Reflexiones de Esperanza: Efesios: el poder de la oración (Parte V)

“15 Por esta causa también yo, habiendo oído de vuestra fe en el Señor Jesús, y de vuestro amor para con todos los santos, 16 no ceso de dar gracias por vosotros, haciendo memoria de vosotros en mis oraciones, 17 para que el Dios de nuestro Señor Jesucristo, el Padre de gloria, os dé espíritu de sabiduría y de revelación en el conocimiento de él, 18 alumbrando los ojos de vuestro entendimiento, para que sepáis cuál es la esperanza a que él os ha llamado, y cuáles las riquezas de la gloria de su herencia en los santos,,”  (Efe 1:15-18, RV 1960)
           
En nuestra reflexión anterior acerca del tema de la oración en la Carta a Los Efesios presentamos la posibilidad de utilizar la oración modelo que nuestro Señor nos regaló: el Padre Nuestro (Mat 6:9-13). Esto es, utilizar esa oración como un modelo para dirigir y esbozar nuestras oraciones y no como una oración que deba ser repetida. Hemos dicho que esta es una de las virtudes que Tim Keller destaca en el análisis que realizó de la carta que Agustín de Hipona le escribió a Anicia Faltona Proba acerca de la oración.[1]
 
Recordemos que nos hemos adentrado en estas dimensiones de la oración como resultado del análisis de las oraciones que el Apóstol Pablo nos regala en la Carta a Los Efesios. Sabemos que la primera de las oraciones de este Apóstol pedía al Señor que la Iglesia pudiera conocer, saber y entender. En otras palabras, ser iluminada por Dios para alcanzar madurez (Efe 1:15-23). Sabemos que la segunda de estas oraciones intercedía ante el Señor para que la Iglesia pudiera alcanzar ser. Esta es una oración que procuraba que la Iglesia pudiera ser capacitada y empoderada (Efe 3:13-21).
 La oración del Padre Nuestro es al mismo tiempo simple e insondable. Puede ser analizada y entendida por la intuición de un infante al mismo tiempo que deja perplejo al más sabio de los especialistas en cualquier disciplina del conocimiento. Un infante puede emocionarse recitando sus palabras mientras mira a sus padres terrenales. En cambio, un sabio educado puede quedarse sin palabras ante los secretos y las profundidades que halla en ella.
 La Biblia dice que Cristo ofreció este modelo de oración como respuesta a la petición que le hicieron sus discípulos: “enséñanos a orar como también Juan enseñó a sus discípulos” (Lcs 11:1c). Es obvio que los maestros de esa y de otras épocas se detenían para enseñar a los suyos cómo debían orar. En muchas ocasiones lo hacían esgrimiendo oraciones que sus discípulos podían seguir como modelo para ensamblar las suyas. Jesús no fue la excepción a esta costumbre. Estamos convencidos de que Pablo estaba siguiendo esta costumbre cuando presentó estas dos (2) oraciones a esa Iglesia amada. La Iglesia que estaba en la ciudad de Éfeso necesitaba a aprender a descubrir otras avenidas de oración, otras dimensiones de este regalo que Dios le ha hecho a los creyentes, otras formas y maneras de dialogar con Dios.
 En el caso del Padre Nuestro, las versiones que nos ofrecen los Evangelios (Mat 6:9-13; Lcs 11:1-4) son ricas e insondables. La versión que encontramos en el primero de los Evangelios dice lo siguiente:
  “9 Vosotros, pues, oraréis así: Padre nuestro que estás en los cielos, Santificado sea tu nombre. 10 Venga tu reino. Hágase tu voluntad, como en el cielo, así también en la tierra. 11 El pan nuestro de cada día, dánoslo hoy. 12 Y perdónanos nuestras deudas, como también nosotros perdonamos a nuestros deudores. 13 Y no nos metas en tentación, mas líbranos del mal; porque tuyo es el reino, y el poder, y la gloria, por todos los siglos. Amén.” (Mat 6:9-13)
  Jack Hayford analizó esta oración en uno de sus libros y llegó a la conclusión que un análisis sencillo de la estructura de esta oración produciría los siguientes resultados[2]:

