916 • El Heraldo Digital – Institucional • Volumen XVII • 3 de SEPTIEMBRE 2023

916 • El Heraldo Digital – Institucional • Volumen XVII •  3 de SEPTIEMBRE 2023
El mensaje del profeta Isaías: conociendo el libro el propósito de Dios para nuestras vidas (Análisis de Isa 49:10: Pt. 4) 


“10 No tendrán hambre ni sed, ni el calor ni el sol los afligirá; porque el que tiene de ellos misericordia los guiará, y los conducirá a manantiales de aguas.” (Isa 49:10)

El verso 10 del capítulo 49 del Libro de Isaías proclama que el Mesías, nuestro Señor Jesucristo, ha prometido que en su reino no tendremos hambre ni sed. En otras palabras, que nuestras necesidades serán saciadas. Hemos visto en reflexiones anteriores que estas expresiones trascienden las necesidades físicas que tenemos como seres humanos. De hecho, en esas reflexiones comenzamos a analizar el uso del pan y del agua como metáforas que se usan en la Biblia para describir diferentes clases de necesidades que tenemos los seres humanos.

Una de estas metáforas es la de Jesucristo como el pan de vida.

“32 Y Jesús les dijo: De cierto, de cierto os digo: No os dio Moisés el pan del cielo, mas mi Padre os da el verdadero pan del cielo. 33 Porque el pan de Dios es aquel que descendió del cielo y da vida al mundo. 34 Le dijeron: Señor, danos siempre este pan. 35 Jesús les dijo: Yo soy el pan de vida; el que a mí viene, nunca tendrá hambre; y el que en mí cree, no tendrá sed jamás.”  (Jn 6:32-35)

Ese pasaje del Evangelio de Juan afirma que comer de ese pan cancela el hambre de todo aquel que se acerca a Cristo. Esta afirmación, sin duda alguna, valida el mensaje que encontramos en el verso 10 del capítulo 49 del Libro de Isaías.

Otra de estas metáforas es la del pan como la comunión del cuerpo de Cristo.

“16 La copa de bendición que bendecimos, ¿no es la comunión de la sangre de Cristo? El pan que partimos, ¿no es la comunión del cuerpo de Cristo?” (1 Cor 10:16)
           
Es obvio que estas metáforas nos colocan ante la necesidad de analizar la Cena del Señor. Esto es así porque esa cena para dar gracias (“eucharistia”, G2169)[1],[2] es el lugar en el que ese pan y la copa del Nuevo Pacto ocupan unos lugares protagónicos. No olvidemos que no existe cosa alguna en el mundo que pueda satisfacer el hambre y la sed que tenemos del Señor como lo hace Jesucristo como pan vivo que descendió del cielo y la copa de la salvación que el produjo en la cruz del Calvario.

Es de esa hambre y de esa sed que habla el salmista.
  
“1 Como el ciervo brama por las corrientes de las aguas, Así clama por ti, oh Dios, el alma mía. 2 Mi alma tiene sed de Dios, del Dios vivo; ¿Cuándo vendré, y me presentaré delante de Dios?” (Sal 42:1-2)

Varias de las reflexiones de El Heraldo, publicación institucional de nuestra Iglesia, han sido dedicadas a analizar esta ordenanza bíblica. De hecho, hay una batería de estas reflexiones acerca de este tema que fueron compartidas en el año 2013. Esas reflexiones surgieron a raíz de haber encontrado unos documentos sobre la Cena del Señor que fueron escritos en el año 1968 por el siempre recordado Rdo. Dr. Roberto Amparo Rivera.

Compartimos en una de esas reflexiones que la Santa Cena es sin duda alguna uno de los símbolos más poderosos de la gracia divina. Decíamos en esa publicación que procuraríamos adentrarnos en los significados de esta ordenanza. Comenzamos esa reflexión afirmando que los cuatro Evangelios la asocian con la muerte sacrificial de Jesús en el Calvario.

Los primeros párrafos de esa reflexión están dedicados a tratar con aspectos técnicos, de formación e información histórica. Los otros párrafos procuran acentuar los fundamentos teológicos y la pertinencia de esta ordenanza para la Iglesia del siglo 21.

Comenzamos diciendo que el término “Cena del Señor” parce ser más adecuado que el de “eucaristía.” De hecho, el Apóstol Pablo identifica esa Cena como el “kuriakon deipnon”[3] (la Cena del Señor) en el verso 20 del capítulo once (11) de su Primera Carta a los Corintios. La Iglesia ha utilizado ambos conceptos a través de los siglos.

