Reflexiones de Esperanza: Efesios - Cristo y la Iglesia (Parte II)

“20 la cual operó en Cristo, resucitándole de los muertos y sentándole a su diestra en los lugares celestiales, 21 sobre todo principado y autoridad y poder y señorío, y sobre todo nombre que se nombra, no sólo en este siglo, sino también en el venidero; 22 y sometió todas las cosas bajo sus pies, y lo dio por cabeza sobre todas las cosas a la iglesia, 23 la cual es su cuerpo, la plenitud de Aquel que todo lo llena en todo.”  (Efesios 1:18-23)

La Carta a los Efesios nos ha brindado la oportunidad de comenzar a analizar el significado del concepto Iglesia. Hemos tenido la oportunidad de ver que la Iglesia posee unas características singulares, únicas, que la distinguen y que nos permiten identificarla como algo distinto a cualquier otra organización o institución en el planeta. Dentro de las características que hemos analizado encontramos que la Iglesia es el Cuerpo de Cristo. Hemos aprendido que la Iglesia es la convocatoria del pueblo de Dios, la comunidad de hombres y mujeres de fe creados por Cristo y a través de Cristo (Efe 2:10). Hemos visto que esta comunidad de fe ha sido creada sobre las bases del Pacto entre Dios y los hombres y que es levantada y empoderada por el Espíritu Santo.

Repetimos, la Iglesia fue creada por Cristo (Efe 2:10). Ella está compuesta por fieles (Efe 1:1), llamados por la fe (Efe 2:8) a la luz de la verdad (Efe 5:1-8, 14) y del conocimiento de Dios (Efe 3:18-19; 4:11-13) que el Hijo de Dios ha escogido para sí. Sabemos que la Iglesia es el producto del sacrificio de Cristo en la cruz del Calvario, de la Palabra y del Espíritu Santo. La Iglesia opera sobre las bases del Pacto Eterno que Cristo ratificó con Su sacrificio en la Cruz. Repetimos, el Pacto conseguido con el sacrificio de Cristo en la Cruz es el reconocimiento divino que nos hace aptos para ser Iglesia. Esto es, para poder ser lo que Dios quiere que seamos y para realizar las tareas que Él quiere que realicemos.

“20 Y el Dios de paz que resucitó de los muertos a nuestro Señor Jesucristo, el gran pastor de las ovejas, por la sangre del pacto eterno, 21 os haga aptos en toda obra buena para que hagáis su voluntad, haciendo él en vosotros lo que es agradable delante de él por Jesucristo; al cual sea la gloria por los siglos de los siglos. Amén.”  (Hebreos 13:20-21)

Además, ese Pacto garantiza la protección que Cristo le da a la Iglesia. Este dato necesita ser subrayado y enfatizado. La protección y la defensa de la Iglesia provienen de Cristo. Es Él quien la defiende, la sustenta, la protege y la alimenta con Su Palabra, con Su Espíritu y con Su amor. Esta es la razón para que podamos tener la Iglesia viva y activa a través de casi dos (2) mil años. Las batallas de la Iglesia son las batallas del Señor. Cuando la Iglesia olvida esto, termina empecinada en querer conseguir la solución de conflictos y termina con un rendimiento pobre de lo que es la labor y la tarea encomendada por el cielo; glorificar a Dios y predicar el mensaje del reino de los cielos.

La Iglesia ha sido creada para que se cumplan en ella las palabras proféticas que Dios le entregó al pueblo a través de David y a través de Jahaziel, el hijo de Zacarías.

David
“47 Y sabrá toda esta congregación que Jehová no salva con espada y con lanza; porque de Jehová es la batalla, y él os entregará en nuestras manos.”  (1 Samuel 17:47)