AdoraciónPadre nuestro que estás en los cielos. Santificado sea tu nombrePorque todas las oraciones tienen que comenzar con alabanza y adoración al Padre.
DominioVenga tu reino. Hágase tu voluntad, como en el cielo, así también en la tierra.Porque toda oración debe invitar a que la.   voluntad de Dios opere sobre la tierra.
ProvisiónEl pan nuestro de cada día, dánoslo hoyPorque nos acercamos a Dios reconociendo que Él quiere suplir nuestras necesidades.
PerdónY perdónanos nuestras deudas,Porque no debemos acercarnos a Dios sin reconocer nuestra necesidad de ser perdonados.
Cesióncomo también nosotros perdonamos a nuestros deudores.Porque no podemos olvidar que Dios mira lo que hacemos con nuestras relaciones.
ProgresoY no nos metas en tentación, más líbranos del mal; Porque tenemos que madurar.
Entrega porque tuyo es el reino, y el poder, y la gloria, por todos los siglos. Amén.              Porque toda oración debe concluir entregándonos a las manos de Dios.

Nos parece que es extraordinario este resumen que Hayford nos regaló hace cerca de 40 años.
 
Ahora bien, nosotros nos hemos detenido en varias ocasiones a estudiar el tema de la oración. En el año 2008 lo hicimos seleccionando algunos escritos de Abraham J. Heschel para que estos nos ayudaran en el ejercicio de analizar algunos textos bíblicos acerca de la oración. Entre ellos, la oración del Padre Nuestro. Encontramos que las definiciones que Heschel produjo acerca del concepto de la oración son muy importantes.

Heschel decía que la oración es el hogar del alma[3]. Argumentando sobre esta metáfora, él decía que en nuestro hogar tenemos un Padre que nos juzga y nos cuida, que se encarga de nosotros y nos echa de menos cuando fallamos y nos vamos a la deriva. Su consejo es que nunca debemos rendir ese hogar.

¿Qué es un alma sin oración? Él decía que un alma sin oración es un alma fugitiva, desahuciada de su propio hogar. Para aquellos que han abandonado su hogar, el camino puede ser duro y oscuro, lejano, más no deben temer regresar atrás. Si estiman en alto precio la gracia y el significado eterno[4], serán capaces de descubrirlos tan pronto hayan regresado. Heschel exclamaba que ese hogar es maravilloso. Entramos a él como suplicantes y emergemos de allí como testigos. Entramos como extraños y emergemos de allí como miembros de la familia. Entramos allí espiritualmente deformados, desfigurados en el ser interior y emergemos de allí completamente cambiados. Es en esos momentos de oración, decía Heschel, que nuestra imagen es forjada, que nuestra lucha es moldeada. Debemos ser capaces de amar nuestro hogar para poder entender el mundo. De hecho, él decía que es muy difícil percibir luminosidad en otros lugares si no hay luz en nuestro hogar. Es en la luz del resplandor de la oración que podemos encontrar el camino en medio de la oscuridad. Es la oración la que ilumina el camino. Es más, así como es nuestra oración, así es también nuestro entendimiento.

¿Puede usted llegar a algunas conclusiones acerca del entendimiento de Pablo al analizar sus oraciones?
 
Por otro lado, Heschel decía que la oración sirve muchos propósitos. Por ejemplo, ella sirve para salvar el ser interior del olvido. Ella sirve para aliviar las angustias. Ella sirve para participar del misterio de la gracia de Dios y de su guianza. Sin embargo, en su carácter último la oración no puede ser experimentada como una acción por el amor de algo más. Oramos en vías para orar; oramos porque hay que hacerlo. No oramos porque tenemos necesidad de algo. En uno de los pasajes bíblicos que revelan la oración del Padre Nuestro encontramos que los discípulos le manifiestan a Jesús que la única necesidad que tenían en ese momento era la necesidad de aprender a orar. Ellos sabían que el pan estaba seguro, así como la autoridad sobre las tormentas, sobre las enfermedades y sobre los poderes del maligno. Su única necesidad era aprender a orar como Cristo oraba.
 
