Reflexiones de Esperanza: La estructura de la primera oración en esta carta (Parte XXI)

“18 Pido que les inunde de luz el corazón, para que puedan entender la esperanza segura que él ha dado a los que llamó—es decir, su pueblo santo—, quienes son su rica y gloriosa herencia. 19 También pido en oración que entiendan la increíble grandeza del poder de Dios para nosotros, los que creemos en él. Es el mismo gran poder 20 que levantó a Cristo de los muertos y lo sentó en el lugar de honor, a la derecha de Dios, en los lugares celestiales.”   (Efesios 1:18-20, NTV)

Nuestra reflexión anterior nos permitió comenzar a analizar algunos  modelos bíblicos de
Cristianos que amaban al Señor y que no conocían el poder de la resurrección. Se trata de las historias de hombres y mujeres que habían sido discipulados por nuestro Señor y que caminaban y hablaban con Él después de Su resurrección, y que no eran capaces de saber que andaban con el Resucitado. Ellos no conocían el poder de la resurrección. Se trata de creyentes que habían visto los testimonios y los milagros desatados por Jesús, pero sus ojos estaban velados y esto les impedía disfrutar del poder de la resurrección.
           
Esta es una de las razones por las que el Apóstol Pablo tiene que orar por la Iglesia que estaba localizada en la ciudad de Éfeso. Los creyentes en esa Iglesia, al igual que muchos de los creyentes de todas las generaciones, desconocían ese poder. Pablo dice en la carta que le escribió a esa Iglesia que él estaba orando para que ellos pudieran ser capaces de entender la increíble grandeza del poder de Dios “para nosotros, los que creemos en él. Es el mismo gran poder 20 que levantó a Cristo de los muertos y lo sentó en el lugar de honor, a la derecha de Dios, en los lugares celestiales” (Efe 1:19b-20)

La reflexión anterior nos permitió adentrarnos en el corazón de María Magdalena  (Jn 20:11-18). y en los corazones de los caminantes de Emaús (Lcs 24:13-35).

Sabemos que el evento que describe el pasaje juanino es sin duda alguna el evento más grande de la historia: Cristo murió por nosotros para cumplir las Escrituras (Isa 53:4-8), fue sepultado para cumplir las Escrituras (Isa 53:9) y al tercer día se levantó de entre los muertos para cumplir las Escrituras (Sal 16:10; Hch 2:22-32). Este es el “kerygma”, el mensaje central de la Iglesia (1 Cor 15:3-4). No obstante, el dolor que María experimentaba no le permitía reconocer que el domingo en la mañana ella se encontraba frente al Autor de la Vida.

“11 Pero María estaba fuera llorando junto al sepulcro; y mientras lloraba, se inclinó para mirar dentro del sepulcro; 12 y vio a dos ángeles con vestiduras blancas, que estaban sentados el uno a la cabecera, y el otro a los pies, donde el cuerpo de Jesús había sido puesto. 13 Y le dijeron: Mujer, ¿por qué lloras? Les dijo: Porque se han llevado a mi Señor, y no sé dónde le han puesto. 14 Cuando había dicho esto, se volvió, y vio a Jesús que estaba allí; mas no sabía que era Jesús. 15 Jesús le dijo: Mujer, ¿por qué lloras? ¿A quién buscas? Ella, pensando que era el hortelano, le dijo: Señor, si tú lo has llevado, dime dónde lo has puesto, y yo lo llevaré. 16 Jesús le dijo: ¡María! Volviéndose ella, le dijo: ¡Raboni! (que quiere decir, Maestro). 17 Jesús le dijo: No me toques, porque aún no he subido a mi Padre; mas vé a mis hermanos, y diles: Subo a mi Padre y a vuestro Padre, a mi Dios y a vuestro Dios. 18 Fue entonces María Magdalena para dar a los discípulos las nuevas de que había visto al Señor, y que él le había dicho estas cosas.”  (Juan 20:11-18)

El mundo de la pospandemia ha sorprendido a muchos creyentes en Cristo con estos mismos síntomas. Los dolores experimentados durante la pandemia, los temores, los sufrimientos, los escenarios productores de ansiedad los drenaron en el camino. Por la gracia de Dios pudieron mantener su fe durante estos 27 meses. La noticia altisonante es que Dios decidió utilizar la pandemia para hacerles conocer el poder de la resurrección; la vida del Resucitado. Tal y como le sucedió a María, ellos han visto testimonios, manifestaciones del poder del Eterno, del cuidado y del consuelo de Dios, pero no han sido capaces de entender el significado de vivir la vida del Resucitado; vivir bajo el poder de la resurrección.