Jahaziel
“14 Y estando todo el pueblo reunido, Jahaziel, hijo de Zacarías y nieto de Benaías, el cual era hijo de Jeiel y nieto de Matanías, un levita descendiente de Asaf, quedó poseído por el espíritu del Señor 15 y dijo: «Pongan atención, habitantes de Judá y de Jerusalén, y tú, rey Josafat. El Señor les dice: “No tengan miedo ni se asusten ante ese gran ejército, porque esta guerra no es de ustedes sino de Dios. 16 Bajen mañana a atacarlos. Vienen subiendo por la cuesta de Sis, y ustedes los encontrarán en el extremo del arroyo que está frente al desierto de Jeruel. 17 No son ustedes los que van a pelear esta batalla. Tomen posiciones, esténse quietos y verán cómo el Señor los librará. ¡Habitantes de Jerusalén y de todo Judá, no tengan miedo ni se asusten; marchen mañana contra ellos, porque el Señor está con ustedes!”» 18 Entonces Josafat se arrodilló y se inclinó hasta tocar el suelo con la frente, y los habitantes de Judá y Jerusalén se postraron ante el Señor para adorarlo. 19 Y los levitas descendientes de Quehat y los descendientes de Coré empezaron a alabar en voz muy alta al Señor, Dios de Israel. 20 A la mañana siguiente se levantaron temprano para ponerse en camino hacia el desierto de Tecoa. Y en el momento de salir, Josafat se puso de pie para decirles: «Escúchenme, habitantes de Jerusalén y de Judá: confíen en el Señor, su Dios, y se sentirán seguros; confíen en sus profetas, y todo les saldrá bien.» 21 Y después de consultar con el pueblo, nombró algunos cantores para que, vestidos con ropas sagradas y marchando al frente de las tropas, alabaran al Señor con el himno: «Den gracias al Señor, porque su amor es eterno.»22 Luego, en el momento en que empezaron a cantar con alegría himnos de alabanza, el Señor creó confusión entre los amonitas, los moabitas y los de la montaña de Seír, que venían a atacar a Judá, y fueron derrotados.”   (2 Crónicas 20:14-22, DHH)

Estas son las mismas órdenes que ha recibido la Iglesia de Cristo:

“17 No habrá para qué peleéis vosotros en este caso; paraos, estad quietos, y ved la salvación de Jehová con vosotros….”  (2 Crónicas 20:17a, RV 1960)

Estos axiomas bíblicos, estas proposiciones claras y evidentes que tienen que ser admitidas sin necesidad de demostración, nos permiten confirmar que estas son algunas de las razones que explican la permanencia de la Iglesia.

Siendo esto así, tenemos que concluir que entonces no existe espacio para considerar un mundo pos-cristiano y pos-Iglesia. Esto es así porque la Iglesia es creación de Dios por virtud de que sus miembros son hechura de Dios, creados en Cristo Jesús (Efe 2:10). La permanencia de la Iglesia emana de que ella es creación de Dios para ser morada del Espíritu Santo (Efe 2:22). Desde esta perspectiva, la Iglesia aquí es una comunidad visible y peregrina, pero es al mismo tiempo una comunidad invisible y eterna.

Hablar de un mundo pos-cristiano y pos-Iglesia sería entonces un oxímoron. Un mundo pos-cristiano y pos-Iglesia presupone un mundo en el cual la sangre de Cristo ha dejado de ser efectiva y eficiente. Hablar de un mundo pos-cristiano y pos-Iglesia presupone un mundo en el que el Espíritu Santo ha perdido su poder para convocar y santificar a los miembros del Cuerpo de Cristo. Repetimos, esto sería una negación, una contradicción de los postulados de fe que han sostenido la Iglesia por casi dos (2) milenos.  

Es importante señalar que cualquier punto de discusión teológica que se aparte de los elementos básicos de la fe es en sí mismo una contradicción. Los postulados que afirman y le dan forma a nuestra fe son el estándar que nos dirige y que nos da forma. Esto es así porque son fundamentos bíblicos. Las conclusiones a las que podemos llegar que se apartan de estos niegan la Palabra de Dios.

Otra aseveración que hemos realizado acerca de la Iglesia es que esta peregrina y opera empoderada por el Espíritu Santo. Esta es otra razón que garantiza la existencia de la Iglesia de Cristo. Es el Espíritu Santo el que convoca y el que convence de pecado, de juicio y de justicia a los seres humanos que forman parte de la Iglesia del Señor (Jn 16:8-11). Es por esto que la Iglesia jamás será el edificio que ocupemos para adorar y servir al Señor. El Espíritu Santo es el que permite que los creyentes en Cristo seamos la Iglesia del Señor.

Mencionamos en la reflexión anterior que la rama de la teología que trata con este tema se llama eclesiología. Es obvio que la eclesiología ofrece una definición de la Iglesia; un concepto.  Para esta rama del saber teológico el concepto Iglesia surge de un vocablo griego utilizado en el Nuevo Testamento para referirse a la comunidad de Cristianos: “ekklēsía” (G1577).