Es importante destacar que los primeros tres (3) Evangelios identifican el cuerpo de Cristo en el partimiento del pan: “Este es mi cuerpo entregado por vosotros” (Lcs 22:19). Además, identifican el vino como su sangre: “Esta es la sangre del nuevo pacto derramada....” (Mat 26:28). El cuarto Evangelio (el de Juan) parece sustituir el partimiento del pan con el lavado de los pies (Jn 13:4-20). Hay que añadir que esta cena no sólo anticipaba la muerte de Jesús, sino su victoria sobre ella. Lo confirma una de las frases que Jesús utilizó durante la institución de esa ordenanza. Jesús dijo lo siguiente: “No volveré a beber de ....” (Mat 26:29; Mcs 14:25; Lcs 22:18).

Debemos entender que Jesús instituye esta celebración usando como prisma el Cordero Pascual del Antiguo Testamento; el que fue sacrificado para marcar la salida de Israel de Egipto (Éxo 12:1-14). Los Evangelios sinópticos (Mateo, Marcos y Lucas) afirman que esta celebración procede de la pascua judía. Un dato muy curioso es que en el cuarto Evangelio la Cena está antes que la Pascua (Jn 13:1 y Jn 18:28).

Un sector de la Iglesia celebra la Cena como una ordenanza; un memorial de la muerte sacrificial de Jesús (1 Cor 11:23-26). Otro sector la celebra como un sacramento. Esto es: “un signo exterior y visible que comunica la gracia divina y un medio para la santificación personal.”[4] Ya hemos visto que el Apóstol Pablo la presenta utilizando la frase “Cena del Señor”, aunque hay implicaciones similares en el libro de Apocalípsis (Apoc 19:9). Al mismo tiempo, el análisis histórico nos deja saber que los padres apostólicos la celebraban como la Eucaristía desde antes del año 100 AD; esto es, acción de gracias con bendición sobre el pan y el vino. Un repaso de la Didajé nos permite confirmar esta aseveración. La Didajé, “que significa "Enseñanza" es el nombre corto de un manual cristiano compilado muy probablemente en la segunda mitad del primer siglo. El título completo es La enseñanza de los doce apóstoles.”[5]

Algunos detalles interesantes sobre el orden de la Cena del Señor incluyen que la lectura de la descripción de Pablo y la de Marcos son similares excepto en que Pablo llama a la copa “Copa del nuevo pacto”, como alguien que está citando al profeta Jeremías (Jer 31:31-34). Por otro lado, los Evangelios sinópticos y Pablo señalan la acción de gracias al partir el pan. Sin embargo, son Lucas y el Apóstol Pablo los que destacan el aspecto memorial de esta ordenanza: “haced esto en memoria de mí” (Lcs 22:19; 1 Cor 11:24-25). Tanto los Evangelios sinópticos, así como el Apóstol Pablo destacan el aspecto escatológico (el de los últimos tiempos) que posee esta ordenanza: “no beberé más del fruto de la vid, hasta que el reino de Dios venga” (Lcs 22:18); “la muerte del Señor anunciáis hasta que él venga” (1 Cor 11:26)

Los documentos confesionales (las confesiones de fe que ha desarrollado la Iglesia a través de los siglos) nos permiten afirmar que la Iglesia siempre ha sostenido que la Cena del Señor fue instituida por el Señor Jesucristo la misma noche en que fue entregado. Además, que Él lo hizo para que esta Cena se celebrara en su Iglesia hasta el fin del mundo, como un recuerdo perpetuo que mostraba el sacrificio de sí mismo que Él haría con su muerte.[6]
 
La Cena del Señor también fue instituida para confirmar la fe de los creyentes en todos los beneficios que ella afirma. Algunos de estos beneficios son la alimentación espiritual y el crecimiento en Cristo. Otros, un mayor compromiso en y hacia todas las obligaciones que le debemos a Cristo y para afirmar que formamos un lazo como un solo cuerpo y que ella es una prenda de su comunión con él y de su mutua comunión.[7]

La mayoría de esas confesiones postulan que en esta ordenanza Cristo no es ofrecido otra vez a su Padre, ni que se hace un verdadero sacrificio por la remisión de los pecados de los vivos ni de los muertos. Muchas de estas confesiones afirman que la Cena del Señor solamente es un memorial del único ofrecimiento de Cristo, por sí mismo en la cruz; una sola vez para siempre.[8] Conociendo estos datos, tenemos que afirmar que el sacrificio de la misa debe ser considerado como una interpretación y una aplicación equivocada del único sacrificio de Cristo; la única propiciación necesaria por todos los pecados de los creyentes en Cristo. El término paulino “en Cristo” (muy usado por Pablo en Corintios) representa la unidad (“koinonía”) de la hermandad y no del deseo de sacrificar continuamente a Cristo.

