Reflexiones de Esperanza: Salmo 91: La agenda de transformación

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"14 Por cuanto en mí ha puesto su amor, yo también lo libraré; Le pondré en alto, por cuanto ha conocido mi nombre. 15 Me invocará, y yo le responderé; Con él estaré yo en la angustia; Lo libraré y le glorificaré. 16 Lo saciaré de larga vida, Y le mostraré mi salvación. (Salmo 91:14-16) 

Las reflexiones acerca del Salmo 91 nos han conducido a trabajar con los procesos para afinar nuestras perspectivas del dolor, de las pruebas y de las tragedias que nos asaltan en la vida. Las publicaciones académicas que tratan estos temas señalan que el dolor es el quinto de los signos vitales. Los otros cuatro son el pulso, la respiración, la temperatura y la presión arterial. Estas publicaciones destacan que el dolor es sin duda uno de los principales factores de sufrimiento.[1] Es un hecho que la forma en que enfrentamos y manejamos el dolor y el sufrimiento afecta positiva o negativamente la calidad de nuestras vidas.

El escritor del Salmo 91 nos ofrece unas avenidas bíblicas y Cristo-céntricas para aprender a enfrentar las tragedias así como los dolores que estas causan. Este escritor no trata con ellas de la misma manera que proponen muchos especialistas en la conducta, tratando de encontrarle significado a estas. Este escritor hace algo más relevante. Él decide mostrarnos las avenidas que Dios ha ofrecido para que seamos capaces de enfrentar victoriosamente el lazo del cazador, la peste destructora y todas las otras tragedias y amenazas de sufrimiento y de dolor que se describen en este salmo.

El salmista nos dice vez tras vez que no se trata de vivir tratando de escapar de estas. El salmista nos propone otra ruta. Las tragedias, el sufrimiento y el dolor han sido, son y serán amenazas constantes para la vida de todos nosotros. Por lo tanto, el secreto para tener una vida victoriosa por encima de todo esto es decidir habitar al abrigo del Altísimo y morar bajo la sombra del Omnipotente. Es allí, bajo la protección de las alas del Señor que encontramos herramientas celestiales para hacer frente a todas las tragedias que puede traer la vida.

Todo esto nos hace recordar algunas de las publicaciones de un insigne escritor y pastor Puertorriqueño, Miguel Limardo. A continuación una cita de uno de sus libros:

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"El dolor arrecia. Se hace más agudo, más penetrante, más intenso. En momentos como estos, quizá como nunca antes de tu vida, habrás de ampararte «bajo la sombra protectora de sus alas». Bajo su amoroso cuidado. Quisiera decirte, ante todo, que tu dolor no es signo del enojo divino. Aun cuando no lo comprendas ahora, hay un Dios que te ama con un amor inconmensurable. Tu dolor no es sino el peso de aquella cruz que Él mismo cargó y pide de cada uno de nosotros que llevemos la nuestra. Sufrió junto a su hijo. También sufre junto a ti. Más cerca habrás de sentirle, mientras hondo te hiera tu dolor. [2]

Tuve el privilegio de conocer a Don Miguel cuando yo era un adolescente. Limardo el pastor, el Doctor en Filosofía y Letras de la Universidad de Valencia, era definido por Don Abelardo Díaz Alfaro como un ungido de la andanza apostólica. Don Miguel siempre tenía una poesía a flor de labios. Él era un poema que ambulaba entre nosotros.

Recuerdo que en uno de sus sermones decidió presentar el sufrimiento que nos agobia como un misterio impenetrable; imposible de traspasar. La respuesta a esto, decía Limardo, era el desarrollo de una fe firme, segura, capaz de creer que Dios cumple sus propósitos en nosotros. Una fe que grita que ninguna prueba es en vano y que nos hace falta humildad para aceptarlo. Una fe que nos acerca a Dios para que Él nos ofrezca la dirección correcta para enfrentar el sufrimiento y convertirlo en un testimonio.  Claro está, estas expresiones fueron seguidas por una estrofa poética:

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"Frente al imperio eterno del misterio, ¿qué puedo hacer con lo poco que sé? Punto incierto en la azul circunferencia de la totalidad de conocer.[3]

¿Qué propósito puede tener el sufrimiento y el dolor? ¿Existe alguna meta que Dios quiere alcanzar valiéndose de las experiencias difíciles que tenemos que enfrentar en la vida? ¿Habrá alguna respuesta para este misterio en este salmo? ¿Podemos encontrar respuestas para estas preguntas en el Salmo 91?

