838 • El Heraldo Digital – Institucional • Volumen XVII • 6 de marzo 2022

La Carta a los Efesios: una carta para la Iglesia en el mundo post-Covid (pt. 3) Reflexión por el Pastor/Rector: Mizraím Esquilín-García 838 • El Heraldo Digital – Institucional • Volumen XVII • 6 de marzo 2022
 
“1 Pablo, apóstol de Jesucristo por la voluntad de Dios, a los santos y fieles en Cristo Jesús que están en Éfeso: 2 Gracia y paz a vosotros, de Dios nuestro Padre y del Señor Jesucristo.”
 (Efe 1:1-2)

             Nuestras reflexiones acerca de la oración nos han conducido a estudiar la Carta del Apóstol Pablo a los Efesios. Hemos visto que esta carta es además un plan de trabajo para preparar a la Iglesia para el tiempo del fin.

Repetimos que gran parte de los datos que compartimos aquí han formado parte de las reflexiones que hemos publicado durante las pasadas 33 semanas acerca de esta poderosa carta paulina. A Dios sea toda la gloria por los testimonios que se han producido a tenor de esas reflexiones.
           
 Debemos comenzar señalando que la introducción a la carta a Los Efesios sigue un formato típico de las cartas que escribían en el ambiente helénico. En primer lugar, la identificación del escritor, seguido de la identidad de los recipientes de la misiva. En segundo lugar, un saludo cordial. Este es exactamente el estilo que utiliza el Apóstol Pablo en esta carta.

En el capítulo uno (1) encontramos que el Apóstol se presenta a sí mismo como Apóstol. Esto es más que un título; es un llamado que implica comisión y compulsión (significa “enviado”).
Este concepto (“apóstolos”, G652) era usado en el griego clásico para identificar barcos de carga o militares que eran enviados a cumplir con tareas específicas. [1] El Dr. Harold Hoehner lo presenta así en su comentario acerca de esta carta. [2]

 El concepto apóstol con el que Pablo se presenta aquí es utilizado en el Nuevo Testamento con tres sentidos distintos. El primero es el de un mensajero (Jn 13:16; 2 Cor 8:23; 2:25). El segundo es el de un misionero enviado por la Iglesia (Hch 14:4, 14; Rom 16:7). El tercero es el de hombres seleccionados personalmente por Cristo e investidos con la autoridad para ir y enseñar en Su nombre. Un ejemplo de esto lo tenemos cuando la Biblia habla de la institución de los doce (Hch 6:2; 1 Cor 15:5). A todos se les requería haber visto a Cristo resucitado porque el tema de la resurrección de Jesucristo es eje central  del Evangelio (Hch 1:21-22).

 Durante mucho tiempo Pablo tuvo que defender su llamado como Apóstol frente a la Iglesia. Muchos en la Iglesia del primer siglo no le querían reconocer porque decían que él no había tenido la oportunidad de andar con el Cristo resucitado (un requisito establecido por la Iglesia desde el primer día de vida). Pablo se consideraba el último de los apóstoles. Esto es, el último ser humano a quien el Cristo Resucitado se le reveló.

 “3 Porque primeramente os he enseñado lo que asimismo recibí: Que Cristo murió por nuestros pecados, conforme a las Escrituras; 4 y que fue sepultado, y que resucitó al tercer día, conforme a las Escrituras; 5 y que apareció a Cefas, y después a los doce. 6 Después apareció a más de quinientos hermanos a la vez, de los cuales muchos viven aún, y otros ya duermen. 7 Después apareció a Jacobo; después a todos los apóstoles; 8 y al último de todos, como a un abortivo, me apareció a mí. 9 Porque yo soy el más pequeño de los apóstoles, que no soy digno de ser llamado apóstol, porque perseguí a la iglesia de Dios."                       (1 Cor 15:3-9)

 Estas expresiones afirman que Pables el último de todos los Apóstoles.
 Este apostolado, decía Pablo, no venía de permisos humanos o eclesiásticos. Este llamamiento había sido extendido por la voluntad de Dios. Esta es una frase que él nunca toma a la ligera. Nos convenceremos de ello si observamos las aplicaciones que él le da a la voluntad de Dios en el capítulo uno (1) de la Carta a Los Efesios:

  “5 en amor habiéndonos predestinado para ser adoptados hijos suyos por medio de Jesucristo, según el puro afecto de su voluntad,” (Efe 1:5)
  “9 dándonos a conocer el misterio de su voluntad, según su beneplácito, el cual se había             propuesto en sí mismo,” (Efe 1:9)
  “11 En él asimismo tuvimos herencia, habiendo sido predestinados conforme al propósito del que hace todas las cosas según el designio de su voluntad,” (Efe 1:11)


  Esa voluntad no solo describe que Pablo estaba sometido a la autoridad de Dios, sino que también describe el propósito expreso de Dios. La autoridad que esto le confirió al Apóstol Pablo le permitía escribir y enseñar como lo hizo. El Apóstol se cuidaba de enfatizar que este llamado no era en forma alguna algo de lo que él podía ufanarse (1 Cor 15:9; Gal 1:13-15; 1 Tim 1:12-16).
 Ahora bien, cabe señalar que la carta está dirigida a santos que se mantienen fieles; esto es, a creyentes en Cristo, consagrados y que habían demostrado su fidelidad. O sea, que perseveraban y mantenían la fe en Cristo y en la Palabra de Dios.

 ¿Será que es posible ser un creyente consagrado y no tener compromiso ni fidelidad con la obra del Señor? Dejaré que usted responda a esta pregunta.

 Estos creyentes consagrados que Pablo describe aquí sabían que su llamado era a la fidelidad; a ser fieles  (“pistoi”, G4103). También sabían que esto solo es posible si una está “en Cristo.”
 Francis Foulkes, otrora “Warden” del Colegio Saint John en Auckland, Nueva Zelanda, decía que esta frase, común en el Nuevo Testamento, significa y encierra mucho más que una alusión al objeto de nuestra fe. Foulkes decía que esa frase encierra mucho del entendimiento que Pablo tenía acerca del Evangelio.[3] De hecho, esa frase se utiliza en 11 ocasiones en los primeros 14 versos del primer capítulo; directa o indirectamente.

 Lo que esto significa es que los Cristianos no solo tenemos fe en Cristo; nuestra vida está en Cristo; sin Cristo no tenemos vida; nuestra vida es Cristo. Foulkes añadía que es como la raíz al suelo, la rama con sus pámpanos a la vid, el pez al mar, el ave al cielo; tal es el lugar de la vida del Cristiano: en Cristo. Podemos estar físicamente aquí, pero en la dimensión espiritual estamos en Cristo. Y este es uno de los llamados más importantes para este tiempo. El mundo post-Covid tiene que ser invadido por Cristianos que disfruten estar en Cristo, ser de Cristo, vivir para Cristo y modelar a Cristo.
 
  “1 Si, pues, habéis resucitado con Cristo, buscad las cosas de arriba, donde está Cristo sentado a la diestra de Dios. 2 Poned la mira en las cosas de arriba, no en las de la tierra. 3 Porque habéis muerto, y vuestra vida está escondida con Cristo en Dios.” (Col 3:1-3)

  Estos conceptos, “santos y fieles”, serán analizados en nuestra próxima reflexión.
 Ahora bien, antes de todo esto, encontramos en el saludo paulino la siguiente expresión: “gracia y paz.” (Efe 1:2). Sabemos que la Gracia es el favor de Dios que no merecemos. Al mismo tiempo, la paz que aparece aquí no es la paz romana (“pax”) porque esta significa ausencia de conflicto. Esta carta fue escrita en griego y Pablo utiliza aquí el concepto griego de la paz (“eirēnē”, G1515). Ahora bien, estamos convencidos de que la paz con la que Pablo bendice a esa Iglesia no es la paz griega porque esta implica comunión y o prosperidad. Pablo, buen estudiante del texto hebreo se refería al “shalom” hebreo (H7965). Este concepto se define como bienestar integral.

 Creemos que la gracia a la que Pablo alude en esos versos iniciales es mucho más que un saludo cordial. La gracia a la que él hace referencia (“charis”, G5485) describe un favor inmerecido. Esto es, que Dios nos regala aquello que no merecemos. Ese favor inmerecido es central al mensaje de esta carta. Es en ella que Pablo nos dice que somos salvos por la gracia;
  “8 Porque por gracia sois salvos por medio de la fe; y esto no de vosotros, pues es don de Dios; 9 no por obras, para que nadie se gloríe.” (Efe 2:8-9)

  O sea, que no existe cosa alguna que podamos hacer para ganar la salvación que nos han regalado. Esa gracia divina regala la salvación a todos aquellos que aceptan a Jesús como Señor y como Salvador. Esa gracia es manifestada a todos los seres humanos a través del regalo que el Padre nos ha hecho en Cristo.