La oración es perspectiva desde la que podemos ver mejor, para poder ser capaces de responder a los retos que enfrentamos. El ser humano en oración no busca imponer su voluntad a Dios; él busca imponer la voluntad y la misericordia de Dios a sí mismo. Es aquí que se hace insondable la frase “sea hecha tu voluntad…”
 
Al mismo tiempo, la oración es necesaria para hacernos conscientes de nuestros fracasos, de nuestras caídas, de nuestras transgresiones, y de nuestros pecados. La oración es más que prestar atención a lo santo.
 
Heschel decía que la oración es como un evento. Ella consiste en dos actos internos. El primero es la acción de tornarse y el segundo la acción de la dirección que tomamos. En la primera acción dejamos al mundo atrás,  así como todos los intereses de nuestro ser interior. En este proceso somos despojados de todas nuestras preocupaciones, somos asombrados por un solo deseo: colocar el corazón en el altar de Dios. Heschel no dice esto, pero los Cristianos sabemos que lo que sucede en el segundo acto es que encontramos que el Espíritu Santo nos dirige a orar como debemos hacerlo.

¿Se ha levantado usted alguna vez a orar pidiéndole al Señor que le diga cómo hacerlo? ¿Le ha pedido usted a Dios que Él le diga por qué cosas usted debe orar en ese día?
 
Heschel decía que orar es abrir una puerta por la que Dios y el alma entran. Orar es llegar, llegar para Dios, al lugar del encuentro. Llegar para nosotros: Dios llegando a nuestro encuentro. Orar es superar distancias, destrozar pantallas, conseguir que se enderece cualquier desviación moral. Es sanar la brecha entre Dios y el mundo.
 
Heschel señalaba que existe un olvido pavoroso (“dreadful oblivion”) que prevalece en el mundo. El mundo ha olvidado lo que significa ser un ser humano. La brecha se abre cada vez más: hay un abismo que crece entre ambos. Es por esto que aunque a menudo no sepamos como orar, siempre podemos decir: redímeme de la agonía de no saber por qué cosas luchar, de la agonía de no saber que mi vida interior se está haciendo pedazos.
 
Heschel decía que el alma es como una vela (“candle”) de Dios. Esta expresión es una paráfrasis de un verso que encontramos en el libro de los Proverbios: Prov 20:27. Este es el verso que fue utilizado para darle forma al área del Museo del Holocausto que está dedicado a los niños Judíos que perecieron en los campos de concentración durante la Segunda Guerra Mundial.
Heschel añadía que el alma puede ser un incendio, un holocausto, una tempestad. La única cura es descubrir que por encima y más allá de la calma anónima, en el mundo hay un nombre y un llamado. Los Cristianos sabemos que ese nombre es Cristo y que el llamado es a salvación, a reconciliación y a vida eterna.
 
Heschel decía que la vida interior es un lugar abandonado en ruinas, tierra de nadie, inconsolable, loco o extraño, en la que el “ser/yo” se ha convertido en algo de lo que hay que huir. Heschel decía que esta es la razón para la adicción a drogas; el uso de narcóticos. En otras palabras, son respuestas aberrantes a la búsqueda de un hogar. En este contexto, las aflicciones humanas, sus desgracias y agonías, son una señal de esta angustia universal. Es una señal de la miseria humana.
 
Esto también presenta un predicamento divino. Por un lado, la misericordia de Dios es demasiado grande como para permitir que los inocentes sufran. Es como un misterio pavoroso, al mismo tiempo que un reto. Por otro lado, sabemos que hay fuerzas que luchan e interfieren con la misericordia de Dios. Heschel decía que oraba porque Dios, Su “Shekinah”, está marginada, porque él entendía que Dios está en el exilio. Esto es así porque todos nosotros conspiramos para nublar todas las señales de Su presencia en el presente y en el pasado. Decía que hay que orar para que el creyente entienda que debe ser capaz de resistirse a la desesperanza.
 