Este concepto, “ekklēsía”, proviene de dos (2) palabras griegas: “ek” (G1537) y “kaleō” (G2564). La primera significa “fuera” y la segunda significa “ser llamado.” O sea, que el concepto “ekklēsía” literalmente significa “llamar afuera” (“ek-kaleō”). Este concepto era utilizado en la Grecia Antigua para describir los llamados a las asambleas públicas. Estas se celebraban con mucha frecuencia fuera de los muros de la ciudad. Este concepto fue el que Cristo utilizó para responderle a Pedro y a los otros discípulos cuando Pedro realizó una de las confesiones de fe más importantes que encontramos en el Nuevo Testamento:

“15 Él les dijo: Y vosotros, ¿quién decís que soy yo? 16 Respondiendo Simón Pedro, dijo: Tú eres el Cristo, el Hijo del Dios viviente. 17 Entonces le respondió Jesús: Bienaventurado eres, Simón, hijo de Jonás, porque no te lo reveló carne ni sangre, sino mi Padre que está en los cielos. 18 Y yo también te digo, que tú eres Pedro, y sobre esta roca edificaré mi iglesia; y las puertas del Hades no prevalecerán contra ella. 19 Y a ti te daré las llaves del reino de los cielos; y todo lo que atares en la tierra será atado en los cielos; y todo lo que desatares en la tierra será desatado en los cielos.”  (Mateo 16:15-19)

Repetimos algo que compartimos en nuestra reflexión anterior. Hemos dicho que es muy importante subrayar el dato de que la “roca” sobre la que Cristo edificó Su Iglesia no es Pedro. Este apóstol es uno muy amado y respetado por la Iglesia y su nombre significa “piedra.” Cristo dijo que edificaría su Iglesia sobre una roca. Esa roca es la declaración que Pedro hace acerca de la identidad de nuestro Señor y Salvador: Cristo es el Hijo del Dios viviente. Es sobre este fundamento que hemos sido establecidos como Iglesia. Las llaves que se le concedieron a Pedro se consumaron en la oportunidad de ser el primer portador del mensaje de salvación que fue predicado el día de Pentecostés (Hch 2: 14-36).

Ahora bien, esta cita bíblica nos ofrece la primera ocasión en la que podemos encontrar este concepto en el Nuevo Testamento. Sin embargo, hay que anotar que lo podemos encontrar en la traducción al griego que se hizo del Antiguo Testamento en el tercer siglo antes de la era Cristiana. El concepto “ekklēsía” fue seleccionado para traducir el concepto hebreo “qâhâl” (H6951), concepto utilizado para describir a la congregación del pueblo de Israel cuando este había sido convocado como pueblo para una asamblea (Éxo 12:6; 16:3; Lev 4:13-14; 1 Rey 8:14, 1 Cró 13:2-4; 2 Cró 30:24-25; Sal 22:22, 25; 40:9, etc.). El concepto “qâhâl” también es utilizado en la Biblia para describir la forma en la que Dios y los patriarcas veían proféticamente lo que el Señor haría con la familia que le prometió a Abraham. Veamos algunos ejemplos de esto:

Isaac bendiciendo a Jacob
“1 Entonces Isaac llamó a Jacob, y lo bendijo, y le mandó diciendo: No tomes mujer de las hijas de Canaán. 2 Levántate, vé a Padan-aram, a casa de Betuel, padre de tu madre, y toma allí mujer de las hijas de Labán, hermano de tu madre. 3 Y el Dios omnipotente te bendiga, y te haga fructificar y te multiplique, hasta llegar a ser multitud de pueblos;” (Genesis 28:1-3)

Dios bendiciendo a Jacob
“10 Y le dijo Dios: Tu nombre es Jacob; no se llamará más tu nombre Jacob, sino Israel será tu nombre; y llamó su nombre Israel. 11 También le dijo Dios: Yo soy el Dios omnipotente: crece y multiplícate; una nación y conjunto de naciones procederán de ti, y reyes saldrán de tus lomos. 12 La tierra que he dado a Abraham y a Isaac, la daré a ti, y a tu descendencia después de ti daré la tierra.” (Génesis 35:10-12).

Jacob bendiciendo a José
“2 Y se le hizo saber a Jacob, diciendo: He aquí tu hijo José viene a ti. Entonces se esforzó Israel, y se sentó sobre la cama, 3 y dijo a José: El Dios Omnipotente me apareció en Luz en la tierra de Canaán, y me bendijo, 4 y me dijo: He aquí yo te haré crecer, y te multiplicaré, y te pondré por estirpe de naciones; y daré esta tierra a tu descendencia después de ti por heredad perpetua.” (Genesis 48:2-4)
 
Hay que subrayar el hecho de que esto no significa que el concepto “qâhâl” describa la Iglesia del Nuevo Testamento. Tampoco la existencia de una Iglesia en el Antiguo Testamento. Esto es solo una equivalencia. La Iglesia, la “ekklēsía”, es de Cristo (“mi Iglesia”, Mat 16:18b) y fue extraída del costado del Segundo Adán en la cruz del Calvario y empoderada por el Espíritu como “alma viviente” el día de Pentecostés (Hch 2:1-12). Lo que eso significa es que la “ekklēsía” es el pueblo que ha sido llamado afuera, al mundo, para anunciar el Reino de Dios, las virtudes de Aquél que nos llamó de las tinieblas a Su luz admirable (1 Ped 2:9).  

