Reflexiones de Esperanza: el poder de la oración (Parte III)

“15 Por esta causa también yo, habiendo oído de vuestra fe en el Señor Jesús, y de vuestro amor para con todos los santos, 16 no ceso de dar gracias por vosotros, haciendo memoria de vosotros en mis oraciones, 17 para que el Dios de nuestro Señor Jesucristo, el Padre de gloria, os dé espíritu de sabiduría y de revelación en el conocimiento de él, 18 alumbrando los ojos de vuestro entendimiento, para que sepáis cuál es la esperanza a que él os ha llamado, y cuáles las riquezas de la gloria de su herencia en los santos,,”  (Efesios 1:15-18, RV 1960)
           
El tema de la oración es un tema central en la Carta a Los Efesios. El Apóstol Pablo nos invita en esta a orar en unas dimensiones de tiempo y de espacio muy particulares. Él dice allí que hay que orar en todo tiempo y que hay que hacerlo en el Espíritu, con peticiones y ruegos (Efe 6:18). Esa es la traducción de ese verso que nos regalan versiones bíblicas tales como Dios Habla Hoy, la Nueva Versión Internacional, la Nueva Traducción Viviente y la Palabra de Dios para Todos, entre otras.

No obstante, son las dos (2) oraciones que Pablo levanta en esta carta (Efe 1:15-23; 3:14-21) las que nos ofrecen la oportunidad de conocer cómo oraba este Apóstol, cuál era su teología de la oración y a qué temas le dedicaba el mejor de sus esfuerzos cuando estaba orando. No olvidemos que Pablo estaba preso cuando escribió esta carta:

“1 Yo pues, preso en el Señor,….” (Efesios 4:1a)

“20 por el cual soy embajador en cadenas…” (Efesios 6:20a)

Recordamos una aseveración medular que realiza Phillip Yancey en su libro acerca de la oración: la oración es una expresión de lo que somos.[1] Yancey insiste en ese libro que cuando pensamos acerca de la oración casi siempre perdemos de vista que la ruta está alterada. Él dice que constantemente nos inclinamos a comenzar a orar con lo que él llama el “downstream”, con la corriente, con nuestras propias preocupaciones. Él señala que decidimos informarle a Dios lo que nos está sucediendo, como si el Todopoderoso no supiera. Luchamos y dialogamos con Dios como si estuviéramos tratando de cambiar su forma de pensar.
 
La realidad es que en estas oraciones el Apóstol Pablo nos revela que debemos comenzar a orar con el “upstream,” río arriba, en contra de la corriente, en donde comienza el fluir de Dios. No es hasta que decidimos cambiar de dirección que nos podemos dar cuenta que Dios ya ha estado atendiendo todas nuestras necesidades. Dios ya se ha encargado del cáncer de ese miembro de nuestra familia, de la fragmentación familiar que podemos estar experimentando, de la necesidad económica que enfrentamos y/o de los dolores que sufrimos. Las oraciones que Pablo levanta nos ayudan a corregir esto. Como decíamos en la reflexión anterior, las oraciones que hace Pablo se convierten en correcciones visuales de nuestras oraciones; nos ayudan a corregir nuestra miopía espiritual.
 
Hablar acerca de la oración es hablar acerca de reconocer en dónde nos hemos colocado a nosotros mismos en relación a Dios. Esto es, cuál es la idea que tenemos de Dios, de Su soberanía, de Su santidad, cuánto dependemos de Dios y para qué anhelamos la intervención de Su poder.
 
No podemos olvidar que la oración es una herramienta, una fuente que Dios utiliza para manifestar su poder. Señalamos en una reflexión que compartimos en el 2016[2] que no es por menos que el Apóstol Santiago nos recuerda que la oración eficaz del justo puede mucho (Stg 5:16). En esa reflexión nos preguntábamos qué significado podía poseer la palabra “eficaz” en el versículo bíblico antes citado. Vimos que el concepto que se traduce como “eficaz” en la versión Reina-Valera de 1960 es la palabra “energeio,” G1754). Este es el mismo concepto que Pablo utiliza para hablar acerca de la “operación” del poder de la fuerza de Dios (Efesios 1:19).
 