Sabemos que el Apóstol Pablo incursionó en estas dimensiones del análisis del dolor. El capítulo 12 de su Segunda Carta a Los Corintios dice lo siguiente:

Por eso, para que yo no me crea más de lo que soy, he tenido un sufrimiento, una especie de espina clavada en el cuerpo, que como un instrumento de Satanás vino a maltratarme. 8 Tres veces le he pedido al Señor que me quite ese sufrimiento; 9 pero el Señor me ha dicho: «Mi amor es todo lo que necesitas; pues mi poder se muestra plenamente en la debilidad.» Así que prefiero gloriarme de ser débil, para que repose sobre mí el poder de Cristo. 10 Y me alegro también de las debilidades, los insultos, las necesidades, las persecuciones y las dificultades que sufro por Cristo, porque cuando más débil me siento es cuando más fuerte soy.  (2 Corintios 12:7b-10, Dios Habla Hoy)

¿Podremos encontrar alguna tesis similar a esta en el Salmo 91?

De entrada hemos propuesto que el tema principal de este salmo no es el manejo del sufrimiento, de las tragedias y de los dolores que estas pueden causar. Uno de los temas centrales de este salmo es la propuesta divina para que desarrollemos una visión de la vida que trascienda a los dolores y a los sufrimientos. Hay que aprender que hay esperanza más allá del dolor y de las angustias.

Decíamos en el mes de marzo de este año que el Salmista está subrayando en el Salmo 91 que la presencia de Dios nos permite trascender a la limitación de sólo ver el lazo del cazador y ver la peste destructora.  Nuestra visión de la vida nos llevará a ser capaces de ver que hay algo más allá del terror nocturno, de la saeta que vuela de día, de la pestilencia que ande en oscuridad, y de la mortandad que en medio del día destruya.  Decíamos que nuestra relación con Dios va a provocar que seamos capaces de ver que hay vida más allá de las tragedias que ocurren a ambos lados del camino por el que transitamos. Compartíamos en esa reflexión que los escenarios de dolor que producen los mil y los diez mil que caen a nuestra izquierda y a nuestra derecha, no serán capaces de impedir que veamos que hay esperanza, que hay un futuro de esperanza garantizado por el Señor.

O sea, que se trata de enfrentar las tragedias y las amenazas que encontramos en la vida, decidiendo en quién ponemos nuestra confianza y a quién miramos para encontrar las respuestas necesarias  (Sal 34:5). Dios utiliza estas experiencias para darnos la capacidad de formar el creyente que Él anhela que seamos y que podamos ser capaces de ver esto: “El carácter forjado a través del dolor.”

Es aquí que el tema de la salvación alcanza unos niveles superlativos. La salvación que nos regala Dios incluye el desarrollo de ese creyente; hasta alcanzar la meta trazada por Dios.

El escritor de este salmo describe cuál es la meta que Dios ha establecido para aquellos que han decidido enfrentar las luchas que trae la vida al abrigo del Altísimo y bajo la sombra del Omnipotente. Repetimos algo que compartimos a principio del mes de enero de este año[4]: nadie puede obligarnos a aceptar este ofrecimiento que nos hace Dios. Esto forma parte de las prerrogativas y las decisiones que tenemos que tomar. Todas las generaciones de creyentes han tenido que pasar por este proceso.

El escritor del Salmo 91 concluye que la presencia de Dios garantiza que podemos enfrentar el terror nocturno y la saeta que vuela de día utilizando estos escenarios como herramientas para la formación y desarrollo de nuestras vidas como creyentes en Cristo.

Nosotros comenzamos a compartir algunos de estos datos en nuestra reflexión del ocho (8) de abril del año en curso. Compartimos allí que hay teólogos que han llegado a esta misma conclusión desde  principios del siglo 20.[5]

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14 Por cuanto en mí ha puesto su amor, yo también lo libraré; Le pondré en alto, por cuanto ha conocido mi nombre. 15 Me invocará, y yo le responderé; Con él estaré yo en la angustia; Lo libraré y le glorificaré. 16 Lo saciaré de larga vida, Y le mostraré mi salvación. (Sal 91:14-16)

Ya hemos dicho que existen varias maneras de acercarse a esta resolución. Una de ellas es la que hemos estado utilizando en las reflexiones que hemos compartido hasta aquí. Se trata de describir e interpretar el mensaje que Dios nos comunica a través de las aseveraciones que encontramos en esos tres (3) versos.