La Biblia ofrece varias descripciones de la composición de la Iglesia. Una de las más intensas es la que encontramos en el capítulo dos (2) de la Carta a los Efesios:

“4 Pero Dios, que es rico en misericordia, por su gran amor con que nos amó, 5 aun estando nosotros muertos en pecados, nos dio vida juntamente con Cristo (por gracia sois salvos), 6 y juntamente con él nos resucitó, y asimismo nos hizo sentar en los lugares celestiales con Cristo Jesús, 7 para mostrar en los siglos venideros las abundantes riquezas de su gracia en su bondad para con nosotros en Cristo Jesús. 8 Porque por gracia sois salvos por medio de la fe; y esto no de vosotros, pues es don de Dios; 9 no por obras, para que nadie se gloríe. 10 Porque somos hechura suya, creados en Cristo Jesús para buenas obras, las cuales Dios preparó de antemano para que anduviésemos en ellas. 11 Por tanto, acordaos de que en otro tiempo vosotros, los gentiles en cuanto a la carne, erais llamados incircuncisión por la llamada circuncisión hecha con mano en la carne. 12 En aquel tiempo estabais sin Cristo, alejados de la ciudadanía de Israel y ajenos a los pactos de la promesa, sin esperanza y sin Dios en el mundo. 13 Pero ahora en Cristo Jesús, vosotros que en otro tiempo estabais lejos, habéis sido hechos cercanos por la sangre de Cristo. 14 Porque él es nuestra paz, que de ambos pueblos hizo uno, derribando la pared intermedia de separación, 15 aboliendo en su carne las enemistades, la ley de los mandamientos expresados en ordenanzas, para crear en sí mismo de los dos un solo y nuevo hombre, haciendo la paz, 16 y mediante la cruz reconciliar con Dios a ambos en un solo cuerpo, matando en ella las enemistades. 17 Y vino y anunció las buenas nuevas de paz a vosotros que estabais lejos, y a los que estaban cerca; 18 porque por medio de él los unos y los otros tenemos entrada por un mismo Espíritu al Padre. 19 Así que ya no sois extranjeros ni advenedizos, sino conciudadanos de los santos, y miembros de la familia de Dios, 20 edificados sobre el fundamento de los apóstoles y profetas, siendo la principal piedra del ángulo Jesucristo mismo, 21 en quien todo el edificio, bien coordinado, va creciendo para ser un templo santo en el Señor; 22 en quien vosotros también sois juntamente edificados para morada de Dios en el Espíritu.”  (Efesios 2:4-22, RV 1960)
 
A continuación adelantamos un resumen del mensaje que comunican estos versos bíblicos. Los versos cuatro (4) al nueve (9) nos permiten ver cómo fuimos llamados, resucitados y sentados en lugares celestiales. Esos versos bíblicos nos revelan que las herramientas que fueron utilizadas para esto fueron el amor de Dios, la fe y la gracia. El verso 10 nos permite ver todo esto como un nuevo génesis, una nueva creación con propósitos de gracia y de vida abundante. Los versos 11 y 12 nos permiten ver una vez más el concepto de la Iglesia como el Cuerpo de Cristo. El verso 13 nos permite ver el elemento que la da cohesión, la unidad, la cercanía a la Iglesia: la sangre de Cristo. Los versos 14 y 15 destacan el resultado de la paz operada a través de Jesús con Su sacrificio en la cruz del Calvario. Los versos 16 al 18 exponen los motivos por los que Judíos y gentiles deben dejar de lado cualquier motivo de contienda, de modo que podamos actuar de acuerdo a los principios del Evangelio. El verso 19 describe los derechos y las responsabilidades de los miembros de la Iglesia, los conciudadanos del reino. El verso 20 define el fundamento y el verso 21 describe la estructura de crecimiento diseñada por Dios para la Iglesia. El verso 22 describe el propósito de esa estructura: cohesión, unidad y la conversión de la comunidad de los creyentes en ese edificio en el que mora el Espíritu de Dios.

Nuestra próxima reflexión ampliará estas aseveraciones.

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