María pudo ser testigo presencial de muchos de los milagros que Cristo operó entre nosotros; ella era uno de esos milagros (Lcs 8:2). Sin embargo, ella no era capaz de entender que estaba frente a la Resurrección y la Vida.

“Le dijo Jesús: Yo soy la resurrección y la vida; el que cree en mí, aunque esté muerto, vivirá.”
(Juan 11:25, RV 1960).
 
El relato juanino nos presenta a una María Magdalena que ve, pero no puede discernir. O sea, que su problema no se solucionaba viendo. El Dr. Cecilio Arrastía señalaba que las palabras de María Magdalena en el relato del Evangelio de Juan llevaban la tónica espiritual de la pesadumbre: “Se han llevado a mi Señor y no sabemos dónde le han puesto” (vs 13). Es como si el pasaje bíblico realizara una radiografía del corazón de esta mujer para revelarnos que Cristo se le había perdido. Ella seguía amándolo, pero sentía que lo había perdido.
Muchos creyentes pos-pandémicos sufren esta misma sintomatología: Cristo se les ha perdido. Esa experiencia es capaz de producir mucho temor. Acerca de esto, del temor, predicaba el Dr. Domingo Marrero Navarro:

“Todos hemos sentido miedo alguna vez. El miedo es un mecanismo instintivo que actúa (para) la conservación de la vida. El miedo nos hace precavidos, y ha estimulado al hombre a crear protección y seguridad. Pero ese mismo miedo, que utilizado constructivamente puede ayudarnos en el proceso de establecer una vida abundante, puede muy bien convertirse en un desajuste emocional, en una neurosis, en una histeria, que mina los fundamentos de una vida sana y abundante. ….Muchas madres ven con temor la proximidad de la hora en que sus hijos tengan que abandonar el hogar. Unos para casarse. Otros, siguiendo su vocación. En todo caso temen la soledad y el estruendoso silencio que imperará en la casa otrora poblada con ruido de juegos y con impetuosas voces infantiles. Son pocas las madres que se enfrentan seriamente con ese miedo. Pero no basta enfrentarse con el temor. Urge tomar medidas.”[1]
 
Este pasaje bíblico dice que esto va acompañado de una María que llora a un Cristo muerto, a un Cristo desaparecido, a un amigo amado. En las palabras del Dr. Domingo Marrero, ella lloraba a un Cristo enlutado y yacente que no tiene imperio sobre la lucha y sobre el quebranto.
             
Marrero añadía que el llanto de María nos conmueve. Es la expresión del dolor de seres que han experimentado unas fuerzas apocalípticas y terribles, torbellinos que arrancan el alma y las cosas que amamos. Se trata del llanto de una madre que ve que la guerra le lleva al hijo, la enfermedad al esposo o la madre amada a sus hijos. En el lenguaje poético del Dr. Domingo Marrero, María estaba tan desolada que “oyó palabras sin oír.....y vio imágenes sin ver...” El Dr. Marrero apuntaba que hay palabras que no llegan y visiones que no anclan.
             
Cristo resuelve el dilema de la Magdalena llamándola por su nombre. Esta expresión del Señor de la vida apunta y subraya un trato tierno, personal, único, individual y directo. Así es nuestro Señor. Vivir bajo el poder de la resurrección implica esa clase de relación con nuestro Salvador. Una relación dialógica, tierna, personal, íntima, directa.
             
Por otro lado, Los caminantes de Emaús (Lcs 24:13-35) nos enseñan que al Resucitado hay que enfrentarlo personalmente. Este pasaje lucano dice que estos encuentros no pueden estar basados en los testimonios o los encuentros de otros. Ellos sabían que las mujeres habían testificado que habían visto al Señor de la resurrección (Lcs 24:22-23), pero no podían reaccionar correctamente ante esa noticia.
 
Los creyentes en Cristo tenemos que internalizar muchas enseñanzas que se estilan de ese pasaje bíblico. Es imposible vivir una vida plena en Cristo sin haber tenido una experiencia personal con el Resucitado. Esto trasciende el encuentro para recibir a Cristo como Señor y Salvador. Los caminantes de Emaús, al igual que María Magdalena, conocían al Salvador. No obstante, ellos no conocían el poder de la resurrección.
 
Es curioso el dato de que ellos fueron expuestos al estudio bíblico más impactante de la historia. El texto lucano señala que el Señor caminaba junto a ellos explicándoles toda la cristología que existe en el Antiguo Testamento.
  