Es de allí que se desprende que la oración eficaz es la oración que posee al menos dos (2) características vitales. En primer lugar, es la oración que se hace después de haber confesado nuestros pecados. En segundo lugar, es la oración en la que el orante se olvida de sí mismo para abandonarse en la operación (“energeia”) del poder de Dios.  
 
Esta aseveración puede ser comprendida mucho mejor cuando analizamos algunos pasajes de las Sagradas Escrituras; particularmente, aquellos que tratan el tema de la oración. Uno de ellos es el que encontramos en Génesis 28:10-17. En ese pasaje encontramos que un adulto joven llamado Jacob viene huyendo de la casa de sus padres. Este joven huye de su casa procurando así que su hermano Esaú no lo mate. Los textos bíblicos nos revelan que la crisis que Jacob dejó en su hogar sólo es superada por la incertidumbre de su futuro en la casa de Labán. Jacob se encontraba procurando manejar un tiempo de crisis que transformaría su vida. En psicología esto se conoce como un “espacio liminal” (liminal space).
 
Jonathan Sacks, un rabino extraordinario que “se mudó a la eternidad” en el mes de noviembre del 2020, analiza este pasaje y dice que este espacio era vital en la vida de Jacob para que Dios pudiera iniciar el proceso de transformación que le convertiría en Israel. Para esto, Dios no podía permitir que Jacob continuara gozando de la zona de seguridad espiritual y material de su casa. Dios no produjo el problema que Jacob enfrentaba, pero ciertamente lo utilizaría en beneficio de este joven.

Jacob tenía que aprender a orar y a dejarse transformar por Dios. Es entonces que el pasaje bíblico nos dice que Jacob se acostó a dormir. Hay que reseñar que todos los encuentros que este hombre tiene con Dios ocurren durante la noche. Es allí que él sale soñando con una escalera por la que suben y bajan los ángeles de Dios. El pasaje dice que el Señor estaba al final de la escalera y que desde allí Jacob le oyó hablar. Veamos lo que dice ese pasaje bíblico:
 
“13 Y he aquí, Jehová estaba en lo alto de ella, el cual dijo: Yo soy Jehová, el Dios de Abraham tu padre, y el Dios de Isaac; la tierra en que estás acostado te la daré a ti y a tu descendencia. 14 Será tu descendencia como el polvo de la tierra, y te extenderás al occidente, al oriente, al norte y al sur; y todas las familias de la tierra serán benditas en ti y en tu simiente. 15 He aquí, yo estoy contigo, y te guardaré por dondequiera que fueres, y volveré a traerte a esta tierra; porque no te dejaré hasta que haya hecho lo que te he dicho.” (Génesis 28:13-15)
 
Este pasaje dice que Jacob despertó de su sueño y que estas fueron las frases que él usó para describir lo que había  visto:
 
“16 Y despertó Jacob de su sueño, y dijo: Ciertamente Jehová está en este lugar, y yo no lo sabía. 17 Y tuvo miedo, y dijo: ¡Cuán terrible es este lugar! No es otra cosa que casa de Dios, y puerta del cielo.” (Génesis 28:16-17)
 
Jonathan Sacks nos introduce en el campo del análisis bíblico en uno de sus libros. [3] Este Rabino realizó esta tarea para entender mejor lo que significa orar. En su exégesis acerca de este pasaje bíblico Sacks propone que la frase que Jacob usa, “...ciertamente Jehová está en este lugar, y yo no lo sabía,” (Gen 28:16) o está equivocada o está mal traducida. El análisis que hace Sacks nos deja saber que la frase “y yo no lo sabía” es la traducción del hebreo “ve’ anokhi lo yadati.” El concepto “yadati” significa “yo sabía” y “lo yadati” significa  “yo no sabía.” Por otro lado “anokhi” significa “yo,” lo que hace de su utilización la presencia de un doble pronombre; algo superfluo e innecesario. Una traducción literal tendría que lucir así: “Y yo, yo no sabía.”
 Sacks decide entonces citar al Panim Yafot (el Rabino Pincjas Horowitz), quien nos ilustra al hacernos saber que no hay un error en el pasaje. Horowitz dice que lo que este juego de palabras trata de hacernos entender es que para que Jacob pudiera reconocer que Dios estaba en ese lugar, necesitaba un “ve’ anokhi lo yadati.” Esto es, Dios está en este lugar y de mí, yo no sabía. O sea, tal y como dice Sacks, no se puede encontrar lo mejor de la revelación de Dios en oración sin antes silenciar el yo. Orar eficazmente requiere un “ve’ anokhi lo yadati;” de mí, yo no sabía.
 
