Reflexiones de Esperanza: Salmo 91: la agenda de transformación (Parte XI)

“14 Por cuanto en mí ha puesto su amor, yo también lo libraré; Le pondré en alto, por cuanto ha conocido mi nombre. 15 Me invocará, y yo le responderé; Con él estaré yo en la angustia; Lo libraré y le glorificaré. 16 Lo saciaré de larga vida, Y le mostraré mi salvación.  (Salmo 91:14-16)

El análisis del verso 16 del Salmo 91 nos ha conducido a examinar la frase “le mostraré mi salvación.” Lo hemos hecho desde la perspectiva de la bendición que esto representa. También, desde la perspectiva del tipo de creyente que esta bendición produce; uno que ama, conoce, respeta y cuida la salvación que Dios nos ha regalado.

No obstante, hay un acercamiento final que debemos hacer a esa frase. Nos parece correcto comenzar este acercamiento citando a Agustín de Hipona (354-430 DC),. Uno de sus estudiosos decía que Agustín poseía una visión muy particular de la historia de la salvación y que esa visión tenía que presentarla poco a poco para que los creyentes pudieran entenderla. [1]

A continuación una cita agustiniana acerca de esa postura teológica:
“permaneciendo siempre como mediador entre Dios y los hombres: «Se ha hecho hijo del hombre y no ha cesado de ser hijo de Dios. Por esto él es mediador en el medio. ¿Qué quiere decir mediador en el medio? Ni en lo alto, ya que él es carne; ni en lo más bajo, ya que no es pecador y, sin embargo, en cuanto Dios, siempre en alto. Porque no ha venido a nosotros de tal manera que dejara al Padre. Se alejó de nosotros y no se alejó, vendrá hacia nosotros y no huirá más». Y por todo esto él nos ha traído la salvación en plenitud, asegura la santidad y nos la conserva: «Nuestra salvación es Cristo», por esto él es fuente de vida: «Cristo es fuente de vida».”[2]

En uno de sus sermones Agustín revela una posición acerca de la salvación que necesita ser visitada:

“Escuchad al Apóstol, que dice estas palabras y que explica así esta sentencia. He aquí sus palabras: Trabajad vuestra salvación con temor y con temblor. «¿Por qué he de trabajar con temor y temblor mi salvación, si está en mi mano el conseguirla?» ¿Quieres oír por qué con temor y temblor? Dios es el que obra en vosotros. Por eso debéis trabajar con temor y temblor, porque aquello que consigue el humilde, lo pierde el soberbio. Pero si es Dios el que obra en vosotros, ¿por qué se ha dicho: Trabajad vosotros mismos vuestra salvación? Porque obra de tal modo en nosotros, que también nosotros obramos. Sé mi ayuda. Tal expresión designa que aquél que invoca una ayuda, él mismo trabaja. «” (Sermón XIII, Comentario del Salmo 2,10) [3]

Sabemos que entrar en el tema de la salvación desde la perspectiva de Agustín de Hipona puede convertir esta serie de reflexiones en un río interminable. No obstante, lo hacemos porque su lectura del verso final del Salmo 91 es extraordinaria: nos mueve a citarlo. Permitan que compartamos aquí un trozo significativo de uno de sus sermones acerca de este salmo, el  91. Adelantamos que hemos omitido las referencias a los pasajes bíblicos a los que él se refería. Estas referencias pueden ser accedidas visitando la página de internet que proveemos al final de esta cita.

“13. Y le haré ver mi salvación.

No debemos, hermanos, pasar por estas palabras de corridas. Le mostraré mi salvación, es decir mi Cristo. ¿Y cómo se lo mostraré? ¿No fue ya visto en la tierra? ¿Qué realidad mayor nos va a mostrar? Fue visto, es verdad, pero no con la visión con que lo hemos de ver. Fue visto con el aspecto con que lo vieron los que lo crucificaron; Mirad que los que lo vieron lo crucificaron; nosotros no lo vimos y creímos. Ellos tenían ojos. ¿Nosotros no? Por el contrario, nosotros tenemos los ojos del corazón; pero todavía vemos sólo por la fe, no a las claras ¿Cuándo lo veremos así? Cuando lo veamos, como dice el Apóstol cara a cara. Esto es lo que Dios nos promete como premio de todos nuestros trabajos. Todo cuanto haces, lo haces para ver. No sé qué puede haber mayor que lo que veremos, cuando toda nuestra recompensa es lo que hemos de ver, y la gran visión es esto: Jesucristo nuestro Señor. Aquel que fue visto humilde, será visto excelso, y nos regocijará al verlo, como ven ahora los ángeles al Verbo, que era en el principio, y estaba con Dios, y era Dios. Oíd al mismo Señor que prometió estas cosas, decir en el Evangelio: Quien me ama será amado por mi Padre, y yo lo amaré. Y como si se le preguntase: ¿Y qué has de dar al que te ama?, añade: Y me manifestaré a él. Deseemos y amemos, inflamémonos en su amor, si es que somos su esposa. El esposo está ausente; tengamos paciencia; llegará el que esperamos. Dio una tan gran prenda, que no puede temer la esposa ser abandonada por el esposo; no abandona su fianza. ¿Qué arras dio? Derramó su sangre. ¿Qué aval puso? Envió el Espíritu Santo. ¿No hará caso de tales prendas el esposo? Si no hubiera amado a la esposa, no habría dado tales fianzas. La ama. ¡Oh si lo amáramos nosotros como él nos ama!” [4]

