cosas me fueron entregadas por mi Padre; y nadie conoce quién es el Hijo sino el Padre; ni quién es el Padre, sino el Hijo, y aquel a quien el Hijo lo quiera revelar.” (Lcs 10:22)

“18 A Dios nadie le vio jamás; el unigénito Hijo, que está en el seno del Padre, él le ha dado a conocer.”   (Jn 1:18)

El hambre y la sed de conocer al Señor es un tema recurrente en las Sagradas Escrituras. El salmista lo declara a sí en los Salmos 42 y 63:

1 Como el ciervo brama por las corrientes de las aguas, Así clama por ti, oh Dios, el alma mía. 2 Mi alma tiene sed de Dios, del Dios vivo; ¿Cuándo vendré, y me presentaré delante de Dios?” (Sal 42:1-2)

“1 Dios, Dios mío eres tú; De madrugada te buscaré; Mi alma tiene sed de ti, mi carne te anhela, En tierra seca y árida donde no hay aguas, 2 Para ver tu poder y tu gloria, Así como te he mirado en el santuario. 3 Porque mejor es tu misericordia que la vida; Mis labios te alabarán. 4 Así te bendeciré en mi vida; En tu nombre alzaré mis manos.”  (Sal 63:1-4)

Esa hambre y esa sed de la presencia de Dios son cónsonas con otras de las declinaciones que obtenemos del concepto hebreo “râʼâh” (H7200).  Disfrutar, experimentar y poder ver la salvación por medio de la revelación prometida incluye la capacidad de anhelar y de disfrutar la presencia de Aquél que no ha regalado la salvación del alma y la vida eterna.

La revelación de la salvación implica disfrutar de la plenitud del gozo que hay en la Presencia de Dios, amén de la dirección para la vida que encontramos allí (Sal 16:11). De esa Presencia procede nuestra vindicación (Sal 17:2); los veredictos a nuestro favor. Esa Presencia llena de alegría a aquellos que buscan el rostro del Señor (Sal 21:6). En esa Presencia podemos ser escondidos, guardados de la conspiración del hombre (Sal 31:20).

El salmista dice en el Salmo 91 que Dios bendice a aquellos que habitan al abrigo del Altísimo. Esa bendición incluye la oportunidad de recibir revelación de lo que es la salvación y convirtiéndolos en creyentes que poseen la capacidad para discernir y disfrutar de la Presencia del Todopoderoso.

Ya hemos dicho que uno de los énfasis de versos paulinos en su carta a la Iglesia en Filipo va más allá de poder discernir para decidir entre lo bueno y lo malo. Uno de los énfasis de estos versos es poder discernir para escoger entre lo que es bueno y lo que es excelente, lo que es realmente importante (PDT). Otro énfasis es que ese discernimiento nos permite estar siempre llenos del fruto de la salvación (NTV).

Observemos que se identifica ese fruto como el fruto aleatorio a la salvación. Esto es, “el carácter justo que Jesucristo produce” en nuestras vidas. Además, que el Apóstol Pablo señala que está orando (“proseuchomai”, G4336) para que la Iglesia reciba esto.

Otro énfasis es que ese discernimiento nos prepara para el regreso de Cristo, el día en el que recibiremos el premio final de la salvación.

¿Por qué repetimos tanto esto? El escritor del Salmo 91 nos dice en el verso 16 que Dios ha prometido revelar lo que es la salvación y convertir al creyente que habita en la presencia del Omnipotente en uno que sabe discernir su salvación. Esto es, discernir entre lo bueno y lo excelente, entre una vida promedio y una de excelencia, entre una vida puramente carismática y una vida que camina por un camino más amplio, más profundo, un mejor camino que es revelado. La salvación nos conduce a no dejar de procurar los mejores dones, pero lo hace mostrando que hay un camino mucho más excelente que Dios revela (1 Cor 12:31).

El último dato que queremos compartir en esta reflexión es la declinación del verbo “râʼâh” (H7200) como clavar la mirada o mirar fijamente. En el caso del verso 16 del Salmo 91 se trata de clavar la mirada y /o mirar fijamente la salvación. Esta expresión describiría a un creyente que es capaz de vivir la vida con los ojos puestos en la salvación que el Señor nos ha regalado. Todo esto como un regalo que nos da Dios. Esa conclusión también es cónsona con lo que dice el Nuevo Testamento. El mensaje del Nuevo Testamento indica que los creyentes en Cristo tenemos que vivir la vida poniendo toda nuestra atención en Jesús, nuestro Señor y Salvador; nuestra fuente de confianza.

“2 Fijemos nuestra mirada en Jesús, pues de él procede nuestra fe y él es quien la perfecciona. Jesús soportó la cruz, sin hacer caso de lo vergonzoso de esa muerte, porque sabía que después del sufrimiento tendría gozo y alegría; y se sentó a la derecha del trono de Dios.” (Heb 12:2, DHH)

“2 Pongamos toda nuestra atención en Jesús, pues de él viene nuestra confianza, y es él quien hace que confiemos cada vez más y mejor. Jesús soportó la vergüenza de morir clavado en una cruz porque sabía que, después de tanto sufrimiento, sería muy feliz. Y ahora se ha sentado a la derecha del trono de Dios.”    (Heb 12:2, TLA)

La vida Cristiana que es victoriosa es aquella que se desarrolla con los ojos puestos en Jesús porque es Él el que nos regala y perfecciona nuestra fe. En su modelaje encontramos avenidas y herramientas para poder enfrentar el lazo del cazador y la peste destructora. Es mirando a Jesús que encontramos las avenidas para enfrentar el terror nocturno y la saeta que vuela de día. Es mirando a Jesús que recibimos la confianza necesaria para hacerle frente a la pestilencia que anda en oscuridad y a la mortandad que destruye en medio del día. Es mirando a Jesús que aprendemos a utilizar la fe para vencer el mal y la plaga que nos amenaza. Es clavando la mirada en Jesús que recibimos la confianza necesaria para pisar al león y al áspid. Es mirando fijamente a Jesús que recibimos la confianza para hollar al cachorro de león y al dragón.

El verso 16 del Salmo 91 dice que Dios ha prometido trasformar al creyente que habita al abrigo del Altísimo en uno que sabe caminar con la mirada clavada en el Autor y Consumador de nuestra fe.
Referencias

[1] Gesenius, W., & Tregelles, S. P. (2003). Gesenius’ Hebrew and Chaldee lexicon to the Old Testament Scriptures (pp. 748–750). Bellingham, WA: Logos Bible Software.

[2] Brown, F., Driver, S. R., & Briggs, C. A. (1977). Enhanced Brown-Driver-Briggs Hebrew and English Lexicon  (pp. 906–909). Oxford: Clarendon Press.

[3] Delling, G. (1964–). αἰσθάνομαι, αἴσθησις, αἰσθητήριον. G. Kittel, G. W. Bromiley, & G. Friedrich (Eds.), Theological dictionary of the New Testament (electronic ed., Vol. 1, p. 187). Grand Rapids, MI: Eerdmans.

[4] Louw, J. P., & Nida, E. A. (1996). Greek-English lexicon of the New Testament: based on semantic domains  (electronic ed. of the 2nd edition., Vol. 1, p. 333). New York: United Bible Societies.

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