Hay que aceptar que sólo así somos capaces de escuchar la voz de Dios y hacer que su mensaje y su dirección ocupen todas las agendas de nuestras vidas. Orar es entonces el ejercicio de acercarnos a esa escalera, comenzar a ascender por ella, alabando y presentando nuestras necesidades y opciones, para luego hacer silencio ante la Presencia de Aquél que está sentado en su trono, oír su voz y descender de allí trayendo con nosotros un pedacito del cielo para que este afecte todo lo que está alrededor nuestro.
 
¡Esta es la oración que es eficaz! ¿Por qué es tan eficaz?: porque nos transforma al silenciar nuestro “yo.”
 
Un dato adicional acerca de la oración desde la perspectiva de Jacob es que él descubre que la única manera de saber quién es realmente uno, cuál es nuestra identidad real, es mediante un encuentro con Dios. Esto le ocurre a Jacob en otro encuentro de oración y de revelación que aparece en el libro del Génesis (Génesis 32:24-30).
 
Es por esto que insistimos en que hablar acerca de la oración requiere reconocer en dónde nos hemos colocado a nosotros mismos en relación a Dios. Es por esto que Henri Nouwen decía que orar es caminar en la completa luz de Dios y simplemente decir yo soy humano y “Tú eres Dios.”
 
Simon Tugwell decía que orar es dejar que Dios sea Dios. Tugwell llegó a esta conclusión analizando un verso del Salmo 46:
 
“10 Estad quietos, y conoced que yo soy Dios; Seré exaltado entre las naciones; enaltecido seré en la tierra.” (Salmos 46:10)
             
Algunas de las traducciones en inglés recogen la parte inicial de ese verso utilizando la frase “be still”; estar quedo o quieto. Sin embargo, Tugwell recurrió al análisis del texto de ese salmo en latín.[4] Ese texto en latín dice lo siguiente:
 
“vacate et videte quoniam ego sum Deus exaltabor in gentibus exaltabor in terra”
 (Samosl 45:11, Biblia Sacra Vulgata)
 
Tugwell subraya el hecho de que la palabra “vacate” (latín) es de donde surge el concepto que conocemos como irse de vacaciones. O sea, que la expresión del salmista es similar a decir que debemos    dejar de jugar a ser Dios y permitirle que Dios sea Dios.[5]
 
Estamos convencidos de que esto es lo que movía al Apóstol Pablo a orar de la manera en la que oraba. Pablo estaba convencido que los creyentes estamos insertados en el plan perfecto de Dios y que por lo tanto, nada sucede porque sí. Todo lo que nos sucede forma parte de ese pan y está en el programa de Dios. Esto le conducía a orar por revelación y empoderamiento.
 
Ahora bien, ¿qué sucede cuando el dolor es el que nos conduce a orar? Charles H. Spurgeon decía que es allí que descubrimos que las lágrimas son oraciones líquidas que llegan a la misma presencia de Dios. En el año 2006 separamos un tiempo para reflexionar acerca de la vida de oración de este príncipe de la predicación.
 
Hay que entender que antes de que el concepto “Mega Iglesia” fuese acuñado, Charles H. Spurgeon ya era pionero de esto en una Iglesia que reunía todas las características de una Iglesia así; una Iglesia en el corazón de Londres. En el siglo 19, cuando Spurgeon cumplió los veinte años, la Iglesia de New Park Street en Londres lo llamó para que fuera su Pastor. Dios comenzó a moverse en esa Iglesia de una forma tan particular que la gente comenzó a llegar por centenares. De un momento a otro el edificio de la calle New Park no les sirvió para nada. Ellos tuvieron la necesidad de proceder a construir un edificio al que llamaron “Metropolitan Tabernacle.” Este edificio sentaba 6,000 personas y ellos lo llenaban dos veces al día todos los domingos.