La interpretación que Agustín de Hipona desarrolló del verso 16 del Salmo 91 posee otro nivel de revelación divina. Agustín tiene razón al postular en estas líneas que la revelación máxima de la salvación de Dios, aquella que el Señor ha prometido mostrar, ocurrirá cuando veamos al Señor cara a cara.

La aseveración sobre el momento en que veremos al Señor cara a cara es una referencia a Primera de Corintios 13:12.

12 Ahora vemos por espejo, oscuramente; mas entonces veremos cara a cara. Ahora conozco en parte; pero entonces conoceré como fui conocido.”

“12 Ahora vemos de manera indirecta, como en un espejo, y borrosamente; pero un día veremos cara a cara. Mi conocimiento es ahora imperfecto, pero un día conoceré a Dios como él me ha conocido siempre a mí.” (Dios Habla Hoy)

Lo que el Apóstol Pablo comparte aquí es que nuestro conocimiento acerca de la salvación siempre estará limitado por nuestra humanidad. La única revelación completa de lo que es la salvación que Dios nos ha regalado en Cristo su Hijo, la obtendremos cuando lleguemos a las mansiones celestiales. Esto es, por virtud del arrebatamiento de la Iglesia, el Rapto, el “harpazō” (G726, 1 Tes 4:17) que esperamos para ir a estar con Cristo, o porque Dios nos llame a Su presencia.

El análisis de la historia de la Iglesia acerca de esto revela que la Iglesia ha entendido esto así desde sus comienzos. Nuestro conocimiento de Cristo y de la salvación que Él nos ha regalado es uno imperfecto (“meros”, G3331). Aunque vivimos bajo la autoridad del Espíritu de Dios, nuestra existencia como Cristianos se sostiene sobre el elemento de lo parcial, sin el conocimiento perfecto. Solo el futuro escatológico, la revelación de Cristo para buscar a Su Iglesia o el reclamo de nosotros como propiedad adquirida en el Calvario (Efe 1:13-14), nos puede revelar el conocimiento perfecto (“teleios”, G5046). Es por esto que el Apóstol Pablo insiste en que tenemos que esperar a que venga lo perfecto:

“10 más cuando venga lo perfecto, entonces lo que es en parte se acabará.” (1 Cor 13:10)

El mensaje del Evangelio es que el Señor ha prometido que nuestra salvación será revelada por completo, trascendiendo el conocimiento parcial, alcanzando la perfección, cuando lleguemos al cielo. La Biblia afirma que ese día seremos capaces de ver al Señor y de ser como Él es:

“2 Amados, ahora somos hijos de Dios, y aún no se ha manifestado lo que hemos de ser; pero sabemos que cuando él se manifieste, seremos semejantes a él, porque le veremos tal como él es. 3 Y todo aquel que tiene esta esperanza en él, se purifica a sí mismo, así como él es puro.” (1 Jn 3:2-3)

Es por esto que el Apóstol Pablo dice que ahora vemos de manera indirecta, como el que mira a alguien solo a través de la imagen reflejada en un espejo. En el cielo veremos a Dios cara a cara.

Estas aseveraciones del Nuevo Testamento afirman lo que dice la parte final del verso 16 del Salmo 91. Dios ha prometido allí que la bendición final que opera sobre aquellos que habitan al abrigo del Altísimo y moran bajo la sombra del Omnipotente es que dejarán de poseer un revelación parcial de lo que es la salvación porque verán al Salvador.

Lo que esto significa es que estos creyentes se convierten en creyentes que esperan esa revelación perfecta; la del Señor y Salvador de nuestras vidas. Es aquí que el reclamo juanino se hace más intenso: “todo aquel que tiene esta esperanza en él, se purifica a sí mismo, así como él es puro.”