“27 Y comenzando desde Moisés, y siguiendo por todos los profetas, les declaraba en todas las Escrituras lo que de él decían.” (Lucas 24:27)
   
El mejor Maestro de Biblia, el Verbo encarnado, les mostraba la Palabra. El testimonio de ese proceso está documentado en ese mismo pasaje bíblico:
  
“32 Y se decían el uno al otro: ¿No ardía nuestro corazón en nosotros, mientras nos hablaba en el camino, y cuando nos abría las Escrituras?” (Lucas 24:32)
 
Este verso bíblico sirve para declarar que la exposición de las Escrituras, la Sagrada Palabra de Dios, descorre el velo del corazón de cualquier ser humano. ¡Le arde el corazón a cualquiera!
             
Sin embargo, ese ejercicio no fue suficiente como para que ellos reconocieran que andaban con el Resucitado. Esta expresión implica que hay experiencias carismáticas poderosas que podemos vivir, fuegos que hacen arder el corazón, experiencias que estremecen el alma. No obstante, estas no suelen ser los canales que Dios utiliza para revelarnos el poder de la resurrección, la vida del Resucitado.
 
Es muy importante afirmar que sostenemos que la Iglesia y los creyentes en Cristo no podemos operar separados del fuego de Dios. La Iglesia del Señor es por definición un organismo vivo y carismático. Es carismático porque ella es el resultado del soplo del Espíritu Santo en el día de pentecostés. En otras palabras, no hay iglesia sin ese soplo y la presencia del Espíritu de Dios es una experiencia carismática. Es el Espíritu el que decide vestir y empoderar la Iglesia del Señor con cada “charisma” (G5486) que Él quiera repartir. Esto no es una opción; esto es una definición de lo que es la Iglesia.
 
La Biblia dice lo siguiente acerca de esto:
 
“7 Pero a cada uno le es dada la manifestación del Espíritu para provecho. 8 Porque a éste es dada por el Espíritu palabra de sabiduría; a otro, palabra de ciencia según el mismo Espíritu; 9 a otro, fe por el mismo Espíritu; y a otro, dones de sanidades por el mismo Espíritu. 10 A otro, el hacer milagros; a otro profecía; a otro, discernimiento de espíritus; a otro, diversos géneros de lenguas; y a otro, interpretación de lenguas. 11 Pero todas estas cosas las hace uno y el mismo Espíritu, repartiendo a cada uno en particular como él quiere.” (1 Corintios 12:7-11)
 
Hacemos énfasis en la frase “a cada uno” (v.7). Todos en la Iglesia del Señor recibimos algún carisma. Hacemos énfasis en la frase “repartiendo a cada uno en particular como él quiere.” No recibimos los dones que queremos. Recibimos los dones que el Espíritu Santo nos quiera obsequiar.
 
“7 A cada uno se le da una manifestación especial del Espíritu para el bien de los demás.”
 (1 Corintios 12:7, NVI)
 
“11 Todo esto lo hace un mismo y único Espíritu, quien reparte a cada uno según él lo determina.”  (1 Corintios 12:11, NVI)
             
Sabemos que ese fuego puede convocar al creyente para el servicio, tal y como le sucedió a Juan Wesley en aquél día que él llamó “Aldersgate Day”, el 24 de mayo de 1738.[2] La Iglesia tiene que caminar en ese fuego. Además, la Biblia dice que hay que buscar de esa llenura todos los días (Efe 5:18).
 
No obstante, el ardor en el corazón que experimentaban los caminantes de Emaús no fue suficiente para que se le cayeran las escamas de los ojos. O sea, que la revelación del Resucitado no está basada en experiencias carismáticas.
             
El pasaje del Evangelio de Lucas dice que ellos vivían atemorizados. Es por esto que ellos no deseaban caminar de noche.
 
Es curioso que Jesús les dejó hablar como parte de todo este proceso. Las preguntas que hace Jesús no podían ser contestadas con un sí o un no. El Maestro estaba provocando que ellos entraran en un proceso de catarsis. Cristo, el Verbo de Dios, había producido el diálogo para que ellos pudieran darle estructura a sus emociones, describir las fuentes de sus temores y evaluar sus posibilidades.
 
Esto trae a nuestra memoria un himno muy hermoso que subraya el valor inmensurable que posee hablar con Cristo.
  
“Perdido andaba yo más Cristo me encontró; del cielo una luz divina me alumbró.
 De amor mi ser llenó, mi nombre él cambió, más una plática con Cristo lo arregló.

 //Tengamos una plática con Cristo; vamos a llevar a él las cargas
 Y oirá nuestro clamor y nos contesta con amor.
 Y si tú ves el corazón cambiando, si tú ves que el fuego está bajando,
 Verás que una plática con Cristo lo arregló//.
 