Al estudiar la Cena del Señor (la primera cena y la última Pascua de Cristo), uno observa que la Cena es compartida en memoria del pasado y en la esperanza del futuro y es completada en la hermandad del presente. La frase “hagan esto” representa el presente. La frase “en memoria de mi” el pasado. La frase “hasta que Él venga” el futuro.

Esta ordenanza es descrita en el Nuevo Testamento de varias formas: compartir la comunión (1 Cor 10:16), partir el pan (Hch 2:42,46), la Cena del Señor (1 Cor 11:20) y cena de gracias o eucaristía (Lcs 22:17,19). Hay muchos aspectos que ella cubre. Estos incluyen que la misma fue instituida por Cristo (Mt 26:26-29), que es conmemorativa de su muerte (Lc 22:19,20), que introduce el nuevo pacto (Mt 26:28), que es un memorial (1Cor 11:20-26), que señala la hermandad de los creyentes (Hchs 2:42,46), que es inconsistente con la hermandad de los demonios (1 Cor 10:19-21), que requiere preparación (1 Cor 11:27-34), que hay que explicarla espiritualmente (Jn 6:26-58) y que observarla de manera indigna consiste en el fracaso de discernir el Cuerpo de Cristo y acarrea juicio (1 Cor 11:27-29).

Nadie debe cuestionar que los cristianos somos indignos de acercarnos a la mesa del Señor. Es la Gracia la que nos hace dignos. Ella no es un llamamiento a una santidad estéril. Ella es un llamado a celebrar la esperanza del regreso de nuestro Señor y de nuestro rencuentro con Él.

Una diferencia que existe entre la Pascua y la Cena del Señor es que la primera es una ordenanza para prepararse para el desierto y para la peregrinación a la Tierra Prometida. En cambio, la Cena es una ordenanza para la preparación para el combate. En ella se ordenan los pasos para la celebración de un acontecimiento que aún no había sucedido. Ella nos permite celebrar el Nuevo Pacto en la Sangre de Cristo. Esto es, celebrar el perdón de pecados, la conciencia limpia, la vida en santidad y la vida eterna en comunión con el Trino Dios.

Es extraordinario que esta celebración la inicia el “Cristo de la Toalla” (Jn 13:1-5). Decía el Dr. Cecilio Arrastía que la autoridad de la toalla es la autoridad del servicio y el amor. Ese amor llevaría a Cristo hasta la cruz del Calvario. La Cena del Señor es entonces la fiesta del amor que Cristo organiza para que la usáramos para celebrar el amor redentor de la cruz.

Repetimos que en la Cena del Señor encontramos tres (3) tiempos existenciales que siempre están presentes en nuestra liturgia (Robert McCafee Brown). “En memoria de mí…” es una mirada de introspección y reflexión sobre el pasado. “Comiereis y bebiereis….”  es un imperativo del presente. O sea, que la Cena del Señor no nos estanca, sino que siempre está actualizada: al día. La frase “Hasta que él Venga…” es una mirada hacia un futuro de esperanza. ¡Jesucristo regresará!

Decía el siempre recordado Dr. Arrastía que “los Escapistas tradicionales” cercenan la mesa y se quedan con el pasado, “los Activistas cargados de humanismo” patrocinan solo el presente y “los de Orientación Escatológica” cancelan todo excepto el futuro. La Cena no es Cena del Señor si estas tres dimensiones de tiempo no están presentes. “….mutilar o departamentalizar esta experiencia es igual a neutralizarla” (Arrastía). Es similar a desencarnar el pesebre por el Trono, a minimizar la vida eterna por  la vida en el Reino y a mutilar la actualización bíblica por la santidad de la tradición y el dogma.

Los imperativos de la Cena no se discuten: se obedecen. Repetimos: ¡se obedecen!