Durante 30 años Spurgeon vió lleno ese templo dos veces cada domingo y pudieron ser testigos de centenares de conversiones y bautismos cada año. Charles H. Spurgeon, al que muchos han considerado como el príncipe de los predicadores, era el primero en admitir que el secreto para que una Iglesia pudiera ser fuerte, bendecida y exitosa no estaba en ninguna idea o programa novedoso; mucho menos en las palabras de un predicador. En sus propias palabras, Spurgeon consideraba que estos esfuerzos solo representaban meras palabras. Él consideraba que solo había una fuente para conseguir esa fortaleza.
 
¿Cuál era esa “fuente de poder”? Se cuenta que un día llegaron al “Metropolitan Tabernacle” cinco (5) estudiantes del último año de preparación en uno de los Seminarios Teológicos de la ciudad. Estos “pastores en proceso” habían llegado para conocer al “Gran Predicador,” escucharle predicar y preguntarle por el secreto del crecimiento de su Iglesia. Mientras aguardaban a que se abrieran las puertas de la Iglesia, el mismo Spurgeon apareció frente a ellos.
 
Conociendo de las inquietudes de esos jóvenes, Spurgeon procedió a llevarles a conocer “la fuente de poder” del “Metropolitan Tabernacle.” Guiando a estos jóvenes a través de varios pasillos extensos, Spurgeon llegó hasta el sótano de la Iglesia y abrió una puerta. Lo que los jóvenes vieron allí les causó una gran conmoción. Viendo a través del espacio que dejó la puerta entre abierta, ellos vieron cerca de 700 miembros de la congregación postrados de rodillas pidiendo al Señor su intervención y bendición en el próximo servicio. Spurgeon interrumpió a los jóvenes diciéndoles: “esta es nuestra “fuente de poder.”
 
Hay que comprender que la oración es esencialmente una actitud interior. Así la describía  Agustín de Hipona:
 
“La oración es esencialmente una actitud interior, que se realiza en lo más profundo del hombre, en su corazón, centro de toda la vida espiritual. A este respecto comenta Trapè: «La interioridad es el elemento esencial de la espiritualidad agustiniana y de la espiritualidad evangélica. Jesús fustiga a los escribas y fariseos porque al [orar] usaban muchas palabras y querían ser vistos por la gente, y por esto decía: “Cuando te pongas a orar, entra en tu aposento y, con la puerta cerrada, ora a tu Padre, que está en lo oculto; y tu Padre, que ve en lo oculto, te recompensará” (Mt 6, 6)»[6]. Precisamente este texto es muy comentado por el obispo de Hipona a propósito de la oración, pues ve en el aposento la figura del corazón humano: «Entrando en tu aposento, entras en tu corazón»”[7]
 
Es por esto que Agustín de Hipona señalaba que la oración es una manifestación del amor; el amor de Dios sobre nosotros y el amor que nosotros le reciprocamos a Dios. Las personas que se aman procuran conversar y hacerlo con frecuencia. Es por esto que la oración es también definida como diálogo. El diálogo de amor entre Dios y sus hijos.
 
Pablo dialogaba con Dios acerca de la Iglesia y nos permitió conocer algunos de esos diálogos en la Carta a Los Efesios.
Referencias

[1] Yancey, Philip. 2006. “Prayer: Does it make any difference?” Grand Rapids: Zondervan, p. 15.

[2]   El Heraldo, Boletín Institucional, 14 de febrero de 2016.

[3]  Sacks, Rabbi Sir Jonathan (2010-07-31). Genesis: The Book of Beginnings (Covenant & Conversation) (Kindle Locations 3238-3257). Kindle Edition.

[4]  La Vulgata presenta este salmo como el número 45 y en esa versión es en el verso 11 que encontramos esta frase.

[5] Yancey, Philip. 2006. Ibid, p. 26.

[6] A. TRAPÈ, Sant’Agostino uomo e maestro di preghiera, 99.

[7] https://www.almudi.org/articulos/9152-la-oracion-continua-en-san-agustin-de-hipona.

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