 Cuando Juan nos habla de esto nos dice que Cristo permite que todos tomemos de la plenitud de Dios: “gracia sobre gracia” (Jn 1:16).
 
 Es por esa gracia que todo en esta carta se desarrolla en Cristo. Profundicemos un poco en estas aseveraciones. Sabemos que en la carta a la Iglesia en Éfeso el Apóstol Pablo hace un balance entre la doctrina y la tarea. Warren Wiersbe ha dicho que en primer lugar, Pablo nos recuerda lo que Dios ha hecho por nosotros; luego nos indica lo que debemos hacer nosotros en respuesta a sus misericordias. Wiersbe dice que esta carta enfatiza que la vida del Cristiano está basada en el aprendizaje Cristiano. Esto es, el creyente que no conozca bien la naturaleza de sus riquezas en Cristo nunca será capaz de caminar para Cristo. A muchos de los estudiosos de esta carta les gusta estudiar las doctrinas (cap. 1 al 3) sin las tareas (cap.4-6) y viceversa. La invitación es que estudiemos esta carta como si fuera un solo gran sermón de 6 capítulos; en todas sus partes. De hecho, Foulkes ha dicho que esta carta es como un gran sermón o una doxología poderosa[4]. Por lo tanto, la única manera de obtener todo el mensaje que esta comunica es haciendo digestión de todo lo que esta encierra.

      Si usted ha leído la carta a Los Efesios se habrá percatado que en ella las bendiciones espirituales en los lugares celestiales son en Cristo. La elección es en Cristo; el que fue predestinado desde antes de la fundación del mundo. La adopción es por medio de Jesucristo, según el puro afecto de la voluntad del Padre. Es en Cristo que tenemos redención por su sangre y el perdón de pecados, según las riquezas de su gracia. Es en Cristo que se propone la voluntad divina que él nos da a conocer con beneplácito. Es en Cristo donde están reunidas todas las cosas; en la dispensación del cumplimiento de los tiempos, en los cielos, como las que están en la tierra. Es en Cristo que tuvimos herencia, habiendo sido predestinados conforme al propósito del que hace todas las cosas según el designio de su voluntad. Es en Cristo que esperamos y en él fuimos sellados con el Espíritu Santo de la promesa, habiendo oído la palabra de verdad, el evangelio de vuestra salvación, y habiendo creído en él, fuimos sellados con el Espíritu Santo de la promesa. A esos santos y fieles que están en Cristo el Apóstol les desea gracia y paz. Luego de esto comienza la discusión central del primer capítulo.

 El mensaje de esta carta es claro: los creyentes que quieren ser llamados santos y fieles necesitan permanecer y realizar todo lo que hacen en Cristo Jesús. No existe espacio para la dicotomía que parecen vivir algunos creyentes.  Estamos tratando de describir a un sector de los creyentes en Cristo que pretenden vivir parte de sus vidas en Cristo, al mismo tiempo en el que separan otras áreas de sus vidas para vivirlas fuera de Cristo. La carta a Los Efesios no nos concede ese espacio.
 Sabemos que más de uno de los lectores debe estar preguntándose qué tiene que ver toda la información que hemos compartido aquí con el tema de la oración. La respuesta a esta pregunta es muy sencilla: es imposible entrar al análisis responsable de las oraciones que encontramos en esta carta sin conocer su contexto y su estructura.

 Nuestra próxima reflexión será dedicada al análisis de los conceptos que Pablo utiliza para describir a los hermanos que recibirían esta carta. Esto es, aquellos por los que Pablo levantó dos (2) oraciones poderosas (Efe 1:15-23; 3:14-21). Pablo los llamó “santos y fieles.”
 
   [1] Lysias 19.21; Demosthenes Orationes 18.80, 107; Karl Heinrich Rengstorf, “ἀπόστολος,” TDNT 1 (1964): 407; Erich von Eicken and Helgo Linder, “Apostle [ἀποστέλλω],” NIDNTT 1 (1975): 127. [4].
   Herodotus.
   [2] Hoehner, Harold W.. Ephesians (pp. 1039-1040). Baker Publishing Group. Kindle Edition.
   [3] Foulkes, Francis. The Tyndale New testament Commentaries: “Ephesians”. Grand Rapids: William B Eerdmans Publishing Company. (Leon Morris General Editor), pp. 51-53.
    [4] Ibid. p. 19

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