Los Cristianos creemos que esta es la oración que invita al Espíritu Santo a desatar su función; hacerle saber a un mundo que cree que vive sin Dios, que Dios está presente procurando amarle, perdonarle, reconciliar consigo al mundo y darle vida abundante.
 Hay que orar porque las negaciones y desafíos extremos son refutados en la confrontación de nuestras propias suposiciones y el misterio que está a nuestro alrededor. Como decía él: “ORAMOS PORQUE NO SOMOS CAPACES DE ORAR.”[5].
 
Heschel decía que cuando internalizamos en esto, de repente somos forzados a hacer lo que nos parecía que seríamos incapaces de hacer. Descubrimos que la insensibilidad  al misterio no es inmortal. Descubrimos que hay momentos en que el clamor de todas las sirenas muere, las suposiciones son agotadas y hasta los ladrillos de las paredes parecen estar esperando por una canción. La puerta se cierra, la llave se pierde.
 
Sin embargo, a pesar de la nueva tristeza de nuestras almas, la puerta está próxima a ser abierta. Chocamos con la realidad de que algunas almas nacen con cicatrices, otras son dotadas con cierto tipo de anestesia para enfrentar las crisis que trae la vida.
 
Al mismo tiempo, descubrimos que la satisfacción con el mundo es la base de la insensibilidad última. De pronto intuimos que el remedio para lo absurdo está por revelarse. Esas fuerzas irreconciliables que hacen agonizar la existencia humana desatan el grito; ese grito se llama la oración.
 
Heschel decía que todos nosotros somos cantores; todos somos llamados a entonar una canción. Esa canción no es otra que poner en oración la angustia de todos. Es esto lo que Pablo hace cuando ora por la Iglesia que estaba en la ciudad de Éfeso. Pablo levanta una oración, una canción luego del himno que encontramos en los primeros versos del primer capítulo de esa carta (Efe 1:3-14).
 
Ya sabemos que Heschel argumentaba que el ser humano del siglo 20 se comportaba como si Dios estuviese cautivo y en el olvido de nuestras vidas. Utilizando sus metáforas, hay que concluir que ese Dios que hemos olvidado está en búsqueda de un hogar. Dios está en la búsqueda del ser humano. Es por esto que Él envió a Su Hijo Cristo, para encontrarnos, redimirnos y reconciliarnos con Él. Es por esto que cuando oramos al Padre lo hacemos en el nombre de Jesús, el Hijo de Dios.
 
Tenemos que destacar que la oración en el Judaísmo es un acto del drama mesiánico. Esto es, una invitación a que el Mesías llegue y cumpla las promesas eternas. En cambio, en el contexto cristiano, la oración es un acto del drama escatológico. La Iglesia dice: “….ven Señor Jesús” (Apoc 22:20).
 
Por otro lado, Heschel insistió en que la oración no puede estar en disonancia con el resto de la vida. La misericordia y gentileza que nos invade durante los momentos de oración es solo una treta o un engaño si ella es inconsistente con la forma en que vivimos en otros momentos. El divorcio entre la liturgia y la manera en que vivimos la oración y la práctica, es más que escandaloso, es un desastre. Una palabra articulada en las oraciones es una promesa, un compromiso sincero. Si la promesa no es cumplida, somos culpables de violar una promesa.
 
Recordemos que estamos orando por un avivamiento y un avivamiento en la liturgia no se da en aislamiento. Recordemos que la oración forma parte de nuestra adoración y esta es la quintaesencia de la vida. La perversión o la supresión de las sensibilidades que constituyen el ser humano que Dios anda buscando convertirán la adoración en una farsa.
Referencias

[1] https://cosmovisionbiblicaesp.net/2018/09/20/4-principios-de-san-agustin-sobre-la-oracion-por-tim-keller/.

[2] Jack Hayford (1982). “La oración a la conquista de lo Imposible”. Madrid: CLIE, p. 103.
   
[3] Moral Grandeur and Spiritual Audacity, 1996. Editado por Susannah Heschel. New York: Farrar, Strauss, pp. 257-267.
   
[4]   Es muy interesante enfrentarse a un escritor Judío hablando de la gracia y el sentido de la eternidad.  
   
[5] Ibid. p 260.

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