Hemos compartido que estos versos han salido de la boca y del corazón de Dios y que por lo tanto poseen el poder para transformar al ser humano que cree. Sabiendo esto, tenemos que concluir que estos versos bíblicos tienen el poder para transformarnos, de convertirnos en los primeros dos (2) personajes que intervienen en el Salmo 91.

Reiteramos que estos versos del Salmo 91 también pueden ser interpretados como una descripción de las características que tienen aquellos que habitan al abrigo del Altísimo y que moran bajo la sombra del Omnipotente.

La primera característica es ellos que aman al Señor.

¿Cómo aprendieron estos a amar a Dios así? Los salmistas responden a esta pregunta de muchas maneras:

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1 Amo a Jehová, pues ha oído Mi voz y mis súplicas; 2 Porque ha inclinado a mí su oído; Por tanto, le invocaré en todos mis días. 3 Me rodearon ligaduras de muerte, Me encontraron las angustias del Seol; Angustia y dolor había yo hallado. 4 Entonces invoqué el nombre de Jehová, diciendo: Oh Jehová, libra ahora mi alma. 5 Clemente es Jehová, y justo; Sí, misericordioso es nuestro Dios. 6 Jehová guarda a los sencillos; Estaba yo postrado, y me salvó. 7 Vuelve, oh alma mía, a tu reposo, Porque Jehová te ha hecho bien.  (Salmo 116:1-7)

El amor genuino y que busca la perfección posee algunas características medulares. Una de ellas es la comunicación sin reservas de los depósitos que hay en el corazón. El Dr. René Peñalba ha argumentado que el corazón es cavernoso. El verdadero amor no teme abrir las puertas del corazón para darle entrada al Amado a los depósitos que hay en esas cavernas. El dolor y las angustias se convierten y proveen un excelente factor de reconocimiento de esa necesidad. Esto es, la de saberse amado por Dios y la de decidir amarle sin reservas, sin rodeos, sin ambages.

Este salmista habla acerca de dolores que él llevó ante el Señor. Los dolores que llevamos ante la Presencia de Dios se transforman en los escenarios para que el mandamiento de amar a Dios sobre todas las cosas (Mat 22:37) trascienda de un deber a un placer. Es así, luego de esta transformación de un deber a un deleite, que la obediencia a Dios se hace fácil;

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13 Si obedeciereis cuidadosamente a mis mandamientos que yo os prescribo hoy, amando a Jehová vuestro Dios, y sirviéndole con todo vuestro corazón, y con toda vuestra alma, 14 yo daré la lluvia de vuestra tierra a su tiempo, la temprana y la tardía; y recogerás tu grano, tu vino y tu aceite. 15 Daré también hierba en tu campo para tus ganados; y comerás, y te saciarás.  (Det 11:13-15)

Amar al Señor facilita la obediencia. ¡Qué fácil se nos hace amar a Dios cuando la tragedia azota!

La segunda característica que el Salmo 91 promueve es que son creyentes que conocen a Dios: conocen el nombre de Dios. Ya hemos dicho que esta clase de conocimiento eleva el alma por encima de los anhelos, de las pruebas, de las tribulaciones, de las tentaciones y de las necesidades que podemos enfrentar en la vida.

Esta clase de conocimiento trasciende el conocimiento intelectual. Los creyentes que describe el Salmo 91 conocen que Dios es el Refugio contra el turbión (Isa 25:4) porque lo han experimentado. Ellos conocen que Dios es el Testigo Fiel y verdadero (Apoc 3:14) porque le han visto dando testimonio a favor de ellos. Ellos saben que Él es el Admirable Consejero (Isa 9:6) porque han recibido su consejo en medio de la prueba. Ellos saben que Él es la Puerta de las ovejas (Jn 10:7-9) porque han encontrado salvación y salida en Él en el día de la angustia. Ellos saben que Él es el Emanuel (Isa 7:14) porque han experimentado que Él está con nosotros. Ellos saben que Él es el León de la Tribu de Judá (Apoc 5:5) porque ha peleado por ellos. Ellos saben que Él es la Estrella de la mañana (Apoc 22:16) porque han visto la llegada del nuevo día prometido luego de la noche de la tormenta. Ellos saben que Él es el Señor (Fil 2:5-11) porque están sometidos a Su señorío. Ellos saben qué Él es el Alfa y la Omega (Apoc 1:11) porque en medio del dolor les ha revelado que Él es antes y después de todas las cosas.