“3 Todo el que espera confiadamente que todo esto suceda, se esfuerza por ser bueno, como lo es Jesús.” (TLA)

O sea, que son creyentes que han decidido vivir preparándose para el momento del arrebatamiento de la Iglesia o para la “mudanza” a las mansiones celestiales. Un monje llamado Bede (673-735) lo afirmaba así entre los siglos 7 y 8 de la era Cristiana.[5] Pierre Jureau (1637-1713) lo afirmó así en el siglo 16:

“Pero entre el sexto período y a través del séptimo período su unión (la de la Iglesia) con Cristo será inmediata e íntima como el de una Esposa con Su esposo; por lo tanto la Iglesia es representada en el séptimo período como la Esposa que tenía que ser traída al Cordero.” (The accomplishment of the Scripture prophecies, pp.354, Traducción libre)[6]

Jureau postulaba que la Iglesia pasará la tribulación y la gran tribulación en el cielo. Así mismo lo afirmó el Abad Ceolfrith (Siglo 8 DC), Joseph Mede (Clavis Apocalyptica, 1627), Increase Mather, Presidente de la Universidad de Harvard (1692), Phillip Doddridge (Comentario del NT, 1738), Morgan Edwards (1742-44) John Gill (1748), James McKnight (1763), Thomas Scott (1792) y otros tantos a través de la historia. Cristo va a arrebatar a Su Iglesia para mostrarle a su Novia lo que es una salvación perfecta.

Es por esto que el reclamo juanino es que vivamos vidas cónsonas con ese amor derramado por nosotros en la Cruz del Calvario. Es por esto que el reclamo paulino es vivir vidas llenas del fruto del Espíritu. Es por esto que el reclamo agustiniano es vivir vidas que corran tras el ungüento del Amado:

“Amemos e imitemos; corramos tras el perfume de sus ungüentos, como se dice en el Cantar de los Cantares: Correremos tras el olor de sus ungüentos. Vendrá y despedirá fragancia, y su perfume llenará toda la tierra. ¿De dónde procede el perfume? Del cielo. Síguele al cielo, si no contestas falsamente cuando te dice: ¡El corazón en alto, en alto la mente, el amor, la esperanza; para que no se corrompan en la tierra! No te expones a colocar el trigo en lugar húmedo, para que no se pudra, ya que lo cultivaste lo regaste, lo trillaste y lo bieldaste. Buscas el lugar apropiado para depositar el trigo; ¿y no lo buscas para tu corazón, no lo buscas para tu tesoro? Haz cuanto puedas en la tierra: da a los pobres; no lo perderás, lo atesorarás. ¿Y quién te lo guarda? Cristo. El que te guarda a ti, ¿no sabrá guardar tu tesoro? ¿Por qué desea que cambies de lugar tu tesoro? Para que cambies de lugar tu corazón. Todos tienen puestos los ojos en su tesoro. ¡Cuántos de los que ahora me están oyendo aquí, tienen puesto su corazón en las bolsas de dinero! Hermanos, estáis en la tierra, porque en la tierra está lo que amáis. Enviadlo al cielo, y allí estará vuestro corazón; porque donde está tu tesoro, allí está tu corazón.” [7]

Este sermón insiste en sus palabras finales que nuestro corazón es dirigido por aquello que atesoramos (Lcs 12:34). Aquellos que atesoran la salvación viven haciendo aquello que el Señor nos ordenó hacer. Y no lo hacemos porque nos van remunerar o a recompensar por esto. Lo hacemos porque amamos a Aquél que nos ha dado salvación y vida eterna. La demostración de amor más grande que podemos desarrollar es la de hacer aquello que agrada al Amado.
Este también insiste en que todo lo que hagamos mientras esperamos la revelación de esa salvación perfecta, debe ser realizado corriendo tras el perfume que viene del cielo. En otras palabras, debemos hacerlo inflamados de amor, aguardando con paciencia, hasta que el Esposo regrese.

Dos (2) eventos pueden permitirnos recibir esa revelación perfecta. Uno de ellos es que esta tienda de campaña que llamamos cuerpo sea enrollada y nos muden al edificio no hecho por manos humanas que tenemos en el cielo (2 Cor 5:1). El Apóstol Pablo decía que quería ser revestido de ese edificio. O sea, que él prefería no morir y ser arrebatado a las mansiones celestiales. Otra alternativa es que suene la trompeta y el Novio venga por Su Novia para llevarla a las bodas del Cordero.

El mensaje del Salmo 91 es claro: Dios ha prometido que nos mostrará la salvación perfecta, por cualquiera de esas dos (2) vías.
Referencias

[1] Obras de San Agustín, VII, Sermones (I.°). Edición bilingüe. Traducción de Miguel Fuertes Lanero y Moisés Ma. Campelo; Cuarta edición corregida y ampliada. Biblioteca de Autores Cristianos. Madrid, MCMLXXXI.

[2] Ibid. p.28

[3] Ibid, p. 208

[4] https://www.augustinus.it/spagnolo/esposizioni_salmi/esposizione_salmo_111_testo.htm.

[5] https://etheses.bham.ac.uk/id/eprint/416/1/Darby0901PhD.pdf

[6] https://archive.org/details/accomplishmentof00juri.

[7] Ibid.

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