Por otro lado, la Cena es emotiva, está llena de sentimientos divinos y humanos. A ella nos invita Cristo y no una Iglesia o un pastor. Arrastía destaca que llegamos a ella tocando el borde de la frontera de la muerte y que Cristo nos invita a dar gracias por esto. Es por esto que de la Cena se sale cantando.

Al mismo tiempo, la Cena del Señor afirma unas verdades que son predicadas desde el Calvario
(John R.W. Stott: “The Cross of Christ). Entre ellas encontramos las razones de la muerte de Cristo. La primera de ellas es que Cristo murió por nosotros; su muerte era necesaria y voluntaria, además de ser altruista y beneficial (Lcs 22:19; Jn 10:11,15; Rom 5:8; Efe 5:2; 1 Tes 5:10; Tit 2:14). La segunda de ellas es que Cristo murió por nosotros para llevarnos a Dios. El propósito beneficioso de su muerte se enfoca en nuestra reconciliación (Jn 3:14-16; Efe 2:16; Col 1:20; 1 Tes 5:10; 1 Ped 3:18). La tercera es que Cristo murió por nuestros pecados, para cumplir las Escrituras (1 Cor 15:3; Heb 9:26; 10:12; 1 Ped 3:18; 1 Jn 1:6-7; Apoc 1:5-6). Por último, la cena nos permite afirmar que Cristo murió nuestra muerte.

No olvidemos que la Biblia ve la muerte como una consecuencia de nuestro pecado y no como algo natural. Es por eso que la resistimos tanto. Algunos teólogos han concluido que el diseño original que Dios había diseñado contenía que fuésemos arrebatados y transformados (como Enoc y Elías). La muerte es definida en la Biblia como una sentencia divina (“van a morir como mueren las bestias”: Sal 49:12,20; Ecl 3:19-21). Es por esto que Jesús no es trasladado al cielo en el día de la Transfiguración, porque tenía que morir nuestra muerte.

Por último, la Cena del Señor nos permite conocer algunos aspectos del carácter de Cristo. Para conocer a una persona tal y como es hay que verla en medio de sus crisis. El mejor escenario para conocerle es cuando está de cara a la muerte. Jesús, el Hijo de Dios, decide preparar su servicio memorial con plena conciencia de lo que estaba haciendo y de lo que iba a suceder.  No se trata de un servicio para una ocasión sino para todas las generaciones del Cristianismo. La Biblia dice que Jesús salió de esa cena cantando (Mat 26:3).

Las frases “háganlo en memoria de mí…..”, “hasta que él venga…” y “nuevo pacto en mi sangre” son testigos fieles del mensaje comunicado por Jesús y de cómo la Iglesia lo entendió.  Él estaba afirmando y estableciendo allí todo lo que hay que tener a mano para celebrar la Cena, todo lo que hay que repetir y en el orden en el que hay que hacerlo.

Él nos hace saber que el pan no habla de su cuerpo vivo recostado en la mesa. El pan habla de su cuerpo sacrificado. Nos hace saber que el jugo de la vid habla de venas abiertas brotando sangre por nosotros para la consumación de un Nuevo Pacto. Es ese pan el que nos quita el hambre. Es esa copa la que nos quita la sed.

 Jesús insiste en la necesidad de apropiarse de esa muerte. Es como si hubiera dicho: “hagan esto y repítanlo con frecuencia.” Él toma el pan, da gracias y explica el significado. Él toma la copa, da gracias y explica el significado. Su muerte, su sacrificio en la cruz del Calvario, era central a su pensamiento acerca de sí mismo y de su misión. Su muerte establece un nuevo pacto. Su muerte tiene que ser apropiada. Jesús hizo todo esto sabiendo que moriría, que resucitaría y que habrá de regresar por aquellos que Él ama.

Es por todo esto que la Cena del Señor es un símbolo inequívoco de la Gracia salvadora encarnada y manifestada en Cristo.
 

[1] https://www.biblestudytools.com/lexicons/greek/nas/eucharistia.html
[2] https://www.britannica.com/topic/Eucharist
[3] https://biblehub.com/text/1_corinthians/11-20.htm
[4] https://www.significados.com/sacramento/
[5] https://biteproject.com/didaje/
[6] 1Cor 11:23-26
[7] 1Cor 10:16,17,21
[8] Heb 9:25-28; 10:12-14, 17-18



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