Este es un principio neotestamentario indiscutible. Una de las razones por las que Cristo vino es para que pudiéramos conocer al Padre:

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Y esta es la vida eterna: que te conozcan a ti, el único Dios verdadero, y a Jesucristo, a quien has enviado.  (Juan 17:3)

Es por eso que este es un principio de la teología paulina:

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17 para que el Dios de nuestro Señor Jesucristo, el Padre de gloria, os dé espíritu de sabiduría y de revelación en el conocimiento de él, 18 alumbrando los ojos de vuestro entendimiento, para que sepáis cuál es la esperanza a que él os ha llamado, y cuáles las riquezas de la gloria de su herencia en los santos,  (Efesios 1:17-18)

La Biblia argumenta que una de las herramientas que el enemigo utiliza con frecuencia es levantar argumentos que procuren cancelar ese conocimiento, el conocimiento de Dios.

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4 porque las armas de nuestra milicia no son carnales, sino poderosas en Dios para la destrucción de fortalezas, 5 derribando argumentos y toda altivez que se levanta contra el conocimiento de Dios, y llevando cautivo todo pensamiento a la obediencia a Cristo, (2 Corintios 10:4-5)

El Salmo 91 entonces proclama que los escenarios que promueven el sufrimiento y el dolor, la mortandad que destruye en medio del día y la plaga que amenaza nuestras moradas, son usadas por el Señor para que le conozcamos como Él quiere ser conocido.

Sabemos que Él es el Príncipe de Paz (Isa 9:6) porque hemos experimentado esa paz en medio del conflicto. Sabemos que Él es el Pan de vida (Jn 6:35, 48, 51) porque nos ha alimentado en medio de las congojas. Sabemos que Él es el Buen Pastor (Sal 23:4; Jn 10:11-14) porque hemos experimentado Su presencia y Sus cuidados andando en el valle de sombra de muerte. Sabemos que Él es el Sanador porque lo hemos visto sanar. Sabemos que Él es el Salvador porque lo hemos visto salvar. Sabemos que Él es el Consolador porque lo hemos visto consolar. Sabemos que Él la Luz del mundo (Jn 8:12) porque ha alumbrado nuestras tinieblas. Sabemos que Él es el Sol de Justicia (Mal 4:2) porque nos ha amanecido y en Sus alas ha traído salvación.

Es este conocimiento de Dios el que nos permite saber y testificar que conocemos y sabemos que Dios libra a los suyos. Los que habitan al abrigo del Altísimo y moran bajo la sombra del Omnipotente lo han experimentado. Son creyentes que saben que Dios pone en alto, es refugio para ellos; lo han experimentado.

Esto forma parte de las expresiones más celebradas del salterio:

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8 Jehová es la fortaleza de su pueblo, Y el refugio salvador de su ungido. (Salmo 28:8)
7 Jehová de los ejércitos está con nosotros; Nuestro refugio es el Dios de Jacob. Selah 8 Venid, ved las obras de Jehová, Que ha puesto asolamientos en la tierra. 9 Que hace cesar las guerras hasta los fines de la tierra. Que quiebra el arco, corta la lanza, Y quema los carros en el fuego. 10 Estad quietos, y conoced que yo soy Dios; Seré exaltado entre las naciones; enaltecido seré en la tierra.  11 Jehová de los ejércitos está con nosotros; Nuestro refugio es el Dios de Jacob. Selah (Salmo 46:7-11)
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1 En Dios solamente está acallada mi alma; De él viene mi salvación. 2 El solamente es mi roca y mi salvación; Es mi refugio, no resbalaré mucho.  (Salmo 62:1-2)

Nuestras próximas reflexiones serán dedicadas al análisis de las características que describen los versos 15 y 16 del Salmo 91.
Referencias

[1] Queiróz DTG, Carvalho MA, Carvalho GDA, Santos SR, Moreira AS, Silveira MFA. Dor: 5º sinal vital: conhecimento de enfermeiros. Rev Enferm UFPE [Internet]. 2015 [acesso 22 mar 2019];9(4):7186-DOI: 10.5205/reuol.7275-62744-1-SM.0904201501
[2] Limardo, Miguel. 1992. Por los caminos del dolor. Río Piedras, PR: Editorial y Librería La Reforma, p. 47.
[3]  Limardo, Ibid. p. 187 (parte de un poema de José A. Fránquiz).
[4] Reflexión del 14 de enero de 2021.
[5] Spence-Jones, H. D. M. (Ed.). (1909). Psalms (Vol. 2, p. 271-277). London; New York: Funk & Wagnalls Company.

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