 A veces ando yo sin ánimo, ni valor, no puedo ver la luz o claridad del día.
 Veo grande oscuridad, desmayo y frialdad, más una plática con Cristo lo arregló.
 
 Luchas, temor tendré y también lloraré, más Jesucristo es mi amigo noche y día.
 A él voy en oración le doy mi petición, más una plática con Cristo lo arregló.”
 
Bastó que Jesús se sentara con ellos y partiera el pan. ¡Bendita mesa es esa en la que se sienta el Maestro! El partimiento del pan es una metáfora que representa la apertura de la fuente de vida. Cristo es el pan vivo que descendió del cielo.
  
“51 Yo soy el pan vivo que descendió del cielo; si alguno comiere de este pan, vivirá para siempre; y el pan que yo daré es mi carne, la cual yo daré por la vida del mundo.” (Juan 6:51)
 
El partimiento del pan es la clave eucarística del encuentro en la fe con Cristo resucitado. Hasta ese momento Cristo era un extranjero, un desconocido con el que sostenían una conversación interesante. ¡Dulce misericordia del Señor que acepta dialogar con nosotros aún en esos momentos en los que lo tratamos como si Él fuera un extraño, un advenedizo, o como un recién conocido con el que hablamos de forma casual! Esta es una descripción de la ausencia de una relación personal e íntima con el Señor.
 
Repetimos que estos dos discípulos habían estado con Jesús. Habían caminado con él de aldea en aldea, de pueblo a pueblo, de cuidad a ciudad. “Habían pescado juntos, habían hablado hasta las altas horas de la madrugada, sus caras iluminadas por el fuego de la fogata. Se habían congregado alrededor de varias mesas comunales para comer y beber juntos.” Un escritor que analiza este tema señala que la frase “los ojos de ellos estaban velados, para que no le conociesen” (Lcs 24:16) describe cierto grado de impedimento emocional.
  
“Sea lo que sea, él está fuera de lugar. De eso sí están seguros. Lo llaman forastero, extranjero, extraño. La palabra en griego es paroikeo, una palabra que describe a alguien que se encuentra lejos de casa, un peregrino, un inmigrante. Según la definición que nos ofrece el léxico, el diccionario de palabras griegas – paroikeo, “el estado de estar en un lugar extraño sin derecho de ciudadanía.” Cleofás le dice a Jesús en el versículo dieciocho: “¿Eres tú el único forastero en Jerusalén que no has sabido las cosas que en ella han acontecido en estos días?” Cleofás parece estar molesto con este forastero, por la manera en que interrumpe su caminata, molesto con la forma en que interrumpe una conversación ajena. Cleofás piensa que este forastero es ignorante, que este extranjero es una molestia. No tiene ni idea de que el forastero es Jesús.”[3]
 
Un Cristo fuera de lugar. El Dueño de todo lo creado es considerado un extraño, sin ciudadanía. El Dador de la vida es considerado un inmigrante, un peregrino. El Señor de la resurrección es considerado por Cleofas como alguien que molesta, que interrumpe su caminata. El Verbo encarnado, el Dueño de la Palabra es considerado como uno que interrumpe una conversación ajena. ¡Cuántas veces hemos tratado así al Señor! Esto es un síntoma de que siendo Cristianos, no conocemos al Resucitado; no conocemos el poder de la resurrección.
 
La Biblia dice que se les acabó el temor inmediatamente que Jesús partió el pan y marcharon de noche de regreso al lugar de dónde querían escapar. No necesitaron verle allí. Esa visitación era más que suficiente. Ellos bajaban huyendo del lugar de la Cruz, del lugar del dolor, más al ver al Resucitado se disipó el temor y decidieron regresar a enfrentar el lugar que habían abandonado. Ellos decidieron retomar sus responsabilidades al lado de la Cruz, con el mensaje de la Cruz y con el de la resurrección. La clave para esta trasformación había sido la revelación del Resucitado. La vida del Resucitado se internalizó en ellos y desde ese momento comenzarían a vivir bajo el poder de la resurrección.
 
Es acerca de este poder que Pablo le pide a Dios. Pablo le pide a Dios que le revele el poder del Resucitado a la Iglesia.
Referencias

[1] Marrero, Domingo. 1984. Meditaciones de la pasión. Río Piedras, PR: Editorial y Librería La Reforma, pp. 74-75.  
   
[2] https://www.umc.org/en/content/ask-the-umc-what-is-aldersgate-day
   
[3] https://anabaptistworld.org/reflexion-pastoral-emaus-parte-1-un-forastero-en-jerusalen-lucas-241-29/

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